Dr. Elio M Rivera
El Hijo de Dios tomó tan en serio la responsabilidad de enseñarnos que aceptó crecer, aprender y prepararse como verdadero hombre antes de anunciar públicamente la verdad del Padre.
Introducción. La responsabilidad de hablar en nombre de Dios
Enseñar la Palabra de Dios es una de las responsabilidades más grandes que puede asumir un ser humano. Una enseñanza equivocada puede confundir una conciencia, destruir una convicción o conducir a generaciones enteras por caminos alejados de la verdad.
Por eso, Santiago escribió:
«Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación». (Santiago 3:1, RVR1960).
Si esa advertencia resulta solemne para cualquier maestro, imaginemos la trascendencia de la misión que Jesucristo había venido a cumplir.
Él no enseñaría solamente a un pequeño grupo de hombres de Galilea. Sus palabras alcanzarían a pueblos, naciones y generaciones que todavía no habían nacido.
Y aquellas enseñanzas debían comunicar fielmente la voluntad del Padre.
Jesús no vino a decir lo que los hombres deseaban escuchar. Vino a enseñar la verdad de Dios.
Desde esta perspectiva, los años anteriores a su ministerio adquieren una profundidad extraordinaria.

Jesucristo: Antes de ser el Maestro que seguian las multitudes se prepara a conciencia
1. La verdad no podía tratarse con ligereza
Durante siglos, Israel había conocido maestros que explicaban la Ley de Moisés. Algunos procuraban hacerlo fielmente; otros introducían interpretaciones que terminaban oscureciendo el propósito de los mandamientos.
Jesús denunció esa práctica con palabras severas:
«Invalidando la palabra de Dios con vuestra tradición que habéis transmitido». (Marcos 7:13, RVR1960).
El problema no consistía solamente en cometer un error intelectual.
Cuando una interpretación humana era presentada como si tuviera autoridad divina, podía alterar la relación de las personas con Dios.
Una carga que Dios no había impuesto podía convertirse en obligación religiosa.
Una tradición podía desplazar un mandamiento.
Y una enseñanza equivocada podía deformar la imagen que las personas tenían del Padre celestial.
Jesús conocía la gravedad de esa responsabilidad.
Por eso, su ministerio no consistió en repetir indiscriminadamente lo que otros habían enseñado.
Examinó las interpretaciones, corrigió los errores y devolvió a las Escrituras su verdadero significado.

2. No enseñó sus propias opiniones
Una de las declaraciones más importantes de Jesús aparece en Juan 7:16:
«Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió». (RVR1960).
Aquellas palabras revelan la seriedad con que comprendía su misión.
Jesús no había venido a construir una escuela filosófica para alcanzar prestigio personal.
Tampoco buscaba impresionar a las multitudes mediante ideas novedosas.
Su responsabilidad consistía en comunicar fielmente lo que procedía del Padre.
En otra ocasión declaró:
«Según me enseñó el Padre, así hablo». (Juan 8:28, RVR1960).
Esta afirmación resulta especialmente significativa al contemplar su preparación humana.
Jesús creció en sabiduría, conoció las Escrituras y desarrolló su comprensión durante una verdadera existencia humana. Pero su formación estuvo acompañada de una relación singular con el Padre.
Su inteligencia extraordinaria no se convirtió en independencia espiritual.
Cuanto más contemplamos su ministerio, más claramente encontramos esa fidelidad: no habló para engrandecerse a sí mismo, sino para dar a conocer a quien lo había enviado.
3. Treinta años antes de comenzar
Lucas proporciona un dato que merece nuestra atención:
«Jesús mismo al comenzar su ministerio era como de treinta años». (Lucas 3:23, RVR1960).
Treinta años.
No significa que Jesús necesitara alcanzar una edad determinada para adquirir una capacidad intelectual suficiente. Tampoco conocemos todos los motivos relacionados con el momento escogido para iniciar su ministerio.
Pero sí sabemos que no comenzó su actividad pública durante la infancia.
Lucas había declarado anteriormente que crecía en sabiduría.
Aquellos años pertenecieron a su verdadera experiencia humana.
No fueron una representación teatral de crecimiento.
El Hijo de Dios aceptó atravesar las etapas de la vida, desde la niñez hasta la madurez.
Y cuando comenzó a enseñar públicamente, manifestó una comprensión extraordinaria de las Escrituras.
La Biblia no describe un programa de estudios de treinta años ni permite reconstruir una disciplina diaria específica.
Pero nos presenta una realidad admirable: el Maestro que había venido del cielo aceptó el desarrollo humano antes de comenzar su misión pública.
4. No bastaba con conocer las palabras
Existe una diferencia entre repetir un texto bíblico y comprender lo que Dios quiso comunicar mediante él.
Los adversarios de Jesús conocían numerosos pasajes de las Escrituras.
Algunos podían discutir minuciosamente asuntos de la Ley.
Sin embargo, ese conocimiento no siempre producía una comprensión correcta de la voluntad divina.
Jesús les dijo:
«Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios». (Mateo 22:29, RVR1960).
Aquella reprensión no fue dirigida a personas completamente ajenas a la religión, sino a hombres que participaban activamente en discusiones teológicas.
Jesús mostró que una persona podía poseer información religiosa y, aun así, llegar a conclusiones equivocadas.
El verdadero maestro debía comprender el sentido de lo que enseñaba.
Y aquí encontramos una característica singular de Jesucristo.
Su mente no estaba corrompida por el pecado. No necesitaba acomodar los mandamientos para justificar sus propias faltas, defender intereses egoístas o alimentar su orgullo.
Su inteligencia humana, extraordinaria y libre de corrupción moral, podía acercarse a las Escrituras sin aquellas inclinaciones pecaminosas.
Eso no eliminó la necesidad de aprender.
Pero dio a su comprensión una pureza moral incomparable.
5. La enseñanza podía decidir el destino de las personas
Jesús comprendía que sus palabras tenían consecuencias eternas.
No estaba enseñando simplemente cómo organizar una sociedad más justa o cómo mejorar las relaciones humanas.
Estaba anunciando el camino de la vida eterna.
«Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna». (RVR1960).
Aquella declaración resume la trascendencia de su enseñanza.
Las palabras de Jesús podían conducir a las personas al arrepentimiento, a la fe y al conocimiento de Dios.
Por eso no podía tratar la verdad como una cuestión secundaria.
Un maestro equivocado puede perjudicar a sus alumnos.
Un maestro religioso que presenta falsamente la voluntad de Dios puede afectar profundamente la vida espiritual de quienes confían en él.
Jesús, en cambio, comunicó perfectamente la verdad que el Padre le había encomendado.
Su enseñanza no necesitaba correcciones posteriores por haber sido moralmente engañosa o espiritualmente falsa.
Era la palabra fiel de aquel que lo había enviado.
6. Su vida debía confirmar cada enseñanza
La responsabilidad de Jesús no terminaba al pronunciar correctamente sus palabras.
Su conducta también debía corresponder perfectamente con ellas.
¿Cómo podría enseñar el amor al prójimo si despreciara a los necesitados?
¿Cómo podría hablar de perdón si alimentara resentimiento?
¿Cómo podría exigir obediencia al Padre si él mismo desobedeciera?
En Jesucristo no existió aquella contradicción.
Sus palabras y sus acciones formaron una unidad perfecta.
Por eso pudo preguntar:
«¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?» (Juan 8:46, RVR1960).
Aquella pregunta expresa una autoridad moral extraordinaria.
Jesús no solamente conocía la verdad.
La vivía.
Y su vida entera confirmaba lo que enseñaba.
Su preparación, por tanto, no puede comprenderse exclusivamente como acumulación de conocimientos.
Incluía la experiencia de una humanidad perfectamente obediente al Padre.
7. El precio de hacerse verdaderamente hombre
La grandeza de esta historia se comprende mejor cuando recordamos quién era Jesús antes de nacer en Belén.
Pablo escribió acerca de Jesucristo:
«El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres». (Filipenses 2:6-7, RVR1960).
El Hijo eterno de Dios aceptó voluntariamente la condición humana.
Y aquella decisión tuvo consecuencias profundas.
Aceptó nacer indefenso, depender de los cuidados de otros, crecer físicamente y desarrollar humanamente su sabiduría.
No consideró indigno aprender.
No rechazó las limitaciones propias de una verdadera vida humana.
Y no evitó el camino que finalmente lo conduciría a la cruz.
Su humillación voluntaria no comenzó en el Calvario.
La encarnación misma fue una expresión extraordinaria de su entrega.
El Verbo eterno aceptó aprender las palabras de las Escrituras que él mismo había inspirado, para después enseñarlas como verdadero hombre.
Conclusión. El Maestro que jamás traicionó la verdad
Hemos llegado al final de este recorrido por los años de preparación de Jesucristo.
Ahora podemos contemplar su ministerio desde una perspectiva diferente.
Cuando Jesús abrió las Escrituras, explicó una parábola o respondió a una pregunta, no estaba improvisando opiniones religiosas.
Estaba cumpliendo una misión que había recibido del Padre.
Comprendía que enseñar la verdad era una responsabilidad sagrada.
Sus palabras debían revelar fielmente el carácter de Dios, mostrar el camino de la salvación y orientar a quienes desearan obedecerlo.
Por eso, la seriedad de su enseñanza no puede separarse de la grandeza de su encarnación.
El Hijo de Dios aceptó crecer en sabiduría, vivir bajo las condiciones humanas y llegar a la madurez antes de comenzar su ministerio público.
No sabemos todos los detalles de aquella preparación.
Pero conocemos su resultado.
Jesucristo fue el Maestro que nunca enseñó una mentira, nunca tergiversó la voluntad del Padre y nunca contradijo con su conducta la verdad que proclamaba.
Y finalmente, aquel que había enseñado el amor de Dios lo manifestó de la manera más extraordinaria: entregando su propia vida por nosotros.
Su enseñanza y su sacrificio no fueron dos misiones separadas.
Ambos revelaron la fidelidad del Hijo al Padre y su amor por la humanidad.
El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Y antes de entregar su vida en la cruz, aceptó vivir entre nosotros para enseñarnos, con absoluta fidelidad, la verdad de Dios.
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