01. ¿De dónde apareció el mal si todo lo que Dios había creado era bueno?

Dr. Elio M Rivera

  Hasta este momento hemos contemplado un mundo extraordinariamente diferente al nuestro.

  Un mundo en el que el hombre no comenzó huyendo de Dios, sino viviendo cerca de Él.

  Adán abrió los ojos a la existencia y encontró vida.

  Encontró un hogar.

  Encontró alimento.

  Encontró propósito.

  Encontró trabajo.

  Encontró una creación extraordinaria que descubrir.

  Y, sobre todas las cosas, encontró a Dios.

  Después apareció Eva.

  Dios los bendijo.

  Les entregó autoridad.

  Les dijo que fructificaran, se multiplicaran, llenaran la Tierra y la gobernaran.

  No fueron creados como esclavos destinados simplemente a obedecer órdenes. Fueron creados a imagen y semejanza de Dios y recibieron una responsabilidad extraordinaria dentro de la creación.

  Todo lo que hemos estudiado hasta ahora parece apuntar en la misma dirección.

  Dios quería al hombre.

  Dios disfrutaba al hombre.

  Dios había preparado algo extraordinario para sus hijos.

  Y cuando terminó su obra, la Escritura resume el escenario con unas palabras difíciles de mejorar:

  “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Génesis 1:31).

  Bueno en gran manera.

  Entonces resulta inevitable hacer una pregunta.

  Una pregunta que probablemente todo ser humano se ha hecho alguna vez, aunque la haya expresado de diferentes maneras:

  Si todo era tan bueno…

  ¿Qué sucedió?

  ¿Cómo pasamos de Génesis 1 y 2 al mundo que conocemos?

  ¿De dónde aparecieron el miedo, la violencia, el sufrimiento, la enfermedad, la muerte, el odio, la injusticia y todas las demás cosas que diariamente destruyen la vida humana?

  ¿Fue Dios quien diseñó este mundo así?

  ¿Formaban parte todas estas cosas de su proyecto original?

  ¿O sucedió algo que alteró profundamente aquello que Él había establecido?

  Para responder estas preguntas tendremos que entrar en una de las partes más difíciles, pero también más importantes, de nuestra investigación acerca de Dios.

  Porque a partir de este momento ya no estudiaremos solamente lo que Dios creó.

  Estudiaremos lo que hicieron algunas de sus criaturas con aquello que Dios les había dado.

Una pregunta que durante años me molestó

  Debo reconocer algo.

  Durante mucho tiempo, la historia de Adán y Eva me produjo más preguntas que respuestas.

  La imagen que yo tenía era aproximadamente ésta:

  Dios creó a Adán.

  Creó a Eva.

  Los colocó en el huerto.

  Puso allí un árbol que no podían tocar.

  Apareció una serpiente extraordinariamente astuta.

  Los engañó.

  Ellos comieron.

  Y Dios los expulsó.

  Todo parecía haber sucedido casi inmediatamente.

  Y si ésa hubiera sido toda la historia, confieso que habría sido difícil no hacer algunas preguntas incómodas.

  ¿Por qué puso Dios aquel árbol allí?

  ¿Por qué permitió que Satanás se acercara a ellos?

  ¿Por qué no lo detuvo?

  ¿Por qué permitió que dos seres inocentes fueran confrontados por una criatura que aparentemente sabía mucho más que ellos?

  ¿Tuvieron realmente una oportunidad de resistir?

  ¿Sabían lo que estaban haciendo?

  ¿Y por qué las consecuencias fueron tan enormes?

  Durante años, una comprensión incompleta de esta historia contribuyó a formar en mí una imagen equivocada de Dios.

  Parecía que Dios había preparado el escenario, permitido la tentación y después castigado al hombre cuando las cosas salieron mal.

  Pero mientras más estudié los primeros capítulos de Génesis y el resto de la Escritura, más difícil me resultó sostener aquella imagen.

  Porque el Adán que encontramos en Génesis no parece un niño indefenso.

  Es un hombre capaz de aprender, trabajar, administrar, comunicarse, clasificar animales, recibir instrucciones y gobernar.

  Y el huerto tampoco parece una especie de sala de espera donde Adán y Eva permanecieron unas horas antes de que apareciera la serpiente.

  Era un lugar de vida.

  De trabajo.

  De aprendizaje.

  De relación.

  De gobierno.

  Y, sobre todo, de convivencia con Dios.

  Mi problema comenzó a cambiar.

  Tal vez la pregunta no era:

  “¿Por qué Dios hizo esto con Adán y Eva?”

  Tal vez primero necesitaba averiguar:

  “¿Qué sucedió realmente?”

Antes de la caída del hombre ocurrió otra rebelión

  Aquí aparece una pieza indispensable de la historia.

  Cuando abrimos Génesis 3, encontramos algo que no estaba presente en Génesis 1.

  Una serpiente.

  Pero detrás de aquella serpiente existe una historia mucho mayor.

  La Biblia posteriormente identifica al gran adversario como “la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás” (Apocalipsis 12:9).

  Esto significa que antes de preguntarnos por qué Adán cayó tendremos que hacer otra pregunta:

  ¿De dónde salió Satanás?

  Porque Dios no creó un Satanás.

  Dios no creó un diablo.

  Dios no produjo deliberadamente un ser maligno para introducirlo después en el huerto y destruir a sus hijos.

  De acuerdo con la reconstrucción que desarrollo en este libro a partir de pasajes como Ezequiel 28 e Isaías 14, aquel ser había tenido un origen completamente diferente.

  Ezequiel utiliza una expresión extraordinaria:

  “Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad” (Ezequiel 28:15).

  Observe cuidadosamente las palabras.

  Fue creado.

  Fue creado perfecto.

  Pero después se halló maldad en él.

  Algo sucedió entre esas dos realidades.

  Y precisamente eso tendremos que investigar.

  ¿Cómo puede una criatura creada buena comenzar a desear algo malo?

  ¿Cómo aparece orgullo donde antes no existía?

  ¿Cómo puede alguien que conoce la gloria de Dios comenzar a desear su posición?

  ¿Cómo se transforma un ser privilegiado en un rebelde?

  Y quizá la pregunta todavía más difícil:

  Si Dios sabía lo que estaba ocurriendo, ¿por qué no lo detuvo inmediatamente?

  Todas estas preguntas importan porque la historia de la caída del hombre no comienza realmente cuando Eva extiende su mano hacia un fruto.

  Para entonces ya existía una rebelión.

  Ya existía un rebelde.

  Ya existía una criatura que había decidido que no quería permanecer bajo el gobierno de Dios.

  Y, según la línea de interpretación que desarrollo en este libro, aquel conflicto terminaría llegando hasta los seres humanos a quienes Dios había entregado autoridad sobre la Tierra.

Dos rebeliones que terminarían encontrándose

  Aquí aparece algo que considero fascinante.

  Comparemos dos declaraciones.

  Isaías describe la aspiración del rebelde con estas palabras:

  “Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono…” (Isaías 14:13).

  Y cuando llegamos a Génesis, la serpiente ofrece al hombre:

  “Seréis como Dios” (Génesis 3:5).

  Levantaré mi trono.

  Seréis como Dios.

  No son frases idénticas, pero la semejanza conceptual resulta impresionante.

  En ambos escenarios encontramos una criatura que deja de aceptar el lugar que Dios le ha dado y comienza a desear autonomía, exaltación y una posición que no le corresponde.

  Eso cambia completamente nuestra manera de observar el fruto.

  Porque si únicamente miramos el acto exterior, toda la historia puede parecernos absurda.

  ¿Tanto sufrimiento por comer una fruta?

  ¿Muerte?

  ¿Separación?

  ¿Pérdida del Edén?

  ¿Todo por un bocado?

  Pero quizá el fruto no era el verdadero centro de la historia.

  Quizá era simplemente la manifestación visible de una decisión mucho más profunda.

  ¿Quién tendría derecho a gobernar?

  ¿Quién determinaría lo bueno y lo malo?

  ¿Continuaría el hombre viviendo bajo el gobierno de su Creador?

  ¿O intentaría establecer su propia manera de vivir?

  En mi libro he resumido la estructura de esta rebelión humana alrededor de tres actitudes profundamente relacionadas:

  Rebelión.

  Orgullo.

  Egoísmo.

  La rebelión dice:

  “No quiero que gobiernes sobre mí”.

  El orgullo dice:

  “Yo puedo ocupar una posición que no me corresponde”.

  Y el egoísmo dice:

  “Lo que yo deseo es más importante que aquello que tú has establecido”.

  Visto desde esta perspectiva, Génesis 3 deja de ser simplemente la historia de dos personas que comieron algo prohibido.

  Es la historia de una rebelión.

Pero todavía falta una pregunta extraordinaria

  Hasta aquí podríamos concentrarnos completamente en Lucero, Adán y Eva.

  Pero éste no es solamente un libro acerca de ellos.

  Estamos tratando de descubrir cómo es Dios.

  Y por eso, mientras avancemos por esta historia, quiero que mantengamos nuestros ojos puestos también en Él.

  ¿Qué hizo Dios mientras Lucero comenzaba a rebelarse?

  ¿Por qué no destruyó inmediatamente a una criatura que se levantaba contra Él?

  ¿Por qué permitió que existiera una posibilidad real de desobediencia?

  ¿Por qué colocó el árbol en el huerto?

  ¿Por qué permitió que Adán pudiera decirle que no?

  ¿Por qué no impidió físicamente que tomara el fruto?

  Y después de que el hombre lo rechazó…

  ¿Qué hizo Dios?

  Creo que las respuestas nos revelarán algo extraordinario acerca de su carácter.

  Porque una cosa es amar a alguien que siempre hace lo que queremos.

  Otra muy diferente es darle libertad suficiente para rechazarnos.

  Y todavía existe algo más difícil:

  ¿Qué hacemos cuando alguien a quien amamos utiliza precisamente la libertad que le concedimos para volverse contra nosotros?

  Eso es lo que estamos a punto de observar.

  Génesis 3 no solamente nos mostrará cómo reaccionó el hombre frente a Dios.

  Nos mostrará cómo reaccionó Dios frente al hombre que acababa de rechazarlo.

  Y esa diferencia será fundamental.

La historia no terminará junto al árbol

  Lo que ocurrió en el Edén produjo consecuencias que alcanzaron a toda la humanidad.

  El miedo apareció.

  La vergüenza apareció.

  La relación entre el hombre y Dios cambió.

  La creación quedó afectada.

  La muerte entró en la experiencia humana.

  El mundo que encontramos después de Génesis 3 ya no es el mismo mundo que encontramos al comienzo de Génesis.

  Pero existe algo que me parece todavía más extraordinario.

  Dios no desapareció.

  Cuando Adán se escondió, Dios salió a buscarlo.

  “¿Dónde estás tú?” (Génesis 3:9).

  Y cuando las consecuencias de la rebelión apenas comenzaban a manifestarse, apareció también una promesa.

  La serpiente no tendría la última palabra.

  Vendría alguien.

  La descendencia de la mujer.

  Y finalmente la cabeza de la serpiente sería herida.

  Así que esta sección tendrá momentos oscuros.

  Hablaremos de orgullo.

  De rebelión.

  De engaño.

  De desobediencia.

  De juicio.

  De muerte.

  Pero no perderemos de vista la pregunta que dio origen a toda esta parte de nuestro estudio:

  ¿Cómo es Dios?

  Porque quizá una de las maneras más profundas de conocer el corazón de alguien no sea observar solamente cómo se comporta cuando todo marcha bien.

  Es observar lo que hace cuando es traicionado.

  Y eso es precisamente lo que estamos a punto de descubrir.

  Si todo era tan bueno…

  ¿Qué sucedió?

  Para encontrar la respuesta tendremos que regresar a un momento anterior al fruto, anterior a la serpiente y anterior a la caída del hombre.

  Tendremos que conocer primero la historia de una criatura extraordinaria.

  Un ser creado bueno.

  Un ser rodeado de gloria.

  Un ser que conocía a Dios.

  Y que, a pesar de todo lo que había recibido, comenzó a mirar el trono de su Creador y a desearlo para sí.

  Su nombre era Lucero.

¿Qué puedo aprender de Dios aquí?

  Comenzamos este capítulo contemplando un mundo bueno.

  Vida.

  Propósito.

  Trabajo.

  Relación.

  Autoridad.

  Una creación que Dios mismo contempló y llamó «buena en gran manera».

  Después apareció una pregunta inevitable:

  Si todo era tan bueno, ¿de dónde apareció todo lo que hoy nos hace sufrir?

  Todavía tendremos que recorrer mucha historia antes de responder completamente esa pregunta. Pero incluso ahora podemos comenzar a descubrir algunas cosas acerca de Dios.

  Aprendo que Dios es bueno.

  Éste es nuestro punto de partida. La historia bíblica no comienza con enfermedad, miedo, violencia, vergüenza y muerte. Comienza con un Dios creando y contemplando aquello que había hecho.

  «Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.»
  Génesis 1:31, RVR1960

  Aprendo que Dios es el Dador de la vida.

  Adán abrió los ojos y encontró una existencia que no había producido por sí mismo. La vida fue un regalo.

  «Porque contigo está el manantial de la vida.»
  Salmos 36:9, RVR1960

  Aprendo que Dios prepara antes de pedir.

  Antes de que Adán recibiera responsabilidades, Dios había preparado un mundo para él.

  Había alimento.

  Había un hogar.

  Había capacidades.

  Había propósito.

  Había una creación sobre la cual trabajar.

  El hombre comenzó recibiendo.

  «Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase.»
  Génesis 2:15, RVR1960

  Aprendo que Dios bendice.

  Una de las primeras acciones de Dios hacia el hombre no fue maldecirlo, amenazarlo ni castigarlo.

  Fue bendecirlo.

  «Y los bendijo Dios.»
  Génesis 1:28, RVR1960

  Eso resulta importante cuando intentamos descubrir cómo es Dios.

  Aprendo que Dios confía responsabilidades a sus criaturas.

  Dios pudo haber realizado absolutamente todo sin participación humana. Sin embargo, entregó al hombre una responsabilidad real dentro de la creación.

  «Llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread…»
  Génesis 1:28, RVR1960

  El Dios que posee toda autoridad decidió compartir responsabilidades con criaturas hechas a su imagen.

  Aprendo que Dios desea relación con nosotros.

  El hombre no fue creado solamente para trabajar.

  No fue creado solamente para gobernar.

  No fue creado solamente para reproducirse.

  Fue creado para conocer a Dios.

  Jesús describiría siglos después el corazón de esa relación:

  «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero
  Juan 17:3, RVR1960

  Aprendo que Dios no creó al hombre para vivir dominado por el miedo.

  El miedo aparece después de la rebelión.

  Cuando Adán finalmente dice:

  «Tuve miedo»
  Génesis 3:10, RVR1960

  algo ha cambiado profundamente.

  La Escritura nos muestra que el corazón de Dios hacia sus hijos no es producir una relación basada en terror:

  «No habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor
  Romanos 8:15, RVR1960

  Aprendo que Dios permitió al hombre una respuesta verdadera.

  Adán podía obedecer.

  Pero también podía desobedecer.

  Podía confiar.

  Pero también podía desconfiar.

  Podía permanecer bajo el gobierno de Dios.

  Pero también podía intentar separarse de él.

  Dios no creó una máquina.

  Creó una persona capaz de responder.

  Por eso encontramos repetidamente en la Escritura esta invitación:

  «Escoge, pues, la vida.»
  Deuteronomio 30:19, RVR1960

  Aprendo que Dios no debe ser confundido con aquello que sus criaturas hicieron con sus regalos.

  Ésta será una distinción fundamental durante todo lo que sigue.

  Dios puede dar inteligencia y una criatura puede utilizarla para engañar.

  Dios puede dar autoridad y una criatura puede utilizarla para dominar.

  Dios puede dar voluntad y una criatura puede utilizarla para rebelarse.

  Dios puede dar libertad y una criatura puede utilizarla para alejarse de Él.

  Pero la utilización incorrecta del regalo no transforma al Dador en autor del mal.

  «Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.»
  1 Juan 1:5, RVR1960

  Aprendo que Dios busca al ser humano aun después de que éste lo rechaza.

  Y aquí llegamos quizá a una de las revelaciones más hermosas de este capítulo.

  Adán pecó.

  Adán tuvo miedo.

  Adán se escondió.

  Pero entonces escuchamos la voz de Dios:

  «¿Dónde estás tú?»
  Génesis 3:9, RVR1960

  El hombre se escondió.

  Dios salió a buscarlo.

  Siglos después Jesús mostraría que aquel impulso continuaba revelando el corazón de Dios:

  «Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.»
  Lucas 19:10, RVR1960

  Aprendo que Dios no abandona inmediatamente a quienes le han fallado.

  El pecado produjo consecuencias reales. Pero la respuesta de Dios no fue simplemente desaparecer y dejar al hombre abandonado a su decisión.

  La Escritura describe repetidamente a Dios de esta manera:

  «Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira, y grande en misericordia.»
  Salmos 103:8, RVR1960

  Y aprendo que Dios no permitirá que el mal tenga la última palabra.

  Apenas había comenzado la tragedia cuando apareció también una promesa.

  La serpiente había entrado en la historia.

  Pero la serpiente no ganaría la historia.

  Dios anunció que llegaría el día en que sería derrotada.

  «Ésta te herirá en la cabeza.»
  Génesis 3:15, RVR1960

  Así que incluso antes de estudiar detalladamente cómo comenzó la rebelión, ya podemos observar un contraste extraordinario.

  Dios creó algo bueno.

  Sus criaturas utilizaron su libertad para rebelarse.

  El pecado produjo miedo.

  Dios buscó al que se escondía.

  La rebelión produjo separación.

  Dios comenzó una obra de reconciliación.

  El enemigo introdujo una mentira acerca de Dios.

  Dios continuaría revelando quién era realmente.

  El pecado abrió la puerta a la muerte.

  Dios comenzó a anunciar vida y victoria.

  Y esto cambia la pregunta.

  Ya no queremos saber solamente:

  ¿De dónde apareció el mal?

  Ahora queremos observar también:

  ¿Qué hizo Dios cuando apareció el mal?

  Porque quizá allí descubriremos mucho más acerca de Él.

  No solamente observando a Dios cuando todo estaba «bueno en gran manera».

  Sino observándolo cuando sus criaturas utilizaron contra Él la libertad que habían recibido de sus propias manos.

  Cuando lo rechazaron.

  Cuando desconfiaron.

  Cuando se escondieron.

  Y cuando el mundo que había creado comenzó a quebrantarse.

  ¿Qué hizo Dios?

  Buscó.

  Habló.

  Confrontó.

  Prometió.

  Y comenzó a preparar el camino para rescatar.

  Por eso, aun antes de entrar de lleno en la historia de Lucero, comenzamos a descubrir algo que tendremos que observar durante toda esta sección:

  El mal nos mostrará lo que una criatura puede hacer cuando se aparta de Dios.

  Pero la respuesta de Dios al mal nos mostrará quién es Dios.

  Y quizá sea precisamente cuando contemplemos lo que hace después de ser rechazado cuando lleguemos a conocer más profundamente su corazón.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.