En el capítulo anterior descubrimos algo que cambia considerablemente nuestra manera de entender el trabajo:
Adán trabajaba antes de que existiera el pecado.
Dios lo había colocado en el huerto:
«para que lo labrara y lo guardase» (Génesis 2:15, RVR1960).
Por tanto, el trabajo no apareció como castigo.
Pero ahora quiero detenerme en algo diferente.
Nosotros solamente conocemos el trabajo dentro de un mundo caído.
Conocemos el cansancio.
La frustración.
Los proyectos que fracasan.
Las cosechas que se pierden.
Las empresas que cierran.
Los empleos que desaparecen.
Los malos jefes.
Los malos empleados.
La competencia.
La injusticia.
Las enfermedades que nos impiden continuar.
Las cosas que se rompen.
El esfuerzo que algunas veces parece no producir resultados.
Y conocemos perfectamente la presión de tener que trabajar para sobrevivir.
Pero Adán comenzó trabajando en condiciones completamente diferentes.
Todavía no existían:
«espinos y cardos».
Todavía Dios no había pronunciado:
«con el sudor de tu rostro comerás el pan».
Todavía la tierra no había sido maldecida.
Entonces surge una pregunta fascinante:
¿cómo sería trabajar en un mundo sin maldición?

Antes de que Adán trabajara, Dios había trabajado
Hay un detalle de Génesis que ahora me parece extraordinariamente hermoso.
Cuando pensamos en el huerto de Edén, solemos imaginar a Adán trabajando en él.
Pero Adán no fue el primero que trabajó allí.
La Biblia dice:
«Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado» (Génesis 2:8, RVR1960).
Quiero detenerme en una sola palabra:
«plantó».
Génesis no dice solamente que Dios hizo aparecer un huerto.
Dice que:
lo plantó.
Plantar es precisamente colocar aquello que crecerá, establecerlo y disponerlo para que se desarrolle.
Por supuesto, Dios podía haber hecho aparecer todo instantáneamente si así lo hubiera querido.
Pero el lenguaje que el Espíritu Santo escogió para describir aquella acción es profundamente hermoso:
Dios plantó un huerto.
Eso nos permite contemplar una escena que pocas veces imaginamos.
Dios escogiendo qué crecería allí.
Un árbol aquí.
Otro más allá.
Una especie junto a otra.
Vegetación.
Frutos.
Formas.
Alturas.
Espacios.
Aromas.
Sombras.
Colores.
Y agua recorriendo aquel escenario.
No sabemos el orden exacto en que Dios hizo cada cosa y no necesitamos inventarlo.
Pero sí sabemos quién diseñó y plantó aquel jardín.
Dios.
Y el versículo siguiente añade:
«Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer» (Génesis 2:9, RVR1960).
Observe las dos características.
«delicioso a la vista».
Y:
«bueno para comer».
El Jardinero estaba pensando en utilidad.
Pero también estaba pensando en belleza.
El árbol tenía que producir alimento.
Pero Dios quiso además que fuera hermoso.
Eso me conmueve.
Porque antes de encontrar a Adán trabajando, encontramos a su Padre trabajando en el lugar que entregaría a su hijo.
Dios había plantado.
Dios había diseñado.
Dios había hecho crecer.
Dios había preparado.
Y entonces:

«Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase» (Génesis 2:15, RVR1960).
Ahora la escena adquiere otro significado.
Dios no puso a Adán frente a un terreno abandonado y le dijo:
«Arréglatelas».
El Padre había comenzado el trabajo.
Después invitó al hijo a participar.
Dios plantó; Adán labró.
Dios diseñó; Adán aprendió a cuidar.
Dios comenzó; Adán recibió algo que podía continuar desarrollando.
Y si Dios se encontraba con ellos, como veremos más adelante en el relato, me parece hermoso imaginar el aprendizaje que podía producirse allí.
El hombre trabajando en aquello que Dios había plantado.
Preguntando.
Aprendiendo.
Descubriendo.
Observando cómo funcionaba la creación.
Y teniendo cerca al propio Creador.
No sabemos cuáles fueron aquellas conversaciones.
La Biblia no las registra.
Pero la relación sí está allí.
Y eso me permite contemplar el trabajo original de una manera completamente diferente:
el hijo participando en la obra de su Padre.
Quizá allí encontramos una de las definiciones más hermosas del trabajo.
No solamente hacer algo para obtener algo.
Sino participar con Dios en aquello que Él está haciendo.
¿Qué cambió después del pecado?
La diferencia se vuelve evidente cuando colocamos Génesis 2 junto a Génesis 3.
Antes:
«para que lo labrara y lo guardase» (Génesis 2:15, RVR1960).
Después:
«Maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida» (Génesis 3:17, RVR1960).
Después aparecen:
«Espinos y cardos» (Génesis 3:18, RVR1960).
Y finalmente:
«Con el sudor de tu rostro comerás el pan» (Génesis 3:19, RVR1960).
Observe cuidadosamente.
Dios no dijo:
«Ahora, como castigo, tendrás que trabajar».
Adán ya trabajaba.
Lo que cambió fue la relación entre el hombre, el trabajo y la creación.
Antes el trabajo tenía propósito.
Después aparece el dolor.
Antes el hombre cultivaba una tierra no maldecida.
Después:
«Maldita será la tierra por tu causa».
Antes cultivaba.
Después la tierra respondería también con:
«espinos y cardos».
El trabajo permaneció.
La resistencia apareció después.
Eso me ayuda a distinguir dos cosas que algunas veces confundimos:
esfuerzo no necesariamente significa sufrimiento.
Podemos esforzarnos haciendo algo que disfrutamos profundamente.
Un artista puede pasar horas pintando.
Un escritor puede pasar horas escribiendo.
Un jardinero puede terminar cansado después de trabajar y, sin embargo, contemplar satisfecho lo que hizo.
Hay esfuerzo.
Pero también hay gozo.
Eclesiastés dice:
«Y también que es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce el bien de toda su labor» (Eclesiastés 3:13, RVR1960).
Eso debió formar parte de la experiencia original de Adán.
Trabajar.
Producir.
Aprender.
Desarrollar.
Y disfrutar el resultado.
Además, Adán no trabajaba principalmente por miedo a morir de hambre.
Dios ya le había dicho:
«De todo árbol del huerto podrás comer» (Génesis 2:16, RVR1960).
Había provisión.
El trabajo tenía entonces una dimensión que nosotros hemos perdido parcialmente.
No era solamente supervivencia.
Era propósito.
Era productividad.
Era aprendizaje.
Era creatividad.
Era administración.
Era gobierno.
Y era participación con Dios.
Imagine ahora trabajar con una creación que no estuviera constantemente resistiéndose.
Nosotros conocemos malezas.
Plagas.
Enfermedades.
Sequías.
Heladas.
Hongos.
Erosión.
Pérdida de cosechas.
Desastres naturales.
Y finalmente conocemos nuestro propio agotamiento.
No quiero afirmar cómo funcionaba cada proceso natural antes de la caída porque Génesis no nos proporciona esos detalles.
Pero algo sí podemos afirmar:
la maldición todavía no existía.
Adán trabajaba una tierra que todavía no había escuchado:
«Maldita será la tierra por tu causa».
¿Qué se sentiría trabajar así?
Sembrar y ver crecer.
Cultivar y producir.
Planear y desarrollar.
Utilizar nuestras capacidades sin estar luchando constantemente contra una creación quebrantada.
Quizá una de las diferencias fundamentales entre aquel mundo y el nuestro fuera ésta:
Adán trabajaba con la creación; nosotros muchas veces tenemos que trabajar contra su resistencia.
Y todavía había muchísimo por hacer.
Porque Dios no había dicho solamente:
«cuida este huerto».
También había dicho:
«llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28, RVR1960).
El huerto era el comienzo.
Había una Tierra entera por desarrollar.
Imagine el potencial de generaciones de seres humanos inteligentes, sanos, aprendiendo y trabajando en una creación sin maldición.
¿Cuánto podrían haber desarrollado?
¿Cuánto habrían aprendido?
¿Cuánto podrían haber construido?
No lo sabemos.
La historia tomó otro camino.
Pero podemos reconocer el proyecto original:
hijos trabajando dentro del Reino de su Padre.
Cristo también vino a redimir aquello que la maldición dañó
Aquí nuestra investigación comienza a acercarse nuevamente a Cristo.
Porque estamos tratando de comprender qué se perdió para después comprender mejor qué significa redimir.
La caída afectó nuestra relación con Dios.
Afectó nuestro cuerpo.
Afectó nuestras relaciones.
Afectó la creación.
Y Génesis declara explícitamente que afectó también nuestra relación con el trabajo.
Entonces no debería sorprendernos que la obra redentora de Cristo alcance finalmente también esta dimensión de nuestra existencia.
Pablo escribió:
«Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición» (Gálatas 3:13, RVR1960).
Ese pasaje tiene específicamente el contexto de la maldición de la ley, y debemos respetarlo.
Pero la historia completa de la redención nos lleva todavía más lejos.
Porque cuando llegamos al final de Apocalipsis encontramos una declaración extraordinaria:
«Y no habrá más maldición» (Apocalipsis 22:3, RVR1960).
Eso es restauración.
La Biblia comienza con una creación sin maldición.
Génesis 3 introduce la maldición.
Y Apocalipsis termina declarando:
«no habrá más maldición».
Pero observe lo que ocurre inmediatamente después:
«y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán» (Apocalipsis 22:3, RVR1960).
La maldición desaparece.
El servicio permanece.
Y después:
«y reinarán por los siglos de los siglos» (Apocalipsis 22:5, RVR1960).
Otra vez encontramos lo que vimos al principio.
Servicio.
Propósito.
Gobierno.
Eso significa que Cristo no vino simplemente para liberarnos de hacer cosas.
Vino a restaurar aquello que el pecado corrompió.
Y eso incluye finalmente nuestra relación con el trabajo.
No creo que tengamos que esperar necesariamente hasta Apocalipsis 22 para comenzar a experimentar algo de esa restauración.
Seguimos viviendo en un mundo caído.
Todavía existen malos empleos.
Todavía existen jefes injustos.
Todavía hay explotación.
Todavía existen negocios que fracasan.
Todavía nos cansamos.
Todavía enfrentamos las consecuencias de vivir en una creación que no ha sido completamente restaurada.
Pero Cristo puede comenzar a cambiar nuestra relación con el trabajo ahora.
Puede darnos sabiduría.
Puede abrir puertas.
Puede concedernos favor.
Puede guiarnos.
Puede mostrarnos dónde utilizar nuestras capacidades.
Puede darnos ideas.
Puede permitirnos encontrar trabajos donde podamos servir, producir, crear y bendecir.
Puede incluso tomar situaciones laborales difíciles y utilizarlas para nuestro bien.
No estoy diciendo que todo cristiano tendrá automáticamente un trabajo fácil, sin problemas y extraordinariamente remunerado.
La Biblia no promete eso.
Estoy diciendo algo diferente.
La maldición no tiene que definir para siempre nuestra relación espiritual con el trabajo.
Dios puede y quiere llevarnos hacia una manera de trabajar donde aquello que hacemos recupere propósito.
Donde podamos decir:
«Señor, quiero trabajar contigo».
Y también:
«Quiero hacer esto para ti».
Porque el Nuevo Testamento introduce una perspectiva extraordinaria sobre el trabajo:
puede convertirse en adoración.
Pablo escribió:
«Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres» (Colosenses 3:23, RVR1960).
Y continúa:
«porque a Cristo el Señor servís» (Colosenses 3:24, RVR1960).
Esto puede transformar completamente un empleo.
Quizá mi jefe no sea justo.
Quizá nadie reconozca mi esfuerzo.
Quizá otro reciba el crédito.
Quizá el trabajo sea difícil.
Pero puedo tomar una decisión interior:
«Esto no lo voy a hacer solamente para un hombre. Lo voy a hacer para Cristo».
Entonces cambia para quién trabajo.
Puedo trabajar con integridad.
Con excelencia.
Con honestidad.
Con gratitud.
Con responsabilidad.
No porque mi jefe lo merezca.
Porque Cristo lo merece.
Pablo lo llevó todavía más lejos:
«Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios» (1 Corintios 10:31, RVR1960).
«Hacedlo todo».
También trabajar.
Entonces el escritorio puede convertirse en altar.
El taller puede convertirse en altar.
La cocina puede convertirse en altar.
El campo puede convertirse en altar.
La oficina puede convertirse en altar.
La empresa puede convertirse en un lugar donde honramos a Dios.
No porque el lugar sea perfecto.
Sino porque la persona para quien finalmente estamos trabajando ha cambiado.
Y creo que allí comienza a romperse algo de la maldición.
Quizá Dios cambie nuestro trabajo.
Quizá abra otra puerta.
Quizá nos dé una idea.
Quizá nos permita emprender.
Quizá cambie nuestras circunstancias.
Pero algunas veces hará primero algo todavía más profundo:
cambiará al trabajador.
Y aquello que antes solamente producía amargura puede comenzar a convertirse en servicio.
Aquello que solamente era obligación puede adquirir propósito.
Aquello que hacíamos solamente por dinero puede convertirse también en una oportunidad para glorificar a Dios.
Y aun dentro de circunstancias injustas, Dios puede tomar lo que parecía una maldición y utilizarlo para producir bendición.
Pablo escribió:
«Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien» (Romanos 8:28, RVR1960).
Eso también es redención.
¿Qué aprendimos de Dios?
Este capítulo añade una pieza preciosa al retrato que estamos construyendo.
Antes de que Adán trabajara:
Dios plantó.
Antes de pedirle que cuidara:
Dios preparó.
Antes de entregarle una responsabilidad:
Dios comenzó la obra.
Puedo imaginar a Dios plantando aquel jardín.
Un árbol.
Después otro.
Pensando en fruto.
Pensando en belleza.
Pensando en sombra.
Pensando en aromas.
Pensando en colores.
Pensando en aquellos hijos que pronto caminarían entre lo que Él estaba plantando.
Y después entregándoles aquel lugar y permitiéndoles participar.
Eso me muestra a un Dios trabajador.
Un Dios creativo.
Un Dios que disfruta producir belleza.
Un Dios que no solamente hace cosas para sus hijos, sino que los invita a trabajar con Él.
Y después de la caída encuentro algo todavía más hermoso.
El mismo Dios que vio cómo el pecado convirtió el trabajo en dolor, sudor, frustración y resistencia no abandonó a sus hijos dentro de la maldición.
Cristo vino.
Y la historia terminará exactamente donde el corazón del Padre quería llevarla:
«Y no habrá más maldición» (Apocalipsis 22:3, RVR1960).
Pero seguiremos sirviendo.
Seguiremos teniendo propósito.
Seguiremos reinando.
Por eso quizá la pregunta correcta no sea:
«¿Cómo puedo dejar de trabajar?»
Sino:
«¿Cómo puedo volver a trabajar con mi Padre?»
¿Cómo puedo hacer de mi profesión una adoración?
¿Cómo puedo utilizar lo que sé para servir?
¿Cómo puedo desarrollar aquello que Dios puso en mis manos?
¿Cómo puedo hacer mi trabajo:
«como para el Señor»?
Porque quizá una de las cosas que Cristo quiere restaurar en nosotros es precisamente ésta:
que el trabajo deje de ser solamente aquello que hacemos para sobrevivir…
y vuelva a convertirse en parte del propósito para el cual fuimos creados.
El Padre plantando.
El hijo cultivando.
Ambos participando en el mismo proyecto.
Quizá así comenzó el trabajo.
Y cuando finalmente desaparezca toda maldición, descubriremos hasta dónde podía llegar aquella idea que comenzó en un jardín:
los hijos de Dios trabajando, creando, sirviendo y gobernando junto a su Padre, para su gloria y dentro de su Reino.
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Llegamos ahora a una pregunta que puede cambiar considerablemente la imagen que tenemos de la vida dentro del huerto del Edén:
¿Tuvieron Adán y Eva hijos antes de pecar?
Mi respuesta es sí.
La Biblia no contiene un versículo que diga literalmente: «Adán y Eva tuvieron hijos antes de la caída». Pero tampoco necesitamos que cada verdad bíblica esté expresada en una sola oración para reconocerla. Muchas veces la Escritura nos proporciona hechos dispersos y nos obliga a colocarlos juntos.
Y cuando reunimos las piezas relacionadas con este tema, la conclusión que encuentro es difícil de evitar.
De hecho, en Adán y Eva, ¿Culpables o inocentes? sostengo precisamente que existe evidencia indirecta de que Adán y Eva vivieron varias décadas dentro del huerto, y presento la multiplicación —tener hijos e hijas— como una de las actividades que realizaron durante aquel periodo.
Veamos las piezas.
La primera evidencia aparece antes de que exista pecado humano.
Dios acaba de crear al hombre y a la mujer.
No existe todavía la caída.
No existe expulsión.
No existe la maldición de Génesis 3.
Y Dios pronuncia sobre ellos una bendición:

«Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28, RVR1960).
El orden es extraordinariamente importante.
Dios los bendice.
Y dentro de esa condición de bendición les dice:
«Fructificad y multiplicaos».
No dice:
«Cuando algún día salgan del huerto, multiplíquense».
No dice:
«Después de que pequen tendrán hijos».
No dice:
«Esperen hasta que ocurra algo más».
La orden estaba vigente desde el principio.
Y esto nos presenta una pregunta muy sencilla:
Si Adán y Eva obedecían a Dios antes de la caída, ¿por qué habrían desobedecido precisamente este mandamiento?
Tendrían que haber recibido una orden de Dios y, durante todo el tiempo que permanecieron en el Edén, haber decidido no cumplirla.
Eso no parece concordar con el relato.
Especialmente si, como iremos estudiando, existen razones para pensar que su permanencia allí no fue cuestión de unas cuantas horas o unos cuantos días.
Si estuvieron allí años —y posiblemente décadas— la dificultad se hace todavía mayor.
Imagine la escena.
Un hombre joven.
Una mujer joven.
Perfectamente sanos.
Unidos como marido y mujer.
Viviendo en un mundo sin enfermedad, sin deterioro y sin los efectos de la maldición.
Y además con una orden expresa de Dios:
«Fructificad y multiplicaos».
¿Tendríamos entonces que imaginar que durante años o décadas mantuvieron una abstinencia sexual permanente para evitar tener descendencia?
¿Con qué propósito?
¿Dónde aparece semejante instrucción?
No aparece.
Al contrario, lo que aparece es exactamente lo opuesto:
multiplíquense.
Esto también debemos dejarlo claro.
La unión matrimonial y sexual no nació después de la caída.
Forma parte del diseño original.
Antes del pecado, la Escritura dice:
«Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Génesis 2:24, RVR1960).
Y el siguiente versículo añade:
«Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban» (Génesis 2:25, RVR1960).
Todo esto ocurre antes de Génesis 3.
El matrimonio existía.
La unión existía.
La sexualidad existía.
Y la orden de reproducirse ya había sido dada.
Por eso me resulta difícil imaginar a Adán y Eva viviendo durante un periodo prolongado dentro del Edén como marido y mujer, disfrutando plenamente de su matrimonio, pero evitando sistemáticamente aquello que Dios acababa de ordenarles:
«Fructificad y multiplicaos».
Además, después de crearlos y darles esa orden, Dios contempla su obra y declara:
«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (Génesis 1:31, RVR1960).
La reproducción humana, por tanto, no aparece como una consecuencia vergonzosa del pecado.
Formaba parte del mundo que Dios había llamado:
Llegamos ahora a una de las piezas que más cambió mi manera de reconstruir la vida de Adán y Eva dentro del huerto:
¿tuvieron hijos antes de pecar?
Mi conclusión es que sí.
Génesis no contiene una frase aislada que diga: «Adán y Eva tuvieron hijos antes de la caída». Sin embargo, cuando colocamos juntas las diferentes piezas del relato, encontramos una cantidad considerable de evidencia indirecta que apunta en esa dirección.
De hecho, esta es una de las tesis que desarrollo en Adán y Eva, ¿Culpables o inocentes?. Allí parto de que Adán tenía ciento treinta años cuando engendró a Set y sostengo que existe evidencia indirecta para considerar una permanencia prolongada —posiblemente de varias décadas— dentro del huerto. Además, entre las actividades que reconstruyo para ese periodo incluyo expresamente que «se multiplicaron», es decir, tuvieron hijos e hijas.
¿Por qué llegué a esta conclusión?
Comencemos por el principio.
Antes de que existiera pecado, antes de la serpiente, antes de la expulsión y antes de cualquier maldición, Dios dijo:
«Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28, RVR1960).
Observe algo fundamental.
Aquello no fue simplemente una predicción.
Fue un mandamiento.
«Fructificad».
«Multiplicaos».
«Llenad la tierra».
Dios no dijo:
«algún día, después de salir del Edén, multiplíquense».
No dijo:
«esperen hasta que suceda algo más».
No existe en Génesis ninguna orden que suspenda temporalmente el mandamiento.
Desde el principio, Adán y Eva sabían lo que Dios esperaba de ellos.
Debían formar una familia.
Y aquella familia debía crecer hasta llenar la Tierra.
Ahora coloquemos la orden dentro de la vida que hemos venido reconstruyendo.
Adán y Eva eran una pareja.
La Biblia dice:
«Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Génesis 2:24, RVR1960).
Y enseguida añade:
«Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban» (Génesis 2:25, RVR1960).
Todo esto sucede antes del pecado.
Por tanto, la sexualidad matrimonial no apareció después de la caída.
La unión entre hombre y mujer pertenecía al mundo que Dios había llamado:
«bueno en gran manera» (Génesis 1:31, RVR1960).
Entonces pensemos en lo que tendríamos que creer para sostener que nunca tuvieron hijos dentro del Edén.
Tendríamos que imaginar a una pareja joven, perfectamente sana, creada para ser marido y mujer, viviendo posiblemente durante años o incluso décadas bajo bendición, manteniendo una vida matrimonial y, al mismo tiempo, evitando permanentemente la reproducción.
¿Para qué?
¿Quién se lo ordenó?
¿Dónde está el mandamiento para abstenerse?
No existe.
El único mandamiento que tenemos dice exactamente lo contrario:
«Fructificad y multiplicaos».
Si permanecieron en el Edén durante un periodo prolongado —algo que estudiaremos más adelante—, la idea de que nunca tuvieron descendencia exige introducir en el relato una restricción que Dios nunca menciona.
Y todavía hay algo más.
No solamente debían multiplicarse.
El mandato continuaba:
«llenad la tierra».
La reproducción no era un detalle secundario.
Formaba parte del enorme proyecto que Dios había puesto en sus manos.
Gobernar una Tierra requería una humanidad.
Adán y Eva eran el comienzo.
Vendrían hijos.
Después nietos.
Después familias.
Después generaciones.
La expansión familiar y el gobierno de la Tierra estaban unidos dentro del mismo mandamiento.
Precisamente por eso en mi libro describo el huerto como un lugar de trabajo, aprendizaje, vida familiar y actividad constante, no como un escenario estático donde dos personas esperaron brevemente hasta ser tentadas.
Pero quizá una de las piezas que más me hizo pensar aparece después de la desobediencia.
Dios le dice a Eva:
«Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos» (Génesis 3:16, RVR1960).
Leamos la declaración lentamente.
«dolores».
«preñeces».
«darás a luz».
«hijos».
¿Por qué utilizar semejante lenguaje con Eva?
Las palabras tenían que significar algo para ella.
Dios no estaba pronunciando sonidos incomprensibles.
Estaba comunicándole una consecuencia que Eva debía ser capaz de entender.
Y esto es especialmente significativo porque la sentencia consiste precisamente en contrastar el mundo anterior con el que comenzaría después del pecado.
Lo mismo sucede con Adán.
Dios le dice:
«Maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida» (Génesis 3:17, RVR1960).
Después:
«Espinos y cardos te producirá» (Génesis 3:18, RVR1960).
Y:
«Con el sudor de tu rostro comerás el pan» (Génesis 3:19, RVR1960).
¿Por qué podía Adán comprender aquella sentencia?
Porque ya sabía lo que era trabajar.
Dios no necesitaba explicarle qué significaba labrar.
No necesitaba explicarle qué era obtener alimento de la tierra.
Adán ya había experimentado el trabajo bajo bendición:
«para que lo labrara y lo guardase» (Génesis 2:15, RVR1960).
Ahora Dios le estaba explicando que una actividad que ya conocía iba a cambiar dramáticamente.
El trabajo continuaría.
Pero ahora habría:
dolor, resistencia, espinos, cardos y sudor.
En mi libro desarrollo exactamente este contraste: Adán conocía un trabajo bendecido, y la sentencia de Génesis 3 anunciaba que aquello que había conocido de una manera pasaría a experimentarse bajo condiciones completamente diferentes.
Entonces pregunto:
¿por qué no aplicar la misma lógica a Eva?
A Adán:
Ya conocías el trabajo; ahora conocerás el trabajo bajo dolor y maldición.
A Eva:
Ya conoces la maternidad y aquello relacionado con traer hijos al mundo; ahora esa experiencia estará acompañada por dolor.
La estructura de las dos sentencias resulta muy semejante.
No aparece una nueva función para Adán.
El trabajo ya existía.
Lo que cambia es cómo lo experimentará.
Y tampoco aparece una nueva función para Eva.
La reproducción ya había sido ordenada desde Génesis 1:28.
Lo que cambia es cómo la experimentará.
Por eso me parece sumamente significativo que Dios diga:
«Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces».
No le está diciendo:
«Ahora conocerás por primera vez lo que significa tener hijos».
Le está diciendo que algo relacionado con sus embarazos y partos será diferente.
Eva debía comprender la diferencia entre lo que había sido y lo que ahora sería.
Y para comprender realmente un contraste, es natural pensar que debía tener un punto de referencia.
Antes: bendición.
Después: dolor.
Exactamente como ocurrió con Adán.
Aquí quiero profundizar un poco más.
Imagine que alguien jamás hubiera visto agua, jamás hubiera tocado agua y ni siquiera supiera qué significa la palabra «agua».
Decirle:
«A partir de mañana el agua estará mucho más fría»
tendría muy poco sentido hasta que primero entendiera qué es el agua y qué significa frío.
Una advertencia funciona porque las palabras comunican conceptos que la persona puede entender.
Dios estaba hablando con Eva para que comprendiera la magnitud de lo que acababa de ocurrir.
Habla de:
dolor,
parto,
hijos.
Estos conceptos no podían ser sonidos vacíos para ella.
Por supuesto, Eva podía conocer intelectualmente conceptos que Dios le hubiera enseñado sin haber experimentado todavía cada uno de ellos. Pero cuando colocamos esta posibilidad junto con el mandamiento anterior de multiplicarse, la vida matrimonial ya establecida y la posible duración prolongada de su estancia en el huerto, el argumento adquiere mucho más peso.
No tenemos una pieza.
Tenemos varias.
Dios les había ordenado reproducirse.
Eran marido y mujer.
La sexualidad pertenecía al diseño original.
Posiblemente pasaron un periodo considerable dentro del Edén.
Después de pecar, Dios habla con Eva de embarazo, hijos y parto como realidades comprensibles para ella.
Y la sentencia no elimina la reproducción.
Introduce dolor en ella.
Eso, para mí, apunta con fuerza hacia una experiencia previa de maternidad bajo bendición.
Esta misma tesis aparece explícitamente en mi libro cuando planteo que Eva estaba familiarizada con el parto y que, hasta ese momento, lo habría conocido sin el dolor que aparecería después.
Hay un patrón en Génesis 3 que considero importantísimo.
La maldición no aparece creando desde cero todas las experiencias humanas.
Aparece alterando cosas que ya existían.
El trabajo existía.
Ahora habría dolor y sudor.
La tierra producía.
Ahora produciría también espinos y cardos.
El matrimonio existía.
Ahora aparecerían tensiones dentro de la relación.
La reproducción había sido bendecida.
Ahora el parto estaría acompañado de dolor.
La vida existía.
Ahora aparecería la muerte.
Esto es exactamente lo que expreso en el libro cuando digo, en esencia, que una maldición sustituye una condición de bendición por otra dolorosa.
Y si entendemos eso, Génesis 3:16 deja de parecer el momento en que Dios inventó el sufrimiento reproductivo sin un antecedente.
Se convierte en una sentencia devastadora porque Eva podía reconocer lo que estaba perdiendo.
Quizá había traído hijos al mundo sin miedo.
Sin dolor.
Sin complicaciones.
Sin el temor de morir en el parto.
Sin enfermedad.
Sin la ansiedad que las generaciones posteriores conocerían.
Y ahora Dios le estaba diciendo:
eso cambiará.
Una experiencia que había pertenecido a la bendición sería alcanzada por las consecuencias de la caída.
Eso hace que la sentencia resulte mucho más comprensible y también muchísimo más dolorosa.
Naturalmente aparece una pregunta.
Génesis 4 comienza diciendo:
«Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín» (Génesis 4:1, RVR1960).
Después nació Abel.
Entonces algunos concluyen inmediatamente:
Caín fue el primer hijo de Adán y Eva.
Pero Génesis nunca dice eso.
No dice:
«Y Eva dio a luz a su primer hijo».
No dice:
«Caín, primogénito de Adán».
Simplemente comienza a seguir la historia de Caín y Abel porque sus vidas serán relevantes para lo que el autor quiere narrar.
La Biblia hace esto constantemente.
No registra a todas las personas que nacieron.
Selecciona aquellas que forman parte de la línea narrativa.
Génesis 5 lo demuestra cuando dice:
«Y fueron los días de Adán después que engendró a Set, ochocientos años, y engendró hijos e hijas» (Génesis 5:4, RVR1960).
¿Cuántos hijos?
No dice.
¿Cuántas hijas?
No dice.
¿Cómo se llamaban?
No lo sabemos.
¿En qué lugar exacto de la secuencia de nacimientos se encontraba cada uno?
No lo sabemos.
El silencio no significa inexistencia.
Significa simplemente que Génesis no pretende proporcionarnos un registro civil completo de la familia de Adán.
Y esto será crucial cuando estudiemos posteriormente:
¿de dónde salió la esposa de Caín?
Mi libro dedica precisamente un capítulo a la descendencia de Adán y Eva «dentro y fuera del huerto», porque el propio desarrollo posterior de Génesis exige reconocer una población mayor que los pocos nombres que el texto decide registrar.
Y todavía queda una pieza que estudiaremos con detenimiento más adelante.
¿Cuánto tiempo permanecieron Adán y Eva dentro del huerto?
Durante muchos años imaginé que habían sido creados, tentados casi inmediatamente y expulsados.
Esa idea tuvo consecuencias profundas en mi percepción de Dios.
Me parecía que Dios había colocado a dos seres inocentes delante de una prueba demasiado pronto y después los había castigado severamente.
Pero cuando comencé a estudiar cuánto tuvieron que aprender, trabajar, gobernar y experimentar, aquella imagen comenzó a derrumbarse.
Mi libro explica precisamente que pensar que Adán y Eva fueron creados y pecaron prácticamente al día siguiente me llevaba a imaginar a Dios como injusto; por ello considero esencial reconstruir qué hicieron realmente durante su estancia en el Edén.
Si la estancia fue larga —como creo que la evidencia indirecta permite sostener—, entonces la idea de que nunca tuvieron descendencia se vuelve todavía más difícil.
Una pareja joven.
Casada.
Saludable.
Fértil.
Sin enfermedad.
Sin maldición.
Viviendo probablemente durante años o décadas.
Y con una orden directa de Dios:
«Fructificad y multiplicaos».
Para que no hubieran tenido hijos tendríamos que suponer que durante todo aquel periodo decidieron abstenerse o evitar sistemáticamente la reproducción.
Pero nuevamente pregunto:
¿por qué?
No hay prohibición.
No hay espera ordenada.
No hay fecha futura.
Hay un mandamiento presente:
«Multiplicaos».
Por eso, cuando reúno las piezas, encuentro mucho más coherente concluir que la familia comenzó dentro del Edén, no después de perderlo.
Esta conclusión cambia otra vez el retrato de la vida original.
El Edén no era simplemente un lugar donde vivían dos adultos.
Era el comienzo de una sociedad.
De generaciones.
De familias.
De hijos naciendo bajo bendición.
De padres enseñándoles.
De una humanidad destinada a crecer mientras permanecía dentro del Reino y del propósito de Dios.
Y eso también nos dice algo acerca del Padre.
Dios no creó a Adán y Eva para mantenerlos solos.
Quiso que compartieran la vida.
Quiso familia.
Quiso hijos.
Quiso generaciones.
Quiso una Tierra llena de seres creados a su imagen.
Y originalmente la llegada de un hijo no estaba asociada con terror, enfermedad o muerte.
Estaba contenida dentro de una palabra:
bendición.
Después del pecado, Dios no tuvo que explicarle a Adán qué era trabajar.
Adán ya lo sabía.
Le explicó que el trabajo que conocía cambiaría.
Y creo que ocurre lo mismo con Eva.
No necesitaba explicarle qué eran los hijos, el embarazo o el parto como si estuviera introduciendo conceptos completamente ajenos al propósito que ya les había dado.
Le estaba anunciando que aquello que conocía bajo bendición ahora sería experimentado bajo dolor.
Eso hace que Génesis 3 sea mucho más trágico.
Porque Adán y Eva no perdieron un futuro que jamás habían probado.
Comenzaron a perder una manera de vivir que ya conocían.
Trabajo bendecido.
Relación bendecida.
Familia bendecida.
Partos sin la condición dolorosa que vendría después.
Vida bajo la presencia de Dios.
Y si además ya había hijos dentro de aquel mundo, entonces la caída adquiere una dimensión todavía mayor.
Porque Adán y Eva no estaban decidiendo solamente por ellos mismos.
Había una familia detrás.
Posiblemente hijos que habían conocido el mundo antes de la maldición.
Y entonces aparece una pregunta estremecedora:
¿qué significó para aquellos hijos ver cambiar el mundo en el que habían nacido?
Todavía no vayamos allí.
Pero guardemos la pieza.
Porque cuanto más descubrimos acerca de lo que existía antes de la caída, más comenzamos a comprender cuánto había realmente para perder.
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Si Adán y Eva tuvieron descendencia dentro del huerto del Edén, inmediatamente aparece una pregunta que tenemos que contestar:
¿Dónde quedaron esos hijos?
¿Por qué Génesis no nos entrega una lista con sus nombres?
¿Por qué las genealogías bíblicas parecen comenzar a adquirir importancia después de la caída?
¿Y quiénes son esos misteriosos:
«hijos de Dios»
que aparecen poco antes del Diluvio?
Durante mucho tiempo estas preguntas me parecían problemas separados.
Ahora creo que forman parte de una misma historia.
Y la primera pieza aparece precisamente al final de la vida dentro del huerto.
Después de la caída, Adán hace algo extraordinario:
«Y llamó Adán el nombre de su mujer, Eva, por cuanto ella era madre de todos los vivientes» (Génesis 3:20, RVR1960).
Observe cuidadosamente el momento.
Esto sucede antes de Génesis 4, donde posteriormente se relata el nacimiento de Caín.
Y, sin embargo, Adán no dice:
«será madre».
La RVR1960 dice:
«era madre de todos los vivientes».
Esta observación ocupa un lugar importante en mi libro: allí planteo precisamente que la expresión «era madre de todos los vivientes» encaja naturalmente con una Eva que ya tenía descendencia al momento de salir del huerto.
Entonces tenemos que preguntar:
¿madre de quiénes?
No de los animales.
Los animales no descendían de Eva.
No de las plantas.
No de la creación en general.
La función particular de Eva era ser madre de seres humanos.
Y si ya:
«era madre»,
entonces esta declaración encaja perfectamente con lo que hemos venido construyendo:
Adán y Eva ya habían comenzado una familia dentro del Edén.
Esto también ayuda a comprender por qué Dios podía hablarle de:
«preñeces», «dolor», «darás a luz» e «hijos» (Génesis 3:16).
Y, como vimos anteriormente, el paralelo con Adán es extraordinario.
Adán conocía el trabajo bajo bendición.
Después conocería trabajo con dolor, espinos, cardos y sudor.
Eva conocía la multiplicación bajo bendición.
Después conocería:
«con dolor darás a luz los hijos».
En mi libro desarrollo precisamente ambas experiencias como bendiciones originales cuya condición cambia después de la caída.
Ahora demos el siguiente paso.
Siglos después, cuando Lucas presenta la genealogía de Jesucristo, retrocede generación tras generación.
Jesús.
José.
David.
Noé.
Set.
Hasta llegar al comienzo.
Y la genealogía termina diciendo:
«Enós, hijo de Set, Set, hijo de Adán, Adán, hijo de Dios» (Lucas 3:38, RVR1960).
Ahí tenemos una expresión que debemos recordar:
Adán, hijo de Dios.
No significa que Adán fuera Dios.
Ya lo hemos establecido.
Significa que había recibido directamente su vida de Dios y había sido creado a su imagen y semejanza.
Y aquí aparece una conexión que desarrollo ampliamente en mi libro.
Si Adán era:
«hijo de Dios»,
¿cómo podríamos llamar a la descendencia nacida mientras Adán y Eva todavía vivían dentro de aquella condición original, bajo la presencia, la bendición y el Reino de Dios?
Entonces llegamos a Génesis 6:
«Aconteció que cuando comenzaron los hombres a multiplicarse sobre la faz de la tierra, y les nacieron hijas, que viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron para sí mujeres, escogiendo entre todas» (Génesis 6:1-2, RVR1960).
Aquí aparecen dos expresiones.
«Los hijos de Dios».
Y:
«las hijas de los hombres».
En la reconstrucción que presento en mi libro, los «hijos de Dios» corresponden a la generación nacida mientras Adán conservaba aquella posición original de hijo de Dios; es decir, descendencia relacionada con la vida anterior a la caída.
Después de la caída aparece otra condición.
Adán y Eva continúan teniendo descendencia, pero ahora la humanidad está bajo pecado y muerte.
Aquí comenzamos a entender la distinción que Génesis parece conservar entre:
hijos de Dios
e:
hijos o hijas de los hombres.
No estoy hablando de dos especies.
No estoy hablando de dos humanidades biológicamente incompatibles.
Todos procedían finalmente de Adán y Eva.
La diferencia era histórica y espiritual:
unos habían nacido dentro del mundo anterior a la caída; otros nacieron después de que el pecado y la muerte habían entrado en la experiencia humana.

Una interpretación muy conocida sostiene que los «hijos de Dios» de Génesis 6 eran ángeles que tomaron mujeres humanas y produjeron descendencia.
Pero esa interpretación me presenta problemas importantes.
Jesús dijo:
«Porque cuando resuciten de los muertos, ni se casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles que están en los cielos» (Marcos 12:25, RVR1960).
Y Hebreos describe a los ángeles diciendo:
«¿No son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación?» (Hebreos 1:14, RVR1960).
El énfasis bíblico presenta a los ángeles como seres espirituales ministradores, no como una raza que Dios hubiera enviado a poblar la Tierra mediante reproducción sexual. Ese es también el argumento que desarrollo en el libro al rechazar que los «hijos de Dios» de Génesis 6 fueran ángeles caídos.
Pero para mí aparece un problema todavía mayor.
Si un ángel pudiera engendrar con una mujer humana y producir un nuevo ser mitad humano y mitad angelical, entonces tendríamos que preguntarnos:
¿qué era exactamente ese ser delante del plan de redención?
¿Era humano?
¿Era ángel?
¿Era una tercera raza?
¿De quién descendía?
¿A quién debía representar Cristo?
Porque la redención de Jesucristo se encuentra íntimamente ligada a su participación en nuestra humanidad.
Hebreos dice:
«Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo» (Hebreos 2:14, RVR1960).
Cristo tomó:
carne y sangre.
Se hizo hombre.
Pablo establece igualmente que la historia del pecado y de la redención se mueve alrededor de dos representantes:
Dice:
«Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados» (1 Corintios 15:22, RVR1960).
Y:
«Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante» (1 Corintios 15:45, RVR1960).
Observe.
Primer Adán.
Postrer Adán.
El problema de la humanidad entra por uno.
La solución llega mediante Otro.
No aparece una tercera humanidad híbrida esperando otro redentor.
Y esto coincide con el argumento central de mi libro: introducir una descendencia mitad angelical y mitad humana produce un problema serio dentro de la estructura bíblica de la redención.
Pablo lo resume de otra manera:
«Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23, RVR1960).
Todos.
Una humanidad.
Un problema.
Un Redentor.

Aquí aparece otra pieza que considero fundamental.
Cuando Adán pecó, no era solamente un hombre privado tomando una decisión privada.
Era cabeza de una familia.
Era el hombre al que Dios había entregado autoridad.
Era el representante de una humanidad que procedería de él.
Pablo dice:
«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Romanos 5:12, RVR1960).
Y después:
«Por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres» (Romanos 5:18, RVR1960).
Esto resulta esencial.
La Biblia mira a la humanidad en Adán.
Cuando cae la cabeza, las consecuencias alcanzan aquello que estaba bajo su representación.
Encontramos este principio repetidamente en la Escritura.
Las decisiones de una cabeza familiar pueden afectar profundamente a su casa.
El pecado de Elí y la conducta de sus hijos termina afectando toda su casa (1 Samuel 3–4).
El pecado de David produce consecuencias que penetran profundamente en su familia (2 Samuel 12).
En mi libro utilizo precisamente este principio para explicar cómo el juicio de la cabeza puede alcanzar a la familia que representa.
Entonces, si Adán y Eva ya tenían hijos dentro del huerto, éstos no constituían una humanidad independiente de ellos.
Seguían perteneciendo a la familia humana cuya cabeza era Adán.
Cuando Adán cayó, la casa cayó con él.
Esto también responde una pregunta importante.
¿Por qué Dios no mantiene dentro del Edén a los hijos que quizá no participaron físicamente en el acto de comer el fruto?
Porque el problema no era solamente haber mordido una fruta.
La cabeza de la humanidad había cambiado de reino.
Había roto la relación de autoridad bajo la cual toda la familia estaba organizada.
Y la familia quedó afectada por la decisión de quien la representaba.
Pero esto no significa que Dios condenara eternamente a personas inocentes por una acción ajena.
Porque la Biblia añade otra verdad:
todos terminaron pecando.
Pablo dice:
«Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno» (Romanos 3:12, RVR1960).
Y nuevamente:
«Por cuanto todos pecaron» (Romanos 3:23, RVR1960).
Mi libro insiste precisamente en este punto: «todos» comprende a la humanidad entera; nadie permanece como una clase humana moralmente perfecta separada de la necesidad de redención.
Por tanto, aquellos hijos que pudieron haber conocido el Edén también terminaron participando de la rebelión humana.
Ellos también necesitarían al Redentor.
Hay un pasaje de Pablo que considero especialmente interesante cuando pensamos en aquellas primeras generaciones.
Pablo escribe:
«Porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó» (Romanos 1:19, RVR1960).
Después añade:
«Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa» (Romanos 1:20, RVR1960).
Y continúa:
«Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias» (Romanos 1:21, RVR1960).
La frase resulta impresionante:
«habiendo conocido a Dios».
Pablo describe una humanidad que recibió revelación suficiente y, en lugar de conservarla, comenzó un proceso de corrupción.
Mi libro conecta esta descripción con las primeras generaciones y destaca que Pablo habla de hombres en plural al describir la corrupción humana desde los comienzos de la historia.
Eso encaja con el escenario que estamos reconstruyendo.
Una generación podía haber recibido un conocimiento extraordinario de Dios.
Y, sin embargo, conocimiento no significa necesariamente obediencia.
La historia humana demuestra una y otra vez que alguien puede conocer mucho de Dios y aun así rebelarse contra Él.
Por eso Génesis 6 puede mostrarnos a seres llamados:
«hijos de Dios»
que no permanecieron fieles a aquella condición.
La denominación de su origen no garantiza la fidelidad de sus decisiones posteriores.
Aquí llegamos al corazón de otra de las preguntas.
Si existieron hijos nacidos dentro del Edén, ¿por qué Génesis no conserva una genealogía detallada de ellos?
Creo que la respuesta está en lo que ocurrió inmediatamente después de la caída.
Dios pronuncia una promesa:
«Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar» (Génesis 3:15, RVR1960).
Desde ese momento aparece un asunto que dominará el resto de la Biblia:
¿por qué línea vendrá el Redentor?
Después de la caída, las genealogías dejan de ser simplemente registros familiares.
Se convierten en la ruta hacia el Mesías.
Y esto es exactamente lo que señalo en mi libro: después de la caída comienza a adquirir importancia el registro cronológico de los nacimientos porque se esperaba una descendencia de la cual finalmente vendría el Rescatador.
Por eso Génesis comienza a seguir líneas específicas.
No registra a cada hijo de Adán.
No registra a cada hija.
No registra cada matrimonio.
Selecciona una genealogía.
Más adelante:
Set.
Enós.
Cainán.
Mahalaleel.
Jared.
Enoc.
Matusalén.
Lamec.
Noé.
Después Sem.
Y eventualmente Abraham.
Isaac.
Judá.
David.
Hasta llegar a Cristo.
Lucas hace exactamente ese recorrido y termina otra vez:
«Set, hijo de Adán, Adán, hijo de Dios» (Lucas 3:38, RVR1960).
Eso significa que la genealogía bíblica no pretende registrar a toda la humanidad.
Pretende preservar la línea relevante para la historia de la redención.
Esta idea está expresamente desarrollada en mi libro: la genealogía adquiere importancia porque el Mesías tendría que venir de un linaje humano identificable.
Y esto explica por qué la ausencia de nombres no significa ausencia de personas.
La Biblia podía guardar silencio sobre cientos o miles de descendientes sin negar su existencia.
Simplemente no eran la línea que el Espíritu Santo estaba siguiendo hacia Cristo.
Aquí aparece algo extraordinario.
El Redentor no podía aparecer sin conexión con la humanidad que venía a rescatar.
Tenía que entrar en nuestra historia.
Tenía que hacerse hombre.
Juan escribió:
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14, RVR1960).
Pablo dijo:
«Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer» (Gálatas 4:4, RVR1960).
Y Hebreos declara:
«Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos» (Hebreos 2:17, RVR1960).
Así que la genealogía importa.
Cristo tenía que entrar en la familia.
Tenía que compartir nuestra humanidad.
Tenía que pertenecer a la misma raza que venía a redimir.
Aquí la estructura comienza a ser extraordinariamente hermosa.
Un hombre introduce el pecado.
Otro Hombre introduce la justicia.
Una cabeza conduce a muerte.
Otra Cabeza conduce a vida.
Pablo lo expresa:
«Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos» (Romanos 5:19, RVR1960).
Por eso la genealogía no podía perderse.
El Mesías tenía que venir de allí.
La historia tenía que permitirnos seguir el camino desde Adán hasta Cristo.
Y eso también explica por qué la Biblia no necesitaba conservar con el mismo detalle las genealogías de todos los demás descendientes.
El propósito no era escribir el registro civil completo del mundo antiguo.
Era conducirnos al Redentor.
Entonces podemos colocar las piezas juntas.
Adán fue llamado:
«hijo de Dios».
Adán y Eva recibieron la orden de multiplicarse antes de la caída.
Eva es llamada:
«madre de todos los vivientes»
antes del relato del nacimiento de Caín.
Después de la caída aparecen descendientes nacidos dentro de una humanidad separada de la condición original.
Y más adelante Génesis distingue:
«los hijos de Dios»
de:
«las hijas de los hombres».
En la lectura que estamos construyendo, eso puede entenderse sin introducir una reproducción entre ángeles y mujeres.
Estamos viendo dos generaciones humanas procedentes de la misma familia original pero nacidas en condiciones históricas diferentes.
Los primeros, vinculados al mundo en que Adán todavía era reconocido en su condición original como hijo de Dios.
Los segundos, nacidos después de que Adán y Eva habían salido del Edén y la humanidad vivía ya bajo pecado y muerte.
Pero finalmente ambas líneas convergen.
Génesis 6 dice:
«viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron para sí mujeres» (Génesis 6:2, RVR1960).
La humanidad vuelve a mezclarse.
No dos especies.
No ángeles produciendo híbridos.
Una familia humana.
Y toda esa familia necesitó después lo mismo:
redención.
Todo esto nos permite ver algo mucho mayor que una discusión acerca de genealogías.
Nos permite comprender cómo Dios mira la humanidad.
Nosotros pensamos individualmente.
Dios también trata con individuos.
Pero la Biblia muestra repetidamente que Dios contempla familias, generaciones, linajes y representantes.
Adán no era solamente Adán.
Era cabeza.
Lo que hizo afectó a quienes estaban unidos a él.
Y Cristo no vino solamente como un individuo aislado.
Vino como:
«el postrer Adán».
Como una nueva cabeza.
Pablo dice:
«Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados» (1 Corintios 15:22, RVR1960).
Ahora comienzo a comprender por qué aquellas antiguas genealogías eran tan importantes.
Parecen aburridas cuando solamente vemos nombres.
Pero dejan de serlo cuando comprendemos lo que realmente están haciendo.
Están trazando el camino de regreso a casa.
Nombre tras nombre.
Generación tras generación.
Set.
Noé.
Sem.
Abraham.
Judá.
David.
Hasta que finalmente aparece un nombre:
Jesucristo.
Y entonces comprendemos por qué la genealogía sobrevivió.
Porque Dios había prometido que de aquella humanidad caída vendría Alguien que aplastaría la cabeza de la serpiente.
La familia había caído por medio de su cabeza.
Y Dios levantaría otra Cabeza para rescatarla.
Quizá por eso las genealogías humanas permanecieron mientras otras líneas desaparecieron de la narración.
La Biblia estaba siguiendo una pista.
La pista del Redentor.
Y cuando finalmente llegamos a Cristo descubrimos que Dios nunca había perdido de vista a la familia que comenzó en el Edén.
La había seguido generación tras generación.
No para registrar cada nombre.
Sino para traer, en el momento determinado, al Hijo que vendría a recuperar a los hijos.
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