Dr. Elio M. Rivera
En el capítulo anterior vimos algo inquietante.
La maldad no apareció dentro de Lucero porque Dios la hubiera colocado allí.
Comenzó cuando una criatura creada buena empezó a utilizar de manera equivocada su libertad.
Primero surgió un pensamiento.
Después un deseo.
Después orgullo.
Después insatisfacción.
Pero existe un momento en que lo que ocurre dentro del corazón deja de permanecer solamente allí.
El pensamiento comienza a convertirse en proyecto.
El deseo busca una manera de realizarse.
Y el orgullo empieza a preguntarse:
«¿Por qué debo permanecer bajo la autoridad de otro?»
Allí comienza la rebelión.
Isaías utiliza palabras extraordinarias:

«Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono…» (Isaías 14:13, RVR1960).
Observe cuidadosamente lo que aparece en esa declaración.
No encontramos simplemente a una criatura diciendo:
«Quiero ser más importante».
Encontramos un trono.
Encontramos gobierno.
Encontramos autoridad.
Encontramos una criatura que ya no parece satisfecha con ocupar el lugar que había recibido.
Quiere establecer otro.
«Levantaré mi trono».
Ésa es una frase mucho más seria de lo que puede parecer.
Porque donde hay un trono, hay gobierno.
Y donde alguien quiere levantar un trono frente al trono de Dios, ya no estamos hablando solamente de orgullo.
Estamos hablando de rebelión.
Cuando el orgullo se convirtió en un proyecto de gobierno
Isaías continúa:
«…en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo» (Isaías 14:13-14, RVR1960).
Hay una progresión impresionante.
Subiré.
Levantaré mi trono.
Me sentaré.
Subiré.
Seré semejante al Altísimo.
Cinco declaraciones.
Cinco expresiones de voluntad.
Cinco veces aparece, de una manera u otra, el yo.
Lucero ya no está preguntando:
«¿Cuál es la voluntad de Dios?»
Ahora parece estar diciendo:
«Ésta es mi voluntad».
Aquí encontramos el corazón de la rebelión.
No quería simplemente recibir más responsabilidades bajo Dios.
Quería una posición independiente de Él.
No quería gobernar bajo el Rey.
Quería levantar su propio trono.
No quería administrar aquello que Dios le había confiado.
Quería determinar él mismo hasta dónde llegaría su autoridad.
Ésta es una diferencia enorme.
Porque Dios no condena el crecimiento.
No condena desarrollar capacidades.
No condena recibir autoridad.
El propio Dios delega autoridad.
Ya vimos que lo hizo con Adán y Eva.
El problema comienza cuando una criatura deja de considerar la autoridad como algo recibido y empieza a tratarla como algo que puede apropiarse.
Esto nos ayuda a comprender mejor la naturaleza del conflicto.
Con frecuencia pensamos en el pecado solamente como una lista de conductas malas.
Mentir.
Robar.
Matar.
Engañar.
Pero debajo de muchas de esas conductas existe una pregunta todavía más profunda:
¿Quién tiene derecho a decirme lo que debo hacer?
Ése es un problema de gobierno.
Mientras Lucero reconocía a Dios como Creador y Rey, podía utilizar correctamente todo lo que había recibido.
Pero cuando comenzó a desear su propio trono, apareció una nueva posibilidad:
un gobierno separado del gobierno de Dios.
La criatura comenzaba a imaginar un orden en el que ella ya no estuviera sometida al Creador.
Y eso es mucho más serio que simplemente sentir orgullo.
El orgullo había producido una filosofía.
Una manera diferente de entender autoridad.
Una manera diferente de entender libertad.
Una manera diferente de entender gobierno.
Dios decía:
«Gobierna bajo mi autoridad».
La rebelión comenzaba a decir:
«Gobierna sin Él».
Lucero ya poseía muchísimo.
Según la interpretación que estamos siguiendo de Ezequiel 28, había recibido sabiduría, hermosura, posición y privilegio.
Pero llegó un momento en que todo aquello dejó de parecer suficiente.
¿Por qué?
Porque el orgullo tiene una característica peligrosa:
nunca queda satisfecho.
Cuando una criatura comienza a medir su valor por la posición que posee, siempre puede existir una posición superior.
Si tiene autoridad, querrá más.
Si recibe reconocimiento, buscará más reconocimiento.
Si ocupa una posición elevada, comenzará a mirar la que se encuentra encima.
Y en algún momento Lucero levantó los ojos hacia algo que nunca podría pertenecerle legítimamente.
El trono del Creador.
No porque Dios hubiera sido injusto con él.
No porque estuviera abandonado.
No porque careciera de capacidades.
Sino porque su deseo había cambiado.
La pregunta dejó de ser:
«¿Qué me ha dado Dios?»
Y pasó a ser:
«¿Qué tiene Dios que todavía no tengo yo?»
Entonces aparece la frase quizá más reveladora:
«Seré semejante al Altísimo» (Isaías 14:14).
Pero aquí aparece una ironía extraordinaria.
Una criatura nunca puede convertirse realmente en el Creador.
Lucero podía ser poderoso.
Pero seguía siendo creado.
Podía poseer conocimiento.
Pero no era omnisciente.
Podía ejercer influencia.
Pero no era omnipotente.
Podía moverse dentro de la creación.
Pero no era omnipresente.
Podía desear un trono.
Pero no podía convertirse en el origen de la existencia.
Nunca podría decir:
«Yo soy el que soy».
Nunca podría convertirse en Dios.
Por eso su aspiración contenía desde el principio una imposibilidad.
Pero el orgullo puede hacer algo sorprendente:
puede convencer a una criatura de que merece incluso aquello para lo cual nunca fue creada.
Cuando leemos expresiones como:
«levantaré mi trono»
y:
«seré semejante al Altísimo»,
es difícil reducir la rebelión a una simple discusión.
Estamos frente a una pretensión de gobierno.
En la reconstrucción que seguimos en este libro, Lucero llegó a considerar que podía establecer una alternativa al gobierno de Dios.
Quería reconocimiento.
Quería autoridad.
Quería seguidores.
Quería su trono.
Y toda pretensión de establecer un trono alternativo necesariamente representa un desafío al trono existente.
La rebelión había dejado de ser solamente interior.
Ahora tenía dirección.
Tenía objetivo.
Quería gobernar.

La rebelión necesitaba seguidores
Pero ningún rebelde construye un reino completamente solo.
Un trono sin súbditos no constituye un reino.
Si Lucero deseaba establecer su propio gobierno, necesitaba algo más.
Seguidores.
Y aquí la rebelión adquirió una dimensión todavía más peligrosa.
Según la reconstrucción desarrollada en este libro, Lucero comenzó a influir sobre otros seres espirituales.
Aquello que primero había cultivado dentro de sí comenzó a comunicarlo.
Pero pensemos en el problema que enfrentaba.
¿Cómo convencer a seres que conocían a Dios para rebelarse contra Él?
¿Cómo convencerlos de abandonar un gobierno bueno?
¿Cómo conseguir que criaturas que habían recibido de Dios su existencia comenzaran a ver al mismo Dios como alguien contra quien valía la pena rebelarse?
Había que cambiar su percepción del Rey.
Y creo que aquí comenzó una de las estrategias que posteriormente encontraremos una y otra vez en la Escritura:
para separar a una criatura de Dios, primero hay que hacerla desconfiar de Dios.
Toda rebelión necesita una historia que la justifique.
Pocas criaturas se considerarían a sí mismas malvadas mientras se rebelan.
El rebelde necesita justificar su rebelión.
Tiene que explicarse a sí mismo por qué aquello que está haciendo es razonable.
Y si quiere conseguir seguidores, debe ofrecerles también una explicación.
Quizá el gobierno existente es injusto.
Quizá la autoridad está reteniendo privilegios.
Quizá alguien merece más.
Quizá las reglas solamente sirven para mantener a otros sometidos.
Quizá habría una vida mejor fuera de esa autoridad.
No sabemos exactamente qué argumentos utilizó Lucero con otros seres espirituales, porque la Escritura no nos proporciona una transcripción de aquellas conversaciones.
Pero sí sabemos cómo actuará después.
Y cuando aparece en Génesis 3, la estrategia es reveladora.
No empieza diciendo:
«Yo soy malo. Rebélense conmigo».
Empieza cuestionando a Dios.
«¿Conque Dios os ha dicho…?» (Génesis 3:1, RVR1960).
Después contradice su palabra:
«No moriréis» (Génesis 3:4, RVR1960).
Y finalmente atribuye a Dios una motivación sospechosa:
«sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos…» (Génesis 3:5, RVR1960).
En otras palabras:
Dios les está ocultando algo.
Dios no quiere que tengan algo bueno.
Dios los está limitando.
Ésta sería una estrategia extraordinariamente efectiva.
Porque una criatura que confía plenamente en la bondad de Dios tiene pocas razones para rebelarse contra Él.
Primero debe aparecer la sospecha.
La batalla, entonces, no era solamente por autoridad.
También era por la imagen de Dios.
Si Dios podía ser presentado como egoísta, arbitrario, controlador o injusto, entonces la rebelión podía comenzar a parecer razonable.
Lucero ya no sería simplemente un rebelde.
Podría presentarse como alternativa.
Y Dios ya no sería visto simplemente como Padre y Creador.
Podría empezar a ser visto como alguien de quien había que liberarse.
Esto es importantísimo.
Porque la rebelión contra Dios se vuelve mucho más fácil cuando primero hemos cambiado nuestra opinión acerca de Él.
Cuando confiamos en alguien, obedecer puede tener sentido incluso si todavía no comprendemos todo.
Pero cuando sospechamos de sus intenciones, cada límite empieza a parecer opresión.
Cada mandamiento parece control.
Cada advertencia parece amenaza.
Y cada prohibición puede parecer evidencia de que nos están privando de algo.
La rebelión dejó de ser entonces el problema privado de una sola criatura.
Otros comenzaron a participar.
El Nuevo Testamento habla claramente de ángeles que pecaron.
Pedro escribió:
«Porque si Dios no perdonó a los ángeles que pecaron…» (2 Pedro 2:4, RVR1960).
Judas también habla de:
«los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada…» (Judas 6, RVR1960).
Y Apocalipsis presenta posteriormente a Satanás acompañado por sus ángeles:
«Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás… fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él» (Apocalipsis 12:9, RVR1960).
Debemos tener cuidado de no utilizar estos textos para fabricar detalles que la Escritura no proporciona.
Pero sí podemos establecer algo importante:
la rebelión espiritual no terminó solamente en Satanás.
Hubo otros seres que participaron en ella.
El pensamiento de uno se había convertido en una rebelión compartida.
No conocemos todas las conversaciones.
Pero el proyecto que Isaías representa mediante las expresiones «levantaré mi trono» y «seré semejante al Altísimo» nos permite comprender la dirección de la rebelión.
No estaba buscando simplemente libertad para hacer algo diferente.
Estaba buscando autoridad independiente.
La misma propuesta llegaría hasta el hombre
Aquí llegamos a una conexión extraordinaria.
Tenemos que guardar esta frase:
«seré semejante al Altísimo».
Porque en Génesis encontraremos otra:
«seréis como Dios» (Génesis 3:5, RVR1960).
Observe la semejanza.
Lucero:
«Seré semejante al Altísimo».
La serpiente al hombre:
«Seréis como Dios».
Esto me parece fundamental para comprender Génesis 3.
La serpiente terminaría ofreciendo al hombre algo sorprendentemente parecido al sueño que había alimentado su propia rebelión.
Independencia.
Exaltación.
Autogobierno.
La posibilidad de determinar por sí mismo.
Lucero quiso levantar su trono.
Después intentaría convencer al hombre de que también podía gobernarse sin depender del trono de Dios.
Y eso era especialmente peligroso porque Adán y Eva ya tenían autoridad.
Dios les había dicho:
«señoread».
No necesitaban rebelarse contra Dios para obtener gobierno.
Ya lo tenían.
Pero era autoridad delegada.
Gobernaban bajo Dios.
Dios era Rey.
Ellos eran administradores.
El modelo era extraordinariamente sencillo.
Cuando apareciera una situación que no comprendieran, podían acudir al Rey.
Podían escuchar a su Padre.
Podían recibir dirección.
Y después podían regresar para ejercer sobre la Tierra la autoridad que Dios les había confiado.
Dios daba dirección y el hombre ejecutaba esa voluntad dentro de la esfera de responsabilidad que había recibido.
Pero ahora aparecería una propuesta radicalmente diferente:
«seréis como Dios».
Dentro del planteamiento que estamos desarrollando, eso tocaba directamente el modelo de gobierno.
¿Por qué consultar?
¿Por qué depender?
¿Por qué recibir de Dios la definición de lo bueno y lo malo?
¿Por qué no determinarlo ustedes mismos?
Esto transforma completamente la tentación.
No era solamente una invitación a comer.
Era una invitación a cambiar de gobierno.
Y aquí encontramos otra pieza fundamental.
Dios no había entregado el gobierno de la Tierra a Lucero.
Lo había entregado al hombre.
Por eso, si Lucero quería extender su rebelión al mundo humano, necesitaba llegar hasta aquellos que tenían autoridad sobre ese mundo.
Necesitaba al hombre.
Necesitaba su cooperación.
Necesitaba que Adán y Eva utilizaran su voluntad y la autoridad que Dios les había concedido para ponerse de acuerdo con la propuesta del rebelde.
Esto ayuda a comprender por qué la tentación ocurre mediante conversación.
La serpiente pregunta.
Argumenta.
Contradice.
Promete.
Pero no obliga físicamente.
Necesita una decisión.
Necesita que el hombre diga sí.
La rebelión de Lucero podía llegar hasta la puerta del mundo humano.
Pero para penetrar en el gobierno que Dios había delegado al hombre necesitaba la participación humana.
Ahora podemos observar el crescendo completo.
Primero:
un pensamiento.
Después:
orgullo.
Después:
insatisfacción.
Después:
deseo de exaltación.
Después:
«levantaré mi trono».
Después:
un proyecto de gobierno.
Después:
otros seres involucrados.
Y finalmente:
la intención de extender esa rebelión hasta la Tierra.
Por eso la historia de Lucero es tan importante para comprender la historia de Adán.
La rebelión espiritual y la tentación humana quedarían conectadas por una misma idea:
la criatura intentando vivir y gobernar independientemente del Creador.
Lucero dijo:
«seré semejante al Altísimo».
Después la serpiente diría al hombre:
«seréis como Dios».
No parece una coincidencia menor.
El rebelde estaba ofreciendo a otros aquello mismo que había deseado para sí.
Y esto también nos permite comprender más profundamente la naturaleza del pecado.
El pecado no es solamente hacer algo que Dios prohibió.
En su raíz puede existir algo mucho más profundo:
la criatura intentando convertirse en la autoridad final sobre su propia existencia.
Dios dice:
«Yo soy la fuente».
La rebelión responde:
«Yo puedo vivir independientemente de ti».
Dios dice:
«Yo determino el bien».
La rebelión responde:
«Yo lo determinaré».
Dios dice:
«Gobierna bajo mi autoridad».
La rebelión responde:
«Levantaré mi propio trono».
Por eso el orgullo, el egoísmo y la rebelión se encuentran tan profundamente relacionados.
El orgullo exalta al yo.
El egoísmo coloca los deseos propios en el centro.
Y la rebelión rechaza la autoridad que limita esos deseos.
Al final los tres terminan diciendo algo semejante:
«Yo quiero decidir».
Pero existe algo que nunca debemos perder de vista.
La rebelión de Lucero nunca convirtió a Dios en menos Rey.
Lucero podía querer el trono.
Podía decir:
«Subiré».
Podía intentar conseguir seguidores.
Podía rebelarse.
Pero ninguna de esas cosas disminuía la autoridad real de Dios.
Un rebelde puede desconocer la autoridad de un rey.
Eso no significa que automáticamente se convierta en rey.
Lucero continuaba siendo criatura.
Incluso para rebelarse necesitaba utilizar capacidades que había recibido del mismo Dios contra quien se estaba levantando.
Ésa es una de las grandes paradojas del pecado:
la criatura utiliza los regalos del Creador para intentar vivir como si no necesitara al Creador.
Y ahora queda una pregunta inevitable.
Dios sabía lo que estaba ocurriendo.
Vio el pensamiento.
Vio crecer el orgullo.
Vio aparecer la rebelión.
Vio a otros seres involucrarse.
Y sabía hacia dónde podía dirigirse todo aquello.
Entonces:
¿por qué lo permitió?
¿Por qué Dios permitió que Lucero pudiera rebelarse?
¿Por qué no eliminó inmediatamente toda posibilidad de oposición?
¿Por qué permitir una libertad capaz de producir semejante desastre?
Y si Dios sabía que aquella rebelión terminaría acercándose al mundo de Adán y Eva…
¿por qué no la detuvo antes?
Ésa será nuestra siguiente pregunta.
¿Qué puedo aprender de Dios aquí?
La rebelión de Lucero nos muestra mucho acerca del orgullo, la independencia y el pecado. Pero en esta investigación queremos mirar también en la dirección contraria.
¿Qué podemos aprender acerca de Dios al observar lo que ocurrió?
Aprendo que Dios es el Creador y que toda autoridad finalmente procede de Él.
Lucero podía poseer sabiduría, hermosura, capacidades y autoridad, pero todo lo que tenía lo había recibido. Dios, en cambio, no recibió la existencia de nadie. Él es la fuente.
«Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas.»
Romanos 11:36, RVR1960
Aprendo que Dios es Rey.
Lucero podía decir: «levantaré mi trono», pero desear el trono de Dios nunca lo convirtió en Dios. La rebelión de una criatura no disminuye la autoridad del Creador.
«Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos.»
Salmos 103:19, RVR1960
Aprendo que Dios comparte autoridad sin dejar de ser soberano.
Esto es extraordinario. Dios posee toda autoridad y, sin embargo, delega responsabilidades. Lo hizo con el ser humano desde el principio. No creó a Adán y Eva simplemente para existir; les permitió gobernar sobre aquello que había puesto en sus manos.
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread…»
Génesis 1:28, RVR1960
Aprendo que Dios no es egoísta.
La serpiente intentaría presentar a Dios como alguien que retiene cosas buenas, pero la historia de la creación muestra exactamente lo contrario: la vida, las capacidades, la Tierra y todo lo que poseían sus criaturas procedía originalmente de Él.
«Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces.»
Santiago 1:17, RVR1960
Aprendo que Dios es generoso.
Lucero deseó apropiarse de aquello que no le correspondía. Dios, en cambio, continuamente da. Ésta es una diferencia profunda entre el corazón del rebelde y el corazón de Dios.
«El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?»
Romanos 8:32, RVR1960
Aprendo que los límites de Dios no significan que quiera privarnos de algo bueno.
Ésta sería precisamente una de las mentiras de la serpiente: hacer que una criatura interprete un límite como evidencia de que Dios le está escondiendo algo bueno.
Pero la Escritura presenta una imagen diferente.
«No quitará el bien a los que andan en integridad.»
Salmos 84:11, RVR1960
Aprendo que Dios quiere dirigirnos porque conoce el camino mejor que nosotros.
La rebelión dice: «Yo decidiré por mí mismo». Dios nos invita a confiar en Él, no porque quiera impedirnos pensar, sino porque ve aquello que nosotros no podemos ver y conoce adónde conduce cada camino.
«Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas.»
Proverbios 3:5-6, RVR1960
Aprendo que Dios es bueno.
La rebelión solamente podía parecer atractiva si primero conseguía sembrar dudas acerca de la bondad de Dios. Por eso ésta se convirtió en una de las grandes preguntas del conflicto.
¿Es realmente bueno el Rey?
La Escritura responde:
«Gustad, y ved que es bueno Jehová; dichoso el hombre que confía en él.»
Salmos 34:8, RVR1960
Aprendo que Dios es verdadero.
La serpiente tendría que contradecir la palabra de Dios para extender la rebelión: «No moriréis». Desde entonces, una de las grandes diferencias entre ambos gobiernos sería la diferencia entre verdad y mentira.
Jesús dijo acerca del Padre:
«Tu palabra es verdad.»
Juan 17:17, RVR1960
Aprendo que Dios quiere que confiemos en Él.
La rebelión comenzó intentando romper precisamente esa confianza. Porque cuando dejamos de confiar en el carácter de Dios, sus mandamientos pueden comenzar a parecernos cargas y sus advertencias pueden parecernos amenazas.
Pero Dios nos llama a una relación diferente:
«Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará.»
Salmos 37:5, RVR1960
Y aprendo que Dios continúa siendo Dios aunque una criatura decida rechazarlo.
Ésta quizá sea una de las verdades más impresionantes de este capítulo.
Lucero podía rebelarse.
Podía buscar seguidores.
Podía querer levantar otro trono.
Podía decir: «seré semejante al Altísimo».
Pero nada de eso podía cambiar quién era Dios.
«Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios.»
Salmos 90:2, RVR1960
Así que cuando observamos la rebelión de Lucero encontramos dos maneras completamente diferentes de entender el gobierno.
Lucero quiso apropiarse de autoridad.
Dios delega autoridad.
Lucero quiso exaltarse a sí mismo.
Dios da y comparte.
Lucero comenzó a sembrar desconfianza.
Dios invita a confiar.
La rebelión ofreció independencia del Creador.
Dios ofrece dirección y relación con Él.
La serpiente presentaría a Dios como alguien que retiene lo bueno.
La Escritura lo presenta como la fuente de toda buena dádiva.
Lucero quiso levantar su propio trono.
Dios ya era Rey y nunca dejó de serlo.
Y entonces comenzamos a comprender algo fundamental.
La gran pregunta de esta historia no es solamente:
«¿Qué hizo Lucero?»
También es:
«¿Qué clase de Dios era aquel contra quien Lucero decidió rebelarse?»
Y hasta este punto de nuestra investigación, las acciones de Dios comienzan a darnos una respuesta.
Es Creador.
Es Rey.
Es generoso.
Es bueno.
Es verdadero.
Da autoridad.
Da dirección.
Da buenas cosas.
Y aun cuando una criatura utiliza los mismos dones que recibió de Él para rebelarse contra su gobierno, Dios continúa siendo Dios.
La rebelión puede cuestionar su carácter.
Puede distorsionar su imagen.
Puede prometer que existe una vida mejor lejos de Él.
Pero todavía queda por ver cuál de los dos gobiernos decía la verdad.
Y precisamente eso es lo que la historia comenzaría a demostrar.
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