15. El nacimiento del Hijo de Dios

Dr. Elio M Rivera

«Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales…»
Lucas 2:6-7, RVR1960

 Lucas dedica muy pocas palabras al nacimiento:

 «Dio a luz a su hijo primogénito».

 No describe cuánto duró el parto.

 No dice quién asistió a María.

 No menciona complicaciones.

 No registra las primeras palabras de José.

 No sabemos la hora exacta.

 El evangelista simplemente abre una puerta, nos permite contemplar el acontecimiento y continúa.

 Pero detrás de aquella frase ocurrió algo extraordinario:

 el Hijo de Dios nació.

 Y para comprender mejor lo que eso significaba, debemos intentar mirar aquel nacimiento sin colocar alrededor de María los recursos médicos de nuestra época.

Nacer en el siglo primero

 Hoy, en gran parte del mundo, el nacimiento ocurre rodeado de recursos que para nosotros parecen normales.

 Ultrasonido.

 Monitorización fetal.

 Laboratorios.

 Medicamentos.

 Anestesia.

 Cesáreas realizadas bajo condiciones controladas.

 Transfusiones.

 Antibióticos.

 Oxígeno.

 Incubadoras.

 Unidades de cuidados intensivos neonatales.

 Nada de aquello existía en Belén.

 No significa que las mujeres dieran a luz necesariamente solas. En el mundo antiguo existían parteras y conocimientos tradicionales relacionados con el embarazo y el parto.

 Pero había límites enormes respecto a lo que podía hacerse cuando algo salía mal.

 Una hemorragia grave podía convertirse rápidamente en una tragedia.

 Un parto obstruido podía poner en peligro a madre e hijo.

 Una infección puerperal podía avanzar sin antibióticos.

 Complicaciones hipertensivas del embarazo no podían manejarse con los recursos diagnósticos y terapéuticos actuales.

 Una dificultad respiratoria grave del recién nacido no encontraba una unidad neonatal esperando.

 Dar a luz era cotidiano.

 Pero nunca era trivial.

En el siglo primero, el parto podía costar la vida

 Durante la mayor parte de la historia humana, embarazo y parto estuvieron asociados con riesgos maternos considerablemente mayores que los que conocemos en países con atención obstétrica moderna.

 Y para el niño, superar el nacimiento tampoco garantizaba sobrevivir los primeros años.

 No poseemos estadísticas completas de Belén en el tiempo de Jesús que nos permitan dar una cifra exacta sin especular. Sin embargo, la demografía de poblaciones antiguas y premodernas muestra consistentemente una mortalidad infantil y de la niñez muy elevada.

 Muchos niños morían pequeños.

 Infecciones que hoy pueden tratarse podían ser mortales.

 Una enfermedad gastrointestinal podía causar deshidratación severa.

 Una infección respiratoria podía progresar sin antibióticos, oxígeno o cuidados intensivos.

 La nutrición podía convertirse en cuestión de supervivencia.

 La infancia antigua estaba mucho más cerca de la muerte de lo que la infancia moderna nos permite imaginar.

 Lucas no dice que Jesús sufriera ninguna complicación al nacer.

 No debemos añadir una.

 Lo significativo es que no escogió una época médicamente privilegiada para entrar en nuestra historia.

 Nació dentro del mundo real de aquellos a quienes había venido a buscar.

El primer aliento

 Desde la perspectiva médica, el nacimiento contiene una transición extraordinaria.

 Durante la vida intrauterina, el intercambio gaseoso ocurre a través de la placenta. Los pulmones fetales todavía no realizan la función respiratoria que tendrán después del nacimiento.

 Entonces llega el momento de nacer.

 El niño sale del ambiente intrauterino.

 Los pulmones deben expandirse.

 Comienza la respiración pulmonar.

 La circulación empieza a reorganizarse para la vida fuera del útero.

 En muy poco tiempo, el organismo tiene que realizar una de las transiciones fisiológicas más impresionantes de toda la existencia humana.

 Jesús pasó verdaderamente por ella.

 El que había diseñado el aparato respiratorio comenzó a respirar con pulmones humanos.

 El que había diseñado el corazón poseía ahora un corazón humano trabajando dentro de su pecho.

 El que había creado la sangre tenía sangre circulando por sus vasos.

 No apareció con forma humana. Nació humano.

«Lo envolvió en pañales»

 Lucas añade entonces un detalle sencillo:

 «Lo envolvió en pañales».

 No debemos convertir los pañales en señal de miseria. Envolver a un recién nacido era una práctica normal de cuidado.

 Precisamente por eso el detalle es tan hermoso.

 María hizo con Jesús lo que una madre hacía con su bebé.

 Lo tomó.

 Lo envolvió.

 Lo cuidó.

 No hubo una excepción biológica porque aquel niño fuera el Hijo de Dios.

 Su cuerpo necesitaba alimento, calor, descanso, higiene y contacto.

 La encarnación había llegado hasta allí.

 Dios había aceptado ser cuidado por manos humanas.

María tendría que alimentarlo

 Quizá pocas imágenes expresen mejor la realidad de la encarnación.

 El recién nacido necesitaba alimento.

 Eso significa que María no había terminado su participación cuando terminó el parto.

 Ahora comenzaba otra etapa.

 Tenía que alimentar al niño que había llevado dentro de ella.

 Aquel que años después alimentaría multitudes dependió primero del alimento proporcionado por su madre.

 Aquel que enseñaría a sus discípulos a pedir al Padre «el pan nuestro de cada día» conoció desde el comienzo la necesidad humana de recibir alimento.

 No observó nuestra biología desde afuera.

 La hizo suya.

El cuerpo humano no era un disfraz

 Éste es quizá el punto central del nacimiento.

 A lo largo de la historia, algunas personas han encontrado difícil aceptar que Dios pudiera entrar tan profundamente en la materia.

 Pero el Nuevo Testamento no presenta a Jesús utilizando un cuerpo como quien utiliza una vestimenta.

 Hebreos dice:

 «Por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo» (Hebreos 2:14).

 Carne.

 Sangre.

 Pulmones.

 Corazón.

 Sistema nervioso.

 Necesidad de alimento.

 Necesidad de sueño.

 Capacidad de experimentar dolor.

 Humanidad verdadera.

 El cuerpo de Jesús no era el escenario donde Dios fingía ser hombre.

 Era su cuerpo humano.

Un cuerpo capaz de morir

 Y aquí aparece la consecuencia más seria de aquella humanidad.

 Un cuerpo verdaderamente humano puede morir.

 Esto no significa que Jesús naciera enfermo.

 No significa que estuviera a punto de morir durante el parto.

 No significa que María temiera perderlo.

 Nada de eso aparece en el texto.

 Significa simplemente que, al asumir nuestra humanidad, Cristo asumió un cuerpo físicamente capaz de experimentar la muerte.

 Hebreos relaciona directamente ambas cosas:

 «Por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte…» (Hebreos 2:14).

 Éste es un aspecto extraordinario de la encarnación.

 La muerte no podía ser experimentada por una apariencia.

 Se necesitaba verdadera humanidad.

 Y eso era precisamente lo que había nacido en Belén.

María sostenía a quien la sostenía a ella

 Después del parto, María tuvo al niño entre sus brazos.

 Aquí no necesitamos inventar ninguna conversación.

 La realidad es suficientemente poderosa.

 Ella tenía que sostenerlo.

 Y aquel niño era aquel de quien Juan había escrito:

 «Todas las cosas por él fueron hechas» (Juan 1:3).

 La criatura sostenía a su Creador.

 María podía acercarlo a su pecho.

 Podía sentir el peso de su cuerpo.

 Podía tocar su piel.

 Podía escuchar su respiración.

 El Dios invisible se había hecho tangible.

 Juan expresaría años después algo relacionado con esta maravilla:

 «Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida…» (1 Juan 1:1).

 Dios había entrado al alcance de las manos humanas.

El Dios que podía ser tocado

 Esto abre una dimensión nueva que continuará durante todo el ministerio de Jesús.

 Las personas podrían tocarlo.

 Una mujer enferma tocaría su manto.

 Jesús tocaría al leproso.

 Tomaría de la mano a una niña.

 Colocaría sus manos sobre enfermos.

 Recibiría niños entre sus brazos.

 Juan se reclinaría cerca de Él durante la cena.

 Tomás sería invitado posteriormente a comprobar las heridas de su cuerpo resucitado.

 Todo aquello comenzó aquí.

 Con un cuerpo real.

 Con piel humana.

 Con manos que primero fueron pequeñas antes de tocar a nadie.

 El Dios que durante siglos había parecido inaccesible a los hombres había entrado en nuestra historia de una manera extraordinariamente cercana.

 Ahora podía ser visto, oído y tocado.

La grandeza escondida en algo completamente ordinario

 Si alguien hubiera contemplado solamente al recién nacido, no habría encontrado una característica anatómica que revelara su identidad.

 No tenía una fisiología celestial visible.

 No irradiaba necesariamente una luz que Lucas haya considerado necesario registrar.

 No llevaba una señal física diciendo:

 «Hijo de Dios».

 Era un niño.

 Precisamente allí estaba el misterio.

 La grandeza estaba escondida dentro de lo ordinario.

 La divinidad no había destruido la humanidad.

 La humanidad tampoco había cancelado su identidad.

 El Hijo de Dios había entrado verdaderamente en nuestra raza.

Y el cielo decidió explicar lo que los ojos no podían descubrir

 Había un problema.

 Mirando solamente al niño, nadie podía saber quién era.

 María lo sabía porque Gabriel se lo había anunciado.

 José lo sabía porque había recibido el mensaje del ángel.

 Pero fuera de aquel pequeño círculo, ¿quién podría reconocer lo que acababa de ocurrir?

 Un recién nacido no podía levantarse y anunciar su identidad.

 El pesebre no podía explicarla.

 Belén no parecía haberse dado cuenta.

 Entonces Dios hizo algo extraordinario.

 El Padre interpretó el nacimiento de su Hijo.

 Mientras María cuidaba al recién nacido, en los campos cercanos algunos hombres realizaban un trabajo completamente ordinario.

 «Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño» (Lucas 2:8).

 Ellos no sabían que el niño había nacido.

 No conocían el lugar.

 No conocían la señal.

 Y no sabían que aquella noche estaban a punto de convertirse en los primeros receptores de un anuncio que cambiaría la historia.

 Lo que Belén todavía no podía reconocer, el cielo estaba a punto de proclamarlo.

Música recomendada:

Libro recomendando

NUEVO EN CRISTOPEDIA

     Descubre las nuevas series, libros y recursos que hemos añadido al Museo y a la Biblioteca de Cristopedia.

WhatsApp
Facebook
X
LinkedIn
Email

Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.