Por el Dr. Elio M Rivera

  En algunos de los ríos más fríos del hemisferio norte comienza una historia que parece escrita alrededor de una pregunta imposible. Un pequeño salmón nace entre corrientes de agua dulce, crece durante una etapa de su vida y después abandona ese ambiente para dirigirse hacia el océano. Allí puede pasar años recorriendo enormes extensiones marinas. Sin embargo, cuando llega el momento de reproducirse, muchos salmones emprenden un viaje extraordinario de regreso hacia la región donde comenzó su vida.

  La hazaña plantea una pregunta fascinante: ¿cómo puede un pez abandonar un río, internarse en el océano y después encontrar nuevamente el camino hacia su lugar de origen? La respuesta involucra memoria olfativa, sensibilidad a señales ambientales, cambios fisiológicos y una extraordinaria capacidad de orientación.

  El salmón no depende de una sola pista. Su navegación parece utilizar distintas fuentes de información en diferentes etapas del viaje. En mar abierto pueden intervenir señales relacionadas con el campo magnético terrestre y otras características del ambiente. Cuando se aproxima a la costa y entra nuevamente en sistemas fluviales, el olfato adquiere una importancia extraordinaria.

El Salmón, ¿Cómo encuentra el camino después de años en el océano?

  El libro de Job invita al ser humano a observar las criaturas y aprender de ellas:

“Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán; a las aves de los cielos, y ellas te lo mostrarán.”
(Job 12:7)

  El salmón constituye una magnífica oportunidad para hacerlo. A primera vista parece simplemente un pez fuerte capaz de nadar contra la corriente. Pero detrás de su migración existe una coordinación de sentidos y procesos fisiológicos que continúa despertando el interés de los científicos.

  Durante sus primeras etapas, muchos salmones pasan tiempo en ríos y arroyos. Allí entran en contacto con una combinación particular de sustancias químicas disueltas en el agua. Cada sistema fluvial posee una especie de “firma química” formada por minerales, materia orgánica y otros compuestos presentes en su cuenca.

  El sistema olfativo del pez puede registrar parte de esa información durante una etapa crucial de su desarrollo.

El río deja una huella química

  Cuando el salmón juvenil todavía vive en agua dulce, su cerebro procesa las señales químicas presentes a su alrededor. Investigaciones han mostrado que determinadas especies desarrollan una fuerte memoria olfativa asociada con su río natal.

  Años después, cuando el adulto regresa desde el océano, esa memoria puede ayudarle a reconocer las aguas correctas.

  El principio resulta impresionante. Para nosotros, un río puede parecer simplemente agua que fluye entre rocas. Para el salmón contiene una combinación química que puede funcionar como una identidad.

  El pez no necesita leer un nombre escrito en una señal.

  El agua misma contiene información.

Una nariz extraordinariamente sensible

  El sistema olfativo del salmón está preparado para detectar sustancias en concentraciones muy bajas.

  El agua entra en contacto con estructuras sensoriales situadas en las cavidades olfativas, donde receptores especializados responden a moléculas específicas.

  Las señales viajan después hacia el cerebro.

  Cuando el pez se aproxima a regiones conocidas, determinadas combinaciones químicas pueden ayudarlo a seleccionar entre diferentes corrientes y afluentes.

  Este mecanismo resulta especialmente importante durante la última etapa del viaje, cuando pequeñas diferencias pueden determinar qué río debe seguir.

Pero primero tiene que encontrar el continente correcto

  El olfato por sí solo no explica toda la migración.

  En mar abierto, un salmón puede encontrarse demasiado lejos como para detectar directamente las sustancias de su río natal.

  Necesita otras referencias.

  Los científicos han encontrado evidencias de que los salmones pueden utilizar información relacionada con el campo magnético terrestre durante sus desplazamientos oceánicos.

  Nuestro planeta posee un campo magnético con características que cambian según la ubicación. Intensidad e inclinación pueden proporcionar una especie de mapa físico.

  El salmón parece ser capaz de detectar parte de esa información.

Un mapa que nosotros no podemos sentir

  Los seres humanos necesitamos una brújula para detectar fácilmente la dirección magnética.

  El salmón posee mecanismos sensoriales que le permiten responder a señales que para nosotros pasan inadvertidas.

  Esto no significa que lleve dentro una brújula semejante a un instrumento mecánico. Significa que su sistema sensorial puede utilizar propiedades del campo magnético como una fuente adicional de orientación.

  Durante la travesía oceánica, esta capacidad puede ayudarlo a mantener rutas generales y aproximarse nuevamente a regiones costeras asociadas con su origen.

  Cuando llega suficientemente cerca, otras señales adquieren mayor importancia.

Navegación por etapas

  Una manera útil de comprender el viaje del salmón es imaginar un sistema de navegación que cambia conforme se aproxima al destino.

  En mar abierto necesita referencias a gran escala.

  Cerca de la costa puede utilizar características ambientales regionales.

  Dentro de los ríos, el olfato proporciona señales mucho más específicas.

  Cada sistema actúa donde resulta más útil.

  Una señal química local no serviría en mitad del océano. Un mapa magnético general no bastaría para distinguir entre dos pequeños afluentes separados por poca distancia.

  La precisión aparece cuando diferentes sentidos trabajan en distintas escalas.

Antes de salir al mar, el cuerpo también debe cambiar

  La migración no consiste únicamente en saber hacia dónde nadar.

  El salmón enfrenta otro desafío enorme: pasar de agua dulce a agua salada.

  Las condiciones químicas de ambos ambientes son muy diferentes.

  En agua dulce, el pez tiende a ganar agua y perder sales. En el océano ocurre lo contrario: el ambiente salino favorece la pérdida de agua corporal y la entrada de sales.

  Para sobrevivir, el organismo debe modificar la manera en que regula agua e iones.

  Este proceso exige cambios en branquias, riñones, intestino y sistemas hormonales.

Las branquias hacen mucho más que respirar

  Normalmente pensamos en las branquias únicamente como órganos respiratorios.

  Sin embargo, también desempeñan un papel fundamental en el equilibrio de sales.

  Células especializadas de las branquias pueden modificar su actividad según el ambiente donde se encuentre el pez.

  Durante la transición hacia el agua de mar, aumentan mecanismos que permiten eliminar determinadas sales que entran en exceso.

  Cuando el salmón regresa al agua dulce, esos sistemas vuelven a modificarse.

  La misma estructura necesita funcionar de manera distinta según el lugar donde vive.

Un cuerpo capaz de vivir en dos mundos

  Este cambio fisiológico recibe el nombre de smoltificación en determinadas etapas juveniles del salmón.

  Hormonas, enzimas y proteínas transportadoras modifican su actividad para preparar al pez antes de entrar al océano.

  No basta con nadar desde un río hasta el mar.

  El organismo completo necesita estar preparado para un ambiente químicamente distinto.

  Años después ocurre otro reajuste cuando el adulto comienza su regreso hacia el agua dulce.

  La migración es, por tanto, geográfica y fisiológica al mismo tiempo.

El salmón, su viaje de regreso puede ser agotador

  Cuando el salmón adulto entra nuevamente en un río, comienza una etapa físicamente exigente.

  Debe nadar contra la corriente, superar rápidos y recorrer grandes distancias.

  En algunos sistemas fluviales puede incluso saltar obstáculos y ascender por zonas donde el flujo del agua es intenso.

  La energía necesaria es enorme.

  Durante esta etapa, diferentes especies pueden reducir o incluso suspender casi por completo la alimentación.

  El viaje depende entonces principalmente de las reservas energéticas acumuladas anteriormente.

Músculos, corazón y respiración trabajan al límite

  Nadar río arriba exige un esfuerzo sostenido.

  Los músculos necesitan producir energía constantemente.

  Las branquias deben extraer oxígeno del agua.

  El corazón distribuye ese oxígeno hacia los tejidos activos.

  Las reservas de grasa y otras fuentes energéticas comienzan a utilizarse.

  La migración no depende solamente de orientación.

  También requiere resistencia fisiológica.

  Un pez que conoce el camino pero carece de energía suficiente no podría completar el viaje.

La corriente que intenta detenerlo también le da información

  Dentro del río, el movimiento del agua puede proporcionar otra referencia importante.

  Los salmones muestran respuestas relacionadas con la dirección de la corriente y utilizan el flujo para orientarse río arriba.

  La percepción del movimiento del agua permite mantener una trayectoria adecuada.

  Una vez más aparece una combinación de señales.

  Olfato, corriente, memoria y orientación trabajan conjuntamente durante las últimas etapas del viaje.

El salmón, un pez capaz de regresar a su lugar natal

Regresar no significa solamente volver al mismo río

  En muchas poblaciones existe una notable fidelidad al lugar natal.

  Numerosos adultos regresan no solamente a la misma región, sino a sistemas fluviales muy específicos y, en algunos casos, a tributarios cercanos a donde comenzaron su vida.

  No todos regresan exactamente al punto de nacimiento, pero la precisión general resulta extraordinaria.

  Esta fidelidad explica por qué poblaciones distintas pueden estar asociadas con cuencas particulares.

  El río de origen forma parte de la historia del pez.

El último esfuerzo: reproducirse

  Cuando finalmente alcanza las zonas de reproducción, el salmón ha completado un viaje extraordinario.

  Las hembras buscan lugares apropiados del lecho del río donde el agua fluya y exista grava adecuada.

  Con movimientos de la cola pueden formar depresiones conocidas como nidos o redds.

  Allí depositan los huevos, mientras los machos liberan esperma para fecundarlos.

  Posteriormente la hembra puede mover nuevamente grava para ayudar a cubrirlos.

  La nueva generación comienza su existencia precisamente en el ambiente hacia el cual los adultos realizaron toda la migración.

Un ciclo marcado por el sacrificio

  En muchas especies de salmón del Pacífico, los adultos mueren después de reproducirse.

  El organismo ha invertido enormes cantidades de energía en la migración y reproducción.

  Sus cuerpos permanecen entonces dentro del ecosistema del río y pueden convertirse en alimento para otros animales y fuente de nutrientes para el ambiente.

  Osos, aves, pequeños mamíferos, insectos y microorganismos pueden aprovechar esos recursos.

  La vida de un pez termina contribuyendo de distintas maneras al sistema donde comenzará la siguiente generación.

El río también recibe algo del océano

  Existe un aspecto ecológico fascinante en esta historia.

  Los salmones crecen en el océano y acumulan nutrientes obtenidos allí.

  Cuando regresan a los ríos, transportan parte de esos nutrientes hacia ecosistemas de agua dulce y bosques cercanos.

  Los restos de salmones consumidos por depredadores pueden quedar distribuidos incluso fuera del cauce.

  Así, un animal que viaja entre dos ambientes también conecta nutricionalmente ambos mundos.

  El océano llega de alguna manera al bosque a través del salmón.

El viaje comienza mucho antes de regresar

  Para comprender realmente la migración debemos regresar al principio.

  El pequeño pez que crece en el río necesita registrar información del ambiente antes de marcharse.

  Su organismo cambia para tolerar agua salada.

  Después pasa años en el océano.

  Cuando llega el momento de regresar, utiliza señales de gran escala para aproximarse a la costa y posteriormente la memoria olfativa ayuda a encontrar aguas específicas.

  La navegación final depende de información adquirida mucho tiempo antes.

  El camino de regreso comenzó a prepararse cuando el pez todavía no había partido.

Cuando la memoria está asociada con un olor

  Los seres humanos relacionamos recuerdos con imágenes, lugares, sonidos e incluso aromas.

  En el salmón, la memoria química posee un papel especialmente importante.

  El olor de un sistema fluvial no significa una sola molécula. Es una combinación de señales presentes en el agua.

  El cerebro necesita reconocer un patrón.

  Esta capacidad demuestra que la memoria no pertenece únicamente a animales con grandes cerebros.

  Puede aparecer como parte de sistemas especializados para resolver problemas concretos de supervivencia y reproducción.

Una ruta sin caminos visibles

  Cuando contemplamos un mapa podemos seguir carreteras, fronteras y nombres.

  El salmón no dispone de nada semejante.

  El océano no contiene letreros.

  Los ríos se dividen en numerosos afluentes.

  Las corrientes cambian y las condiciones ambientales varían.

  Sin embargo, el pez posee sentidos capaces de extraer información de señales que nosotros difícilmente utilizaríamos.

  Para nuestros ojos, el agua puede parecer uniforme.

  Para el salmón contiene dirección, química y memoria.

Una pequeña criatura resolviendo un enorme problema de navegación

  El libro de Job declara:

“¿Quién puso la sabiduría en el corazón? ¿O quién dio al espíritu inteligencia?”
(Job 38:36)

  El salmón proporciona una magnífica oportunidad para reflexionar sobre esa pregunta.

  La ciencia puede estudiar receptores olfativos, realizar experimentos con campos magnéticos, seguir peces mediante transmisores y analizar los cambios fisiológicos que permiten pasar de agua dulce a agua salada.

  Cada investigación revela una parte del mecanismo.

  Pero cuando reunimos todas esas partes aparece algo mucho más impresionante: un organismo capaz de cambiar de ambiente, recorrer enormes distancias, orientarse mediante señales diferentes y regresar a la región donde comenzó su vida.

El camino de regreso

  El salmista escribió:

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  La Biblia no pretende explicar el magnetismo terrestre, la memoria olfativa del salmón ni los mecanismos hormonales que regulan el equilibrio de sales. Estas preguntas corresponden a la fisiología, la zoología, la neurobiología y la física.

  Las Escrituras nos invitan, sin embargo, a observar la creación y reconocer la sabiduría presente en ella.

  El salmón constituye un magnífico ejemplo. Nace en agua dulce, memoriza señales químicas de su entorno, modifica su fisiología para entrar en el océano y pasa allí una parte importante de su vida. Años después comienza un viaje en dirección contraria.

  En mar abierto puede utilizar información relacionada con el campo magnético. Cerca de la costa aparecen nuevas referencias. Finalmente, cuando encuentra las aguas correctas, su extraordinario sistema olfativo comienza a reconocer la firma química de los ríos.

  Afluente tras afluente, continúa avanzando.

  Nada contra la corriente.

  Utiliza sus reservas.

  Y finalmente llega a una región asociada con el lugar donde todo comenzó.

  Desde la perspectiva bíblica, conocer estos mecanismos aumenta nuestra admiración. El salmón nos recuerda que el mundo natural está lleno de señales invisibles para nosotros, pero perfectamente útiles para otras criaturas. En un océano sin caminos y un río sin letreros, este extraordinario pez encuentra el camino de regreso mediante una combinación de memoria, sentidos y fisiología que nos permite contemplar otra hermosa manifestación de la sabiduría del Creador.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

Organizaciones y recursos científicos

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Por el Dr. Elio M Rivera

  En los arrecifes tropicales ocurre diariamente una escena que parece desafiar el sentido común. Entre los tentáculos de una anémona marina, estructuras capaces de inmovilizar pequeños animales mediante células urticantes, nada tranquilamente un pez de colores brillantes. Entra entre los tentáculos, roza su cuerpo contra ellos, desaparece durante unos instantes y vuelve a salir sin sufrir el destino que tendría gran parte de los pequeños peces que intentaran hacer lo mismo.

  Se trata del pez payaso, perteneciente a los géneros Amphiprion y Premnas. Su relación con determinadas anémonas constituye uno de los ejemplos más conocidos de cooperación entre organismos marinos. El pez encuentra allí un refugio extraordinariamente eficaz frente a muchos depredadores, mientras que la anémona también puede obtener beneficios de la presencia de su pequeño compañero.

  Lo fascinante no es solamente que ambos animales vivan juntos. La anémona continúa siendo peligrosa. Sus tentáculos conservan miles de células especializadas capaces de disparar diminutas estructuras urticantes. Sin embargo, el pez payaso posee características en la superficie de su cuerpo y comportamientos que le permiten vivir precisamente donde otros peces encontrarían peligro.

El pez payaso, una casa construida con tentáculos

  El libro de Job invita al ser humano a observar las criaturas:

“Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán.”
(Job 12:7)

  Una anémona ocupada por peces payaso proporciona una magnífica oportunidad para hacerlo.

  A simple vista podría confundirse una anémona con una planta. Sin embargo, es un animal perteneciente al grupo de los cnidarios, relacionado con corales y medusas.

  Alrededor de su boca posee numerosos tentáculos utilizados para capturar alimento y defenderse.

  Cada tentáculo contiene células conocidas como cnidocitos.

Una de las armas microscópicas del océano

  Dentro de muchos cnidocitos existen estructuras llamadas nematocistos.

  Podemos imaginarlas, de manera simplificada, como diminutas cápsulas que contienen un filamento enrollado.

  Cuando determinados estímulos activan el sistema, el filamento puede dispararse con enorme rapidez.

  La estructura penetra o se adhiere al organismo que ha entrado en contacto con el tentáculo y puede liberar sustancias tóxicas.

  Todo ocurre en una escala microscópica y en un tiempo extraordinariamente breve.

  Para un pequeño pez, atravesar repetidamente un bosque de estos tentáculos parecería una decisión peligrosa.

  Sin embargo, el pez payaso lo hace todos los días.

El pez payaso, ¿Por qué no lo ataca la anémona?

  Esta pregunta ha fascinado durante décadas a los investigadores.

  Una parte importante de la respuesta parece encontrarse en la capa de mucosidad que cubre la piel del pez y en las características químicas de esa superficie.

  Todos los peces poseen mucosidad protectora, pero en los peces payaso su composición y la manera en que interactúa con la anémona parecen ayudar a evitar la activación masiva de los nematocistos.

  El mecanismo completo puede variar entre especies y continúa siendo investigado. No parece correcto reducirlo simplemente a que “el pez es inmune al veneno”.

  La relación es más sofisticada.

  En gran medida, el pez evita provocar el disparo que sufrirían otros animales.

La mucosidad se convierte en protección

  Una película extremadamente fina puede marcar la diferencia entre seguridad y peligro.

  La mucosidad recubre las escamas y forma una interfaz entre el cuerpo del pez y los tentáculos.

  Su composición química puede disminuir las señales que provocarían una respuesta urticante de la anémona.

  Algunas investigaciones indican además que el contacto progresivo con la anémona puede contribuir a modificar las características químicas de esa capa superficial.

  Una estructura que normalmente relacionamos simplemente con la protección de la piel participa así en una relación extraordinaria entre dos animales.

El primer encuentro requiere precaución

  Un pez payaso no necesariamente se introduce de manera brusca en cualquier anémona.

  Cuando establece contacto con un hospedador apropiado puede realizar movimientos cuidadosos, tocando progresivamente los tentáculos con diferentes partes del cuerpo.

  Este proceso de aclimatación ayuda a establecer la relación.

  Después puede nadar libremente entre los tentáculos y utilizar la anémona como refugio.

  Lo que inicialmente requiere cautela termina convirtiéndose en parte de su vida cotidiana.

No cualquier anémona sirve

  Existen numerosas especies de anémonas marinas, pero los peces payaso mantienen asociaciones naturales con un grupo relativamente limitado de ellas.

  Además, determinadas especies de pez payaso muestran preferencias por ciertos hospedadores.

  Esto significa que la relación posee cierto grado de especificidad.

  El pez necesita reconocer un ambiente apropiado y establecer allí su territorio.

  Encontrar una anémona puede significar encontrar casa, refugio, lugar de reproducción y protección en una sola estructura.

Un refugio que los depredadores prefieren evitar

  Cuando aparece una amenaza, el pez payaso puede refugiarse rápidamente entre los tentáculos.

  Un depredador que intente perseguirlo debe acercarse a una estructura equipada con miles de células urticantes.

  Esto cambia completamente las condiciones de la persecución.

  El pez no necesita ser más fuerte que el depredador.

  Tampoco necesita ser siempre más rápido.

  Necesita alcanzar su refugio.

  La defensa de otra criatura se convierte indirectamente en su propia defensa.

Pero la anémona también recibe beneficios

  La relación no funciona únicamente en una dirección.

  Los peces payaso pueden beneficiar a la anémona de diferentes maneras.

  Sus movimientos entre los tentáculos aumentan la circulación de agua alrededor del animal. Esto puede favorecer el intercambio gaseoso, especialmente durante determinadas condiciones ambientales.

  Los peces también producen desechos nitrogenados que pueden aportar nutrientes al pequeño ecosistema asociado con la anémona.

  Restos de alimento pueden igualmente quedar disponibles.

  Una criatura obtiene refugio.

  La otra recibe movimiento de agua, nutrientes y otros posibles beneficios.

Un pequeño pez puede defender a una anémona

  Resulta todavía más interesante que los peces payaso pueden enfrentarse a ciertos animales que intentan alimentarse de su hospedador.

  Algunos peces mariposa y otros organismos pueden consumir partes de anémonas.

  El pez payaso puede perseguirlos, intimidarlos o alejarlos.

  El pequeño residente se convierte entonces en defensor de la estructura que lo protege.

  La anémona protege al pez mediante sus tentáculos.

  El pez puede proteger a la anémona mediante su comportamiento.

  La relación adquiere así una notable reciprocidad.

Incluso el movimiento del pez puede ayudar

  Los tentáculos forman una estructura densa donde la circulación de agua puede disminuir en determinados momentos.

  Cuando el pez nada constantemente entre ellos produce pequeños movimientos y corrientes.

  Experimentos han mostrado que esta actividad puede aumentar la oxigenación alrededor de la anémona.

  Algo tan sencillo como nadar adquiere entonces una función adicional.

  El pez no necesita realizar conscientemente una tarea de mantenimiento.

  Su actividad normal produce un beneficio físico para su hospedador.

Una pequeña comunidad dentro del arrecife

  Una anémona puede albergar más de un pez payaso.

  Dentro del grupo existe una organización social extraordinariamente definida.

  Generalmente existe una hembra reproductora dominante, acompañada por un macho reproductor y otros individuos de menor tamaño.

  El tamaño corporal ayuda a mantener la jerarquía.

  Pero esta organización contiene una característica todavía más sorprendente.

Todos comienzan su vida como machos

  Los peces payaso poseen un sistema reproductivo conocido como hermafroditismo secuencial protándrico.

  En términos sencillos, los individuos maduros comienzan funcionalmente como machos y, bajo determinadas circunstancias sociales, uno puede transformarse posteriormente en hembra.

  La hembra dominante es normalmente el individuo más grande del grupo.

  Debajo de ella se encuentra el macho reproductor.

  Si la hembra desaparece, ocurre algo extraordinario.

  El macho dominante puede comenzar una transformación fisiológica y convertirse en la nueva hembra reproductora.

Cuando cambia la estructura del grupo

  La desaparición de la hembra produce cambios hormonales y fisiológicos en el macho dominante.

  Su tejido reproductivo se reorganiza progresivamente hasta funcionar como ovario.

  Al mismo tiempo, otro individuo de la jerarquía puede madurar como macho reproductor.

  De esta manera, la pareja reproductiva puede restablecerse sin que necesariamente tenga que llegar inmediatamente una nueva hembra desde otro lugar.

  Esta característica resulta especialmente útil para animales que dependen estrechamente de un hospedador fijo y no recorren continuamente grandes distancias buscando pareja.

La reproducción ocurre junto al refugio

  Cuando llega el momento de reproducirse, la pareja prepara una superficie sólida cerca de la anémona.

  Puede limpiar una roca y retirar pequeños materiales.

  La hembra deposita allí numerosos huevos, que quedan adheridos al sustrato.

  Después el macho los fecunda.

  La ubicación no es accidental.

  La nueva generación comienza su desarrollo muy cerca del refugio que protege a los adultos.

El pez payaso, el padre que cuida los huevos

  Después de la puesta, el macho desempeña un papel importante.

  Permanece cerca de los huevos, los inspecciona y utiliza sus aletas para mover agua sobre ellos.

  Este movimiento favorece la oxigenación.

  También puede retirar huevos dañados o muertos, disminuyendo problemas para los demás.

  El cuidado continúa durante varios días hasta que las pequeñas larvas están preparadas para salir.

  Una criatura conocida principalmente por sus colores revela también una notable conducta paternal.

Después comienza una etapa completamente diferente

  Cuando las larvas salen de los huevos, inicialmente viven alejadas del fondo y forman parte del ambiente planctónico.

  Más adelante deberán encontrar condiciones apropiadas para establecerse en el arrecife.

  Y entonces aparece otro problema extraordinario.

  Necesitan encontrar una anémona hospedadora.

  Una estructura que puede parecer pequeña dentro de la inmensidad del océano debe ser localizada por un pez diminuto.

Encontrar una casa utilizando los sentidos

  Las investigaciones indican que señales químicas y otras características ambientales pueden participar en la localización del hábitat apropiado.

  El pequeño pez no busca simplemente cualquier objeto donde esconderse.

  Necesita establecer una relación con un hospedador compatible.

  Cuando lo encuentra, comienza nuevamente el proceso de aclimatación.

  Una nueva generación entra entre los tentáculos y la asociación continúa.

Dos criaturas completamente diferentes

  Lo que hace especialmente hermosa esta relación es que los dos organismos son profundamente distintos.

  Uno es un pez vertebrado con cerebro, columna vertebral, branquias, aletas y sistema circulatorio cerrado.

  El otro es un cnidario de anatomía radicalmente diferente, sin huesos ni cerebro semejante al de un vertebrado.

  Sin embargo, sus vidas pueden quedar estrechamente relacionadas.

  No necesitan parecerse para beneficiarse mutuamente.

La cooperación también forma parte de la naturaleza

  Cuando pensamos en la vida silvestre solemos imaginar competencia.

  Depredadores persiguiendo presas.

  Animales luchando por territorio.

  Organismos compitiendo por alimento.

  Todo eso existe.

  Pero la naturaleza también contiene innumerables relaciones de cooperación.

  El pez payaso y la anémona constituyen un magnífico ejemplo.

  La presencia de uno puede mejorar las condiciones de vida del otro.

Cuando el peligro se convierte en hogar

  Tal vez la característica más sorprendente de esta historia continúe siendo la primera.

  El pez vive precisamente donde muchos otros peces no podrían permanecer con seguridad.

  Los tentáculos que representan peligro para otros se convierten en sus paredes protectoras.

  La mucosidad de su piel, su comportamiento y la compatibilidad con determinadas anémonas permiten que ese lugar sea utilizado como refugio.

  Lo que para uno es amenaza, para otro puede convertirse en hogar.

Una relación que depende de muchas piezas

  Para que esta asociación funcione deben coincidir numerosos elementos.

  La anémona necesita conservar su capacidad defensiva.

  El pez necesita evitar una descarga perjudicial de nematocistos.

  La superficie corporal debe mantener condiciones apropiadas.

  El comportamiento de aclimatación debe permitir establecer contacto.

  El pez debe reconocer hospedadores adecuados.

  Después, su actividad puede beneficiar a la anémona.

  Ninguno de estos elementos aislados explica toda la relación.

  La maravilla aparece al contemplarlos juntos.

Una pequeña alianza dentro de un enorme océano

  El salmista escribió:

“He allí el grande y anchuroso mar, en donde se mueven seres innumerables, seres pequeños y grandes.”
(Salmo 104:25)

  Entre esos seres innumerables encontramos dos criaturas que parecen completamente diferentes, pero cuyas vidas pueden quedar profundamente conectadas.

  La Biblia no pretende describir los nematocistos de una anémona, analizar la composición química de la mucosidad del pez payaso ni explicar los mecanismos hormonales relacionados con su reproducción. Estas preguntas corresponden a la zoología, la fisiología y la ecología.

  Las Escrituras nos invitan, sin embargo, a contemplar la creación y reconocer la sabiduría manifestada en ella:

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  El pez payaso y la anémona constituyen una magnífica oportunidad para hacerlo. Una criatura proporciona refugio mediante tentáculos capaces de defenderse. La otra nada entre ellos sin sufrir normalmente sus efectos, mueve el agua alrededor de su hospedador, aporta nutrientes y puede incluso ayudar a defenderlo.

  Dos organismos diferentes.

  Dos formas de vida completamente distintas.

  Y, sin embargo, una relación en la que ambos pueden obtener beneficios.

  Desde la perspectiva bíblica, conocer estos mecanismos aumenta nuestra admiración. El pez payaso nos recuerda que la sabiduría del Creador no se manifiesta solamente en cada criatura considerada individualmente, sino también en las sorprendentes relaciones que existen entre ellas. En medio de un inmenso arrecife, un pequeño pez y una anémona nos muestran que la vida también puede sostenerse mediante cooperación, protección y beneficio mutuo.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

Organizaciones y recursos científicos

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Por el Dr. Elio M Rivera

  En las aguas turbias de ríos y llanuras inundables de Sudamérica vive un pez capaz de producir algo que normalmente asociamos con cables, baterías y aparatos electrónicos: electricidad. Su cuerpo alargado recuerda al de una anguila verdadera, pero pertenece a un grupo diferente de peces. Lo extraordinario se encuentra en una serie de órganos especializados capaces de generar descargas eléctricas con diferentes intensidades y funciones.

  Las llamadas anguilas eléctricas pertenecen al género Electrophorus. Pueden utilizar señales eléctricas débiles para explorar el ambiente y comunicarse, mientras que descargas mucho más intensas participan en la defensa y en la captura de presas. Su cuerpo contiene miles de células especializadas llamadas electrocitos, organizadas de tal manera que pequeñas diferencias eléctricas producidas por cada una pueden sumarse hasta generar una descarga mucho mayor.

  No estamos frente a un pez que simplemente “guarda electricidad”. Su organismo produce, controla y utiliza impulsos eléctricos mediante estructuras biológicas extraordinariamente organizadas. Una señal que comienza en células individuales puede convertirse en una poderosa descarga cuando miles de ellas trabajan simultáneamente.

La anguila, una batería construida con células vivas

  El salmista escribió:

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  La anguila eléctrica constituye una magnífica oportunidad para contemplar esa sabiduría. Para comprender su capacidad es necesario mirar más allá de la apariencia externa y estudiar lo que ocurre dentro de su cuerpo.

  Los electrocitos son células modificadas capaces de generar diferencias de voltaje entre un lado y otro de su membrana. Cada célula produce solamente una pequeña cantidad de potencial eléctrico, pero miles de electrocitos están organizados en series semejantes, de manera simplificada, a las celdas de una batería.

  Cuando se activan simultáneamente, sus pequeños voltajes se suman.

  El resultado puede ser una descarga considerable.

La electricidad ya existe dentro de las células

  La capacidad del pez parece extraordinaria, pero parte de ella se basa en un principio que también está presente en nuestro propio organismo.

  Las células nerviosas y musculares funcionan mediante diferencias de concentración de iones a ambos lados de sus membranas. Sodio, potasio y otras partículas cargadas participan en la generación de señales eléctricas.

  Cuando una neurona transmite un impulso, se producen cambios rápidos en el movimiento de estos iones.

  En la anguila eléctrica, células especializadas aprovechan principios semejantes, pero se encuentran organizadas para producir un resultado muy diferente.

  En lugar de utilizar toda esa actividad únicamente para comunicación interna, el animal puede generar un campo eléctrico que se extiende hacia el agua que lo rodea.

Miles de pequeñas fuentes trabajando juntas

  Un electrocito individual no produciría una descarga impresionante.

  El secreto se encuentra en la cantidad y en la disposición.

  Miles de estas células están colocadas de forma ordenada dentro de órganos eléctricos que ocupan una gran parte del cuerpo del pez.

  Cuando el sistema nervioso envía la señal apropiada, numerosas células se activan casi al mismo tiempo.

  Podemos compararlo con una serie de pequeñas baterías conectadas de manera que sus voltajes se suman.

  Una unidad aislada produce poco.

  Miles organizadas producen mucho.

  La potencia surge de la coordinación.

Varios órganos eléctricos, varias funciones

  La anguila eléctrica posee distintos órganos especializados relacionados con la producción de electricidad.

  Entre ellos se encuentran el órgano principal, el órgano de Hunter y el órgano de Sachs, aunque la organización puede variar entre las especies reconocidas dentro del género.

  Estas estructuras permiten generar señales de diferente intensidad.

  Las descargas débiles pueden utilizarse repetidamente sin producir los mismos efectos que las de alta potencia.

  Las fuertes se reservan para situaciones donde el animal necesita incapacitar una presa o responder ante una amenaza.

  El mismo principio eléctrico puede utilizarse con diferentes niveles de intensidad según la necesidad.

Ver sin depender únicamente de los ojos

  Las aguas donde viven estos peces pueden ser turbias, oscuras y llenas de vegetación.

  La visión tiene limitaciones en esas condiciones.

  La anguila eléctrica puede emitir pequeñas señales eléctricas que generan un campo alrededor de su cuerpo.

  Cuando un objeto entra en ese campo, modifica ligeramente su distribución.

  Receptores especializados presentes en la piel detectan esas alteraciones.

  De esta manera, el pez obtiene información acerca de aquello que lo rodea.

  El sistema se conoce como electrolocalización.

Un mundo eléctrico invisible para nosotros

  Si colocáramos nuestra mano cerca del pez sin instrumentos apropiados, no podríamos visualizar el campo eléctrico débil que utiliza para explorar.

  Sin embargo, para la anguila ese campo contiene información.

  Un objeto conductor modifica la señal de una manera.

  Otro material puede producir una alteración diferente.

  El sistema nervioso recibe esos cambios y ayuda al pez a interpretar la presencia y posición de objetos cercanos.

  El ambiente acuático posee así una dimensión sensorial que nosotros no experimentamos de manera natural.

Buscar alimento en aguas turbias

  La electrolocalización resulta especialmente útil durante la búsqueda de presas.

  Un pequeño pez escondido entre vegetación puede ser difícil de observar visualmente.

  Pero su cuerpo modifica el campo eléctrico.

  La anguila puede detectar esas alteraciones y aproximarse.

  No necesita depender exclusivamente de luz o transparencia del agua.

  El sistema eléctrico amplía la cantidad de información disponible.

La anguila, un pez que produce una descarga eléctrica para inmovilizar a sus presas

La descarga fuerte cambia completamente el encuentro

  Cuando una presa está suficientemente cerca, la anguila eléctrica puede producir una serie de descargas de alta intensidad.

  Estas señales atraviesan el agua y pueden interferir con el funcionamiento normal de nervios y músculos de otros animales.

  La presa puede sufrir contracciones musculares involuntarias y quedar temporalmente incapacitada.

  Esto permite que el pez la capture con mayor facilidad.

  La electricidad se convierte así en un mecanismo de caza.

Un pez que puede hacer contraer los músculos de otro animal

  Las investigaciones han demostrado algo especialmente sorprendente: las descargas de alta intensidad pueden activar directamente nervios motores de la presa.

  El resultado es una contracción involuntaria de los músculos.

  En cierto sentido, el pez utiliza electricidad externa para activar temporalmente el sistema neuromuscular de otro animal.

  Esto le permite obtener información y posteriormente inmovilizar a la presa.

  Una capacidad extraordinaria de control aparece sin contacto físico directo.

Una descarga para descubrir lo que está escondido

  Las anguilas eléctricas pueden utilizar pulsos breves de alta intensidad incluso antes del ataque principal.

  Estas descargas pueden provocar pequeños movimientos involuntarios en animales ocultos.

  Ese movimiento modifica el campo eléctrico y revela su posición.

  La estrategia resulta fascinante.

  Primero el pez envía una señal.

  La presa responde involuntariamente.

  El movimiento revela dónde está.

  Después puede comenzar el ataque.

  La electricidad funciona como detector y como arma.

Descargas organizadas en ráfagas

  La eficacia no depende solamente del voltaje de una descarga individual.

  La anguila puede producir secuencias rápidas de pulsos.

  Cuando estos impulsos alcanzan repetidamente el sistema nervioso de una presa, pueden provocar una contracción muscular intensa y sostenida.

  La frecuencia y el patrón de las descargas forman parte del comportamiento de caza.

  El sistema necesita controlar no solamente cuánta electricidad produce, sino también cuándo y con qué ritmo la produce.

Defenderse sin necesidad de morder primero

  La electricidad también proporciona un poderoso mecanismo defensivo.

  Cuando un animal grande amenaza a la anguila, una descarga intensa puede provocar dolor, contracciones musculares y una reacción inmediata de retirada.

  Esto permite defenderse sin depender exclusivamente de dientes, espinas o velocidad.

  La amenaza puede permanecer incluso a cierta distancia dentro del agua y aun así recibir la descarga.

  El entorno acuático se convierte en parte del sistema defensivo.

Incluso puede elevarse fuera del agua

  Se ha observado un comportamiento particularmente impresionante cuando una anguila eléctrica se siente amenazada por un objeto parcialmente fuera del agua.

  El pez puede elevar parte de su cuerpo y establecer contacto directo con la amenaza.

  Al hacerlo, puede aumentar la eficacia de la corriente eléctrica que atraviesa al objetivo.

  Esta conducta muestra que el animal no produce descargas de manera completamente automática.

  Puede modificar su posición corporal para aumentar el efecto defensivo.

¿Por qué no se electrocuta a sí misma?

  Esta pregunta surge inevitablemente.

  Si el pez produce voltajes tan elevados, ¿por qué no queda paralizado por su propia descarga?

  La respuesta es compleja y todavía se estudia en detalle.

  La anatomía del cuerpo, la disposición de los órganos eléctricos, la resistencia de diferentes tejidos y la distribución de la corriente ayudan a limitar los efectos sobre estructuras sensibles.

  Además, los órganos eléctricos están organizados principalmente en regiones corporales donde la corriente puede dirigirse hacia el ambiente exterior.

  Esto no significa que el pez sea completamente inmune a la electricidad. Significa que su organismo está preparado para producirla y utilizarla sin sufrir los efectos que experimentaría otro animal expuesto de la misma manera.

Un cerebro que debe controlar una enorme descarga

  La electricidad no puede activarse accidentalmente cada vez que el pez mueve un músculo.

  El sistema nervioso necesita controlar con precisión los órganos eléctricos.

  Neuronas especializadas envían señales hacia los electrocitos y coordinan su activación.

  Para producir una descarga intensa, enormes cantidades de células deben responder casi simultáneamente.

  Una diferencia de unos pocos milisegundos alteraría el resultado.

  La sincronización es fundamental.

El agua forma parte del circuito

  La capacidad de la anguila eléctrica depende también del medio donde vive.

  El agua contiene iones y puede conducir corriente eléctrica.

  Cuando el pez genera una diferencia de potencial, la corriente puede desplazarse a través del agua y atravesar objetos cercanos.

  Por eso la electricidad resulta particularmente útil en un ambiente acuático.

  El organismo y su entorno funcionan juntos dentro del mismo fenómeno físico.

No es realmente una anguila

  El nombre común puede producir confusión.

  Aunque su cuerpo alargado recuerda a una anguila, Electrophorus pertenece al grupo de los peces cuchillo sudamericanos y no a las anguilas verdaderas.

  Su forma corporal es adecuada para desplazarse lentamente entre aguas tranquilas, vegetación y fondos complejos.

  La larga aleta anal produce movimientos ondulatorios que permiten avanzar y retroceder con gran control sin necesitar flexionar todo el cuerpo de la misma manera que otros peces.

  Esta locomoción resulta especialmente útil mientras utiliza su sistema eléctrico para explorar.

La anguila, puede respirar aire además de utilizar branquias

  Las anguilas eléctricas viven con frecuencia en aguas donde la concentración de oxígeno puede ser baja.

  Poseen una característica adicional: necesitan subir periódicamente a la superficie y respirar aire atmosférico.

  La cavidad bucal posee tejidos altamente vascularizados capaces de participar en el intercambio gaseoso.

  El pez toma aire en la superficie y obtiene una parte muy importante de su oxígeno de esta manera.

  Un animal conocido por su electricidad posee además una estrategia respiratoria poco común.

Subir a respirar cambia su relación con el agua

  Esto significa que no puede permanecer indefinidamente sumergida.

  Aunque vive completamente asociada con ríos y zonas inundadas, debe regresar repetidamente a la superficie.

  Su comportamiento combina exploración eléctrica bajo el agua con respiración aérea.

  Dos sistemas extraordinarios funcionan dentro del mismo organismo.

Las señales débiles también sirven para comunicarse

  La electricidad no se utiliza únicamente para localizar objetos y atacar.

  Las anguilas eléctricas pueden producir señales de baja intensidad relacionadas con la comunicación.

  Características como frecuencia y patrón de los impulsos pueden proporcionar información a otros individuos.

  Un medio que para nosotros parece silencioso puede contener conversaciones eléctricas.

  No son sonidos.

  No son luces.

  Son cambios de potencial detectados por receptores especializados.

Una batería que puede recargarse continuamente

  La comparación con una batería resulta útil, pero tiene límites.

  Una batería artificial termina agotándose y necesita recargarse mediante una fuente externa.

  Los electrocitos forman parte de células vivas.

  Después de producir una descarga, las membranas utilizan procesos metabólicos para restablecer gradualmente las diferencias de concentración de iones necesarias para volver a funcionar.

  Esto requiere energía.

  La alimentación proporciona nutrientes.

  El metabolismo produce ATP.

  Bombas moleculares restablecen los gradientes iónicos.

  Y los electrocitos quedan nuevamente preparados.

  La batería está viva y participa activamente en su propia recuperación.

La energía eléctrica comienza como energía química

  La electricidad producida por la anguila no aparece de la nada.

  En última instancia procede de la energía química contenida en los alimentos.

  El metabolismo transforma esa energía y permite mantener los gradientes de iones a través de las membranas celulares.

  Cuando los electrocitos son activados, parte de esa energía potencial se convierte en energía eléctrica.

  Alimento, metabolismo, membranas celulares, sistema nervioso y órganos eléctricos forman así una cadena integrada.

Una extraordinaria combinación de física y biología

  El fenómeno puede estudiarse mediante electricidad, química, fisiología y neurobiología.

  Los voltajes pueden medirse.

  Las corrientes pueden registrarse.

  Los electrocitos pueden observarse microscópicamente.

  Los canales iónicos pueden estudiarse a nivel molecular.

  Cada nivel permite comprender una parte diferente del sistema.

  Pero la verdadera maravilla aparece cuando todos se contemplan juntos.

Cuando muchas pequeñas diferencias producen una gran descarga

  La anguila eléctrica muestra nuevamente un principio fascinante de la naturaleza.

  Un electrocito produce poco.

  Miles producen mucho.

  Una célula aislada no podría incapacitar una presa.

  Miles organizadas y activadas simultáneamente sí pueden hacerlo.

  La fuerza no procede únicamente de cada parte.

  Procede de la organización de todas ellas.

Una criatura capaz de percibir lo invisible

  El libro de Job declara:

“Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán.”
(Job 12:7)

  La anguila eléctrica tiene mucho que enseñarnos.

  Nos muestra que el ambiente contiene información que nuestros sentidos no perciben directamente. Un campo eléctrico débil puede revelar la presencia de un objeto. Una señal puede convertirse en comunicación. Una descarga intensa puede defender o capturar alimento.

  La Biblia no pretende describir potenciales de membrana, canales iónicos o circuitos eléctricos biológicos. Estas preguntas corresponden a la fisiología, la física, la neurobiología y la bioquímica.

  Las Escrituras nos invitan, sin embargo, a contemplar las criaturas y reconocer sabiduría en ellas.

Una batería viviente escondida bajo el agua

  El salmista escribió:

“Grandes son las obras de Jehová, buscadas de todos los que las quieren.”
(Salmo 111:2)

  La anguila eléctrica constituye una magnífica oportunidad para esa búsqueda.

  Dentro de su cuerpo existen miles de células especializadas organizadas como unidades eléctricas. El sistema nervioso puede activarlas con una precisión extraordinaria. Las descargas débiles permiten explorar y comunicarse, mientras las fuertes pueden revelar una presa escondida, paralizarla temporalmente o defender al animal frente a una amenaza.

  Al mismo tiempo, el pez necesita obtener energía, restaurar gradientes iónicos, respirar y mantener funcionando todos sus demás órganos.

  Nada ocurre de manera aislada.

  La electricidad es solamente la parte visible de una maquinaria mucho más compleja.

  Desde la perspectiva bíblica, conocer estos mecanismos aumenta nuestra admiración. La anguila eléctrica nos recuerda que la sabiduría del Creador puede manifestarse incluso en fenómenos que normalmente asociamos con la tecnología humana. Bajo el agua existe una criatura cuyas células producen electricidad, cuyo cerebro controla su intensidad y cuyo cuerpo convierte esa energía en una herramienta para percibir, comunicarse, defenderse y conseguir alimento.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

Organizaciones y recursos científicos

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Explora el museo la vida y obra de Jesucristo:

Por el Dr. Elio M rivera

  En los manglares, estuarios y llanuras intermareales de regiones tropicales vive un pez que parece desafiar una de las ideas más básicas que tenemos acerca de estos animales. En lugar de permanecer siempre sumergido, puede salir del agua, avanzar sobre el lodo, descansar durante un tiempo en la superficie e incluso defender allí su territorio.

  Se trata del pez saltarín del fango, conocido en inglés como mudskipper. Pertenece a varios géneros de la subfamilia Oxudercinae y posee una combinación extraordinaria de características anatómicas, fisiológicas y conductuales que le permiten utilizar tanto el agua como el ambiente húmedo de la zona intermareal.

  No se convierte en un animal terrestre ni puede vivir indefinidamente lejos del agua. Su supervivencia fuera de ella depende de condiciones muy específicas: la piel y otras superficies respiratorias deben mantenerse húmedas, la temperatura necesita permanecer dentro de ciertos límites y el pez debe regresar periódicamente a ambientes donde pueda conservar la humedad necesaria. Lo extraordinario es que un animal con branquias puede abandonar temporalmente el agua y continuar respirando, moviéndose y realizando actividades complejas.

El pez saltarín, cuando un pez sale del agua y continúa funcionando

  El salmista escribió:

“He allí el grande y anchuroso mar, en donde se mueven seres innumerables, seres pequeños y grandes.”
(Salmo 104:25)

  El pez saltarín del fango recuerda que la vida acuática puede adoptar formas mucho más variadas de lo que imaginamos. Su mundo se encuentra precisamente en la frontera entre dos ambientes: el agua y la tierra húmeda.

  Las zonas intermareales cambian continuamente. Durante la marea alta, el agua cubre extensas superficies. Cuando baja, aparecen lodos, charcos y pequeños canales. Para muchos peces, quedar atrapados fuera del agua sería peligroso. Para el mudskipper, esa condición forma parte normal de la vida diaria.

El primer gran problema: respirar fuera del agua

  Las branquias de los peces están diseñadas para realizar intercambio gaseoso en el agua. Sus delicadas láminas ofrecen una enorme superficie a través de la cual el oxígeno puede pasar hacia la sangre y el dióxido de carbono salir.

  Sin embargo, fuera del agua aparece una dificultad. Las estructuras branquiales pueden colapsar si pierden el soporte proporcionado por el líquido, reduciendo drásticamente el área disponible para respirar.

  El pez saltarín del fango posee cámaras branquiales que ayudan a mantener húmedas y funcionales estas estructuras durante cierto tiempo fuera del agua. Además, puede retener agua en esas cámaras, evitando que las branquias se sequen rápidamente.

  Pero no depende únicamente de ellas.

Respirar también mediante la piel

  La piel del pez saltarín participa de manera importante en el intercambio gaseoso.

  Está bien irrigada por vasos sanguíneos y debe mantenerse húmeda para que el oxígeno pueda difundirse a través de ella.

  También intervienen superficies de la boca y la garganta.

  Así, la respiración fuera del agua no depende de un solo órgano. Branquias, piel y revestimientos de la cavidad bucal participan conjuntamente.

  Este sistema explica por qué el animal necesita permanecer en lugares húmedos. Si la piel se seca demasiado, el intercambio gaseoso se vuelve mucho menos eficiente.

La humedad es indispensable

  A simple vista podría parecer que el pez ha conquistado la tierra.

  En realidad, lleva consigo parte del ambiente acuático.

  El lodo húmedo, las cámaras branquiales llenas de agua y la mucosidad de la piel ayudan a mantener las superficies respiratorias en condiciones adecuadas.

  El pez no ha dejado de depender del agua.

  Ha aprendido a administrarla mientras permanece temporalmente fuera de ella.

  Esta diferencia es fundamental.

Un pez que camina sin patas

  Cuando se desplaza sobre el lodo, el pez saltarín no utiliza patas verdaderas.

  Sus aletas pectorales son fuertes y están colocadas de manera que pueden participar en el apoyo y desplazamiento del cuerpo.

  El pez puede utilizarlas como puntos de empuje mientras realiza movimientos de torsión y flexión.

  El resultado es una locomoción sorprendente para un animal cuya anatomía básica sigue siendo la de un pez.

  No camina exactamente como un mamífero o un reptil.

  Utiliza sus propias estructuras de una manera completamente diferente.

El pez saltarín, saltar utilizando el cuerpo entero

  El nombre “saltarín” no es casual.

  Estos peces pueden realizar movimientos rápidos sobre el lodo, impulsándose mediante la musculatura del tronco y la cola.

  En determinadas situaciones arquean el cuerpo y liberan energía rápidamente, produciendo saltos que les permiten escapar, desplazarse o responder durante enfrentamientos territoriales.

  La misma musculatura utilizada para nadar adquiere otra función cuando el pez se encuentra fuera del agua.

  Una estructura corporal puede servir en dos ambientes diferentes.

Ojos que funcionan por encima de la superficie

  Los ojos son otra de sus características más llamativas.

  Se encuentran situados en la parte superior de la cabeza y pueden sobresalir considerablemente.

  Esta posición permite observar el ambiente mientras gran parte del cuerpo permanece cerca del lodo o parcialmente sumergido.

  Los ojos pueden moverse de manera relativamente independiente, proporcionando un amplio campo visual.

  Para un animal que necesita detectar depredadores, competidores y posibles parejas tanto en el agua como fuera de ella, esta capacidad resulta extremadamente útil.

Pero los ojos también necesitan mantenerse húmedos

  Un ojo expuesto al aire corre el riesgo de secarse.

  El mudskipper posee mecanismos que ayudan a mantener húmeda la superficie ocular.

  Puede retraer los ojos hacia cavidades llenas de líquido, humedeciéndolos periódicamente.

  Así, incluso la visión fuera del agua depende de conservar agua en el lugar apropiado.

  Respirar, ver y sobrevivir fuera del medio acuático conducen una y otra vez al mismo principio: la humedad debe ser cuidadosamente mantenida.

Comer sobre el lodo

  El pez saltarín también busca alimento fuera del agua.

  Puede consumir pequeños crustáceos, insectos, gusanos y otros organismos presentes en la zona intermareal. Algunas especies también consumen material vegetal o algas.

  Capturar una presa en el aire presenta problemas diferentes a hacerlo bajo el agua.

  Muchos peces dependen de la succión generada al abrir rápidamente la boca, un mecanismo que funciona muy bien cuando existe agua alrededor de la presa.

  Fuera del agua, la dinámica cambia.

  Los mudskippers utilizan movimientos de la boca y, en algunas especies, incluso pequeñas cantidades de agua retenidas en la cavidad bucal para ayudar a manipular y tragar el alimento.

Un pez que lleva agua en la boca para poder comer

  Este comportamiento resulta especialmente interesante.

  Algunas especies mantienen agua dentro de la boca cuando salen a alimentarse.

  Esa pequeña cantidad puede utilizarse durante la captura y manipulación de alimento sobre tierra húmeda.

  El pez crea temporalmente un pequeño ambiente acuático alrededor de la presa.

  Una vez más, no abandona completamente el agua.

  La transporta consigo.

Vivir donde la marea cambia todo

  El ambiente intermareal está sometido a cambios permanentes.

  Cuando sube la marea, el agua cubre el terreno. Horas después puede retirarse y dejar expuestas grandes extensiones de barro.

  Temperatura, salinidad y concentración de oxígeno también pueden variar.

  El pez saltarín debe responder continuamente a estas condiciones.

  Puede desplazarse hacia charcos, entrar en madrigueras o permanecer sobre superficies húmedas dependiendo del momento.

  Su comportamiento es parte fundamental de su fisiología.

El pez saltarín, construye sus madrigueras en el lodo

  Muchas especies excavan madrigueras.

  Estas estructuras pueden servir como refugio frente a depredadores, temperaturas extremas y pérdida excesiva de humedad.

  También pueden desempeñar funciones reproductivas.

  El pez utiliza la boca para retirar pequeñas cantidades de barro y transportarlas hacia el exterior.

  Poco a poco forma túneles y cámaras dentro del suelo húmedo.

  Un pez capaz de nadar también puede convertirse en constructor.

Una cámara donde puede existir aire bajo el lodo

  Algunas especies mantienen bolsas de aire dentro de determinadas regiones de sus madrigueras.

  Esto resulta especialmente importante durante la reproducción.

  Los huevos pueden quedar depositados en cámaras donde las condiciones gaseosas deben mantenerse dentro de ciertos límites.

  Los adultos pueden transportar aire desde la superficie hacia el interior de la madriguera.

  La conducta es extraordinaria: el pez literalmente lleva aire hacia un espacio subterráneo para modificar sus condiciones internas.

Transportar oxígeno hacia los huevos

  Cuando una madriguera permanece inundada o aislada del aire exterior, el oxígeno disponible puede disminuir.

  El macho de algunas especies puede subir hasta la superficie, tomar aire en la boca y después llevarlo hacia la cámara donde se encuentran los huevos.

  Repite este proceso numerosas veces.

  El resultado es una reserva de aire que permite mantener condiciones apropiadas para el desarrollo embrionario.

  La reproducción depende así de una combinación de excavación, transporte de aire y control del ambiente interno.

Defender un territorio fuera del agua

  Los mudskippers también pueden mostrar un comportamiento territorial muy marcado.

  Los machos defienden áreas donde se encuentran madrigueras y lugares apropiados para reproducirse.

  Durante los enfrentamientos levantan aletas, abren la boca, realizan movimientos rápidos e incluso saltan.

  Gran parte de esta actividad ocurre sobre el lodo.

  Un pez normalmente asociado con nadar se convierte en un animal que patrulla y defiende territorio en una superficie expuesta al aire.

Saltar también puede formar parte del cortejo

  En algunas especies, los machos realizan exhibiciones llamativas para atraer a las hembras.

  Pueden elevar el cuerpo, desplegar aletas y realizar saltos visibles.

  Estas demostraciones comunican información acerca del individuo y del territorio que controla.

  El movimiento fuera del agua no sirve únicamente para buscar alimento o escapar.

  También forma parte de la comunicación social.

El problema de eliminar desechos fuera del agua

  Los peces acuáticos eliminan normalmente gran parte del nitrógeno en forma de amoníaco, que puede difundirse hacia el agua circundante.

  Fuera del agua, ese mecanismo presenta dificultades.

  El amoníaco puede acumularse y resultar tóxico.

  Los peces saltarines poseen mecanismos fisiológicos y conductuales que les permiten manejar mejor este problema durante su permanencia fuera del agua. Pueden modificar rutas metabólicas, regular el transporte de sustancias y reducir la toxicidad del amoníaco.

  Salir del agua exige, por tanto, mucho más que respirar.

Todo el organismo debe adaptarse temporalmente

  La respiración debe funcionar.

  Los ojos necesitan mantenerse húmedos.

  La locomoción cambia.

  La alimentación se modifica.

  La eliminación de desechos enfrenta nuevas dificultades.

  La temperatura corporal responde de manera distinta.

  Y la reproducción puede desarrollarse dentro de madrigueras con condiciones especiales.

  Vivir temporalmente fuera del agua requiere que numerosos sistemas respondan simultáneamente.

La frontera entre agua y tierra se convierte en hogar

  Para nosotros, la costa puede representar simplemente el lugar donde termina el agua y comienza la tierra.

  Para el pez saltarín del fango, esa frontera es precisamente el centro de su vida.

  Utiliza los dos ambientes.

  Nada cuando el agua lo cubre.

  Se desplaza sobre el lodo cuando la marea baja.

  Respira mediante varias superficies.

  Excava en el suelo.

  Busca alimento y defiende territorio.

  Su hogar no pertenece completamente a un mundo ni al otro.

Cuando un pez demuestra que las categorías pueden sorprendernos

  Solemos definir a los animales mediante características sencillas.

  Las aves vuelan.

  Los peces nadan.

  Los mamíferos caminan.

  La naturaleza rápidamente demuestra que estas categorías pueden ser demasiado simples.

  Existen aves que no vuelan, mamíferos que pasan toda su vida en el océano y peces que pueden desplazarse fuera del agua.

  El mudskipper no deja de ser pez porque salga al lodo.

  Simplemente posee recursos que amplían aquello que puede hacer.

Una criatura que necesita llevar consigo su ambiente

  Tal vez uno de los aspectos más fascinantes de este animal sea que su capacidad para vivir fuera del agua continúa dependiendo del agua.

  Las branquias deben mantenerse húmedas.

  La piel necesita humedad.

  Los ojos se humedecen.

  La boca puede transportar agua para ayudar durante la alimentación.

  Las madrigueras conservan condiciones húmedas.

  El animal sale del medio acuático, pero nunca rompe completamente su relación con él.

  Lleva parte del agua consigo.

La ciencia detrás de un pez caminando sobre el lodo

  El libro de Job declara:

“Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán.”
(Job 12:7)

  El pez saltarín del fango constituye una magnífica respuesta a esa invitación.

  La ciencia puede estudiar su respiración cutánea, medir el intercambio gaseoso, analizar la mecánica de las aletas y observar cómo controla la química interna durante períodos fuera del agua.

  También puede investigar sus madrigueras, comportamiento territorial y reproducción.

  Lo que desde lejos parece simplemente un pez “caminando” sobre barro resulta ser un sistema biológico extraordinariamente complejo.

Cuando un pez sale del agua y continúa funcionando

  El salmista escribió:

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  La Biblia no pretende explicar la respiración cutánea del mudskipper, la regulación del amoníaco o la mecánica de sus aletas. Estas preguntas corresponden a la zoología, la fisiología y la biomecánica.

  Las Escrituras nos invitan, sin embargo, a contemplar la diversidad de la vida y reconocer la sabiduría presente en ella.

  El pez saltarín del fango constituye un magnífico ejemplo. Cuando baja la marea, no queda simplemente atrapado. Sus aletas participan en el desplazamiento sobre el barro, la piel y las superficies de la boca ayudan a obtener oxígeno, las cámaras branquiales conservan agua y sus ojos pueden explorar el ambiente situado por encima de la superficie.

  Después puede buscar alimento, defender su territorio, construir una madriguera y regresar nuevamente al agua cuando cambian las condiciones.

  Desde la perspectiva bíblica, conocer estos mecanismos aumenta nuestra admiración. El pez saltarín del fango nos recuerda que la sabiduría del Creador puede contemplarse precisamente en los límites entre ambientes. Allí donde el agua termina y comienza el lodo, existe un pequeño pez equipado para utilizar ambos mundos sin dejar de depender cuidadosamente de aquello que mantiene viva cada una de sus células: el agua.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

Organizaciones y recursos científicos

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Por el Dr. Elio M Rivera

  A cientos y, en algunos casos, miles de metros bajo la superficie del océano existe un mundo donde la luz del Sol ya no alcanza. La oscuridad es permanente, la temperatura es baja, la presión del agua es enorme y encontrar alimento puede convertirse en un desafío extraordinario. Allí viven algunos de los peces más sorprendentes conocidos: los rapes abisales.

  Entre los más conocidos se encuentran los ceratioideos, peces de aguas profundas cuyas hembras poseen sobre la cabeza una estructura que recuerda a una pequeña caña de pescar. Un radio modificado de la aleta dorsal se proyecta hacia adelante y termina en una estructura denominada esca. En muchas especies, dentro de esa región viven bacterias capaces de producir luz mediante bioluminiscencia. El resultado es una pequeña lámpara viviente suspendida frente a una enorme boca.

  En un lugar donde prácticamente todo permanece oscuro, esa pequeña luz puede convertirse en una herramienta extraordinaria. Puede atraer la atención de otros organismos, permitiendo que una presa se acerque suficientemente para ser capturada. La escena parece sencilla: una luz aparece en medio de la oscuridad y un animal curioso se aproxima. Sin embargo, detrás de ella existe una compleja relación entre pez, bacterias, anatomía, química y comportamiento.

El rape Abisal, cuando la vida produce luz donde nunca llega el Sol

  El salmista escribió:

“He allí el grande y anchuroso mar, en donde se mueven seres innumerables, seres pequeños y grandes.”
(Salmo 104:25)

  Durante gran parte de la historia humana apenas pudimos imaginar cuántas criaturas habitaban las regiones profundas del océano. Hoy, vehículos submarinos, cámaras especiales y sistemas de exploración permiten contemplar animales que viven permanentemente en condiciones que resultarían imposibles para nosotros sin tecnología.

  El rape abisal constituye una magnífica oportunidad para hacerlo. Su organismo necesita encontrar alimento, reproducirse, desplazarse y percibir el ambiente en un lugar donde la visión convencional tiene una utilidad limitada y los encuentros entre animales pueden ser poco frecuentes.

Una caña de pescar integrada en el cuerpo

  La característica más famosa de muchas hembras de rapes abisales es el illicium, una prolongación formada a partir de un radio modificado de la aleta dorsal. En su extremo se encuentra la esca.

  Cuando el pez mueve esta estructura, la luz puede desplazarse frente a su boca como si fuera un pequeño organismo.

  Para una presa que observa únicamente un punto luminoso en medio de la oscuridad, acercarse puede parecer una oportunidad para encontrar alimento.

  En realidad, está entrando en la zona de ataque de un depredador.

  El pez no necesita perseguir constantemente a sus presas por grandes distancias.

  Puede hacer que algunas se aproximen a él.

La luz puede proceder de bacterias

  Una de las características más fascinantes es que, en muchas especies de rapes abisales luminosos, la luz de la esca no es producida directamente por las propias células del pez.

  Dentro de esta estructura viven bacterias bioluminiscentes especializadas.

  Las bacterias producen luz mediante reacciones químicas, mientras el pez les proporciona un lugar donde vivir y nutrientes. Se establece así una relación en la que dos organismos completamente diferentes participan en un mismo sistema funcional.

  Sin las bacterias, la lámpara no funcionaría de la misma manera.

  Sin la estructura del pez, las bacterias no ocuparían ese extraordinario lugar frente a la boca de un depredador.

Una reacción química convertida en luz

  La bioluminiscencia consiste en la producción de luz mediante reacciones químicas.

  A diferencia de una lámpara incandescente, donde gran parte de la energía termina convertida en calor, los sistemas bioluminiscentes pueden producir luz con relativamente poca generación térmica.

  Esto resulta especialmente útil en organismos vivos.

  En las bacterias luminosas intervienen moléculas y enzimas especializadas que producen fotones como resultado de determinadas reacciones químicas.

  La energía química termina convertida en luz visible.

  Dentro de la absoluta oscuridad del océano profundo, unas células microscópicas pueden convertirse en una fuente luminosa.

Una lámpara colocada exactamente donde resulta útil

  La ubicación de la esca resulta tan importante como su capacidad de producir luz.

  Está situada delante de la boca.

  Cuando una presa se aproxima al estímulo luminoso, también se aproxima directamente a las mandíbulas.

  El rape puede mover el illicium y modificar la posición de la esca.

  Una estructura flexible permite presentar el señuelo de diferentes maneras.

  El animal no necesita iluminar toda la región.

  Necesita producir suficiente señal para llamar la atención.

La oscuridad también puede ser una ventaja

  Si existiera abundante iluminación alrededor, la presa podría observar fácilmente el cuerpo completo del depredador.

  En las profundidades, la situación es diferente.

  Una pequeña luz puede verse mientras gran parte del pez permanece prácticamente invisible.

  La oscuridad esconde al cazador.

  La luz revela solamente el señuelo.

  Dos condiciones aparentemente contrarias trabajan juntas: ocultar mediante oscuridad y atraer mediante luz.

El pez abisal, una boca enorme para oportunidades poco frecuentes

  Encontrar alimento en las profundidades puede ser difícil.

  Por eso muchas especies poseen bocas extraordinariamente grandes en relación con el tamaño del cuerpo y mandíbulas equipadas con dientes largos y curvados.

  Cuando aparece una oportunidad, el pez necesita aprovecharla.

  Una boca amplia permite capturar presas relativamente grandes.

  Los dientes inclinados hacia el interior ayudan a impedir que un animal capturado escape con facilidad.

  El sistema está preparado para cerrar rápidamente una oportunidad que quizá tarde mucho tiempo en repetirse.

Un estómago preparado para recibir grandes comidas

  En algunas especies de peces de profundidad, el aparato digestivo y las paredes corporales permiten alojar presas grandes en relación con el tamaño del depredador.

  Esto resulta lógico en un ambiente donde el alimento puede aparecer de manera irregular.

  Cuando existe una oportunidad abundante, aprovecharla puede ser más importante que esperar una presa de dimensiones ideales.

  El comportamiento alimentario y la anatomía están estrechamente relacionados con la escasez del ambiente.

Vivir bajo una presión enorme

  El agua ejerce presión sobre todo aquello que se encuentra dentro del océano.

  Cuanto mayor es la profundidad, mayor es la columna de agua situada encima.

  En las zonas abisales, la presión puede alcanzar valores cientos de veces superiores a la presión atmosférica que experimentamos en la superficie.

  Sin embargo, el rape no posee una cavidad corporal llena de aire semejante a un submarino que deba resistir todo ese peso desde fuera.

  Sus tejidos contienen principalmente agua y líquidos cuya presión se encuentra equilibrada con el ambiente.

  El verdadero desafío ocurre a escala celular y molecular, donde proteínas, membranas y procesos bioquímicos necesitan continuar funcionando bajo esas condiciones.

El frío también modifica la vida

  Las aguas profundas suelen mantener temperaturas bajas y relativamente estables.

  Un pez que vive allí necesita mantener metabolismo, actividad nerviosa y contracciones musculares dentro de esas condiciones.

  Las reacciones químicas son sensibles a la temperatura.

  Por ello, las propiedades de enzimas, membranas celulares y otros componentes deben permitir que los procesos fundamentales continúen ocurriendo.

  Una criatura aparentemente extraña es, en realidad, un organismo funcionando dentro de un ambiente extremadamente exigente.

Moverse sin gastar energía innecesariamente

  En un lugar donde encontrar alimento resulta difícil, desperdiciar energía puede ser costoso.

  Muchos rapes abisales no poseen cuerpos construidos para largas persecuciones rápidas.

  Su estrategia utiliza espera, aproximación y emboscada.

  El señuelo luminoso permite aumentar la posibilidad de que una presa entre dentro del alcance del pez.

  En lugar de perseguir continuamente, puede atraer.

  La eficiencia puede ser tan importante como la fuerza.

La luz también puede tener otras funciones

  Aunque atraer presas es la función más conocida de la esca luminosa, los investigadores continúan estudiando otros posibles usos de las señales bioluminiscentes.

  En el océano profundo, producir una señal visible podría participar también en interacciones entre individuos, reconocimiento o comunicación.

  Las funciones exactas varían entre especies y no todas han podido observarse directamente debido a la dificultad de estudiar estos animales en su ambiente natural.

  El océano profundo todavía guarda muchos secretos.

Encontrar pareja puede ser todavía más difícil que encontrar alimento

  Existe otro gran problema en un ambiente tan vasto.

  Un pez puede recorrer grandes distancias sin encontrarse con otro individuo de su misma especie.

  Para reproducirse, un macho y una hembra necesitan encontrarse.

  En algunos rapes abisales aparece una solución tan extraordinaria que durante mucho tiempo produjo desconcierto entre los primeros investigadores que examinaron estos animales.

  Los machos pueden ser diminutos en comparación con las hembras.

  Y en determinadas especies, cuando encuentran una hembra, pueden permanecer unidos a ella permanentemente.

El pez abisal, un macho construido para encontrar a una hembra

  En algunas especies de ceratioideos, los machos son mucho más pequeños que las hembras.

  Su biología está estrechamente relacionada con una tarea fundamental: localizar pareja.

  Poseen sistemas sensoriales capaces de ayudarles a encontrar señales procedentes de las hembras.

  Cuando finalmente se produce el encuentro, en determinadas especies el macho muerde el cuerpo de la hembra.

  Pero no se limita simplemente a permanecer agarrado durante un apareamiento breve.

  Comienza un fenómeno mucho más extraordinario.

Dos cuerpos pueden quedar unidos

  En las especies que presentan parasitismo sexual permanente, los tejidos del macho y de la hembra pueden llegar a integrarse.

  El macho queda adherido al cuerpo de la hembra y termina recibiendo nutrientes a través de esta unión. Sus sistemas circulatorios pueden establecer conexión, mientras él permanece disponible reproductivamente.

  El macho pierde progresivamente parte de su independencia fisiológica.

  Su función principal queda relacionada con proporcionar células reproductivas cuando la hembra produce huevos.

  En algunas especies puede encontrarse más de un macho unido a la misma hembra.

Un problema inmunológico extraordinario

  Esta unión plantea un problema que resulta particularmente interesante para la medicina.

  Normalmente, el sistema inmunitario de un vertebrado reconoce como extraños los tejidos pertenecientes a otro individuo.

  Ese es uno de los motivos por los que los trasplantes de órganos humanos requieren cuidadosa compatibilidad y medicamentos para disminuir el rechazo.

  ¿Cómo pueden entonces dos peces distintos unir permanentemente sus tejidos?

  Las investigaciones han demostrado que las especies con esta forma extrema de reproducción presentan modificaciones muy particulares en componentes de la inmunidad adaptativa, permitiendo una tolerancia que sería extraordinaria en otros vertebrados.

  El sistema reproductivo exige, por tanto, cambios que alcanzan incluso al sistema inmunológico.

No todos los rapes abisales se reproducen igual

  Es importante aclarar que este fenómeno no ocurre de manera idéntica en todas las especies.

  En algunos casos, el macho se adhiere temporalmente y después se separa.

  En otros, la unión puede convertirse en permanente.

  Por eso resulta incorrecto afirmar simplemente que “todos los machos de rape se fusionan con las hembras”.

  La diversidad dentro del grupo es considerable.

  Lo extraordinario es que existan especies donde semejante relación fisiológica realmente ocurre.

Una hembra enorme y un macho diminuto

  La diferencia de tamaño entre ambos sexos puede ser extrema.

  La hembra necesita alimentarse, crecer, producir huevos y mantener el sistema luminoso utilizado en su forma de vida.

  El macho puede ser mucho menor.

  Esta diferencia hizo que algunos ejemplares unidos a hembras fueran inicialmente difíciles de interpretar.

  Parecían pequeños organismos parásitos.

  Posteriormente se comprendió que eran machos de la misma especie.

La reproducción depende de encontrarse una sola vez

  En un ambiente donde los individuos pueden encontrarse muy separados, una unión permanente posee una consecuencia práctica evidente.

  Después de encontrarse, macho y hembra ya no necesitan volver a buscarse.

  Cuando llega el momento reproductivo, las células reproductivas masculinas se encuentran disponibles.

  Un problema relacionado con la baja probabilidad de encuentros queda reducido mediante una asociación duradera.

  El mismo ambiente que hace difícil la reproducción está relacionado con una estrategia que permite mantener a la pareja unida.

Dos asociaciones extraordinarias en un solo pez

  El rape abisal nos presenta entonces dos relaciones biológicas completamente diferentes.

  Por una parte, muchas hembras mantienen una asociación con bacterias bioluminiscentes dentro de la esca.

  Las bacterias proporcionan luz.

  El pez proporciona un ambiente donde pueden vivir.

  Por otra parte, en determinadas especies el macho puede establecer una unión extraordinariamente estrecha con la hembra.

  Una criatura que parece solitaria en la oscuridad puede depender de relaciones biológicas sorprendentemente complejas.

Un mundo donde nuestros sentidos servirían de poco

  Si un ser humano pudiera permanecer desprotegido en ese ambiente, la oscuridad sería absoluta.

  No podríamos distinguir formas ni colores.

  La presión resultaría incompatible con nuestra fisiología y el frío dificultaría rápidamente nuestras funciones.

  El rape vive allí permanentemente.

  Su experiencia del mundo no depende de observar un paisaje iluminado.

  Señales químicas, movimientos del agua, contactos y bioluminiscencia adquieren una importancia enorme.

  La ausencia de luz solar no significa ausencia de información.

La oscuridad puede contener luz propia

  Uno de los aspectos más hermosos del océano profundo es precisamente este contraste.

  El Sol no llega.

  Pero la oscuridad no está completamente privada de luz.

  Numerosas criaturas marinas producen bioluminiscencia mediante diferentes mecanismos.

  Aparecen destellos azules, verdes y otras señales luminosas utilizadas para atraer, esconderse, comunicarse o defenderse.

  El rape abisal se ha convertido en uno de los símbolos más conocidos de este mundo.

Una lámpara que depende de una criatura microscópica

  Resulta particularmente impresionante pensar en la diferencia de escala.

  La enorme boca pertenece al pez.

  El illicium pertenece al pez.

  La esca forma parte de su anatomía.

  Pero gran parte de la luz de muchas especies procede de bacterias microscópicas viviendo dentro de esa estructura.

  Un organismo que apenas podemos observar sin microscopio participa en la estrategia alimentaria de un vertebrado mucho mayor.

  Lo pequeño y lo grande trabajan juntos.

Cuando una luz diminuta puede determinar quién come y quién es comido

  Para la presa, el punto luminoso puede representar curiosidad o alimento.

  Para el rape, representa una oportunidad.

  Una ligera aproximación puede ser suficiente para activar un ataque rápido.

  En cuestión de segundos, la luz ha cumplido su propósito.

  No necesita iluminar kilómetros de océano.

  Solamente necesita atraer a una criatura unos centímetros más cerca.

La ciencia continúa explorando la oscuridad

  Estudiar rapes abisales resulta extraordinariamente difícil.

  Capturarlos puede alterar sus tejidos debido a los cambios de presión y mantenerlos vivos en condiciones de laboratorio representa enormes desafíos.

  Gran parte de nuestro conocimiento procede de especímenes obtenidos mediante expediciones, observaciones realizadas con vehículos submarinos y estudios anatómicos, genéticos y microbiológicos.

  Cada nueva tecnología permite observar aspectos que antes permanecían inaccesibles.

  El océano profundo continúa siendo una de las regiones menos observadas directamente de nuestro planeta.

Una criatura que nos invita a mirar donde no podemos ver

  El libro de Job pregunta:

“¿Has entrado tú hasta las fuentes del mar, y has andado escudriñando el abismo?”
(Job 38:16)

  Durante siglos, la respuesta humana fue prácticamente no.

  Hoy podemos enviar cámaras y vehículos hacia esas profundidades y comenzar a contemplar criaturas extraordinarias.

  La Biblia no pretende explicar la bioluminiscencia bacteriana, la fisiología de la presión o el extraño sistema reproductivo de algunos rapes abisales. Estas preguntas corresponden a la zoología, la microbiología, la fisiología y la bioquímica.

  Las Escrituras nos invitan, sin embargo, a contemplar la creación y reconocer la sabiduría presente en ella:

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

Una luz en la oscuridad absoluta

  El rape abisal constituye una magnífica oportunidad para contemplar esas palabras. Vive donde nunca amanece, donde la presión es enorme y donde encontrar alimento o pareja puede resultar extraordinariamente difícil.

  Sin embargo, su organismo posee recursos para enfrentar cada uno de esos desafíos. Una estructura situada sobre la cabeza funciona como una pequeña caña de pescar. En muchas especies, bacterias microscópicas producen la luz de su señuelo. Una boca enorme permite aprovechar oportunidades poco frecuentes y, en determinadas especies, un diminuto macho puede establecer una unión permanente con la hembra cuando finalmente logra encontrarla.

  La historia reúne luz, oscuridad, microbiología, anatomía, percepción y reproducción dentro de una misma criatura.

  Desde la perspectiva bíblica, conocer cada uno de estos mecanismos aumenta nuestra admiración. El rape abisal nos recuerda que la sabiduría del Creador no termina donde desaparece la luz del Sol. Incluso en las profundidades silenciosas del océano, donde nuestros ojos solamente encontrarían oscuridad, existen criaturas equipadas para vivir, encontrar alimento y reproducirse; y algunas llevan consigo su propia pequeña luz en medio de la noche permanente.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

Organizaciones y recursos científicos

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Explora el museo la vida y obra de Jesucristo:

Por el Dr. Elio M Rivera

  En el fondo del océano vive una criatura que parece reunir capacidades que esperaríamos encontrar en varios animales diferentes. Puede modificar rápidamente el color y los patrones de su piel, introducirse por aberturas sorprendentemente pequeñas, manipular objetos con ocho brazos capaces de realizar movimientos complejos y resolver problemas que han despertado el interés de neurobiólogos de todo el mundo.

  Se trata del pulpo, uno de los invertebrados más fascinantes conocidos. Su cuerpo carece de un esqueleto interno rígido y está organizado de una manera profundamente distinta a la nuestra. Posee tres corazones, sangre cuyo transporte de oxígeno depende de hemocianina rica en cobre, ojos extraordinariamente desarrollados y un sistema nervioso distribuido de manera que una gran cantidad de neuronas se encuentra en sus brazos.

  Pero quizá lo más sorprendente sea contemplar todas estas características funcionando simultáneamente. El pulpo puede observar su ambiente, cambiar la apariencia de su piel, explorar mediante miles de ventosas y coordinar ocho brazos extraordinariamente flexibles mientras decide cómo escapar, esconderse o conseguir alimento.

El pulpo, una criatura diferente a casi todo lo que conocemos y capaz de camuflajearse

  El salmista escribió:

“He allí el grande y anchuroso mar, en donde se mueven seres innumerables, seres pequeños y grandes.”
(Salmo 104:25)

  Entre esos seres se encuentran unas trescientas especies conocidas de pulpos, distribuidas desde aguas relativamente poco profundas hasta regiones oceánicas de gran profundidad.

  Los pulpos pertenecen al grupo de los cefalópodos, junto con calamares, sepias y nautilos. Sin embargo, poseen características particulares que los convierten en magníficos ejemplos de coordinación biológica.

  Su cuerpo blando puede parecer sencillo desde el exterior. Por dentro encontramos sistemas extraordinariamente especializados.

El pulpo, ocho brazos y prácticamente ninguna articulación

  Nuestros brazos pueden realizar movimientos precisos porque poseen huesos y articulaciones. El codo limita y dirige determinados movimientos; la muñeca permite otros y los dedos poseen numerosas articulaciones.

  El brazo de un pulpo funciona de una manera completamente diferente.

  No contiene huesos.

  Está formado principalmente por músculos organizados en diferentes orientaciones que constituyen lo que los científicos denominan un hidrostato muscular.

  Al contraer distintos grupos musculares, el brazo puede alargarse, acortarse, doblarse, torcerse y endurecer determinadas regiones.

  Prácticamente cualquier punto puede convertirse temporalmente en una zona de flexión.

El problema de controlar algo tan flexible

  Esta extraordinaria libertad crea un desafío.

  ¿Cómo controla un cerebro ocho brazos que pueden doblarse prácticamente en cualquier lugar?

  Si cada movimiento necesitara ser calculado completamente desde el cerebro central, la cantidad de información necesaria sería enorme.

  El pulpo posee una solución fascinante.

  Una proporción considerable de sus neuronas se encuentra distribuida en los propios brazos.

  Cada brazo contiene importantes circuitos nerviosos capaces de procesar información local y coordinar numerosos movimientos.

  El cerebro mantiene el control general, pero parte del procesamiento ocurre cerca del lugar donde se está realizando la acción.

Brazos que exploran mientras el cerebro dirige

  Esto no significa que cada brazo posea una mente independiente.

  Significa que el sistema nervioso está distribuido.

  El cerebro puede iniciar o dirigir determinadas conductas mientras circuitos presentes en los brazos organizan detalles del movimiento y responden a información procedente de las ventosas.

  Este sistema reduce parte de la carga que implicaría controlar centralmente cada músculo de ocho extremidades extraordinariamente flexibles.

  Es una arquitectura nerviosa muy diferente de la nuestra.

Miles de ventosas que hacen mucho más que sujetar

  Dependiendo de la especie y del tamaño del individuo, los brazos pueden contener cientos o incluso miles de ventosas en conjunto.

  Cada ventosa funciona como una pequeña estructura muscular capaz de adherirse a superficies.

  Pero sujetar es solamente parte de su función.

  Las ventosas poseen receptores químicos y mecánicos.

  El pulpo puede obtener información acerca de aquello que toca.

  En cierto sentido, sus brazos pueden tocar y analizar químicamente el ambiente al mismo tiempo.

Probar el mundo mediante el tacto

  Cuando un brazo recorre una roca, entra en una grieta o manipula un objeto, las ventosas reciben información.

  Pueden detectar características físicas y sustancias químicas presentes en las superficies.

  Esto resulta extraordinariamente útil para localizar alimento escondido.

  Un pequeño crustáceo puede permanecer fuera de la vista dentro de una grieta, pero un brazo flexible puede introducirse y explorar el interior.

  El animal no depende exclusivamente de sus ojos.

Dos ojos extraordinariamente desarrollados

  A pesar de la importancia del tacto y de la percepción química, la visión del pulpo es notable.

  Sus ojos poseen córnea, iris, cristalino y retina, formando imágenes detalladas del ambiente.

  Puede detectar movimiento, formas y contrastes, información fundamental para encontrar alimento y evitar amenazas.

  La visión también participa en una de sus capacidades más espectaculares:

  desaparecer prácticamente frente a nuestros ojos.

Una piel capaz de cambiar en segundos

  La piel del pulpo contiene células especializadas llamadas cromatóforos.

  Cada cromatóforo contiene pigmento y está rodeado por músculos controlados por el sistema nervioso.

  Cuando determinados músculos se contraen, el saco pigmentado se expande y se hace más visible.

  Cuando se relajan, disminuye.

  Miles de estas unidades pueden activarse formando diferentes patrones sobre la piel.

  El cambio puede ocurrir extraordinariamente rápido.

Pero el color es solamente una parte del camuflaje

  Si colocáramos una superficie perfectamente lisa y marrón sobre una roca cubierta de irregularidades, todavía podríamos distinguirla por su textura.

  El pulpo enfrenta ese problema mediante otro sistema.

  Su piel posee estructuras musculares conocidas como papilas, capaces de modificar la textura superficial.

  Puede pasar de una apariencia relativamente lisa a otra llena de protuberancias.

  Así puede parecerse mejor a rocas, corales, arena y otras estructuras del ambiente.

  No cambia únicamente de color.

  Puede modificar color, patrón y textura.

Capas que manipulan la luz

  Además de los cromatóforos, algunas especies poseen células reflectantes, entre ellas iridóforos y leucóforos.

  Estas estructuras interactúan con la luz de diferentes maneras y contribuyen a crear efectos visuales adicionales.

  El resultado final depende de varias capas trabajando conjuntamente.

  El sistema nervioso coordina miles de pequeñas unidades para modificar la apariencia general del animal.

  Un proceso que nosotros necesitaríamos realizar mediante pantallas y tecnología ocurre directamente sobre la piel.

Camuflarse mientras se mueve

  El desafío aumenta porque el pulpo no permanece siempre quieto.

  Puede desplazarse de una superficie a otra con colores y texturas diferentes.

  El sistema visual necesita recibir información del nuevo ambiente y el sistema nervioso modificar la piel rápidamente.

  Roca.

  Arena.

  Vegetación.

  Coral.

  La apariencia puede cambiar conforme cambia el fondo.

  El camuflaje es dinámico.

El pulpo, un animal capaz de usar una nube de tinta para escapar

  Cuando esconderse ya no es suficiente, muchas especies poseen otro mecanismo defensivo.

  Pueden liberar tinta al agua.

  La nube oscura dificulta temporalmente la visión del atacante y puede proporcionar segundos preciosos para escapar.

  La tinta contiene principalmente melanina y otras sustancias. En determinadas circunstancias puede formar una masa que distrae al depredador mientras el pulpo se desplaza en otra dirección.

  El animal combina engaño visual con velocidad.

Un sistema de propulsión a chorro

  Para escapar rápidamente, el pulpo puede utilizar propulsión a chorro.

  Introduce agua dentro de la cavidad del manto y después la expulsa con fuerza a través de una estructura denominada sifón.

  El agua sale en una dirección.

  El cuerpo se mueve en la contraria.

  La orientación del sifón ayuda a controlar hacia dónde se desplaza.

  Un principio físico sencillo se convierte en un sistema de locomoción de emergencia extraordinariamente eficaz.

Tres corazones trabajando para mantenerlo vivo

  El sistema circulatorio del pulpo contiene otra sorpresa.

  Posee tres corazones.

  Dos corazones branquiales ayudan a impulsar sangre hacia las branquias, donde ocurre el intercambio gaseoso.

  Un corazón sistémico impulsa posteriormente sangre oxigenada hacia el resto del cuerpo.

  Esta organización ayuda a mantener la circulación dentro de un organismo activo que necesita proporcionar oxígeno a músculos, sistema nervioso y otros tejidos.

Sangre basada en cobre

  Nuestra sangre utiliza hemoglobina, cuyo componente central contiene hierro, para transportar oxígeno.

  Los pulpos utilizan principalmente hemocianina, una proteína que contiene cobre.

  Cuando está oxigenada, esta molécula proporciona a la sangre una tonalidad azulada.

  La hemocianina funciona adecuadamente bajo las condiciones encontradas por estos animales marinos, incluidas aguas frías y ambientes con características particulares de oxígeno.

  Una vez más encontramos una solución fisiológica diferente a la nuestra para resolver el mismo problema fundamental: transportar oxígeno.

Un cuerpo capaz de atravesar aberturas extraordinariamente pequeñas

  Al carecer de un esqueleto rígido, el pulpo puede deformar gran parte de su cuerpo.

  Esto le permite introducirse por espacios sorprendentemente estrechos.

  Existe, sin embargo, una limitación importante: el pico.

  La boca contiene un pico duro utilizado para manipular y romper alimento. Esta estructura no puede comprimirse como los tejidos blandos.

  Por eso, si el pico puede atravesar una abertura suficientemente grande, gran parte del resto del cuerpo puede seguirlo.

Un refugio que parecía demasiado pequeño

  Esta flexibilidad permite utilizar grietas y cavidades como refugios.

  El pulpo puede ocultar casi todo su cuerpo dentro de espacios que parecerían demasiado pequeños.

  Los depredadores encuentran entonces grandes dificultades para alcanzarlo.

  La ausencia de huesos, que podría parecer una debilidad, se convierte en una extraordinaria ventaja cuando necesita esconderse.

Resolver problemas para conseguir alimento

  Los pulpos han demostrado capacidades notables de aprendizaje.

  En condiciones experimentales pueden aprender a resolver determinados problemas, distinguir estímulos y manipular objetos para obtener alimento.

  También se han documentado comportamientos complejos en ambientes naturales.

  Esto no significa que debamos atribuirles razonamiento humano.

  Pero sí demuestra que poseen un sistema nervioso capaz de aprendizaje, memoria y flexibilidad conductual notable para un invertebrado.

Abrir aquello que contiene comida

  En acuarios y experimentos se ha observado a pulpos manipulando recipientes y otros objetos para obtener alimento.

  La tarea exige explorar, sujetar, girar y modificar el comportamiento cuando una estrategia no funciona.

  Los ocho brazos proporcionan una capacidad extraordinaria de manipulación.

  Pero los brazos por sí solos no bastan.

  Necesitan información sensorial y control nervioso.

  La habilidad aparece mediante la integración de anatomía, sentidos y procesamiento.

Incluso pueden utilizar objetos

  Una de las observaciones más conocidas procede de pulpos que transportan mitades de cáscaras de coco u otros objetos y posteriormente los colocan de manera que formen un refugio.

  El comportamiento resulta especialmente interesante porque el objeto puede transportarse antes de que exista una necesidad inmediata de esconderse.

  Cuando aparece el peligro, las piezas pueden utilizarse como protección.

  Un objeto del ambiente se convierte temporalmente en una herramienta.

Una madre que protege sus huevos

  La reproducción revela otra faceta extraordinaria.

  Después de depositar los huevos, las hembras de muchas especies permanecen cerca de ellos durante largos períodos.

  Los limpian con los brazos y utilizan movimientos de agua para mantenerlos ventilados.

  La madre puede defenderlos de posibles depredadores y retirar materiales que podrían dañarlos.

  Durante este período, en muchas especies reduce considerablemente su alimentación.

Una dedicación que puede llegar hasta el final de su vida

  En numerosos pulpos, la hembra muere después de que las crías salen de los huevos.

  Su organismo atraviesa profundos cambios hormonales durante esta etapa final.

  En determinadas especies de aguas profundas, el período de cuidado de los huevos puede extenderse durante años.

  Uno de los casos documentados más extraordinarios corresponde a Graneledone boreopacifica, cuya hembra fue observada cuidando una puesta durante más de cuatro años.

  Durante todo ese tiempo permaneció protegiendo la siguiente generación.

Un sistema nervioso construido de manera diferente

  Tal vez uno de los aspectos que más fascina a los científicos sea que la inteligencia del pulpo funciona dentro de una arquitectura corporal muy diferente de la humana.

  Nosotros poseemos un cerebro central que controla extremidades sostenidas por huesos.

  El pulpo posee un cerebro central conectado con ocho brazos blandos que contienen extensas redes neuronales propias.

  Sus ventosas reciben información química y mecánica.

  Sus ojos observan el ambiente.

  Su piel responde mediante miles de unidades controlables.

  Todos estos sistemas necesitan comunicarse.

El verdadero prodigio está en la coordinación

  Podemos estudiar cada característica por separado.

  Los cromatóforos son extraordinarios.

  Las ventosas son extraordinarias.

  Los brazos son extraordinarios.

  Los ojos son extraordinarios.

  El sistema circulatorio es extraordinario.

  Pero el aspecto más impresionante aparece cuando imaginamos al animal completo.

  Un pulpo observa una amenaza.

  El cerebro procesa la información.

  La piel cambia de color y textura.

  Los brazos buscan un refugio.

  Las ventosas analizan las superficies.

  El cuerpo se introduce en una grieta.

  Si es descubierto, libera tinta y utiliza propulsión a chorro para escapar.

  Numerosos sistemas diferentes responden como una sola criatura.

Cuando estudiar una criatura aumenta el asombro

  El libro de Job declara:

“Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán.”
(Job 12:7)

  El pulpo tiene mucho que enseñarnos.

  La ciencia puede estudiar sus neuronas, analizar la química de sus pigmentos, medir la fuerza de sus ventosas y observar cómo controla los músculos de sus brazos. Puede investigar su aprendizaje, circulación y comportamiento reproductivo.

  Cada descubrimiento permite comprender mejor cómo funciona.

  Y cada nivel que comprendemos revela otro nivel de organización.

Una obra extraordinaria escondida bajo el mar

  El salmista escribió:

“Grandes son las obras de Jehová, buscadas de todos los que las quieren.”
(Salmo 111:2)

  La Biblia no pretende describir los cromatóforos del pulpo, explicar su sistema nervioso distribuido o analizar la hemocianina. Estas preguntas corresponden a la zoología, la neurobiología, la fisiología y la bioquímica.

  Las Escrituras nos invitan, sin embargo, a observar las criaturas y reconocer la sabiduría presente en ellas:

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  El pulpo constituye una magnífica oportunidad para hacerlo. Posee ocho brazos sin huesos que pueden doblarse casi en cualquier punto, miles de ventosas capaces de recibir información del ambiente, un sistema nervioso distribuido, tres corazones y una piel capaz de modificar rápidamente su apariencia.

  Puede esconderse, manipular objetos, aprender, solucionar determinados problemas y cuidar de su descendencia con una dedicación extraordinaria.

  Desde la perspectiva bíblica, comprender estos mecanismos no disminuye el asombro; lo aumenta. El pulpo nos recuerda que la sabiduría del Creador puede manifestarse mediante soluciones completamente diferentes de aquellas que encontramos en nuestro propio cuerpo. Bajo el océano existe una criatura sin huesos en sus brazos, pero con una extraordinaria capacidad para sentir, aprender, manipular y responder a su ambiente mediante una coordinación que continúa maravillando a quienes la estudian.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

Organizaciones y recursos científicos

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Por el Dr. Elio M Rivera

  Cuando levantamos la mirada hacia el cielo durante una noche oscura, vemos estrellas dispersas sobre la bóveda celeste. Parecen pequeños puntos luminosos separados unos de otros. Sin embargo, esa imagen representa apenas una diminuta fracción de una realidad muchísimo mayor. Nuestro Sol, los planetas y todas las estrellas que podemos distinguir a simple vista pertenecen a una estructura gigantesca llamada galaxia.

  Una galaxia es un enorme sistema formado por estrellas, gas, polvo y otros componentes unidos principalmente por la gravedad. Algunas contienen miles de millones de estrellas y las galaxias más grandes pueden contener cantidades todavía mayores. Pero incluso estas enormes estructuras no se encuentran solas: el universo observable contiene una cantidad extraordinaria de galaxias.

  Las dimensiones son tan grandes que resulta difícil expresarlas mediante nuestras unidades cotidianas. Por eso los astrónomos utilizan frecuentemente el año luz, la distancia que recorre la luz durante un año. Y aun viajando aproximadamente a trescientos mil kilómetros por segundo, la luz necesita decenas de miles de años para atravesar algunas grandes galaxias.

  Contemplar una galaxia significa encontrarnos frente a una escala que desafía nuestra imaginación.

La Vía Láctea — nuestro hogar en el universo

  La Tierra se encuentra dentro de una galaxia llamada Vía Láctea.

  Nuestro Sol es solamente una de sus innumerables estrellas.

  La Vía Láctea es una galaxia espiral barrada, con una estructura central y grandes brazos donde se encuentran estrellas, nubes de gas y regiones de formación estelar.

  Su diámetro se estima en aproximadamente cien mil años luz, aunque su estructura exterior es más extensa y compleja.

  Esto significa que un rayo de luz necesitaría alrededor de cien mil años para recorrer una distancia comparable al diámetro de su disco principal.

Nuestro Sol ocupa solamente un pequeño lugar

  El sistema solar no está situado en el centro de la Vía Láctea.

  Se encuentra a unos veintiséis mil años luz del centro galáctico, en una región asociada con el llamado brazo u espolón de Orión.

  Nuestro Sol gira alrededor del centro de la galaxia junto con una inmensa cantidad de otras estrellas.

  Todo aquello que constituye nuestra experiencia cotidiana —la Tierra, la Luna, los océanos, las montañas y toda la historia humana— ocurre alrededor de una estrella situada en una pequeña región de una estructura inmensamente mayor.

¿Por qué vemos una franja blanca en el cielo?

  En lugares alejados de las luces de las ciudades puede observarse una banda blanquecina atravesando el cielo.

  Esa es la razón por la que nuestra galaxia recibió el nombre de Vía Láctea.

  Como estamos dentro de su disco, cuando miramos en determinadas direcciones observamos enormes cantidades de estrellas concentradas a lo largo de nuestra línea de visión.

  A simple vista se mezclan formando una franja luminosa.

  Estamos contemplando nuestra propia galaxia desde dentro.

Miles de millones de estrellas

  Determinar exactamente cuántas estrellas existen en la Vía Láctea es difícil porque no podemos observarlas todas directamente.

  Las estimaciones generalmente sitúan su población en cientos de miles de millones de estrellas.

  Algunas son mayores que el Sol.

  Otras son mucho menores.

  Existen estrellas jóvenes, estrellas en etapas intermedias y objetos que representan diferentes fases finales de la vida estelar.

  Nuestro Sol es una estrella entre una multitud que nuestra mente apenas puede imaginar.

Y la Vía Láctea es solamente una galaxia

  Aquí las dimensiones se vuelven todavía más sorprendentes.

  Durante gran parte de la historia, el ser humano desconocía que existieran otras galaxias semejantes a la nuestra.

  Con el desarrollo de telescopios cada vez más poderosos se descubrió que muchos objetos nebulosos observados en el cielo eran, en realidad, galaxias completas situadas muchísimo más lejos.

  Cada pequeño punto difuso podía contener cantidades inmensas de estrellas.

  El universo conocido comenzó a parecer extraordinariamente mayor.

Andrómeda — nuestra gran vecina

  Una de las galaxias más conocidas es Andrómeda.

  Se encuentra aproximadamente a dos millones y medio de años luz de nosotros.

  En condiciones muy oscuras puede observarse a simple vista como una pequeña mancha.

  Pero esa diminuta mancha es una enorme galaxia.

  Cuando la contemplamos, nuestros ojos están recibiendo luz que comenzó su viaje hace alrededor de dos millones y medio de años.

  Mirar profundamente hacia el espacio significa también mirar hacia el pasado.

La luz funciona como una mensajera

  La luz no llega instantáneamente.

  Necesita tiempo para viajar.

  La luz del Sol tarda aproximadamente ocho minutos y veinte segundos en llegar a la Tierra.

  La de las estrellas cercanas tarda años.

  La de galaxias lejanas puede tardar millones o miles de millones de años.

  Por eso los telescopios funcionan, en cierto sentido, como máquinas para observar el pasado.

  Cuanto más lejos miramos, más antigua es la luz que recibimos.

No todas las galaxias tienen la misma forma

  Los astrónomos clasifican las galaxias según diferentes características.

  Muchas poseen formas espirales, con brazos que se extienden alrededor de una región central.

  Otras son elípticas, con apariencias más redondeadas o alargadas.

  También existen galaxias irregulares, que no presentan una estructura sencilla comparable con las anteriores.

  La diversidad galáctica es enorme.

Galaxias espirales — gigantescos remolinos de estrellas

  Las galaxias espirales se encuentran entre las imágenes más impresionantes obtenidas por los telescopios.

  Poseen discos relativamente planos, regiones centrales y brazos espirales.

  En esos brazos suelen encontrarse nubes de gas, polvo y numerosas regiones donde se forman estrellas.

  Pero los brazos no son estructuras rígidas girando como las aspas de una rueda. La dinámica de una galaxia es mucho más compleja y las estrellas se desplazan dentro de su campo gravitacional.

La gravedad mantiene unido un sistema gigantesco

  Una galaxia contiene cantidades enormes de materia distribuidas a través de distancias inmensas.

  La gravedad desempeña el papel fundamental de mantener relacionados sus componentes.

  Las estrellas orbitan dentro del potencial gravitacional de la galaxia.

  Nubes de gas se desplazan.

  Cúmulos estelares viajan con ella.

  Todo forma parte de una estructura dinámica.

  Una galaxia no es una fotografía inmóvil, sino un sistema en movimiento.

En el centro de nuestra galaxia existe algo extraordinario

  En la región central de la Vía Láctea se encuentra un objeto conocido como Sagitario A*.

  Las observaciones del movimiento de estrellas cercanas indican la presencia de un objeto extremadamente compacto con una masa de aproximadamente cuatro millones de veces la del Sol.

  Se trata de un agujero negro supermasivo.

  Y nuestra galaxia no es excepcional en este aspecto. Existen evidencias de agujeros negros supermasivos en los centros de numerosas galaxias.

Galaxias que viven en grupos

  Las galaxias tampoco están distribuidas simplemente de manera aislada.

  La Vía Láctea pertenece a una colección conocida como Grupo Local.

  En él se encuentran Andrómeda, la galaxia del Triángulo, las Nubes de Magallanes y numerosas galaxias más pequeñas.

  La gravedad mantiene relaciones entre estos sistemas.

  Una galaxia pertenece a un grupo; los grupos forman parte de estructuras todavía mayores.

Una estructura a escalas casi inimaginables

  Cuando los astrónomos estudian grandes regiones del universo descubren que las galaxias no están distribuidas uniformemente.

  Aparecen agrupadas en cúmulos, filamentos y enormes estructuras, separadas por regiones relativamente vacías.

  A gran escala, esta distribución recibe frecuentemente el nombre de red cósmica.

  Pasamos así de planetas a sistemas solares, de sistemas solares a galaxias y de galaxias a estructuras que se extienden por distancias extraordinarias.

Los telescopios revelaron lo que nuestros ojos no podían ver

  El ser humano solamente puede observar a simple vista una pequeña parte del universo.

  Los telescopios cambiaron esa realidad.

  Instrumentos instalados en la Tierra y en el espacio captan diferentes regiones del espectro electromagnético.

  No solamente observamos luz visible.

  También estudiamos ondas de radio, infrarrojo, ultravioleta, rayos X y otras formas de radiación.

  Cada una revela aspectos diferentes del universo.

Una pequeña región del cielo puede contener multitud de galaxias

  Algunas de las imágenes astronómicas más impresionantes se obtienen apuntando telescopios hacia regiones que parecen casi vacías.

  Después de acumular luz durante largos períodos aparecen numerosos objetos.

  Muchos no son estrellas individuales.

  Son galaxias.

  Cada una puede contener cantidades inmensas de estrellas.

  Una pequeña ventana del cielo puede revelar una profundidad difícil de comprender.

¿Cuántas galaxias existen?

  No conocemos el número exacto.

  Las estimaciones dependen de la profundidad de las observaciones, de qué objetos pueden detectarse y de cómo se extrapolan los datos.

  Lo que podemos afirmar con seguridad es que el universo observable contiene una cantidad extraordinariamente grande de galaxias.

  Y cada galaxia puede albergar desde millones hasta cientos de miles de millones de estrellas o incluso más, dependiendo de su tamaño.

  Las cifras superan rápidamente nuestra capacidad intuitiva.

David contempló el mismo cielo

  Hace aproximadamente tres mil años, David levantó los ojos hacia el cielo nocturno.

  No tenía telescopio.

  No conocía otras galaxias.

  No sabía que la Vía Láctea contenía una multitud inmensa de estrellas.

  Sin embargo, aquello que podía contemplar fue suficiente para llevarlo a una profunda reflexión:

“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?”
(Salmo 8:3-4)

  Hoy podemos observar muchísimo más de lo que David contempló.

  Y su pregunta parece todavía más impresionante.

Él cuenta el número de las estrellas

  El Salmo 147 declara:

“Él cuenta el número de las estrellas; a todas ellas llama por sus nombres.”
(Salmo 147:4)

  Para nosotros contar las estrellas de nuestra propia galaxia resulta prácticamente imposible.

  Y nuestra galaxia es solamente una entre una multitud.

  Desde la perspectiva bíblica, la inmensidad no disminuye a Dios.

  Hace todavía más impresionante la afirmación acerca de su conocimiento.

Levantad en alto vuestros ojos

  El profeta Isaías escribió:

“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas; él saca y cuenta su ejército; a todas llama por sus nombres.”
(Isaías 40:26)

  Existe algo profundamente apropiado en esa invitación.

  Levanta los ojos.

  Mira.

  Observa.

  Pregunta.

  Estudia.

  Cuanto más poderosos se vuelven nuestros instrumentos, más grande parece el escenario que contemplamos.

La Tierra parece pequeña, pero no insignificante

  Contemplar galaxias puede producir una sensación de pequeñez.

  Nuestro planeta es pequeño comparado con el Sol.

  El Sol es solamente una estrella dentro de la Vía Láctea.

  La Vía Láctea es solamente una galaxia entre muchísimas otras.

  Podríamos concluir que el ser humano carece de importancia.

  Sin embargo, el Salmo 8 llega precisamente a la conclusión contraria.

  David contempla la inmensidad y pregunta:

“¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?”

  Su asombro no surge solamente porque el universo sea grande.

  Surge porque el Dios que gobierna semejante inmensidad también conoce al ser humano.

El mismo Dios de las galaxias conoce nuestros nombres

  Aquí las dimensiones astronómicas adquieren un significado profundamente personal.

  Si Dios solamente fuera capaz de crear lo pequeño, las galaxias serían incomprensibles.

  Si solamente se ocupara de lo grande, nosotros seríamos insignificantes.

  Pero la revelación bíblica presenta ambas realidades.

  El Dios que sostiene los cielos también conoce a cada persona.

  Jesús expresó esta atención de una manera extraordinaria:

“Pues aun vuestros cabellos están todos contados.”
(Mateo 10:30)

  Galaxias y cabellos.

  Lo inmenso y lo diminuto.

  Ambos aparecen dentro del conocimiento del Creador.

Los cielos cuentan la gloria de Dios

  El Salmo 19 comienza con una de las declaraciones más conocidas de las Escrituras:

“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
(Salmo 19:1)

  Hoy esa frase puede contemplarse desde una perspectiva que los observadores antiguos jamás pudieron imaginar.

  Sabemos que detrás de muchos puntos de luz existen estrellas gigantescas.

  Sabemos que nuestro Sol pertenece a una galaxia enorme.

  Y sabemos que más allá existen incontables sistemas galácticos visibles mediante nuestros instrumentos.

  Cada nuevo nivel de observación amplía nuestra percepción de la grandeza del cosmos.

Una creación que supera nuestra imaginación

  La Biblia no pretende explicar galaxias espirales, espectros electromagnéticos, dinámica galáctica o años luz mediante lenguaje científico. Estas preguntas corresponden a la astronomía y la astrofísica.

  Pero las Escrituras sí invitan repetidamente al ser humano a levantar los ojos y contemplar los cielos.

  La ciencia nos permite hacerlo hoy con una profundidad extraordinaria.

  Podemos observar galaxias situadas a distancias enormes. Podemos estudiar la composición de estrellas cuya luz ha viajado durante millones de años. Podemos medir movimientos dentro de nuestra galaxia y descubrir estructuras que nuestros ojos jamás podrían detectar por sí solos.

  Y cuanto más lejos observamos, más pequeña parece nuestra posición física dentro del universo.

  Desde la perspectiva bíblica, precisamente allí aparece una de las verdades más hermosas de la creación: el Dios cuyo conocimiento alcanza galaxias, estrellas y distancias que nuestra mente apenas puede comprender también conoce nuestra existencia. Las galaxias no solamente nos hablan de inmensidad; nos invitan a contemplar la grandeza, el poder y el extraordinario conocimiento del Creador.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

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National Radio Astronomy Observatory — radioastronomía y estructura de la Vía Láctea

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Explora el museo la vida y obra de Jesucristo:

Por el Dr. Elio M Rivera

  Cuando cae la noche y levantamos la mirada hacia un cielo despejado, observamos pequeños puntos luminosos que parecen estar colocados sobre una enorme superficie oscura. Algunos brillan intensamente; otros apenas pueden distinguirse. A simple vista parecen diminutos. Sin embargo, la astronomía ha revelado una realidad extraordinaria: muchos de esos puntos son enormes estrellas, cuerpos celestes capaces de producir cantidades inmensas de energía y emitir luz a través del espacio.

  Nuestro propio Sol es una estrella. Debido a su cercanía, podemos sentir su calor y observar cómo su energía sostiene innumerables procesos necesarios para la vida en la Tierra. Las demás estrellas se encuentran tan lejos que, aunque muchas son enormes y extraordinariamente luminosas, desde nuestro planeta parecen simples puntos.

  Cuanto más hemos aprendido acerca de ellas, mayor ha sido el asombro. Temperaturas de miles de grados, masas enormes, campos magnéticos, espectros llenos de información y distancias tan grandes que necesitamos unidades especiales para describirlas. Las estrellas nos colocan frente a dimensiones que superan nuestra experiencia cotidiana y convierten el cielo nocturno en una extraordinaria invitación a contemplar la inmensidad de la creación.

Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste (Salmo 8:3-4)

Cuando David levantó los ojos al cielo

  Mucho antes de que existieran telescopios, espectroscopios u observatorios modernos, el rey David contempló el cielo y escribió:

“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?”
(Salmo 8:3-4)

  David no conocía las dimensiones físicas de las estrellas. No podía medir su temperatura ni determinar su composición química.

  Pero comprendió algo que todavía experimentamos.

  Contemplar el cielo cambia nuestra percepción de nosotros mismos.

  La inmensidad produce humildad.

Nuestro Sol es una estrella

  Durante el día, una estrella domina completamente nuestro cielo.

  El Sol parece muy diferente de las estrellas nocturnas solamente porque se encuentra muchísimo más cerca de nosotros.

  Su diámetro es de aproximadamente 1.39 millones de kilómetros. En su interior cabrían alrededor de un millón de planetas del volumen de la Tierra, aunque esta comparación es solamente volumétrica.

  Sin embargo, el Sol tampoco es una de las estrellas más grandes conocidas.

  Existen estrellas considerablemente mayores.

  La escala comienza a resultar difícil de imaginar.

Las estrellas, enormes esferas de plasma

  Una estrella no posee una superficie sólida semejante a la Tierra.

  Está formada principalmente por plasma: materia tan caliente que una parte importante de sus átomos se encuentra ionizada.

  En el Sol predominan hidrógeno y helio.

  Su enorme gravedad mantiene reunido ese material.

  Al mismo tiempo, las altas temperaturas internas producen condiciones donde ocurren reacciones nucleares que liberan cantidades extraordinarias de energía.

  La estrella existe mediante un equilibrio entre fuerzas enormes.

El corazón de una estrella

  En el centro del Sol, la temperatura alcanza aproximadamente quince millones de grados Celsius.

  La presión es extraordinaria.

  Bajo estas condiciones, núcleos de hidrógeno pueden participar en procesos de fusión nuclear que finalmente producen helio.

  Una pequeña parte de la masa involucrada se convierte en energía.

  La famosa ecuación de Einstein,

E = mc²

  expresa la relación entre masa y energía.

  Como la velocidad de la luz elevada al cuadrado representa una cantidad enorme, una pequeña cantidad de masa puede corresponder a una cantidad extraordinaria de energía.

Cada segundo ocurre algo difícil de imaginar

  El Sol transforma enormes cantidades de hidrógeno mediante sus procesos nucleares cada segundo.

  Como resultado, aproximadamente cuatro millones de toneladas de masa por segundo equivalen a la energía que finalmente es liberada.

  La cifra parece gigantesca.

  Y lo es.

  Sin embargo, la masa total del Sol es tan enorme que esta producción puede mantenerse durante períodos extremadamente prolongados.

  Cada segundo, nuestro planeta recibe solamente una diminuta fracción de la energía emitida en todas direcciones.

  Esa pequeña fracción es suficiente para sostener gran parte de los procesos energéticos de la superficie terrestre.

La luz comienza un extraordinario viaje

  La energía producida en las regiones internas del Sol no simplemente atraviesa inmediatamente toda la estrella.

  Debe desplazarse a través de capas de materia extraordinariamente densa.

  Cuando finalmente alcanza la superficie visible y es emitida hacia el espacio, la radiación puede viajar libremente.

  La luz se desplaza a aproximadamente 299,792 kilómetros por segundo en el vacío.

  A pesar de esa velocidad extraordinaria, necesita unos ocho minutos y veinte segundos para recorrer la distancia media entre el Sol y la Tierra.

  Cuando sentimos la luz solar, estamos recibiendo energía que salió del Sol varios minutos antes.

Las otras estrellas están muchísimo más lejos

  Aquí las dimensiones se vuelven todavía más impresionantes.

  Después del Sol, el sistema estelar más cercano a nosotros es Alfa Centauri, cuya estrella individual más cercana, Próxima Centauri, se encuentra a aproximadamente 4.24 años luz.

  Un año luz no es una medida de tiempo.

  Es una medida de distancia.

  Representa lo que la luz recorre durante un año: cerca de 9.46 billones de kilómetros.

  Multipliquemos esa distancia por más de cuatro y apenas habremos llegado a nuestra vecina estelar más cercana después del Sol.

Mirar lejos también significa mirar hacia el pasado

  Este hecho produce una consecuencia fascinante.

  Cuando observamos Próxima Centauri, la luz que entra en nuestros ojos comenzó su viaje hace más de cuatro años.

  Si observamos una estrella situada a cien años luz, vemos luz que salió de ella hace aproximadamente cien años.

  Los telescopios no solamente permiten observar objetos lejanos.

  También reciben información que ha estado viajando durante diferentes períodos.

  El cielo funciona como un inmenso archivo de luz.

¿Cómo sabemos de qué están hechas?

  No podemos viajar hasta las estrellas y recoger una muestra.

  Sin embargo, podemos estudiar su luz.

  Cuando la luz estelar se separa en sus diferentes longitudes de onda aparece un espectro.

  Dentro de él existen líneas características relacionadas con determinados elementos químicos.

  Los átomos interactúan con la radiación de maneras específicas.

  Hidrógeno deja determinadas señales.

  Helio deja otras.

  Sodio, calcio, hierro y otros elementos producen patrones identificables.

  Así podemos conocer parte de la composición de una estrella situada a distancias enormes simplemente estudiando la luz que llega hasta nosotros.

La luz transporta información

  Este principio resulta extraordinario.

  Un fotón puede abandonar una estrella, atravesar el espacio y terminar entrando en un telescopio.

  La información contenida en esa radiación permite estudiar temperatura, composición, movimiento y otras propiedades del objeto que la produjo.

  No podemos tocar la estrella.

  Pero podemos interrogar su luz.

Nuestro sol también es una estrella

Los colores también revelan temperatura

  No todas las estrellas tienen exactamente el mismo color.

  Algunas presentan tonalidades más rojizas.

  Otras parecen blancas.

  Otras muestran tonalidades azuladas.

  Estas diferencias están relacionadas, entre otros factores, con la temperatura de sus superficies.

  En términos generales, las estrellas azuladas poseen temperaturas superficiales mayores que las rojizas.

  Esto puede parecer contrario a nuestra experiencia cotidiana, donde solemos asociar rojo con calor.

  Pero la física de la radiación muestra una realidad diferente.

Estrellas mucho mayores que nuestro Sol

  El Sol nos parece enorme porque domina nuestro sistema planetario.

  Sin embargo, existen estrellas con radios muchas veces superiores.

  Algunas estrellas gigantes y supergigantes alcanzarían dimensiones capaces de extenderse más allá de las órbitas de algunos planetas interiores si fueran colocadas en el centro de nuestro sistema solar.

  Las comparaciones exactas dependen de la estrella y de las mediciones disponibles, pero la conclusión general resulta impresionante:

  el universo contiene estrellas cuyas dimensiones superan enormemente a la nuestra.

Y otras son sorprendentemente pequeñas

  También existen objetos estelares extremadamente compactos.

  Las enanas blancas, por ejemplo, pueden contener una cantidad de masa comparable a una fracción importante de la masa del Sol dentro de un volumen aproximadamente semejante al de un planeta como la Tierra.

  Las estrellas de neutrones llevan esta idea todavía más lejos.

  Pueden contener más masa que el Sol dentro de una esfera de apenas unas decenas de kilómetros de diámetro.

  La densidad alcanza valores difíciles de imaginar.

Una cucharadita que pesaría una cantidad extraordinaria

  La materia de una estrella de neutrones está comprimida bajo condiciones extremas.

  Una pequeña cantidad tendría una masa gigantesca si pudiera mantenerse en esas condiciones fuera de la estrella.

  No se trata simplemente de una roca muy pesada.

  Estamos hablando de materia sometida a presiones que reorganizan profundamente su estructura.

  Las estrellas nos muestran que la materia puede existir bajo condiciones radicalmente diferentes de aquellas que experimentamos sobre la Tierra.

La gravedad mantiene reunida una estrella

  Una estrella contiene cantidades inmensas de materia.

  Cada región es atraída gravitacionalmente hacia el centro.

  Si solamente existiera gravedad, el material tendería a comprimirse.

  Pero la energía y presión generadas en el interior se oponen a esa compresión.

  Durante etapas estables, ambos efectos pueden mantenerse en un equilibrio denominado equilibrio hidrostático.

  La estrella permanece como una enorme esfera porque fuerzas gigantescas se encuentran continuamente compensándose.

La gravedad también organiza sistemas completos

  Nuestro Sol no solamente produce luz.

  Su gravedad domina dinámicamente el sistema solar.

  La Tierra, los demás planetas, asteroides, cometas y numerosos cuerpos permanecen ligados gravitacionalmente al sistema.

  La misma ley física que hace caer un objeto hacia el suelo participa en el movimiento de planetas alrededor de una estrella.

  Las escalas cambian.

  Los principios permanecen.

Las estrellas también poseen campos magnéticos

  El Sol tiene un complejo campo magnético.

  Su actividad puede producir manchas solares, prominencias, llamaradas y eyecciones de masa coronal.

  En ocasiones, partículas y radiación provenientes de esta actividad alcanzan el entorno terrestre.

  Cuando partículas cargadas interactúan con el campo magnético y la atmósfera de nuestro planeta pueden producir fenómenos como las auroras.

  Una actividad ocurrida a unos ciento cincuenta millones de kilómetros puede terminar produciendo luces sobre nuestros cielos.

El cielo nocturno no está inmóvil

  A simple vista las estrellas parecen permanecer fijas unas respecto de otras durante una sola noche.

  Sin embargo, están en movimiento.

  Nuestro planeta gira.

  La Tierra se desplaza alrededor del Sol.

  El Sol se mueve dentro de la Vía Láctea.

  Y las demás estrellas también poseen sus propios movimientos.

  El cielo aparentemente inmóvil forma parte de una realidad extraordinariamente dinámica.

Nuestra galaxia contiene una cantidad inmensa de estrellas

  El Sol es solamente una estrella dentro de la Vía Láctea.

  Las estimaciones actuales sitúan el número de estrellas de nuestra galaxia en decenas o cientos de miles de millones.

  No conocemos una cifra exacta.

  Pero incluso el límite inferior resulta difícil de imaginar.

  Cada estrella que observamos forma parte de una estructura galáctica inmensa.

Y la Vía Láctea no es la única galaxia

  Más allá existen otras galaxias.

  Algunas contienen enormes poblaciones de estrellas.

  Los telescopios modernos han permitido observar galaxias situadas a distancias extraordinarias.

  Así, la inmensidad no termina cuando contamos las estrellas de nuestra galaxia.

  La Vía Láctea es solamente una entre una enorme población de galaxias observables.

  Nuestra escala humana comienza a parecer diminuta.

Sin embargo, la Biblia utiliza una expresión sorprendente

  El salmista escribió acerca de Dios:

“Él cuenta el número de las estrellas; a todas ellas llama por sus nombres.”
(Salmo 147:4)

  Para una persona de la antigüedad, las estrellas visibles ya parecían innumerables.

  Hoy conocemos una realidad muchísimo mayor.

  Nuestros telescopios revelan estrellas que ningún ojo humano podría distinguir individualmente desde la Tierra.

  La afirmación del salmista adquiere entonces una dimensión extraordinaria: aquello que para nosotros resulta imposible de contar individualmente no supera el conocimiento del Creador.

Abraham levantó los ojos hacia las estrellas

  En Génesis encontramos otra escena memorable.

  Dios llevó a Abraham afuera y le dijo:

“Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar.”
(Génesis 15:5)

  La fuerza de la imagen continúa funcionando miles de años después.

  Salga una noche lejos de las luces de una ciudad.

  Mire hacia arriba.

  Intente contar.

  Muy pronto comprenderá la imagen.

  Y aquello que vemos a simple vista representa solamente una fracción diminuta de lo que existe.

Constelaciones que han acompañado a generaciones

  Los seres humanos han agrupado visualmente estrellas formando constelaciones.

  Estas figuras ayudaron históricamente a reconocer regiones del cielo, navegar y organizar observaciones.

  Las estrellas que parecen próximas dentro de una constelación no necesariamente se encuentran físicamente cerca unas de otras.

  Pueden estar separadas por enormes distancias.

  La figura aparece debido a nuestra perspectiva desde la Tierra.

La Biblia menciona grupos de estrellas

  El libro de Job contiene una extraordinaria referencia:

“¿Podrás tú atar los lazos de las Pléyades, o desatarás las ligaduras de Orión?”
(Job 38:31)

  Las Pléyades continúan siendo uno de los grupos estelares más reconocibles del cielo.

  Orión continúa siendo una de las constelaciones más conocidas.

  Generaciones enteras han levantado los ojos y observado las mismas regiones celestes mencionadas en este antiguo texto.

Una estrella puede parecer pequeña solamente por la distancia

  Existe aquí una importante lección de perspectiva.

  Una estrella puede parecernos un punto diminuto.

  No porque sea pequeña.

  Sino porque está extraordinariamente lejos.

  Nuestros sentidos no siempre revelan directamente las dimensiones reales de aquello que contemplamos.

  La ciencia nos proporciona herramientas para mirar más allá de la apariencia.

La Tierra recibe solamente la cantidad que intercepta

  El Sol emite energía en todas direcciones.

  Nuestro planeta recibe solamente la pequeña fracción que cruza su sección frente a esa enorme esfera de radiación.

  Aun así, esa energía impulsa el clima, permite la fotosíntesis y sostiene directa o indirectamente gran parte de las cadenas alimentarias.

  La estrella que ocupa solamente una pequeña región de nuestro cielo proporciona energía a prácticamente toda la superficie del planeta.

Una distancia extraordinariamente importante

  La Tierra se encuentra a una distancia media del Sol de aproximadamente 149.6 millones de kilómetros.

  La energía que recibimos depende, entre otros factores, de esa distancia.

  La presencia de agua líquida sobre gran parte de nuestro planeta está relacionada con un conjunto de condiciones que incluye energía solar, atmósfera y características orbitales.

  Nuestro Sol no es simplemente un objeto hermoso en el cielo.

  Forma parte fundamental de las condiciones que permiten nuestra existencia.

Los elementos de nuestro cuerpo también pertenecen al universo

  El hidrógeno, carbono, oxígeno, calcio, hierro y otros elementos que forman nuestro cuerpo obedecen las mismas leyes físicas que los elementos observados en estrellas y otros objetos celestes.

  La espectroscopia demuestra una sorprendente continuidad química entre nuestro mundo y el cosmos.

  El hierro que podemos estudiar en un laboratorio produce patrones relacionados con los que identificamos mediante luz procedente de objetos celestes.

  Las mismas leyes funcionan aquí y allá.

Un universo que puede estudiarse

  Esta característica merece detenernos.

  Podemos utilizar matemáticas desarrolladas sobre la Tierra para describir órbitas celestes.

  Podemos estudiar átomos en un laboratorio y reconocer sus señales en una estrella.

  Podemos analizar gravedad, magnetismo y radiación mediante principios que funcionan a escalas enormes.

  El universo no es simplemente inmenso.

  También presenta un extraordinario grado de orden e inteligibilidad.

Las estrellas como relojes y laboratorios

  Mediante observaciones precisas, los astrónomos pueden medir variaciones en brillo, movimientos y espectros.

  Algunas estrellas pulsan.

  Otras forman sistemas dobles o múltiples.

  Algunas pasan periódicamente frente a otra desde nuestra perspectiva.

  Cada comportamiento proporciona información.

  El cielo se convierte en un laboratorio donde la luz permite estudiar fenómenos físicos imposibles de reproducir completamente sobre la Tierra.

La estrella que conocemos mejor

  A pesar de todos los objetos extraordinarios descubiertos, el Sol continúa siendo la estrella que podemos estudiar con mayor detalle.

  Podemos observar su superficie, medir oscilaciones, estudiar su espectro y registrar cambios magnéticos.

  Comprenderlo ayuda también a comprender otras estrellas.

  Pero para nosotros posee una importancia adicional.

  Es nuestra estrella.

  La vida cotidiana de nuestro planeta está profundamente ligada a ella.

Una noche despejada puede convertirse en una lección

  No necesitamos un observatorio para comenzar a maravillarnos.

  Basta alejarnos de las luces artificiales y levantar la mirada.

  Cada punto luminoso tiene una historia física.

  Cada color contiene información.

  Cada distancia desafía nuestra imaginación.

  Y aquello que nuestros ojos alcanzan a ver constituye solamente una pequeña parte del universo observable.

Cuando la inmensidad nos devuelve una pregunta

  David contempló el cielo y no terminó hablando solamente de estrellas.

  Terminó preguntando acerca del ser humano:

“¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?”
(Salmo 8:4)

  Esa quizá sea una de las consecuencias más profundas de estudiar astronomía.

  Descubrimos cuán enorme es el universo.

  Después miramos nuestras manos.

  Nuestra casa.

  Nuestro planeta.

  Nuestra propia vida.

  Y comprendemos nuestra pequeñez física.

Los cielos cuentan una historia

  El Salmo 19 comienza con una de las declaraciones más conocidas de las Escrituras:

“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
(Salmo 19:1)

  La Biblia no pretende explicar la espectroscopia, la física del plasma, la fusión nuclear o la estructura interna de las estrellas. Estas preguntas corresponden a la astronomía, la física y la astrofísica.

  Las Escrituras nos invitan a contemplar algo diferente: qué significa que exista semejante realidad y qué nos revela acerca del Creador.

Gigantes de luz que anuncian la grandeza del Creador

  Una estrella puede encontrarse tan lejos que su luz necesite años para alcanzarnos. Puede ser cientos de veces más luminosa que nuestro Sol y, aun así, parecer simplemente un punto en el cielo.

  Dentro de ella actúan gravedad, presión, campos magnéticos y procesos nucleares. De su luz podemos obtener información acerca de temperatura, movimiento y composición sin haber viajado jamás hasta ella.

  Después ampliamos nuestra mirada y descubrimos que el Sol es solamente una estrella entre una cantidad inmensa dentro de la Vía Láctea, y que nuestra galaxia tampoco está sola.

  Las dimensiones terminan superando nuestra capacidad intuitiva.

  Y precisamente allí las palabras de Isaías adquieren una fuerza extraordinaria:

“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas; él saca y cuenta su ejército; a todas llama por sus nombres.”
(Isaías 40:26)

  Desde la perspectiva bíblica, estudiar las estrellas no disminuye el asombro; lo multiplica. Cada nuevo telescopio que alcanza más lejos, cada espectro que revela la composición de una estrella y cada medición que muestra dimensiones mayores nos recuerda que todavía estamos explorando una creación cuya grandeza apenas comenzamos a comprender.

  Tal vez por eso una de las mejores maneras de terminar este artículo sea haciendo exactamente lo que Isaías recomendó hace tantos siglos:

  Levantar los ojos.

  Porque sobre nosotros continúa extendiéndose un cielo lleno de gigantes de luz que, silenciosamente, siguen anunciando la grandeza del Creador.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Temas científicos consultados

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Por el Dr. Elio M Rivera

  Cada mañana ocurre algo tan cotidiano que fácilmente dejamos de maravillarnos. El cielo comienza a iluminarse, la temperatura aumenta, las plantas reciben energía para realizar fotosíntesis y millones de procesos biológicos se ponen en marcha. Todo esto depende de una estrella situada a unos ciento cincuenta millones de kilómetros de nosotros: el Sol.

  A simple vista parece un disco brillante suspendido en el cielo. Sin embargo, en realidad es una enorme esfera de plasma cuyo diámetro ronda los 1.39 millones de kilómetros. Su masa representa casi toda la masa del sistema solar y su gravedad mantiene a la Tierra y a los demás planetas en sus respectivas órbitas.

  Pero su importancia para nosotros va mucho más allá de la astronomía. La energía solar participa en el clima, impulsa el ciclo del agua, permite la fotosíntesis y sostiene directa o indirectamente casi todas las cadenas alimentarias de la superficie terrestre. La vida en nuestro planeta depende profundamente de recibir del Sol una cantidad de energía extraordinariamente precisa y constante.

El sol, una estrella a la distancia adecuada

  La Tierra se encuentra a una distancia media del Sol de aproximadamente 149.6 millones de kilómetros. Esa distancia es tan grande que la luz, viajando a unos 299,792 kilómetros por segundo, tarda alrededor de ocho minutos y veinte segundos en llegar hasta nosotros.

  Cada vez que sentimos el calor del Sol estamos recibiendo energía que salió de su superficie varios minutos antes.

  La distancia importa enormemente. La cantidad de energía recibida disminuye conforme aumenta la separación entre una estrella y un planeta. Por eso las condiciones térmicas de la Tierra dependen, entre otros factores, de su distancia al Sol, de las propiedades de nuestra atmósfera y de la manera en que océanos, continentes y nubes distribuyen la energía.

  El Sol no está simplemente “allá arriba”. Forma parte directa de las condiciones físicas que hacen habitable nuestro mundo.

Una enorme esfera de plasma

  El Sol no posee una superficie sólida como la Tierra. Está formado principalmente por hidrógeno y helio en estado de plasma.

  El plasma aparece cuando la materia se encuentra a temperaturas tan altas que numerosos electrones dejan de permanecer ligados de la manera habitual a los núcleos atómicos.

  Dentro del Sol, la materia está sometida a temperaturas y presiones enormes. Estas condiciones cambian profundamente su comportamiento.

  Lo que observamos desde la Tierra como un disco brillante es únicamente la región exterior visible de una estructura mucho mayor.

El corazón del Sol

  En el núcleo solar, la temperatura alcanza aproximadamente quince millones de grados Celsius.

  La presión también es extraordinaria.

  Bajo estas condiciones, núcleos de hidrógeno participan en reacciones de fusión nuclear que finalmente producen helio.

  Durante el proceso, una pequeña fracción de masa se transforma en energía.

  La relación entre ambas está expresada en la ecuación:

E = mc²

  Una cantidad muy pequeña de masa puede corresponder a una cantidad enorme de energía porque la velocidad de la luz elevada al cuadrado es gigantesca.

El sol, mMillones de toneladas convertidas en energía cada segundo

  Cada segundo, enormes cantidades de hidrógeno participan en reacciones nucleares dentro del Sol.

  Como resultado neto, aproximadamente cuatro millones de toneladas de masa por segundo equivalen a la energía liberada.

  La cifra resulta difícil de imaginar.

  Sin embargo, el Sol posee una masa de aproximadamente dos mil trillones de trillones de kilogramos.

  Por eso esa enorme producción energética representa solamente una fracción diminuta de su masa total.

  Lo impresionante no es solamente cuánto produce.

  Es la estabilidad con la que puede hacerlo.

La gravedad intenta comprimirlo

  Toda la enorme masa del Sol ejerce gravedad.

  La materia situada en las regiones externas es atraída hacia el centro.

  Si solamente existiera esa fuerza, la estrella tendería a comprimirse.

  Sin embargo, el interior extremadamente caliente genera presión hacia afuera.

  Durante su estado estable, la gravedad y la presión interna mantienen un equilibrio conocido como equilibrio hidrostático.

  La estrella permanece unida porque fuerzas extraordinarias se compensan continuamente.

La energía no sale inmediatamente del núcleo

  La energía producida en el centro no atraviesa instantáneamente toda la estrella.

  En las regiones internas, los fotones interactúan repetidamente con la materia.

  Son absorbidos, reemitidos y desviados innumerables veces.

  Más hacia el exterior, parte de la energía es transportada mediante movimientos de plasma caliente que asciende mientras material más frío desciende.

  Finalmente, la energía alcanza las capas exteriores y puede escapar hacia el espacio como radiación.

  El Sol que vemos es el resultado final de procesos que comenzaron muy dentro de la estrella.

La fotosfera — lo que llamamos superficie

  La región visible se conoce como fotosfera.

  Su temperatura es de aproximadamente cinco mil quinientos grados Celsius.

  Aunque nosotros la describimos como superficie, no es una corteza sólida.

  Es la región desde la cual gran parte de la luz visible escapa hacia el espacio.

  Cuando observamos el Sol mediante instrumentos adecuados, su superficie presenta una textura granulada producida por movimientos del plasma.

El Sol también tiene una atmósfera

  Por encima de la fotosfera existen otras regiones, entre ellas la cromosfera y la corona.

  La corona se extiende enormes distancias hacia el espacio y presenta un fenómeno que todavía resulta fascinante: puede alcanzar temperaturas de millones de grados, muy superiores a las de la fotosfera visible.

  Comprender completamente cómo se calienta la corona continúa siendo un área activa de investigación.

  Nuestra estrella más cercana todavía contiene preguntas sin resolver.

Manchas solares y campos magnéticos

  El Sol posee un poderoso y complejo campo magnético.

  En determinadas regiones aparecen manchas solares, zonas que parecen oscuras porque son algo más frías que sus alrededores.

  Estas manchas están asociadas con intensas concentraciones de campo magnético.

  La actividad magnética puede producir llamaradas solares y grandes expulsiones de plasma conocidas como eyecciones de masa coronal.

  El Sol no es una esfera tranquila de luz.

  Es un sistema dinámico.

Una tormenta solar puede alcanzar la Tierra

  Cuando partículas cargadas procedentes del Sol llegan al entorno terrestre, interactúan con el campo magnético de nuestro planeta.

  La magnetosfera desvía gran parte de ese material.

  En regiones próximas a los polos, algunas partículas pueden interactuar con la atmósfera y producir las hermosas auroras.

  Una llamarada que ocurre en una estrella situada a ciento cincuenta millones de kilómetros puede terminar creando cortinas de luz sobre nuestro cielo.

El campo magnético terrestre también nos protege

  La relación entre el Sol y la Tierra no se limita a recibir luz.

  Nuestra magnetosfera actúa como una barrera frente a gran parte del viento solar.

  La atmósfera también absorbe y filtra diferentes tipos de radiación.

  Sin estos sistemas protectores, las condiciones sobre la superficie terrestre serían muy diferentes.

  La vida depende no solamente de recibir energía solar, sino también de estar protegida frente a determinados componentes de esa radiación y del flujo de partículas.

La atmósfera selecciona qué radiación llega

  El Sol emite energía en muchas longitudes de onda.

  Parte corresponde a luz visible.

  También existen radiación infrarroja y ultravioleta, además de otras formas.

  La atmósfera terrestre absorbe una parte importante de la radiación de alta energía.

  El ozono, por ejemplo, reduce considerablemente la cantidad de radiación ultravioleta dañina que alcanza la superficie.

  La energía solar llega hasta nosotros después de atravesar un sistema de filtros naturales.

La fotosíntesis comienza con luz

  Las plantas poseen moléculas capaces de captar parte de la energía solar.

  Mediante la fotosíntesis, utilizan esa energía para producir compuestos químicos a partir de dióxido de carbono y agua.

  El proceso libera oxígeno como producto.

  La energía almacenada posteriormente puede pasar hacia animales que comen plantas y después hacia otros organismos.

  Gran parte de la energía contenida en nuestros alimentos comenzó como luz solar.

Cada bosque depende de una estrella

  Un árbol puede parecer completamente separado del Sol.

  Sin embargo, sus hojas captan fotones.

  La energía permite construir azúcares.

  Esos compuestos contribuyen a formar madera, raíces, flores y frutos.

  Un bosque completo representa, en cierto sentido, energía solar transformada en estructuras vivas.

  La estrella situada en el cielo participa silenciosamente en la construcción de la biomasa terrestre.

También impulsa el ciclo del agua

  El Sol calienta océanos, lagos y superficies húmedas.

  Parte del agua se evapora.

  El vapor asciende, se enfría y puede condensarse formando nubes.

  Posteriormente cae nuevamente como lluvia o nieve.

  Ríos y corrientes devuelven parte de esa agua hacia los océanos.

  Sin energía solar, el ciclo hidrológico que abastece de agua dulce a grandes regiones del planeta sería radicalmente distinto.

Los vientos también dependen de la energía solar

  El Sol no calienta uniformemente toda la superficie terrestre.

  El ecuador recibe energía de manera diferente a las regiones polares.

  Continentes y océanos también responden de forma distinta al calentamiento.

  Estas diferencias contribuyen a producir cambios de presión atmosférica y movimientos de aire.

  Por eso gran parte de la circulación atmosférica y del clima está impulsada directa o indirectamente por energía solar.

Incluso muchos combustibles almacenaron luz

  La energía química presente en materia orgánica tiene, en gran medida, relación con fotosíntesis previa.

  Cuando utilizamos madera como combustible, liberamos parte de energía originalmente capturada de la luz.

  En este sentido, innumerables procesos energéticos terrestres están ligados al Sol.

  Nuestra estrella no solamente ilumina.

  Alimenta sistemas enteros.

La cantidad recibida debe mantenerse dentro de límites

  Demasiada energía produciría condiciones térmicas incompatibles con gran parte de la vida actual.

  Muy poca convertiría enormes regiones en ambientes congelados.

  La temperatura terrestre depende de múltiples factores, pero el flujo de energía solar constituye uno de los fundamentales.

  La existencia de agua líquida sobre grandes regiones de nuestro planeta requiere condiciones cuidadosamente equilibradas.

  El Sol participa directamente en ese equilibrio.

La inclinación de la Tierra produce estaciones

  Las estaciones no ocurren principalmente porque la Tierra esté mucho más cerca o lejos del Sol durante distintas épocas.

  Se producen sobre todo debido a la inclinación del eje terrestre.

  Conforme nuestro planeta recorre su órbita, diferentes hemisferios reciben luz con distintos ángulos y duraciones.

  Así aparecen verano, otoño, invierno y primavera.

  El mismo Sol produce efectos diferentes dependiendo de la geometría de nuestro planeta.

Día y noche regulan la vida

  La rotación terrestre crea ciclos de luz y oscuridad.

  Muchos organismos poseen relojes biológicos internos asociados con esos ciclos.

  Sueño, actividad, secreción hormonal, floración, migración y numerosos procesos pueden responder a la duración del día.

  La luz solar no solamente aporta energía.

  También funciona como señal temporal.

Nuestro propio cuerpo responde a la luz

  En los seres humanos, la luz que llega a la retina proporciona información al cerebro acerca del ciclo diario.

  Esto ayuda a regular ritmos circadianos relacionados con sueño y vigilia.

  La exposición a la luz durante el día participa en mantener sincronizado nuestro reloj interno.

  Vivimos biológicamente relacionados con el movimiento aparente del Sol a través del cielo.

El Sol parece moverse, pero la Tierra gira

  Cada mañana parece que el Sol sale por el este, atraviesa el cielo y se oculta por el oeste.

  En realidad, gran parte de ese movimiento aparente se debe a la rotación de la Tierra.

  Nuestro planeta completa aproximadamente una rotación cada veinticuatro horas.

  La experiencia cotidiana de amanecer y atardecer es consecuencia de vivir sobre una esfera en movimiento.

La Tierra también viaja alrededor del Sol

  Nuestro planeta se desplaza alrededor del Sol a una velocidad media cercana a treinta kilómetros por segundo.

  Eso equivale a más de cien mil kilómetros por hora.

  No sentimos directamente esa velocidad porque nosotros, la atmósfera y prácticamente todo lo que nos rodea participamos en el mismo movimiento.

  Cada día que vivimos estamos viajando por el espacio.

Y el Sol tampoco está inmóvil

  El Sol se desplaza dentro de la Vía Láctea junto con todo el sistema solar.

  Nuestra estrella orbita alrededor de la región central de la galaxia.

  Por lo tanto, no existe una Tierra inmóvil alrededor de un Sol completamente inmóvil.

  Estamos dentro de un sistema dinámico de movimientos superpuestos.

Un tamaño que desafía la imaginación

  Podrían colocarse aproximadamente ciento nueve Tierras alineadas a lo largo del diámetro solar.

  Por volumen, cabrían alrededor de un millón de Tierras dentro del Sol.

  Y aun así, el Sol no es una de las mayores estrellas conocidas.

  Esto nos proporciona una perspectiva interesante.

  Aquello que domina completamente nuestro cielo es enorme respecto de nuestro planeta, pero forma parte de una realidad estelar mucho mayor.

Sin embargo, para nosotros es una estrella especial

  El Sol no necesita ser la estrella más grande para ser la más importante en nuestra vida.

  Es la estrella que calienta nuestros océanos.

  La que ilumina nuestros días.

  La que permite la fotosíntesis.

  La que impulsa gran parte del clima.

  La que marca los ciclos cotidianos de innumerables organismos.

  Su importancia no depende de superar a todas las demás estrellas.

  Depende de su relación con nuestro planeta.

La Biblia relaciona el Sol con el orden del día

  El libro de Génesis declara:

“E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche; hizo también las estrellas.”
(Génesis 1:16)

  El propósito del texto bíblico no es ofrecer una explicación de física nuclear.

  Describe el Sol dentro del orden de la creación y de su función respecto de la Tierra.

  Para quien vive sobre nuestro planeta, ninguna otra estrella gobierna visualmente el día como lo hace el Sol.

El salmista también contempló su recorrido

  El Salmo 19 utiliza una poderosa imagen:

“En ellos puso tabernáculo para el sol; y éste, como esposo que sale de su tálamo, se alegra cual gigante para correr el camino.”
(Salmo 19:4-5)

  El lenguaje es poético.

  Describe aquello que una persona contempla desde la Tierra: la aparición diaria del Sol y su recorrido aparente por el cielo.

  Generaciones enteras han observado el mismo amanecer.

Una estrella que no debe ser adorada

  Precisamente porque el Sol es tan impresionante, muchas civilizaciones antiguas llegaron a adorarlo.

  La perspectiva bíblica es radicalmente diferente.

  El Sol no es Dios.

  Es creación.

  Su grandeza apunta más allá de sí mismo hacia Aquel que lo hizo.

  La criatura no reemplaza al Creador.

Mirar el Sol significa también reconocer nuestros límites

  Ni siquiera podemos observar directamente el disco solar sin protección adecuada para nuestros ojos.

  Su brillo es demasiado intenso.

  A pesar de encontrarse a ciento cincuenta millones de kilómetros, la energía que llega hasta nosotros puede dañar la retina si se contempla directamente.

  Una estrella distante continúa siendo físicamente poderosa sobre nuestro pequeño planeta.

Un gigantesco reactor que no construimos

  En la Tierra necesitamos enormes instalaciones para producir cantidades relativamente pequeñas de energía mediante reacciones nucleares controladas.

  El Sol mantiene naturalmente procesos de fusión en una escala inconcebiblemente mayor.

  Esto no significa que funcione como un reactor humano convencional.

  Las condiciones físicas son profundamente diferentes.

  Pero la comparación ayuda a comprender la magnitud del fenómeno.

  Sobre nuestras cabezas existe una fuente de energía cuya potencia supera todo lo que nuestra civilización puede producir.

Una energía que llega gratuitamente cada mañana

  No necesitamos transportar combustible hasta el Sol.

  No encendemos la estrella cada día.

  La luz llega continuamente.

  Nuestros paneles solares pueden transformar una parte en electricidad.

  Las plantas la convierten en energía química.

  Los océanos absorben parte como calor.

  El planeta entero responde.

  Cada amanecer representa la llegada de una corriente gigantesca de energía.

El cielo proclama mucho más cuando comprendemos la ciencia

  El Salmo 19 comienza declarando:

“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
(Salmo 19:1)

  Conocer el funcionamiento del Sol no disminuye esa afirmación.

  La vuelve más impresionante.

  David veía una luz poderosa atravesando el cielo.

  Nosotros podemos estudiar su masa, temperatura, composición, espectro, campos magnéticos y producción energética.

  El conocimiento científico permite contemplar dimensiones que nuestros ojos no pueden percibir directamente.

La estrella que sostiene nuestro mundo

  La Biblia no pretende describir la fusión nuclear, el plasma, el equilibrio hidrostático o la transferencia radiativa. Estas preguntas corresponden a la física solar y a la astrofísica.

  Las Escrituras nos invitan a observar la creación y reconocer la sabiduría manifestada en ella.

  El salmista escribió:

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  El Sol constituye una magnífica oportunidad para contemplar esas palabras. En su núcleo ocurren reacciones nucleares bajo temperaturas de millones de grados. La energía atraviesa diferentes regiones de la estrella, escapa al espacio y, unos ocho minutos después, una pequeña parte alcanza nuestro planeta.

  Esa energía calienta océanos, mueve la atmósfera, participa en el ciclo del agua y permite que las plantas capturen luz para producir alimento. Nuestra atmósfera y campo magnético, a su vez, ayudan a proteger la superficie de componentes potencialmente dañinos procedentes del entorno solar.

  Numerosos sistemas distintos terminan conectados con una sola estrella.

  Desde la perspectiva bíblica, comprender estos mecanismos aumenta profundamente nuestra admiración. El Sol nos recuerda que la sabiduría del Creador puede contemplarse cada mañana en algo tan familiar que fácilmente dejamos de verlo: una estrella gigantesca situada a una distancia extraordinaria, cuya luz llega hasta un pequeño planeta y contribuye silenciosamente a sostener prácticamente toda la vida que conocemos.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Temas científicos consultados

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Por el Dr. Elio M Rivera

  Cada noche despejada aparece sobre nosotros un objeto familiar que ha acompañado a la humanidad desde tiempos antiguos. A veces se muestra como un delgado arco de luz; otras, como un disco brillante que domina el cielo nocturno. Su presencia ha servido para medir tiempos, orientar calendarios, inspirar poesía y despertar preguntas acerca del mundo que nos rodea. Se trata de la Luna, el único satélite natural de la Tierra.

  Aunque desde nuestro planeta parece relativamente cercana y pequeña, la Luna es un mundo completo. Tiene montañas, llanuras, cráteres y enormes regiones cubiertas por polvo y roca. Se encuentra a una distancia media de unos 384,400 kilómetros de la Tierra y tarda poco más de veintisiete días en completar una órbita respecto de las estrellas, aunque el ciclo de fases que observamos dura aproximadamente veintinueve días y medio.

  Su importancia no se limita a iluminar las noches. La gravedad lunar participa en las mareas, su movimiento ayuda a organizar ciclos que han acompañado a numerosas culturas y su relación con la Tierra constituye uno de los sistemas más reconocibles del cielo. La Luna no produce su propia luz visible; refleja la luz del Sol y convierte esa iluminación en uno de los espectáculos más hermosos de la noche.

La luna, una lumbrera que gobierna la noche

  El libro de Génesis declara:

“E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche.”
(Génesis 1:16)

  Desde la perspectiva de alguien que observa desde la Tierra, la descripción resulta inmediata. El Sol domina el día y la Luna ocupa un lugar especial durante la noche, aunque también puede verse a veces durante horas diurnas.

  La Luna no brilla porque produzca energía como una estrella. Su superficie refleja parte de la luz que recibe del Sol.

  Cada fase lunar depende de la posición relativa entre Sol, Tierra y Luna.

Las fases no ocurren porque la Tierra haga sombra

  Una idea equivocada bastante común es pensar que las fases de la Luna se producen porque la sombra de la Tierra cubre gradualmente su superficie.

  Eso solamente ocurre durante un eclipse lunar.

  Las fases normales aparecen porque desde la Tierra observamos diferentes proporciones de la mitad lunar iluminada por el Sol.

  La Luna siempre tiene aproximadamente una mitad iluminada y otra en oscuridad.

  Lo que cambia es cuánto de esa mitad iluminada podemos ver desde nuestra posición.

De una pequeña curva a una Luna llena

  Cuando la Luna se encuentra aproximadamente entre la Tierra y el Sol, la región iluminada queda mayormente orientada en dirección opuesta a nosotros. Entonces ocurre la Luna nueva y puede resultar difícil observarla.

  Conforme avanza en su órbita, aparece una delgada porción iluminada.

  Después vemos el cuarto creciente.

  Más tarde una parte todavía mayor.

  Finalmente, cuando la Tierra se encuentra aproximadamente entre el Sol y la Luna, vemos casi toda la cara iluminada.

  Entonces aparece la Luna llena.

  Después el proceso ocurre en sentido inverso.

Un reloj visible en el cielo

  El ciclo completo de fases dura aproximadamente 29.5 días.

  Este período ha tenido una importancia enorme en la medición del tiempo.

  La palabra “mes” en muchas culturas está históricamente relacionada con ciclos lunares.

  Los calendarios hebreos y otros calendarios tradicionales han utilizado la observación lunar para organizar meses y festividades.

  Mucho antes de los relojes modernos, el cielo proporcionaba señales regulares.

La Biblia relaciona la Luna con los tiempos

  El Salmo 104 declara:

“Hizo la luna para los tiempos; el sol conoce su ocaso.”
(Salmo 104:19)

  La expresión refleja precisamente una de sus funciones más evidentes para el ser humano: proporcionar ciclos observables.

  Una persona puede mirar la forma de la Luna y conocer aproximadamente en qué parte del mes lunar se encuentra.

  El cielo se convierte así en calendario.

La misma cara mira siempre hacia nosotros

  Una de las características más fascinantes de la Luna es que desde la Tierra observamos prácticamente siempre la misma cara.

  Esto no significa que la Luna no gire.

  Sí gira sobre su propio eje.

  Lo extraordinario es que tarda aproximadamente el mismo tiempo en realizar una rotación que en completar una órbita alrededor de la Tierra.

  Este fenómeno se conoce como rotación síncrona.

Girar mientras orbita

  Podemos comprenderlo imaginando a una persona caminando alrededor de otra mientras mantiene siempre el rostro orientado hacia ella.

  Para conseguirlo tiene que girar gradualmente mientras recorre el círculo.

  La Luna hace algo semejante.

  Si no girara sobre sí misma, durante cada órbita veríamos progresivamente todas sus caras.

  Como rota una vez durante cada recorrido, la misma región permanece orientada hacia nuestro planeta.

La cara oculta no está siempre oscura

  Por esta razón hablamos a veces del “lado oscuro de la Luna”.

  La expresión puede resultar engañosa.

  La cara que no vemos desde la Tierra también recibe luz solar.

  Experimenta día y noche igual que la cara visible.

  Lo correcto sería hablar de la cara oculta o cara lejana.

  Las naves espaciales permitieron observarla directamente y descubrir un paisaje bastante diferente del lado que vemos habitualmente.

La luna, un mundo cubierto de cráteres

  La superficie lunar contiene enormes cantidades de cráteres.

  Muchos fueron producidos por impactos de objetos procedentes del espacio.

  La Luna carece de una atmósfera densa como la nuestra, por lo que pequeños cuerpos no son frenados o destruidos del mismo modo antes de alcanzar la superficie.

  Además, no posee lluvia, ríos ni viento atmosférico capaces de erosionar rápidamente esas marcas.

  Por eso numerosos cráteres permanecen claramente visibles.

Montañas y grandes llanuras oscuras

  Las regiones oscuras que podemos distinguir desde la Tierra reciben el nombre de mares lunares, aunque no contienen océanos de agua líquida.

  El nombre proviene de antiguos observadores que imaginaron que podían tratarse de grandes masas de agua.

  En realidad, son extensas llanuras de roca volcánica más oscura.

  Las regiones más claras contienen terrenos montañosos y numerosos cráteres.

  A simple vista, esas diferencias producen los patrones que durante siglos inspiraron figuras como “el hombre en la Luna”.

Un suelo convertido en polvo

  La superficie está cubierta por una capa de material fragmentado conocida como regolito lunar.

  Incluye polvo, pequeños fragmentos de roca y material producido por innumerables impactos.

  Este polvo posee características que causaron dificultades incluso a los astronautas.

  Puede adherirse a superficies, equipos y trajes.

  Un paisaje que desde la Tierra parece suave y brillante está cubierto por partículas ásperas y finas.

Casi no existe atmósfera

  La Luna posee una exosfera extremadamente tenue, pero nada comparable con la atmósfera terrestre.

  Esto produce consecuencias importantes.

  No hay aire respirable.

  No existen nubes semejantes a las nuestras.

  El sonido no puede propagarse por la superficie de la misma manera que en la Tierra porque casi no existe medio gaseoso para transportarlo.

  Un astronauta fuera de su nave no escucharía directamente los sonidos externos a través del espacio.

Un mundo de silencio

  La imagen resulta extraordinaria.

  Dos astronautas podrían encontrarse muy cerca sobre la superficie lunar.

  Sin sistemas de radio, no escucharían sus voces transmitidas por el aire exterior.

  Necesitan comunicación electrónica.

  El paisaje lunar no solamente parece silencioso.

  Físicamente carece de una atmósfera capaz de transportar sonido de la manera habitual.

Temperaturas extremadamente diferentes

  La falta de una atmósfera significativa también limita la distribución de calor.

  Durante el día lunar, ciertas regiones pueden alcanzar temperaturas muy elevadas.

  Durante la noche, pueden descender enormemente.

  Un día y una noche lunares duran mucho más que los nuestros, porque el ciclo entre amaneceres sucesivos dura aproximadamente veintinueve días y medio terrestres.

  La superficie puede permanecer expuesta al Sol durante períodos prolongados y después pasar largos intervalos en oscuridad.

Un cielo negro incluso durante el día

  Sobre la Tierra, el cielo diurno parece azul porque las moléculas de nuestra atmósfera dispersan la luz solar.

  En la Luna casi no existe atmósfera para producir ese efecto.

  Por eso, incluso con el Sol sobre el horizonte, el cielo aparece negro.

  La superficie puede estar brillantemente iluminada mientras sobre ella se extiende una oscuridad casi absoluta.

La gravedad es mucho menor

  La gravedad en la superficie lunar es aproximadamente una sexta parte de la gravedad terrestre.

  Una persona que pesa sesenta kilogramos de masa continúa teniendo la misma masa en la Luna, pero su peso sería aproximadamente una sexta parte del que experimenta sobre la Tierra.

  Por eso los astronautas podían realizar movimientos y saltos que parecerían extraños en nuestro planeta.

  La gravedad continúa actuando, pero con menor intensidad.

La Luna y las mareas

  Una de las influencias más evidentes de la Luna sobre la Tierra ocurre en los océanos.

  Su gravedad ejerce una atracción diferente sobre distintas regiones de nuestro planeta.

  Esto contribuye a producir las mareas.

  El Sol también participa en ellas, pero la Luna posee una influencia especialmente importante debido a su cercanía.

  El movimiento periódico del nivel del mar está relacionado con la geometría entre Tierra, Luna y Sol.

Dos abultamientos en los océanos

  La explicación de las mareas es más compleja que decir simplemente que la Luna “jala el agua hacia ella”.

  Las diferencias de gravedad a través de la Tierra producen efectos de marea.

  De manera simplificada, aparecen regiones de mayor nivel oceánico tanto en el lado aproximadamente orientado hacia la Luna como en el lado opuesto.

  Como la Tierra gira dentro de este sistema, muchas costas experimentan ciclos de pleamar y bajamar.

  La forma de los continentes y del fondo oceánico modifica enormemente el resultado local.

El eclipse solar

Cuando el Sol y la Luna trabajan en la misma dirección

  Durante Luna nueva y Luna llena, Sol, Tierra y Luna se encuentran aproximadamente alineados.

  Las influencias gravitatorias del Sol y de la Luna sobre las mareas se combinan más fuertemente.

  Entonces aparecen las llamadas mareas vivas, con diferencias generalmente mayores entre pleamar y bajamar.

  Durante los cuartos lunares, la geometría cambia y aparecen mareas muertas, normalmente menos extremas.

  El cielo y los océanos están relacionados mediante gravedad.

La Luna también ayuda a estabilizar el eje terrestre

  La interacción gravitatoria entre la Tierra y la Luna influye en la dinámica de rotación de nuestro planeta.

  La presencia de un satélite relativamente grande contribuye a limitar grandes variaciones en la inclinación del eje terrestre.

  Esto tiene importancia porque el ángulo del eje influye profundamente en la distribución de la luz solar y en las estaciones.

  La Luna no solamente produce una hermosa vista nocturna.

  Forma parte de la dinámica física del sistema terrestre.

Una pareja extraordinaria

  La Luna es grande en relación con la Tierra comparada con muchos sistemas de planeta y satélite.

  Su diámetro es de aproximadamente 3,474 kilómetros, un poco más de una cuarta parte del diámetro terrestre.

  Esta proporción contribuye a algunas de las características llamativas de nuestro cielo.

  Entre ellas se encuentra uno de los espectáculos más extraordinarios que podemos observar:

  los eclipses solares totales.

El Sol es muchísimo mayor que la Luna

  El diámetro del Sol es aproximadamente cuatrocientas veces mayor que el de la Luna.

  Pero el Sol también se encuentra aproximadamente cuatrocientas veces más lejos de nosotros que la Luna.

  Como resultado, ambos pueden presentar tamaños aparentes muy semejantes en nuestro cielo.

  Durante determinadas alineaciones, la Luna puede cubrir casi exactamente el disco visible del Sol.

  Entonces aparece un eclipse solar total.

Cuando el día se convierte brevemente en noche

  Durante un eclipse total, la Luna pasa entre la Tierra y el Sol.

  Su sombra recorre una región relativamente estrecha de nuestro planeta.

  Desde dentro de esa zona, el disco solar queda cubierto y puede hacerse visible la corona exterior del Sol.

  El cielo se oscurece.

  Las temperaturas pueden descender.

  Algunos animales modifican temporalmente su comportamiento.

  Una alineación entre tres cuerpos produce uno de los espectáculos más impresionantes de la naturaleza.

Los eclipses no ocurren cada mes

  Si la Luna pasa regularmente entre la Tierra y el Sol, podría parecer que debería existir un eclipse solar todos los meses.

  No ocurre así porque la órbita lunar está inclinada aproximadamente cinco grados respecto del plano de la órbita terrestre alrededor del Sol.

  La mayoría de las veces la Luna pasa un poco por encima o por debajo de la alineación exacta.

  Solamente cuando las geometrías coinciden apropiadamente ocurre un eclipse.

También existe el eclipse lunar

  Durante un eclipse lunar ocurre lo contrario.

  La Tierra queda entre el Sol y la Luna.

  La sombra terrestre alcanza la superficie lunar.

  Durante un eclipse total, la Luna puede adquirir una tonalidad rojiza porque parte de la luz solar atraviesa la atmósfera de nuestro planeta, donde las longitudes de onda más rojizas pueden ser desviadas hacia la sombra.

  La atmósfera de la Tierra termina coloreando temporalmente a la Luna.

La Luna refleja solamente una pequeña parte de la luz

  Aunque la Luna llena parece extraordinariamente brillante en una noche oscura, su superficie refleja solamente una fracción de la luz que recibe.

  Su suelo es relativamente oscuro.

  El contraste con el cielo nocturno hace que parezca mucho más brillante.

  Esto demuestra nuevamente cómo nuestra percepción depende del entorno.

No produce luz propia

  Este punto resulta especialmente hermoso para el enfoque de Cristopedia.

  La Luna no genera la luz que admiramos.

  La recibe.

  Después refleja una parte hacia nosotros.

  Su belleza nocturna depende de una fuente situada mucho más lejos: el Sol.

  Podemos verla precisamente porque está iluminada.

La humanidad finalmente llegó hasta ella

  Durante siglos, las personas solamente pudieron contemplar la Luna desde la Tierra.

  El telescopio permitió observar montañas y cráteres con mayor detalle.

  Posteriormente llegaron sondas espaciales.

  Y el veinte de julio de 1969, la misión Apollo 11 logró que seres humanos caminaran por primera vez sobre su superficie.

  Neil Armstrong y Buzz Aldrin descendieron mientras Michael Collins permanecía en órbita.

Las huellas pueden permanecer durante muchísimo tiempo

  Como casi no existe atmósfera, lluvia o viento, las huellas dejadas por astronautas no se borran de la manera que ocurriría sobre una playa terrestre.

  Pueden ser alteradas por impactos microscópicos y otros procesos, pero no existe erosión meteorológica normal.

  Una huella humana puede permanecer sobre el regolito durante períodos extremadamente prolongados.

Una roca traída desde otro mundo

  Las misiones Apollo trajeron a la Tierra cientos de kilogramos de muestras lunares.

  Estas rocas permitieron estudiar directamente minerales, composición y características de la superficie.

  Lo que durante siglos fue solamente un disco en el cielo llegó finalmente a nuestros laboratorios en forma de muestras físicas.

  La ciencia pasó de observar luz reflejada a tocar literalmente material lunar.

La Luna todavía contiene preguntas

  A pesar de todo lo aprendido, continúa siendo objeto de investigación.

  Misiones modernas han identificado hielo de agua en regiones permanentemente sombreadas cerca de los polos.

  Esos depósitos resultan especialmente interesantes para futuras misiones porque el agua podría utilizarse para consumo, producción de oxígeno y posiblemente obtención de hidrógeno para combustible.

  Nuestro vecino celeste todavía guarda recursos y preguntas por estudiar.

Sombras donde el Sol casi nunca llega

  Ciertos cráteres próximos a los polos poseen regiones que permanecen en sombra permanente debido a la baja inclinación del eje lunar.

  Las temperaturas allí pueden ser extremadamente bajas.

  Es precisamente en estas regiones donde se han encontrado evidencias importantes de hielo.

  Incluso sobre un mundo aparentemente seco, la ubicación y geometría pueden crear condiciones muy distintas.

La Luna y la vida cotidiana

  Aunque la mayoría de nosotros no pensamos diariamente en ella, la Luna participa en numerosos aspectos del mundo que conocemos.

  Las mareas afectan ecosistemas costeros.

  Su ciclo ha organizado calendarios.

  Su luz nocturna influye en el comportamiento de diferentes animales.

  Y su presencia ha acompañado innumerables acontecimientos de la historia humana.

  Generaciones enteras han contemplado el mismo objeto.

La misma Luna que vio Abraham

  Cuando Abraham miró hacia el cielo, contempló la Luna.

  David la observó.

  Los profetas la vieron.

  Jesús caminó bajo noches iluminadas por ella.

  Nosotros levantamos los ojos miles de años después y observamos el mismo satélite.

  Existen pocos objetos visibles que conecten de manera tan inmediata a generaciones separadas por siglos.

David la llamó obra de los dedos de Dios

  El Salmo 8 declara:

“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?”
(Salmo 8:3-4)

  El efecto de contemplarla continúa siendo semejante.

  Podemos conocer ahora su diámetro.

  Medimos su distancia.

  Hemos caminado sobre ella.

  Conocemos su gravedad y composición.

  Sin embargo, continúa produciendo asombro.

Conocerla mejor no elimina la maravilla

  La ciencia no necesita competir con la contemplación.

  Saber que la Luna refleja luz solar no hace menos hermoso un claro de luna.

  Comprender las mareas no reduce el asombro de observarlas.

  Conocer la geometría de un eclipse no impide quedar impresionados cuando el Sol desaparece detrás del disco lunar.

  En muchos casos ocurre precisamente lo contrario.

  Cuanto más comprendemos, más cosas encontramos para admirar.

Una compañera silenciosa de nuestro planeta

  La Biblia no pretende explicar la mecánica orbital, la geología lunar o las fuerzas de marea mediante lenguaje científico. Estas preguntas corresponden a la astronomía, la física y la geología planetaria.

  Las Escrituras nos invitan a contemplar la creación y reconocer la sabiduría del Dios que la hizo.

  El salmista escribió:

“Tuyos son los cielos, tuya también la tierra; el mundo y su plenitud, tú lo fundaste.”
(Salmo 89:11)

  La Luna constituye una hermosa oportunidad para esa contemplación. Se mueve alrededor de nuestro planeta siguiendo una órbita regular. Refleja la luz del Sol, marca un ciclo fácilmente observable, participa gravitacionalmente en las mareas y presenta una geometría extraordinaria que permite espectáculos como los eclipses.

  Su superficie está cubierta de montañas, llanuras y cráteres. Su gravedad es menor que la nuestra. Su cielo permanece negro aun durante el día. No posee océanos, bosques ni una atmósfera respirable. Y, sin embargo, desde nuestro planeta aparece cada noche como uno de los objetos más hermosos del cielo.

  Desde la perspectiva bíblica, conocer todos estos detalles aumenta nuestra admiración. La Luna nos recuerda que la grandeza de la creación no siempre necesita producir su propia luz. A veces basta con recibirla y reflejarla. Cada noche, ese mundo silencioso situado a cientos de miles de kilómetros continúa iluminando nuestro cielo y recordándonos el orden, la belleza y la sabiduría presentes en la obra del Creador.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Temas científicos consultados

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