En el capítulo anterior dejamos planteada una pregunta extraordinaria:
¿Por qué quiso Dios que existiéramos?
Todavía no hemos terminado de responderla.
De hecho, apenas estamos comenzando.
Pero cuando regresamos a Génesis encontramos un detalle que durante mucho tiempo pasó inadvertido para mí.
Antes de crear al hombre, Dios preparó el lugar donde habría de vivir.
Adán todavía no respiraba.
Eva todavía no había sido formada.
Ningún niño había nacido.
No existían ciudades.
No había casas.
No había caminos.
Y, sin embargo, el escenario donde vivirían ellos y su descendencia ya estaba siendo preparado.
La Biblia lo expresa con una frase sencilla:
«En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Génesis 1:1, RVR1960).
Pero detrás de esas pocas palabras aparece algo extraordinario.
Un planeta entero.
Una casa extraordinaria llamada Tierra
Quizá la familiaridad nos ha robado la capacidad de asombrarnos.
Vivimos sobre la Tierra todos los días.
Caminamos sobre ella.
Respiramos su aire.
Bebemos su agua.
Comemos lo que produce.
Vemos salir el Sol.
Observamos las nubes.
Sentimos la lluvia.
Contemplamos los árboles, las montañas y los océanos.
Y como todo esto nos ha acompañado desde que nacimos, puede parecernos normal.
Pero normal no significa sencillo.
Nuestro planeta es extraordinario.
Tiene enormes océanos llenos de agua.
Montañas.
Valles.
Ríos.
Lagos.
Praderas.
Regiones tropicales.
Regiones heladas.
Y sobre toda esta diversidad existe una delgada atmósfera dentro de la cual respiramos y vivimos.
La Tierra recibe energía del Sol.
El agua de los océanos se evapora.
El vapor asciende.
Se forman nubes.
La lluvia cae.
Los ríos recorren la tierra.
Y el agua finalmente vuelve a los mares.
Siglos antes de que nosotros habláramos de estos procesos con terminología científica, la Escritura observaba:
«Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo» (Eclesiastés 1:7, RVR1960).
El agua circula.
Pero no es el único ciclo.
Las plantas utilizan aquello que encuentran en su ambiente.
Los animales se alimentan de plantas y de otros organismos.
Los residuos vuelven al suelo.
La materia es reutilizada.
El oxígeno, el carbono, el agua y numerosos nutrientes circulan constantemente a través de sistemas extraordinariamente interconectados.
La Tierra no funciona como una despensa que fue llenada una vez y después quedó destinada a vaciarse.
Posee ciclos naturales capaces de renovar y reutilizar recursos continuamente.
Y eso me parece extraordinario.
Porque Dios no estaba preparando un hogar solamente para dos personas.
Estaba preparando un mundo en el que, según el relato bíblico, viviría la descendencia que vendría después de ellas.
La Escritura dice:
«Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra» (Génesis 1:28, RVR1960).
Así que el escenario tenía que ser mucho mayor que un pequeño jardín.
Había una Tierra por llenar.
Generaciones vendrían después.
Y el planeta tendría que continuar funcionando.
Día tras día.
Año tras año.
Generación tras generación.
Eso cambia un poco la manera en que contemplo nuestro hogar.
No solamente tenía que funcionar; también podía ser hermoso
Hay otro detalle que me conmueve todavía más.
Si el único propósito de la Tierra fuera mantener vivos a los seres humanos, muchas de las cosas que encontramos en ella parecerían innecesarias.
Pero nuestro planeta no solamente funciona.
Es hermoso.
Extraordinariamente hermoso.
Piense en un amanecer.
En la luz atravesando las nubes.
En una montaña cubierta de nieve.
En el sonido de la lluvia.
En un cielo completamente lleno de estrellas.
En el oleaje del mar.
En una cascada.
En un bosque.
En el color de las flores.
En las alas de una mariposa.
En los peces de un arrecife.
En la enorme variedad de aves.
En los colores de un atardecer.
Nada de eso se siente simplemente como una habitación con oxígeno.
La Tierra parece un hogar lleno de detalles.
El salmista quedó maravillado al contemplarlo:
«¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios» (Salmos 104:24, RVR1960).
Y el mismo salmo dedica largas líneas a observar cómo funciona aquel mundo.
Habla de las fuentes que corren entre los montes.
De los animales que beben de ellas.
De las aves que habitan junto a las aguas.
De la lluvia.
De la hierba.
De los árboles.
Del Sol.
De la Luna.
Del mar.
De los animales que viven dentro de él.
Es casi como si el escritor se detuviera a contemplar el planeta y dijera:
Mire todo esto.
Y entonces alabara al que lo hizo.
Pero Génesis contiene un detalle todavía más hermoso.
Cuando describe los árboles que Dios hizo aparecer en el huerto, no dice solamente que eran buenos para comer.
Dice:
«Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer» (Génesis 2:9, RVR1960).
Siempre me ha llamado la atención el orden.
«Delicioso a la vista».
Y después:
«bueno para comer».
Dios no solamente estaba proporcionando alimento.
Había belleza.
Algo podía ser contemplado.
Disfrutado.
Admirado.
Y comenzamos nuevamente a encontrarnos con una pregunta que acompañará toda esta investigación:
¿Qué nos dicen las obras de Dios acerca de Dios?
Todavía no respondamos.
Sigamos observando.
Porque nuestro planeta tiene otra característica impresionante.
Muchas de las condiciones necesarias para nuestra existencia funcionan simultáneamente.
Necesitamos agua líquida.
Necesitamos una atmósfera adecuada.
Necesitamos energía.
Necesitamos temperaturas compatibles con la vida.
Necesitamos nutrientes.
Necesitamos ciclos que continúen funcionando.
Necesitamos un suelo capaz de participar en el sostenimiento de la vegetación.
Necesitamos innumerables relaciones entre organismos.
No vivimos gracias a una sola condición favorable.
Vivimos dentro de un enorme sistema de condiciones que trabajan juntas.
Quite suficientes piezas y la casa deja de funcionar.
Pero aquí estamos.
Respirando.
Bebiendo.
Comiendo.
Cultivando.
Viviendo sobre una pequeña franja de tierra firme rodeada por enormes océanos y cubierta por una atmósfera extraordinariamente delgada.
Isaías escribió:
«Porque así dijo Jehová, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso; no la creó en vano, para que fuese habitada la creó» (Isaías 45:18, RVR1960).
Me interesa particularmente esa última expresión:
«Para que fuese habitada la creó».
Según la perspectiva bíblica, la habitabilidad de nuestro planeta no aparece como un detalle posterior.
Formaba parte del propósito.
Como un Padre que prepara la casa antes de que lleguen sus hijos
Hay algo profundamente humano en todo esto que me ayuda a comprenderlo.
Cuando unos padres saben que viene un hijo, frecuentemente comienzan a preparar cosas antes de que el niño llegue.
Preparan una habitación.
Compran una cuna.
Buscan ropa.
Piensan dónde dormirá.
Qué necesitará.
Cómo protegerlo.
El niño todavía no ha llegado a casa.
No ha pedido ninguna de esas cosas.
Ni siquiera sabe que existen.
Pero alguien está pensando en él.
Antes de que llegue.
No quiero llevar la comparación más lejos de lo que permite la Escritura.
Pero mientras leo Génesis, no puedo evitar percibir algo semejante.
Antes de que Adán abriera los ojos, había luz.
Había agua.
Había tierra.
Había vegetación.
Había alimento.
Había ciclos funcionando.
Había un planeta preparado para sostener vida.
Había belleza.
Había un hogar.
Y solamente después aparece el hombre.
Eso me parece significativo.
Porque comenzamos esta parte de nuestra investigación preguntándonos por qué Dios quiso que existiéramos.
Todavía estamos lejos de tener una respuesta completa.
Pero estamos encontrando pequeñas pistas.
Y esta es una de ellas:
Antes de crear al hombre, preparó un lugar para él.
No improvisó después de que Adán apareció.
Según la narración de Génesis, primero preparó la casa.
Y entonces llegó el momento de traer al hombre a ella.
Como un buen padre que piensa en sus hijos antes de que ellos siquiera comprendan lo que necesitarán, Dios tenía un plan.
Todavía tenemos que descubrir cuál era.
No nos adelantemos.
Porque la siguiente frase que aparece en la historia nos llevará un poco más lejos:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza» (Génesis 1:26, RVR1960).
La casa estaba preparada.
Ahora llegaba el momento de crear a quien viviría en ella.
Y la manera en que Dios decidió hacerlo nos dará otra pieza extraordinaria acerca de cómo veía Dios al hombre desde el principio.
Para continuar esta investigación
Si desea detenerse a contemplar con mayor detalle la extraordinaria complejidad y belleza del mundo que habitamos, le recomiendo visitar en Cristopedia la sección Las maravillas de la creación, donde estudiamos con mayor profundidad diferentes características del universo, la Tierra y la vida.
También puede consultar mi libro:
Cristopedia: Ciencia y Creación — Las maravillas del planeta Tierra
Allí desarrollamos con mucho mayor detalle muchas de las características que hacen de nuestro planeta un lugar extraordinario para la vida.
En esta serie, sin embargo, continuaremos siguiendo otra pregunta.
No solamente cómo funciona la casa.
Sino:
¿Qué nos dice acerca del Padre que, según Génesis, la preparó antes de que llegaran sus hijos?
Antes de continuar, volvamos a nuestra pregunta principal:
¿Qué nos enseñan estos hechos acerca de Dios?
Todavía no hemos creado a Adán en nuestra reconstrucción de la historia.
Y, sin embargo, Dios ya había preparado su hogar.
Había luz.
Había agua.
Había alimento.
Había ciclos capaces de continuar funcionando generación tras generación.
Había un planeta preparado para ser habitado.
Pero había algo más.
Había belleza.
Génesis incluso se detiene a decir que Dios hizo árboles «deliciosos a la vista», además de buenos para comer.
Así que podemos añadir nuevas piezas al retrato de Dios que estamos construyendo:
Dios es previsor.
Dios piensa anticipadamente en las necesidades de sus hijos.
Dios es cuidadoso con lo que prepara.
Dios no solamente provee lo necesario; también parece disfrutar rodeando sus regalos de belleza.
Dios prepara antes de entregar.
Hay algo que particularmente me conmueve.
Adán todavía no podía agradecerle nada.
Todavía no podía obedecerlo.
Todavía no podía adorarlo.
Ni siquiera existía.
Y Dios ya estaba preparando cosas para él.
Eso me recuerda inevitablemente a un padre preparando la habitación de un hijo que todavía no ha llegado a casa: piensa dónde dormirá, qué necesitará y cómo será recibido. Esa misma imagen aparece naturalmente al observar el orden del relato de Génesis: primero la casa; después, el hombre.
Y quizá esta sea la frase que debemos guardar de este capítulo:
El Dios que estamos comenzando a conocer parece pensar en sus hijos antes de que sus hijos puedan pensar en Él.
Todavía falta mucho.
Todavía llegaremos al árbol.
A la prohibición.
A la serpiente.
A la desobediencia.
Y tendremos preguntas difíciles que hacerle a esta historia.
Pero cuando lleguemos allí, no olvidemos lo que estamos descubriendo ahora.
Antes de observar lo que Dios prohibió, estamos observando todo lo que preparó.
Antes de escuchar un «no», estamos descubriendo una enorme cantidad de «sí».
Y antes de que el hombre pusiera un solo pie sobre la Tierra…
Dios ya había preparado la casa para recibirlo.
Libro recomendado

Escuche música con propósito
En el capítulo anterior dejamos la casa preparada.
La Tierra estaba allí.
Había luz.
Agua.
Tierra fértil.
Vegetación.
Alimento.
Belleza.
Un planeta extraordinario, lleno de sistemas capaces de sostener la vida generación tras generación.
Pero faltaba alguien.
Aquel para quien, según la narración bíblica, todo aquello había sido preparado.
Y entonces llegamos a uno de los momentos más extraordinarios del relato de la creación.
Hasta este punto Génesis había repetido una expresión:
«Dijo Dios…»
Dios habla y aparece la luz.
Dios habla y aparecen las aguas.
Dios habla y surge la vegetación.
Dios habla y aparecen las criaturas vivientes.
Pero cuando llega el momento de crear al hombre, la manera de expresarlo cambia.
Dios dice:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza» (Génesis 1:26, RVR1960).
Detengámonos allí.
Porque si estamos tratando de descubrir cómo es Dios observando lo que hace, estas palabras merecen toda nuestra atención.
Dios pudo haber creado otra criatura.
Pero decidió hacer algo diferente.
Una criatura a su imagen.
Una criatura conforme a su semejanza.
¿Por qué?
Hay una expresión que aparece repetidamente en el relato de Génesis.
Cuando Dios crea los seres vivos, establece que se reproduzcan:
«según su género».
La Escritura dice:
«Produjo, pues, la tierra hierba verde, hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya semilla está en él, según su género» (Génesis 1:12, RVR1960).
Después, hablando de los animales:
«E hizo Dios animales de la tierra según su género, y ganado según su género, y todo animal que se arrastra sobre la tierra según su especie» (Génesis 1:25, RVR1960).
Lo vemos a nuestro alrededor.
Un elefante tiene elefantitos.
Y cuando nacen, se parecen a sus padres.
Tienen trompa.
Orejas.
Patas.
La naturaleza propia de un elefante.
Un perro tiene perritos.
Y los pequeños perros manifiestan las características propias de su especie.
Un caballo produce caballos.
Un ave produce aves.
Y entonces llegamos al hombre.
Pero aquí encontramos algo completamente diferente.
No dice simplemente:
«Hagamos otro animal según su género».
Dice:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza».
Eso me parece extraordinario.
Porque inmediatamente surge una pregunta:
¿Qué estaba intentando hacer Dios?
No adelantemos todavía todas las respuestas.
Pero el lenguaje utilizado por Génesis nos obliga a reconocer que el ser humano ocupa un lugar particular dentro del relato.
Existe un detalle posterior en Génesis que puede ayudarnos a comprender el lenguaje.
Mucho tiempo después de la creación de Adán, la Biblia utiliza nuevamente las palabras semejanza e imagen.
Pero esta vez no habla de Dios creando a Adán.
Habla de Adán teniendo un hijo.
Observe:
«Y vivió Adán ciento treinta años, y engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen, y llamó su nombre Set» (Génesis 5:3, RVR1960).
¿Lo notó?
Es difícil pasar por alto el paralelismo.
Primero:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza» (Génesis 1:26).
Y después:
«Adán […] engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen» (Génesis 5:3).
Imagen.
Semejanza.
Y ahora esas palabras aparecen en el contexto de un padre y su hijo.
Eso comenzó a hacerme mirar Génesis de una manera diferente.
Porque la Biblia posteriormente utiliza una expresión todavía más sorprendente.
Lucas presenta la genealogía de Jesucristo y retrocede generación tras generación.
Hasta llegar al principio.
Y termina así:
«Enós, hijo de Set, Set, hijo de Adán, Adán, hijo de Dios» (Lucas 3:38, RVR1960).
Adán:
«hijo de Dios».
No significa que Adán fuera Dios.
Tampoco significa que fuera una pequeña deidad.
La criatura nunca deja de ser criatura y el Creador nunca deja de ser Creador.
Pero sí encontramos algo que tendremos que investigar con mucha atención.
Dios estaba creando un ser que llevaría su imagen.
Su semejanza.
Y la Escritura posteriormente llamaría a aquel hombre:
«hijo de Dios».
Ahora la imagen del capítulo anterior comienza a adquirir todavía más significado.
Primero preparó la casa.
Después llegaron los hijos.
Aquí tenemos que tener cuidado.
Cuando Génesis dice que Dios hizo al hombre a su imagen, evidentemente no está diciendo que Dios tenga nuestro tamaño, nuestro peso o nuestras características físicas.
Jesús dijo:
«Dios es Espíritu» (Juan 4:24, RVR1960).
Así que tenemos que buscar el parecido en otro lugar.
Y aquí comienza una investigación fascinante.
¿Qué hay en nosotros que refleja algo de Él?
Podemos pensar.
Podemos razonar.
Podemos crear.
Podemos hablar.
Podemos escoger.
Podemos amar.
Podemos relacionarnos.
Podemos distinguir entre lo bueno y lo malo.
Podemos apreciar la belleza.
Podemos sentir compasión.
Podemos ejercer autoridad.
Podemos establecer relaciones profundas.
Podemos comunicar ideas que existen primero dentro de nuestra mente y después convertirlas en palabras, música, edificios, pinturas, libros y proyectos.
Y sobre todo, podemos conocer a Dios.
No somos Dios.
Pero, según Génesis, fuimos creados de una manera que nos permitiera reflejar algo de Él.
Como un hijo que lleva rasgos de su padre.
Y esto comienza a ayudarnos a comprender algo que dijimos anteriormente.
Dios no necesitaba crear al hombre.
No había una carencia en Él que nosotros vinimos a llenar.
Pero aparentemente quiso hacer algo extraordinario:
quiso compartir.
Compartir existencia.
Compartir relación.
Compartir responsabilidad.
Compartir su creación.
Y crear seres capaces de reflejar algo de su propia vida.
Pablo, muchos siglos después, utilizaría un lenguaje extraordinario al hablar del propósito de Dios para sus hijos:
«Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo» (Romanos 8:29, RVR1960).
Otra vez:
imagen.
Y esta vez aparece Jesucristo.
Eso significa que nuestra investigación acaba de adquirir una dimensión mucho mayor.
Comenzamos en Génesis con un hombre creado a imagen de Dios.
Y en el Nuevo Testamento encontramos a Dios trabajando nuevamente para llevar a sus hijos hacia la imagen de su Hijo.
No desarrollaremos todavía todo lo que eso significa.
Tendremos tiempo para hacerlo.
Pero hay algo que sí comienza a aparecer delante de nosotros.
Quizá Dios nunca quiso simplemente llenar un planeta de seres humanos.
Tal vez quería hijos que manifestaran su vida.
Personas en quienes pudiera verse algo de Él.
Jesús utilizaría siglos después una expresión que me parece preciosa:
«Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5:16, RVR1960).
Observe nuevamente la relación:
hijos que hacen visible algo de su Padre.
Eso es precisamente lo que hace una imagen.
Hace visible algo que de otra manera no estamos viendo directamente.
Y entonces comienzo a comprender por qué estas palabras de Génesis son tan importantes.
Dios estaba a punto de colocar sobre la Tierra una criatura que tendría una relación única con Él.
No una máquina.
No un esclavo programado para obedecer.
No simplemente otro animal.
Un ser hecho:
«a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza».
Todavía nos falta muchísimo por descubrir acerca de lo que significaba aquello.
Pero quiero detenerme por un momento en algo personal.
Porque si esto es verdad, cambia también la manera en que usted y yo podemos mirarnos.
Tal vez alguien le ha hecho sentir que no vale nada.
Tal vez usted mismo ha llegado a pensarlo.
Quizá mira sus errores.
Su pasado.
Sus limitaciones.
Su apariencia.
Sus fracasos.
Y ha terminado preguntándose si realmente tiene algún valor.
Pero antes de que existieran las opiniones de los demás acerca de usted, la Biblia ya había establecido algo acerca del ser humano:
Dios decidió hacerlo a su imagen y semejanza.
Todavía no hemos llegado al pecado.
No hemos llegado a la serpiente.
No hemos llegado al árbol prohibido.
No hemos llegado a la expulsión del Edén.
Por ahora quiero que contemplemos al hombre como apareció primero en el propósito de Dios.
Un planeta preparado.
Un Padre.
Y una criatura creada para llevar su imagen.
Pero todavía falta algo.
Porque después de decir:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza»,
Dios añadió inmediatamente:
«y señoree…» (Génesis 1:26, RVR1960).
Dios no solamente le estaba dando al hombre un hogar.
Estaba a punto de entregarle autoridad sobre una parte de su creación.
Y eso nos conducirá a la siguiente pregunta:
¿Qué clase de lugar quiso darle Dios al hombre dentro de su Reino?
Al llegar al final de este capítulo, nuestra pregunta sigue siendo la misma:
¿Qué nos revela todo esto acerca de Dios?
Estamos descubriendo que el Dios de la Biblia no parece interesado únicamente en demostrar su grandeza o establecer la distancia que existe entre Él y nosotros. Por el contrario, desde el principio aparece haciendo algo sorprendente: acercando al ser humano hacia Él.
Pudo mantener una distancia absoluta entre el Creador y la criatura. Sin embargo, decidió que hubiera en nosotros algo que reflejara quién es Él.
Eso comienza a mostrarnos a un Dios cercano.
Un Dios que desea ser conocido.
Un Dios que considera valioso que sus hijos puedan comprenderlo, relacionarse con Él y aprender su manera de ser.
También comenzamos a descubrir algo acerca de la manera en que Dios ve al ser humano.
Dios no parece contemplarlo como algo insignificante.
El salmista quedó impresionado precisamente por esta aparente contradicción:
«¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?» (Salmos 8:4, RVR1960).
Esa pregunta comienza a tener cada vez más sentido.
¿Por qué un Dios tan grande concedería semejante importancia a una criatura tan pequeña?
Estamos comenzando a descubrirlo.
Y podemos añadir algunas nuevas características al retrato que poco a poco estamos formando:
Dios es cercano.
Dios desea relacionarse.
Dios concede dignidad.
Dios da valor.
Dios desea ser conocido.
Dios quiere que su carácter pueda reflejarse en sus hijos.
Hay algo especialmente hermoso en esta última idea.
Si Dios quería que el hombre reflejara algo de Él, entonces conocer a Dios no debía consistir solamente en saber que existe.
Había algo más profundo.
El hombre tendría que conocer cómo piensa Dios, qué ama, qué considera bueno, cómo trata a otros, cómo ejerce su autoridad y qué clase de carácter posee.
Y esto nos coloca exactamente en el centro de nuestra investigación.
Porque eso es lo que nosotros también estamos intentando descubrir.
No queremos saber solamente si Dios existe.
Queremos conocer:
¿Cómo es?
Y ahora encontramos una pista extraordinaria: desde el principio, Dios quiso que hubiera seres capaces no solamente de conocer su existencia, sino de reflejar algo de su manera de ser.
Quizá por eso esta investigación sea mucho más personal de lo que imaginamos.
Porque mientras intentamos descubrir cómo es Dios, quizá también comenzaremos a descubrir qué clase de personas quiso Dios que llegáramos a ser.
Guardemos esta nueva pieza.
El retrato apenas comienza a tomar forma.
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Escuche música con propósito
Hay un detalle de la creación del hombre que durante mucho tiempo no consideré importante.
Hoy me parece extraordinario.
Dios no solamente preparó un mundo para que el hombre pudiera sobrevivir en él.
También creó al hombre con la capacidad de disfrutarlo.
Piénselo.
Dios pudo habernos creado sin sentido del gusto.
Nuestro cuerpo podría haber recibido nutrientes sin que comer produjera absolutamente ningún placer.
Pero no lo hizo así.
Creó frutas con diferentes sabores.
Dulces.
Ácidas.
Jugosas.
Aromáticas.
Y después colocó en nosotros la capacidad de experimentar esos sabores.
Génesis contiene un pequeño detalle que comienza a parecernos cada vez más importante:
«Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer» (Génesis 2:9, RVR1960).
Observe que el texto no dice solamente:
«bueno para comer».
Dice primero:
«delicioso a la vista».
¿Por qué?
¿Por qué tenía que ser hermoso?
El valor nutritivo de una fruta no depende de que un paisaje sea hermoso.
El oxígeno no necesita un atardecer.
Podríamos sobrevivir en un mundo gris.
Pero no vivimos en un mundo gris.
Vivimos en un planeta lleno de colores.
Y tenemos ojos capaces de verlos.
Hay flores.
Y podemos contemplarlas.
Hay aromas.
Y podemos percibirlos.
Hay sabores.
Y podemos disfrutarlos.
Hay sonidos.
Y podemos escucharlos.
Hay texturas.
Y podemos sentirlas.
Hay una brisa que podemos sentir sobre el rostro.
Agua que podemos sentir sobre nuestra piel.
Alimentos que no solamente nos mantienen vivos, sino que pueden producir placer al comerlos.
Y hay algo todavía más extraordinario.
Dios nos dio emociones.
No somos máquinas biológicas que reciben información del ambiente y responden automáticamente.
Podemos experimentar alegría.
Asombro.
Afecto.
Gratitud.
Paz.
Entusiasmo.
Podemos reír.
Podemos abrazar.
Podemos disfrutar la compañía de otra persona.
Podemos mirar algo hermoso y quedarnos contemplándolo simplemente porque nos produce placer.
Podemos escuchar música y sentir algo en nuestro interior.
Podemos amar y experimentar la alegría de ser amados.
¿Por qué?
Si el único objetivo de Dios hubiera sido mantener funcionando al ser humano, muchas de estas capacidades parecerían innecesarias.
Pero quizá el propósito nunca fue solamente mantenernos funcionando.
Quizá Dios quería que disfrutáramos aquello que había decidido compartir con nosotros.
El libro de Eclesiastés contiene una declaración sencilla:
«Asimismo, a todo hombre a quien Dios da riquezas y bienes, y le da también facultad para que coma de ellas, y tome su parte, y goce de su trabajo, esto es don de Dios» (Eclesiastés 5:19, RVR1960).
Observe algo extraordinario.
No habla solamente del regalo.
Habla también de la facultad para disfrutarlo.
Eso me parece profundamente significativo.
Porque una cosa es recibir algo.
Y otra es tener la capacidad de disfrutar aquello que recibimos.
La Biblia incluso presenta a Dios como alguien que da cosas para nuestro disfrute. Pablo habla del:
«Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos» (1 Timoteo 6:17, RVR1960).
No quiero apresurarme a sacar conclusiones.
Seguimos reuniendo piezas.
Pero esta pieza merece permanecer sobre la mesa.
El Dios de Génesis no solamente creó al hombre.
No solamente preparó un planeta donde pudiera vivir.
También hizo al hombre de tal manera que pudiera experimentar aquello que había preparado para él.
Le dio sentidos.
Le dio emociones.
Le dio capacidad de relacionarse.
Le dio capacidad de asombrarse.
Le dio capacidad de experimentar placer.
Le dio capacidad de disfrutar.
Y esto comienza a cambiar la imagen que alguna vez tuve de Dios.
Porque durante mucho tiempo imaginé a Dios principalmente como alguien que decía:
«No hagas esto».
«No toques aquello».
«No puedes hacer lo otro».
Pero todavía no hemos llegado al árbol prohibido.
Y antes de llegar allí tenemos que ser justos con la historia.
Antes de estudiar aquello que Dios prohibió, tenemos que detenernos a contemplar todo aquello que primero permitió disfrutar.
Eso cambia considerablemente el escenario.
Había un mundo.
Había belleza.
Había alimento.
Había colores.
Había sonidos.
Había aromas.
Había relaciones.
Y había un ser humano construido con la extraordinaria capacidad de experimentarlo.
El salmista escribió:
«Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras» (Salmos 139:14, RVR1960).
Quizá una de esas obras maravillosas somos nosotros mismos.
Nuestros ojos.
Nuestros oídos.
Nuestro gusto.
Nuestro olfato.
Nuestro tacto.
Nuestra mente.
Nuestras emociones.
Nuestra capacidad de amar.
Nuestra capacidad de disfrutar.
Y mientras colocamos esta nueva pieza en nuestro rompecabezas, quiero dejar una pregunta abierta:
¿Qué nos dice acerca de Dios el hecho de que no solamente creara cosas buenas, sino que también nos hiciera capaces de disfrutarlas?
No respondamos todavía.
Sigamos observando.
Porque todavía no hemos terminado de descubrir qué había preparado Dios para aquellos primeros seres humanos.
Después de observar todo esto, podemos detenernos nuevamente y hacer la pregunta que guía nuestra investigación:
¿Qué nos revela esto acerca de Dios?
Hay una diferencia enorme entre mantener vivo a alguien y permitirle disfrutar de estar vivo.
Y esa diferencia comienza a mostrarnos algo del corazón del Creador.
La Escritura no nos presenta solamente a un Dios interesado en que sus criaturas funcionen. Encontramos a un Dios que incorporó a la experiencia humana la capacidad de sentir placer, alegría, asombro, afecto y satisfacción.
Eclesiastés incluso llama «don de Dios» a la capacidad de disfrutar (Eclesiastés 5:19, RVR1960).
Eso nos permite añadir nuevas características al retrato que estamos construyendo:
Dios es bondadoso.
Dios es generoso.
Dios se interesa por nuestro gozo.
Dios no solamente da; también nos permite disfrutar lo que da.
Dios parece complacerse en el bienestar de sus hijos.
Esta última idea merece que nos detengamos un momento.
A veces podemos imaginar a Dios como si disfrutara más de nuestras privaciones que de nuestra felicidad; como si todo aquello que produce placer tuviera que despertar inmediatamente su desaprobación.
Pero cuando miramos el diseño original del ser humano, encontramos algo difícil de reconciliar con esa imagen.
Fue Dios quien nos hizo capaces de disfrutar.
La capacidad de experimentar alegría no apareció a espaldas del Creador.
La capacidad de maravillarnos tampoco.
El placer de amar y ser amados no fue un accidente.
La capacidad de sentir satisfacción, afecto y bienestar forma parte de la manera en que fuimos hechos.
Y la Escritura llega a decir:
«Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos» (1 Timoteo 6:17, RVR1960).
Eso comienza a modificar una imagen de Dios que muchos hemos tenido alguna vez.
Quizá antes de preguntarnos qué cosas Dios no quiere que hagamos, tendremos que comprender qué clase de vida quería Dios para el ser humano desde el principio.
Porque estamos descubriendo que el Dios de las primeras páginas de la Biblia no parece disfrutar privando al hombre.
Parece disfrutar dándole.
Y podemos guardar una nueva pieza para nuestro retrato:
Dios no solamente quiso darnos vida. Quiso que pudiéramos disfrutar el regalo de estar vivos.
Todavía falta mucho por descubrir.
Pero la imagen de Dios comienza, poco a poco, a hacerse más clara.
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Escuche música con propósito
Hasta este momento hemos observado a Dios preparar el escenario donde comenzaría la historia humana.
Pero ahora el relato se vuelve mucho más personal.
Ha llegado el momento de crear al hombre.
Y la manera en que Génesis describe ese momento es extraordinaria:
«Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente» (Génesis 2:7, RVR1960).
Detengámonos allí.
Porque hay algo diferente en estas palabras.
Durante el relato de la creación hemos encontrado repetidamente una expresión:
«Dijo Dios…»
Dios habla.
Y sucede.
Pero cuando Génesis 2 acerca nuestra mirada a la creación del hombre, utiliza una palabra diferente:
«formó».
No quiero hacer que esa palabra diga más de lo que realmente dice.
Pero tampoco quiero pasar sobre ella demasiado rápido.
Porque la imagen que presenta es profundamente hermosa.
El hombre no aparece simplemente.
Dios lo forma.
Y resulta sorprendente el material que Dios decidió utilizar.
Polvo.
No oro.
No plata.
No piedras preciosas.
No alguna sustancia celestial desconocida.
Polvo de la tierra.
La misma tierra sobre la cual el hombre viviría proporcionó, según Génesis, el material con el cual Dios formó su cuerpo.
Mucho tiempo después, el salmista escribiría:
«Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo» (Salmos 103:14, RVR1960).
Nuestro origen material es humilde.
Pero lo que Dios hizo con aquel material es extraordinario.
Un cuerpo humano.
Huesos que le darían estructura.
Articulaciones que permitirían movimiento.
Músculos capaces de responder a su voluntad.
Un corazón.
Ojos.
Oídos.
Manos capaces de tocar.
Un cerebro de una complejidad asombrosa.
Un sistema nervioso.
Órganos diferentes, realizando funciones diferentes y trabajando juntos para formar un solo organismo.
Siglos después, David contemplaría su propia existencia y exclamaría:
«Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien» (Salmos 139:14, RVR1960).
Hoy podemos observar el cuerpo humano con instrumentos que David nunca tuvo.
Podemos mirar células.
Podemos estudiar tejidos.
Podemos observar neuronas.
Podemos seguir el recorrido de la sangre.
Podemos estudiar cómo el ojo transforma la luz en información que el cerebro interpreta.
Podemos investigar cómo el oído transforma vibraciones en sonidos.
Podemos estudiar el sistema inmunológico, la memoria, el movimiento, la respiración y miles de procesos que ocurren dentro de nosotros sin que tengamos que dirigirlos conscientemente.
Y mientras más conocemos, más extraordinaria parece aquella sencilla palabra:
«formó».
Pero todavía faltaba algo.
Porque un cuerpo perfectamente formado no es lo mismo que un ser humano vivo.
Y entonces Génesis describe uno de los momentos más extraordinarios de toda la historia de la creación:
«Y sopló en su nariz aliento de vida».
Y después:
«fue el hombre un ser viviente».
El polvo recibió vida.
No sabemos cómo fue aquel instante.
La Biblia no nos permite describir aquello que no nos cuenta.
Pero sí podemos contemplar lo que el texto afirma.
Hubo un momento en que Adán no estaba vivo.
Y después…
vivió.
Respiró.
Su corazón comenzó a latir.
Sus ojos pudieron abrirse.
Sus oídos pudieron escuchar.
Su mente pudo comenzar a percibir aquello que lo rodeaba.
El primer ser humano estaba vivo.
Y había algo profundamente significativo en todo aquello:
Adán no había hecho absolutamente nada para conseguirlo.
No había trabajado.
No había obedecido.
No había ofrecido nada.
No había demostrado nada.
Ni siquiera había podido pedir existir.
Simplemente recibió.
Recibió cuerpo.
Recibió conciencia.
Recibió aliento.
Recibió existencia.
Recibió vida.
Muchos siglos después, Pablo diría acerca de Dios:
«Él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas» (Hechos 17:25, RVR1960).
Y Job expresaría algo semejante:
«El espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida» (Job 33:4, RVR1960).
Comenzamos entonces a comprender que aquella escena de Génesis no es solamente una historia acerca de Adán.
Nos obliga también a pensar en nosotros.
Porque hay cosas que utilizamos todos los días y que nunca conseguimos por nosotros mismos.
Yo no diseñé mis ojos.
No construí mi cerebro.
No decidí cuántas cámaras tendría mi corazón.
No diseñé mis pulmones.
No organicé mi sistema nervioso.
No fabriqué mis huesos.
No construí mi primera célula.
Y tampoco recuerdo haber dado una orden para que mi corazón comenzara a latir.
Llegué a este mundo y ya estaba sucediendo.
La vida me había sido dada.
Y eso hace que vuelva a mirar aquella escena de Génesis con otros ojos.
Durante mucho tiempo, cuando pensaba en Adán y Eva, mi mente corría inmediatamente hacia el árbol prohibido.
Pensaba en la orden.
En la serpiente.
En la desobediencia.
En el juicio.
Pero estamos reconstruyendo la historia lentamente.
Y todavía no hemos llegado allí.
Antes de la prohibición hubo algo mucho más fundamental.
Hubo un regalo.
Antes de que Adán escuchara lo que no debía hacer, tuvo que recibir la capacidad misma de escuchar.
Antes de que pudiera decidir obedecer o desobedecer, tuvo que recibir una mente capaz de decidir.
Antes de caminar hacia cualquier árbol, tuvo que recibir piernas capaces de llevarlo.
Antes de extender la mano para tomar cualquier cosa, tuvo que recibir una mano.
Antes de pronunciar una palabra, tuvo que recibir aliento.
Antes de hacer absolutamente nada…
tuvo que recibir la vida.
Y quizá durante mucho tiempo comenzamos la historia demasiado adelante.
Tal vez para comprender correctamente lo que después sucederá en el Edén, primero necesitamos contemplar detenidamente todo lo que ocurrió antes.
Ahora sí podemos detenernos y añadir una nueva pieza al retrato que estamos construyendo.
¿Qué descubrimos acerca de Dios en esta escena?
Descubrimos al Dios que da vida.
Y eso es mucho más profundo de lo que parece.
La vida es el regalo que hace posibles todos los demás regalos.
Sin ella no existe experiencia.
No existe conocimiento.
No existe relación.
No existe descubrimiento.
No existe posibilidad de amar, aprender, escoger, disfrutar ni construir una historia.
Todo comienza allí.
Con estar vivo.
Jesucristo expresó esta realidad con unas palabras extraordinarias:
«Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo» (Juan 5:26, RVR1960).
La Biblia presenta a Dios no solamente como alguien que posee vida, sino como aquel de quien procede.
Por eso podemos añadir nuevas palabras a nuestro retrato:
Dios es la fuente de la vida.
Dios convierte lo que no vive en algo viviente.
Dios da existencia donde antes no la había.
Dios tiene poder para comunicar vida.
Pero encuentro todavía algo más profundo en esta escena.
Adán recibió el regalo fundamental de su existencia antes de haber tenido oportunidad de merecer absolutamente nada.
Esto comienza a mostrarnos un principio acerca de Dios que tendremos que observar conforme avancemos:
Dios tomó la iniciativa.
El primer movimiento no fue del hombre hacia Dios.
Fue de Dios hacia el hombre.
Adán no buscó primero a Dios.
No podía hacerlo.
Dios fue primero.
Y eso me parece una pieza extraordinariamente importante para guardar.
Porque estamos intentando descubrir cómo es Dios observando sus acciones.
Y una de sus primeras acciones hacia el hombre fue ésta:
darle vida cuando el hombre todavía no podía darle absolutamente nada a cambio.
Guardemos esa pieza.
Porque todavía estamos contemplando solamente los primeros instantes de la historia humana.
Adán acaba de comenzar a vivir.
Y ahora tendremos que descubrir qué hizo Dios con aquel hombre al que acababa de darle vida.
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Adán estaba vivo.
Por primera vez, según el relato bíblico, un ser humano respiraba, observaba, escuchaba y contemplaba el mundo que Dios había preparado.
Pero la historia no termina allí.
Dios no le dio vida para después abandonarlo a su suerte.
Génesis nos muestra inmediatamente otra acción de Dios:
«Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado» (Génesis 2:8, RVR1960).
Observe nuevamente el orden.
Dios prepara.
Después coloca allí al hombre.
Y aquel lugar recibe un nombre que atravesará toda la historia bíblica:
Edén.
Para muchas personas, la palabra Edén inmediatamente produce la imagen de un jardín.
Y ciertamente había un huerto.
Pero conforme avancemos descubriremos que reconstruir el escenario original será mucho más interesante que simplemente imaginar árboles y vegetación.
Como establecimos desde el comienzo de esta investigación, no utilizaremos solamente Génesis.
La Biblia es un enorme rompecabezas y tendremos que buscar las piezas que otros libros nos proporcionan.
Algunas de las más sorprendentes aparecen precisamente en los últimos capítulos de la Biblia.
Apocalipsis vuelve a mostrarnos elementos que encontramos al principio.
El árbol de la vida.
Un río de agua de vida.
Y todo ello aparece relacionado con una extraordinaria ciudad (Apocalipsis 21–22).
Más adelante dedicaremos el espacio necesario para estudiar estas conexiones y preguntarnos hasta qué punto la restauración final nos permite comprender aquello que existió al principio.
Allí examinaremos con detenimiento una posibilidad extraordinaria: el huerto de Edén dentro del escenario de una hermosa ciudad preparada por Dios.
Pero no nos adelantemos.
Llegaremos allí en su momento.
Por ahora sigamos a Adán.
Génesis nos proporciona inmediatamente un detalle acerca de aquel lugar:
«Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer» (Génesis 2:9, RVR1960).
Ya hemos hablado de la belleza y de la capacidad que Dios dio al hombre para disfrutarla, así que no necesitamos detenernos nuevamente en ello.
Lo que me interesa observar ahora es otra cosa:
Adán llegó a un lugar donde ya había provisión.
No tuvo que comenzar su existencia preocupado por encontrar alimento.
No tuvo que preguntarse dónde conseguiría su próxima comida.
No tuvo que producir primero para poder sobrevivir.
Cuando llegó, ya había algo esperando por él.
Y poco después Dios le dijo:
«De todo árbol del huerto podrás comer» (Génesis 2:16, RVR1960).
Esta declaración es muy importante para mí.
Porque durante mucho tiempo, cuando pensaba en la historia de Adán y Eva, mi atención se dirigía inmediatamente hacia aquello que Dios había prohibido.
El árbol.
La orden.
La desobediencia.
La expulsión.
Y al comenzar la historia allí, Dios podía parecerme principalmente alguien que había colocado una prohibición delante del hombre.
Pero cuando respetamos el orden de la narración, descubrimos algo diferente.
Antes de escuchar:
«no comerás»,
Adán escuchó:
«De todo árbol del huerto podrás comer».
No quiero desarrollar todavía el significado de aquella prohibición.
Llegaremos a ella y la examinaremos con todo el cuidado que merece.
Pero cuando lo hagamos tendremos que recordar el escenario completo.
Porque el árbol prohibido no estaba solo en medio de un terreno vacío.
Estaba rodeado de provisión.
Y antes de estudiar aquello que Dios reservó, tendremos que reconocer aquello que había puesto a disposición del hombre.
Entonces encontramos otro detalle que cambia considerablemente una idea común acerca del Edén.
Cuando pensamos en el paraíso, fácilmente podemos imaginar una existencia en la que nadie tiene que trabajar.
Descansar.
Comer.
Caminar.
Disfrutar.
Y hacer absolutamente nada.
Pero esa no es la imagen que presenta Génesis.
La Escritura dice:
«Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase» (Génesis 2:15, RVR1960).
Esto es extraordinariamente importante.
Adán tenía trabajo.
Y todavía no había ocurrido el pecado.
Todavía no había sucedido la caída.
Por lo tanto, el trabajo no nació como consecuencia del pecado.
Trabajar formaba parte de la vida humana original.
Lo que posteriormente cambiaría serían las condiciones.
Después del pecado aparecerían los espinos y los cardos, el dolor y el esfuerzo agotador asociado con obtener el alimento de una tierra afectada por la maldición (Génesis 3:17-19).
Pero eso vendrá después.
En este momento de la historia no encontramos a un hombre condenado a trabajar.
Encontramos a un hombre al que se le ha dado algo que hacer.
Y esa diferencia es enorme.
Dios no creó a Adán simplemente para ocupar espacio dentro del Edén.
Le dio una función.
Una responsabilidad.
Una tarea.
Algo que podía desarrollar.
Algo que podía cuidar.
Algo en lo que podía participar.
La expresión bíblica es sencilla:
«para que lo labrara y lo guardase».
Había algo que cultivar.
Y había algo que proteger y cuidar.
Eso significa que desde el comienzo la vida humana tenía propósito.
Adán no tendría que levantarse preguntándose:
¿Para qué existo?
Había algo delante de él.
Una creación sobre la cual Dios le había concedido responsabilidad.
Y esto comienza a explicar un poco mejor aquellas palabras que ya encontramos anteriormente:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree…» (Génesis 1:26, RVR1960).
Ahora comenzamos a ver aquel señorío en acción.
Pero resulta interesante observar la primera manera en que aparece.
No comienza destruyendo.
No comienza explotando.
No comienza tomando todo para sí.
Comienza:
labrando y guardando.
Cultivando.
Cuidando.
Administrando algo que pertenecía a Dios.
Eso nos proporciona una pista muy importante acerca de la clase de autoridad que Dios estaba poniendo en manos del hombre.
Hay algo aquí que personalmente me parece hermoso.
Dios no necesitaba la ayuda de Adán para mantener su creación.
El mismo Dios que había creado la Tierra era perfectamente capaz de continuar ocupándose de ella.
Entonces, ¿por qué darle trabajo al hombre?
¿Por qué confiarle una responsabilidad?
¿Por qué permitirle participar?
Creo que estas preguntas comienzan a llevarnos hacia algo importante.
Existe una enorme diferencia entre darle todo a un hijo y permitirle participar en aquello que hacemos.
Un hijo necesita recibir.
Pero también necesita crecer.
Descubrir capacidades.
Aprender.
Tomar decisiones.
Asumir responsabilidades.
Hacer algo significativo.
Experimentar la satisfacción de una tarea realizada.
Eclesiastés dice:
«Y también que es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce el bien de toda su labor» (Eclesiastés 3:13, RVR1960).
Observe esa última expresión:
«goce el bien de toda su labor».
Hay una clase de satisfacción que solamente puede experimentarse cuando hemos participado en algo.
Cuando hemos construido.
Cuando hemos cuidado.
Cuando hemos trabajado.
Cuando vemos un resultado y sabemos que nuestras manos participaron en él.
Quizá por eso el propósito original del hombre incluía responsabilidad.
Dios no había creado un espectador.
Había creado a alguien que participaría en el mundo que le había entregado.
Y esto comienza a decirnos algo acerca de la relación que Dios quería establecer con él.
No solamente recibiría cosas de Dios.
Dios comenzaría a confiarle cosas.
Eso representa un nuevo paso en nuestra investigación.
Detengámonos nuevamente frente al retrato que estamos construyendo.
En este capítulo aparece una característica que merece nuestra atención:
Dios confía.
Dios poseía toda la capacidad para hacer por sí mismo aquello que encomendó al hombre y, sin embargo, decidió darle una responsabilidad.
Eso nos muestra que su propósito para el ser humano no era mantenerlo eternamente en una condición de inutilidad o dependencia infantil.
Quería que desarrollara capacidades.
Que asumiera responsabilidades.
Que aprendiera a cuidar aquello que había sido puesto en sus manos.
Que participara.
Podemos entonces añadir nuevas características al retrato:
Dios da propósito.
Dios confía responsabilidades.
Dios permite participar.
Dios espera que aquello que confía sea cuidado.
Dios parece interesado en el desarrollo de sus hijos.
Y esto nos permite comprender algo todavía más profundo.
Confiar algo a alguien es también una manera de honrarlo.
Cuando confiamos una responsabilidad importante a una persona estamos diciendo, de alguna manera:
«Creo que puedes hacerlo».
Adán acababa de comenzar su existencia y Dios ya le estaba concediendo una responsabilidad dentro de su creación.
No era solamente alguien que recibiría.
También sería alguien a quien se le podía confiar.
La imagen de Dios continúa creciendo.
Estamos encontrando a un Dios que no parece querer hijos incapaces de hacer nada sin Él moviendo cada una de sus manos.
Les concede espacio para actuar.
Les entrega responsabilidades reales.
Les permite desarrollar aquello que ha puesto dentro de ellos.
Y quizá esta sea la pieza que debemos llevarnos de este capítulo:
Dios no solamente quiso darle al hombre un lugar donde vivir. Quiso darle un lugar dentro de lo que Él estaba haciendo.
Adán tenía ahora una responsabilidad.
Pero estaba a punto de recibir una oportunidad todavía más sorprendente de participar con su Creador.
Porque Dios llevaría delante de él a los animales…
y permitiría que Adán decidiera cómo llamarlos.
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Cristopedia: Ciencia y creación — Las estrellas y los cometas, del Dr. Elio M. Rivera, es una invitación a levantar los ojos al cielo y descubrir que detrás de cada estrella, cada rayo de luz y cada cometa existe un universo mucho más extraordinario de lo que podemos percibir a simple vista.
A lo largo de sus páginas, el lector encontrará explicaciones científicas claras, datos sorprendentes, ejemplos fáciles de comprender y preciosas imágenes que permiten acercarse visualmente a las maravillas del espacio. Descubrirá qué es realmente una estrella, de qué está hecha, cómo produce cantidades extraordinarias de energía, qué nos revela su luz, por qué existen estrellas de diferentes colores y tamaños y qué tan inmensas son las distancias que las separan de nosotros.
El viaje continúa con los cometas, esos extraordinarios visitantes del sistema solar. El lector conocerá cómo están formados, por qué desarrollan colas que pueden extenderse millones de kilómetros y las fascinantes historias de algunos de los cometas más famosos, como Halley, Hale-Bopp, Hyakutake, NEOWISE y McNaught, además de sorprendentes misiones espaciales que permitieron estudiarlos de cerca.
Pero este libro ofrece algo más que astronomía.
Cada descubrimiento científico se convierte en una oportunidad para detenernos, contemplar y maravillarnos. Porque cuanto más conocemos la extraordinaria estructura, orden y belleza de lo creado, más profunda puede hacerse una pregunta: ¿qué nos revela la creación acerca de su Creador?
Así, el lector no solamente encontrará estrellas y cometas. Encontrará una invitación a buscar al Creador detrás de la creación y a contemplar su grandeza, sabiduría y corazón a través de la extraordinaria obra de sus manos.
Ciencia y fe recorren juntas estas páginas, no como enemigas, sino como dos caminos que pueden llevarnos a mirar el universo con mayor profundidad. Como expresa el propósito de Cristopedia, conocer cómo funciona una estrella no disminuye el asombro; puede aumentarlo.
Un libro para aprender, contemplar y maravillarse; para mirar las estrellas con nuevos ojos y descubrir que, mientras más conocemos la creación, más razones encontramos para levantar la mirada hacia el Creador.
Antes de continuar con la historia hay un detalle acerca de Adán que necesitamos observar.
Durante mucho tiempo, cuando pensaba en el primer hombre, nunca me había detenido a considerar qué clase de capacidades intelectuales tendría.
Pero Génesis nos proporciona una pista extraordinaria.
Adán recibió una tarea que, cuando la pensamos detenidamente, no parece sencilla:
poner nombre a los animales que Dios llevó delante de él.
La Escritura dice:
«Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre» (Génesis 2:19, RVR1960).
Y continúa:
«Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo» (Génesis 2:20, RVR1960).
Lea nuevamente esas palabras.
«Para que viese cómo las había de llamar».
Dios no parece estar dictándole los nombres.
No le entregó, al menos según el relato, una lista previamente preparada.
Los animales fueron llevados delante de Adán…
y Adán decidió cómo llamarlos.
Eso requiere que nos detengamos.
A veces podemos imaginar al primer hombre como un ser humano extremadamente rudimentario, casi incapaz de comprender el mundo que acababa de conocer.
Pero esa no es la impresión que produce Génesis.
Desde el comienzo encontramos a un hombre capaz de recibir instrucciones, comprenderlas, comunicarse, observar su ambiente, realizar una labor y ahora asignar nombres a una enorme variedad de criaturas.
Poner nombre a un animal puede parecer sencillo.
Poner nombre a muchos comienza a ser otra cosa.
Porque un nombre tiene que permitir distinguir a una criatura de otra.
Adán tenía delante de él una enorme diversidad.
La Biblia habla de:
«toda bestia del campo»,
«toda ave de los cielos»
y:
«todo ganado del campo».
No sabemos el número exacto de criaturas que fueron llevadas delante de él, y no sería correcto inventarlo.
Tampoco debemos afirmar que Génesis 2 dice que Adán nombró peces, insectos, árboles o plantas, porque el pasaje no lo dice.
Pero las categorías que sí menciona representan por sí mismas una enorme diversidad de animales.
Grandes.
Pequeños.
Rápidos.
Lentos.
Con diferentes formas.
Diferentes comportamientos.
Diferentes características.
Diferentes maneras de desplazarse.
Y Adán tenía que distinguirlos.
Eso implica mucho más que inventar palabras.
Tenía que observar.
Tenía que reconocer diferencias.
Tenía que identificar características.
Tenía que recordar los nombres que ya había asignado para no confundirlos con los siguientes.
Tenía que utilizar lenguaje.
Tenía que relacionar un nombre con una criatura determinada.
Y conforme aumentaba el número de animales, aumentaba también la cantidad de información que tenía que manejar.
Un nombre.
Otro nombre.
Y otro.
Y otro.
Cada nueva criatura añadía información que debía conservar.
Esto supone una capacidad de memoria extraordinaria.
Y probablemente también alguna forma de organización mental.
No podemos afirmar que Adán utilizara una clasificación zoológica semejante a la moderna; la Biblia no dice eso.
Pero sí podemos afirmar algo mucho más sencillo:
tenía que distinguir unas criaturas de otras para poder nombrarlas.
Y distinguir requiere reconocer características.
Un ave no era igual que otra.
Una bestia no era igual que otra.
Un animal podía compartir características con otros y, al mismo tiempo, poseer rasgos que permitieran distinguirlo.
Adán estaba observando diversidad y asignándole lenguaje.
Eso requiere inteligencia.
Y aquí aparece algo todavía más sorprendente.
Adán no había ido a la escuela.
No había estudiado zoología.
No tenía libros.
No tenía maestros humanos.
No había recibido décadas de educación.
No podía consultar una enciclopedia.
No tenía fotografías.
No tenía una computadora.
No podía escribir el nombre de un animal en un buscador para averiguar qué era.
De hecho, no había generaciones anteriores de seres humanos de quienes aprender.
Él era el primero.
Y, sin embargo, la primera imagen que la Biblia nos proporciona del intelecto humano no es la de una mente vacía e incapaz.
Es la de una mente funcionando.
Observando.
Comprendiendo.
Recordando.
Utilizando lenguaje.
Tomando decisiones.
Asignando nombres.
Eso me parece extraordinario.
Porque significa que, según la narración bíblica, Adán no fue creado intelectualmente como un bebé dentro del cuerpo de un adulto.
El relato lo presenta desde el comienzo con capacidades suficientes para comprender las instrucciones de Dios y realizar las tareas que le fueron confiadas.
Su mente estaba preparada para funcionar.
Su lenguaje estaba preparado para comunicarse.
Su memoria estaba preparada para almacenar información.
Su inteligencia estaba preparada para observar el mundo que lo rodeaba.
Y ahora Dios iba a permitirle utilizar todas esas capacidades.
Hay una expresión en Génesis que particularmente me llama la atención:
«las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar» (Génesis 2:19, RVR1960).
Piense en eso.
Dios era el Creador de aquellos animales.
Él los conocía perfectamente.
No necesitaba que Adán le explicara qué había creado.
Sin embargo, en lugar de hacerlo todo por él, Dios dejó una parte de aquella experiencia abierta a la decisión del hombre.
«Para que viese cómo las había de llamar».
Adán podía pensar.
Podía decidir.
Podía escoger.
Y después encontramos una frase todavía más impresionante:
«y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre».
Dios permitió que las decisiones de Adán tuvieran significado.
Eso nos muestra a un hombre utilizando la inteligencia que había recibido y a un Dios permitiéndole ejercerla.
Y quizá aquí estamos viendo una de las primeras manifestaciones prácticas de aquello que ya habíamos leído:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree…» (Génesis 1:26, RVR1960).
El hombre no había sido creado solamente para contemplar pasivamente la creación.
Podía estudiarla.
Comprenderla.
Organizar mentalmente la información que recibía.
Utilizar lenguaje para describirla.
Y ejercer sobre ella la responsabilidad que Dios le había concedido.
Hay otra pregunta inevitable:
¿Cuánto tiempo tomó todo aquello?
La Biblia no lo dice.
Y por eso nosotros tampoco debemos inventarlo.
No sabemos cuánto duró el proceso.
Pero sí podemos reconocer algo evidente: observar y nombrar una gran diversidad de criaturas constituye una tarea real.
No debemos imaginar necesariamente toda la escena ocurriendo apresuradamente en unos cuantos minutos.
El texto simplemente nos dice que Dios llevó las criaturas delante de Adán y que Adán las nombró.
El tiempo exacto no nos ha sido revelado.
Pero la tarea misma nos permite observar algo que será importante más adelante:
Adán estaba teniendo experiencias antes de la creación de Eva.
Estaba trabajando.
Estaba aprendiendo.
Estaba observando.
Estaba ejerciendo autoridad.
Estaba utilizando su inteligencia.
Estaba conociendo el mundo donde viviría.
Y mientras hacía todo aquello estaba ocurriendo algo más que quizá Adán todavía no comprendía completamente.
Después de describir aquella enorme tarea, Génesis termina con una frase que cambia el sentido de toda la escena:
«mas para Adán no se halló ayuda idónea para él» (Génesis 2:20, RVR1960).
¿Por qué aparece esa declaración precisamente allí?
Adán había visto animales.
Muchos animales.
Había observado sus diferencias.
Había reconocido sus características.
Había distinguido unos de otros.
Pero entre toda aquella diversidad había algo que no encontró:
alguien correspondiente a él.
La Biblia no nos dice exactamente qué pensaba Adán mientras realizaba la tarea.
No debemos poner palabras en su boca.
Pero sí nos revela el resultado:
«para Adán no se halló ayuda idónea para él».
Y aquí aparece algo fascinante.
Dios ya sabía esto.
Antes de presentar los animales delante de Adán había dicho:
«No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él» (Génesis 2:18, RVR1960).
Dios conocía la necesidad.
Pero en lugar de resolverla inmediatamente, permitió que ocurriera todo este proceso.
Eso me hace preguntarme si aquella experiencia no tenía también un propósito para Adán.
Dios sabía que no había entre los animales una compañía correspondiente al hombre.
Pero ahora Adán podía observarlo por sí mismo.
Podía descubrir su propia singularidad.
Podía reconocer que, entre aquella enorme diversidad de criaturas, faltaba alguien como él.
Y solamente después de ese descubrimiento la historia continúa.
Esto prepara de una manera extraordinaria lo que sucederá a continuación.
Porque cuando Eva finalmente aparezca delante de Adán, él no estará contemplando simplemente otra criatura.
Después de haber visto tanta diversidad y no encontrar a nadie correspondiente a él, por fin podrá reconocer algo completamente diferente.
Pero eso merece su propio capítulo.
Esta escena añade nuevas características al retrato que estamos construyendo.
Encontramos a un Dios que no parece sentirse amenazado por la inteligencia de sus hijos.
Por el contrario, les permite utilizarla.
Dios pudo decidir cada nombre y simplemente comunicárselo a Adán.
Pero no lo hizo.
Le concedió espacio para observar, pensar y decidir.
Eso nos permite añadir nuevas piezas:
Dios estimula la inteligencia.
Dios permite descubrir.
Dios concede libertad para tomar decisiones reales.
Dios permite que las capacidades que ha dado sean desarrolladas y utilizadas.
Dios enseña no solamente hablando, sino también permitiendo experiencias.
Y encontramos algo todavía más profundo.
Dios conocía una necesidad de Adán antes de que el relato mostrara a Adán enfrentándose a ella.
No solamente sabía lo que el hombre podía hacer.
Sabía también lo que le faltaba.
Y en lugar de apresurar la respuesta, parece permitir un proceso mediante el cual aquella realidad pudiera hacerse evidente.
Eso añade otra característica:
Dios conoce profundamente a sus hijos.
Conoce sus capacidades.
Conoce sus límites.
Conoce aquello para lo que fueron hechos.
Y conoce también aquello que necesitan, incluso antes de que ellos puedan expresarlo.
Pero quizá la pieza más importante de este capítulo sea esta:
Dios no creó una mente humana para mantenerla apagada. La creó para pensar, observar, aprender, decidir y descubrir.
Adán acababa de utilizar aquella extraordinaria inteligencia frente a una inmensa diversidad de criaturas.
Y al terminar la tarea había descubierto algo que ninguna de ellas podía resolver.
Entre todas…
no había nadie como él.
Dios ya lo sabía.
Y lo que estaba a punto de hacer nos mostrará una nueva faceta de su corazón.
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Ahora llegamos a uno de los puntos que durante años más me molestaron de la historia de Adán y Eva.
El árbol.
Si Dios no quería que Adán comiera de él, ¿por qué estaba allí?
¿Por qué colocarlo dentro del huerto?
¿Por qué permitir siquiera la posibilidad de desobedecer?
Durante mucho tiempo yo veía aquel árbol casi como un problema creado innecesariamente por Dios.
Si el árbol no hubiera estado allí, pensaba, Adán no habría podido comer de él.
Si no hubiera podido comer de él, no habría ocurrido la desobediencia.
Y si no hubiera ocurrido la desobediencia, todo lo que vino después podría haberse evitado.
Parecía muy sencillo.
Quite el árbol y quite el problema.
Pero había algo que yo no estaba considerando.
Si quitamos completamente la posibilidad de escoger en sentido contrario, también hemos quitado algo extraordinariamente importante:
la libertad.
Antes de concentrarnos en la prohibición, volvamos a leer exactamente lo que Dios dijo.
«Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (Génesis 2:16-17, RVR1960).
Hay dos elementos en estas palabras.
Hay una enorme libertad:
«De todo árbol del huerto podrás comer».
Y existe un límite:
«mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás».
Libertad.
Y límite.
Ambas cosas aparecen juntas.
Dios no le dijo a Adán que no podía tocar nada.
Tampoco le dio una libertad sin ninguna frontera.
Le permitió escoger dentro de una enorme abundancia, pero estableció una decisión que pertenecía al terreno moral.
Había algo que podía hacer.
Y había algo que no debía hacer.
Eso significa que Adán podía obedecer.
Pero también significa que podía desobedecer.
Y allí comienza a aparecer algo extraordinariamente importante.
Imagine por un momento un mundo en el que Adán hubiera sido creado incapaz de desobedecer.
Podría caminar.
Podría hablar.
Podría trabajar.
Podría pensar.
Pero cuando se tratara de su relación con Dios, solamente habría una respuesta posible.
Sí.
No porque hubiera escogido decir sí.
Sino porque sería incapaz de decir otra cosa.
¿Podríamos llamar libertad a eso?
Imagine que alguien le dijera:
«Puedes escoger libremente entre estas dos puertas».
Pero una de las puertas fuera solamente una pintura sobre la pared.
En realidad no habría dos posibilidades.
Habría una.
La existencia del árbol plantea precisamente esta cuestión.
Había una alternativa real.
Adán podía permanecer dentro de aquello que Dios había establecido.
Pero también podía apartarse.
No quiero afirmar más de lo que la Escritura afirma. Génesis no dice textualmente: «Dios plantó el árbol para crear el libre albedrío».
Pero sí muestra algo indiscutible:
Dios permitió que existiera una elección real.
Y eso cambia profundamente la manera en que comienzo a mirar aquel árbol.
Hay algo profundamente importante en la diferencia entre obedecer porque queremos hacerlo y obedecer porque somos incapaces de hacer otra cosa.
Una máquina puede ser programada.
Presionamos un botón y responde.
Le damos una instrucción y la ejecuta.
Pero no nos ama.
No nos escoge.
No permanece con nosotros porque haya decidido hacerlo.
Simplemente funciona de acuerdo con su programación.
La relación que encontramos entre Dios y el ser humano en la Biblia es completamente diferente.
Dios habla.
Invita.
Ordena.
Advierte.
Llama.
Pero también permite decisiones.
Siglos después, cuando Moisés habló al pueblo de Israel, dijo:
«A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida» (Deuteronomio 30:19, RVR1960).
Observe la expresión:
«escoge».
Josué haría algo semejante:
«escogeos hoy a quién sirváis» (Josué 24:15, RVR1960).
Y Jesucristo, muchos siglos después, diría:
«Si alguno quiere venir en pos de mí…» (Mateo 16:24, RVR1960).
Otra vez aparece la posibilidad:
«si alguno quiere».
Y al final de la Biblia encontramos nuevamente una invitación:
«Y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente» (Apocalipsis 22:17, RVR1960).
Desde Génesis hasta Apocalipsis encontramos una característica que no podemos ignorar.
Dios llama al ser humano.
Pero el ser humano tiene que responder.
Aquí comenzamos a tocar algo todavía más profundo.
Dios no solamente quería obediencia.
Quería relación.
Y una relación verdadera requiere libertad.
Puedo obligar a alguien a permanecer físicamente a mi lado.
Pero no puedo obligarlo a amarme.
Puedo controlar ciertas acciones externas.
Pero el amor, para ser amor, tiene que surgir de una voluntad que puede entregarse.
Un «te amo» tiene significado precisamente porque también existe la posibilidad de no decirlo.
Permanecer con alguien tiene valor porque podríamos marcharnos.
La fidelidad tiene significado porque existe la posibilidad de ser infiel.
La obediencia voluntaria tiene significado porque existe la posibilidad de desobedecer.
Por eso comienzo a mirar aquel árbol de una manera completamente diferente.
Tal vez durante años pregunté:
«¿Por qué Dios permitió que pudieran alejarse de Él?»
cuando también debía preguntar:
«¿Cómo podrían haber escogido permanecer con Él si jamás hubieran tenido la posibilidad de apartarse?»
Eso cambia la pregunta.
Dios podía haber creado seres programados para responder siempre de la manera que Él quisiera.
Pero la historia bíblica no presenta eso.
Presenta criaturas capaces de tomar decisiones reales.
Y la libertad verdadera tiene algo que puede resultar aterrador:
incluye la posibilidad de utilizarla mal.
Hay otro detalle que durante mucho tiempo no valoré suficientemente.
Dios no escondió la información.
No colocó el árbol allí y esperó silenciosamente para ver si Adán cometía un error.
Le habló.
Le explicó cuál era el límite.
Y también le advirtió acerca de la consecuencia:
«porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (Génesis 2:17, RVR1960).
Esto es importante para la imagen de Dios que estamos construyendo.
Dios no solamente permitió una decisión.
Proporcionó información antes de que Adán la tomara.
Le dijo lo que podía hacer.
Le dijo lo que no debía hacer.
Y le dijo que aquella decisión tendría consecuencias.
Eso es muy diferente de tender una trampa.
Una trampa funciona precisamente porque la persona no sabe dónde está el peligro.
Aquí ocurre lo contrario.
Dios señala el peligro.
Lo identifica.
Y advierte.
Adán tendría libertad.
Pero no tendría que escoger a ciegas.
Esto nos lleva a otra verdad importante.
A veces confundimos libertad con la posibilidad de hacer cualquier cosa sin que ocurra nada.
Pero esas son dos cosas completamente diferentes.
Podemos ser libres para tomar una decisión y no ser libres para escoger las consecuencias que esa decisión producirá.
Dios no le dijo a Adán:
«Si quieres comer, come; todo dará exactamente lo mismo».
Le dijo que existía una consecuencia.
Eso significa que Dios respetó suficientemente la capacidad de Adán para tomar decisiones como para hablarle seriamente acerca de ellas.
No lo trató como alguien incapaz de comprender.
Le habló como a un ser moralmente responsable.
Le permitió escoger.
Pero también le explicó que sus decisiones tenían peso.
Y esto comenzará a ser fundamental cuando lleguemos a la caída.
Porque entonces tendremos que distinguir entre dos preguntas completamente diferentes:
¿Podían hacerlo?
Sí.
¿Significaba eso que hacerlo no tendría consecuencias?
No.
La libertad no elimina la realidad.
Nos permite decidir cómo responder ante ella.
Aquí la historia comienza a acercarse inesperadamente a nosotros.
Porque quizá el árbol de la ciencia del bien y del mal estuvo físicamente en el Edén, pero la decisión que representaba no quedó encerrada allí.
Metafóricamente hablando, todos seguimos llevando aquel árbol delante de nuestra voluntad.
No tenemos delante de nosotros el árbol físico de Génesis.
Pero sí tenemos decisiones.
Tenemos voluntad.
Podemos escuchar a Dios.
Podemos rechazarlo.
Podemos confiar.
Podemos desconfiar.
Podemos acercarnos.
Podemos alejarnos.
Podemos decir sí.
Podemos decir no.
Jesucristo expresó esta realidad de una manera extraordinariamente personal:
«He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él» (Apocalipsis 3:20, RVR1960).
Observe lo que Jesús hace.
Llama.
Y después espera que alguien:
«abra la puerta».
No derriba la puerta.
No obliga a abrirla.
Llama.
Eso dice muchísimo acerca del Dios que estamos intentando conocer.
La pregunta del Edén continúa siendo, en esencia, una pregunta humana:
¿Qué haremos con nuestra libertad?
Dios puede mostrarnos un camino.
Puede advertirnos.
Puede llamarnos.
Puede mostrarnos las consecuencias.
Puede invitarnos a estar con Él.
Pero finalmente habrá algo que nosotros tendremos que decidir.
Llegamos a una de las piezas más importantes que hemos encontrado hasta ahora.
¿Qué clase de Dios concede a sus criaturas la posibilidad real de rechazarlo?
Un Dios que respeta profundamente la voluntad de sus hijos.
Eso tiene un costo enorme.
Porque conceder libertad significa aceptar que alguien puede utilizarla incluso para apartarse de nosotros.
Y, sin embargo, Dios permitió esa posibilidad.
Podemos entonces añadir nuevas características al retrato que estamos construyendo:
Dios respeta la libertad.
Dios no fuerza el amor.
Dios informa antes de pedir una decisión.
Dios advierte acerca de las consecuencias.
Dios trata al ser humano como alguien capaz de tomar decisiones con significado.
Y quizá aquí encontramos una de las expresiones más profundas del amor.
Amar a alguien no consiste en poseerlo.
No consiste en quitarle toda posibilidad de marcharse.
No consiste en controlar cada una de sus decisiones para garantizar que siempre haga lo que nosotros queremos.
El amor verdadero abre la mano.
Permite escoger.
Y corre el riesgo de ser rechazado.
Quizá por eso aquel árbol, que durante tanto tiempo me pareció una evidencia contra Dios, comenzó a mostrarme algo completamente diferente acerca de Él.
Dios estaba dispuesto a ser escogido, no impuesto.
Eso no significa que todas las decisiones fueran igualmente buenas.
No significa que apartarse de Él no tendría consecuencias.
Significa algo mucho más profundo:
Dios quería que el hombre pudiera permanecer con Él porque quisiera permanecer con Él.
Y esa decisión continúa delante de nosotros.
No estamos en el Edén.
No tenemos físicamente delante de nosotros aquel árbol.
Pero seguimos teniendo voluntad.
Seguimos tomando decisiones.
Y seguimos enfrentando, de muchas maneras, la misma pregunta:
¿Quiero vivir con Dios o quiero vivir independientemente de Él?
Por eso, al terminar este capítulo, añadiría una palabra fundamental al retrato de Dios:
Dios respeta.
Respeta tanto la capacidad de decisión que dio al ser humano que permite incluso una respuesta que puede quebrantar su corazón.
Todavía no sabemos qué escogerá Adán.
No lleguemos allí todavía.
Por ahora dejémoslo frente al árbol.
Tiene abundancia.
Tiene una advertencia.
Tiene un límite.
Y tiene algo sin lo cual el amor jamás podría ser escogido:
libertad.
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Escuche música con propósito
Hasta este momento, cada vez que Dios había contemplado su creación, una expresión se había repetido:
«Y vio Dios que era bueno».
La luz era buena.
La tierra producía.
Los mares estaban llenos de vida.
Los cielos tenían aves.
La tierra tenía animales.
Finalmente, después de la creación del hombre y la mujer, Dios contemplaría el conjunto y declararía:
«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (Génesis 1:31, RVR1960).
Pero antes de llegar allí aparece una declaración inesperada.
Por primera vez en el relato escuchamos a Dios decir:
«No es bueno».
¿Y qué era aquello que no era bueno?
Dios dijo:
«No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él» (Génesis 2:18, RVR1960).
Eso merece toda nuestra atención.
Adán estaba en un mundo sin pecado.
Tenía relación con Dios.
Tenía alimento.
Tenía una responsabilidad.
Tenía animales.
Tenía un lugar extraordinario donde vivir.
Y, sin embargo, Dios observó algo que faltaba.
«No es bueno que el hombre esté solo».
No fue Adán quien primero apareció reclamando una esposa.
Fue Dios quien observó al hombre y declaró que aquella condición no era buena.
Esto nos revela algo profundamente hermoso acerca de Dios.
Dios presta atención a las necesidades humanas.
Incluso a aquellas que nosotros todavía no hemos expresado.
Aquí encontramos una expresión que ha sido malentendida muchas veces:
«ayuda idónea».
En nuestro idioma, la palabra «ayuda» puede sonar como si describiera a alguien de menor importancia.
Un asistente.
Un subordinado.
Alguien colocado allí simplemente para hacer lo que otra persona le ordene.
Pero no debemos colocar sobre el texto bíblico ideas que el texto no contiene.
La palabra «ayuda» no convierte a Eva en una criatura inferior.
De hecho, el Antiguo Testamento utiliza repetidamente la idea de ayuda para referirse al propio Dios.
El salmista dice:
«Nuestro socorro está en el nombre de Jehová, que hizo el cielo y la tierra» (Salmos 124:8, RVR1960).
Y también:
«Oh Israel, confía en Jehová; él es tu ayuda y tu escudo» (Salmos 115:9, RVR1960).
Evidentemente, llamar a Dios nuestra «ayuda» no significa que Dios sea inferior a nosotros.
Por tanto, tampoco podemos tomar automáticamente la palabra aplicada a Eva y convertirla en una declaración de inferioridad.
La expresión completa es:
«ayuda idónea para él».
Es decir, alguien correspondiente a él.
Adecuada para él.
Alguien que pudiera estar frente a él como su contraparte humana.
Esto encaja perfectamente con lo que acaba de ocurrir.
Adán había contemplado a los animales.
Había observado una enorme diversidad de criaturas.
Pero el relato termina diciendo:
«mas para Adán no se halló ayuda idónea para él» (Génesis 2:20, RVR1960).
Entre todas aquellas criaturas no había nadie que correspondiera al hombre.
Entonces Dios hizo algo completamente diferente.
Esto es muy importante.
Dios había dado al hombre autoridad sobre los animales.
Génesis 1 dice:
«y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra» (Génesis 1:26, RVR1960).
Pero cuando Dios crea a la mujer, no la coloca dentro de aquella lista.
Eva no aparece como otro ser sobre el cual Adán debía ejercer el mismo tipo de dominio que ejercería sobre los animales.
Ella pertenece a otra categoría.
Génesis ya había establecido:
«Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Génesis 1:27, RVR1960).
Ambos participan de esa dignidad.
Ambos son humanos.
Ambos forman parte de aquella humanidad creada a imagen de Dios.
Y cuando Dios pronuncia la bendición y entrega el mandato de llenar la tierra y sojuzgarla, el texto dice:
«Y los bendijo Dios, y les dijo…» (Génesis 1:28, RVR1960).
Los bendijo.
Les dijo.
El proyecto no era solamente para Adán.
Eva participaría en él.
Por eso «ayuda idónea» no significa:
«alguien que Adán podía pisotear».
No significa:
«alguien de quien podía aprovecharse».
No significa:
«alguien cuya existencia tenía menos valor».
Significa que Dios estaba proporcionando a Adán aquello que no había encontrado en ninguna otra criatura:
una persona correspondiente a él con quien pudiera compartir la vida y el propósito que Dios les daría.
Aquí encontramos un principio que necesitamos recuperar.
El hombre y la mujer no tenían que ser idénticos para poseer la misma dignidad delante de Dios.
Diferencia no significa inferioridad.
Ser distintos no significa que uno tenga derecho a despreciar al otro.
De hecho, la expresión «ayuda idónea» apunta precisamente hacia una correspondencia.
Algo faltaba cuando Adán estaba solo.
Y aquello que faltaba no sería solucionado creando simplemente otro Adán exactamente igual.
Dios hizo a la mujer.
Diferente.
Pero correspondiente.
Capaz de relacionarse con él de una manera que ninguna otra criatura podía hacerlo.
Capaz de hablar con él.
Pensar.
Decidir.
Amar.
Compartir.
Formar con él una familia.
Y participar junto con él en aquello que Dios había determinado para la humanidad.
Esto nos ayuda a mirar las diferencias entre hombre y mujer desde una perspectiva distinta.
Las diferencias no necesariamente existen para separarnos.
Pueden permitirnos complementarnos.
Donde uno necesita ayuda, el otro puede aportarla.
Donde uno posee una perspectiva, el otro puede enriquecerla.
No para competir acerca de quién vale más.
Sino para realizar juntos algo que ninguno estaba destinado a realizar solo.
Pero hay otra parte de esta historia que me conmueve profundamente.
Dios dijo:
«No es bueno que el hombre esté solo»
antes de que encontremos a Adán diciendo:
«Estoy solo».
Eso significa que Dios estaba observando algo en la vida de Adán que el texto todavía no nos muestra a Adán expresando.
Dios conocía al hombre que había formado.
Sabía para qué lo había creado.
Sabía cómo funcionaba.
Sabía lo que podía disfrutar.
Sabía lo que podía hacer.
Y sabía también lo que necesitaba.
Eso cambia nuevamente la imagen de Dios.
Porque algunas veces pensamos que Dios solamente presta atención a las grandes cuestiones espirituales.
La obediencia.
El pecado.
La adoración.
La eternidad.
Pero aquí encontramos a Dios interesado en algo profundamente humano:
la compañía.
Adán no necesitaba solamente un lugar.
Necesitaba alguien con quien compartirlo.
No necesitaba solamente trabajo.
Necesitaba alguien con quien compartir la vida.
No necesitaba solamente criaturas alrededor.
Necesitaba una persona que pudiera conocerlo y ser conocida por él.
Y Dios consideró aquella necesidad suficientemente importante para decir:
«No es bueno».
Esto nos lleva hacia algo todavía mayor.
La relación humana no aparece en Génesis como una invención posterior de la sociedad.
Forma parte del propósito de Dios desde el principio.
La Biblia dirá posteriormente:
«Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero» (Eclesiastés 4:9-10, RVR1960).
Fuimos creados con capacidad de relacionarnos porque la vida humana no fue diseñada para desarrollarse completamente en aislamiento.
Necesitamos hablar.
Escuchar.
Compartir.
Ayudar.
Ser ayudados.
Dar.
Recibir.
Conocer.
Ser conocidos.
Y esto también nos ayuda a comprender que necesitar a otra persona no necesariamente constituye una debilidad.
Adán no estaba defectuoso.
No había pecado.
Y aun así Dios dijo que no era bueno que estuviera solo.
Eso significa que la necesidad de relación puede formar parte del propio diseño humano.
Fuimos creados para Dios.
Pero también fuimos creados para relacionarnos unos con otros.
Mucho después, cuando la Biblia hable de la relación entre esposo y esposa, jamás dará al hombre permiso para utilizar a la mujer en beneficio propio.
Todo lo contrario.
Pablo escribirá:
«Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella» (Efesios 5:25, RVR1960).
Ese modelo destruye cualquier interpretación que convierta el liderazgo en licencia para abusar.
El modelo presentado al esposo cristiano no es:
«aprovéchate de ella».
Es:
«entrégate por ella».
Cristo no utilizó a la Iglesia para su comodidad.
Se entregó por ella.
Por tanto, cualquier idea de autoridad que permita humillar, pisotear, abusar, despreciar o utilizar a la mujer contradice el modelo que posteriormente encontramos en Cristo.
Pedro incluso ordenaría a los esposos:
«dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida» (1 Pedro 3:7, RVR1960).
Observe esa palabra:
«coherederas».
No propiedad.
No objeto.
No instrumento.
Coheredera.
Eso nos permite regresar al Edén con una mirada diferente.
Eva no estaba a punto de aparecer para convertirse en una herramienta al servicio de Adán.
Dios estaba a punto de proporcionar al hombre una persona con quien pudiera compartir algo que solo no podía experimentar plenamente:
la comunión humana.
Esta vez nuestro retrato adquiere una dimensión particularmente tierna.
Encontramos a un Dios que observa las necesidades que no siempre sabemos expresar.
Un Dios que no considera debilidad nuestra necesidad de relacionarnos.
Un Dios que concede dignidad tanto al hombre como a la mujer.
Un Dios que crea diferencias sin convertirlas automáticamente en categorías de superioridad e inferioridad.
Un Dios que diseñó la ayuda mutua.
Un Dios que espera que aquello que es diferente sea honrado, no pisoteado.
Podemos entonces añadir nuevas características:
Dios es considerado.
Dios conoce nuestras necesidades.
Dios valora la compañía y la comunión.
Dios dignifica tanto al hombre como a la mujer.
Dios diseñó las diferencias para que pudieran servir a la relación, no para justificar el abuso.
Pero quizá hay una característica todavía más profunda.
Dios vio que algo no era bueno…
y decidió hacer algo al respecto.
Eso nos muestra que el Dios que estamos conociendo no es indiferente a la condición de sus hijos.
Observa.
Conoce.
Y actúa.
Adán todavía no había visto a Eva.
No conocía su rostro.
No había escuchado su voz.
Ni siquiera sabía cómo Dios resolvería aquello que faltaba.
Pero Dios ya lo sabía.
Y quizá esta sea la pieza que debemos guardar:
Antes de que Adán pudiera conocer completamente su necesidad, Dios ya había pensado en la respuesta.
Ahora sí estamos preparados para contemplar uno de los momentos más hermosos de Génesis.
Porque Dios estaba a punto de formar a Eva.
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Escuche música con propósito
Había llegado el momento.
Adán había contemplado la creación.
Había observado y nombrado a los animales que Dios había llevado delante de él.
Y al terminar aquella experiencia, la Escritura había dejado una declaración significativa:
«mas para Adán no se halló ayuda idónea para él» (Génesis 2:20, RVR1960).
Pero Dios ya sabía que aquello ocurriría.
Antes había dicho:
«No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él» (Génesis 2:18, RVR1960).
Ahora Dios iba a hacerlo.
Y la manera que escogió para crear a Eva me parece profundamente significativa.
Cuando Dios creó a Adán, la Escritura dice que lo formó:
«del polvo de la tierra» (Génesis 2:7, RVR1960).
Dios podía haber hecho exactamente lo mismo con Eva.
Podía haber tomado nuevamente polvo de la tierra y formar de manera independiente otro ser humano.
Pero no lo hizo así.
La Biblia describe algo completamente diferente:
«Entonces Jehová Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre» (Génesis 2:21-22, RVR1960).
Detengámonos.
Dios tomó algo del propio Adán.
La RVR1960 dice:
«una de sus costillas».
De allí formó a la mujer.
No quiero convertir en doctrina aquello que el texto no afirma expresamente, pero la imagen siempre me ha parecido hermosa.
La costilla está al lado del hombre, cerca de su corazón.
No fue tomada de sus pies para sugerir que debía ser pisoteada.
No fue presentada como una criatura inferior destinada a ser utilizada.
Fue tomada de su costado.
Cerca de él.
Y aunque la idea de «cerca del corazón» es una reflexión simbólica nuestra y no una explicación que Génesis dé directamente, expresa bellamente algo que el resto del relato sí deja claro:
la mujer pertenecía al lado del hombre, no debajo de su dignidad humana.
Lo que ocurre después confirma que Adán comprendió inmediatamente que aquella criatura era completamente diferente de todas las que había visto anteriormente.
Cuando Dios presentó a Eva delante de él, Adán exclamó:
«Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada» (Génesis 2:23, RVR1960).
Observe la reacción.
Después de haber contemplado tantas criaturas, por fin había aparecido alguien a quien podía reconocer como:
«hueso de mis huesos».
«carne de mi carne».
No era otro animal.
No era otra especie.
No era simplemente una criatura más dentro del mundo que debía administrar.
Era humana como él.
Correspondía a él.
Podía mirarla y reconocer en ella su misma humanidad.
Esto ayuda a comprender mejor las palabras anteriores de Dios:
«le haré ayuda idónea para él».
Ahora la ayuda idónea estaba delante de Adán.
Y Adán comprendió que finalmente había alguien con quien podía compartir la experiencia humana.
Hay algo que debemos establecer con toda claridad.
La imagen de Dios no pertenecía exclusivamente al varón.
Génesis 1 ya lo había dicho:
«Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Génesis 1:27, RVR1960).
Eva también pertenecía a aquella humanidad creada a imagen de Dios.
Esto significa que su dignidad no procedía simplemente de ser esposa de Adán.
Su valor procedía primero de Dios.
Ella también podía pensar.
Escoger.
Hablar.
Amar.
Relacionarse con Dios.
Ejercer responsabilidad.
Y participar del propósito para el cual la humanidad había sido creada.
Diferente de Adán.
Pero no menos humana.
Diferente en su diseño.
Pero portadora también de la imagen del Creador.
Hay una pequeña frase que me parece preciosa:
«y la trajo al hombre» (Génesis 2:22, RVR1960).
Dios había llevado anteriormente los animales delante de Adán.
Pero ninguno correspondía a él.
Ahora Dios vuelve a traer a alguien delante del hombre.
Esta vez era diferente.
Era la respuesta a aquello que Dios mismo había declarado:
«No es bueno que el hombre esté solo».
Dios no solamente creó a Eva.
La presentó a Adán.
Y de aquella unión surgiría la primera relación matrimonial de la historia bíblica.
Por eso inmediatamente después de la exclamación de Adán, Génesis establece:
«Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Génesis 2:24, RVR1960).
Una sola carne.
No amo y propiedad.
No dueño y objeto.
No alguien importante y alguien secundario.
Una relación tan profunda que la Escritura la describe mediante la expresión:
«una sola carne».
Hay otro asunto importante para nuestra investigación.
Eva había sido creada después de que Dios diera a Adán el mandamiento acerca del árbol.
El orden de Génesis 2 es claro.
Primero Dios dijo a Adán:
«De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás» (Génesis 2:16-17, RVR1960).
Después fue creada Eva.
Sin embargo, cuando llegamos a Génesis 3 descubrimos que Eva conocía la instrucción.
Cuando la serpiente la interrogó, ella respondió:
«Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él…» (Génesis 3:2-3, RVR1960).
Por tanto, Eva no llegó a la tentación ignorando que existía un límite.
Conocía el mandamiento.
Ahora bien, debemos tener cuidado.
La Biblia no nos dice exactamente cómo recibió Eva esa información.
No sabemos si Dios se la comunicó directamente después de crearla, si Adán se la transmitió o si ocurrió de alguna otra manera.
No debemos inventar lo que el texto no revela.
Lo que sí podemos afirmar es que, cuando llegó el momento de la prueba, Eva sabía que Dios había establecido una instrucción respecto al árbol.
Y eso será tremendamente importante cuando estudiemos la caída.
Algo había cambiado profundamente en el mundo de Adán.
Ya no estaba solo.
Ahora podía hablar con alguien que podía responderle.
Podía compartir pensamientos.
Podía compartir responsabilidades.
Podía amar y ser amado dentro de una relación humana.
Podía formar una familia.
Y juntos podrían participar en aquello que Dios estaba preparando para ellos.
Esto será particularmente importante cuando regresemos a Génesis 1.
Porque el gran mandato relacionado con llenar y sojuzgar la tierra no aparece dirigido solamente al hombre.
La Escritura dice:
«Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28, RVR1960).
Los bendijo.
Les dijo.
Ahora comprendemos mejor por qué.
El propósito que Dios tenía para la humanidad requería que Adán dejara de estar solo.
La historia humana no continuaría solamente a través de él.
Ahora estaban:
Varón y mujer.
Dos personas.
Una misma humanidad.
Ambos creados por Dios.
Ambos portadores de su imagen.
Y ambos a punto de recibir juntos una extraordinaria responsabilidad.
La creación de Eva añade una pieza particularmente hermosa al retrato que estamos construyendo.
Aquí encontramos a un Dios que responde a una necesidad creando relación.
Pero también encontramos algo más.
Dios no resolvió la soledad de Adán entregándole simplemente compañía.
Le dio alguien con dignidad propia.
Alguien capaz de estar a su lado.
Alguien que también llevaba la imagen de Dios.
Alguien con quien pudiera construir una vida.
Esto nos permite añadir nuevas características:
Dios dignifica a la mujer.
Dios diseñó al hombre y a la mujer para la comunión, no para el abuso.
Dios puede crear unidad sin eliminar las diferencias.
Dios hace posible la ayuda mutua.
Dios convierte dos vidas diferentes en una relación capaz de compartir propósito.
Y aquí aparece algo acerca de Dios que me parece todavía más profundo.
Cuando Dios vio que Adán necesitaba a alguien, no creó un ser cuya única función fuera servirle.
Creó otra persona.
Alguien que también tendría voluntad.
Pensamientos.
Dignidad.
Responsabilidad delante de Dios.
Eso significa que para amar a Eva, Adán tendría que aprender algo fundamental:
amar a alguien que no era él.
Alguien diferente.
Alguien cuya existencia no giraba simplemente alrededor de satisfacer todos sus deseos.
Alguien que debía ser conocida, escuchada, respetada y amada.
Quizá allí encontramos una nueva característica del Dios que estamos descubriendo:
Dios no solamente creó seres capaces de recibir amor; los creó capaces de aprender a darlo.
Hasta ahora Adán había recibido muchísimo.
Ahora tenía delante de él a alguien a quien también podría entregarse.
Y por primera vez en la historia humana había un nosotros.
Pero Dios todavía tenía algo extraordinario que decirles a ambos.
Porque ahora que estaban juntos, los bendeciría y les revelaría la dimensión de la tarea para la cual había creado a la humanidad:
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla».
El proyecto de Dios para sus hijos estaba a punto de hacerse mucho más grande.
Libro recomendado

Escuche música con propósito