El Maestro que conocía el peso de sus palabras
La extraordinaria responsabilidad de prepararse para enseñar a familias, pueblos y generaciones enteras
Introducción. Cuando las palabras de un hombre podían cambiar muchas vidas
Una mujer podía perder la estabilidad de su matrimonio por la interpretación que un maestro hacía de la Ley. Un anciano podía quedar privado de la ayuda de sus hijos debido a una tradición religiosa. Una persona enferma podía encontrar obstáculos para recibir atención porque alguien había establecido determinadas restricciones sobre el sábado.
En el Israel del siglo primero, las enseñanzas religiosas no permanecían encerradas en las sinagogas. Acompañaban a las personas hasta sus hogares, sus trabajos y sus relaciones familiares.
Los maestros interpretaban mandamientos que influían sobre decisiones importantes. Sus explicaciones podían transmitirse a numerosos discípulos y llegar a comunidades donde ellos mismos jamás habían estado.
Una enseñanza acertada podía beneficiar a muchas personas. Una interpretación equivocada podía causar sufrimientos que se prolongaran durante generaciones.
Jesucristo creció dentro de aquella sociedad. Conoció sus costumbres, sus prácticas religiosas y las responsabilidades de la vida familiar. Los Evangelios muestran que, durante su ministerio, comprendía profundamente las consecuencias humanas de las interpretaciones religiosas.
Pero su misión era incomparablemente mayor que la de cualquier otro maestro.
Sus palabras no estaban destinadas únicamente a los habitantes de Galilea o Judea. Serían transmitidas a pueblos y generaciones que todavía no habían nacido.
¿Qué importancia tenía, entonces, su preparación humana para una misión de semejante trascendencia?

Una mala enseñanza podía destruir una familia, comunidad o afectar una nación
1. Una interpretación podía cambiar el destino de una familia
Uno de los ejemplos más reveladores se encuentra en las controversias judías sobre el divorcio.
Deuteronomio 24:1 contemplaba la entrega de una carta de divorcio cuando un hombre encontraba en su esposa alguna cosa indecente.
Pero ¿qué significaba aquella expresión?
La respuesta dividía a diferentes intérpretes de la Ley.
La tradición rabínica conservada en la Mishná, tratado Guitín 9:10, atribuye a la escuela de Shammai una interpretación restrictiva, mientras que la escuela de Hillel admitía motivos mucho más amplios, incluso situaciones relacionadas con la preparación de los alimentos.
Aunque esta fuente fue recopilada después del siglo primero y no permite reconstruir todos los detalles de la práctica matrimonial en tiempos de Jesús, conserva una controversia de enorme importancia.
Detrás de aquellas interpretaciones se encontraba el futuro de familias reales.
Una mujer repudiada podía enfrentar dificultades económicas, incertidumbre y la pérdida de estabilidad familiar. Los hijos también podían sufrir las consecuencias de una separación.
En Mateo 19:3, los fariseos preguntaron a Jesús:
«¿Es lícito al hombre repudiar a su mujer por cualquier causa?» (RVR1960).
La pregunta no era una simple curiosidad académica. Estaba relacionada con un problema que podía afectar directamente a numerosas familias.
Jesús respondió dirigiendo la atención hacia el propósito original del matrimonio.
En Mateo 19:6 declaró:
«Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre». (RVR1960).
Su respuesta mostró que una interpretación religiosa debía considerar el propósito de Dios y no solamente las posibilidades que alguien encontraba para justificar determinadas decisiones.
Este ejemplo nos permite comprender la responsabilidad que enfrentaba cualquier maestro de Israel.
Sus palabras podían influir sobre el destino de personas que depositaban en él su confianza para comprender la voluntad divina.
2. Jesús conocía el mundo en el que enseñaría
Jesús no creció apartado de la sociedad judía.
Vivió en Nazaret, dentro de una familia numerosa, y fue conocido como teckton, un trabajador relacionado con los oficios de construcción y artesanía.
La vida de una población galilea estaba vinculada al trabajo, las relaciones familiares, las celebraciones religiosas y las necesidades de la comunidad.
Los matrimonios, las enfermedades, los funerales, las dificultades económicas y las obligaciones hacia los padres formaban parte de aquel mundo.
Jesús también participó en la vida religiosa de su pueblo.
Lucas 4:16 señala que acostumbraba asistir a la sinagoga los sábados.
Las sinagogas eran lugares donde se leían las Escrituras y se transmitían enseñanzas religiosas. Por tanto, formaban parte del ambiente en el que los habitantes de Galilea podían escuchar interpretaciones de la Ley.
Los Evangelios documentan, además, la presencia de escribas, fariseos y doctores de la Ley en aquella región.
Esto significa que Jesús creció en un entorno donde existían oportunidades de aprendizaje y donde las cuestiones religiosas podían discutirse públicamente.
No conocemos todos los detalles de su educación humana, pero sabemos que a los doce años ya manifestó una comprensión extraordinaria entre los maestros del Templo.
Y sabemos que continuó creciendo en sabiduría.
Años después, sus enseñanzas mostrarían un conocimiento profundo de las preocupaciones humanas.
Hablaría del matrimonio, los hijos, las deudas, el trabajo, las enfermedades, los conflictos y las relaciones entre vecinos.
No eran asuntos ajenos al mundo donde había crecido.
La encarnación significó que el Hijo de Dios aceptó vivir dentro de la misma realidad humana a la que después dirigiría sus enseñanzas.
3. Cuando una tradición podía perjudicar a los padres
Otro ejemplo extraordinario aparece en Marcos 7.
La Ley de Moisés ordenaba honrar al padre y a la madre. Sin embargo, Jesús denunció una interpretación religiosa relacionada con los votos y las ofrendas que podía entrar en conflicto con esa responsabilidad.
Se trataba del Corbán, término relacionado con aquello que se dedicaba a Dios.
Marcos 7:11-12 registra:
«Pero vosotros decís: Basta que diga un hombre al padre o a la madre: Es Corbán (que quiere decir, mi ofrenda a Dios) todo aquello con que pudiera ayudarte, y no le dejáis hacer más por su padre o por su madre». (RVR1960).
Imaginemos las consecuencias prácticas de semejante interpretación.
Un padre anciano necesitaba alimentos. Una madre viuda requería ayuda económica. Sus hijos disponían de recursos, pero una declaración religiosa podía convertirse en impedimento para utilizarlos en beneficio de sus padres.
No se trata de afirmar que conocemos una familia concreta que sufrió exactamente estas circunstancias. Es una ilustración de las consecuencias posibles de la práctica que Jesús denunció.
El Señor concluyó:
«Invalidando la palabra de Dios con vuestra tradición que habéis transmitido». (Marcos 7:13, RVR1960).
La gravedad del problema resulta evidente.
Una enseñanza presentada como religiosa podía terminar contradiciendo una obligación moral fundamental.
Y quienes aceptaban aquella interpretación podían perjudicar a las personas que tenían el deber de proteger.
Jesús no consideró aquella controversia un asunto menor.
La confrontó públicamente.
El conocimiento de las Escrituras debía conducir a comprender la voluntad de Dios, no a construir argumentos que permitieran desobedecerla.
4. La preparación necesaria para enfrentar a los maestros más instruidos de Israel
Durante su ministerio, Jesucristo enfrentó preguntas de una complejidad considerable.
Los fariseos lo interrogaron sobre el divorcio.
Los saduceos le presentaron una controversia relacionada con la resurrección.
Los intérpretes de la Ley discutieron con él acerca de los mandamientos.
Otros intentaron comprometerlo mediante preguntas relacionadas con los impuestos y la autoridad romana.
No eran cuestiones que pudieran resolverse mediante respuestas superficiales.
Exigían comprender las Escrituras, conocer los argumentos religiosos y distinguir las verdaderas intenciones de quienes preguntaban.
Un ejemplo particularmente significativo aparece en Mateo 22:23-33.
Los saduceos, que negaban la resurrección, presentaron a Jesús un problema relacionado con una mujer que había estado casada sucesivamente con siete hermanos.
La pregunta pretendía mostrar las dificultades que, según ellos, implicaba creer en la resurrección.
Jesús respondió señalando que desconocían las Escrituras y el poder de Dios.
Después utilizó un pasaje de Éxodo para fundamentar su respuesta.
Mateo 22:33 declara:
«Oyendo esto la gente, se admiraba de su doctrina». (RVR1960).
La escena revela una extraordinaria capacidad para comprender una controversia, identificar el problema y responder mediante las Escrituras.
Desde la perspectiva cristiana, la autoridad de Jesús no procedía simplemente de una preparación académica. Estaba vinculada a su identidad y a su relación con el Padre.
Pero los Evangelios también afirman que experimentó un verdadero crecimiento humano en sabiduría.
Estas dos realidades no deben confundirse ni separarse.
No podemos demostrar que Jesús dedicara determinados años a estudiar con un maestro específico. Tampoco conocemos sus métodos personales de aprendizaje.
Sin embargo, al considerar las exigencias intelectuales del mundo religioso judío y la profundidad de sus respuestas, comprendemos mejor la importancia de investigar seriamente su formación humana.
El Maestro de Galilea no enseñó superficialmente. Sus palabras revelaban un conocimiento extraordinario de las Escrituras y una comprensión profunda de las cuestiones que enfrentaba.
5. Una misión mucho mayor que la de cualquier otro maestro
Los maestros de Israel podían formar discípulos, orientar comunidades y transmitir sus interpretaciones a nuevas generaciones.
Pero la misión de Jesucristo tenía un alcance incomparablemente mayor.
Sus enseñanzas estaban destinadas a extenderse más allá de las fronteras de Israel.
No se limitarían a una sinagoga ni a un grupo de estudiantes.
Alcanzarían a personas de diferentes lenguas, culturas y naciones.
En Mateo 28:19-20, Jesús encargó a sus discípulos llevar sus enseñanzas a todas las naciones:
«…haced discípulos a todas las naciones… enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado». (RVR1960).
Observemos la trascendencia de estas palabras.
Los discípulos no solamente debían anunciar acontecimientos relacionados con la vida, muerte y resurrección de Jesús.
También debían enseñar lo que él había mandado.
Sus palabras se convertirían en fundamento de la formación espiritual de innumerables personas.
Sus enseñanzas sobre el perdón influirían en relaciones familiares.
Sus mandamientos sobre el amor al prójimo orientarían la conducta de comunidades enteras.
Sus palabras acerca del matrimonio, la justicia, la misericordia y la verdad continuarían siendo estudiadas durante siglos.
Por eso, la misión de enseñar ocupaba un lugar central en su ministerio.
Jesús declaró:
«Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió». (Juan 7:16, RVR1960).
El Señor relacionaba directamente sus enseñanzas con la voluntad del Padre.
La importancia de aquella misión nos ayuda a comprender por qué los años anteriores a su manifestación pública merecen una atención especial.
Aquel que enseñaría a las naciones había aceptado primero crecer como hombre en una pequeña población de Galilea.
6. Los años de Nazaret: el crecimiento de quien enseñaría al mundo
Lucas 2:52 contiene una declaración que adquiere una profundidad extraordinaria cuando la examinamos a la luz de la misión de Jesucristo.
«Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres». (RVR1960).
El evangelista no presenta el crecimiento de Jesús únicamente como un desarrollo físico.
También menciona la sabiduría.
Esto significa que su verdadera humanidad incluyó un proceso de desarrollo.
El Hijo eterno de Dios aceptó experimentar una infancia, una adolescencia y una juventud humanas.
No sabemos cuánto tiempo dedicó personalmente a estudiar las Escrituras.
Desconocemos los nombres de sus posibles instructores y las oportunidades específicas de formación que tuvo durante aquellos años.
Pero sabemos que vivió en una sociedad donde el aprendizaje religioso avanzado exigía conocimiento, memoria, reflexión y disciplina.
También sabemos que trabajó y perteneció a una familia con responsabilidades reales.
Por eso, resulta razonable considerar que su crecimiento humano tuvo lugar dentro de las condiciones ordinarias de aquella sociedad, sin afirmar detalles que los Evangelios no proporcionan.
Y aquí aparece una reflexión de enorme importancia.
Si las enseñanzas de un maestro podían afectar profundamente a una familia, ¿qué trascendencia tendrían las palabras de aquel que había venido a revelar al Padre?
Si una interpretación equivocada podía perjudicar a una comunidad, ¿qué importancia tendría comunicar fielmente la verdad destinada a todas las naciones?
Jesús declaró que había venido al mundo para dar testimonio de la verdad (Juan 18:37).
Su misión era plenamente consciente y deliberada, como muestran sus propias declaraciones durante el ministerio.
No podemos determinar en qué momento de su desarrollo humano comprendió cada aspecto de esa misión. Los Evangelios no nos proporcionan una cronología de ese conocimiento.
Pero sí nos permiten contemplar la extraordinaria relación entre su crecimiento en sabiduría y la importancia de la enseñanza que posteriormente comunicaría.
Los años de Nazaret no deben considerarse un período sin significado. Formaron parte de la vida verdaderamente humana que el Hijo de Dios aceptó vivir antes de su ministerio público.
7. El peso de enseñar a generaciones que todavía no habían nacido
Cuando Jesús enseñaba a sus discípulos, sus palabras eran escuchadas por un grupo relativamente pequeño de hombres.
Cuando hablaba en las sinagogas o frente a las multitudes, sus oyentes pertenecían principalmente a las poblaciones de Galilea y Judea.
Pero aquellas enseñanzas no permanecerían limitadas a ese tiempo y lugar.
Sus discípulos las transmitirían.
Los Evangelios conservarían muchas de ellas.
Las comunidades cristianas las estudiarían y enseñarían a sus hijos.
Y con el paso de los siglos, millones de personas encontrarían en sus palabras orientación para su vida.
Una enseñanza pronunciada junto al mar de Galilea podía llegar hasta una familia que viviera muchos siglos después, en una nación desconocida para sus primeros oyentes.
El alcance de sus palabras superaría ampliamente el de cualquier maestro ordinario de su época.
En Juan 6:63, Jesús declaró:
«…las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida». (RVR1960).
No estaba presentando sus enseñanzas como simples reflexiones humanas.
Les atribuía una importancia espiritual extraordinaria.
Por eso, al estudiar la formación humana de Jesucristo, debemos considerar el peso de aquello que vino a comunicar.
Su misión no consistía únicamente en hablar delante de multitudes.
Venía a revelar verdades que transformarían la comprensión de Dios, de la justicia, del perdón y de la vida humana.
Y esa misión había sido precedida por años de auténtico crecimiento humano.
Conclusión. El Maestro que tomó en serio su misión
En el Israel del siglo primero, las interpretaciones de los maestros podían influir profundamente en la vida de las personas.
Las controversias sobre el divorcio afectaban la estabilidad familiar. Las tradiciones relacionadas con el Corbán podían perjudicar a los padres ancianos. Las interpretaciones sobre el sábado podían convertirse en obstáculos para atender el sufrimiento humano.
Jesucristo confrontó estos problemas porque sus consecuencias eran reales.
Pero sus enseñanzas tenían una trascendencia todavía mayor.
No estaban destinadas solamente a resolver controversias religiosas entre los judíos de su tiempo.
Habían de ser transmitidas a todas las naciones.
Cuando examinamos la profundidad de sus respuestas, la claridad de sus explicaciones y la autoridad de sus palabras, encontramos al Maestro extraordinario que describen los Evangelios.
Y cuando regresamos a los años de Nazaret, encontramos al mismo Jesús creciendo en sabiduría, viviendo dentro de una familia y compartiendo las condiciones de una existencia humana.
No conocemos todos los sacrificios personales que pudieron acompañar su aprendizaje. Sería incorrecto inventarlos.
Pero tampoco debemos pasar por alto la importancia de aquellos años.
Jesucristo no vino solamente a morir por nuestros pecados. Vino también a enseñarnos cómo vivir, revelarnos al Padre y comunicar una verdad destinada a alcanzar a generaciones enteras.
La extraordinaria responsabilidad de aquella misión nos permite apreciar con mayor profundidad su disposición a aceptar el crecimiento humano.
Aquel que enseñaría al mundo no apareció repentinamente a los treinta años.
Había vivido una infancia, una adolescencia y una juventud.
Había crecido educándose y creciendo en sabiduría.
Y cuando comenzó su ministerio público, sus palabras demostraron que no estaba hablando de asuntos insignificantes.
El Maestro de Galilea enseñaba verdades que podían transformar la vida de quienes lo escuchaban y de innumerables personas que todavía no habían nacido.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Referencias históricas y bibliográficas
- Mishná, Guitín 9:10. Controversia sobre las interpretaciones del divorcio atribuidas a las escuelas de Shammai y Hillel. Texto compilado después del siglo primero.
- E. P. Sanders. Jewish Law from Jesus to the Mishnah: Five Studies. SCM Press, 1990. Investigación sobre las interpretaciones de la Ley judía en la Antigüedad.
- David Instone-Brewer. Divorce and Remarriage in the Bible: The Social and Literary Context. Eerdmans, 2002. Estudio del contexto histórico y jurídico del matrimonio y el divorcio.
- Catherine Hezser. Jewish Literacy in Roman Palestine. Mohr Siebeck, 2001. Investigación sobre alfabetización, enseñanza y transmisión del conocimiento en la Palestina romana.
Referencias bíblicas, RVR1960: Deuteronomio 24:1; Mateo 19:3-9; Mateo 22:23-33; Mateo 28
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