04. El Verbo se hizo carne: Jesucristo también tuvo que aprender

Dr. Elio M Rivera

El largo camino del conocimiento: estudiar las Escrituras mientras transcurría la vida cotidiana

Introducción. El desafío que comenzó en Nazaret

  Cuando Jesús comenzó a enseñar públicamente, demostró una familiaridad extraordinaria con las Escrituras. Podía citar a Moisés, explicar a los Profetas, interpretar los Salmos y responder a preguntas que ponían en dificultades a los especialistas religiosos.

  Pero antes de aquel ministerio hubo una infancia, una juventud y muchos años de vida cotidiana.

  Lucas conserva una declaración decisiva:

  «Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres». (Lucas 2:52, RVR1960).

  Aquel crecimiento intelectual nos conduce a una pregunta que rara vez ocupa el centro de una biografía de Jesús: ¿qué significaba estudiar profundamente las Escrituras en una pequeña población de Galilea, cuando los libros eran escasos, el aprendizaje dependía en gran medida de la transmisión oral y las responsabilidades familiares reclamaban buena parte del tiempo?

  Para comprender la magnitud de ese desafío, debemos entrar en el mundo de los estudiantes judíos del siglo primero.

1. Un universo de Escrituras que debía conocerse

  La formación religiosa comenzaba con la Torá, pero el conocimiento necesario para enseñar podía extenderse a una colección mucho más amplia.

  Génesis relataba los orígenes del mundo, los patriarcas y las promesas divinas. Éxodo narraba la liberación de Israel y la entrega de la Ley. Levítico contenía numerosas disposiciones religiosas. Números y Deuteronomio reunían acontecimientos, mandamientos y exhortaciones que debían comprenderse dentro de la historia del pueblo.

  A estos libros se añadían los Profetas y otros escritos sagrados.

  Un estudiante avanzado encontraba relatos históricos, poesía, proverbios, leyes y discursos proféticos. Cada género exigía una manera distinta de leer.

  Las dificultades aumentaban cuando surgían preguntas de interpretación. Un mandamiento podía contener una expresión discutida. Dos pasajes podían parecer difíciles de conciliar. Una profecía podía admitir diferentes explicaciones.

  Quien aspiraba a enseñar necesitaba aprender a moverse entre esos textos, reconocer sus conexiones y sostener sus argumentos.

  No era suficiente conocer las historias más populares de Israel.

  Había que aprender a pensar con las Escrituras.

2. La dificultad de estudiar sin disponer de una biblioteca

  Los estudiantes de nuestra época pueden consultar varios libros sobre una mesa. En tiempos de Jesús, esa posibilidad estaba fuera del alcance de gran parte de la población.

  Los textos se copiaban manualmente sobre materiales costosos. Un rollo podía contener una obra o parte de ella, y reunir una colección extensa requería recursos considerables.

  El acceso a las Escrituras dependía, en buena medida, de los lugares donde se conservaban y leían.

  Las sinagogas desempeñaban una función importante en la lectura pública. También existían maestros y personas instruidas que transmitían conocimientos mediante conversaciones y explicaciones.

  Pero escuchar un pasaje una vez no equivalía a dominarlo.

  Un estudiante interesado en comprenderlo necesitaba recordarlo, volver a escucharlo cuando surgiera la oportunidad y relacionarlo con lo aprendido anteriormente.

  Esto hacía que el acceso al conocimiento tuviera un valor especial.

  Una conversación con alguien instruido podía aclarar una dificultad que había permanecido sin resolver.

  Una lectura pública podía permitir escuchar nuevamente palabras que el estudiante deseaba conservar en su memoria.

  Una pregunta bien formulada podía abrir una discusión sobre un pasaje complejo.

  El aprendizaje exigía aprovechar oportunidades que no siempre estaban disponibles a voluntad.

3. El oído y la memoria: instrumentos del aprendizaje

  En el mundo judío antiguo, aprender no dependía exclusivamente de leer silenciosamente.

  Escuchar era una actividad intelectual fundamental.

  La enseñanza oral permitía transmitir textos, interpretaciones y razonamientos. La repetición ayudaba a conservarlos, mientras que las preguntas permitían examinar su significado.

  Para comprender esta dificultad, imaginemos que alguien tuviera que estudiar una parte extensa de la Torá sin poseer un ejemplar propio.

  No podría abrir el libro cada vez que olvidara una palabra.

  Necesitaría recordar lo escuchado y aprovechar nuevas oportunidades para comprobarlo.

  La memoria se convertía así en una herramienta de trabajo.

  Pero el verdadero desafío comenzaba cuando el estudiante debía utilizar lo aprendido.

  Recordar una disposición era una cosa. Explicar su significado, defender una interpretación y responder a una objeción era otra.

  El conocimiento avanzado requería ambas capacidades.

  Por eso, los métodos de aprendizaje basados en escuchar, repetir, preguntar y discutir tenían una importancia especial.

4. Una escena extraordinaria en el Templo

  El único acontecimiento de la niñez de Jesús que los Evangelios describen después de sus primeros años ocurrió cuando tenía doce años.

  Durante una visita a Jerusalén, José y María lo encontraron entre los maestros del Templo.

  Lucas 2:46 declara:

  «…sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles». (RVR1960).

  La escena es notable por lo que muestra acerca de la participación de Jesús en una conversación religiosa.

  Estaba escuchando a los maestros y formulando preguntas.

  También respondía, y su inteligencia provocaba asombro entre quienes lo oían.

  En el ambiente educativo judío, las preguntas podían servir para examinar una interpretación, descubrir sus dificultades o profundizar en un texto.

  Por eso, el episodio nos permite contemplar a Jesús participando activamente en una forma de aprendizaje y discusión propia de su sociedad.

  Lucas no registra las preguntas que formuló ni las respuestas que ofreció.

  Lo que sí conserva es la reacción de los presentes:

  «Y todos los que le oían, se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas». (Lucas 2:47, RVR1960).

  A los doce años ya manifestaba una comprensión que sorprendía a personas instruidas.

  Aquella escena constituye una evidencia especialmente valiosa de su interés y capacidad para tratar cuestiones relacionadas con las Escrituras.

5. El problema del tiempo: cuando también había que ganarse la vida

  El estudio avanzado tenía una dificultad adicional para quienes pertenecían a familias trabajadoras.

  El tiempo disponible no era ilimitado.

  La vida de una población galilea exigía atender necesidades prácticas. Los alimentos debían conseguirse, los hogares mantenerse y los oficios proporcionar los recursos necesarios para vivir.

  Marcos 6:3 identifica a Jesús como teckton, término que designaba a un trabajador de oficio, especialmente relacionado con la construcción y la artesanía.

  Su trabajo formaba parte de la manera en que sus vecinos lo conocían.

  Y el trabajo manual requería tiempo y esfuerzo físico.

  Una jornada podía comenzar temprano. Los materiales debían prepararse, transportarse y trabajarse. Las herramientas necesitaban cuidado. Una tarea inconclusa podía requerir atención adicional.

  Al terminar, todavía podían existir obligaciones domésticas.

  Para cualquier artesano que deseara profundizar en las Escrituras, esto planteaba una dificultad evidente: el estudio debía encontrar lugar dentro de una vida ocupada.

  El sábado ofrecía una interrupción del trabajo ordinario y oportunidades de participar en la vida religiosa de la comunidad. Las fiestas también reunían a personas y maestros en torno a las tradiciones de Israel.

  No sabemos cómo distribuyó Jesús personalmente su tiempo entre el trabajo y el aprendizaje.

  Sin embargo, su condición de trabajador permite comprender que su vida no transcurrió en el aislamiento de una institución dedicada exclusivamente al estudio.

  El conocimiento que manifestó como Maestro debe contemplarse junto a la realidad de los años que vivió entre las responsabilidades de Nazaret.

6. Aprender a discutir con quienes conocían la Ley

  La preparación de un maestro no terminaba cuando podía repetir correctamente un texto.

  También necesitaba comprender los argumentos de otras personas.

  En el judaísmo del siglo primero existían diferentes grupos y tradiciones de interpretación. Los fariseos y los saduceos, por ejemplo, mantenían desacuerdos importantes sobre determinadas cuestiones religiosas.

  Quien participaba en estas discusiones debía identificar las premisas de una pregunta, conocer los textos utilizados por sus interlocutores y construir una respuesta coherente.

  Durante su ministerio, Jesús mostró una capacidad extraordinaria para hacerlo.

  En Mateo 22:23-33, los saduceos le presentaron una pregunta destinada a cuestionar la resurrección.

  Jesús respondió recurriendo a un pasaje de Éxodo y explicó su significado.

  Más adelante, en Mateo 22:41-46, utilizó el Salmo 110 para plantear una cuestión acerca del Mesías.

  En ambos casos, la fuerza de su respuesta dependía de comprender cuidadosamente las Escrituras.

  Estos episodios permiten apreciar la diferencia entre conocer un texto y dominar su interpretación.

  Jesús no solamente recordaba las palabras.

  Sabía utilizarlas para examinar cuestiones difíciles.

  Ese dominio constituye uno de los rasgos más notables de su ministerio como Maestro.

7. ¿Qué significaba llegar a ser llamado Rabí?

  En el siglo primero, rabí era una forma respetuosa de dirigirse a un maestro.

  No debe confundirse automáticamente con los procedimientos formales de ordenación que se desarrollaron en épocas posteriores.

  Las trayectorias de formación podían ser diferentes. Algunos estudiantes aprendían mediante relaciones prolongadas con maestros reconocidos; otros adquirían conocimientos en distintos ambientes de enseñanza.

  La sociedad judía valoraba a quienes poseían un conocimiento profundo de la Ley y podían explicarla.

  Por ello, recibir el tratamiento de Rabí representaba un reconocimiento significativo.

  El Evangelio de Juan registra que, al comenzar a seguir a Jesús, dos discípulos de Juan el Bautista se dirigieron a él con ese título:

  «Rabí (que traducido es, Maestro), ¿dónde moras?» (Juan 1:38, RVR1960).

  La escena ocurrió cerca del comienzo de su ministerio público, antes de que desarrollara ampliamente su actividad en Galilea.

  Jesús ya era reconocido como Maestro.

  Los Evangelios no mencionan una ceremonia de ordenación ni una escuela específica que le hubiera concedido ese reconocimiento.

  Lo que sí muestran es que sus enseñanzas pronto despertaron una admiración extraordinaria.

  En Marcos 1:22 leemos:

  «Y se admiraban de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas». (RVR1960).

  Su autoridad era singular, pero el título de Rabí también situaba su enseñanza dentro de un mundo donde conocer profundamente las Escrituras tenía enorme importancia.

8. Lo que sabemos y lo que permanece desconocido

  Al investigar los años de formación de Jesús, debemos distinguir entre los hechos documentados y las posibilidades históricas.

  Sabemos que creció en Nazaret.

  Sabemos que participó desde niño en la vida religiosa judía.

  Sabemos que a los doce años manifestó una inteligencia extraordinaria entre los maestros del Templo.

  Sabemos que fue conocido como trabajador y que posteriormente recibió el tratamiento de Rabí.

  También sabemos, por el testimonio de Lucas, que su crecimiento incluyó la sabiduría.

  Lo que desconocemos son los detalles concretos de su formación: sus posibles instructores, los textos a los que tuvo acceso durante cada etapa y la manera en que organizó sus estudios.

  No necesitamos inventar esas circunstancias para reconocer la importancia de su aprendizaje humano.

  La información conservada por los Evangelios es suficiente para plantear una cuestión histórica de enorme interés: la formación intelectual de Jesús ocurrió dentro de una existencia humana real, en una sociedad donde el conocimiento avanzado de las Escrituras exigía una dedicación considerable.

Conclusión. El Maestro que había sido un estudiante

  Cuando los discípulos comenzaron a llamar Rabí a Jesús, reconocían a alguien capaz de enseñarles.

  Cuando los especialistas religiosos discutían con él, encontraban a un interlocutor que conocía profundamente las Escrituras.

  Y cuando las multitudes escuchaban sus explicaciones, descubrían una claridad y una autoridad que provocaban admiración.

  Pero el Evangelio de Lucas nos permite mirar más atrás.

  Nos muestra a un niño que escuchaba y preguntaba entre los maestros del Templo, y después nos dice que continuó creciendo en sabiduría.

  Entre aquella escena y el comienzo de su ministerio transcurrieron años que conocemos solamente de manera parcial.

  Fueron años dentro de una sociedad donde estudiar profundamente las Escrituras suponía dificultades que hoy resultan difíciles de imaginar: el acceso limitado a los textos, la necesidad de ejercitar la memoria, la complejidad de las interpretaciones y las exigencias de la vida cotidiana.

  Y, en medio de aquel mundo, Jesús vivió también como trabajador.

  Esta realidad concede una profundidad especial a su formación humana.

  El Maestro que más tarde enseñaría a las multitudes había aceptado primero recorrer los años de crecimiento y aprendizaje propios de la vida humana.

  La encarnación incluyó también eso.

  El tiempo necesario para crecer.

  La experiencia de escuchar y preguntar.

  La realidad de aprender.

  Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

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Referencias bíblicas e históricas

  1. Lucas 2:40-52. Crecimiento de Jesús y su participación entre los maestros del Templo.
  2. Marcos 6:3. Identificación de Jesús como teckton.
  3. Juan 1:35-38. El uso del título Rabí al comienzo de su ministerio.
  4. Mateo 22:23-46. Discusiones de Jesús sobre las Escrituras.
  5. Marcos 1:21-22. Reconocimiento de la autoridad de su enseñanza.
  6. Catherine Hezser. Jewish Literacy in Roman Palestine. Mohr Siebeck, 2001.
  7. Shaye J. D. Cohen. From the Maccabees to the Mishnah. Westminster John Knox Press.
  8. Martin Goodman. A History of Judaism. Princeton University Press, 2018.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.