Dr. Elio M Rivera
Texto clave
“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.”
Romanos 3:23, RVR1960
Cuando Dios advirtió a Adán:
“…el día que de él comieres, ciertamente morirás.”
Génesis 2:17, RVR1960
no estaba pronunciando una amenaza vacía.
Era una advertencia acerca de una consecuencia terrible.
El pecado tenía una paga.
Pablo lo expresaría siglos después:
“Porque la paga del pecado es muerte…”
Romanos 6:23, RVR1960

El hombre no podia pagar lo que la justicia divina demandaba
Pero debemos detenernos aquí.
¿Qué significa muerte?
Si pensamos únicamente en el momento en que el corazón deja de latir, no hemos comprendido todavía la magnitud de la tragedia.
La muerte física formaba parte de las consecuencias.
Pero la Biblia nos lleva mucho más lejos.
El pecado produjo separación.
Produjo condenación.
Produjo destitución.
Produjo expulsión.
Introdujo la muerte física.
Y finalmente la Escritura habla de algo todavía más aterrador:
“La muerte segunda.”
La sentencia era muchísimo mayor de lo que Adán y Eva podían imaginar cuando extendieron sus manos hacia aquel fruto.
Destituidos de la gloria de Dios
Romanos 3:23 contiene dos declaraciones.
La primera:
“Todos pecaron.”
La segunda:
“Están destituidos de la gloria de Dios.”
No solamente pecamos.
Perdimos algo.
La palabra “destituidos” comunica privación, carencia, quedar faltos de aquello a lo que no alcanzamos.
El hombre había sido creado para Dios.
Para conocerlo.
Para vivir bajo su gobierno.
Para disfrutar de su comunión.
Para reflejar su imagen.
Para vivir en el mundo que Él había preparado.
Pero el pecado cambió aquella condición.
En Edén encontramos una imagen extraordinariamente dolorosa de esta pérdida.
“Echó, pues, fuera al hombre…”
Génesis 3:24, RVR1960
Antes estaba dentro.
Después quedó fuera.
Antes tenía acceso.
Después encontró una barrera.
Antes podía acercarse al árbol de la vida.
Después el camino quedó guardado.
No había ocurrido solamente una infracción.
El pecador había perdido su condición original delante de Dios.
El pecado siempre promete algo, pero termina quitándonos mucho más.
La serpiente había prometido:
“…seréis como Dios…”
Génesis 3:5, RVR1960
Pero después del pecado Adán no apareció más glorioso.
Apareció escondido.
Con miedo.
Avergonzado.
Cubriéndose.
Acusando.
Y finalmente saliendo de Edén.
Quiso alcanzar algo mediante la desobediencia.
Y terminó perdiendo muchísimo más de lo que había intentado obtener.
“Ciertamente morirás”
Entonces comenzó a cumplirse la sentencia.
Adán no cayó muerto físicamente en el mismo instante en que comió.
Pero la muerte había entrado.
La ruptura con Dios fue inmediata.
La expulsión llegó.
Y posteriormente también llegaría la muerte corporal.
Dios dijo:
“…pues polvo eres, y al polvo volverás.”
Génesis 3:19, RVR1960
El hombre que había recibido aliento de vida terminaría regresando al polvo.
Y Génesis 5 muestra una y otra vez el cumplimiento de aquella sentencia:
“…y murió.”
“…y murió.”
“…y murió.”
La muerte comenzó a pasar de generación en generación.
Pablo explica:
“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.”
Romanos 5:12, RVR1960
Pero incluso la tumba no representa el final del problema.
La muerte física no cancela la deuda
Algunas personas podrían imaginar que todo termina cuando una persona muere.
Vivió.
Pecó.
Murió.
Fin de la historia.
Pero la Biblia no enseña eso.
Hebreos declara:
“Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio.”
Hebreos 9:27, RVR1960
Observe cuidadosamente el orden:
Muerte.
Y después:
Juicio.
Por tanto, la muerte física no liquida automáticamente la responsabilidad moral del hombre.
Después de la muerte todavía existe una comparecencia delante de Dios.
La muerte no destruye el tribunal.
No elimina al Juez.
No borra el expediente.
No convierte al culpable en inocente.
Después de la muerte:
“el juicio.”
La Escritura habla de una segunda muerte
Aquí el tema se vuelve todavía más solemne.
Apocalipsis describe el juicio final:
“Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él…”
Apocalipsis 20:11, RVR1960
Después:
“Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos…”
Apocalipsis 20:12, RVR1960
Los muertos aparecen delante del Juez.
Los libros son abiertos.
Y el texto continúa:
“…y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras.”
Apocalipsis 20:12, RVR1960
Entonces aparece una expresión terrible:
“Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda.”
Apocalipsis 20:14, RVR1960
Y el siguiente versículo añade:
“Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego.”
Apocalipsis 20:15, RVR1960
Existe, por tanto, una muerte física.
Pero la Escritura también habla de:
“La muerte segunda.”
El problema del pecado alcanza dimensiones eternas.
Jesús habló seriamente del infierno
No necesitamos exagerar este tema.
Las palabras de Jesús son suficientemente solemnes.
Jesús advirtió:
“Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.”
Mateo 10:28, RVR1960
Observe nuevamente la distinción.
Existe algo peor que perder la vida física.
Por eso Jesús trató el destino eterno con una gravedad que nuestra generación muchas veces ha perdido.
Habló de:
“…fuego eterno…”
Mateo 25:41, RVR1960
Habló de:
“…castigo eterno…”
Mateo 25:46, RVR1960
Habló de:
“…las tinieblas de afuera…”
Mateo 8:12, RVR1960
Y utilizó expresiones tan fuertes precisamente porque quería que el hombre comprendiera que el pecado no era un juego.
El mismo Jesús que recibió niños.
El mismo que tuvo compasión de las multitudes.
El mismo que lloró.
El mismo que perdonó.
El mismo que dijo:
“Venid a mí…”
también habló seriamente acerca del juicio.
No porque disfrutara imaginando la perdición humana.
Sino porque la perdición era precisamente aquello de lo que había venido a salvarnos.
El horror de quedar fuera
Hay una expresión de Jesús que nos ayuda a comprender otra dimensión terrible de la condenación.
En Mateo 25, después del juicio, el Rey declara:
“Apartaos de mí…”
Mateo 25:41, RVR1960
Dos palabras deberían estremecernos:
“De mí.”
Aquí existe algo todavía más profundo que el temor al castigo.
La pérdida definitiva de la comunión favorable con Dios.
El hombre fue creado por Dios.
La vida procede de Dios.
Toda verdadera bondad tiene su fuente última en Él.
Santiago declara:
“Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto…”
Santiago 1:17, RVR1960
Ahora imagine la tragedia de una existencia eternamente excluida de la comunión salvadora con Aquel que es la fuente de todo bien.
Pablo utiliza palabras igualmente solemnes:
“Los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder.”
2 Tesalonicenses 1:9, RVR1960
Excluidos.
Aquí aparece nuevamente la tragedia que comenzó en Edén llevada a su consecuencia final.
En Edén:
“Echó, pues, fuera al hombre.”
En el juicio:
“Apartaos de mí.”
Y Pablo:
“Excluidos de la presencia del Señor…”
El pecado que comenzó separando al hombre de la condición que disfrutaba con Dios puede terminar, si no existe reconciliación, en una separación definitiva.
Pensemos por un momento en lo que significa perderlo para siempre
Aquí necesitamos detenernos.
¿Qué significa una eternidad sin reconciliación con Dios?
Nunca regresar.
Nunca poder decir:
“Lo siento; ahora sí quiero cambiar.”
Nunca volver a escuchar una invitación al arrepentimiento.
Nunca volver a encontrar abierta la puerta que durante la vida permaneció abierta.
Nunca entrar en la ciudad de Dios.
Nunca caminar por sus calles.
Nunca contemplar la gloria del Reino que pudo haber sido nuestro hogar.
Nunca participar de la resurrección para vida eterna.
Nunca disfrutar de la comunión eterna para la cual fuimos creados.
Nunca escuchar:
“Venid, benditos de mi Padre…”
Mateo 25:34, RVR1960
Sino escuchar:
“Apartaos de mí…”
Mateo 25:41, RVR1960
Ese contraste es aterrador.
El horror del infierno no debe reducirse solamente a una discusión acerca del fuego.
Hay algo profundamente terrible en comprender que una criatura creada para conocer a Dios puede quedar definitivamente fuera de la comunión de su Reino.
Una puerta que un día ya no se abrirá
Jesús contó la parábola de las diez vírgenes.
Cinco estaban preparadas.
Cinco no.
Finalmente llegó el esposo.
Y encontramos una de las frases más solemnes de aquella parábola:
“…y se cerró la puerta.”
Mateo 25:10, RVR1960
Después llegaron las demás:
“¡Señor, señor, ábrenos!”
Mateo 25:11, RVR1960
Pero la puerta ya estaba cerrada.
En nuestra condición presente todavía hablamos de misericordia.
Todavía hablamos de arrepentimiento.
Todavía hablamos de oportunidad.
Todavía podemos buscar a Dios.
Todavía puede escucharse:
“Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano.”
Isaías 55:6, RVR1960
Pero precisamente la palabra “mientras” nos recuerda que la oportunidad presente no debe confundirse con una oportunidad eterna.
La sentencia era imposible de pagar para nosotros
Ahora podemos regresar a nuestra deuda.
¿Cuál era la paga del pecado?
“Porque la paga del pecado es muerte…”
Romanos 6:23, RVR1960
¿Cómo puede un hombre pagar semejante deuda y después recuperar por sí mismo lo perdido?
Supongamos que entrega su vida.
Murió.
¿Ahora qué?
¿Puede resucitarse a sí mismo?
No.
¿Puede derrotar por sí mismo a la muerte?
No.
¿Puede borrar su culpabilidad?
No.
¿Puede obligar al tribunal celestial a declararlo justo?
No.
¿Puede abrir por sus propias fuerzas el camino hacia Dios?
No.
¿Puede regresar al Edén perdido?
No.
¿Puede escribir su nombre en el libro de la vida?
No.
¿Puede pagar con una muerte eterna y después regresar para decir:
“Terminé de pagar”?
No.
Aquí encontramos la terrible imposibilidad.
La deuda era mayor que la capacidad del deudor.
El hombre debía aquello que no tenía capacidad de pagar y sobrevivir al pago.
Su propia vida estaba comprometida.
Y una vez entregada, no poseía en sí mismo poder para recuperarla.
Las buenas obras no podían alcanzar el precio
Esto también debe quedar claro.
Imagine a alguien condenado por un delito serio que le dice al juez:
“Pero también hice muchas cosas buenas.”
Quizá sea verdad.
Pero las buenas acciones no convierten automáticamente el delito anterior en algo que nunca sucedió.
De la misma manera, nuestra deuda delante de Dios no podía resolverse simplemente acumulando buenas acciones.
Isaías declaró:
“Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia…”
Isaías 64:6, RVR1960
No podíamos comprar nuestra entrada de regreso.
No podíamos negociar con Dios.
No podíamos ofrecerle riquezas, porque todo ya le pertenece.
No podíamos ofrecerle suficientes buenas obras para borrar nuestra historia.
No podíamos pagar con otra persona, porque:
“Ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate.”
Salmo 49:7, RVR1960
Y el siguiente versículo explica por qué:
“Porque la redención de su vida es de gran precio, y no se logrará jamás.”
Salmo 49:8, RVR1960
Qué declaración tan apropiada para nuestra serie:
“La redención de su vida es de gran precio.”
El precio estaba fuera de nuestro alcance.
El hombre necesitaba ser rescatado
Aquí comenzamos a comprender por qué la salvación tenía que venir desde fuera de nosotros.
El culpable no podía absolverse.
El esclavo no podía romper por sí mismo todas sus cadenas.
El muerto no podía darse vida.
El destituido no podía restaurarse a sí mismo a la gloria.
El deudor no podía pagar.
El condenado no podía anular su propia sentencia.
Necesitábamos:
Justificación.
Redención.
Reconciliación.
Vida.
Necesitábamos que alguien hiciera por nosotros aquello que jamás podríamos hacer por nosotros mismos.
Ahora podemos comprender mejor el tamaño de la Cruz
Quizá ahora Romanos 6:23 pueda leerse de una manera diferente.
Muchas veces citamos solamente la primera mitad:
“Porque la paga del pecado es muerte…”
Y si el versículo terminara allí, nuestra historia terminaría en oscuridad.
Pero Pablo no puso punto.
Continuó:
“…mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.”
Romanos 6:23, RVR1960
Observe el contraste.
Paga — dádiva.
Pecado — Dios.
Muerte — vida eterna.
Nosotros — Cristo Jesús.
Aquello que nosotros habíamos ganado era muerte.
Aquello que no podíamos comprar era vida.
Y Dios decidió ofrecer como regalo aquello cuyo precio nosotros jamás habríamos podido alcanzar.
Pero un regalo para nosotros no significa que no hubiera un precio.
Alguien tendría que pagarlo.
Y aquí la Cruz comienza a adquirir dimensiones extraordinarias.
Jesucristo no vino solamente para evitarnos una tumba.
Vino para rescatarnos de algo infinitamente mayor.
De la condenación.
De la muerte segunda.
De quedar excluidos de la presencia favorable de Dios.
De una eternidad fuera de aquello para lo cual fuimos creados.
Vino para ofrecernos:
vida eterna.
Por eso Juan 3:16 no es una frase religiosa bonita.
Es una declaración de rescate:
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”
Juan 3:16, RVR1960
Observe nuevamente las dos posibilidades:
Perderse.
O:
Tener vida eterna.
La consecuencia fue enorme; el precio era inalcanzable
Ahora podemos mirar hacia atrás y comprender mejor la catástrofe.
No fue una fruta.
Fue rebelión.
No fue una pequeña infracción.
Fue pecado contra el Creador.
No produjo solamente vergüenza.
Produjo destitución.
No produjo solamente expulsión de un jardín.
Abrió una historia de separación.
No produjo solamente una muerte física.
La Escritura finalmente nos habla de muerte segunda.
No perdimos solamente Edén.
Quedamos destituidos de la gloria de Dios.
Y la deuda era tan grande que ningún hombre podía pagarla y regresar después del pago.
Ese es el horror de nuestra condición.
Pero también es lo que comienza a revelar la inmensidad del amor de Dios.
Porque cuando nosotros no podíamos subir hasta Él…
Él vino hasta nosotros.
Cuando nosotros no podíamos pagar…
apareció Alguien que sí podía.
Cuando la sentencia decía:
“Muerte”,
vino Aquel que podía declarar:
“Yo soy la resurrección y la vida…”
Juan 11:25, RVR1960
Y ahora nuestra pregunta ya no es solamente:
¿Cuánto debíamos?
La pregunta que comienza a levantarse frente a nosotros es mucho mayor:
¿Quién podía pagar una deuda que para toda la humanidad era absolutamente inalcanzable?
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Escuche música con propósito
