Dr. Elio M Rivera
Visto superficialmente, el relato puede parecer desproporcionado.
Una mujer toma un fruto.
Come.
Se lo entrega a su marido.
Él también come.
Y después aparecen vergüenza, miedo, separación, dolor, muerte y una humanidad entera viviendo las consecuencias.
Entonces surge una pregunta inevitable:

¿Todo esto ocurrió simplemente porque dos personas comieron una fruta?
Si ésa fuera toda la historia, las consecuencias parecerían difíciles de comprender.
Pero el fruto era solamente la manifestación exterior de algo muchísimo más profundo que ya estaba sucediendo en el corazón.
Había rebelión.
Había orgullo.
Había egoísmo.
Había rechazo de autoridad.
Había desconfianza.
Había una decisión acerca de quién tendría la última palabra.
Y finalmente había un intento de establecer una vida independiente del gobierno de Dios.
Por eso, para comprender Génesis 3, no debemos quedarnos mirando solamente el fruto.
Tenemos que preguntarnos qué significaba tomarlo.

El fruto era la firma de una declaración de independencia
Dios había creado al hombre.
Le había dado vida.
Le había preparado un mundo.
Le había entregado el huerto.
Le había dado alimento.
Le había dado compañía.
Le había dado propósito.
Le había dado autoridad.
Y sobre todo, había establecido una relación con él.
El modelo era extraordinariamente sencillo.
Dios era Rey.
El hombre gobernaba bajo su autoridad.
Dios había dicho:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree…»
Génesis 1:26, RVR1960
El hombre tenía autoridad.
Pero era autoridad delegada.
Podía gobernar la Tierra, pero no había creado la Tierra.
Podía administrar la vida, pero no era la fuente de la vida.
Podía tomar decisiones, pero seguía siendo criatura.
Dios continuaba siendo Dios.
Mientras Adán y Eva permanecieran dentro de ese orden, la relación era:
«Tú eres nuestro Dios. Nosotros somos tus criaturas. Tú eres la fuente. Nosotros dependemos de ti. Tú eres el Rey. Nosotros gobernamos bajo tu autoridad.»
Pero la serpiente presentó una alternativa.
«Seréis como Dios.»
Génesis 3:5, RVR1960
Ésta era mucho más que una invitación a probar un alimento.
Era la misma esencia de la rebelión que había aparecido anteriormente en Lucero.
Lucero había dicho:
«Seré semejante al Altísimo.»
Isaías 14:14, RVR1960
Ahora la serpiente decía al hombre:
«Seréis como Dios.»
El mensaje de fondo era:
No necesitan continuar dependiendo de Él.
No necesitan aceptar que Él determine lo que es bueno y lo que es malo.
No necesitan permitir que su palabra sea la autoridad final.
Pueden decidir por ustedes mismos.
Pueden gobernarse a ustedes mismos.
Pueden establecer sus propios criterios.
Pueden ser su propia autoridad.
Por eso el acto de tomar el fruto podía expresar algo muchísimo más profundo:
«Dios, ya no queremos que gobiernes nuestra vida.»
«No aceptamos que tú tengas la última palabra.»
«No necesitamos depender de ti.»
«Nosotros decidiremos qué es bueno y qué es malo.»
«Nosotros estableceremos nuestros límites.»
«Nosotros gobernaremos nuestra vida.»
«Somos suficientes.»
Ése era el verdadero horror de lo ocurrido.
No estaban rechazando simplemente una regla.
Estaban rechazando al Legislador.
No estaban rechazando solamente una instrucción.
Estaban rechazando la autoridad de quien la había dado.
No estaban escogiendo solamente un fruto.
Estaban escogiendo un gobierno.
Y entonces el fruto se convirtió en algo semejante a una firma.
La rebelión ya había sido propuesta.
La mentira había sido escuchada.
La concupiscencia había atraído.
La independencia había sido presentada.
Pero finalmente tenía que existir una acción que manifestara la decisión.
Tomar el fruto fue firmar con hechos aquello que el corazón había decidido.
Por eso Santiago describe el proceso diciendo que la concupiscencia, después de concebir:
«da a luz el pecado.»
Santiago 1:15, RVR1960
La mano extendiéndose hacia el fruto fue el momento en que algo interior se convirtió en una acción exterior.
Ya no era solamente una idea.
Ya no era solamente tentación.
Ya no era solamente concupiscencia.
Ahora había una acción.
Y la acción decía:
«Hemos escogido.»
Fue una rebelión contra el Rey
Existe una expresión que utilizamos cuando alguien que ha recibido confianza, posición o autoridad se vuelve contra aquel gobierno al que debía lealtad:
alta traición.
Dentro de la reconstrucción que hemos venido desarrollando, considero que esa expresión nos ayuda a comprender la gravedad de lo sucedido.
Adán no era un extraño.
Era el hombre a quien Dios había confiado responsabilidades sobre la Tierra.
Había recibido autoridad directamente del Creador.
Había recibido su comisión.
Había recibido su palabra.
Había experimentado su bondad.
Conocía su gobierno.
Y entonces utilizó precisamente la libertad y la autoridad que Dios le había dado para actuar contra quien se las había dado.
Eso es mucho más serio que comer algo prohibido.
Era rebelión contra el Rey.
Dios había dicho:
«Gobierna conmigo.»
La rebelión respondía:
«Gobernaré sin ti.»
Dios había dicho:
«Yo te mostraré el camino.»
La rebelión respondía:
«Yo determinaré mi propio camino.»
Dios había dicho:
«Confía en mi palabra.»
La rebelión respondía:
«Yo decidiré qué palabra creer.»
Dios había dicho:
«Yo soy la fuente de tu vida.»
La rebelión pretendía responder:
«Puedo vivir independientemente de ti.»
Y aquí encontramos el corazón del pecado.
El pecado no consiste solamente en hacer cosas malas.
En su raíz más profunda existe una declaración:
«Yo quiero gobernarme sin Dios.»
Por eso la rebelión de Lucero y la caída del hombre poseen una semejanza tan extraordinaria.
Lucero quiso levantar su propio trono.
Adán quiso ejercer su voluntad independientemente del trono de Dios.
Lucero quiso ser semejante al Altísimo.
Al hombre se le ofreció:
«Seréis como Dios.»
Lucero rechazó el lugar que Dios le había dado.
Adán y Eva rechazaron el límite que Dios había establecido.
En ambos casos encontramos la misma raíz:
la criatura intentando ocupar el lugar que solamente corresponde al Creador.
Pablo describiría posteriormente algo semejante en la humanidad:
«…no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias…»
Romanos 1:21, RVR1960
Ése es el problema fundamental.
Dios deja de ocupar el lugar de Dios en el corazón de la criatura.
Y cuando eso sucede, inevitablemente alguien ocupará ese lugar.
Generalmente:
nosotros mismos.
Yo decidiré.
Yo determinaré.
Yo estableceré.
Yo gobernaré.
Yo definiré.
Y aquí el orgullo y el egoísmo aparecen unidos.
El orgullo dice:
«Yo sé mejor que Dios.»
El egoísmo dice:
«Lo que yo quiero es más importante que lo que Dios quiere.»
La rebelión dice:
«No aceptaré su autoridad.»
Y la independencia dice:
«Puedo vivir sin Él.»
Todo eso podía estar contenido detrás de un acto aparentemente pequeño.
Comer.
Por eso la gravedad de un acto no siempre puede medirse por su apariencia exterior.
Una firma puede ser solamente unos cuantos trazos de tinta.
Pero esa firma puede declarar una guerra.
Puede transferir una propiedad.
Puede terminar una alianza.
Puede establecer un gobierno.
Puede comprometer a una nación.
El tamaño físico de la acción no determina el tamaño de lo que representa.
El fruto era pequeño.
La decisión era enorme.
Y había algo todavía más grave.
Adán no estaba tomando aquella decisión solamente como un individuo aislado.
Era cabeza de una humanidad que procedería de él.
Pablo explica:
«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre…»
Romanos 5:12, RVR1960
El pecado entró en el mundo.
La decisión de Adán abrió una puerta que afectaría a aquellos que vendrían después.
Pablo vuelve a decir:
«Por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores.»
Romanos 5:19, RVR1960
Ésta es una de las consecuencias más terribles de la autoridad y de la representación.
Las decisiones de quienes están al frente pueden afectar a quienes vienen detrás.
Nosotros no estuvimos físicamente junto al árbol.
No extendimos aquella primera mano.
No escuchamos personalmente aquella primera conversación.
Pero nacimos dentro del mundo que aquella rebelión ayudó a producir.
Adán nos arrastró con él.
La humanidad que debía nacer bajo un gobierno en comunión con Dios comenzó a nacer dentro de una humanidad separada, herida por el pecado y sometida a la muerte.
Pablo dice:
«…y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres.»
Romanos 5:12, RVR1960
Ahora podemos comprender por qué las consecuencias fueron tan grandes.
No fueron enormes porque Dios se enfureciera desproporcionadamente porque alguien había comido una fruta.
Fueron enormes porque la humanidad acababa de separarse de la fuente de la vida y rebelarse contra el gobierno bajo el cual había sido creada para vivir.
El problema no estaba principalmente en el fruto.
Estaba en aquello que el fruto manifestó.
Un cambio de lealtad.
Un rechazo de autoridad.
Una declaración de independencia.
Una rebelión contra el Rey.
Alta traición.
Y las consecuencias comenzaron inmediatamente.
Antes habían estado desnudos y no se avergonzaban.
Ahora se escondieron.
Antes disfrutaban la presencia de Dios.
Ahora tuvieron miedo.
Antes existía transparencia entre ellos.
Ahora aparecieron acusaciones.
Antes gobernaban bajo Dios.
Ahora habían abierto la puerta a otro gobierno.
Antes conocían la vida sin muerte.
Ahora la muerte había entrado en la historia humana.
La serpiente había prometido:
«No moriréis.»
Pero la historia comenzaría a demostrar quién había dicho la verdad.
Dios no les había prohibido el fruto porque temiera que el hombre alcanzara una vida superior.
Les había advertido porque sabía adónde conducía la independencia que Satanás les estaba ofreciendo.
El hombre dijo, en esencia:
«Podemos vivir sin ti.»
Y la historia humana se convertiría en la demostración de lo que ocurre cuando una criatura intenta hacerlo.
Guerras.
Violencia.
Egoísmo.
Dominación.
Injusticia.
Mentira.
Dolor.
Muerte.
No porque cada sufrimiento individual pueda atribuirse directamente a una decisión personal concreta, sino porque la humanidad comenzó a vivir dentro de un orden profundamente herido por el pecado.
La creación misma terminaría gimiendo.
Pablo dice que:
«toda la creación gime a una, y a una está con dolores…»
Romanos 8:22, RVR1960
La promesa de independencia parecía libertad.
Produjo esclavitud.
Parecía conocimiento.
Produjo vergüenza.
Parecía exaltación.
Produjo caída.
Parecía autonomía.
Produjo separación.
Prometía que no morirían.
Y la muerte entró en el mundo.
La historia comenzaría a comparar los dos gobiernos.
Y sus frutos hablarían.
¿Qué puedo aprender de Dios aquí?
Precisamente porque este capítulo describe una rebelión tan profunda, también nos permite observar con mayor claridad quién es Dios.
Aprendo que Dios es la fuente de la vida.
La muerte no demuestra que Dios fuera cruel al advertirles.
Demuestra que su advertencia era verdadera.
«Porque contigo está el manantial de la vida.»
Salmos 36:9, RVR1960
Separarse de la fuente de la vida nunca podía producir una vida superior.
Aprendo que Dios dice la verdad.
Dios había advertido que la desobediencia traería muerte.
Satanás dijo:
«No moriréis.»
Jesús diría acerca del Padre:
«Tu palabra es verdad.»
Juan 17:17, RVR1960
La historia demostraría quién había mentido.
Aprendo que los límites de Dios no son evidencia de falta de amor.
Dios no estaba reteniendo algo bueno por egoísmo.
La Escritura dice:
«No quitará el bien a los que andan en integridad.»
Salmos 84:11, RVR1960
Su límite protegía.
La serpiente consiguió que pareciera opresión.
Aprendo que Dios toma seriamente las decisiones humanas.
Había dado al hombre autoridad y libertad reales.
Cuando el hombre las utilizó contra Él, la decisión tuvo consecuencias reales.
Aprendo que Dios sigue siendo Rey aunque una criatura lo rechace.
La rebelión de Lucero no derribó su trono.
La rebelión de Adán tampoco.
«Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos.»
Salmos 103:19, RVR1960
El hombre podía rechazar su gobierno.
No podía dejar de hacer que Dios fuera Dios.
Aprendo que Dios había dado antes de pedir.
Vida.
Mundo.
Huerto.
Alimento.
Compañía.
Propósito.
Autoridad.
Comunión.
La rebelión no ocurrió frente a un Dios que nunca había demostrado su bondad.
Ocurrió rodeada de sus regalos.
«Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto.»
Santiago 1:17, RVR1960
Y entonces podemos mirar nuevamente aquel fruto.
Era solamente un fruto.
Pero tomarlo significaba muchísimo más.
«No queremos tu gobierno.»
«No aceptamos tu autoridad.»
«Nosotros determinaremos el bien y el mal.»
«Nosotros gobernaremos nuestra vida.»
«Podemos vivir independientemente de ti.»
Eso fue lo que hizo tan terrible aquella decisión.
No el tamaño del fruto.
El tamaño del rechazo.
No fue simplemente desobediencia alimenticia.
Fue rebelión.
No fue solamente romper una regla.
Fue rechazar un gobierno.
No fue simplemente extender una mano.
Fue cambiar de lealtad.
No fue solamente comer.
Fue alta traición.
Y nosotros nacimos dentro del mundo que aquella decisión produjo.
Pero aquí aparece algo que Satanás no había calculado completamente.
Adán había arrastrado a su descendencia hacia el pecado y la muerte.
Pero Dios no abandonaría a esa descendencia.
Pablo, precisamente después de explicar lo que ocurrió por medio de Adán, presenta a otro Hombre.
Si por la desobediencia de uno entraron pecado y muerte, por la obediencia de Otro vendrían justicia y vida.
«Así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.»
Romanos 5:19, RVR1960
El primer Adán dijo con sus acciones:
«Gobernaremos sin ti.»
Cristo vendría diciendo:
«No se haga mi voluntad, sino la tuya.»
Lucas 22:42, RVR1960
Uno escogió independencia.
El Otro obediencia.
Uno abrió la puerta al pecado.
El Otro vendría a vencerlo.
Uno introdujo muerte.
El Otro traería vida.
La alta traición de Adán afectó a toda su descendencia.
Pero la historia no terminaría con Adán.
Dios ya estaba preparando la respuesta.
Y esa respuesta nos mostraría algo todavía más sorprendente acerca de su carácter:
qué hace Dios cuando aquellos a quienes dio todo deciden rechazarlo.
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