Por: Dr. Elio M. Rivera
Bienvenido a Cristopedia y al Museo La Vida y Obra del Señor Jesucristo. Cristopedia es una enciclopedia dedicada al estudio de la vida, las enseñanzas, el contexto histórico, cultural y social en el que vivió Jesús, así como al análisis de la evidencia histórica relacionada con su persona. Nuestro propósito no es simplemente presentar información, sino invitarle a emprender un viaje de descubrimiento que le permita comprender mejor quién fue Jesucristo, qué enseñó, cómo vivió y por qué continúa siendo una de las figuras más influyentes de toda la historia humana.
Debo comenzar haciendo una confesión personal. No pretendo saberlo todo acerca de la persona del Señor Jesucristo. De hecho, mientras más estudio su vida y sus enseñanzas, más consciente soy de cuánto me falta por conocer de Él. Si algo he aprendido a lo largo de los años es que Jesucristo es mucho más grande y más profundo de lo que alguna vez imaginé. En lugar de sentir que ya lo conozco suficientemente, sucede exactamente lo contrario: cada nuevo descubrimiento me convence de que apenas he comenzado a explorar la inmensidad de su persona.

Durante mis primeros años como creyente pensaba que conocía al Señor. Había escuchado innumerables predicaciones acerca de Él, había leído diversos pasajes de los Evangelios y sabía que era el Hijo de Dios que había venido al mundo para salvar a la humanidad. Conocía muchas de las historias más conocidas de su ministerio, sus milagros, sus enseñanzas y su muerte en la cruz. Sin embargo, con el paso del tiempo descubrí algo que me sorprendió profundamente.
Conocía muchas cosas acerca de Jesucristo, pero conocía muy poco a Jesucristo mismo. Sabía ciertos datos sobre su vida, pero entendía muy poco de lo que realmente enfrentó durante sus días sobre la tierra, de los desafíos que tuvo que soportar, de las personas con las que convivió, de las presiones que experimentó y de la forma en que reaccionó ante cada situación. Conocía aspectos de su obra, pero conocía muy poco de su carácter, de sus emociones, de su compasión, de su valentía y de la profundidad de su amor por las personas.
A primera vista, aquel descubrimiento podría parecer algo pequeño o sin demasiada importancia. Pero en mi caso fue una de las experiencias que más transformaron mi vida espiritual. Comprendí que existe una enorme diferencia entre saber datos acerca de una persona y conocer verdaderamente a esa persona. Uno puede memorizar fechas, acontecimientos y enseñanzas, y aun así permanecer distante de quien está detrás de toda esa información.
Fue entonces cuando entendí que conocer a Jesucristo implica mucho más que acumular conocimiento religioso. Significa acercarse a Él como una persona real, descubrir cómo pensaba, cómo trataba a los más vulnerables, cómo respondía a sus enemigos, cómo enfrentaba el sufrimiento y cómo manifestaba el amor de Dios en cada circunstancia de su vida. Significa observar su corazón detrás de sus palabras y comprender las motivaciones que guiaban cada una de sus acciones.
Esa comprensión despertó en mí una profunda curiosidad por conocer al Jesús real. No solamente al Cristo de las tradiciones, de las pinturas o de las ideas heredadas, sino al hombre que caminó por los polvorientos caminos de Galilea, que convivió con pescadores, viudas, enfermos y pecadores, que enfrentó la oposición religiosa de su tiempo y que, aun en medio del rechazo, continuó amando, sirviendo y mostrando la voluntad de su Padre.
Mirando hacia atrás, puedo decir que aquel descubrimiento marcó un antes y un después en mi vida. De alguna manera, fue el punto de partida de todo lo que soy hoy. Porque cuando comenzamos a conocer verdaderamente a Jesucristo, no solo cambia nuestra manera de pensar acerca de Él; cambia también nuestra manera de ver la vida, de relacionarnos con los demás y de entender el propósito para el cual vivimos.
Conforme fui estudiando los Evangelios una y otra vez, comencé a encontrarme con un Jesús que muchas veces no coincidía con las ideas que había heredado. Algunas de las cosas que creía acerca de Él provenían de tradiciones religiosas. Otras surgían de imágenes que había visto desde niño. Algunas más eran conclusiones que simplemente había aceptado sin examinarlas cuidadosamente. Poco a poco comprendí que, sin darme cuenta, había mezclado al Jesús de las Escrituras con el Jesús de mi propia imaginación y el de la imaginación de otros.
Y sospecho que no soy el único. Creo que muchos de nosotros hemos construido nuestra imagen de Cristo mezclando un poco de Biblia, un poco de tradición, un poco de cultura y un poco de imaginación. No lo hacemos con mala intención. Es simplemente el resultado de vivir a más de dos mil años de distancia de los acontecimientos narrados en los Evangelios. Entre nosotros y Jesús existen diferencias de idioma, cultura, costumbres y formas de pensar que no siempre alcanzamos a percibir. Por esa razón, muchas veces terminamos viendo al Maestro a través de lentes que han sido moldeados por nuestra época más que por las Escrituras.
El problema es que cuando dejamos de lado al Jesús histórico y real para sustituirlo por tradiciones, suposiciones o imágenes heredadas de nuestra cultura, nuestra comprensión de su persona comienza a distorsionarse. Podemos escuchar hablar de Él durante años, ver representaciones artísticas, asistir a ceremonias religiosas o repetir ideas ampliamente aceptadas, y aun así conocer muy poco acerca de quién fue realmente.
Con frecuencia damos por sentado que conocemos a Jesucristo simplemente porque hemos oído hablar de Él desde nuestra infancia. Sin embargo, conocer una figura histórica tan influyente requiere algo más que familiaridad cultural. Requiere examinar las fuentes, analizar la evidencia disponible y acercarnos a los hechos con una mente abierta.
A lo largo de la historia, millones de personas han formado opiniones acerca de Jesús basándose principalmente en tradiciones familiares, costumbres religiosas o percepciones populares. El problema no es que estas influencias existan, sino que pueden llevarnos a aceptar ciertas ideas sin preguntarnos si realmente corresponden al personaje histórico que caminó por las calles de Judea y Galilea hace dos mil años.
Cuando esto ocurre, el interés por investigar desaparece. Dejamos de hacer preguntas, dejamos de examinar la evidencia y terminamos aceptando una versión de Jesucristo construida más por la imaginación colectiva que por los registros históricos.
Realmente, lo que despertó mi interés en cuanto a la persona de Jesucrieto no fueron solamente sus enseñanzas morales, sino las sorprendentes afirmaciones que hizo acerca de sí mismo. Por ejemplo, declaró haber existido antes de Abraham al decir: «Antes que Abraham fuese, yo soy» (Juan 8:58). En otra ocasión afirmó: «Yo y el Padre uno somos» (Juan 10:30). También dijo: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9).
Jesús aseguró haber venido del cielo: «Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (Juan 6:38). Además, se presentó como el único camino hacia Dios al afirmar: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí» (Juan 14:6).
Sus declaraciones continuaron siendo igual de extraordinarias. Dijo: «Yo soy la luz del mundo» (Juan 8:12), «Yo soy la puerta» (Juan 10:9), «Yo soy el buen pastor» (Juan 10:11) y «Yo soy la resurrección y la vida» (Juan 11:25).
Pero quizá una de las afirmaciones más serias fue aquella en la que vinculó el destino eterno de las personas con la respuesta que dieran a su persona. Jesús declaró: «El que cree en él, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado» (Juan 3:18). También afirmó: «El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna» (Juan 5:24).
Al leer estas palabras comprendí que Jesús no se presentó simplemente como un maestro, un filósofo o un profeta más. Sus afirmaciones eran demasiado grandes para ser ignoradas. Si eran falsas, debían ser examinadas y rechazadas. Pero si eran verdaderas, entonces merecían toda mi atención. Fue precisamente esa reflexión la que me llevó a dedicar buena parte de mi vida a investigar quién fue realmente Jesucristo.
Después de muchos años de estudio, investigación y reflexión, debo ser honesto con usted: yo ya tomé una decisión acerca de la persona de Jesucristo. Probablemente, después de leer estas páginas y conocer un poco de mi historia, no será difícil imaginar cuál fue esa decisión.
Sin embargo, no llegué a ella por costumbre, tradición familiar o porque alguien me dijo lo que debía creer. Llegué a ella después de dedicar una parte importante de mi vida a investigar quién fue realmente Jesús de Nazaret. Esa búsqueda me llevó a leer cientos de libros, estudiar los Evangelios una y otra vez, asistir a innumerables seminarios y conferencias, viajar en varias ocasiones a Israel y a otros lugares relacionados con la historia bíblica, y escribir más de sesenta libros dedicados a temas relacionados con la Biblia, la fe y la persona de Jesucristo.
También fue esa misma búsqueda la que me llevó a fundar Cristopedia y el Museo La Vida y Obra de Jesucristo. Ambos nacieron de una convicción sencilla: una figura histórica que ha influido tan profundamente en la humanidad merece ser estudiada con seriedad, honestidad y profundidad.
Mi propósito no es decirle lo que usted debe creer. Tampoco pretendo pedirle que adopte mis conclusiones simplemente porque yo las haya adoptado. Mi deseo es mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más importante: animarle a que examine la evidencia por usted mismo.
A lo largo de la historia, millones de personas han formado su opinión acerca de Jesús basándose en tradiciones, percepciones culturales, representaciones artísticas o en lo que otros les dijeron acerca de Él. Pero si Jesucristo fue realmente quien afirmó ser, entonces su persona merece algo más que opiniones heredadas o ideas preconcebidas. Merece una investigación seria.
Por eso, mi invitación es que no tome una decisión acerca de Jesús basada únicamente en la imaginación, la costumbre, la presión social o las creencias de otras personas. Investigue. Haga preguntas. Examine los documentos históricos. Considere la evidencia. Analice sus afirmaciones. Y después de hacerlo, llegue a su propia conclusión.
Yo ya tomé la mía.
Ahora le corresponde a usted decidir qué hará con la persona más influyente de la historia humana, un hombre que no solamente cambió el curso de la civilización, sino que también pidió a cada generación que tomara una decisión personal acerca de quién decía ser.
Después de todo, las conclusiones más sólidas suelen surgir no de las costumbres heredadas, sino de una investigación honesta de la evidencia disponible. Jesucristo dijo:
“Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.”
Juan 8:32 (RVR1960)
La pregunta, entonces, no es solamente qué hemos oído acerca de Jesús, sino qué estamos dispuestos a descubrir por nosotros mismos. Porque si su vida, sus palabras y sus afirmaciones son verdaderas, entonces no estamos frente a un personaje más de la historia, sino frente a alguien cuya identidad podría cambiar por completo la manera en que entendemos a Dios, la vida y nuestro propio destino.
Por eso, antes de llegar a una conclusión definitiva, vale la pena hacer una pregunta más profunda: ¿podemos conocer a Jesús como lo conocieron los discípulos del siglo primero?
Esa será la pregunta que comenzaremos a explorar en los siguientes articulos.
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Si realmente deseamos llegar a una conclusión honesta acerca de la persona de Jesucristo, debemos estar dispuestos a hacer algo que no siempre resulta fácil: examinar nuestras ideas preconcebidas y preguntarnos de dónde provienen. Después de todo, es imposible investigar objetivamente a una persona si antes hemos decidido quién creemos que es.
La mayoría de nosotros hemos recibido una imagen de Jesús mucho antes de comenzar a estudiar seriamente su vida. Esa imagen puede haber llegado a través de nuestra familia, de nuestra cultura, de nuestra educación religiosa, de películas, libros, sermones, tradiciones o incluso de obras de arte. Con frecuencia creemos que conocemos a Jesús, cuando en realidad conocemos la versión de Jesús que nos fue presentada por otras personas.
Esto no significa que todas esas influencias sean incorrectas. Significa simplemente que debemos distinguir entre lo que sabemos porque la evidencia lo respalda y lo que asumimos porque lo hemos escuchado repetidamente. Si queremos conocer al Jesús real, debemos estar dispuestos a separar los hechos históricos de las interpretaciones culturales que se han acumulado alrededor de su figura durante siglos.
Existe algo que me llama profundamente la atención cuando observo la historia del cristianismo. Ninguna otra persona ha sido pintada, esculpida, dibujada, representada o imaginada tantas veces como Jesucristo. Durante más de dos mil años, hombres y mujeres de prácticamente todas las culturas han intentado responder una pregunta que parece sencilla, pero que en realidad es muy profunda: ¿cómo era Jesús?
Ahora bien, aunque estas representaciones que los artistas ha hecho acerca de Jesucristo han influido enormemente en la forma en que millones de personas se lo imaginan, surge una pregunta inevitable: ¿cuánto de ese Jesús que vemos en pinturas, esculturas e ilustraciones proviene realmente de los Evangelios y cuánto proviene de la imaginación, la cultura y las tradiciones de quienes lo representaron?
Este tema es importante porque las imágenes tienen poder. Con frecuencia moldean nuestra percepción de una persona mucho más rápido que los libros, los documentos históricos o una investigación cuidadosa. Después de ver una misma representación durante años, es natural que terminemos asociándola con la persona real.
Sin embargo, esto no significa que exista algo malo en las representaciones artísticas de Jesucristo. Los seres humanos somos profundamente visuales. Nos ayudan las imágenes, las ilustraciones y las representaciones para relacionarnos con personas, lugares y acontecimientos que ocurrieron hace mucho tiempo. De hecho, yo mismo utilizo imágenes de Jesús en Cristopedia y en el Museo La Vida y Obra de Jesucristo precisamente porque facilitan la comprensión y ayudan a acercar la historia al lector.
El verdadero asunto no es si debemos utilizar imágenes o no. La pregunta más importante es otra: ¿qué tan bien conocemos a la persona que esas imágenes intentan representar?

A lo largo de la historia, artistas de prácticamente todas las culturas han intentado responder esa pregunta. Los europeos lo representaron según sus propias referencias culturales. Los artistas africanos hicieron algo semejante. Lo mismo ocurrió en Asia, América Latina y en muchas otras regiones del mundo. Como resultado, han surgido miles de representaciones diferentes de Jesucristo, cada una intentando reflejar algo de cómo sus creadores lo comprendían o imaginaban.
Lejos de ser un problema, este fenómeno revela algo profundamente humano. Cuando intentamos comprender a una persona, solemos hacerlo a través de los elementos que conocemos mejor. Cada generación ha procurado acercar la figura de Jesús a las personas de su tiempo utilizando el lenguaje, el arte y las referencias culturales que tenía a su disposición.
Pero todo esto nos conduce a una reflexión interesante. Si existen tantas maneras distintas de imaginar a Jesús, entonces quizá la pregunta más importante no sea cómo lucía externamente, sino quién era realmente.
Y aquí encontramos algo fascinante. Los Evangelios muestran muy poco interés en describir detalladamente la apariencia física de Jesús. No nos dicen el color de sus ojos, la forma de su rostro ni muchos de los detalles que normalmente esperaríamos encontrar en una biografía moderna. En cambio, dedican una enorme cantidad de espacio a mostrarnos cómo trataba a las personas, cómo reaccionaba ante la injusticia, cómo respondía a sus enemigos, cómo enseñaba, cómo amaba y cómo vivía.
Es como si los autores de los Evangelios quisieran dirigir nuestra atención hacia aquello que consideraban verdaderamente importante. No tanto la apariencia externa del Maestro, sino la profundidad de su carácter, la naturaleza de sus enseñanzas y el impacto de sus acciones.
Quizá el verdadero desafío no consiste en descubrir exactamente cómo se veía Jesús, sino en comprender quién era realmente. Porque al final, una persona no transforma el mundo por los rasgos de su rostro, sino por la fuerza de sus palabras, la integridad de su carácter y las decisiones que toma a lo largo de su vida.
Por esa razón, en las próximas páginas no intentaremos reconstruir simplemente el aspecto físico de Jesús. Intentaremos algo mucho más importante: acercarnos a la persona que caminó por Galilea, escuchar sus palabras, observar sus acciones y descubrir por qué, dos mil años después, sigue siendo una de las figuras más influyentes de toda la historia humana.
Sin embargo, antes de emprender ese recorrido, debemos detenernos a considerar una posibilidad que quizá resulte incómoda, pero que merece ser examinada con honestidad.
¿Y si algunas de las ideas que tenemos acerca de Jesús no provienen realmente de los Evangelios? ¿Y si ciertas imágenes, conceptos o impresiones que damos por sentados fueron moldeados más por la cultura, las tradiciones, las opiniones de otras personas o las expresiones artísticas que por los documentos que narran su vida?
No hay nada malo en aprender de quienes nos precedieron. Todos comenzamos nuestro conocimiento de la historia a través de lo que otros nos enseñan. El problema surge cuando dejamos de verificar por nosotros mismos si aquello que hemos recibido corresponde realmente a los hechos.
A lo largo de la historia, muchas personas han descubierto que algunas de sus ideas acerca de Jesús eran correctas, mientras que otras necesitaban ser revisadas. Yo mismo tuve que hacerlo en más de una ocasión. Y sospecho que todos nosotros, sin excepción, llevamos ciertas imágenes mentales de Cristo que merecen ser examinadas más de cerca.
La buena noticia es que no tenemos que depender únicamente de lo que otros imaginaron, pintaron o dijeron acerca de Él. Podemos volver a las fuentes y permitir que los propios documentos históricos hablen por sí mismos.
Y precisamente ahí es donde comenzaremos nuestro siguiente paso.
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Existen pocas imágenes tan famosas en toda la historia del arte como La Última Cena de Leonardo da Vinci. Durante más de quinientos años esta obra ha cautivado a millones de personas alrededor del mundo. Ha sido reproducida en libros, museos, iglesias, documentales y producciones cinematográficas. Para muchas personas, cuando piensan en la última comida que Jesucristo compartió con sus discípulos antes de su crucifixión, la imagen que aparece en su mente es precisamente la que Leonardo pintó a finales del siglo quince.
Debo aclarar algo desde el principio. El propósito de este artículo no es criticar a Leonardo da Vinci ni minimizar la importancia de su obra. Sería imposible hacerlo. Estamos hablando de uno de los artistas más brillantes de toda la historia de la humanidad. Su talento, creatividad y capacidad de observación continúan sorprendiendo al mundo siglos después de su muerte. La pintura que realizó es una obra maestra desde el punto de vista artístico y merece toda nuestra admiración.
Sin embargo, esta pintura nos ofrece una oportunidad extraordinaria para reflexionar sobre algo que hemos venido estudiando en esta serie. La pregunta no es si Leonardo fue un gran artista. La pregunta es: ¿qué sucede cuando intentamos representar un acontecimiento ocurrido en Jerusalén durante el siglo primero utilizando los lentes culturales de una época completamente diferente? Porque eso fue exactamente lo que hizo Leonardo. Él no vivió en la Judea del primer siglo. Vivió en la Italia del Renacimiento. No conoció personalmente las costumbres judías de la época de Cristo. Tampoco tuvo acceso a gran parte de la información arqueológica e histórica que poseemos actualmente. Como cualquier ser humano, interpretó el acontecimiento desde el mundo que conocía.
Y la verdad es que todos hacemos exactamente lo mismo. Ninguno de nosotros observa la realidad de una manera completamente neutral. Todos vemos las cosas a través de nuestra cultura, nuestras experiencias, nuestra educación y nuestras tradiciones. Por esa razón, cuando observamos cuidadosamente la pintura de Leonardo, descubrimos que contiene numerosos elementos que reflejan la Europa renacentista mucho más que la Jerusalén del tiempo de Jesucristo. Lejos de ser una debilidad de la obra, esto nos permite comprender mejor cómo los seres humanos tendemos a acercar a Cristo a nuestra propia realidad cultural.

Cuando examine la imagen que acompaña este artículo, notará varios detalles interesantes. Los rasgos físicos de Jesús y de los apóstoles corresponden más a las características europeas que a las de hombres judíos del Medio Oriente. Las vestimentas reflejan estilos artísticos y culturales propios del Renacimiento. La mesa utilizada se parece mucho más a las mesas europeas de aquella época que a la manera en que los judíos celebraban tradicionalmente la Pascua. La arquitectura que aparece al fondo tampoco corresponde exactamente al contexto histórico de Jerusalén. Incluso la disposición de los personajes y algunos elementos relacionados con la comida reflejan la manera en que Leonardo imaginó la escena desde su propia realidad cultural.

Quizás el aspecto más interesante de esta pintura no sea aquello que muestra, sino aquello que revela acerca de nosotros mismos. Cuando observamos la obra de Leonardo, descubrimos que los seres humanos tenemos una tendencia natural a interpretar los grandes acontecimientos de la historia a través de nuestros propios marcos de referencia. En otras palabras, no solamente observamos la realidad; también la interpretamos. Y muchas veces, sin darnos cuenta, terminamos añadiendo a nuestra comprensión elementos que proceden más de nuestra experiencia que de los hechos mismos.
Pero aquí surge una pregunta que considero fascinante. Si Leonardo interpretó a Cristo a través de los lentes de su cultura, ¿será posible que nosotros también lo hagamos? ¿Hasta qué punto la imagen que tenemos de Jesucristo proviene realmente de los Evangelios? ¿Y hasta qué punto ha sido moldeada por las tradiciones, las películas, las ilustraciones, las enseñanzas populares o las ideas que hemos heredado a lo largo de los años?
Debo confesar que esta pregunta comenzó a inquietarme hace mucho tiempo. Mientras más estudiaba la vida del Señor Jesucristo, más me daba cuenta de que algunas de las ideas que tenía acerca de Él no provenían necesariamente de una lectura cuidadosa de las Escrituras. Algunas habían llegado a mí desde la infancia. Otras a través de imágenes y representaciones que había visto durante años. Y otras simplemente eran conceptos que había aceptado sin detenerme a examinarlos. Poco a poco comprendí que necesitaba regresar una y otra vez a los Evangelios para permitir que fueran ellos quienes moldearan mi percepción del Maestro.
Quizás esa sea una de las razones por las que esta pintura sigue siendo tan valiosa. No solamente porque representa uno de los momentos más importantes de la vida de Cristo. También porque nos obliga a hacernos preguntas. Nos recuerda que existe una diferencia entre una representación artística y la realidad histórica. Nos invita a reflexionar acerca de nuestros propios filtros culturales. Y nos anima a mirar más profundamente las fuentes originales para descubrir quién era realmente el hombre que caminó por los senderos de Galilea.
Al final, la lección más importante de esta obra probablemente no tenga que ver con Leonardo da Vinci. La lección tiene que ver con nosotros. Porque todos, en mayor o menor medida, hemos construido una imagen de Jesucristo. La verdadera pregunta es si esa imagen ha sido formada principalmente por las Escrituras o por los lentes de nuestra propia cultura.
Y quizás ahí comienza una de las aventuras más emocionantes que un creyente puede emprender. La aventura de descubrir al Jesús real. No al Jesús de nuestras suposiciones. No al Jesús de nuestras tradiciones. No al Jesús que hemos imaginado. Sino al Jesús que encontramos en las páginas de los Evangelios.
Precisamente eso es lo que comenzaremos a hacer en el próximo capítulo. Iniciaremos una especie de excavación histórica y arqueológica para intentar quitar, una a una, las capas que el tiempo ha acumulado sobre nuestra percepción de Cristo. Y mientras avancemos en esa búsqueda, descubriremos que el verdadero Jesús es mucho más fascinante, más profundo y más extraordinario de lo que la mayoría de nosotros jamás imaginó.
Tal vez, cuando terminemos ese recorrido, descubramos que la pregunta más importante no es cómo veía Leonardo a Jesucristo, sino cómo lo vemos nosotros. Y aún más importante: ¿se parece nuestra imagen de Cristo al Jesús que encontramos en los Evangelios? Porque si la respuesta es no, todavía estamos a tiempo de seguir descubriendo al Maestro.
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A lo largo de la historia, algunos de los artistas más talentosos que han existido han intentado representar la persona de Jesucristo. Pinturas, esculturas, mosaicos e ilustraciones han procurado capturar momentos memorables de su vida. Muchas de estas obras son extraordinarias y han ayudado a generaciones enteras a visualizar acontecimientos que ocurrieron hace dos mil años. Sin embargo, existe una realidad que nunca debemos olvidar: una imagen puede intentar mostrarnos lo que Jesús hizo, pero raramente puede explicarnos por qué lo hizo.
El verdadero poder transformador de los Evangelios no se encuentra únicamente en observar las acciones de Cristo, sino en comprender el corazón que existía detrás de ellas. Cuando entendemos quién decía ser Jesús, lo que afirmaba acerca de sí mismo y el contexto cultural en el que actuó, cada escena adquiere una profundidad completamente diferente. Lo que antes parecía una simple acción se convierte en una revelación acerca de su carácter y, según sus propias palabras, acerca de la naturaleza misma de Dios.


Por ejemplo, innumerables artistas han representado la escena donde Jesús lava los pies de sus discípulos. A simple vista vemos a un hombre arrodillado frente a otros hombres, sosteniendo una vasija con agua y una toalla. Pero cuando conocemos el contexto, la escena adquiere una fuerza extraordinaria. Lavar los pies era una tarea reservada para los siervos de menor rango. Los caminos eran polvorientos, las personas caminaban largas distancias usando sandalias abiertas y esta labor era considerada demasiado humilde para ser realizada por alguien de importancia.
Sin embargo, el hombre que estaba arrodillado delante de ellos era el mismo que había declarado: «Yo y el Padre uno somos» (Juan 10:30), el mismo que afirmó haber descendido del cielo y el mismo que aceptó ser reconocido como el Mesías prometido. ¿Qué debió producir en el corazón de aquellos discípulos ver al Maestro que afirmaba venir de Dios realizando voluntariamente la labor de un siervo? La imagen muestra agua y una toalla. El contexto revela humildad divina.
Y quizás ahí encontramos una de las revelaciones más sorprendentes acerca de la naturaleza de Dios. Muchas personas imaginan a Dios como un ser distante, inaccesible y completamente ajeno a las necesidades humanas. Sin embargo, cuando observamos a Jesús arrodillado lavando pies, descubrimos algo muy diferente. Si Jesús realmente vino a mostrarnos cómo es Dios, entonces esta escena nos enseña que la grandeza divina no se expresa mediante arrogancia, orgullo o deseo de dominar a otros. Se expresa mediante amor, servicio y humildad.
Aquella noche los discípulos no solamente vieron una lección de cortesía. Vieron cómo el hombre que afirmaba ser enviado por el Padre utilizaba su autoridad para servir en lugar de ser servido. Vieron a alguien que poseía una enorme influencia y, sin embargo, no la utilizaba para exaltarse a sí mismo. En una cultura donde la mayoría buscaba posiciones de honor y reconocimiento, Jesús tomó voluntariamente el lugar más bajo de la habitación.
No es difícil imaginar el impacto emocional que esto produjo en ellos. Probablemente muchos esperaban un Mesías que conquistara reinos, derrotara enemigos y ocupara los lugares más elevados. En cambio, encontraron a un Maestro que tomaba una toalla y se inclinaba ante sus seguidores. Aquella escena debió desafiar profundamente sus ideas acerca del poder, del liderazgo y aun de Dios mismo.
Y tal vez sigue desafiándonos a nosotros también. Vivimos en una cultura que con frecuencia mide el éxito por la cantidad de personas que nos sirven, nos admiran o nos reconocen. Sin embargo, Jesús parecía enseñar exactamente lo contrario. La verdadera grandeza no consiste en cuánto podemos recibir de los demás, sino en cuánto estamos dispuestos a dar. No consiste en ocupar siempre los primeros lugares, sino en estar dispuestos a servir incluso cuando nadie nos aplaude.
Por eso, cuando observamos una pintura de Jesús lavando pies, estamos viendo mucho más que una escena histórica. Estamos contemplando una declaración acerca del carácter de Dios y, al mismo tiempo, un desafío para nuestra propia vida. La pregunta deja de ser simplemente: «¿Qué hizo Jesús?». La pregunta se convierte en: «¿Qué revela esta acción acerca de Dios?» y «¿qué revela acerca de la clase de persona que yo estoy llegando a ser?».
Quizás por eso esta imagen ha sobrevivido durante dos mil años. Porque detrás del agua, la toalla y los pies polvorientos se encuentra una verdad que continúa sorprendiendo a cada generación: el Dios que Jesús proclamó no vino buscando ser servido, sino buscando servir.
Otro ejemplo aparece en las numerosas pinturas que representan a Jesús compartiendo la mesa con publicanos y pecadores. A simple vista podríamos pensar que se trata únicamente de una comida. Vemos personas sentadas alrededor de una mesa, compartiendo alimentos y conversando. Sin embargo, cuando conocemos la cultura del siglo primero, descubrimos que la escena posee un significado mucho más profundo de lo que parece.
En los tiempos de Jesús, compartir la mesa con alguien no era un acto casual. Comer juntos representaba aceptación, amistad, cercanía y comunión. La mesa era uno de los espacios más íntimos de la vida social. Por esa razón, muchos líderes religiosos evitaban cuidadosamente relacionarse con personas consideradas pecadoras, impuras o indignas. Temían contaminar su reputación o comprometer su imagen pública.
Lo sorprendente es que quien se sentaba voluntariamente con aquellas personas rechazadas era el mismo que había declarado: «Yo soy la luz del mundo» (Juan 8:12). El mismo que afirmaba haber sido enviado por Dios. El mismo que hablaba con una autoridad que asombraba tanto a amigos como a enemigos. Mientras otros levantaban barreras, Jesús construía puentes. Mientras otros señalaban a las personas desde la distancia, Él se acercaba para conocerlas.
Imagínese por un momento lo que esto debió producir en el corazón de los discípulos. Una y otra vez vieron cómo Jesús dedicaba tiempo a personas que la sociedad despreciaba. Recaudadores de impuestos, hombres y mujeres con mala reputación, personas rechazadas por la comunidad y consideradas indignas por muchos de sus contemporáneos. Aquellos discípulos estaban aprendiendo algo fundamental acerca de su Maestro: la compasión de Jesús era tan extraordinaria como las afirmaciones que hacía acerca de sí mismo.
Cada vez que Jesús se sentaba a la mesa con estas personas, enviaba una señal poderosa. No estaba allí para humillarlas públicamente, ni para recordarles constantemente sus errores, ni para condenarlas sin esperanza. Su presencia comunicaba algo muy diferente. Les estaba mostrando que todavía existía un camino de regreso, una oportunidad para cambiar y una puerta abierta hacia una vida diferente. Jesús no aprobaba todo lo que hacían, pero tampoco permitía que sus errores definieran para siempre quiénes eran.
Aquellas comidas debieron sorprender profundamente a los discípulos. Ellos crecieron en una cultura donde muchas personas pensaban que la santidad consistía en mantenerse alejados de ciertos individuos. Sin embargo, Jesús parecía enseñar exactamente lo contrario. Sin comprometer sus convicciones, se acercaba a quienes más necesitaban escuchar la verdad. No los buscaba para participar de su pecado, sino para ofrecerles una alternativa mejor. No llegaba para destruirlos con condenación, sino para invitarlos a una transformación.
De alguna manera, cada una de aquellas comidas transmitía el mismo mensaje: “Si ustedes desean acercarse a Dios, Dios está dispuesto a acercarse a ustedes”. Jesús les mostraba que no tenían que permanecer para siempre en la condición en la que se encontraban. Había esperanza. Había perdón. Había una nueva dirección para sus vidas.
Y quizás esa sea una de las razones por las cuales tantas personas se sintieron atraídas hacia Él. Porque mientras otros solamente veían pecadores, Jesús veía seres humanos. Mientras otros veían el pasado, Jesús veía el potencial. Mientras otros levantaban muros, Jesús tendía la mano.
La imagen puede mostrarnos una comida compartida alrededor de una mesa. Pero cuando entendemos lo que estaba ocurriendo, descubrimos algo mucho más profundo. Descubrimos a un hombre que afirmaba venir de Dios y que utilizaba cada encuentro para comunicar una verdad extraordinaria: nadie estaba tan lejos como para no poder acercarse, y nadie estaba tan perdido como para quedar fuera del alcance de su invitación.
Esta verdad continúa siendo tan impactante hoy como lo fue hace dos mil años. Vivimos en un mundo donde muchas personas cargan con culpa, vergüenza, rechazo o la sensación de no ser suficientemente buenas. Algunos sienten que sus errores son demasiado grandes. Otros creen que Dios no tendría ningún interés en ellos. Algunos incluso han llegado a la conclusión de que ya es demasiado tarde para acercarse a Él.
Sin embargo, cuando observamos a Jesús sentado a la mesa con publicanos y pecadores, descubrimos una realidad diferente. Descubrimos a alguien que no huía de las personas rotas, sino que las buscaba. A alguien que no esperaba que cambiaran primero para acercarse a ellas, sino que se acercaba a ellas para transformar sus vidas.
Por eso, cuando contemple una pintura como esta, no vea solamente una comida. Vea una invitación. Porque si Jesús es realmente quien dijo ser, entonces esta escena nos recuerda que ninguna persona queda fuera de su interés. No importa quién sea usted. No importa cuál haya sido su historia. No importa cuántos errores haya cometido ni cuántas decepciones cargue sobre sus hombros.
El mismo Jesús que compartió la mesa con los rechazados del siglo primero sigue siendo presentado por los Evangelios como alguien dispuesto a acercarse a las personas. Y quizás la pregunta más importante no sea si Él estaría dispuesto a sentarse a la mesa con usted. La verdadera pregunta es si usted estaría dispuesto a sentarse a la mesa con Él.
Lo mismo ocurre con las representaciones de Jesús tocando a los leprosos. La mayoría de las imágenes muestran simplemente una mano extendida. Sin embargo, detrás de ese gesto existía una realidad impactante. Los leprosos eran aislados de la sociedad, evitados por todos y considerados impuros. Acercarse a ellos implicaba exponerse al rechazo social y religioso. Sin embargo, Jesús no solamente les habló; los tocó. Y quien realizaba ese acto era el mismo que había declarado: «Yo soy la resurrección y la vida» (Juan 11:25). Los discípulos no estaban viendo únicamente un acto de compasión humana. Estaban observando a alguien que afirmaba poseer autoridad sobre la vida misma y que utilizaba esa autoridad para acercarse a los más olvidados de la sociedad.
Quizás por eso los Evangelios dedican tan poco espacio a describir el aspecto físico de Jesús. No sabemos con certeza el color de sus ojos, la forma exacta de su rostro o muchos detalles de su apariencia. En cambio, conocemos cómo trató a las personas, cómo reaccionó ante la injusticia, cómo respondió al sufrimiento humano, cómo enfrentó la oposición y cómo vivió cada día de su ministerio. Los autores bíblicos parecían estar convencidos de que conocer el corazón de Cristo era mucho más importante que conocer los detalles de su apariencia física.
Y tal vez ahí se encuentra una de las lecciones más importantes para nosotros. Una pintura puede conmovernos. Una escultura puede impresionarnos. Una ilustración puede ayudarnos a imaginar una escena. Pero ninguna imagen puede reemplazar el conocimiento de la persona que está detrás de ella. Lo que transforma al ser humano no es simplemente contemplar una representación de Jesús, sino comprender quién decía ser, por qué actuaba como actuaba y qué estaba intentando enseñar a través de cada una de sus acciones.
Por esa razón, cada vez que observemos una pintura o una representación artística de Cristo, quizá la pregunta más importante no sea: «¿Así se veía Jesús?». Tal vez la pregunta correcta sea: «¿Qué me revela esta escena acerca de su carácter, de sus enseñanzas y de la clase de persona que afirmó ser?». Porque al final, el verdadero descubrimiento no consiste en reconstruir su rostro, sino en conocer su corazón.
Y quizás aquí llegamos a una de las conclusiones más importantes de todo este recorrido. Una pintura puede inspirarnos. Una escultura puede impresionarnos. Una ilustración puede ayudarnos a imaginar una escena ocurrida hace dos mil años. Pero ninguna de ellas puede reemplazar el conocimiento personal de la persona que representan. Después de todo, nadie llega a conocer verdaderamente a otro ser humano simplemente observando una fotografía. Lo conocemos cuando entendemos sus pensamientos, sus valores, sus motivaciones, sus palabras y las decisiones que toma cuando enfrenta los desafíos de la vida.
Lo mismo ocurre con Jesucristo. Mientras más comprendemos las razones detrás de sus acciones, las costumbres culturales de la época en que vivió, la forma en que trataba a las personas y las sorprendentes afirmaciones que hizo acerca de sí mismo, más comienza a desvanecerse nuestra preocupación por los detalles de su apariencia física. Poco a poco descubrimos que existe algo mucho más fascinante que tratar de imaginar el color de sus ojos o los rasgos exactos de su rostro. Descubrimos la extraordinaria profundidad de su carácter.
De hecho, llega un momento en que la imagen pierde protagonismo y la persona ocupa su lugar. Lo que antes era una pintura se convierte en una historia. Lo que antes era una escena se convierte en una lección. Lo que antes era una representación artística se transforma en una ventana que nos permite comprender mejor quién era realmente Jesús.
Y esto nos conduce naturalmente a una pregunta que ha despertado mi curiosidad durante muchos años. Si las imágenes, las tradiciones y las interpretaciones culturales no son suficientes para conocer plenamente a Jesucristo, entonces ¿es posible acercarnos a Él de una manera más profunda? ¿Podemos conocerlo como lo conocieron aquellos hombres y mujeres que caminaron a su lado? ¿Es posible ver a Jesús más allá de los siglos de arte, tradición y cultura que se han acumulado alrededor de su figura?
Esa será precisamente la pregunta que exploraremos en la siguiente serie de artículos. Juntos emprenderemos un viaje para descubrir si todavía es posible conocer a Jesús de una manera semejante a como lo conocieron los discípulos del siglo primero. Y si la respuesta es sí, quizá descubramos que el Jesús real es aún más extraordinario de lo que cualquier pintura, escultura o representación artística ha logrado expresar.
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Después de todo lo que hemos estudiado hasta este momento, creo que ha llegado la hora de hacernos algunas preguntas sinceras. Cuando pensamos en Jesucristo, ¿qué es lo primero que viene a nuestra mente? ¿Lo vemos principalmente como una figura religiosa? ¿Como un personaje histórico? ¿Como un gran maestro moral? ¿Como el fundador del cristianismo? ¿O como una persona viva que todavía tiene algo que decir a nuestras vidas? Dependiendo de nuestras experiencias, educación y antecedentes, las respuestas pueden variar considerablemente de una persona a otra.
Quizás una pregunta aún más importante sea esta: ¿de dónde proviene la imagen que tenemos de Jesucristo? ¿Nació de una lectura cuidadosa de los Evangelios? ¿Proviene de las enseñanzas que hemos escuchado durante años? ¿Se formó a través de películas, ilustraciones, tradiciones o conversaciones? La mayoría de nosotros nunca nos detenemos a analizar este asunto. Simplemente asumimos que conocemos al Señor, sin preguntarnos cuánto de nuestra percepción proviene realmente de las Escrituras.

Imagine por un momento que pudiera sentarse a conversar con Pedro, Juan, Mateo o cualquiera de los primeros discípulos. Si les preguntara cómo era Jesús, ¿cree que la descripción que ellos harían coincidiría exactamente con la imagen que tenemos hoy? ¿O descubriríamos aspectos de su personalidad, carácter y manera de relacionarse con las personas que jamás habíamos considerado? Esta pregunta me ha acompañado durante años y ha despertado en mí una enorme curiosidad.
Mientras más estudio la vida del Señor Jesucristo, más convencido estoy de que todavía queda muchísimo por descubrir acerca de Él. Y lejos de desanimarme, esta realidad me llena de entusiasmo. Después de todo, si Cristo es realmente tan grande como afirman las Escrituras, sería extraño que pudiéramos comprenderlo completamente en unas cuantas lecturas o después de escuchar algunos sermones. Quizás una de las mayores aventuras espirituales de la vida consiste precisamente en seguir descubriendo nuevas facetas del Maestro.
Lo interesante es que los primeros discípulos tampoco conocieron a Jesús plenamente desde el primer día. Ellos caminaron con Él durante años. Lo escucharon enseñar. Lo vieron reaccionar ante el sufrimiento humano. Fueron testigos de sus milagros. Lo observaron cuando las multitudes lo aclamaban y también cuando sus enemigos intentaban destruirlo. Poco a poco fueron descubriendo quién era realmente. Incluso después de la resurrección continuaron comprendiendo aspectos de su persona que antes no habían entendido.
Quizás por eso la pregunta que da título a este capítulo resulta tan fascinante. ¿Es posible que personas que vivimos dos mil años después de aquellos acontecimientos podamos llegar a conocer a Jesús de una manera semejante a como lo conocieron sus primeros seguidores? ¿Podemos acercarnos al mismo Cristo que caminó por Galilea? ¿Podemos descubrir su corazón, comprender mejor sus palabras y maravillarnos ante su carácter como lo hicieron quienes convivieron con Él?
Creo que la respuesta merece ser explorada cuidadosamente. Y precisamente eso es lo que comenzaremos a hacer en Cristopedia. Iniciaremos una especie de viaje histórico, cultural y espiritual que nos permitirá acercarnos cada vez más al mundo en el que vivió Jesucristo. Poco a poco iremos quitando algunas capas acumuladas por el tiempo para observar con mayor claridad al hombre que cambió la historia de la humanidad.
No pretendo afirmar que al final de este recorrido conoceremos todo acerca del Señor. Francamente, creo que eso es imposible. Sin embargo, sí estoy convencido de algo: mientras más nos acercamos al Jesús de los Evangelios, más descubrimos que es mucho más extraordinario de lo que imaginábamos. Y quizás, al final de este viaje, entendamos por qué hombres y mujeres estuvieron dispuestos a dejarlo todo para seguirlo.
La pregunta queda abierta: ¿podemos conocer a Jesús como lo conocieron los discípulos del siglo primero? Le invito a acompañarme en esta búsqueda. Tengo la sospecha de que lo que encontraremos en el camino podría cambiar para siempre nuestra manera de ver al Maestro.
La pregunta queda abierta: ¿podemos conocer a Jesús como lo conocieron los discípulos del siglo primero? Tal vez no podamos caminar físicamente por los caminos de Galilea junto a Él, ni sentarnos a la mesa donde partió el pan con sus discípulos, ni escuchar directamente el tono de su voz cuando enseñaba a las multitudes. Sin embargo, afortunadamente, no estamos completamente lejos de aquel Cristo que estuvo entre nosotros hace dos mil años.
De diferentes maneras, todavía podemos acercarnos a Él. Podemos hacerlo a través de los Evangelios, del contexto histórico, de la cultura judía del primer siglo, de las palabras que preservaron sus discípulos y de los detalles que muchas veces pasan desapercibidos cuando leemos demasiado rápido. Cada dato, cada escena, cada conversación y cada encuentro nos permite mirar un poco más de cerca al Jesús real: no solamente al Cristo de las pinturas, ni al personaje de las tradiciones, sino al Maestro que caminó entre la gente, tocó el dolor humano y transformó vidas.
Por eso, en los siguientes artículos haremos algo diferente. Realizaremos una serie de entrevistas imaginarias con algunos de los hombres que estuvieron más cerca de esta historia: el apóstol Juan, Lucas, Mateo y Marcos. No se tratará de inventar un Jesús nuevo, sino de acercarnos con respeto, imaginación histórica y fidelidad bíblica a lo que estos testigos quisieron comunicarnos. Les preguntaremos qué vieron, qué entendieron, qué les sorprendió y qué imagen de Cristo quedó grabada en sus corazones.
Quizás Juan nos ayude a mirar al Jesús íntimo, cercano y lleno de gloria. Tal vez Lucas nos permita observar al Cristo compasivo, atento a los enfermos, a las mujeres, a los pobres y a los marginados. Mateo podría mostrarnos al Mesías prometido, al Rey que cumple las Escrituras. Y Marcos quizá nos lleve al Jesús dinámico, fuerte, decidido, que avanza con autoridad hacia la cruz.
Así que este no es el final del camino; es apenas la puerta de entrada. A partir de aquí, comenzaremos a escuchar más de cerca a los testigos. Y tal vez, mientras avancemos, descubramos que el Cristo que vivió hace dos mil años no está tan lejos como pensábamos. Quizás sigue hablándonos con una claridad sorprendente a través de sus palabras, sus acciones y el testimonio de aquellos que lo conocieron primero.
Le invito a acompañarme en esta búsqueda. Tengo la sospecha de que lo que encontraremos en el camino podría cambiar para siempre nuestra manera de ver al Maestro.
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A lo largo de la historia han existido muchos líderes religiosos, filósofos y maestros espirituales. Sin embargo, pocos personajes han hecho declaraciones tan extraordinarias acerca de sí mismos como las que realizó Jesucristo. Si las palabras que pronunció son verdaderas, entonces sus enseñanzas tienen implicaciones eternas para toda la humanidad. Pero si son falsas, entonces debemos examinarlas críticamente como examinaríamos las afirmaciones de cualquier otro personaje histórico.
Lo interesante es que Jesús no se presentó simplemente como un maestro moral. Sus declaraciones fueron mucho más lejos. De hecho, muchas de las controversias que tuvo con los líderes religiosos surgieron precisamente porque entendieron perfectamente lo que estaba afirmando acerca de sí mismo.
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí.” (Juan 14:6)
Jesús no dijo que conocía un camino. Dijo que Él era el camino.
“Antes que Abraham fuese, yo soy.” (Juan 8:58)
Esta declaración provocó que algunos intentaran apedrearlo porque entendieron que estaba reclamando una existencia anterior a Abraham y utilizando una expresión asociada al nombre divino.
“Hijo, tus pecados te son perdonados.” (Marcos 2:5)
Los escribas respondieron:
“¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?” (Marcos 2:7)
“Yo y el Padre uno somos.” (Juan 10:30)
Los líderes judíos consideraron esta declaración una blasfemia porque entendieron que Jesús se estaba igualando con Dios.
“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.” (Juan 11:25)
“Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas.” (Juan 8:12)
“Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas.” (Juan 10:11)
“Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre.” (Juan 6:35)
“Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria… apartará los unos de los otros.” (Mateo 25:31-32)
“Veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo.” (Mateo 26:64)
“E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.” (Mateo 25:46)
Jesús habló tanto de la vida eterna como del juicio eterno.
“El que no es conmigo, contra mí es.” (Mateo 12:30)
Para Jesús, la respuesta a su persona tiene consecuencias.
“El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida.” (Juan 3:36)
“Vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz.” (Juan 5:28)
“Voy, pues, a preparar lugar para vosotros.” (Juan 14:2)
Según Jesús, la muerte no es el final de la historia.
Lo que hace únicas estas declaraciones es que no se refieren simplemente a doctrinas religiosas o reglas morales. Se refieren a la identidad misma de Jesús. Él afirmó ser el camino hacia Dios, el dador de la vida eterna, el juez final de la humanidad y el Señor de la resurrección.
Por esa razón resulta difícil permanecer indiferente. Si Jesús estaba equivocado, entonces sus afirmaciones pueden descartarse. Pero si tenía razón, entonces sus palabras representan una de las advertencias y promesas más importantes que cualquier ser humano podría escuchar.
Precisamente por eso vale la pena estudiar seriamente a Jesucristo. No para aceptar ciegamente las conclusiones de otros, sino para examinar la evidencia disponible y llegar a nuestras propias conclusiones. Después de todo, pocas preguntas son más importantes que esta:

Y si realmente era quien afirmaba ser, ¿qué significa eso para nosotros?
Si Jesús hizo afirmaciones tan grandes acerca de sí mismo, entonces la pregunta inevitable es esta: ¿cómo podemos saber si realmente era quien dijo ser? Afortunadamente, no estamos abandonados a la especulación. Dios dejó huellas. Dejó palabras, testigos, profecías, relatos, contextos históricos y vidas transformadas que nos permiten acercarnos con mayor seriedad al Cristo que caminó entre nosotros hace dos mil años.
Por eso, antes de sentarnos a imaginar una conversación con los evangelistas, necesitamos observar primero los caminos por los cuales podemos conocer a Jesús. No se trata de inventar una imagen nueva del Maestro, sino de aprender a mirar con más atención las evidencias que ya fueron preservadas para nosotros.
En los próximos artículos abriremos esa puerta. Primero examinaremos las maneras en que Dios permitió que la persona de Cristo quedara registrada para la humanidad. Y después haremos algo muy especial: entraremos en una serie de entrevistas imaginarias con Juan, Mateo, Marcos y Lucas, como si pudiéramos sentarnos frente a ellos y preguntarles: “¿Qué vieron ustedes en Jesús que cambió sus vidas para siempre?”
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Descubra el Museo la vida y obra de Jesucristo
Por el Dr. Elio M. Rivera
Una de las preguntas más importantes que cualquier persona puede hacerse es esta: ¿cómo podemos conocer a alguien que vivió hace dos mil años? La mayoría de los personajes de la antigüedad quedaron sepultados bajo el polvo de la historia. Con frecuencia apenas conocemos sus nombres, algunas fechas importantes y unos cuantos acontecimientos de sus vidas. Sin embargo, cuando nos acercamos a Jesucristo, descubrimos algo extraordinario: existen múltiples caminos que nos permiten acercarnos a su persona.
Es como si Dios hubiera dejado una serie de huellas a lo largo de los siglos. Ninguna de ellas por sí sola agota el conocimiento de Cristo, pero juntas forman un camino que nos acerca cada vez más a Él. Algunas son históricas. Otras son espirituales. Algunas pueden estudiarse con libros y documentos. Otras deben experimentarse personalmente. Pero todas apuntan en la misma dirección.
Lo más sorprendente es que estas huellas no aparecieron por accidente. Desde muchos siglos antes del nacimiento de Jesús, Dios comenzó a dejar señales específicas acerca de quién sería el Mesías prometido. No fueron pistas vagas o declaraciones ambiguas. Fueron detalles concretos relacionados con su nacimiento, su familia, su carácter, su ministerio, sus sufrimientos, su muerte y aun su resurrección. Como piezas dispersas de un enorme rompecabezas, estas revelaciones fueron apareciendo una tras otra a lo largo de la historia bíblica.
Los profetas hablaron de un Salvador que nacería en Belén. Anunciaron que tendría una misión especial para llevar esperanza a los quebrantados. Predijeron que sería rechazado por muchos de los suyos. Describieron sufrimientos extraordinarios que ocurrirían siglos antes de que existiera la crucifixión como método de ejecución. Incluso señalaron acontecimientos relacionados con su muerte y detalles que, humanamente hablando, nadie habría podido controlar por sí mismo.
Pero las huellas no terminan en las profecías. Dios también dejó evidencia en la historia, en la arqueología, en los documentos antiguos, en la geografía de la Tierra Santa y en los testimonios de quienes convivieron con Jesús. Cada descubrimiento arqueológico, cada manuscrito antiguo y cada referencia histórica ayudan a iluminar el mundo en el que Cristo vivió. No crean a Jesús; simplemente confirman el escenario donde ocurrieron los acontecimientos narrados en los Evangelios.
A esto se suma algo todavía más profundo. Dios no solamente dejó evidencias externas. También dejó medios para que las personas pudieran conocer a Cristo de manera personal. La Biblia, la obra del Espíritu Santo, las enseñanzas de los apóstoles y el testimonio de millones de creyentes a través de los siglos forman parte de ese conjunto de señales que continúan apuntando hacia la misma persona: Jesucristo.
Cuando todas estas evidencias se observan juntas, comienzan a formar una imagen sorprendentemente coherente. La historia apunta hacia Él. Las profecías apuntan hacia Él. Los Evangelios apuntan hacia Él. Los primeros discípulos apuntan hacia Él. Es como si múltiples caminos provenientes de distintas épocas terminaran convergiendo en un mismo lugar.
Por esa razón, en los próximos artículos de esta serie examinaremos una por una las principales huellas que Dios dejó para ayudarnos a conocer mejor a Jesucristo. Exploraremos la Biblia, las profecías mesiánicas, la historia, la arqueología, la Tierra Santa y otros elementos que permiten contemplar con mayor claridad la identidad de aquel hombre que cambió el curso de la humanidad.
La pregunta no es si existen huellas. La verdadera pregunta es qué sucede cuando comenzamos a seguirlas. Porque todas ellas conducen hacia una misma persona. Y cuanto más las estudiamos, más difícil resulta ignorar la posibilidad de que Dios haya estado señalando a Jesucristo desde el principio.
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Si alguien me preguntara cuál ha sido la herramienta más importante para conocer a Jesucristo a lo largo de mi vida, no tendría que pensarlo mucho. La respuesta sería sencilla: la Biblia.
Durante décadas he leído los Evangelios una y otra vez. Los he estudiado como pastor, como maestro, como escritor y simplemente como un creyente que desea conocer mejor a su Señor. He recorrido sus páginas cientos de veces, y todavía hoy continúo encontrando detalles, enseñanzas y aspectos del carácter de Cristo que antes no había visto con claridad.
Mientras más leo los Evangelios, más convencido estoy de que nada puede sustituir el contacto directo con los relatos bíblicos. Los libros pueden ayudarnos. Los sermones pueden inspirarnos. Los estudios históricos pueden enriquecer nuestra comprensión. Las películas pueden despertar nuestro interés. Pero ninguna de esas herramientas puede reemplazar la experiencia de sentarse personalmente frente al texto bíblico y escuchar las palabras del propio Jesús.
Es en los Evangelios donde observamos cómo trataba a los enfermos, cómo respondía a las críticas, cómo reaccionaba ante la hipocresía religiosa, cómo mostraba compasión hacia los marginados y cómo enseñaba las verdades más profundas de una manera sorprendentemente sencilla.
Sin embargo, el testimonio acerca de Jesús no comienza en Mateo, Marcos, Lucas o Juan. En realidad, una de las cosas que más me ha impresionado a lo largo de los años es descubrir cuánto habla el Antiguo Testamento acerca de Cristo.
Muchas personas leen el Antiguo Testamento como si fuera simplemente la historia de Israel. Pero Jesús mismo enseñó algo muy diferente. Hablando a los líderes religiosos de su época, declaró:
”Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí.” (Juan 5:39).
Observe cuidadosamente sus palabras. Jesús afirmó que las Escrituras daban testimonio de Él. En aquel momento ni siquiera existía el Nuevo Testamento. Por lo tanto, se estaba refiriendo a los libros que hoy conocemos como el Antiguo Testamento.
Desde Génesis hasta Malaquías encontramos sombras, figuras, símbolos, promesas y profecías que apuntan hacia la persona del Mesías. Lo vemos en los sacrificios, en las fiestas judías, en los salmos mesiánicos, en los profetas y en innumerables detalles que cobran sentido cuando los observamos a la luz de Cristo.
Por eso, cuando alguien me pregunta cómo puede llegar a conocer mejor a Jesús, mi respuesta suele ser la misma: lea los Evangelios. Léalos una vez. Léalos diez veces. Léalos cien veces. Vuelva a ellos constantemente. Permita que las palabras de Jesús hablen por sí mismas. Observe cómo actuaba. Escuche cómo pensaba. Descubra qué era lo que realmente le importaba.
Y después, regrese al Antiguo Testamento y observe cómo, mucho antes de su nacimiento, ya existían innumerables huellas que apuntaban hacia Él.
No estoy diciendo que otras herramientas carezcan de valor. La investigación histórica, la arqueología, los estudios culturales y los testimonios de otras personas pueden enriquecer enormemente nuestra comprensión. Pero al final del camino sigo convencido de algo: nada sustituye la Biblia cuando se trata de conocer íntimamente a Jesucristo.
Después de todo, si queremos saber quién fue realmente Jesús, tiene sentido comenzar escuchando a quienes caminaron con Él y leyendo las palabras que ellos decidieron preservar para las generaciones futuras.
Pero la Biblia no es la única huella que Dios dejó en la historia. También existen evidencias, contextos, documentos, lugares, costumbres y testimonios que nos ayudan a mirar con mayor claridad el mundo donde Jesús vivió.
Y cuando unimos la Escritura con la investigación histórica, algo fascinante comienza a suceder: los relatos dejan de sentirse lejanos y empiezan a cobrar vida delante de nosotros.
En el siguiente artículo exploraremos otra huella importante para conocer mejor a Jesucristo: cómo la historia, la cultura y la investigación pueden ayudarnos a acercarnos al Jesús que caminó por Galilea hace dos mil años.
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Durante gran parte de mi vida he escuchado a personas decir que la fe y la historia pertenecen a mundos completamente diferentes. Algunos consideran que la investigación histórica no tiene nada que aportar al conocimiento de Jesucristo. Sin embargo, mientras más he estudiado el contexto en el que vivió el Señor, más convencido estoy de que la historia puede convertirse en una valiosa aliada para comprender mejor los relatos de los Evangelios.
De hecho, puedo decir algo muy personal. Hubo un momento en mi vida en que mi interés por Jesús creció de manera extraordinaria cuando comprendí que no estaba estudiando simplemente a un personaje religioso, ni a una figura legendaria creada por la imaginación de sus seguidores. Comencé a descubrir que Jesús era un personaje histórico real.

Recuerdo la impresión que me causó encontrar referencias acerca de Él fuera de la Biblia. Historiadores, cronistas y escritores antiguos mencionaban a Cristo, a sus seguidores o los acontecimientos relacionados con su vida. De pronto entendí que no estaba tratando con un mito, ni con una leyenda que apareció siglos después de los hechos. Estaba investigando a una persona que caminó sobre esta tierra en un momento específico de la historia humana.
Aquello despertó enormemente mi curiosidad.
Mientras más aprendía acerca de las evidencias históricas relacionadas con Jesús, más deseaba conocerlo. No porque la historia sustituyera la fe, sino porque me ayudaba a comprender que los Evangelios estaban describiendo acontecimientos que ocurrieron en lugares reales, entre personas reales y dentro de circunstancias históricas reales.
Por cierto, en Cristopedia hemos dedicado toda una serie al análisis de las fuentes históricas que mencionan a Jesucristo fuera de la Biblia. Allí examinamos con mucho más detalle los testimonios de historiadores, escritores y documentos antiguos relacionados con su existencia. No repetiremos aquí todo ese material, pero sí vale la pena mencionar que para muchas personas estas evidencias constituyen una puerta de entrada sumamente importante hacia el estudio de la persona de Cristo.
Es importante aclarar algo desde el principio. La investigación histórica no puede producir fe. Ningún descubrimiento arqueológico puede obligar a una persona a creer. La fe involucra elementos que van mucho más allá de los datos, los documentos o las evidencias materiales. Sin embargo, la historia sí puede ayudarnos a comprender mejor el escenario en el que ocurrieron los acontecimientos narrados en el Nuevo Testamento.
Pensemos por un momento en lo siguiente. Cada vez que leemos acerca de Nazaret, Capernaúm, Jerusalén, el Mar de Galilea, el Templo o la Fortaleza Antonia, estamos leyendo acerca de lugares reales que existieron dentro de un contexto histórico específico. Los Evangelios no presentan a Jesús moviéndose en un mundo imaginario ni en una especie de escenario mitológico. Lo muestran caminando entre ciudades reales, hablando con gobernantes reales y enfrentando circunstancias históricas perfectamente identificables.
Durante siglos, arqueólogos, historiadores y estudiosos han excavado ciudades antiguas, descubierto inscripciones, estudiado monedas, examinado manuscritos y reconstruido aspectos importantes de la vida cotidiana en Palestina durante el primer siglo. Gracias a estas investigaciones hoy conocemos mucho mejor cómo funcionaba el Templo de Jerusalén, cómo era la organización política bajo el Imperio Romano, cuáles eran las principales corrientes religiosas judías y cómo vivían las personas comunes de aquella época.
Sabemos quién fue Poncio Pilato. Conocemos la existencia histórica de Herodes el Grande y de varios de sus descendientes. Hemos encontrado restos arqueológicos de ciudades mencionadas en los Evangelios. Conocemos detalles de las prácticas religiosas judías, de los sistemas de impuestos, de las monedas utilizadas en tiempos de Jesús y de muchas otras circunstancias que ayudan a iluminar los relatos bíblicos.
Y aquí encontramos algo que considero especialmente importante. La historia no solamente confirma detalles del mundo donde vivió Jesús; también nos ayuda a comprender aspectos de su vida que muchas veces pasan desapercibidos cuando leemos los Evangelios sin conocer su contexto.
Por ejemplo, cuando descubrimos cómo funcionaban las bodas judías del primer siglo, comprendemos mucho mejor algunas de sus parábolas. Cuando entendemos la importancia que tenía el Templo para el pueblo judío, las acciones de Jesús dentro de sus atrios adquieren una profundidad completamente distinta. Cuando estudiamos las tensiones entre judíos y romanos, ciertos enfrentamientos cobran un significado mucho más claro. Cuando conocemos la estructura social de la época, entendemos mejor por qué algunas personas reaccionaban de determinada manera ante sus enseñanzas.
En cierto sentido, la historia funciona como una lámpara que ilumina el escenario donde ocurrieron los acontecimientos. No cambia las palabras de Jesús, pero nos ayuda a escucharlas con mayor claridad. No altera los Evangelios, pero nos permite apreciar detalles que de otro modo podrían pasar inadvertidos.
Mientras más comprendemos el mundo en el que Jesús vivió, más cerca nos sentimos de la realidad que experimentaron sus primeros discípulos. Las ciudades dejan de ser simples nombres en un mapa. Los personajes dejan de ser figuras abstractas. Los acontecimientos comienzan a adquirir profundidad, color y contexto.
Por esa razón considero que la investigación histórica es una de las huellas que Dios ha permitido conservar para acercarnos a Cristo. No reemplaza las Escrituras. No ocupa el lugar de la fe. No sustituye la obra del Espíritu Santo. Pero sí puede ayudarnos a contemplar con mayor claridad al hombre que caminó por los caminos polvorientos de Galilea, enseñó a las multitudes, desafió a los líderes religiosos y cambió el curso de la historia humana.
Y quizás ese sea uno de los regalos más valiosos que la historia puede ofrecernos: ayudarnos a comprender que Jesús no pertenece solamente al mundo de la fe. También pertenece al mundo de la historia. Vivió entre hombres y mujeres reales. Caminó por ciudades reales. Habló en momentos específicos de la historia. Y precisamente por eso continúa despertando preguntas, interés y fascinación dos mil años después de su paso por esta tierra.
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Cuando la mayoría de las personas escucha la palabra “profecía”, suele pensar inmediatamente en predicciones acerca del futuro. Sin embargo, para mí, una de las contribuciones más valiosas de las profecías no ha sido ayudarme a conocer acontecimientos futuros, sino ayudarme a conocer mejor a Jesucristo.
A lo largo de los años descubrí algo que transformó mi manera de leer la Biblia: las profecías no solamente anuncian que el Mesías vendría; también nos revelan quién sería, cómo actuaría y qué clase de persona encontraríamos cuando finalmente apareciera en la historia.
Mientras más estudiaba las profecías mesiánicas, más sentía que estaba observando un retrato que comenzaba a tomar forma poco a poco. Al principio aparecen apenas algunos trazos. Luego surgen nuevos detalles. Más adelante se añaden características adicionales. Y finalmente, al llegar a los Evangelios, la figura parece cobrar vida delante de nuestros ojos.
Por ejemplo, las profecías me ayudaron a comprender que Jesús no apareció improvisadamente en la historia. Siglos antes de su nacimiento ya encontramos indicios de su misión, de su carácter y de la naturaleza de su obra.
Las profecías me mostraron a un Mesías cercano a los quebrantados. A un siervo dispuesto a sufrir. A un rey diferente de los gobernantes de este mundo. A una persona cuya misión principal no consistía en conquistar naciones mediante la fuerza, sino en transformar corazones.
En otras palabras, las profecías comenzaron a enseñarme aspectos del carácter de Cristo incluso antes de abrir los Evangelios.
También me ayudaron a comprender algo que muchas veces pasa desapercibido: Jesús entendía perfectamente quién era y cuál era su misión. Muchas de sus palabras y acciones adquieren una profundidad completamente diferente cuando las observamos a la luz de las antiguas promesas que lo precedieron.
Mientras más estudiaba este tema, más crecía mi admiración por la coherencia de la historia bíblica. Descubrí que la vida de Cristo no puede entenderse plenamente si la aislamos del resto de las Escrituras. Los Evangelios son el punto culminante de una historia mucho más grande que comenzó siglos antes.
Y debo reconocer algo personalmente. Cuando comprendí la magnitud de las profecías relacionadas con el Mesías, mi interés por Jesús aumentó considerablemente. Ya no estaba observando únicamente a un maestro judío del primer siglo. Estaba contemplando a una persona cuya llegada había sido esperada durante generaciones.
Por supuesto, en Cristopedia hemos dedicado una serie completa al estudio detallado de las profecías mesiánicas. Allí analizamos este tema con mucha mayor profundidad. En este capítulo solamente estamos observando una pequeña parte de un asunto extraordinariamente amplio.
Pero incluso esta mirada superficial nos permite apreciar una realidad importante: las profecías son una de las huellas que nos ayudan a conocer mejor a Jesucristo. No solamente porque hablan acerca de acontecimientos relacionados con su vida, sino porque nos revelan aspectos de su identidad, de su misión y de su carácter.
Sin embargo, existe otra huella que para millones de personas ha resultado todavía más cercana y personal.
Podemos estudiar documentos antiguos. Podemos analizar evidencias históricas. Podemos examinar profecías y recorrer los Evangelios una y otra vez. Pero hay algo que continúa sorprendiendo a creyentes de todas las generaciones: el impacto que las enseñanzas de Jesús han tenido en la vida real de las personas.
Y precisamente de esa huella hablaremos en el siguiente capítulo.
Disfrute un reel con propósito:
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