Dr. Elio M Rivera
A lo largo de los capítulos anteriores ya hemos hablado varias veces del árbol.
Lo hemos mencionado al hablar de la libertad.
Lo hemos relacionado con el gobierno de Dios.
Lo hemos visto dentro de la tentación de Adán y Eva.
También hemos observado cómo alrededor de aquel árbol se enfrentaron dos palabras, dos propuestas y finalmente dos maneras completamente diferentes de entender a Dios.
Sin embargo, mientras avanzaba en esta investigación sentí la necesidad de detenerme y dedicarle un capítulo completo.
Porque el árbol es demasiado importante para dejarlo solamente como una parte secundaria de otros temas.
Si queremos comprender correctamente lo que sucedió en Edén y, sobre todo, si queremos seguir descubriendo cómo es Dios, necesitamos preguntarnos directamente:

¿Por qué puso Dios aquel árbol en el huerto?
Ahora el árbol adquiere muchísimo más significado.
Durante años se ha presentado casi como el gran problema del relato.
¿Por qué estaba allí?
Si Dios sabía lo que podía suceder, ¿por qué ponerlo?
¿Por qué colocar delante de Adán y Eva algo que no podían comer?
¿No habría sido más sencillo crear el huerto sin aquel árbol?
A primera vista, parecería que eliminando el árbol se habría eliminado también la posibilidad de la caída.
Pero después de todo lo que hemos estudiado acerca de Lucero, la libertad, el gobierno de Dios y la rebelión, comenzamos a comprender que el árbol no era una trampa.

El arbol del bien y del mal era la manifestación visible de una libertad real.
Dios había creado al hombre a su imagen.
Le había dado inteligencia.
Voluntad.
Capacidad de amar.
Capacidad de razonar.
Capacidad de decidir.
Y le había entregado autoridad sobre la Tierra.
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree…»
Génesis 1:26, RVR1960
Pero una pregunta permanecía inevitablemente delante de una criatura verdaderamente libre:
¿podía decirle que no a Dios?
Si la respuesta fuera no, entonces tendríamos que preguntarnos qué clase de libertad poseía realmente.
Si Adán solamente pudiera hacer aquello que Dios quería porque todas las demás opciones hubieran sido eliminadas, su obediencia sería inevitable.
No estaría escogiendo permanecer bajo el gobierno de Dios.
Simplemente no existiría otra posibilidad.
El árbol cambió eso.
Había en el huerto un lugar en el que la voluntad del hombre podía encontrarse directamente con la voluntad de Dios.
Dios había dicho:
«De todo árbol del huerto podrás comer.»
Génesis 2:16, RVR1960
Y después estableció un límite.
No era una prohibición en medio de escasez.
Era un límite en medio de abundancia.
Esto resulta importantísimo.
Dios no colocó a Adán delante de cientos de cosas prohibidas y una sola permitida.
Hizo exactamente lo contrario.
Le dio un mundo.
Un huerto.
Alimento.
Propósito.
Compañía.
Autoridad.
Comunión con Él.
Y dentro de toda aquella abundancia estableció un límite.
El árbol decía silenciosamente algo extraordinario:
«Puedes quedarte conmigo, pero no voy a obligarte.»
Podrás confiar en mi palabra.
O podrás desconfiar.
Podrás aceptar que Yo conozco lo que es bueno.
O podrás decidir que tú quieres establecerlo.
Podrás ejercer la autoridad que te he dado bajo mi gobierno.
O podrás intentar utilizar esa misma autoridad independientemente de mí.
El árbol convertía la libertad en una posibilidad real.
El árbol era una cuestión de gobierno
El nombre mismo del árbol resulta significativo:
«el árbol de la ciencia del bien y del mal»
Génesis 2:9, RVR1960
El problema nunca fue que Dios quisiera mantener a Adán y Eva en ignorancia moral.
Dios mismo les había enseñado lo que era bueno y lo que no debían hacer.
Ya tenían una instrucción moral antes de comer.
Sabían que Dios había dicho:
«Esto sí.»
«Esto no.»
Así que la cuestión no era simplemente obtener información acerca de la existencia del bien y del mal.
Había algo mucho más profundo.
¿Quién determinaría finalmente qué era bueno y qué era malo para ellos?
Mientras Adán permaneciera bajo el gobierno de Dios, reconocería:
«Dios es mi Creador.»
«Él conoce lo que yo no conozco.»
«Él determina los límites.»
«Yo ejerzo autoridad, pero bajo su autoridad.»
«Si no comprendo algo, confío en Él.»
Pero la propuesta de la serpiente conduciría precisamente en la dirección contraria.
«Seréis como Dios.»
Génesis 3:5, RVR1960
Es decir:
Ya no necesitarán recibir de Dios el criterio final.
Podrán decidir por ustedes mismos.
Podrán establecer su propia interpretación de lo bueno y lo malo.
Podrán vivir independientemente del gobierno del Creador.
Por eso el árbol estaba directamente relacionado con la controversia que había comenzado con Lucero.
Lucero había dicho:
El hombre ahora enfrentaría una pregunta semejante:
¿Permanecerás bajo el trono de Dios o intentarás establecer el tuyo?
Por eso comer el fruto no era simplemente romper una regla alimenticia.
El acto exterior manifestaría una decisión mucho más profunda.
«Yo decidiré.»
«Yo determinaré.»
«No necesito que Dios tenga la última palabra.»
El árbol era, por tanto, una frontera de gobierno.
De un lado estaba la autoridad delegada.
Del otro, la autonomía.
De un lado:
«Dios es Rey y yo gobierno bajo Él.»
Del otro:
«Yo seré la autoridad final para mí mismo.»
Y esto explica por qué el enemigo concentró su estrategia precisamente allí.
No necesitaba quitarle a Adán toda la creación.
Necesitaba conseguir que desconfiara de Dios en un solo punto.
Porque si conseguía que el hombre dijera:
«En esto Dios está equivocado y yo tengo razón»,
habría introducido el principio mismo de la rebelión.
El problema no era el tamaño del fruto.
Era el tamaño de la decisión.
Y aquí entendemos también por qué Dios no necesitaba llenar el Edén de pruebas.
Bastaba una.
Una sola frontera era suficiente para que la libertad pudiera expresarse.
Una sola posibilidad de obedecer o rebelarse.
Un solo lugar en el que Adán pudiera demostrar:
«Confío en Dios aunque tenga la posibilidad de hacer otra cosa.»
Esto es muy diferente de una trampa.
Una trampa está diseñada para hacer caer a alguien.
Pero Dios había hecho exactamente lo contrario.
Le había advertido.
Le había explicado la consecuencia.
Le había dado abundancia.
Y había colocado el límite claramente delante de él.
Dios no escondió el peligro.
Dijo:
«El día que de él comieres, ciertamente morirás.»
Génesis 2:17, RVR1960
La advertencia misma demuestra que Dios no estaba buscando la caída.
Estaba intentando evitarla.
Un padre que advierte a su hijo acerca de un peligro no está intentando producir el accidente.
Está tratando de protegerlo.
Dios había hablado.
El hombre sabía.
Y por eso la decisión tendría significado.
Sin una posibilidad de decir no, el sí pierde gran parte de su significado
Aquí llegamos a una cuestión todavía más profunda.
¿Por qué quería Dios que existiera una decisión?
Porque Dios no había creado máquinas.
Había creado personas.
Seres capaces de relacionarse con Él.
Jesús resumiría siglos después la relación con Dios de esta manera:
«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…»
Mateo 22:37, RVR1960
El amor implica entrega.
Confianza.
Respuesta.
Y una respuesta solamente es verdaderamente significativa cuando puede ser dada o rechazada.
Por eso el árbol no fue colocado allí porque Dios deseaba el pecado.
Fue colocado porque Dios había decidido dar al hombre algo extraordinariamente serio:
libertad real.
Una libertad que solamente pudiera decir sí no sería una libertad completa.
Adán podía permanecer.
Pero también podía irse.
Podía confiar.
Pero también podía desconfiar.
Podía aceptar el gobierno de Dios.
Pero también podía intentar independizarse.
Por eso el árbol decía silenciosamente:
«No te obligaré a permanecer conmigo.»
Y aquí podemos ver nuevamente el carácter de Dios.
Él tenía el poder suficiente para impedir físicamente cualquier desobediencia.
Podría haber creado al hombre incapaz de tocar el árbol.
Podría haber colocado una barrera infranqueable.
Podría haber eliminado cualquier posibilidad de rebelión.
Pero entonces la pregunta quedaría:
¿Adán permanecía con Dios porque lo había escogido o porque era incapaz de hacer otra cosa?
Dios había dado libertad.
Y ahora permitiría que esa libertad tuviera significado.
Eso no significa que la libertad estuviera libre de consecuencias.
Precisamente porque la decisión era real, las consecuencias también lo serían.
Dios había advertido acerca de ellas.
Libertad no significa que todas las decisiones produzcan el mismo resultado.
Una persona es libre de alejarse de una fuente de agua.
Pero no puede escoger alejarse indefinidamente del agua y al mismo tiempo exigir que su cuerpo continúe viviendo como si nunca se hubiera separado de ella.
Del mismo modo, Dios era la fuente de la vida.
David escribiría:
«Porque contigo está el manantial de la vida.»
Salmos 36:9, RVR1960
Separarse de Dios no podía producir más vida.
El árbol no contenía una maldición arbitraria colocada por un Dios irritable.
Representaba una decisión acerca de la relación con la fuente misma de la vida.
Dios estaba diciendo:
«Puedes escoger vivir bajo mi gobierno o intentar vivir separado de mí. Pero debes saber que separarte de la fuente de la vida tendrá consecuencias.»
Y aquí la mentira de Satanás adquiere toda su fuerza.
Dios dijo:
«Ciertamente morirás.»
Satanás respondió:
«No moriréis.»
El conflicto era ahora completamente visible.
Dos palabras.
Dos gobiernos.
Dos versiones de la realidad.
Dios decía:
«La vida está conmigo.»
El rebelde decía:
«Puedes separarte de Dios y no perder nada.»
El árbol se convirtió así en el lugar donde esas dos propuestas se encontraron.
Y el hombre tendría que decidir a quién creer.
Esto también explica por qué la tentación tenía que atacar primero el carácter de Dios.
Mientras Adán y Eva creyeran que Dios era bueno, el límite tendría sentido.
Aunque no comprendieran completamente todas sus razones, podrían pensar:
«Si Dios lo dijo, debe existir una razón buena.»
Pero si Satanás conseguía introducir la sospecha:
«Dios te está reteniendo algo bueno»
entonces el mismo árbol comenzaría a verse de otra manera.
Ya no como una oportunidad de confiar.
Sino como evidencia de que Dios estaba restringiéndolos.
Por eso la serpiente dijo:
«Sabe Dios…»
Génesis 3:5, RVR1960
La insinuación era terrible.
Dios sabe algo.
Y no quiere que ustedes lo tengan.
El problema ya no era el fruto.
Era la sospecha acerca del Padre.
Cuando la imagen de Dios cambió, también cambió la manera en que Eva contempló el árbol.
Y Génesis dice:
«Vio la mujer que el árbol era bueno para comer… y árbol codiciable…»
Génesis 3:6, RVR1960
Ahora aparece la concupiscencia.
El límite comenzó a parecer pérdida.
Aquello que Dios no había dado comenzó a parecer indispensable.
Pero todavía existía libertad.
Podía sentir el deseo y rechazarlo.
Podía experimentar la tentación y acudir a Dios.
Podía contemplar el árbol y no tomar.
La concupiscencia todavía no era la acción.
Santiago explica:
«La concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado.»
Santiago 1:15, RVR1960
Llegaría un momento en que la decisión tendría que manifestarse.
Y finalmente Eva tomó.
Adán también comió.
La libertad se había expresado.
El árbol había cumplido precisamente aquello que hacía posible su existencia:
manifestar una decisión real.
No porque Dios quisiera que escogieran mal.
Sino porque Dios había decidido que si permanecían con Él, no sería porque Él hubiera eliminado físicamente toda posibilidad de marcharse.
Podían decirle que no.
Y precisamente por eso su sí podía tener significado.
¿Qué puedo aprender de Dios aquí?
El árbol nos permite descubrir varias cosas extraordinarias acerca del carácter de Dios.
Aprendo que Dios no puso una trampa.
Una trampa esconde el peligro.
Dios hizo exactamente lo contrario: advirtió con claridad.
«El día que de él comieres, ciertamente morirás.»
Génesis 2:17, RVR1960
Aprendo que Dios es generoso.
Antes de señalar el único límite, había dicho:
«De todo árbol del huerto podrás comer.»
Génesis 2:16, RVR1960
La historia no comienza con prohibición.
Comienza con abundancia.
Aprendo que Dios desea una relación verdadera.
No creó seres incapaces de responder.
El mayor mandamiento habla precisamente de una respuesta del corazón:
«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón.»
Mateo 22:37, RVR1960
Aprendo que Dios respeta las decisiones que permite tomar.
A lo largo de la Escritura encontramos a Dios colocando elecciones delante del ser humano:
«Escoge, pues, la vida.»
Deuteronomio 30:19, RVR1960
Aprendo que Dios advierte porque quiere proteger.
Su límite no era egoísmo.
Era una advertencia acerca de aquello que ocurriría al separarse de la fuente de la vida.
«Porque contigo está el manantial de la vida.»
Salmos 36:9, RVR1960
Aprendo que Dios no necesita obligar para seguir siendo Dios.
Su trono no estaba en peligro porque una criatura pudiera rechazarlo.
«Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos.»
Salmos 103:19, RVR1960
Por eso ahora el árbol deja de parecer una pregunta incómoda colocada en medio del Edén.
Comienza a convertirse en una ventana hacia el carácter de Dios.
Dios dio abundantemente.
Dios estableció un límite.
Dios explicó la consecuencia.
Dios permitió decidir.
Dios no escondió el peligro.
Dios no obligó a permanecer.
El rebelde diría:
«Dios te está quitando algo.»
Pero el huerto entero decía:
«Dios te lo ha dado casi todo.»
El rebelde diría:
«Ese límite demuestra que Dios no quiere lo mejor para ti.»
Pero la advertencia decía:
«Dios conoce algo que tú todavía no puedes ver.»
El rebelde diría:
«Serás más libre si decides por ti mismo.»
Pero la historia estaba a punto de mostrar lo que realmente produce una vida separada de Dios.
El árbol no decía:
«Estoy esperando que falles.»
Decía:
«Eres verdaderamente libre.»
«Puedes confiar en mí.»
«Puedes permanecer bajo mi gobierno.»
«Pero no voy a obligarte.»
Y quizá ahí encontramos una de las expresiones más profundas del amor de Dios.
Dios quería que el hombre permaneciera.
Le advirtió que no se marchara.
Le había dado todas las razones para confiar.
Pero dejó abierta la posibilidad de decirle que no.
Porque un Dios que busca amor no necesita una creación de prisioneros.
Busca criaturas que, teniendo la posibilidad de alejarse, puedan mirarlo libremente y decir:
«Quiero permanecer contigo.»
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