10. El Santo Ser que nacerá será llamado Hijo de Dios

Dr. Elio M Rivera

Texto clave: Lucas 1:35

«Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.»

Lucas 1:35, RVR1960

 Gabriel había respondido a la pregunta de María explicándole que la concepción de su hijo sería una obra sobrenatural del Espíritu Santo.

 Sin embargo, todavía faltaba una declaración de extraordinaria importancia.

 «El Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.»

 El ángel no solamente había revelado cómo sería concebido aquel niño. También estaba anunciando quién sería.

 Y para hacerlo utilizó dos expresiones que merecen ser examinadas cuidadosamente.

 Santo Ser.

 Hijo de Dios.

 No eran palabras pronunciadas al azar. Cada una revelaba algo acerca de la identidad del niño que María llevaría en su vientre.

El santo ser que nacerá será llamado Hijo de Dios

á¿Por qué Gabriel lo llamó Santo?

 En las Escrituras, la santidad ocupa un lugar fundamental en la revelación de Dios.

 Cuando Isaías contempló al Señor sentado sobre su trono, escuchó a los serafines proclamar:

«Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.»

Isaías 6:3, RVR1960

 La santidad de Dios expresa su absoluta perfección, su pureza y su separación de toda maldad.

 En otros pasajes bíblicos, la palabra santo también se utiliza para describir personas, lugares u objetos apartados para el servicio de Dios.

 Pero Gabriel no estaba anunciando simplemente a un niño que algún día sería dedicado al servicio religioso.

 Estaba identificando al que nacería como el Santo Ser.

 En el texto griego, la expresión destaca que aquel que nacería sería santo.

 No se trataba solamente de una característica que desarrollaría mediante su obediencia.

 La santidad formaba parte de la identidad anunciada para aquel niño desde el comienzo de su existencia humana.

 Y esto resulta extraordinario.

 Los profetas habían sido llamados y santificados para cumplir determinadas responsabilidades.

 Los sacerdotes eran consagrados para ministrar delante de Dios.

 Pero el niño anunciado a María no sería simplemente otro siervo apartado para una misión.

 Era el Hijo de Dios que asumiría nuestra humanidad.

Verdaderamente humano y perfectamente santo

 La expresión de Gabriel contiene una verdad que debemos conservar cuidadosamente.

 El niño sería santo, pero también sería verdaderamente humano.

 La santidad no eliminaría su humanidad.

 Jesús tendría un cuerpo humano real.

 Crecería físicamente.

 Necesitaría alimento y descanso.

 Experimentaría cansancio, hambre y sed.

 Conocería el sufrimiento y el dolor.

 Sin embargo, ninguna de estas experiencias constituye pecado.

 La Escritura distingue claramente entre la verdadera humanidad de Jesucristo y su absoluta santidad.

 Hebreos declara:

«Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.»

Hebreos 4:15, RVR1960

 Y Pedro afirma:

«El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca.»

1 Pedro 2:22, RVR1960

 Jesucristo no fue santo porque estuviera apartado de todas las dificultades humanas.

 Fue santo en medio de ellas.

 Su humanidad fue auténtica.

 Su obediencia fue perfecta.

 Su vida estuvo completamente libre de pecado.

 El Santo Ser anunciado por Gabriel sería un verdadero hombre, pero nunca un pecador.

¿Qué significaba ser llamado Hijo de Dios?

 Gabriel añadió:

 «Será llamado Hijo de Dios.»

 Para comprender esta declaración debemos recordar que la expresión hijo de Dios aparece en diferentes contextos del Antiguo Testamento.

 Dios llamó a Israel su hijo:

«Israel es mi hijo, mi primogénito.»

Éxodo 4:22, RVR1960

 También prometió establecer una relación especial con el descendiente de David que ocuparía su trono:

«Yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo.»

2 Samuel 7:14, RVR1960

 Por eso, cuando Gabriel anunció que Jesús sería llamado Hijo de Dios, sus palabras también evocaban las antiguas promesas relacionadas con el Mesías.

 Unos momentos antes había declarado:

«Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre.»

Lucas 1:32, RVR1960

 El anuncio relacionaba directamente la identidad del niño con la promesa hecha a David.

 Pero la revelación del Nuevo Testamento nos permite comprender que Jesucristo es mucho más que un descendiente real favorecido por Dios.

 Es verdaderamente el Hijo de Dios.

 No simplemente por recibir autoridad.

 No solamente por ocupar un trono.

 No porque fuera adoptado para cumplir una responsabilidad especial.

 Su identidad divina es propia de su persona.

¿Comenzó Jesús a ser Hijo de Dios cuando fue concebido?

 Esta pregunta merece una respuesta clara.

 Cuando Gabriel declaró que el niño sería llamado Hijo de Dios, no estaba anunciando el comienzo de su existencia divina.

 La Escritura presenta al Hijo como existente antes de su nacimiento humano.

 El Evangelio de Juan declara:

«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.»

Juan 1:1, RVR1960

 Y posteriormente añade:

«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…»

Juan 1:14, RVR1960

 Observemos cuidadosamente la diferencia.

 Juan no dice que el Verbo comenzó a existir cuando fue hecho carne.

 Dice que el Verbo, que ya era Dios, fue hecho carne.

 Por lo tanto, la concepción en el vientre de María no fue el comienzo de la existencia del Hijo de Dios.

 Fue el comienzo de su existencia humana.

 Jesucristo no se convirtió en Dios al ser concebido. Era Dios, y asumió una verdadera naturaleza humana.

 Esta verdad es indispensable para comprender correctamente la Encarnación.

¿Por qué no anunció Gabriel simplemente a un profeta?

 Israel había conocido hombres extraordinarios.

 Moisés había hablado con Dios de una manera singular.

 Elías había sido instrumento de grandes milagros.

 Isaías había contemplado la gloria del Señor.

 Jeremías había sido apartado para su ministerio desde antes de nacer.

 Juan el Bautista también había recibido un anuncio celestial antes de su nacimiento.

 Pero ninguno de ellos poseía la identidad que Gabriel atribuyó al hijo de María.

 El ángel no anunció solamente a un hombre que hablaría en nombre de Dios.

 Anunció al Hijo de Dios.

 Esta diferencia es fundamental.

 Un profeta recibe un mensaje divino y lo comunica.

 Un sacerdote ministra delante de Dios en favor del pueblo.

 Un rey recibe autoridad para gobernar.

 Jesucristo ejercería funciones proféticas, sacerdotales y reales.

 Pero su identidad no quedaría limitada a ninguna de ellas.

 Aquel niño sería Dios manifestado en carne.

 Pablo lo expresaría posteriormente con estas palabras:

«E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne…»

1 Timoteo 3:16, RVR1960

 Gabriel estaba anunciando a alguien cuya identidad superaba la de todos los mensajeros que Dios había enviado anteriormente.

Una sola persona, dos naturalezas

 La declaración de Gabriel también nos conduce a una de las verdades más profundas de la fe cristiana.

 Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre.

 No es mitad Dios y mitad hombre.

 Tampoco es una persona humana en la que Dios simplemente decidió habitar.

 Es una sola persona divina que asumió una naturaleza humana completa.

 Su divinidad no sufrió disminución.

 Su humanidad no fue una apariencia.

 Ambas naturalezas permanecen distintas, unidas en una sola persona.

 Por eso la Escritura puede presentar a Jesús realizando acciones verdaderamente humanas y, al mismo tiempo, atribuirle cualidades que pertenecen a Dios.

 Podía experimentar hambre y, sin embargo, tener autoridad para multiplicar los panes.

 Podía dormir por el cansancio y después levantarse para reprender al viento y al mar.

 Podía llorar delante de la tumba de Lázaro y luego llamarlo para que saliera de ella.

 Estas acciones no describen a dos personas diferentes.

 Describen al mismo Jesucristo.

 El Hijo de Dios viviendo una verdadera vida humana.

La santidad del niño y su futura misión

 La declaración «Santo Ser» también tiene una importancia extraordinaria para comprender la obra que Jesucristo realizaría posteriormente.

 El Antiguo Testamento establecía que los animales ofrecidos en determinados sacrificios debían ser sin defecto.

 Aquella exigencia señalaba la importancia de presentar una ofrenda aceptable delante de Dios.

 Pedro relacionó posteriormente esta imagen con Jesucristo:

«…sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.»

1 Pedro 1:19, RVR1960

 La santidad de Jesús era indispensable para su obra redentora.

 Si él mismo hubiera sido culpable de pecado, habría necesitado expiación por sus propias transgresiones.

 Pero Jesucristo no tenía pecado propio que pagar.

 Podía ofrecerse por los demás precisamente porque era santo.

 Y su humanidad era igualmente indispensable.

 Porque sería como verdadero hombre que obedecería, sufriría y entregaría su vida.

 El anuncio de Gabriel, por lo tanto, no solamente revela una característica del niño.

 Nos permite comprender por qué su identidad era esencial para la salvación.

 El Salvador sería verdaderamente humano, perfectamente santo y verdaderamente Dios.

¿Comprendió María todo lo que significaban aquellas palabras?

 Es importante no atribuirle a María conocimientos que el relato bíblico no afirma que poseyera en aquel momento.

 Gabriel le comunicó una revelación extraordinaria.

 Pero Lucas no dice que ella comprendiera inmediatamente todas sus implicaciones.

 La vida posterior de Jesús demuestra que María tuvo que reflexionar sobre muchos acontecimientos.

 Cuando Jesús tenía doce años y fue encontrado en el templo, declaró que debía estar en los negocios de su Padre.

 Lucas añade:

«Mas ellos no entendieron las palabras que les habló.»

Lucas 2:50, RVR1960

 Y después declara:

«…y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón.»

Lucas 2:51, RVR1960

 María había recibido el anuncio celestial.

 Pero comprender plenamente quién era su hijo sería un proceso que acompañaría los acontecimientos de su vida.

 Había escuchado que sería llamado Hijo de Dios.

 Con el tiempo presenciaría hechos que revelarían la profundidad de aquella declaración.

 Esto hace todavía más significativa su respuesta al anuncio.

 No necesitó conocer anticipadamente todos los detalles de lo que sucedería para aceptar la palabra que había recibido.

El Santo Ser que nacería

 Regresemos finalmente a la declaración de Gabriel:

 «El Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.»

 En esas palabras encontramos tres verdades fundamentales.

 Primero, aquel niño sería verdaderamente humano. Nacería de María y participaría plenamente de nuestra naturaleza.

 Segundo, sería santo. Su vida estaría completamente libre de pecado.

 Tercero, sería el Hijo de Dios. Su identidad divina no comenzaría con su nacimiento humano.

 La concepción sobrenatural anunciada por Gabriel no produjo una nueva persona divina.

 Fue el acontecimiento mediante el cual el Hijo eterno asumió nuestra humanidad.

 Y aquí encontramos la grandeza de la Encarnación.

 El que sería llevado en el vientre de María era el mismo Hijo de Dios.

 El que necesitaría los cuidados de una madre era el Señor de toda la creación.

 El que aprendería a caminar con pies humanos era Aquel por quien fueron hechas todas las cosas.

 Y el que algún día derramaría su sangre para nuestra redención era perfectamente santo.

 Gabriel había comunicado a María una revelación extraordinaria.

 Pero había otra persona directamente relacionada con aquellos acontecimientos.

 José.

 María había recibido la explicación celestial de su embarazo.

 José todavía no.

 Y cuando descubriera que su desposada estaba embarazada, tendría que enfrentar una situación dolorosa que no podía comprender mediante las circunstancias que conocía.

 Por eso, el siguiente acontecimiento nos llevará a considerar una intervención divina igualmente necesaria.

 José también tendría que recibir la explicación.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.