Dr. Elio M Rivera
En un bosque, un lobo persigue a un venado. En una flor, una abeja recoge néctar mientras transporta polen. Bajo el suelo, hongos y bacterias descomponen una hoja caída. En un río, pequeños organismos sirven de alimento a peces que después pueden alimentar a aves. A primera vista parecen acontecimientos independientes, pero forman parte de una enorme red de relaciones.
A esta interacción dinámica entre organismos y ambiente solemos llamarla equilibrio ecológico. No significa que la naturaleza permanezca inmóvil ni que siempre exista el mismo número de animales y plantas. Las poblaciones aumentan y disminuyen, aparecen sequías, incendios, tormentas y enfermedades. Sin embargo, los ecosistemas poseen procesos que permiten mantener funciones fundamentales y recuperarse de muchas alteraciones.
En la naturaleza casi nada vive completamente aislado. La supervivencia de una criatura puede depender de organismos que nunca llega a ver.

¿Qué es realmente un ecosistema?
Un ecosistema está formado por los organismos que viven en determinado lugar y por los componentes físicos con los que interactúan.
Incluye animales, plantas, hongos y microorganismos.
Pero también agua, aire, suelo, temperatura, minerales y luz.
La vida y el ambiente forman un sistema de relaciones.
El equilibrio no significa que nada cambie
Esta idea es fundamental.
Un ecosistema saludable no permanece exactamente igual.
Nacen animales.
Otros mueren.
Las plantas crecen.
Las poblaciones cambian.
Llegan estaciones secas y lluviosas.
El equilibrio ecológico es dinámico.
Todo comienza con una fuente de energía
En la mayoría de los ecosistemas, gran parte de la energía disponible originalmente procede del Sol.
Las plantas, algas y determinados microorganismos capturan energía luminosa mediante fotosíntesis.
Esa energía queda almacenada químicamente.
Después puede pasar de un organismo a otro.

Las plantas alimentan mucho más que herbívoros
Un venado consume plantas.
Un depredador puede consumir al venado.
Cuando ambos mueren, otros organismos utilizan sus restos.
Finalmente los descomponedores participan en devolver nutrientes al ambiente.
La materia continúa circulando.
La energía, en cambio, fluye a través del sistema y finalmente se disipa principalmente como calor.
No existe una simple cadena, sino una red
En la escuela solemos aprender una cadena sencilla:
Planta → conejo → zorro.
Pero la realidad es muchísimo más compleja.
El conejo consume diferentes plantas.
El zorro puede alimentarse de distintas presas.
Otros depredadores también pueden capturar conejos.
Las plantas alimentan numerosos animales.
Por eso los ecólogos hablan de redes alimentarias.
Los depredadores también cumplen una función
Puede resultar fácil pensar que un depredador solamente destruye.
Sin embargo, los depredadores pueden ayudar a regular las poblaciones de sus presas.
Si determinados herbívoros aumentaran sin suficiente control, podrían consumir vegetación a un ritmo mayor del que esta puede recuperarse.
El depredador forma parte de la red.
¿Qué ocurre cuando desaparece un depredador?
En algunos ecosistemas, retirar un depredador importante puede producir consecuencias que alcanzan varios niveles de la red alimentaria.
Las presas pueden aumentar.
La vegetación puede disminuir.
Otros animales pueden perder alimento o refugio.
Incluso determinadas características físicas del ambiente pueden verse indirectamente afectadas.
A estos efectos encadenados se les llama cascadas tróficas.
El famoso caso de Yellowstone
Los lobos fueron eliminados de gran parte del Parque Nacional Yellowstone durante el siglo XX.
Décadas después fueron reintroducidos.
Su regreso produjo cambios en las poblaciones y comportamiento de diferentes animales y formó parte de una serie compleja de modificaciones ecológicas.
El caso se convirtió en un importante ejemplo para estudiar cómo un gran depredador puede influir sobre un ecosistema.
Sin embargo, los científicos también señalan que Yellowstone es complejo y que sus cambios no pueden atribuirse exclusivamente a los lobos.

Un ecosistema, es la creación conectada
Una especie puede tener efectos enormes
Algunas especies ejercen una influencia desproporcionadamente grande en relación con su abundancia.
Se conocen como especies clave.
Su desaparición puede modificar profundamente una comunidad.
Esto demuestra que importancia ecológica y tamaño no son necesariamente lo mismo.
La nutria marina y los bosques de algas
Las nutrias marinas pueden alimentarse de erizos de mar.
Los erizos consumen algas.
Cuando existen demasiados erizos, pueden reducir considerablemente los bosques de kelp.
Las nutrias pueden ayudar a controlar sus poblaciones.
Así, un mamífero puede contribuir indirectamente a conservar un enorme bosque submarino.
Los polinizadores conectan plantas y animales
Abejas, mariposas, polillas, murciélagos, aves y otros animales transportan polen entre flores.
Muchas plantas dependen en diferente grado de estos visitantes para reproducirse.
A cambio, los animales pueden obtener néctar o polen.
Una relación entre dos organismos termina produciendo frutos y semillas que después alimentarán a muchos otros.
Una abeja puede influir en toda una comunidad
Imaginemos una planta que necesita polinización.
La abeja visita la flor.
Transporta polen.
Se produce un fruto.
Un ave consume ese fruto.
La semilla es transportada.
Crece una nueva planta.
Esa planta proporciona refugio a otros organismos.
Una visita de pocos segundos puede formar parte de una larga cadena de acontecimientos.
Los descomponedores cierran ciclos
Cuando una hoja cae, hongos y microorganismos comienzan a degradarla.
Cuando un animal muere, numerosos organismos participan en su descomposición.
Las moléculas que formaban su cuerpo no desaparecen.
Muchos nutrientes regresan al suelo, al agua o a la atmósfera.
Posteriormente pueden ser utilizados nuevamente.
Sin descomposición, los nutrientes quedarían atrapados
Imaginemos que todas las hojas caídas permanecieran intactas para siempre.
Los nutrientes contenidos en ellas quedarían fuera del alcance de nuevas plantas.
Los descomponedores liberan nuevamente muchos de esos materiales.
La vida depende tanto de construir como de descomponer.
Los hongos son grandes trabajadores ocultos
Una enorme parte de un hongo puede permanecer escondida bajo el suelo formando redes de filamentos llamadas micelio.
Los hongos participan intensamente en la descomposición.
Otros establecen asociaciones con raíces de plantas.
Un bosque que parece dominado por árboles también depende profundamente de organismos escondidos debajo de ellos.
Incluso las bacterias participan en ciclos planetarios
Determinadas bacterias transforman compuestos de nitrógeno.
Otras participan en ciclos del carbono, azufre y otros elementos.
Sin estas transformaciones, muchos nutrientes no estarían disponibles de la manera necesaria para otros organismos.
Algunos de los participantes más importantes de un ecosistema son invisibles a simple vista.
El agua también conecta ecosistemas
La lluvia cae sobre una montaña.
Parte entra en el suelo.
Otra parte llega a arroyos.
Los arroyos alimentan ríos.
Los ríos transportan minerales y materia orgánica.
Finalmente el agua puede llegar al océano.
Un bosque situado a cientos de kilómetros puede influir sobre ambientes río abajo.
Los animales también transportan nutrientes
Un salmón crece en el océano y después regresa a un río para reproducirse.
Cuando muere, nutrientes que formaban parte de su cuerpo pueden ser utilizados por otros organismos.
Osos y otros animales pueden transportar restos lejos del agua.
Así, materiales procedentes del océano pueden terminar dentro de ecosistemas terrestres.
Las aves conectan continentes
Muchas especies migratorias pasan diferentes épocas del año en lugares separados por miles de kilómetros.
Se alimentan en un ecosistema.
Se reproducen en otro.
Transportan nutrientes, semillas y organismos.
Un humedal en un país puede ser importante para aves que pasarán meses en otro continente.
La competencia también forma parte del sistema
No todas las relaciones son cooperación.
Dos especies pueden competir por alimento.
Las plantas compiten por luz.
Los animales pueden competir por territorio, agua o refugio.
La competencia influye sobre dónde viven los organismos y cuántos pueden mantenerse en determinado ambiente.
Existe un límite para las poblaciones
Ninguna población puede crecer indefinidamente en un ambiente limitado.
El alimento se agota.
El espacio disminuye.
Aumenta la competencia.
Pueden propagarse enfermedades.
Los depredadores encuentran más presas.
Numerosos factores contribuyen a regular las poblaciones.
¿Qué es la capacidad de carga?
Los ecólogos utilizan el concepto de capacidad de carga para describir aproximadamente la población que un ambiente puede sostener durante determinadas condiciones.
No es necesariamente un número fijo.
Una sequía puede disminuirla.
Una temporada extraordinariamente productiva puede aumentarla temporalmente.
El ambiente también cambia.
Los ecosistemas pueden recuperarse
Después de una tormenta, incendio, inundación u otra perturbación, muchos ecosistemas poseen capacidad para reorganizarse.
A esta propiedad se le llama resiliencia ecológica.
Las plantas vuelven a crecer.
Los animales regresan.
Los microorganismos continúan reciclando nutrientes.
Pero esta capacidad tiene límites.
Un incendio no siempre destruye definitivamente un ecosistema
En ciertos ambientes, incendios periódicos forman parte de los procesos naturales.
Algunas semillas responden al calor.
Determinadas plantas rebrotan.
La materia orgánica cambia.
Se abren espacios para nuevo crecimiento.
Sin embargo, incendios demasiado intensos o frecuentes pueden superar la capacidad de recuperación.
Eliminar una especie puede afectar muchas otras
Cuando desaparece una especie, no solamente perdemos ese organismo.
También pueden desaparecer relaciones.
Un polinizador puede dejar flores sin visitar.
Un depredador puede dejar presas sin regulación.
Una presa puede dejar depredadores sin alimento.
Una planta puede perder al animal que transportaba sus semillas.
La biodiversidad también significa diversidad de conexiones.
Las especies invasoras pueden alterar el equilibrio
Cuando un organismo llega a un ecosistema donde no estaba presente y se expande rápidamente, puede competir con especies locales, consumirlas o modificar su hábitat.
No todas las especies introducidas se vuelven invasoras.
Pero algunas producen cambios enormes.
Una nueva pieza puede modificar gran parte de la red.
Los seres humanos también formamos parte del ecosistema
No observamos la naturaleza desde fuera.
Dependemos de agua, suelo, plantas, animales y microorganismos.
Nuestros alimentos dependen de ecosistemas.
Nuestro oxígeno está relacionado con organismos fotosintéticos.
Nuestra agricultura necesita suelos fértiles.
Nuestra vida está integrada con el resto del planeta.
También podemos alterar profundamente los sistemas
Deforestación, contaminación, sobreexplotación, introducción de especies y transformación de hábitats pueden modificar redes ecológicas.
Algunos ecosistemas pueden recuperarse.
Otros requieren décadas.
Y determinados daños pueden ser muy difíciles de revertir.
Comprender las relaciones ecológicas también nos ayuda a utilizar responsablemente los recursos.
La Biblia presenta una creación llena de relaciones
El Salmo 104 ofrece una de las descripciones bíblicas más hermosas de la naturaleza:
“Él riega los montes desde sus aposentos; del fruto de sus obras se sacia la tierra. Él hace producir el heno para las bestias, y la hierba para el servicio del hombre.”
(Salmo 104:13-14)
Agua, suelo, vegetación, animales y seres humanos aparecen relacionados dentro del mismo cuadro.
Incluso los animales dependen de ciclos
El mismo Salmo declara:
“Todos ellos esperan en ti, para que les des su comida a su tiempo.”
(Salmo 104:27)
La expresión “a su tiempo” resulta particularmente interesante cuando observamos los ecosistemas.
Las flores aparecen en determinadas temporadas.
Los insectos emergen.
Las aves migran.
Los frutos maduran.
Las lluvias llegan.
Muchos organismos dependen de que estos acontecimientos coincidan.
“Hiciste todas ellas con sabiduría”
El salmista resume:
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)
La ecología nos permite contemplar precisamente esa multiplicidad.
No solamente estudiamos organismos individuales.
Estudiamos relaciones entre ellos.
Una enorme red que casi nunca vemos completa
Una abeja visita una flor.
Un ave come una semilla.
Un lobo captura una presa.
Un hongo descompone un tronco.
Una bacteria transforma nitrógeno.
Una raíz absorbe minerales.
Un río transporta nutrientes.
Una nube devuelve agua.
Cada acontecimiento parece pequeño.
Juntos forman un ecosistema.
Cuando toda la naturaleza está conectada
La Biblia no pretende explicar redes tróficas, capacidad de carga, cascadas ecológicas o ciclos biogeoquímicos mediante lenguaje científico. Estas preguntas corresponden a la ecología, biología y ciencias ambientales.
Sin embargo, cuanto más estudiamos los ecosistemas, más evidente resulta que la vida funciona mediante relaciones.
Los productores capturan energía. Los herbívoros consumen plantas. Los depredadores regulan poblaciones. Los polinizadores permiten la reproducción de numerosas especies vegetales. Los descomponedores devuelven nutrientes. Los microorganismos realizan transformaciones químicas esenciales. El agua conecta montañas, bosques, ríos y océanos.
Desde la perspectiva bíblica, comprender estas relaciones aumenta nuestra admiración. El equilibrio ecológico nos recuerda que la sabiduría del Creador puede contemplarse no solamente en cada criatura individual, sino también en la extraordinaria red que las conecta: desde un gran depredador hasta una bacteria invisible, cada organismo puede ocupar un lugar dentro de una comunidad de vida mucho mayor que él mismo.
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