11. Jesucristo tomó en serio su misión de enseñarnos

Dr. Elio M Rivera

El Hijo de Dios no vino solamente a entregar su vida, sino también a revelarnos al Padre y enseñarnos el camino de la verdad.

Introducción. Una misión más grande de lo que imaginamos

  Cuando preguntamos por qué Jesucristo vino al mundo, generalmente respondemos que vino a morir por nuestros pecados. Y esa respuesta es verdadera. Su sacrificio en la cruz ocupa un lugar central en el plan de redención.

  Pero existe otra dimensión de su misión que merece nuestra atención.

  Jesucristo también vino a enseñarnos.

  Durante aproximadamente tres años de ministerio público, recorrió ciudades y aldeas, habló en sinagogas, enseñó junto al mar, respondió preguntas, corrigió interpretaciones religiosas y explicó verdades que transformarían la historia humana.

  No dedicó aquellos años exclusivamente a realizar milagros.

  Una parte fundamental de su actividad consistió en comunicar la verdad de Dios.

  Y esto nos permite comprender mejor la importancia de los años que precedieron a su ministerio.

  Aquel que había crecido en sabiduría estaba a punto de convertirse en el Maestro cuyas palabras alcanzarían a generaciones enteras.

Jesús y su ministerio de enseñanza

1. No vino solamente a morir por nuestros pecados

  La muerte de Jesucristo fue esencial para nuestra salvación, pero los Evangelios muestran que su misión incluía mucho más.

  Él mismo declaró:

  «Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad». (Juan 18:37, RVR1960).

  Estas palabras fueron pronunciadas ante Poncio Pilato, cuando Jesús se encontraba próximo a la crucifixión.

  Incluso en aquel momento decisivo, identificó su misión con el testimonio de la verdad.

  Su muerte y sus enseñanzas no eran propósitos independientes.

  La cruz manifestaría el amor y la justicia de Dios; sus palabras habían revelado quién es Dios, qué exige del ser humano y cómo debe responder a su llamado.

  Si Jesús hubiera venido únicamente a morir, gran parte de su ministerio público resultaría difícil de explicar.

  ¿Por qué enseñar durante años? ¿Por qué dedicar tanto tiempo a formar discípulos? ¿Por qué responder preguntas acerca del perdón, la oración, el matrimonio, la justicia y la vida eterna?

  Porque su misión también consistía en revelar la verdad que los hombres necesitaban conocer.

2. El Hijo que vino a revelar al Padre

  Una de las declaraciones más extraordinarias de Jesús aparece en Juan 14:9:

  «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». (RVR1960).

  Jesucristo no vino solamente a transmitir información religiosa.

  Vino a revelar el carácter de Dios.

  Durante siglos, Israel había recibido la Ley, los Profetas y numerosas manifestaciones de la voluntad divina.

  Pero en Jesucristo, el Padre se dio a conocer de una manera incomparable.

  Cuando Jesús mostró misericordia hacia un pecador arrepentido, reveló algo del corazón de Dios.

  Cuando denunció la hipocresía religiosa, manifestó la santidad divina.

  Cuando recibió a los niños, atendió a los necesitados y se acercó a los despreciados, permitió contemplar el amor del Padre.

  Sus enseñanzas no eran solamente explicaciones acerca de Dios.

  Su propia vida mostraba cómo es Dios.

  Por eso, conocer a Jesucristo significa acercarnos al conocimiento del Padre.

3. El Reino de Dios: el mensaje que debía anunciar

  Marcos resume el comienzo de la predicación de Jesús con estas palabras:

  «El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio». (Marcos 1:15, RVR1960).

  El Reino de Dios ocupó un lugar central en su enseñanza.

  Jesús anunció el gobierno de Dios, llamó al arrepentimiento y explicó cómo debían vivir quienes respondieran a ese llamado.

  Sus parábolas mostraron diferentes aspectos del Reino.

  Lo comparó con una semilla, con un tesoro escondido, con una red y con otras realidades conocidas por sus oyentes.

  No utilizó esas imágenes simplemente para entretener.

  Cada comparación comunicaba una verdad espiritual.

  Cuando las multitudes buscaban a Jesús para impedir que se marchara, él respondió:

  «Es necesario que también a otras ciudades anuncie el evangelio del reino de Dios; porque para esto he sido enviado». (Lucas 4:43, RVR1960).

  La declaración es decisiva.

  Jesús consideraba el anuncio del Reino una responsabilidad inseparable de su misión.

4. Enseñanzas que alcanzaron todos los aspectos de la existencia

  La enseñanza de Jesucristo no quedó limitada a los rituales religiosos.

  Habló de asuntos que afectan profundamente la vida humana.

  Enseñó a perdonar a quienes nos ofenden, amar a nuestros enemigos, ayudar a los necesitados y tratar a los demás como deseamos ser tratados.

  Advirtió contra la codicia, la mentira, el orgullo y la hipocresía.

  Explicó la importancia de la fidelidad matrimonial, la sinceridad, la oración y la confianza en Dios.

  En el Sermón del Monte presentó principios que desafiaban las motivaciones más profundas del corazón.

  No se conformó con una obediencia exterior.

  Enseñó que la ira, la lujuria y las intenciones ocultas también poseen importancia moral.

  Su propósito era transformar la manera de pensar y vivir de las personas.

  Por eso, sus palabras continúan siendo relevantes mucho después de haber sido pronunciadas.

  No enseñó solamente para resolver las controversias religiosas de su generación.

  Enseñó verdades destinadas a orientar la vida de sus discípulos en todas las épocas.

5. Las Escrituras en el centro de su ministerio

  Jesús conocía profundamente la Ley, los Profetas y los Salmos.

  Pero lo extraordinario no era únicamente su capacidad para citarlos.

  Era la manera en que explicaba su verdadero significado.

  Cuando algunos intérpretes religiosos reducían los mandamientos a prácticas exteriores, Jesús mostraba sus implicaciones espirituales.

  Cuando se enfrentó a interpretaciones equivocadas, recurrió a las Escrituras para demostrar la verdad.

  Y cuando sus discípulos necesitaron comprender los acontecimientos relacionados con su muerte y resurrección, les explicó lo que estaba escrito acerca de él.

  Lucas 24:27 declara:

  «Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían». (RVR1960).

  Aquel conocimiento extraordinario no era un adorno intelectual.

  Era fundamental para su ministerio.

  El Maestro debía explicar fielmente la Palabra de Dios, descubrir los errores humanos y mostrar el cumplimiento de las promesas divinas.

  Su preparación tenía un propósito que trascendía cualquier reconocimiento académico.

6. Un Maestro que vivía lo que enseñaba

  Existe una diferencia fundamental entre conocer la verdad y vivir conforme a ella.

  Algunos maestros pueden enseñar principios que ellos mismos no practican.

  Jesucristo fue completamente diferente.

  En él no existía contradicción moral entre sus palabras y su conducta.

  Enseñó acerca del perdón y perdonó.

  Habló de servir a los demás y lavó los pies de sus discípulos.

  Predicó el amor hacia los enemigos y, durante su crucifixión, oró por quienes participaban en su muerte.

  Su vida confirmaba sus enseñanzas.

  Por eso pudo declarar:

  «Ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis». (Juan 13:15, RVR1960).

  Jesús no exigía a sus discípulos una obediencia que él mismo rechazara.

  Su autoridad moral nacía también de una vida perfectamente coherente con la voluntad del Padre.

  Aquello convertía su enseñanza en algo profundamente distinto de una simple exposición religiosa.

7. Una autoridad diferente de la de otros maestros

  Al terminar el Sermón del Monte, Mateo registra la reacción de las multitudes:

  «Porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas». (Mateo 7:29, RVR1960).

  Los oyentes percibían una diferencia.

  Los maestros judíos podían explicar las Escrituras recurriendo a interpretaciones recibidas y a la autoridad de otros maestros.

  Jesús, en cambio, hablaba con una autoridad singular.

  No se limitaba a transmitir una tradición interpretativa.

  Declaraba la voluntad de Dios con una seguridad que sorprendía a quienes lo escuchaban.

  Su autoridad no procedía simplemente de una formación superior.

  Estaba relacionada con su identidad como Hijo de Dios y con su comunión perfecta con el Padre.

  En Juan 7:16 declaró:

  «Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió». (RVR1960).

  Esta afirmación explica por qué su enseñanza poseía una autoridad incomparable.

  Jesús no presentaba opiniones personales para obtener prestigio.

  Comunicaba la verdad de aquel que lo había enviado.

8. Enseñó también mediante sus acciones

  No todas las lecciones de Jesús fueron pronunciadas desde una sinagoga o frente a una multitud.

  Algunas quedaron grabadas mediante acciones.

  Cuando tocó a un leproso, mostró misericordia hacia alguien que sufría exclusión.

  Cuando recibió a los niños, corrigió la actitud de quienes consideraban que su presencia era una molestia.

  Cuando lavó los pies de sus discípulos, enseñó humildad mediante un acto concreto de servicio.

  Y cuando soportó el sufrimiento sin abandonar la voluntad del Padre, manifestó una obediencia que ninguna explicación teórica habría podido sustituir.

  Jesús enseñaba con palabras, pero también con decisiones, gestos y ejemplos.

  Su ministerio fue una enseñanza viviente.

  Los discípulos no solamente escucharon sus discursos.

  Caminaron con él y observaron cómo respondía ante las necesidades humanas.

  Por eso, su formación como Maestro no puede separarse de la integridad de su carácter.

Conclusión. Una misión que merecía toda una vida de preparación

  La enseñanza no fue una actividad secundaria en la vida de Jesucristo.

  Fue una parte fundamental de la misión que recibió del Padre.

  Vino a revelar quién es Dios, anunciar su Reino, explicar las Escrituras y mostrar a los hombres cómo vivir conforme a la verdad.

  Sus palabras y sus acciones formaron una unidad perfecta.

  Y cuando llegó el momento de comenzar su ministerio, habló con una profundidad y una autoridad que asombraron a Israel.

  Ahora podemos comprender mejor la importancia de sus años anteriores.

  Jesús no se preparaba para obtener el reconocimiento de los hombres. Su vida humana avanzaba hacia una misión que incluía enseñar al mundo la verdad de Dios.

  La cruz fue esencial para nuestra redención, pero no debemos olvidar al Maestro que, antes de entregar su vida, dedicó su ministerio a mostrarnos el camino hacia el Padre.

  El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

  Y aquel que vino a salvarnos también vino a enseñarnos cómo conocer, amar y obedecer a Dios.

Para cerrar esta subserie, he dado al capítulo un enfoque especial: Jesucristo comprendía la enorme responsabilidad de enseñar la Palabra de Dios. No vino a transmitir opiniones, interpretaciones caprichosas ni errores humanos, sino la verdad que había recibido del Padre.

El capítulo tiene aproximadamente 1,200 palabras. Evité volver a desarrollar los temas de la familia, el trabajo y la educación, porque ya los hemos estudiado. Ahora nos concentraremos en la seriedad de su misión, su fidelidad a la verdad y el precio de prepararse para ser nuestro Maestro.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.