Dr. Elio M. Rivera
Pocas áreas de la experiencia humana muestran con tanta claridad lo que El imperio de la muerte puede hacer con algo que Dios creó bueno.
La sexualidad no fue inventada por el pecado.
No apareció después de la caída.
Dios creó al hombre y a la mujer.
Dios creó sus cuerpos.
Dios creó la atracción.
Dios creó la capacidad de intimidad.
Dios creó el matrimonio.
Dios creó la posibilidad de que dos personas se unieran de una manera extraordinariamente profunda.
Por eso, antes de hablar de pornografía, adulterio, prostitución, promiscuidad, explotación, obsesión o esclavitud sexual, necesitamos hacer una pregunta fundamental:
¿Cuál era el diseño original?
Si no conocemos el diseño, tampoco podremos comprender completamente la distorsión.
Y para descubrirlo no necesitamos comenzar con nuestra cultura.
Necesitamos regresar:
al principio.
Así era al principio: el diseño bíblico de la sexualidad
La Biblia comienza la historia de la sexualidad humana con una declaración extraordinariamente sencilla:
«Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.»
Génesis 1:27, RVR1960
El diseño comienza con:
un hombre y una mujer.
No aparecen primero las prácticas sexuales.
Aparecen las personas.
Un varón.
Una mujer.
Ambos creados a imagen de Dios.
Ambos con dignidad.
Ambos con valor.
Ambos personas antes que cuerpos para ser consumidos.
Después Dios los bendijo y dijo:
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra…»
Génesis 1:28, RVR1960
Por lo tanto, la sexualidad también estaba relacionada con algo extraordinario:
la capacidad de transmitir vida.
De la unión del hombre y la mujer podía surgir otra persona.
Un hijo.
Una hija.
Una familia.
Una generación.
La sexualidad bíblica nunca fue presentada originalmente como una actividad aislada cuyo único propósito fuera producir unos minutos de placer.
Estaba conectada con:
amor, unión, matrimonio, familia y vida.
Después Génesis nos permite observar todavía más claramente ese diseño.
Dios dijo:
«No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él.»
Génesis 2:18, RVR1960
Observe nuevamente.
Antes de hablar de unión física, la Biblia habla de:
compañía.
La respuesta de Dios a la soledad del hombre no fue simplemente proporcionarle una experiencia sexual.
Le dio:
una persona.
Alguien con quien compartir la vida.
Alguien a quien conocer.
Alguien que pudiera conocerlo.
Alguien con quien trabajar.
Hablar.
Construir.
Disfrutar.
Pertenecer.
Amar.
Y cuando Adán vio a Eva, no dijo:
«Aquí hay un cuerpo que puedo utilizar».
Dijo:
«Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne…»
Génesis 2:23, RVR1960
Hay reconocimiento.
Pertenencia.
Identificación.
Ella no era un objeto colocado delante de él.
Era:
«hueso de mis huesos y carne de mi carne».
Entonces aparece una de las declaraciones fundamentales de toda la Biblia acerca de la sexualidad:
«Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.»
Génesis 2:24, RVR1960
Ahí encontramos el diseño.
Un hombre.
Una mujer.
Una unión.
Una nueva familia.
Y dentro de esa unión:
una sola carne.
La sexualidad fue diseñada para desarrollarse dentro de una relación de pertenencia y compromiso.
No simplemente:
«te deseo».
Sino:
«me uno a ti».
No simplemente:
«quiero experimentar tu cuerpo».
Sino:
«quiero compartir mi vida contigo».
Por eso Jesús, siglos después, cuando habló acerca del matrimonio, no inventó un nuevo modelo.
Regresó directamente a Génesis.
Dijo:
«¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo?»
Mateo 19:4, RVR1960
Y continuó:
«Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne?»
Mateo 19:5, RVR1960
Jesús llevó la conversación:
al principio.
Porque allí estaba el diseño.
La sexualidad bíblica, por tanto, no comienza preguntando:
«¿Qué deseo hacer con mi cuerpo?»
Comienza preguntando:
«¿Para qué creó Dios mi cuerpo?»
Y el diseño presentado en Génesis coloca la unión sexual dentro del matrimonio entre el hombre y la mujer, en una relación destinada a la fidelidad, la intimidad, la compañía y la posibilidad de producir vida.
La sexualidad fue creada también para ser disfrutada
Pero tampoco debemos cometer el error opuesto.
La Biblia no presenta la sexualidad matrimonial únicamente como un mecanismo para tener hijos.
También encontramos placer.
Deseo.
Atracción.
Disfrute.
Proverbios habla al esposo con extraordinaria claridad:
«Sea bendito tu manantial, y alégrate con la mujer de tu juventud.»
Proverbios 5:18, RVR1960
Y continúa:
«Sus caricias te satisfagan en todo tiempo, y en su amor recréate siempre.»
Proverbios 5:19, RVR1960
Eso es Biblia.
Dios no creó una sexualidad fría, vergonzosa o puramente mecánica.
Creó una sexualidad capaz de producir:
gozo.
Atracción.
Intimidad.
Disfrute.
Pero observe dónde coloca Proverbios ese disfrute:
«la mujer de tu juventud».
El placer no aparece separado de la relación.
Está dentro de ella.
Y Pablo posteriormente presenta la intimidad matrimonial como una entrega recíproca:
«El marido cumpla con la mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con el marido.»
1 Corintios 7:3, RVR1960
No es solamente el hombre tomando.
No es solamente la mujer dando.
Existe:
reciprocidad.
El diseño no es explotación.
Es entrega mutua.
No es utilizar.
Es compartir.
No es dominar.
Es pertenecer.
El diseño original unía lo que nosotros después separamos
Esto es fundamental para comprender todo lo que ocurrió después.
En el diseño original encontramos juntas cosas que El imperio de la muerte posteriormente separaría.
Persona y cuerpo.
Amor y deseo.
Compromiso y placer.
Intimidad física e intimidad emocional.
Unión y fidelidad.
Placer y responsabilidad.
Sexualidad y posibilidad de producir vida.
Todo estaba integrado.
Y entonces Génesis termina aquella escena con una frase impresionante:
«Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban.»
Génesis 2:25, RVR1960
Ésa quizá sea una de las expresiones más hermosas del diseño original.
Desnudos y sin vergüenza.
Podían ser vistos completamente.
No necesitaban esconderse.
No había comparación.
No había explotación.
No había miedo de ser utilizados.
No había temor de ser abandonados después.
No existía adulterio.
No existía pornografía.
No existía prostitución.
No había personas convertidas en mercancía.
No había fotografías íntimas circulando.
No había enfermedades de transmisión sexual.
No existían industrias dedicadas a estimular continuamente el deseo humano para producir dinero.
Adán no comparaba el cuerpo de Eva con miles de mujeres vistas en una pantalla.
Eva no tenía que competir contra imágenes artificialmente perfeccionadas.
No existía un catálogo interminable de cuerpos contra los cuales medir al esposo o a la esposa.
Había:
un hombre.
una mujer.
un compromiso.
una intimidad.
una sola carne.
Y:
«no se avergonzaban».
Ése era el diseño.
La sexualidad no era enemiga del hombre.
No lo atormentaba.
No lo perseguía.
No controlaba su mente.
No lo obligaba a esconderse.
No destruía su matrimonio.
No convertía a otras personas en objetos.
No exigía constantemente nuevos estímulos.
No producía una vida secreta.
No era su amo.
Era un regalo colocado por Dios dentro de un orden bueno.
Pero entonces:
entró el pecado.
Esto fue lo que hicimos: separamos el placer de su diseño
Después del pecado todo comenzó a cambiar.
La primera señal aparece inmediatamente:
«Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos…»
Génesis 3:7, RVR1960
La desnudez que unos versículos antes no producía vergüenza ahora necesitaba ser cubierta.
Algo había ocurrido dentro del hombre.
Después, conforme avanza la historia bíblica, encontramos sexualidad mezclada con infidelidad, abuso de poder, deseo desordenado, explotación y consecuencias dolorosas.
El problema no era que Dios hubiera creado mal la sexualidad.
El problema era que el hombre había llevado un regalo extraordinariamente poderoso fuera del orden para el cual había sido creado.
Y entonces descubrimos una ley terrible de El imperio de la muerte:
algo puede comenzar produciendo placer y terminar produciendo cadenas.
Cuando el deseo deja de servirnos y comenzamos a servirle
El deseo sexual puede ser extraordinariamente poderoso.
Dentro de su lugar correcto puede contribuir a unir profundamente a un matrimonio.
Pero cuando se convierte en señor, comienza a exigir obediencia.
Primero dice:
«Quiero».
Después:
«Necesito».
Y finalmente:
«No puedo dejarlo».
Ése es el momento en que el placer comenzó a convertirse en esclavitud.
Jesús expresó un principio fundamental:
«…todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.»
Juan 8:34, RVR1960
Una persona puede pensar que libertad sexual significa:
«Puedo hacer todo lo que quiera».
Pero la pregunta verdaderamente importante es:
¿Todavía puedo decidir no hacerlo?
Porque si necesito mirar…
necesito buscar…
necesito fantasear…
necesito volver…
necesito otra experiencia…
necesito otra persona…
necesito otro estímulo…
y aunque quiero detenerme no puedo…
entonces eso ya no se llama libertad.
Se llama esclavitud.
El sexo puede comenzar a ocupar la mente
La esclavitud sexual no permanece solamente en el cuerpo.
Puede penetrar profundamente en la mente.
La persona comienza a anticipar.
Imaginar.
Buscar.
Recordar.
Fantasear.
Comparar.
Planear cuándo podrá hacerlo nuevamente.
Aquello que originalmente ocupaba un lugar dentro de la vida comienza lentamente a ocupar:
la vida misma.
Puede interferir con el trabajo.
Con la concentración.
Con la oración.
Con el matrimonio.
Con el descanso.
Con las relaciones.
Con la manera de mirar a otras personas.
Y algo especialmente doloroso puede ocurrir:
dejamos de ver completamente a la persona…
y comenzamos a ver:
un cuerpo.
Ya no veo historia.
Dolor.
Sueños.
Dignidad.
Familia.
Personalidad.
Propósito.
Veo aquello que puede proporcionarme estimulación.
El ser humano creado:
«a imagen de Dios»
puede terminar reducido mentalmente a:
un objeto de consumo.
¡Qué distorsión!
Cuando la intimidad se convierte en consumo
El diseño original decía:
«serán una sola carne».
El sistema caído puede decir:
«¿Qué puedo obtener de tu cuerpo?»
Son dos mundos completamente diferentes.
Uno pregunta:
¿Cómo puedo amarte?
El otro:
¿Cómo puedes satisfacerme?
Uno entrega.
El otro consume.
Uno conoce a la persona.
El otro puede utilizarla.
Uno produce intimidad.
El otro puede producir una experiencia física intensa seguida por:
una enorme soledad.
Y ahí aparece una de las grandes contradicciones de la sexualidad fuera de su diseño.
Dos cuerpos pueden estar extraordinariamente cerca…
mientras dos corazones permanecen:
completamente separados.
La pornografía llevó esta separación todavía más lejos
En ninguna otra época había sido tan fácil acceder a cantidades prácticamente interminables de imágenes sexualizadas.
Un teléfono puede colocar delante de una persona, en minutos, más cuerpos de los que generaciones anteriores habrían contemplado durante toda su vida.
Y aquello puede comenzar aparentemente como curiosidad.
Una imagen.
Después otra.
Después otra.
Pero el cerebro aprende rápidamente dónde encontró estimulación.
Entonces vuelve.
Y puede comenzar un ciclo:
deseo.
búsqueda.
estimulación.
placer.
culpa.
promesa.
tiempo.
nuevo deseo.
y nuevamente:
búsqueda.
La persona dice:
«Ésta será la última vez».
Borra.
Promete.
Se arrepiente.
Pasan algunos días.
Regresa el impulso.
Y vuelve.
Entonces comienza a preguntarse:
«¿Por qué no puedo dejar de hacer esto?»
El placer se convirtió en patrón.
El patrón en hábito.
Y el hábito puede convertirse en:
cadena.
La esclavitud sexual produce tormento psicológico
Aquí debemos comprender algo importante.
La consecuencia no termina cuando termina el acto.
Puede continuar durante horas.
Días.
Años.
Aparece culpa.
Vergüenza.
Secreto.
Miedo a ser descubierto.
Doble vida.
Pérdida de respeto por uno mismo.
Comparación.
Insatisfacción.
Sensación de pérdida de control.
La persona puede pensar:
«Si los demás supieran quién soy realmente…»
Y comienza a esconderse.
Qué interesante.
La historia vuelve nuevamente al Edén.
Adán pecó…
sintió vergüenza…
y:
se escondió.
Miles de años después, el mecanismo continúa funcionando.
Una persona puede amar a Dios.
Amar a su familia.
Desear hacer lo correcto.
Y al mismo tiempo vivir aterrorizada de que alguien descubra aquello que ocurre en secreto.
Entonces mantiene dos vidas.
La pública.
Y la privada.
Y sostener ambas puede convertirse en un enorme agotamiento emocional.
El placer promete satisfacción, pero puede aumentar el vacío
Ésta es otra de sus paradojas.
La persona busca una experiencia porque quiere sentirse bien.
La obtiene.
Experimenta satisfacción temporal.
Pero después necesita otra.
Entonces otra.
Y otra.
¿Por qué?
Porque el placer sexual nunca fue diseñado para responder todas las necesidades del alma humana.
No puede sustituir amor.
No puede sustituir identidad.
No puede sustituir propósito.
No puede sustituir pertenencia.
No puede sustituir intimidad emocional.
Y definitivamente:
no puede sustituir a Dios.
Cuando intentamos utilizarlo para llenar esos espacios, pedimos a la sexualidad algo que nunca fue creada para darnos.
Entonces consumimos más…
pero no necesariamente quedamos más satisfechos.
Podemos terminar:
más vacíos.
La comparación puede entrar incluso en el matrimonio
La sexualidad desordenada también puede destruir la capacidad de disfrutar aquello que realmente tenemos.
Cuando una persona alimenta constantemente su mente con otros cuerpos, otras escenas y otras fantasías, su esposo o su esposa puede comenzar a competir contra algo imposible.
Una persona real tiene días buenos y malos.
Envejece.
Cambia.
Se cansa.
Tiene emociones.
Necesita ser escuchada.
Necesita ser amada.
Una fantasía no exige nada.
Una imagen no necesita comprensión.
Una pantalla siempre puede ofrecer otra novedad.
Entonces el cerebro puede comenzar a comparar una relación humana verdadera con:
una fantasía diseñada únicamente para estimularlo.
Y algo creado para unir al matrimonio puede terminar introduciendo distancia precisamente:
dentro del matrimonio.
Cuando el sexo comienza a cobrarnos un precio
El deseo desordenado puede prometer placer sin mostrarnos primero la factura.
Pero la factura llega.
Matrimonios destruidos.
Confianza perdida.
Corazones heridos.
Hijos afectados por rupturas familiares.
Enfermedades transmitidas sexualmente.
Embarazos en circunstancias para las que nadie estaba preparado.
Personas utilizadas.
Dinero gastado compulsivamente.
Carreras dañadas.
Reputaciones destruidas.
Secretos.
Chantaje.
Celos.
Ansiedad.
Soledad.
Vergüenza.
Y algunas veces una persona arriesga prácticamente todo lo que ama por unos minutos de placer.
Su matrimonio.
Su familia.
Su ministerio.
Su reputación.
Su salud.
Su paz.
Entonces debemos preguntar:
¿Quién está gobernando a quién?
El imperio de la muerte convirtió un regalo en un mercado
Y nuestra sociedad descubrió algo:
el deseo sexual produce dinero.
Entonces comenzó a venderlo.
Cuerpos para vender productos.
Imágenes para obtener clics.
Pornografía como industria.
Personas como mercancía.
Prostitución.
Explotación.
Tráfico de seres humanos.
Negocios completos construidos alrededor de mantener a otras personas:
deseando.
Mientras más insatisfechas permanezcan, mejor para el negocio.
Porque una persona satisfecha puede marcharse.
Pero una persona esclavizada:
regresa.
Eso es exactamente lo contrario del Edén.
Dios creó sexualidad para la unión de personas.
El imperio de la muerte descubrió cómo convertirla en consumo de personas.
No culpemos a Dios por lo que nosotros distorsionamos
Y después de contemplar las consecuencias alguien puede decir:
«¿Por qué Dios creó algo tan peligroso?»
Pero ésa no es la pregunta correcta.
Dios no creó la pornografía.
Dios no creó la prostitución.
Dios no creó la infidelidad.
Dios no creó la explotación sexual.
Dios no creó la obsesión.
Dios no creó la vergüenza sexual.
Dios no creó seres humanos para convertirse en mercancía.
Dios creó:
«una sola carne».
Y añadió:
«no se avergonzaban».
Nosotros tomamos algo extraordinariamente hermoso…
lo sacamos de su diseño…
lo comercializamos…
lo convertimos en entretenimiento…
lo utilizamos para llenar vacíos que no podía llenar…
y después descubrimos que:
nos estaba esclavizando.
Al principio:
no fue así.
Cristo no vino a destruir nuestra sexualidad, sino a liberarla
Aquí aparece nuevamente la esperanza.
Jesucristo no vino para convertirnos en seres sin deseos.
Vino para devolver cada área de nuestra vida:
a su lugar correcto.
Pablo dijo:
«Todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna.»
1 Corintios 6:12, RVR1960
Ésa es una declaración extraordinaria de libertad:
«No me dejaré dominar».
Mi cuerpo no tiene que dominarme.
Una imagen no tiene que dominarme.
Un impulso no tiene que dominarme.
Una fantasía no tiene que dominarme.
Un hábito no tiene que dominarme.
Mi pasado no tiene que dominarme.
La sexualidad puede volver a ocupar su lugar:
yo no fui creado para servirle a ella.
Fue creada como parte de la vida que Dios me dio.
Podemos ser libres aquí y ahora
Y nuevamente, esto no es solamente una promesa para el cielo.
Pablo escribió:
«Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.»
Romanos 8:2, RVR1960
Observe:
«me ha librado».
Hay libertad disponible en Cristo.
Una persona que durante años ha dicho:
«No puedo dejarlo»
puede comenzar a decir:
«En Cristo ya no tengo que obedecerlo».
Puede romper secretos.
Puede buscar ayuda.
Puede renovar su mente.
Puede eliminar aquello que alimenta su esclavitud.
Puede aprender nuevamente a mirar personas como personas.
Puede reconstruir intimidad.
Puede recuperar confianza.
Puede sanar heridas.
Puede aprender dominio propio.
Puede descubrir que un impulso:
no es una orden.
Y puede volver a experimentar algo que El imperio de la muerte intentó quitarle:
libertad.
Jesús dijo:
«Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.»
Juan 8:36, RVR1960
Verdaderamente libres.
No libres para ser dominados por nuestros deseos.
Libres para decidir.
Libres para amar.
Libres para ser fieles.
Libres para mirar sin consumir.
Libres para disfrutar sin convertir el placer en dios.
Libres para vivir sin una doble vida.
Libres para dejar de escondernos.
Libres para volver a mirar nuestra sexualidad no como enemiga…
sino como algo que, colocado nuevamente bajo el gobierno de Dios, puede recuperar:
su diseño original.
El pecado tomó algo creado para unir…
y lo utilizó para dividir.
Tomó algo creado para producir intimidad…
y lo convirtió en consumo.
Tomó algo creado para disfrutarse…
y lo convirtió en esclavitud.
Ésa es la obra de El imperio de la muerte.
Pero Jesucristo vino a hacer exactamente lo contrario:
donde había esclavitud:
libertad.
Donde había vergüenza:
Donde había secreto:
verdad.
Donde había personas convertidas en objetos:
dignidad.
Donde había una mente dominada:
dominio propio.
Donde había un matrimonio herido:
posibilidad de sanidad.
Y donde alguien pensaba:
«Esto siempre me dominará»
Jesucristo continúa diciendo:
«Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres».
No solamente cuando lleguemos al cielo.
La libertad puede comenzar:
aquí y ahora.
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