05. ¿Cómo aprendió Jesucristo las Escrituras?

Dr. Elio M Rivera

El Maestro de Galilea y la extraordinaria enseñanza de su Padre celestial

Introducción. Una pregunta que los Evangelios permiten responder de otra manera

  Durante siglos, los estudiosos han intentado reconstruir los años desconocidos de Jesucristo. ¿Quiénes fueron sus maestros? ¿Dónde estudió? ¿Qué métodos utilizó para alcanzar semejante conocimiento de las Escrituras?

  Son preguntas legítimas. Sin embargo, existe un testimonio que merece ocupar un lugar central en nuestra investigación: las propias declaraciones de Jesús acerca de quién le enseñaba.

  En una ocasión afirmó:

  «…según me enseñó el Padre, así hablo». (Juan 8:28, RVR1960).

  No fue una expresión aislada.

  A lo largo del Evangelio de Juan encontramos numerosas declaraciones en las que Jesús atribuye al Padre el origen de sus palabras, de sus enseñanzas y de su conocimiento acerca de la voluntad divina.

  Esto abre una perspectiva extraordinaria sobre su formación.

  Jesús compartió la experiencia humana del aprendizaje, pero su relación con Dios no fue semejante a la de los demás estudiantes de Israel.

  Mientras otros aprendían acerca del Padre, Jesús vivía en una comunión singular con él.

1. El Padre celestial también enseñaba a Jesús

  La declaración de Juan 8:28 contiene una expresión que merece toda nuestra atención:

  «Según me enseñó el Padre».

  Jesús no dijo simplemente que conocía la voluntad de Dios.

  Habló de enseñanza.

  En el mismo Evangelio encontramos otra afirmación:

  «…yo, lo que he oído de él, esto hablo al mundo». (Juan 8:26, RVR1960).

  Y más adelante:

  «…todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer». (Juan 15:15, RVR1960).

  Las tres declaraciones presentan una relación extraordinaria entre escuchar, recibir y enseñar.

  Jesús comunicaba a los hombres lo que procedía del Padre.

  Esto no nos autoriza a describir conversaciones privadas que los Evangelios no registran ni a inventar experiencias sobrenaturales durante su niñez.

  Pero sí nos permite reconocer algo fundamental: Jesucristo atribuía su enseñanza a una relación directa con Dios.

  Ningún maestro humano podía ofrecerle semejante relación.

  Los maestros judíos podían explicar las Escrituras, transmitir tradiciones y enseñar diferentes interpretaciones.

  El Padre, en cambio, era la fuente misma de la verdad que Jesús había venido a revelar.

2. Un corazón sin pecado delante de Dios

  Aquí encontramos una diferencia decisiva entre Jesús y cualquier otro hombre.

  Las Escrituras afirman que vivió sin pecado.

  «El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca». (1 Pedro 2:22, RVR1960).

  Su vida no estuvo marcada por la rebelión contra Dios.

  No existía en él la disposición a engañar, manipular la verdad o desobedecer deliberadamente al Padre.

  Su voluntad estaba orientada hacia Dios.

  Esta realidad tiene una importancia extraordinaria cuando consideramos su vida espiritual.

  Los seres humanos podemos conocer una enseñanza divina y resistirnos a obedecerla. Podemos comprender un mandamiento y buscar razones para justificar lo contrario.

  Jesús no vivió esa contradicción moral.

  Su relación con el Padre estuvo caracterizada por la fidelidad.

  Por eso, su aprendizaje humano no debe imaginarse como una simple acumulación de conocimientos religiosos.

  Existía una profunda correspondencia entre lo que conocía, lo que amaba y la manera en que vivía.

  En Jesucristo, aprender la voluntad del Padre y obedecerla no eran dos proyectos separados.

Jesús, estudiando en la sinagoga

3. La oración: una relación viva, no solamente un conocimiento religioso

  Los Evangelios presentan a Jesús apartándose de las multitudes para orar.

  En ocasiones lo hacía antes de tomar decisiones importantes. Otras veces buscaba la soledad después de jornadas intensas de actividad.

  Lucas 6:12 relata que pasó una noche orando a Dios antes de escoger a los doce apóstoles.

  La escena resulta significativa.

  Jesús no actuaba como un maestro que consideraba suficiente su propio conocimiento.

  Buscaba al Padre.

  La oración no era una ceremonia destinada a impresionar a sus discípulos. En varias ocasiones se retiró precisamente para estar lejos de la multitud.

  La relación con Dios ocupaba un lugar central en su vida.

  Ahora bien, los Evangelios no describen cómo oraba Jesús cuando tenía siete, doce o diecisiete años.

  Sería incorrecto reconstruir esas etapas como si poseyéramos un diario de su infancia.

  Pero las escenas conservadas durante su ministerio revelan la importancia que concedía a la comunión con el Padre.

  Y permiten comprender que, para Jesús, conocer a Dios no consistía solamente en estudiar lo que otros habían escrito acerca de él.

  Era vivir en su presencia.

4. «El Padre me muestra»: una manera extraordinaria de conocer

  En Juan 5:19 Jesús declaró:

  «…No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente». (RVR1960).

  Y añadió:

  «Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace». (Juan 5:20, RVR1960).

  Estas palabras introducen una dimensión que no encontramos en la preparación ordinaria de los maestros judíos.

  Jesús hablaba de una relación en la que el Padre le mostraba sus obras.

  No se trataba únicamente de interpretar correctamente un mandamiento.

  Se trataba de conocer la voluntad y la acción de Dios.

  Los discípulos de un rabí aprendían observando a su maestro. Escuchaban sus explicaciones, examinaban sus decisiones y procuraban comprender su manera de aplicar la Ley.

  Jesús utilizó un lenguaje que sus oyentes podían reconocer, pero señaló una relación infinitamente más profunda.

  El Padre era aquel a quien miraba y de quien recibía dirección.

  Esta declaración no explica detalladamente el proceso de aprendizaje durante sus primeros años.

  Sin embargo, revela la manera en que Jesús entendía su dependencia del Padre durante su ministerio.

5. La diferencia entre conocer las Escrituras y conocer a su Autor

  Los maestros de Israel dedicaban grandes esfuerzos a estudiar las Escrituras.

  Algunos poseían conocimientos extraordinarios.

  Pero Jesús señaló que era posible estudiar los textos sagrados y, aun así, no reconocer plenamente lo que Dios estaba revelando.

  En Juan 5:39-40 declaró:

  «Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida». (RVR1960).

  La diferencia que Jesús señaló no era la cantidad de textos memorizados.

  Era la disposición a recibir la verdad de Dios.

  Una persona podía conocer profundamente las palabras de los profetas y, sin embargo, resistirse al mensaje que anunciaban.

  Jesús no separaba el conocimiento de las Escrituras de la obediencia al Padre.

  Por eso declaró:

  «El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta». (Juan 7:17, RVR1960).

  Esta afirmación contiene una enseñanza extraordinaria.

  La disposición moral del ser humano influye en su manera de recibir la verdad.

  Jesús enseñaba que no bastaba con poseer información religiosa.

  Era necesario querer hacer la voluntad de Dios.

  Y esa disposición caracterizó su propia vida.

6. La enseñanza que recibió y la enseñanza que transmitió

  Una de las declaraciones más conmovedoras de Jesús aparece en Juan 12:49:

  «Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar». (RVR1960).

  El pasaje revela el cuidado con el que Jesús consideraba sus palabras.

  No enseñaba para demostrar superioridad intelectual.

  Tampoco pretendía construir una reputación independiente del Padre.

  Su misión consistía en comunicar fielmente lo que había recibido.

  Esta perspectiva ayuda a comprender la extraordinaria seriedad de su ministerio.

  Para Jesús, enseñar no era simplemente transmitir conocimientos.

  Era representar correctamente al Padre delante de los hombres.

  Cada palabra tenía importancia.

  Cada explicación debía expresar la verdad.

  Cada enseñanza debía conducir a sus oyentes hacia la voluntad de Dios.

  Por eso, cuando Felipe le pidió que les mostrara al Padre, Jesús respondió:

  «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». (Juan 14:9, RVR1960).

  Jesús no solamente enseñaba acerca de Dios.

  Su propia vida revelaba el carácter de aquel que lo había enviado.

Conclusión. El Maestro que escuchaba al Padre

  Jesucristo aprendió y creció como verdadero hombre dentro del pueblo de Israel.

  Pero los Evangelios nos permiten reconocer una diferencia fundamental entre él y los demás maestros de su época.

  Jesús vivió sin pecado y mantuvo una relación singular de comunión y obediencia con Dios.

  Él mismo declaró que el Padre le enseñaba, que escuchaba sus palabras y que recibía de él la verdad que comunicaba a los hombres.

  No conocemos todos los detalles de cómo experimentó aquella relación durante su infancia y juventud.

  Pero conocemos sus propias declaraciones.

  Y ellas nos muestran que su preparación no puede comprenderse únicamente mediante los métodos educativos de Israel.

  El gran Maestro de Galilea no solamente conocía profundamente las Escrituras: conocía al Padre de quien procedían.

  Cuando habló a las multitudes, no presentó una doctrina construida para alcanzar fama o reconocimiento.

  Declaró:

  «Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió». (Juan 7:16, RVR1960).

  Aquellas palabras nos permiten comprender la esencia de su enseñanza.

  El Maestro había venido a revelar al Padre.

Referencias bíblicas

  • Juan 5:19-20, 39-40 — La relación del Hijo con el Padre y el testimonio de las Escrituras.
  • Juan 7:15-18 — El origen de la doctrina de Jesús.
  • Juan 8:26-29 — Las palabras recibidas del Padre.
  • Juan 12:49-50 — El mandamiento recibido acerca de lo que debía hablar.
  • Juan 14:9-10 — Jesús revela al Padre.
  • Juan 15:15 — Lo que Jesús oyó del Padre y comunicó a sus discípulos.
  • Lucas 6:12-13 — La oración antes de elegir a los apóstoles.
  • Hebreos 4:15; 1 Pedro 2:22 — La vida sin pecado de Jesucristo.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.