Dr. Elio M. Rivera
Hay pocas frases en Génesis tan dolorosas como ésta:
«Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo.»
Génesis 3:10, RVR1960
Algo extraordinario había sucedido.
La voz era la misma.
Dios era el mismo.
El huerto probablemente seguía siendo, exteriormente, el mismo lugar.
Pero Adán ya no era el mismo.
Antes conocía la presencia de Dios.
Ahora se escondía de ella.
Antes aquella voz pertenecía a quien le había dado vida.
Ahora la escuchaba y sentía miedo.
Antes Dios era su Creador, proveedor, compañero y autoridad amorosa.
Ahora Adán comenzó a percibirlo como alguien de quien debía protegerse.
La imagen del Padre había cambiado dentro del corazón del hombre.
Y quizá ésta fue una de las victorias más profundas de la mentira de Satanás.
No solamente consiguió que Adán y Eva desobedecieran.
Consiguió que comenzaran a mirar a Dios de otra manera.
La serpiente había sembrado sospecha:
¿Realmente Dios quiere lo mejor para ustedes?
¿No les estará ocultando algo?
¿No será ese límite una manera de controlarlos?
¿No estarán perdiéndose algo bueno porque obedecen a Dios?
La mentira había sido sembrada antes de tomar el fruto.
Pero después del pecado comenzó a producir otro fruto:
miedo de Dios.
Algo cambió inmediatamente dentro de ellos
Génesis describe la consecuencia inmediata:
«Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos.»
Génesis 3:7, RVR1960
Esto resulta fascinante.
Ya estaban desnudos antes.
Génesis lo había dicho claramente:
«Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban.»
Génesis 2:25, RVR1960
La desnudez física no apareció después del pecado.
Ya existía.
Lo que apareció fue una nueva manera de percibirse a sí mismos.
Antes estaban desnudos y no había vergüenza.
Después estaban desnudos y sintieron la necesidad de cubrirse.
Esto nos indica que la caída produjo un cambio interior inmediato.
Vergüenza.
Autoconciencia.
Vulnerabilidad.
Inseguridad.
La persona que antes podía existir delante de Dios y delante de su cónyuge sin esconder nada ahora sintió la necesidad de cubrirse.
El pecado comenzó produciendo separación aun antes de que Dios pronunciara una sola palabra de juicio.
Adán y Eva cosieron hojas de higuera.
Intentaron resolver ellos mismos aquello que sentían.
Primero habían querido independencia de Dios.
Ahora intentaban solucionar las consecuencias de aquella independencia sin acudir a Dios.
Éste sería uno de los patrones más persistentes de la historia humana.
Pecamos.
Nos sentimos avergonzados.
Nos escondemos.
Intentamos cubrirnos.
Intentamos justificarnos.
Intentamos resolver lejos de Dios aquello que solamente puede ser restaurado acercándonos a Él.
Pero hay una pregunta interesante:
¿Por qué de pronto les impresionó tanto su desnudez?
La Biblia no explica todos los detalles.
Algunos han pensado que antes de la caída el hombre pudo haber estado de alguna manera cubierto por la gloria o el resplandor de la presencia de Dios.
Es una posibilidad interesante, aunque Génesis no lo afirma directamente.
Existen pasajes en los que la cercanía extraordinaria con la presencia de Dios produce efectos visibles.
Cuando Moisés descendió después de estar delante de Dios, la piel de su rostro resplandecía.
Éxodo 34:29.
En la transfiguración, la apariencia de Jesús cambió y su rostro resplandeció.
Mateo 17:2.
Estos textos no demuestran que Adán y Eva poseyeran literalmente un resplandor visible antes del pecado.
Debemos ser cuidadosos.
Pero sí nos permiten contemplar una posibilidad:
¿Pudo la comunión perfecta con Dios haber producido en ellos alguna manifestación de gloria que desapareció cuando esa comunión se rompió?
No podemos asegurarlo.
Pero algo ciertamente desapareció.
Desapareció la inocencia.
Desapareció la ausencia de vergüenza.
Desapareció la seguridad interior.
Desapareció la libertad de permanecer completamente expuestos sin temor.
Y apareció algo que nunca había existido en su experiencia:
la necesidad de esconderse.
Quizá lo más importante no sea saber si literalmente dejaron de resplandecer.
Lo indiscutible es que la gloria moral de una relación sin pecado había sido quebrada.
Ahora se contemplaban a sí mismos desde otro lugar.
Y pronto comenzarían a contemplar también a Dios desde otro lugar.
La presencia que antes producía seguridad ahora produjo miedo
Después escucharon la voz de Dios.
La Escritura dice:

«Y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto.» Génesis 3:8, RVR1960
Esto resulta profundamente triste.
Los árboles que Dios había creado para su disfrute ahora fueron utilizados para esconderse de Él.
La creación recibida como regalo se convirtió en escondite frente al Dador.
Pero observe algo importantísimo.
Dios no había cambiado.
El que venía al huerto era el mismo que los había creado.
El mismo que los había bendecido.
El mismo que había preparado todo para ellos.
El mismo que les había dado autoridad.
El mismo que les había advertido acerca del peligro.
Sin embargo, cuando Adán escuchó su voz dijo:

«Tuve miedo.»
¿Por qué?
Porque el pecado no solamente cambió su condición.
Cambió su percepción de Dios.
Esto es exactamente lo que la mentira del enemigo buscaba.
Satanás había comenzado presentando a Dios como alguien restrictivo.
Como alguien que escondía algo bueno.
Como alguien cuya palabra no debía creerse completamente.
Ahora, después del pecado, aquella distorsión se profundizaba.
El Padre comenzó a parecer amenaza.
El proveedor comenzó a parecer juez del cual había que huir.
La presencia que había significado comunión comenzó a significar peligro.
Y desde entonces una de las grandes tragedias del pecado ha sido precisamente ésta:
el hombre huye de la única Persona que puede salvarlo.
Se esconde del Médico porque teme el diagnóstico.
Se esconde del Padre porque siente vergüenza.
Se esconde del Libertador porque imagina que solamente viene a condenarlo.
Eso explica por qué la obra de Satanás no consiste únicamente en inducir al pecado.
También busca después utilizar el pecado para deformar todavía más nuestra imagen de Dios.
Primero dice:
«Dios te está privando de algo.»
Después de que caemos, dice:
«Ahora Dios no quiere saber nada de ti.»
Primero nos invita a alejarnos.
Después utiliza la distancia para convencernos de que ya no podemos volver.
Primero cuestiona el amor de Dios.
Después utiliza nuestra culpa para hacernos temer ese mismo amor.
Ésta es una estrategia devastadora.
Porque si consigue que el pecador tenga miedo de acercarse a Dios, lo mantiene lejos precisamente de Aquel que podría restaurarlo.
Aquí también debemos preguntarnos qué sucedió espiritualmente.
Antes de la caída existía una comunión con Dios sin pecado interponiéndose.
Después aparece separación.
Isaías expresaría siglos después un principio espiritual:
«Vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios.»
Isaías 59:2, RVR1960
El pecado afecta la comunión.
Eso no significa que Dios dejara de estar presente en todo sentido.
De hecho, Génesis demuestra inmediatamente lo contrario: Dios vino a buscarlos.
Pero la relación ya no podía experimentarse de la misma manera.
La presencia de Dios que antes se disfrutaba libremente ahora era encontrada desde una conciencia culpable.
Respecto al Espíritu Santo debemos ser particularmente cuidadosos.
La Biblia no relata en Génesis una frase como:
«Y el Espíritu Santo abandonó a Adán.»
Por eso no debemos afirmar un mecanismo que el texto no describe.
Pero sí sabemos que el pecado y la comunión perfecta con Dios son incompatibles.
Y toda la historia posterior de la redención mostrará que la humanidad necesita reconciliación, regeneración y una nueva obra del Espíritu para recuperar la comunión perdida.
Pablo hablará posteriormente de hombres:
«destituidos de la gloria de Dios.»
Romanos 3:23, RVR1960
Y Cristo vendrá precisamente para hacer posible una nueva relación con Dios.
Por eso quizá podamos expresarlo así:
la caída no significó que Dios dejara de estar presente; significó que el hombre ya no podía relacionarse con su presencia desde la inocencia que había conocido antes.
Algo se había roto.
La comunión había sido herida.
La conciencia había cambiado.
La imagen de Dios se había deformado.
Y el hombre comenzó a esconderse.
Hay todavía otra cuestión.
¿Cambió también el ambiente del huerto?
Génesis no describe un oscurecimiento instantáneo del cielo, un cambio de temperatura o una transformación visible de la vegetación en el momento exacto de comer.
No debemos inventar detalles.
Pero el ambiente psicológico y espiritual cambió por completo.
El mismo jardín ya no se sentía igual.
Un lugar de comunión ahora contenía escondites.
Los árboles ya no eran solamente belleza y alimento.
Ahora servían para ocultarse.
La voz que antes podía esperarse con alegría ahora provocaba temor.
La desnudez que antes no producía vergüenza ahora era insoportable.
El compañero que antes era recibido con gozo pronto sería señalado en una acusación.
El mundo exterior podía parecer todavía semejante, pero el mundo interior del hombre había colapsado.
Y después las consecuencias comenzarían a extenderse también hacia la creación.
La Tierra produciría espinos.
El trabajo estaría acompañado de dolor.
El cuerpo experimentaría deterioro.
La muerte entraría en la experiencia humana.
Pablo diría finalmente que:
«toda la creación gime a una.»
Romanos 8:22, RVR1960
La rebelión que comenzó como una propuesta de libertad terminaría afectando todo.
Pero quizá su primera víctima fue la imagen que el hombre tenía de Dios.
Antes:
«Dios viene.»
Eso podía significar comunión.
Después:
«Dios viene.»
Y significó:
«Escóndete.»
Eso es lo que hace el pecado.
No solamente nos separa de Dios.
Nos hace creer que Dios es alguien de quien debemos separarnos.
Y aquí la mentira de la serpiente alcanzó una profundidad terrible.
Había logrado que los hijos tuvieran miedo del Padre.
Pero entonces sucedió algo que nos permitirá descubrir quién era Dios realmente.
Adán se escondió.
Eva se escondió.
El hombre tuvo miedo.
La relación había sido quebrada.
Y Dios pudo haber dicho:
«Ustedes escogieron marcharse. Quédense escondidos.»
Pero no lo hizo.
En medio del huerto se escuchó una pregunta:
«¿Dónde estás tú?»
Génesis 3:9, RVR1960
El hombre estaba huyendo de Dios.
Dios estaba buscando al hombre.
El hombre pensaba que debía esconderse del Padre.
El Padre salió a buscar al hijo que se escondía.
Y ahí comenzamos a descubrir que quizá la imagen de Dios que Satanás había conseguido introducir en el corazón humano no tenía nada que ver con quien Dios realmente era.
El enemigo había dicho, en esencia:
«Dios no quiere tu bien.»
Pero Dios salió a buscar.
El pecado decía:
«Escóndete.»
Dios decía:
«¿Dónde estás?»
La vergüenza decía:
«Cúbrete.»
Dios comenzaría un plan para restaurar.
El miedo decía:
«Huye del Padre.»
Y el Padre comenzaría a caminar hacia sus hijos.
La primera gran distorsión acerca de Dios había comenzado.
Pero también estaba comenzando algo más.
Dios iba a revelar, mediante sus propias acciones, cómo era Él realmente.
¿Qué aprendemos de Dios aquí?
Aprendemos que Dios no cambia cuando nosotros cambiamos nuestra percepción de Él.
Adán tuvo miedo.
Pero Dios seguía siendo el mismo Dios que lo había creado y bendecido.
«Porque yo Jehová no cambio.»
Malaquías 3:6, RVR1960
Nuestros sentimientos pueden cambiar.
Nuestra conciencia puede acusarnos.
Nuestra percepción puede deformarse.
Pero el carácter de Dios no cambia con nuestras emociones.
Aprendemos que Dios busca al que se esconde.
La primera reacción humana después del pecado fue huir.
La primera acción divina que Génesis destaca fue buscar.
«¿Dónde estás tú?»
Génesis 3:9, RVR1960
Mucho tiempo después Jesús expresaría el mismo corazón:
«El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.»
Lucas 19:10, RVR1960
Aprendemos que Dios no es el monstruo que nuestra culpa puede hacernos imaginar.
La Escritura lo describe como:
«Misericordioso y clemente… grande en misericordia.»
Salmos 103:8, RVR1960
Esto no significa que ignore el pecado.
Lo confrontará.
Habrá consecuencias.
Habrá justicia.
Pero justicia no significa ausencia de amor.
Aprendemos que el pecado separa, pero Dios busca reconciliar.
La humanidad comenzó a alejarse.
El plan de Dios comenzaría a traerla nuevamente hacia Él.
Pablo diría:
«Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo.»
2 Corintios 5:19, RVR1960
La separación no tendría la última palabra.
Y el contraste se vuelve impresionante:
El pecado produjo vergüenza. Dios comenzó a buscar.
La mentira produjo miedo. Dios habló.
El hombre se escondió. Dios se acercó.
El hombre intentó cubrirse. Dios comenzaría a preparar redención.
La imagen del Padre se deformó. Dios iniciaría una historia completa para revelarnos nuevamente cómo es Él.
Y siglos después llegaría Jesucristo.
El Hijo diría:
«El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.»
Juan 14:9, RVR1960
Eso significa que una de las grandes obras de Cristo sería también corregir la imagen que el pecado y la mentira habían producido acerca de Dios.
El hombre había comenzado escondiéndose del Padre.
Jesucristo terminaría mostrando a un Padre que corre hacia el hijo perdido.
Un Padre que busca.
Un Padre que perdona.
Un Padre que restaura.
Un Padre que entrega al Hijo para rescatar a quienes habían huido.
Por eso aquella frase de Adán:
«Tuve miedo»
marca mucho más que el nacimiento de una emoción.
Marca el comienzo de una imagen distorsionada de Dios que acompañaría a la humanidad durante generaciones.
Y desde ese momento, una parte esencial de la historia de la redención consistiría en que Dios mismo demostraría, una y otra vez:
«Yo no soy como la serpiente les hizo creer.»
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