02. El ángel gabriel sabía quién estaba por venir

Dr. Elio M Rivera

«Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»
Lucas 1:30-33, RVR1960

 El cumplimiento del tiempo había llegado.

 Pero antes de que hubiera un embarazo visible, antes de que José supiera lo que estaba sucediendo, antes de que los pastores escucharan cantar a los ángeles y antes de que los magos comenzaran a buscar al Rey de los judíos, ocurrió algo extraordinario en Nazaret.

 El cielo presentó a Jesús.

 Y lo hizo por medio de Gabriel.

 Lucas identifica cuidadosamente al mensajero:

 «Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret» (Lucas 1:26).

 No llegó por iniciativa propia.

 Fue enviado por Dios.

 Gabriel llevaba un mensaje que había comenzado en el cielo y debía ser entregado a una joven en la Tierra.

 Pero cuando observamos cuidadosamente sus palabras descubrimos algo maravilloso.

 Gabriel no pregunta quién será aquel niño.

 No habla de él con incertidumbre.

 No intenta descubrir su identidad.

 Gabriel sabe quién está por venir.

El cielo lo conocía antes de que la Tierra pudiera conocerlo

 Para María todo estaba por comenzar.

 Para Gabriel, la identidad de aquel que nacería ya estaba establecida.

 Por eso el ángel no llega simplemente diciendo:

 «María, tendrás un hijo».

 Su anuncio es mucho mayor.

 «Este será grande».

 «Será llamado Hijo del Altísimo».

 «El Señor Dios le dará el trono de David su padre».

 «Reinará sobre la casa de Jacob para siempre».

 «Su reino no tendrá fin».

 Antes de describir lo que Jesús hará, Gabriel comienza revelando quién es.

 Esto resulta particularmente hermoso dentro de la historia que estamos siguiendo.

 En aquel momento nadie podía verlo.

 No había nacido.

 No había realizado milagros.

 No había pronunciado el Sermón del Monte.

 No había calmado una tormenta.

 No había resucitado muertos.

 No había entrado en Jerusalén.

 No había resucitado.

 La Tierra todavía no tenía ninguna de esas evidencias delante de sus ojos.

 Sin embargo, el cielo ya hablaba de su grandeza.

 Su identidad no dependería de que los hombres llegaran algún día a reconocerlo.

 Antes de que alguien pudiera aceptarlo o rechazarlo, el mensaje de Dios acerca de Él ya había sido pronunciado.

«Este será grande»

 Las primeras palabras de Gabriel acerca del niño son sorprendentes:

 «Este será grande».

 María estaba escuchando esto en Nazaret.

 No en Roma.

 No dentro del palacio de César.

 Ni siquiera dentro del templo de Jerusalén.

 Nazaret era una población de Galilea sin el prestigio político de Roma ni la importancia religiosa de Jerusalén.

 Y allí, lejos de los grandes centros del poder humano, Gabriel estaba anunciando la llegada de alguien verdaderamente grande.

 El contraste es extraordinario.

 La grandeza estaba llegando sin los símbolos que normalmente acompañan a los grandes hombres.

 No había ejército.

 No había palacio.

 No había ceremonia pública.

 No había delegaciones oficiales esperando su llegada.

 Había solamente un ángel enviado por Dios y una joven escuchando.

 La Tierra todavía no estaba celebrando al Rey que venía.

 Pero el cielo ya estaba hablando de Él.

«Será llamado Hijo del Altísimo»

 Gabriel continúa:

 «Y será llamado Hijo del Altísimo».

 María conocía las Escrituras de Israel. Sabía lo que significaba hablar del Altísimo.

 Era una designación del Dios supremo.

 Gabriel estaba colocando delante de ella una declaración que tendría que haber sido abrumadora.

 El hijo que concebiría no sería presentado simplemente como hijo suyo.

 Sería llamado Hijo del Altísimo.

 María tendría que cargarlo.

 Tendría que alimentarlo.

 Tendría que protegerlo.

 Lo vería dormir.

 Escucharía su llanto.

 Sentiría sus movimientos dentro de su vientre.

 Pero Gabriel acababa de decirle que aquel niño pertenecía a una realidad mucho mayor que su pequeña casa de Nazaret.

 Era el Hijo del Altísimo.

 Aquí comienza uno de los contrastes que acompañarán toda la encarnación.

 Lo extraordinario aparecerá cubierto por lo cotidiano.

 El Hijo del Altísimo será visto como un niño.

 El Rey será cargado en brazos.

 Aquel cuyo reino no tendrá fin necesitará que alguien lo arrope para dormir.

 La grandeza celestial estará escondida detrás de la fragilidad humana.

El Rey prometido había llegado

 Gabriel añade inmediatamente otra declaración:

 «Y el Señor Dios le dará el trono de David su padre».

 Con esas palabras, el anuncio entra directamente en la historia de Israel.

 Dios había prometido a David que su casa y su reino serían establecidos (2 Samuel 7:12-16). Los profetas habían mantenido viva la esperanza de un gobernante relacionado con aquella línea.

 Ahora Gabriel declara que esas antiguas promesas están llegando a su punto de cumplimiento.

 El niño de María sería el heredero prometido.

 Pero después el ángel dice algo que supera cualquier reinado ordinario:

 «Y reinará sobre la casa de Jacob para siempre».

 Los reyes humanos mueren.

 David murió.

 Salomón murió.

 Los reyes que vinieron después murieron.

 Sus gobiernos terminaron.

 Sus tronos fueron ocupados por otros.

 Sus reinos pudieron dividirse, debilitarse o desaparecer.

 Pero Gabriel habla de un Rey cuyo gobierno no terminará con su muerte:

 «Y su reino no tendrá fin».

 María estaba siendo informada de que el hijo que tendría pertenecía a una categoría completamente diferente.

 Nacería dentro de la historia, pero su reino trascendería las generaciones de la historia.

Un anuncio que revela la perspectiva del cielo

 Hay algo más detrás de las palabras de Gabriel.

 Nos permiten contemplar por un instante la llegada de Jesús desde la perspectiva celestial.

 Nosotros normalmente observamos la Navidad desde abajo.

 Vemos a María.

 Vemos a José.

 Vemos el viaje.

 Vemos Belén.

 Vemos el pesebre.

 Pero Lucas nos permite mirar momentáneamente desde arriba.

 ¿Qué estaba sucediendo en el cielo mientras la Tierra continuaba con su vida cotidiana?

 El cielo sabía quién venía.

 Gabriel sabía que aquel niño sería grande.

 Sabía que sería llamado Hijo del Altísimo.

 Sabía que recibiría el trono de David.

 Sabía que reinaría.

 Sabía que aquel reino jamás terminaría.

 Mientras los habitantes de Nazaret continuaban con sus actividades, mientras Roma gobernaba sus territorios y mientras Jerusalén seguía con su vida religiosa, algo incomparable estaba comenzando silenciosamente.

 El Rey estaba por entrar en el mundo.

Y, sin embargo, nadie preparó un palacio

 Aquí aparece una nueva revelación acerca del corazón de Cristo.

 Si Gabriel sabía quién venía, entonces resulta todavía más impresionante observar cómo decidió venir.

 El Hijo del Altísimo no exigió que el mundo preparara condiciones correspondientes a su identidad.

 El anuncio no fue llevado primero a César.

 No se convocó al Sanedrín.

 No se reunió a los sacerdotes en el templo.

 No se preparó una habitación real en Jerusalén.

 Gabriel fue enviado a Nazaret.

 Y allí buscó a María.

 El Rey cuyo reino no tendría fin comenzó su entrada visible en nuestra historia sin exigir reconocimiento humano.

 Esto nos permite conocer algo más de Él.

 Cristo no necesitaba los símbolos humanos de grandeza para ser grande.

 Podía descender hasta lo pequeño sin dejar de ser quien era.

 Podía entrar en el anonimato sin perder su identidad.

 Podía aceptar la sencillez sin que disminuyera su gloria.

 Podía acercarse a nosotros sin exigir primero que nosotros subiéramos hasta Él.

 Y eso nos prepara para comprender muchas cosas que veremos después.

 Porque el camino continuará descendiendo.

 Nazaret.

 El vientre de una mujer.

 Belén.

 Un lugar humilde para nacer.

 Egipto.

 Nazaret nuevamente.

 La vida sencilla de un carpintero.

 Hasta que años después aquel mismo Jesús enseñaría:

 «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mateo 11:29).

 La humildad que posteriormente enseñaría ya podía verse en la manera en que decidió entrar en nuestra historia.

Dos perspectivas completamente diferentes

 En aquella habitación había algo que María todavía no podía dimensionar.

 Ella estaba escuchando acerca del futuro.

 Gabriel estaba anunciando una identidad.

 María veía algo que todavía no había ocurrido.

 El cielo sabía quién estaba por entrar en el mundo.

 Y dentro de poco comenzaría uno de los contrastes más extraordinarios de toda la historia de Jesucristo:

 el cielo conocería su identidad mientras muchos en la Tierra no lo reconocerían.

 Gabriel lo llamaría Hijo del Altísimo.

 Los pastores escucharían que era Salvador, Cristo el Señor.

 Simeón lo reconocería como la salvación preparada por Dios.

 Los magos preguntarían por el Rey de los judíos.

 Pero otros simplemente verían al hijo de María.

 Algunos se maravillarían.

 Otros dudarían.

 Otros lo rechazarían.

 Herodes incluso intentaría matarlo.

 La identidad de Jesús nunca dependería de la respuesta humana.

 El cielo había hablado primero.

Antes de conocer su rostro, María conoció quién era

 Hay algo profundamente hermoso en el orden de los acontecimientos.

 María todavía no conocía el rostro de Jesús.

 No sabía cómo serían sus ojos.

 Nunca había escuchado su voz.

 No había sentido todavía sus pequeñas manos aferrándose a las suyas.

 Pero antes de conocer su rostro, Dios quiso que conociera su identidad.

 Este será grande.

 Hijo del Altísimo.

 Heredero del trono de David.

 Rey para siempre.

 Un reino sin final.

 María tendría que recordar aquellas palabras muchas veces.

 Cuando sintiera crecer su vientre.

 Cuando tuviera que explicar su embarazo.

 Cuando emprendiera el camino hacia Belén.

 Cuando no encontraran un lugar adecuado para el nacimiento.

 Cuando sostuviera a aquel pequeño recién nacido.

 Cuando tuviera que huir con Él hacia Egipto.

 Las circunstancias podrían parecer incompatibles con el anuncio.

 Pero el anuncio permanecería.

 Aquel niño vulnerable seguía siendo quien Gabriel había dicho que era.

 Y ahora la historia estaba a punto de dar otro paso.

 Porque conocer quién era el niño era solamente una parte del anuncio.

 María tendría que decidir qué hacer con aquello que acababa de escuchar.

 Aceptar aquella misión no significaría únicamente experimentar el milagro de tener un hijo.

 Podría significar preguntas.

 Sospechas.

 Incomprensión.

 El riesgo de perder a José.

 Y una vida que jamás volvería a ser igual.

 Gabriel sabía quién estaba por venir.

 Ahora una joven de Nazaret tendría que responder a la pregunta que cambiaría su vida:

 ¿Estaría dispuesta a participar en la manera en que Dios había decidido traerlo al mundo?

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.