13. El día que el hombre quedó delante del Juez

Dr. Elio M Rivera

Texto clave

“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.”
Romanos 3:23, RVR1960

  Hubo un tiempo en que el hombre no tenía miedo de encontrarse con Dios.

  Génesis describe a Adán y Eva viviendo en el huerto que Dios había preparado para ellos.

  No encontramos escondites.

  No encontramos acusaciones.

  No encontramos vergüenza.

  No encontramos muerte.

  Pero un día todo cambió.

  El hombre desobedeció.

  Y después de la desobediencia ocurrió algo que nunca había ocurrido antes:

“Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto.”
Génesis 3:8, RVR1960

  El Dios que antes no producía temor ahora era alguien de cuya presencia intentaban esconderse.

  ¿Qué había cambiado?

  No había cambiado Dios.

  Había cambiado la condición del hombre.

  Había aparecido el pecado.

  Y por primera vez en la historia humana, el hombre culpable quedó delante de su Juez.

¿Dónde estás tú?

  Entonces Dios hizo una pregunta:

“Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú?”
Génesis 3:9, RVR1960

  Dios no estaba buscando información.

  Sabía perfectamente dónde estaba Adán.

  La pregunta obligaba al hombre a salir de su escondite.

  Adán tendría que presentarse delante de Dios.

  Y cuando lo hizo, respondió:

“Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí.”
Génesis 3:10, RVR1960

  Aparece entonces una palabra que no pertenecía originalmente a aquella relación:

  Miedo.

  Algo se había roto.

  Adán ya no podía presentarse delante de Dios con la misma tranquilidad.

  Su conciencia sabía que algo había sucedido.

  Y Dios preguntó:

“¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?”
Génesis 3:11, RVR1960

  Aquí comienza algo extraordinariamente importante para nuestra serie.

  Dios había dado un mandamiento.

  El hombre lo había quebrantado.

  Ahora el hombre tenía que responder.

  Esto es responsabilidad moral.

  Dios no trató la desobediencia como si nunca hubiera ocurrido.

  Preguntó por ella.

  El hombre estaba siendo confrontado con sus actos.

Entonces comenzaron las excusas.

  Adán respondió:

“La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.”
Génesis 3:12, RVR1960

  Eva respondió:

“La serpiente me engañó, y comí.”
Génesis 3:13, RVR1960

  Desde el primer pecado encontramos una característica que todavía conocemos muy bien:

  la dificultad del ser humano para asumir completamente su responsabilidad.

  Adán señaló a Eva.

  Eva señaló a la serpiente.

  Pero ninguna explicación podía cambiar el hecho fundamental:

  Dios había hablado.

  Y ellos habían desobedecido.

  Las circunstancias podían explicar parte de lo ocurrido.

  Pero no podían convertir la desobediencia en obediencia.

  Y delante de la justicia perfecta de Dios, el pecado seguía siendo pecado.

La sentencia que Dios había anunciado

  La consecuencia no apareció inesperadamente.

  Antes de que el hombre pecara, Dios ya le había advertido:

“Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.”
Génesis 2:17, RVR1960

  Dios había hablado claramente.

  Ahora el hombre había hecho precisamente aquello que Dios le había dicho que no hiciera.

  Y algo terrible entró en la experiencia humana:

  la muerte.

  Muchos siglos después Pablo resumiría el principio de una manera extraordinariamente sencilla:

“Porque la paga del pecado es muerte…”
Romanos 6:23, RVR1960

  Observe la palabra:

  “Paga.”

  El pecado produce consecuencias.

  No es solamente una debilidad psicológica.

  No es simplemente un error sin importancia.

  No es únicamente una experiencia desafortunada.

  Delante de Dios constituye una realidad moral que tiene consecuencias.

  Y la consecuencia final del pecado es muerte.

Pero el problema no terminó con Adán

  Si la historia hubiera terminado en Génesis 3, podríamos contemplarla desde lejos y pensar:

  “Ese fue el problema de Adán.”

  Pero la Biblia no nos permite hacerlo.

  Pablo escribió:

“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.”
Romanos 5:12, RVR1960

  Observe cómo se amplía la escena.

  Primero:

  “Un hombre.”

  Después:

  “El mundo.”

  Y finalmente:

  “Todos los hombres.”

  Lo que comenzó en Edén no permaneció encerrado en Edén.

  El pecado entró en la historia humana.

  La muerte entró con él.

  Y generación tras generación comenzó a demostrar que el problema no pertenecía solamente a nuestros primeros padres.

  También nosotros pecamos.

  Por eso Romanos 3:23 no dice:

  “Adán pecó”.

  Dice:

“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.”

  Todos.

  Aquí la historia de Adán se convierte en nuestra historia.

Cada generación confirmó el problema

  No fue necesario esperar demasiado.

  Los hijos de Adán y Eva crecieron.

  Y Caín mató a Abel.

  Después la violencia continuó extendiéndose.

  Génesis describe posteriormente una humanidad cuya condición había llegado a ser terrible:

“Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.”
Génesis 6:5, RVR1960

  Pero tampoco terminó allí.

  Podemos avanzar por toda la historia bíblica y encontrar la misma evidencia.

  Mentira.

  Idolatría.

  Orgullo.

  Codicia.

  Injusticia.

  Violencia.

  Inmoralidad.

  Opresión.

  Egoísmo.

  Rebelión.

  El problema dejó de poder atribuirse únicamente a una pareja que vivió en Edén.

  La humanidad entera comenzó a producir evidencias de que algo estaba profundamente mal.

  Salomón escribió:

“Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque.”
Eclesiastés 7:20, RVR1960

  Y Pablo declara:

“No hay justo, ni aun uno.”
Romanos 3:10, RVR1960

  La acusación se volvió universal.

Ahora imagine a toda la humanidad delante del Juez

  Aquí necesitamos detenernos.

  Durante los primeros artículos de esta serie contemplamos a Dios como un Juez incorruptible.

  Nos alegraba pensar que nadie podría comprarlo.

  Que nadie podría engañarlo.

  Que ninguna víctima sería olvidada.

  Que ningún crimen permanecería eternamente oculto.

  Pero ahora aparece la otra cara de esa misma verdad.

  Si Dios conoce todo, entonces también conoce todo acerca de nosotros.

  No solamente aquello que hicimos públicamente.

  También aquello que escondimos.

  Jesús dijo:

“Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luz.”
Marcos 4:22, RVR1960

  Dios conoce nuestras palabras.

  Jesús declaró:

“Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio.”
Mateo 12:36, RVR1960

  Dios conoce nuestras obras.

  Dios conoce nuestras motivaciones.

  Dios conoce nuestras omisiones.

  Dios conoce aquello que hicimos cuando nadie estaba mirando.

  Dios conoce aquello que pensamos que nunca sería descubierto.

  Y ahora el problema adquiere dimensiones enormes.

  Toda la humanidad es culpable delante de un Juez que conoce perfectamente toda la verdad.

No existe un lugar donde esconderse

  Adán intentó esconderse entre los árboles.

  Nosotros hemos construido escondites mucho más sofisticados.

  La reputación.

  La religión.

  Las buenas obras.

  El reconocimiento social.

  La comparación con personas peores.

  Las explicaciones.

  Las excusas.

  Incluso podemos esconder nuestros pecados de las personas que viven más cerca de nosotros.

  Pero ninguno de esos escondites funciona delante de Dios.

  Hebreos declara:

“Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.”
Hebreos 4:13, RVR1960

  Esta expresión resulta impresionante:

  “A quien tenemos que dar cuenta.”

  No dice solamente que Dios sabe.

  Dice que nosotros tendremos que responder.

  Esto nos lleva exactamente al corazón de la justicia celestial.

El problema de la humanidad ya no era solamente el pecado

  Aquí aparece una distinción importante.

  Nuestro problema no consistía solamente en que habíamos hecho cosas malas.

  Nuestro problema era que esas cosas nos habían colocado en una determinada condición delante de la justicia de Dios.

  Éramos culpables.

  Habíamos quebrantado su ley.

  Existían consecuencias.

  Y la sentencia asociada al pecado era muerte.

  Pablo lo expresa con extraordinaria claridad:

“Porque la paga del pecado es muerte…”
Romanos 6:23, RVR1960

  Aquí podemos comprender mejor el serio problema que la humanidad tenía delante de la justicia divina y que desarrollamos también en La vida y la obra de Jesucristo: el pecado no podía ser tratado simplemente como si nunca hubiera sucedido. La justicia tenía que ser satisfecha.

  El hombre necesitaba algo más que mejorar su comportamiento.

  Necesitaba resolver su culpabilidad.

  Porque hacer algo bueno mañana no borra automáticamente el pecado cometido ayer.

  Imagine un acusado diciéndole al juez:

  “Sí, cometí el delito, pero desde entonces he hecho muchas cosas buenas.”

  Las buenas acciones posteriores pueden demostrar un cambio.

  Pueden ser importantes.

  Pero no convierten mágicamente el delito anterior en algo que nunca ocurrió.

  Y aquí la humanidad se encuentra frente a un problema enorme.

  ¿Qué hacemos con nuestra culpa pasada?

El hombre quedó frente a una deuda que no sabía cómo pagar

  Adán no podía regresar al momento anterior y desobedecer su desobediencia.

  Caín no podía devolverle la vida a Abel.

  David no podía regresar en el tiempo y deshacer sus decisiones.

  Pedro no podía hacer que sus tres negaciones nunca hubieran salido de su boca.

  Y nosotros tampoco podemos regresar al pasado y borrar cada palabra, pensamiento, omisión y acto pecaminoso de nuestra historia.

  Podemos arrepentirnos.

  Podemos lamentarlo profundamente.

  Podemos cambiar.

  Podemos pedir perdón a las personas que lastimamos.

  Podemos reparar algunas consecuencias cuando sea posible.

  Pero existe algo que nosotros no podemos hacer:

  convertir nuestro pasado en un pasado sin pecado.

  Lo ocurrido, ocurrió.

  Y la justicia tiene memoria.

  Entonces la pregunta comienza a cambiar.

  Ya no es solamente:

  “¿Soy culpable?”

  La Escritura ya respondió:

  “Todos pecaron.”

  Ahora la pregunta es:

  “¿Qué puede hacer un hombre culpable para resolver su problema delante de un Dios perfectamente justo?”

  Y aquí llegamos al siguiente gran paso de nuestra serie.

  Porque el pecado no solamente produjo culpabilidad.

  Produjo una deuda.

  Una deuda que el hombre no podía simplemente ignorar.

  Una deuda que las buenas intenciones no podían borrar.

  Una deuda que tendría que ser resuelta.

  Y antes de comprender por qué Jesucristo tuvo que venir, necesitamos comprender primero qué era lo que nosotros debíamos.

  Ese será nuestro siguiente tema:

  No solamente hicimos cosas malas — contrajimos una deuda.

  1. No solamente hicimos cosas malas — contrajimos una deuda
    Introducir el lenguaje bíblico de deuda, transgresión, culpa y condenación. Esto prepara el camino para comprender por qué no bastaba simplemente decir: “No importa”.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.