18. Simeón anuncia que aquel niño sería rechazado

Dr. Elio M Rivera

«He aquí, éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha… y una espada traspasará tu misma alma, para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones.»
Lucas 2:34-35, RVR1960

 Los ángeles habían hablado de gozo.

 Simeón hablaría ahora de contradicción.

 No porque estuviera corrigiendo el anuncio celestial.

 Sino porque estaba revelando la otra parte de la historia.

 El Salvador había llegado.

 Pero no todos querrían ser salvados de aquello de lo cual Él había venido a salvarlos.

 El Mesías había llegado.

 Pero no todos aceptarían al Mesías que Dios había enviado.

 La paz había sido anunciada.

 Pero la presencia de Jesús sacaría a la luz una guerra mucho más profunda que estaba escondida dentro del corazón humano.

 Y todo esto fue dicho cuando Jesús todavía era un niño en brazos de sus padres.

Simeón profetiza sobre Jesús

Simeón no estaba especulando

 Lucas presenta a Simeón de una manera muy particular.

 Era:

 «Justo y piadoso, que esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él» (Lucas 2:25).

 Además:

 «Le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor» (Lucas 2:26).

 Y aquel día:

 «Movido por el Espíritu, vino al templo» (Lucas 2:27).

 Lucas insiste tres veces en la participación del Espíritu Santo.

 Por eso las palabras que Simeón pronunciaría no deben leerse simplemente como la preocupación de un anciano acerca del futuro.

 Dios estaba permitiendo que aquella familia conociera algo de lo que vendría.

 Primero Simeón tomó al niño y habló de salvación.

 Después se dirigió a María.

 Y el tono cambió.

«Éste está puesto»

 Simeón comenzó diciendo:

 «He aquí, éste está puesto…»

 Jesús tendría un efecto inevitable sobre quienes se encontraran con Él.

 No pasaría por Israel sin provocar una respuesta.

 No sería simplemente admirado como un maestro interesante.

 Su presencia obligaría a los hombres a definirse.

 Por eso Simeón continúa:

 «Para caída y para levantamiento de muchos en Israel».

 La misma persona produciría respuestas completamente diferentes.

 Algunos encontrarían en Él salvación.

 Otros tropezarían con Él.

 No porque Jesús cambiara según la persona que tuviera delante.

 La diferencia estaría en la respuesta del corazón.

Jesús revelaría lo que estaba escondido

 Simeón explica finalmente uno de los propósitos de aquella contradicción:

 «Para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones».

 Aquí encontramos una dimensión nueva de la misión de Cristo.

 Jesús no solamente vendría a hablarle al hombre.

 También revelaría al hombre.

 Delante de Él comenzarían a aparecer cosas que podían permanecer escondidas delante de otros.

 Orgullo.

 Fe.

 Hipocresía.

 Humildad.

 Envidia.

 Arrepentimiento.

 Amor por la verdad.

 Deseo de conservar el poder.

 Hambre de Dios.

 La presencia de Jesús funcionaría como una luz.

 Y la luz no crea lo que encuentra.

 Lo hace visible.

 Años después, Jesús explicaría algo semejante:

 «Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz…» (Juan 3:19).

 El problema no sería que Cristo hubiera venido a provocar arbitrariamente el mal de los hombres.

 Su presencia permitiría verlo.

«Señal que será contradicha»

 Entonces aparece la expresión que proyecta una sombra sobre toda la historia:

 «Señal que será contradicha».

 Contradecir significa oponerse, hablar en contra, resistir.

 Y eso fue exactamente lo que comenzó a suceder durante el ministerio de Jesús.

 Cuando sanaba, algunos preguntaban con qué autoridad lo hacía.

 Cuando perdonaba pecados, algunos consideraban blasfemia sus palabras.

 Cuando recibía pecadores, lo criticaban por las personas con quienes comía.

 Cuando hacía bien en sábado, discutían con Él.

 Cuando hablaba acerca de su Padre, sus afirmaciones provocaban oposición.

 Cuando realizaba señales extraordinarias, ni siquiera entonces todos respondían creyendo.

 Esto resulta profundamente revelador.

 El problema humano no podía resolverse simplemente mostrando más evidencia.

 Algunas personas vieron.

 Y creyeron.

 Otras vieron acontecimientos semejantes.

 Y se endurecieron.

 Simeón lo había anunciado desde el principio:

 sería contradicho.

El rechazo no sorprendería al Padre

 Aquí comenzamos a contemplar algo acerca del corazón de Dios.

 Nada de aquello tomó al Padre por sorpresa.

 Antes de que Jesús comenzara su ministerio público, Dios ya estaba anunciando que encontraría oposición.

 El Padre sabía qué clase de mundo estaba recibiendo a su Hijo.

 Sabía que la verdad sería resistida.

 Sabía que la bondad sería cuestionada.

 Sabía que el amor podría ser respondido con odio.

 Sabía que el Enviado sería contradicho.

 Y aun así lo envió.

 Eso cambia nuestra manera de contemplar el amor de Dios.

 No amó porque esperaba que todos responderíamos bien.

 No entregó a su Hijo porque la humanidad hubiera demostrado ser digna de recibirlo.

 Su amor conocía de antemano la respuesta humana y no dependió de ella.

 «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…» (Juan 3:16).

 El Padre conocía el costo cuando dio.

Y el Hijo tampoco retrocedería

 Simeón hablaba acerca de un niño que todavía no podía responder verbalmente a aquella profecía.

 Pero los Evangelios mostrarían después que Jesús comprendía perfectamente hacia dónde avanzaba su misión.

 Llegaría un momento en que diría a sus discípulos:

 «Es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas, y sea desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas…» (Lucas 9:22).

 Observe la palabra:

 «Desechado».

 La profecía de Simeón no quedaría suspendida sobre una infancia incierta.

 Jesús caminaría conscientemente hacia un ministerio en el cual sabía que encontraría rechazo.

 Y no cambiaría su mensaje para evitarlo.

 No dejaría de decir la verdad para conservar popularidad.

 No dejaría de acercarse a los pecadores porque aquello dañara su reputación.

 No utilizaría su poder para obligar a quienes no quisieran recibirlo.

 Podía ser contradicho sin convertirse en un hombre dominado por la amargura.

Podía responder a sus enemigos de otra manera

 Aquí comenzamos a descubrir el corazón de Cristo.

 ¿Qué hace una persona cuando es constantemente cuestionada?

 ¿Qué ocurre cuando sus palabras son tergiversadas?

 ¿Qué ocurre cuando el bien que hace es interpretado como mal?

 La reacción humana puede ser defenderse destruyendo al adversario.

 Jesús poseía poder para hacerlo.

 Pero no vino para aplastar a todos los que lo contradijeran.

 Cuando una aldea samaritana no quiso recibirlo y Jacobo y Juan preguntaron si debían mandar fuego del cielo, Jesús los reprendió (Lucas 9:51-55).

 Cuando sus enemigos llegaron finalmente para arrestarlo, uno de sus discípulos utilizó una espada.

 Jesús ordenó detener la violencia.

 Y Lucas registra algo todavía más impresionante:

 sanó la oreja del hombre que había venido con quienes lo arrestaban (Lucas 22:50-51).

 Ése era el corazón que Simeón todavía no podía mostrar completamente.

 La señal sería contradicha.

 Pero el Contradicho seguiría amando.

Dios no obligaría al hombre a recibir a su Hijo

 También hay algo extraordinario en la libertad que Dios permitió alrededor de Jesús.

 Podía haber hecho imposible rechazarlo.

 Podía haber rodeado cada aparición de Cristo con una manifestación irresistible de gloria.

 Podía haber silenciado inmediatamente a cada opositor.

 No lo hizo.

 Jesús habló.

 Mostró.

 Invitó.

 Advirtió.

 Llamó al arrepentimiento.

 Pero permitió que los seres humanos respondieran.

 Algunos dejaron sus redes y lo siguieron.

 Otros se alejaron.

 Algunos cayeron a sus pies.

 Otros tomaron piedras.

 El amor de Dios se ofrecía sin convertirse en coerción.

 Y eso significaba aceptar la posibilidad real del rechazo.

Entonces Simeón miró a María

 Hasta aquí la profecía hablaba acerca del niño y de Israel.

 Pero entonces Simeón hizo algo profundamente personal.

 Se dirigió a María:

 «Y una espada traspasará tu misma alma».

 No explicó cuándo.

 No explicó cómo.

 No describió cada acontecimiento futuro.

 Solamente utilizó una imagen terrible:

 una espada.

 María había dicho meses antes:

 «Hágase conmigo conforme a tu palabra».

 Ahora comenzaba a descubrir que aquel «hágase» llegaría a lugares que todavía no conocía.

 Ser madre del Mesías no significaría solamente escuchar las palabras maravillosas pronunciadas sobre su Hijo.

 También significaría verlo contradicho.

 Verlo incomprendido.

 Ver cómo aumentaba la oposición.

 Y finalmente estar presente cuando el rechazo alcanzara su expresión más dolorosa.

María estaría allí

 Juan registra una escena que convierte las palabras de Simeón en algo estremecedor:

 «Estaban junto a la cruz de Jesús su madre…» (Juan 19:25).

 Simeón había hablado de una espada.

 Décadas después, María estaba allí.

 No podemos describir todo lo que pasó por su mente.

 El Evangelio no lo hace.

 Pero sí podemos observar la distancia recorrida.

 La mujer que había sostenido al niño escuchando profecías en el templo terminaría viendo al hombre rechazado fuera de Jerusalén.

 El hijo que había llevado dentro de su cuerpo estaba ahora delante de ella sufriendo.

 La misión del Hijo también atravesaría el corazón de la madre.

El Padre tampoco contemplaría aquella historia desde la indiferencia

 Aquí debemos hablar con cuidado.

 La Escritura no presenta al Padre como un espectador frío del sufrimiento de su Hijo.

 Jesús era:

 «Mi Hijo amado» (Lucas 3:22).

 Y, sin embargo, Romanos declara:

 «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros…» (Romanos 8:32).

 No escatimó a su propio Hijo.

 El costo de la redención no revela solamente cuánto estuvo dispuesto a soportar Cristo.

 También revela cuánto estuvo dispuesto a dar el Padre.

 No debemos imaginar al Padre amando al mundo mientras permanecía emocionalmente indiferente hacia el Hijo.

 El que fue entregado era precisamente el Hijo amado.

 Por eso la entrega tiene peso.

 Dios no dio algo que carecía de valor para Él.

 Dio a su Hijo.

Amor que conocía el precio

 Simeón nos obliga entonces a mirar el nacimiento desde otra perspectiva.

 La llegada de Jesús no fue una aventura cuyo desenlace Dios desconocía.

 El rechazo estaba contemplado.

 La contradicción estaba anunciada.

 El dolor de María estaba anticipado.

 El Padre sabía.

 El Hijo sabría.

 Y ninguno abandonaría el propósito.

 Aquí aparece una clase de amor muy diferente del sentimiento pasajero.

 Es amor que conoce el precio y decide amar de todos modos.

 Cristo no amaría solamente a quienes lo comprendieran.

 Amaría rodeado de contradicción.

 No haría el bien únicamente cuando fuera agradecido.

 Seguiría haciéndolo cuando fuera acusado.

 No trataría con misericordia solamente a quienes estuvieran de su lado.

 Llegaría a orar por quienes lo crucificaban:

 «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34).

 La contradicción revelaría los corazones de los hombres.

 Pero también terminaría revelando el corazón de Cristo.

Simeón acababa de introducir una nueva pregunta

 Hasta este momento, la historia había preguntado:

 ¿Quién es este niño?

 Simeón introduce otra pregunta:

 ¿Qué harán los hombres cuando descubran quién es?

 Ésa será una de las grandes preguntas de los Evangelios.

 Porque la llegada de Jesús no dejaría al corazón humano escondido para siempre.

 Ante Él, unos creerían.

 Otros se opondrían.

 Unos lo amarían.

 Otros intentarían destruirlo.

 Y muy pronto aparecería el primer hombre dispuesto a hacerlo.

 Mientras Simeón anunciaba que Jesús sería «señal que será contradicha», lejos de aquella escena un rey ocupaba el trono.

 Y cuando aquel rey escuchara que había nacido otro:

 no iría a adorarlo.

 Intentaría encontrarlo.

 Pero con un propósito completamente diferente.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.