Dr. Elio M Rivera
«Que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor.»
Lucas 2:11, RVR1960
Hasta ese momento, casi todo había ocurrido dentro de un círculo reducido.
Gabriel había hablado con María.
Un ángel había hablado con José.
El embarazo había seguido su curso.
El niño había nacido.
Pero ahora ocurre algo diferente.
Dios hace público el significado del nacimiento.
No deja que los seres humanos tengan que descubrir por sí mismos quién es aquel niño.
Antes de que Jesús pueda pronunciar una palabra, realizar un milagro o predicar un sermón, el cielo declara su identidad.
Y lo hace mediante una de las proclamaciones más concentradas de todo el relato:
«Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor».
En una sola frase aparecen su cercanía, su misión, su identidad mesiánica y su señorío.

Los ángeles anuncias el nacimiento del Hijo de Dios
«Os ha nacido»
El ángel pudo haber dicho simplemente:
«Ha nacido».
Pero dijo:
«Os ha nacido».
Aquellas dos letras cambian la perspectiva del acontecimiento.
El nacimiento no era solamente algo que había sucedido a María.
No era únicamente una noticia acerca de José y su familia.
El niño había nacido para otros.
El cielo presentó inmediatamente su llegada como un regalo que alcanzaba a seres humanos que ni siquiera pertenecían a su familia.
«Os ha nacido».
El Salvador no había venido solamente para compartir nuestra naturaleza.
Había venido para nosotros.
«Hoy»
Después aparece una palabra aparentemente pequeña:
«Hoy».
Durante siglos Israel había hablado de lo que Dios haría.
Los profetas habían utilizado el lenguaje del futuro.
Vendría.
Nacería.
Reinaría.
Salvaría.
Pero aquella noche el lenguaje cambió.
«Hoy».
La promesa había entrado en el presente.
Ya no se trataba solamente de esperar.
Algo había sucedido dentro de la historia humana y podía señalarse en el tiempo.
Había un antes.
Y ahora había un después.
El anuncio celestial no hablaba de una idea religiosa ni de una esperanza indefinida.
Decía que en un día determinado, dentro de una ciudad determinada, había nacido una persona determinada.
La esperanza de Israel había adquirido fecha.
«En la ciudad de David»
El ángel también identifica el lugar.
«En la ciudad de David».
Belén no era un detalle geográfico sin importancia.
El nombre de David conectaba inmediatamente al niño con una historia anterior.
Dios había prometido a David una descendencia y un reino.
Los profetas habían mantenido viva aquella expectativa.
Miqueas había señalado Belén.
Ahora el cielo une las piezas.
No dice solamente:
«Ha nacido un niño en Belén».
Lo sitúa dentro de la historia de las promesas de Dios.
La ciudad de David había recibido al Hijo prometido.
«Un Salvador»
Entonces llega la primera gran declaración acerca de su misión:
«Un Salvador».
No simplemente maestro.
No solamente profeta.
No únicamente ejemplo moral.
Salvador.
La palabra presupone una necesidad.
Solamente necesita salvación quien se encuentra en una condición de la cual no puede salir adecuadamente por sí mismo.
Israel conocía bien ese lenguaje.
A lo largo del Antiguo Testamento Dios había salvado a su pueblo de esclavitud, enemigos, peligros y destrucción.
Pero el niño anunciado aquella noche realizaría una salvación que llegaría hasta el problema más profundo del hombre.
Mateo había registrado la explicación dada a José:
«Y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mateo 1:21).
Lucas ahora añade la proclamación pública:
ha nacido un Salvador.
El cielo estaba interpretando su misión antes de que los hombres pudieran reducirla a sus propias expectativas.
«Cristo»
Pero el ángel continúa.
No solamente Salvador.
«Cristo».
Para nosotros la palabra puede sonar casi como si fuera el apellido de Jesús.
No lo era.
Cristo significa Ungido y corresponde a la idea hebrea de Mesías.
Durante siglos, la unción había tenido enorme importancia en Israel.
Reyes eran ungidos.
Sacerdotes eran ungidos.
En determinados contextos también aparecen personas apartadas por Dios para misiones específicas.
Pero con el paso de la revelación bíblica fue creciendo la expectativa de un Ungido particular: el descendiente prometido, el Rey que Dios levantaría.
Aquella noche el ángel no dijo:
«Tal vez éste sea el Mesías».
No pidió a los pastores que esperaran treinta años para decidir.
El cielo declaró:
«Es Cristo».
La identidad mesiánica de Jesús no comenzó cuando las multitudes empezaron a seguirlo.
No dependió de una elección popular.
No surgió porque sus discípulos decidieran posteriormente engrandecerlo.
Fue anunciada desde su nacimiento.
«El Señor»
Y entonces llega quizá la expresión más impresionante de todas:
«Cristo el Señor».
El niño no solamente sería Salvador.
No solamente era el Mesías esperado.
Era Señor.
La palabra griega Kyrios podía utilizarse en distintos sentidos, desde una forma respetuosa de dirigirse a alguien hasta una declaración de autoridad. Pero para lectores familiarizados con las Escrituras griegas de Israel tenía además una resonancia extraordinaria: Kyrios era la palabra utilizada innumerables veces para referirse al Señor Dios.
Por eso Lucas coloca delante del lector una afirmación de enorme peso.
El recién nacido posee una identidad que sobrepasa la de un libertador humano ordinario.
El cielo lo llama:
«Cristo el Señor».
Tres títulos.
Una sola persona.
Salvador. Cristo. Señor.
Antes de que Jesús hablara, el cielo habló acerca de Él
Esto establece un patrón que continuará durante los Evangelios.
Jesús no será presentado únicamente mediante sus propias afirmaciones.
Habrá testimonios externos acerca de su identidad.
Aquí hablan los ángeles.
Más adelante, en su bautismo, se escuchará la voz del Padre:
«Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia» (Lucas 3:22).
En la transfiguración volverá a escucharse una voz desde la nube:
«Este es mi Hijo amado; a él oíd» (Lucas 9:35).
Existe una continuidad.
Nacimiento. Bautismo. Transfiguración.
En momentos decisivos de la vida de Jesús, su identidad no queda solamente en manos de la opinión humana.
Dios da testimonio de su Hijo.
Y de pronto el cielo se llenó
Hasta entonces había hablado un ángel.
Pero Lucas describe un cambio repentino:
«Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios…» (Lucas 2:13).
No sabemos cuántos eran.
Lucas solamente dice:
«Una multitud».
La expresión huestes celestiales posee además un matiz poderoso.
No describe simplemente un coro en el sentido moderno.
Habla de las huestes del cielo, una expresión relacionada con el ejército celestial.
Resulta llamativo.
El Mesías acaba de nacer.
Y el ejército celestial aparece.
Pero no viene a conquistar Belén.
No desenvaina armas.
No derriba gobiernos.
Alaba.
El cielo posee poder.
Pero el anuncio de aquella noche no comienza con destrucción.
Comienza con buenas noticias.
«Gloria a Dios en las alturas»
La primera dirección de la alabanza es vertical:
«¡Gloria a Dios en las alturas!» (Lucas 2:14).
El nacimiento del Mesías revela algo acerca de Dios.
La salvación humana y la gloria divina no aparecen como intereses opuestos.
Dios es glorificado precisamente mientras actúa en favor del hombre.
El cielo contempla lo sucedido y responde:
Gloria a Dios.
Lo ocurrido en Belén no habla solamente acerca del valor del ser humano.
Habla acerca del carácter de Dios.
Acerca de su fidelidad.
De su misericordia.
De su disposición para cumplir lo prometido.
«Y en la tierra paz»
Después la proclamación cambia de dirección.
De las alturas:
a la tierra.
«Y en la tierra paz…»
No significaba que las guerras terminarían aquella noche.
Roma continuaría gobernando.
Herodes continuaría en el poder.
La violencia humana no desaparecería inmediatamente.
De hecho, muy pronto la propia familia de Jesús tendría que huir.
Por tanto, la paz anunciada no puede reducirse a la ausencia instantánea de conflictos políticos.
La llegada de Cristo inauguraba la obra mediante la cual Dios ofrecería reconciliación.
Pablo expresaría posteriormente esa realidad diciendo:
«Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Romanos 5:1).
La paz comenzaría donde se había producido la ruptura más profunda:
entre Dios y el hombre.
El anuncio no fue dado en Roma
Existe finalmente un contraste que Lucas no necesita explicar.
Mientras César Augusto gobernaba el imperio, el anuncio celestial no ocurrió sobre su palacio.
Mientras Herodes llevaba el título de rey, los ángeles no aparecieron en su corte.
Mientras Jerusalén poseía el templo y sus estructuras religiosas, aquella multitud celestial apareció sobre campos donde unos hombres cuidaban ovejas.
Esto no significa que Dios despreciara ciudades, gobernantes o sacerdotes.
Significa que su anuncio no dependió de ellos.
El acontecimiento más grande podía comenzar lejos de los centros humanos de poder.
La noticia que un día atravesaría naciones fue confiada inicialmente a hombres que estaban trabajando de noche.
El Padre no dejó a su Hijo sin testimonio
Jesús todavía no podía explicar quién era.
No podía ponerse de pie delante de Israel.
No podía abrir las Escrituras.
No podía realizar señales.
Pero no era necesario esperar.
El cielo habló por Él.
Dijo que era Salvador.
Dijo que era Cristo.
Dijo que era Señor.
Anunció gloria en las alturas.
Anunció paz en la tierra.
Y convirtió a unos pastores en testigos de aquella proclamación.
Durante siglos los profetas habían anunciado que alguien vendría.
Aquella noche el lenguaje del cielo cambió:
ya vino.
Pero muy pronto otro hombre, esta vez no desde los campos sino dentro de Israel, tomaría al niño en sus brazos y pronunciaría palabras mucho menos festivas.
Simeón había esperado al Mesías.
Ahora que finalmente lo tenía delante, anunciaría una verdad inquietante:
aquel niño dividiría las respuestas de los hombres.
Unos se levantarían.
Otros caerían.
Y Él sería «señal que será contradicha».
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