13. El viaje hacia Belén — La profecía estaba a punto de cumplirse

Dr. Elio M Rivera

Texto clave: Miqueas 5:2; Lucas 2:1-5

 Durante siglos, una pequeña población de Judá había permanecido ligada a una extraordinaria profecía. Su nombre era Belén. No era Roma, no era Jerusalén, no era una gran ciudad del mundo antiguo. Sin embargo, Dios había señalado aquel lugar mucho antes de que María recibiera la visita de Gabriel.

 El profeta Miqueas había escrito:

«Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.»
Miqueas 5:2, RVR1960

 La profecía era extraordinaria. Aquel que saldría de Belén entraría en la historia mediante un nacimiento, pero su existencia no comenzaría allí. Sus salidas eran «desde el principio, desde los días de la eternidad».

 Belén sería solamente el lugar de su nacimiento terrenal.

 Antes de Belén, Él ya era.

 Antes de María, Él ya era.

 Antes de David, Él ya era.

 Antes de Abraham, Él ya era.

 Antes de Adán, Él ya era.

 Ahora, sin embargo, había llegado el momento en que el Eterno entraría visiblemente en nuestra historia.

El viaje a belén, la profecía comienza a cumplirse

María estaba en Nazaret, pero la profecía señalaba a Belén

 Había un detalle que aparentemente no encajaba.

 María vivía en Nazaret de Galilea. Allí había llegado Gabriel. Allí había recibido el anuncio de que concebiría en su vientre y daría a luz un hijo. Allí comenzó el extraordinario cumplimiento de las palabras:

«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.»
Lucas 1:35, RVR1960

 El niño ya había sido concebido.

 Pero Miqueas había dicho Belén.

 Nazaret y Belén estaban separados por una distancia considerable. María no vivía en Belén. José tampoco estaba establecido allí.

 Entonces ocurrió algo que, visto solamente desde la perspectiva humana, parecía no tener ninguna relación con las antiguas profecías de Israel.

 Un emperador tomó una decisión.

«Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado.»
Lucas 2:1, RVR1960

 Augusto César gobernaba el Imperio romano. Desde su posición de poder podía ordenar censos, movilizar funcionarios y afectar la vida de pueblos enteros.

 Probablemente para Roma aquello era simplemente administración imperial.

 Pero había algo que César no sabía.

 Siglos antes de que él emitiera su decreto, Dios ya había mencionado a Belén.

Un decreto imperial puso en movimiento a José y María

 Lucas continúa:

«E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad. Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David; para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta.»
Lucas 2:3-5, RVR1960

 De pronto, José tenía una razón para viajar a Belén.

 No porque estuviera intentando cumplir una profecía.

 No porque hubiera decidido que el Mesías debía nacer allí.

 No porque María hubiera escogido aquella ciudad para dar a luz.

 Un decreto de Roma los puso en camino.

 Humanamente, César había dado una orden.

 Proféticamente, María se estaba acercando al lugar que había sido señalado siglos antes.

 Esta es una de las escenas más impresionantes que rodean la Encarnación. Un emperador sentado en su palacio podía pensar que estaba moviendo personas para cumplir los propósitos de Roma, mientras que, por encima de los acontecimientos humanos, la antigua palabra profética se acercaba a su cumplimiento.

 Roma tenía sus planes.

 Augusto tenía sus razones.

 José tenía que obedecer el decreto.

 María tenía que acompañarlo.

 Pero la Escritura ya había dicho:

 Belén.

El descendiente de David regresaba a la ciudad de David

 Había otra razón por la cual Belén era significativa.

 Lucas la llama «la ciudad de David».

 José pertenecía a la casa y familia de David. Y el ángel Gabriel ya le había dicho a María acerca de Jesús:

«Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre.»
Lucas 1:32, RVR1960

 Ahora la descendencia davídica, la promesa del reino y la profecía de Miqueas comenzaban a encontrarse en un mismo lugar.

 Belén.

 Allí había nacido David.

 Allí había comenzado la historia del joven pastor que posteriormente sería rey de Israel.

 Y hacia aquella misma población viajaba ahora una mujer embarazada que llevaba en su vientre al Rey cuyo reino no tendría fin.

 Pero había una diferencia inmensa.

 David comenzó su existencia en este mundo.

 Jesucristo no.

 El que iba a nacer en Belén era precisamente Aquel de quien Miqueas había dicho:

«Sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.»

El viaje no debió ser sencillo

 María estaba embarazada. Lucas no describe detalladamente las dificultades del viaje, por lo que debemos ser cuidadosos de no inventar aquello que la Biblia no dice.

 Pero sí podemos comprender algo evidente: trasladarse desde Galilea hasta Judea en aquellas condiciones representaba un esfuerzo considerable.

 Cada jornada los acercaba más a Belén.

 Y cada jornada acercaba también una profecía de siglos a su cumplimiento.

 Quizá quienes los encontraban en el camino solamente veían a un hombre y a una mujer embarazada.

 No podían imaginar quién viajaba con ellos.

 Dentro del vientre de María estaba Aquel de quien Gabriel había dicho:

 «Será grande.»

 «Será llamado Hijo del Altísimo.»

 «Reinará sobre la casa de Jacob para siempre.»

 «Su reino no tendrá fin.»

 El mundo todavía no lo había visto.

 Los habitantes de Belén todavía no sabían que venía.

 Los pastores todavía cuidaban sus rebaños sin haber escuchado el anuncio que cambiaría aquella noche.

 Pero Jesucristo ya estaba entre nosotros.

El Eterno viajaba hacia Belén

 Hay algo profundamente conmovedor en esta escena.

 El Creador había aceptado nuestra humanidad hasta el punto de pasar por el proceso de gestación dentro del vientre de una mujer.

 Aquel por quien fueron hechas todas las cosas no apareció simplemente en el mundo como un hombre adulto.

 Entró verdaderamente en nuestra experiencia humana.

 Juan lo expresaría posteriormente con unas palabras que resumen el misterio de la Encarnación:

«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros.»
Juan 1:14, RVR1960

 El Verbo ya se había hecho carne.

 Ahora viajaba hacia Belén.

 No iba sentado en un trono.

 No estaba rodeado de ejércitos.

 No avanzaba acompañado por una procesión real.

 Todavía estaba oculto dentro del vientre de María.

 Y, sin embargo, el Rey estaba llegando a su ciudad.

La profecía estaba a punto de cumplirse

 Desde Génesis, Dios había hablado de la simiente de la mujer.

 Isaías había anunciado que una virgen concebiría.

 Había declarado que un niño nos sería nacido y un hijo nos sería dado.

 Miqueas había señalado a Belén.

 Gabriel había anunciado a María que concebiría.

 El Espíritu Santo había venido sobre ella.

 José había recibido en sueños la confirmación de que lo engendrado en María era del Espíritu Santo.

 Juan, todavía en el vientre de Elisabet, había saltado ante la llegada de María.

 Y ahora César Augusto había promulgado un decreto que ponía a José y María en camino hacia la ciudad profetizada.

 Todo comenzaba a converger.

 La promesa.

 Las profecías.

 La casa de David.

 Nazaret.

 María.

 José.

 El decreto de Roma.

 Y Belén.

 Durante siglos se había anunciado que Él vendría.

 Durante meses había crecido silenciosamente dentro del vientre de María.

 Ahora María y José avanzaban hacia la ciudad de David.

 Belén estaba cada vez más cerca.

 Y también lo estaba la hora.

 Muy pronto María daría a luz.

 Muy pronto unos pastores mirarían hacia el cielo.

 Muy pronto una multitud de las huestes celestiales alabaría a Dios.

 Muy pronto el mundo podría contemplar con sus propios ojos al niño que Gabriel había anunciado.

 La profecía estaba a punto de convertirse en historia.

 Y finalmente, el Hijo del Altísimo estaba a punto de nacer en Belén.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.