19. El comienzo del imperio de la muerte

Dr. Elio M Rivera

  Después de la caída comenzó algo que Adán y Eva probablemente no alcanzaban todavía a comprender en toda su magnitud.

  Comenzó el mundo como nosotros lo conocemos hoy.

  Un mundo donde se muere.

  Un mundo donde enfermamos.

  Un mundo donde existe miedo.

  Un mundo donde el trabajo puede producir agotamiento, frustración y dolor.

  Un mundo donde un hermano puede levantar su mano contra otro hermano.

  Un mundo donde las familias se rompen.

  Un mundo donde existen guerras.

  Un mundo donde los hombres explotan, engañan, roban, lastiman y matan a otros hombres.

  Un mundo profundamente diferente del que encontramos en los primeros capítulos de Génesis.

  Y esto debe quedar perfectamente establecido:

  éste no era el plan original de Dios.

  Cuando Dios terminó su creación, la Escritura dice:

  «Era bueno en gran manera
  Génesis 1:31, RVR1960

  No encontramos todavía cementerios.

  No encontramos asesinatos.

  No encontramos ejércitos.

  No encontramos explotación.

  No encontramos niños abandonados.

  No encontramos odio entre hermanos.

  No encontramos al hombre huyendo de Dios.

  Todo eso aparece después.

  Por eso es un error mirar el mundo quebrantado que conocemos actualmente y decir:

  «Así lo hizo Dios.»

  No.

  La Biblia presenta otra historia.

  Dios creó.

  El hombre se rebeló.

  El pecado entró.

  Y con el pecado:

  entró la muerte.

  Pablo lo expresó claramente:

  «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte.»
Romanos 5:12, RVR1960

  A partir de ese momento comenzó lo que podríamos llamar el imperio de la muerte.

El mundo comenzó a quebrarse

  La primera consecuencia visible ya la hemos observado.

  Adán sintió miedo.

  Se escondió.

  La relación con Dios quedó herida.

  Después comenzó a romperse también la relación entre las personas.

  Adán culpó a Eva.

  Eva señaló a la serpiente.

  La armonía comenzó a desaparecer.

  Y poco tiempo después encontramos una de las escenas más terribles de Génesis.

  Caín mata a Abel.

  Génesis 4:8.

  Observe la velocidad con la que progresa la tragedia.

  En Génesis 2 encontramos a un hombre y una mujer viviendo sin vergüenza.

  En Génesis 3 aparece miedo.

  En Génesis 4 aparece asesinato.

  El pecado no se quedó junto al árbol.

  Comenzó a extenderse.

  La rebelión contra Dios pronto se convirtió en violencia contra el prójimo.

  Y eso es importantísimo para comprender el mundo actual.

  Mucho del dolor que experimenta la humanidad no lo produce Dios.

  Lo producimos nosotros.

  Un hombre asesina a otro.

  Otro roba.

  Otro viola.

  Otro engaña.

  Otro abandona a sus hijos.

  Otro inicia una guerra.

  Otro explota al débil.

  Otro abusa de su autoridad.

  Y después muchas veces levantamos nuestros ojos al cielo y preguntamos:

  «Dios, ¿por qué hiciste esto?»

  Cuando en innumerables ocasiones la pregunta debería ser:

  «Hombre, ¿qué has hecho?»

  Dios mismo preguntó a Caín:

  «¿Qué has hecho?»
  Génesis 4:10, RVR1960

  Esto cambia enormemente nuestra manera de contemplar la tragedia humana.

  Dios no empuñó el arma de Caín.

  Caín la levantó contra su hermano.

  Dios incluso le había advertido antes:

  «El pecado está a la puerta… mas tú debes enseñorearte de él.»
  Génesis 4:7, RVR1960

  Caín tuvo una elección.

  Y escogió mal.

  Desde entonces la humanidad ha repetido esa historia millones de veces.

  Por eso debemos tener cuidado de no atribuir a Dios toda la maldad que los seres humanos producimos con nuestras propias decisiones.

  Santiago dice:

  «Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie.»
  Santiago 1:13, RVR1960

  Y Juan declara:

  «Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.»
  1 Juan 1:5, RVR1960

  El hombre es responsable de sus decisiones.

  La guerra no deja de ser guerra porque el agresor diga que Dios la permitió.

  El abuso no deja de ser abuso.

  El asesinato no deja de ser asesinato.

  La mentira no deja de ser mentira.

  El pecado tiene autor humano cuando el hombre decide practicarlo.

  No debemos descargar sobre Dios la responsabilidad moral de lo que nosotros elegimos hacer.

  Pero la caída produjo todavía algo más.

  No solamente se corrompieron las relaciones humanas.

  La creación misma quedó afectada.

  Dios dijo a Adán que la tierra produciría espinos y cardos.

  Génesis 3:17–18.

  El trabajo que antes era parte de una vocación hermosa ahora estaría acompañado de cansancio, sudor y dificultad.

  «Con el sudor de tu rostro comerás el pan.»
  Génesis 3:19, RVR1960

  El problema no fue que el trabajo apareciera después del pecado.

  Adán ya trabajaba antes.

  Génesis 2:15.

  Lo que cambió fue la manera en que ese trabajo sería experimentado.

  Ahora habría resistencia.

  Frustración.

  Dolor.

  Agotamiento.

  Y finalmente:

  «Polvo eres, y al polvo volverás.»
  Génesis 3:19, RVR1960

  La muerte comenzó a gobernar la experiencia humana.

  Pablo llegaría a describirla como un poder que reinó sobre la humanidad.

  «Reinó la muerte.»
  Romanos 5:14, RVR1960

  Qué expresión tan terrible.

  La muerte comenzó a reinar.

  Y todo ser humano que ha vivido después de Adán ha sentido de alguna manera ese gobierno.

  Nacemos.

  Crecemos.

  Envejecemos.

  Perdemos personas.

  Nuestro cuerpo se deteriora.

  Y finalmente morimos.

  Éste no era el propósito original.

  La muerte es un intruso.

  La Biblia incluso la llama:

  «el postrer enemigo.»
  1 Corintios 15:26, RVR1960

  Si la muerte fuera simplemente una parte hermosa del plan original de Dios, sería extraño que la Escritura la llamara enemigo.

  No.

  La muerte pertenece al mundo que fue quebrantado por el pecado.

  Y Pablo amplía todavía más la imagen:

  «Toda la creación gime a una.»
  Romanos 8:22, RVR1960

  La creación gime.

  Nosotros gemimos.

  Algo no está funcionando como originalmente debía funcionar.

  Y eso explica por qué miramos nuestro mundo y sentimos que algo está mal.

  Porque algo realmente está mal.

  No estamos contemplando intacto el mundo que Dios declaró «bueno en gran manera».

  Estamos contemplando un mundo herido por la rebelión, el pecado y la muerte.

Nosotros también hemos contribuido a destruirlo

  Sería demasiado fácil culpar solamente a Adán.

  Adán abrió una puerta terrible.

  Pero nosotros hemos seguido caminando por el mismo camino.

  Pablo dice:

  «Todos pecaron.»
  Romanos 3:23, RVR1960

  Nosotros también mentimos.

  Nosotros también herimos.

  Nosotros también actuamos con egoísmo.

  Nosotros también hemos producido injusticias.

  Nosotros también podemos hacer sufrir a otros.

  Cada generación recibe un mundo quebrantado y, en muchas ocasiones, lo quebranta todavía más.

  Construimos armas más destructivas.

  Desarrollamos sistemas de explotación más sofisticados.

  Contaminamos.

  Destruimos.

  Acumulamos mientras otros carecen de lo indispensable.

  Traicionamos.

  Abandonamos.

  Usamos nuestra inteligencia para hacer el bien, pero también para perfeccionar la manera de hacer el mal.

  Y después preguntamos:

  «¿Dónde está Dios?»

  Es una pregunta legítima.

  Pero también necesitamos escuchar otra:

  «¿Dónde está el hombre?»

  ¿Qué hicimos con la autoridad que recibimos?

  ¿Qué hicimos con nuestro prójimo?

  ¿Qué hicimos con la Tierra?

  ¿Qué hicimos con nuestra libertad?

  No estoy diciendo que cada enfermedad, terremoto, accidente o tragedia sea producida directamente por una decisión individual de la persona que sufre.

  Sería cruel y bíblicamente incorrecto afirmar algo así.

  Jesús mismo rechazó la idea de que toda tragedia pueda explicarse diciendo que las víctimas eran peores pecadores que los demás.

  Lucas 13:1–5.

  Vivimos dentro de un orden completo afectado por la caída.

  Hay sufrimiento producido directamente por decisiones humanas.

  Hay sufrimiento relacionado con nuestra fragilidad corporal.

  Hay una creación que gime.

  Y existen circunstancias cuya causa inmediata quizá nunca comprendamos.

  Pero lo que no debemos hacer es mirar todo esto y concluir:

  «Así diseñó Dios la vida.»

  No.

  Ésta es precisamente una de las grandes verdades de Génesis:

  Dios no creó un mundo de tumbas.

  Nosotros abrimos la puerta a la muerte.

  Dios no creó al hombre para odiar.

  Nosotros aprendimos a odiarnos.

  Dios no creó familias para destruirse.

  Nosotros aprendimos a herirnos.

  Dios no creó al hombre para esclavizar a otro hombre.

  Nosotros inventamos la esclavitud.

  Dios no creó la mentira.

  Nosotros decidimos practicarla.

  Y ahora vivimos dentro de los resultados acumulados de miles de años de rebelión humana.

  Por eso este mundo no debe ser utilizado como la fotografía definitiva del carácter de Dios.

  Si queremos saber cómo era su diseño original, debemos mirar Génesis 1 y 2.

  Y si queremos saber hacia dónde quiere llevar finalmente la creación, debemos mirar Apocalipsis 21 y 22.

  Allí encontramos algo muy diferente.

  «Ya no habrá muerte.»
  Apocalipsis 21:4, RVR1960

  Eso significa que la muerte no pertenece al destino final que Dios está preparando.

  El mundo actual es temporal.

  El imperio de la muerte tiene fecha de vencimiento.

  Pero entonces surge una pregunta que ya hemos tratado ampliamente en otro capítulo:

  Si Dios aborrece todo esto, ¿por qué no lo detiene ahora mismo?

  La respuesta completa merece su propio estudio y ya la hemos desarrollado.

  Pero aquí quiero recordar brevemente algo.

  Dios está dando tiempo.

  No porque apruebe el mal.

  No porque no le importe.

  No porque sea indiferente a las víctimas.

  Sino porque todavía hay seres humanos que pueden arrepentirse.

  Pedro explica:

  «El Señor… es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca.»
  2 Pedro 3:9, RVR1960

  Cada día adicional de historia significa también un día adicional en el que alguien puede volver a Dios.

  Alguien puede arrepentirse.

  Alguien puede ser reconciliado.

  Alguien puede recibir vida.

  Pero paciencia no significa impunidad.

  Eso también debe quedar perfectamente claro.

  Dios es amor.

  Pero también es Juez.

  Dios es misericordioso.

  Pero también es justo.

  Dios da tiempo para arrepentimiento.

  Pero no ha declarado bueno aquello que es malo.

  El Salmo dice:

  «Dios es juez justo.»
  Salmos 7:11, RVR1960

  Y también declara que Dios ama la justicia.

  Salmos 11:7.

  La Biblia no presenta a Dios sonriendo ante la maldad.

  La aborrece.

  La confronta.

  La juzga.

  Y un día terminará definitivamente con ella.

  Por eso su paciencia actual nunca debe confundirse con aprobación.

  El hecho de que un asesino no caiga muerto inmediatamente después de cometer su crimen no significa que Dios aprobó el asesinato.

  El hecho de que una persona injusta prospere durante un tiempo no significa que la injusticia no será juzgada.

  El hecho de que una generación practique maldad sin recibir inmediatamente toda la consecuencia no significa que el Juez haya desaparecido.

  Pablo advierte que existe un día de:

  «ira y de la revelación del justo juicio de Dios
  Romanos 2:5, RVR1960

  Eso puede resultar incómodo.

  Pero también es una buena noticia para las víctimas.

  El mal no quedará sin respuesta para siempre.

  El abusador no tendrá la última palabra.

  El asesino no tendrá la última palabra.

  La injusticia no tendrá la última palabra.

  La muerte no tendrá la última palabra.

  Dios tendrá la última palabra.

¿Qué aprendemos de Dios aquí?

  Aprendemos que Dios no fue el autor del mundo quebrantado que conocemos actualmente.

  Su creación original fue:

  «buena en gran manera.»
  Génesis 1:31, RVR1960

  Aprendemos que Dios toma en serio nuestras decisiones.

  La libertad humana es real.

  Y nuestras acciones pueden producir consecuencias terribles.

  «Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.»
  Gálatas 6:7, RVR1960

  Aprendemos que Dios no es el autor del mal.

  «Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.»
  1 Juan 1:5, RVR1960

  Aprendemos que gran parte del sufrimiento humano es producido por seres humanos haciendo sufrir a otros seres humanos.

  Por eso Dios preguntó a Caín:

  «¿Qué has hecho?»
  Génesis 4:10, RVR1960

  La responsabilidad moral no desaparece simplemente porque Dios exista.

  Aprendemos que Dios es paciente.

  No termina inmediatamente con la historia porque todavía está dando oportunidad al arrepentimiento.

  «Es paciente… no queriendo que ninguno perezca.»
  2 Pedro 3:9, RVR1960

  Aprendemos que su paciencia no significa que tolere eternamente la maldad.

  «Dios es juez justo.»
  Salmos 7:11, RVR1960

  Aprendemos que Dios ama, pero también juzga.

  Su misericordia no convierte el mal en bien.

  Su amor no lo obliga a llamar inocente al culpable.

  Y su justicia significa que las víctimas no serán olvidadas.

  Finalmente, aprendemos que Dios no abandonará para siempre a la creación dentro de este estado.

  Pablo dice que la creación gime.

  Pero Apocalipsis muestra el final:

  «Ya no habrá muerte, ni habrá más llanto.»
  Apocalipsis 21:4, RVR1960

  El imperio de la muerte comenzó en Edén.

  Pero no terminará gobernando para siempre.

  El pecado entró.

  Pero será juzgado.

  La humanidad corrompió.

  Dios restaurará.

  El hombre produjo incontables lágrimas.

  Dios promete enjugarlas.

  La muerte comenzó a reinar.

  Cristo vino para destronarla.

  Y aquí nuevamente comenzamos a comprender por qué Jesucristo tendría que entrar en nuestra historia.

  Porque Dios no vino a rescatar al hombre del mundo que Él había diseñado.

  Vino a rescatarlo del mundo que el pecado había producido.

  No vino a destruir una creación perfecta.

  Vino a recuperar una creación quebrantada.

  No vino porque Él hubiera creado la tragedia.

  Vino porque nosotros quedamos atrapados dentro de ella.

  Y el Evangelio comienza a adquirir una dimensión mucho mayor:

  el mismo Dios cuya creación habíamos corrompido decidió venir a rescatarnos de aquello que nosotros mismos habíamos ayudado a destruir.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.