11. Nueve meses en el vientre de María

Dr. Elio M Rivera

«En aquellos días, levantándose María, fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías, y saludó a Elisabet.»
Lucas 1:39-40, RVR1960

 En el capítulo anterior intentamos detenernos ante uno de los acontecimientos más extraordinarios de toda la historia:

 «El Verbo fue hecho carne».

 El eterno había entrado en el tiempo.

 El Creador había entrado en su creación.

 La Vida había entrado en el territorio de la muerte.

 Pero después de aquel acontecimiento ocurrió algo que también merece nuestra atención.

 Jesús esperó.

 No apareció inmediatamente en Belén.

 No descendió del cielo convertido repentinamente en un hombre adulto.

 No utilizó su poder para evitar el proceso mediante el cual comienza normalmente una vida humana.

 El Hijo eterno había aceptado hacerse verdaderamente hombre.

 Y eso significaba aceptar también la gestación humana.

 Durante aproximadamente nueve meses, María llevaría dentro de su cuerpo al que había creado el cuerpo de María.

 El Creador del ser humano había aceptado poseer verdaderamente uno.

El cuerpo de Jesús se formó en vientre de María

 Como médico, resulta difícil contemplar la encarnación sin detenerse ante la extraordinaria realidad biológica que implica.

 El cuerpo humano no aparece terminado de un momento a otro.

 Se desarrolla.

 Comienza una nueva vida humana en el vientre materno y, a partir de allí, ocurre una extraordinaria sucesión de procesos coordinados.

 Las células se multiplican.

 Se diferencian.

 Comienzan a organizarse tejidos.

 Se establece el plan corporal.

 El sistema nervioso inicia su desarrollo.

 Comienza a formarse el corazón.

 Aparecen estructuras que posteriormente serán brazos y piernas.

 Se desarrollan ojos, oídos y rasgos faciales.

 Los órganos continúan formándose y madurando.

 El pequeño cuerpo aumenta progresivamente de tamaño.

 Y aquello que resulta extraordinario en cualquier embarazo adquiere aquí una dimensión difícil de expresar:

 el que había diseñado todos aquellos procesos estaba aceptando pasar por ellos.

 Juan había dicho:

 «Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho» (Juan 1:3).

 Eso incluía el cuerpo humano.

 El que había diseñado el corazón aceptó que un corazón humano comenzara a latir dentro de su propio cuerpo.

 El que había diseñado el sistema nervioso aceptó poseer uno.

 El que había creado la sangre aceptó que sangre humana circulara por sus vasos.

 El que había creado manos aceptó que sus propias manos humanas comenzaran a formarse.

 El que había creado ojos aceptó desarrollar ojos humanos con los que posteriormente contemplaría el mundo que Él mismo había hecho.

 El Creador estaba viviendo desde dentro el proceso que había establecido para sus criaturas.

No era una apariencia de humanidad

 Esto vuelve a recordarnos algo fundamental.

 La encarnación no fue un disfraz.

 Jesús no apareció pareciendo hombre mientras permanecía ajeno a nuestra experiencia corporal.

 Hebreos dice:

 «Por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo» (Hebreos 2:14).

 Carne y sangre verdaderas.

 La humanidad de Jesús no comenzó en el pesebre.

 Comenzó en el vientre.

 Antes de ser un recién nacido, fue un niño en gestación.

 Antes de ser cargado en los brazos de María, fue llevado dentro de su cuerpo.

 Antes de recibir alimento de sus manos, dependió biológicamente de ella durante el embarazo.

 El Hijo eterno aceptó una humanidad completa, no una representación teatral de ella.

El que sostenía todas las cosas aceptó ser sostenido

 Aquí encontramos una de las paradojas más hermosas de la encarnación.

 Hebreos dice acerca del Hijo que sustenta:

 «Todas las cosas con la palabra de su poder» (Hebreos 1:3).

 Y, sin embargo, en su humanidad, aquel que sostenía todas las cosas estaba siendo llevado dentro del vientre de una mujer.

 María caminaba, y lo llevaba.

 María descansaba, y lo llevaba.

 María comía, y aquel cuerpo en desarrollo recibía de ella lo necesario para crecer.

 María viajaba, y Él viajaba dentro de ella.

 Esto no disminuía su identidad.

 Mostraba hasta dónde estaba dispuesto a llegar.

 El Todopoderoso había aceptado la vulnerabilidad de nuestra condición humana.

 No porque alguien pudiera obligarlo.

 Porque había decidido venir.

María llevó a su Creador

 Lucas cuenta que, poco después del anuncio de Gabriel, María salió hacia la región montañosa para visitar a Elisabet.

 «En aquellos días, levantándose María, fue de prisa a la montaña…» (Lucas 1:39).

 Podemos leer aquella frase rápidamente.

 Pero ahora sabemos algo que transforma completamente la escena.

 María no viajaba sola.

 Dentro de ella comenzaba la vida humana de Jesús.

 La joven caminaba por los caminos de Judea llevando dentro de su cuerpo al Creador de aquellos caminos, de aquellas montañas y de ella misma.

 Probablemente nadie que la encontrara durante el trayecto podía imaginarlo.

 A los ojos de cualquier viajero era simplemente una joven de Galilea.

 Pero llevaba dentro de sí al Hijo de Dios.

 El acontecimiento más extraordinario estaba ocurriendo oculto dentro de una de las escenas más ordinarias.

Un encuentro entre dos madres y dos hijos

 Cuando María llegó a casa de Zacarías y saludó a Elisabet, ocurrió algo extraordinario.

 Lucas dice:

 «Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo» (Lucas 1:41).

 Entonces Elisabet exclamó:

 «Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí?» (Lucas 1:42-43).

 Observe cuidadosamente la escena.

 Jesús todavía no había nacido.

 No había pronunciado una palabra.

 No había realizado ningún milagro públicamente.

 No había llamado discípulos.

 No había predicado un sermón.

 Y Elisabet, llena del Espíritu Santo, habla de María como:

 «la madre de mi Señor».

 La identidad del niño no comenzaría en Belén.

 Ya estaba allí.

 Oculto.

 Invisible para los ojos humanos.

 Pero allí.

Antes de verlo, ya era el Señor

 Esto resulta profundamente importante.

 Nuestra cultura suele relacionar la importancia de una persona con lo que puede hacer.

 Pero Jesús todavía no podía realizar ninguna actividad externa visible como hombre.

 No podía caminar.

 No podía hablar.

 No podía trabajar con sus manos.

 No podía predicar.

 Y, sin embargo, su identidad estaba intacta.

 Elisabet no dijo:

 «Algún día será mi Señor».

 Dijo:

 «La madre de mi Señor».

 Su pequeñez física no disminuía quién era.

 Su dependencia no cancelaba su identidad.

 Su invisibilidad no significaba inexistencia.

 El Rey estaba presente aunque nadie pudiera verlo.

Dios había escogido el proceso

 Aquí surge una pregunta inevitable.

 ¿Por qué esperar?

 ¿Por qué nueve meses?

 ¿Por qué gestación?

 ¿Por qué no aparecer inmediatamente?

 La Biblia no nos proporciona una explicación específica para cada una de estas preguntas.

 Pero sí nos permite observar el hecho.

 Dios escogió no saltarse el proceso humano.

 Cristo aceptó el tiempo.

 Aceptó el crecimiento.

 Aceptó la espera.

 Aceptó la dependencia.

 Aceptó comenzar pequeño.

 Esto nos revela algo acerca de la profundidad de la encarnación.

 No vino solamente a experimentar los momentos extraordinarios de nuestra existencia.

 Entró en ella desde su comienzo.

El mundo seguía sin saberlo

 Mientras todo esto ocurría, Roma continuaba funcionando.

 Herodes continuaba gobernando.

 Los comerciantes abrían sus negocios.

 Los agricultores trabajaban.

 Los sacerdotes servían.

 Los soldados vigilaban.

 Las familias comían y dormían.

 El mundo no se había detenido.

 Probablemente millones de personas no tenían la menor idea de que algo había cambiado.

 Y, sin embargo, dentro del vientre de una joven de Galilea, la historia humana había tomado una dirección completamente nueva.

 El Salvador estaba aquí.

 Todavía nadie podía verlo.

 Pero estaba aquí.

 Esto también forma parte de la manera de actuar de Dios.

 Algunas de sus obras más extraordinarias pueden comenzar sin espectáculo.

 Sin aplausos.

 Sin que las autoridades se enteren.

 Sin que las multitudes las reconozcan.

 El acontecimiento que un día dividiría la historia estaba desarrollándose silenciosamente dentro de una madre.

María también tuvo que vivir aquellos meses

 No debemos olvidar a María.

 La encarnación tenía consecuencias físicas para ella.

 Su cuerpo estaba cambiando.

 El embarazo avanzaba.

 Lo que Gabriel había anunciado comenzaba a hacerse cada vez más visible.

 Aquello que inicialmente solamente ella sabía ya no podía permanecer indefinidamente oculto.

 Cada cambio de su cuerpo anunciaba silenciosamente que algo había ocurrido.

 Y al mismo tiempo María tenía que continuar viviendo.

 Caminar.

 Descansar.

 Comer.

 Viajar.

 Relacionarse con otras personas.

 Esperar.

 La mujer que había dicho:

 «He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra»,

 ahora tenía que vivir día tras día las consecuencias de aquel sí.

 Pero dentro de ella también crecía la confirmación física de la promesa.

 Cada semana que avanzaba decía:

 Dios está cumpliendo lo que dijo.

María comenzó a comprender la magnitud de lo ocurrido

 Durante su encuentro con Elisabet, María pronunció palabras extraordinarias:

 «Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador» (Lucas 1:46-47).

 Y posteriormente:

 «Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; santo es su nombre» (Lucas 1:49).

 María sabía que aquello no era producto de su grandeza.

 El Poderoso había hecho grandes cosas.

 Su respuesta no fue exaltarse a sí misma.

 Fue engrandecer al Señor.

 Y entonces comenzó a colocar lo que estaba ocurriendo dentro de una historia mucho mayor.

 Habló de Abraham.

 Habló de misericordia.

 Habló de las promesas.

 «Socorrió a Israel su siervo, acordándose de la misericordia de la cual habló a nuestros padres, para con Abraham y su descendencia para siempre» (Lucas 1:54-55).

 María comenzaba a comprender que el niño que llevaba dentro no pertenecía solamente a su historia personal.

 Pertenecía a la historia de la redención.

El cuerpo que se estaba formando tenía un propósito

 Y aquí la escena adquiere una dimensión todavía más profunda.

 Aquel cuerpo no se estaba formando simplemente para que Jesús pudiera vivir.

 Se estaba formando también para que pudiera entregarse.

 Hebreos recoge estas palabras:

 «Sacrificio y ofrenda no quisiste; mas me preparaste cuerpo» (Hebreos 10:5).

 Un cuerpo.

 Eso era precisamente lo que estaba desarrollándose dentro de María.

 Un cuerpo que sería abrazado por ella.

 Un cuerpo que crecería en Nazaret.

 Un cuerpo que sentiría cansancio después de caminar.

 Un cuerpo que tocaría enfermos.

 Unas manos que levantarían al caído.

 Unos brazos que recibirían niños.

 Unos ojos que llorarían frente a la tumba de un amigo.

 Una boca que anunciaría buenas nuevas.

 Un corazón humano capaz de experimentar profundamente nuestra realidad.

 Pero también:

 un cuerpo que sería azotado.

 Una cabeza que recibiría una corona de espinas.

 Manos y pies que serían atravesados.

 Sangre que sería derramada.

 Un cuerpo que finalmente sería colocado dentro de una tumba.

 La encarnación estaba preparando físicamente al Hijo para entrar hasta las últimas consecuencias en nuestra condición.

Cada etapa lo acercaba a Belén… y también al Calvario

 María podía contar los meses que faltaban para el nacimiento.

 Nosotros, conociendo toda la historia, podemos contemplar algo más.

 Cada día de desarrollo acercaba a Jesús a Belén.

 Pero Belén no era el destino final.

 Cada día también lo acercaba al propósito por el cual había venido.

 El niño que crecía dentro de María era el mismo que años después diría:

 «El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Marcos 10:45).

 Había venido para morir.

 Pero antes de poder morir como hombre, había aceptado vivir completamente como hombre.

 Y antes de vivir como hombre adulto, aceptó ser niño.

 Antes de ser niño, aceptó ser un bebé.

 Y antes de nacer, aceptó permanecer durante meses dentro del vientre de una mujer.

 No evitó ninguna de aquellas etapas.

El Rey que sabía esperar

 Tal vez éste sea uno de los contrastes más hermosos de toda la encarnación.

 El Hijo poseía poder.

 Pero no utilizó ese poder para apresurar su propia humanidad.

 Esperó.

 Mientras su cuerpo crecía, esperó.

 Mientras María caminaba, esperó.

 Mientras el mundo seguía sin reconocerlo, esperó.

 El Rey estaba presente, pero todavía no reclamaba un trono.

 El Maestro estaba presente, pero todavía no pronunciaba sermones.

 El Creador estaba presente, pero todavía no utilizaba aquellas pequeñas manos humanas.

 El Salvador estaba presente, pero todavía no había llegado la hora de la cruz.

 Dios había entrado en nuestro tiempo y aceptó vivir dentro de sus tiempos.

Hasta que llegó el momento

 Los meses continuaron avanzando.

 El cuerpo de María cambió.

 El niño creció.

 Aquello que comenzó invisible terminó siendo imposible de ocultar.

 Y mientras se acercaba el momento del nacimiento, algo más estaba ocurriendo lejos de aquella casa.

 Un emperador tomaría una decisión.

 Roma ordenaría un censo.

 José tendría que viajar.

 María iría con él.

 Y sin saberlo, el gobernante más poderoso del mundo contribuiría a llevar a aquella familia exactamente hacia la población que el profeta había señalado siglos antes:

 Belén.

 Pero todavía faltaba una cosa.

 Antes de que el niño naciera, Dios ya había determinado cómo sería llamado.

 No sería José quien escogería el nombre.

 No sería María quien lo inventaría.

 El nombre había venido del cielo.

 Porque antes de que alguien pudiera contemplar su rostro, Dios ya había anunciado para qué había venido:

 JESÚS.

 «Y llamarás su nombre JESÚS…»

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.