11. ¿Por qué tenía que hacerse hombre?

Dr. Elio M Rivera

Texto clave: Hebreos 2:14-17

«Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo».

Hebreos 2:14, RVR1960

 Existe una razón fundamental por la que Jesucristo tenía que hacerse hombre para redimir a la humanidad: el pecado había sido cometido por el hombre, y era necesario que un hombre respondiera por aquella transgresión.

 Dios no podía morir en su naturaleza divina. La divinidad es inmortal. No está sujeta al sufrimiento físico, a la corrupción ni a la muerte. Sin embargo, la redención exigía un sacrificio verdadero, una vida humana entregada en sustitución de otras vidas humanas.

 ¿Cómo podía Dios, que es eterno e inmortal, pagar mediante la muerte la deuda de una humanidad mortal?

 La respuesta se encuentra en la Encarnación.

 Dios se hizo hombre porque la deuda del hombre debía ser pagada mediante una vida humana.

¿Porque Jesús tenia que hacerse hombre?

La deuda pertenecía a la humanidad

 Cuando Adán desobedeció a Dios, el pecado entró en la experiencia humana y, con él, la muerte.

«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron».

Romanos 5:12, RVR1960

 Observemos que Pablo identifica al responsable original de aquella tragedia.

 «Por un hombre».

 No fue un ángel quien desobedeció en el huerto del Edén.

 Fue Adán.

 La transgresión ocurrió dentro de la humanidad. Por consiguiente, la solución debía responder al problema de la humanidad.

 Pablo presenta esta correspondencia de manera todavía más clara:

«Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos».

Romanos 5:19, RVR1960

 Aquí encontramos el principio que explica la necesidad de la Encarnación.

 Un hombre desobedeció. Otro hombre debía obedecer.

 Por medio de Adán vino la condenación.

 Por medio de Jesucristo vendría la justificación.

 Pero existía un problema extraordinario.

 ¿Dónde encontrar a un hombre capaz de realizar aquella obra?

Ningún descendiente de Adán podía pagar la deuda

 Todos los seres humanos habían quedado bajo el pecado.

 Ninguno podía presentarse delante de Dios como completamente inocente.

 El salmista había declarado:

«Ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate».

Salmos 49:7, RVR1960

 Aquellas palabras describen la incapacidad del hombre para rescatar a otro hombre de la muerte mediante sus propios recursos.

 Un pecador no podía ofrecer su vida como sacrificio perfecto por los pecados de los demás, porque él mismo necesitaba redención.

 Era como si todos los hombres fueran deudores y ninguno tuviera con qué pagar.

 No bastaba con encontrar a alguien dispuesto a morir.

 Era necesario encontrar a alguien que no tuviera una deuda propia.

 Un hombre sin pecado.

 Un hombre cuya obediencia fuera perfecta.

 Un hombre que pudiera representar a la humanidad sin participar de su culpabilidad.

 Pero entre los descendientes de Adán no había ninguno que reuniera esas condiciones.

 La humanidad necesitaba un representante que perteneciera verdaderamente a ella, pero que fuera moralmente diferente de todos los demás.

Dios no podía morir en su naturaleza divina

 Aquí llegamos al punto central.

 Dios es eterno e inmortal.

 Pablo lo describe como aquel:

«…que es el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad…».

1 Timoteo 6:15-16, RVR1960

 La naturaleza divina no puede morir.

 No puede ser destruida.

 No puede dejar de existir.

 Por eso, si la redención debía efectuarse mediante la muerte de un representante humano, era necesario que el Redentor poseyera una naturaleza humana verdadera.

 Dios no necesitaba dejar de ser Dios.

 Necesitaba asumir aquello que no poseía en su naturaleza divina: una humanidad capaz de experimentar la muerte.

 Esto es exactamente lo que explica Hebreos:

«Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo…».

Hebreos 2:14, RVR1960

 La expresión es extraordinariamente importante.

 «Él también participó de lo mismo».

 No se convirtió en un ángel.

 No apareció simplemente con apariencia humana.

 Se hizo verdaderamente hombre.

 Y al hacerlo adquirió, en su naturaleza humana, la capacidad de entregar su vida mediante una muerte real.

 No murió su divinidad.

 Murió Jesucristo, la persona divina del Hijo, según la naturaleza humana que había asumido.

 Así, quien murió por nosotros no fue un simple hombre separado de Dios, sino Dios el Hijo hecho hombre.

Un hombre tenía que ocupar el lugar de los hombres

 El escritor de Hebreos continúa:

«Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham».

Hebreos 2:16, RVR1960

 Y añade:

«Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo».

Hebreos 2:17, RVR1960

 La palabra «debía» merece nuestra atención.

 No significa que existiera una fuerza superior obligando a Dios a actuar.

 Significa que, para cumplir el propósito redentor que Dios había establecido, era necesario que el Salvador participara de la misma naturaleza de aquellos a quienes venía a rescatar.

 Un ángel no podía representar a la humanidad como hombre.

 Y un pecador no podía ofrecer un sacrificio perfecto.

 Por eso el Redentor debía ser verdaderamente humano y completamente santo.

 Jesucristo reunía ambas condiciones.

 Era hombre para representarnos y era sin pecado para ofrecerse por nosotros.

Lo que Adán hizo y lo que Cristo vino a reparar

 Pablo explica la relación entre Adán y Jesucristo:

«Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida».

Romanos 5:18, RVR1960

 Adán actuó como representante de la humanidad en su caída.

 Jesucristo vino como el representante de una humanidad que necesitaba ser reconciliada con Dios.

 La diferencia entre ambos es fundamental.

 Adán era inocente, pero desobedeció.

 Jesucristo fue obediente hasta la muerte.

 Adán introdujo la condenación.

 Jesucristo hizo posible la justificación.

 Adán perdió aquello que se le había confiado.

 Jesucristo cumplió perfectamente la voluntad del Padre.

 Pero para que esta comparación tuviera sentido, Jesucristo debía ser verdaderamente hombre.

 No podía obedecer en representación de los hombres sin asumir nuestra humanidad.

 No podía entregar una vida humana si no poseía una vida humana.

 Y no podía morir por nosotros sin una naturaleza capaz de morir.

 La Encarnación hizo posible esa representación.

El sacrificio tenía que ser humano, pero su valor procedía de quién lo ofrecía

 Aquí encontramos una verdad que debemos conservar cuidadosamente.

 No fue la muerte de cualquier hombre la que produjo nuestra redención.

 Fue la muerte de Jesucristo.

 Su humanidad permitió que ofreciera un sacrificio verdaderamente humano.

 Su santidad hizo que ese sacrificio no estuviera manchado por una culpa propia.

 Y su identidad divina distingue su sacrificio de cualquier otro.

 Por eso Hebreos declara:

«Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios».

Hebreos 10:12, RVR1960

 No necesitaba morir repetidamente.

 No necesitaba que otro completara su obra.

 Su sacrificio fue suficiente.

 El que pagó la deuda humana fue verdaderamente hombre, pero no era solamente hombre. Era Dios hecho hombre.

Conclusión: La deuda del hombre fue pagada por un hombre

 Ahora podemos comprender por qué la Encarnación era indispensable para nuestra redención.

 El pecado había entrado por un hombre.

 La condenación había alcanzado a la humanidad.

 La justicia divina exigía que el pecado fuera tratado.

 Pero ningún ser humano pecador podía ofrecer el sacrificio perfecto.

 Y Dios, en su naturaleza divina, no podía morir.

 Por eso Jesucristo asumió una naturaleza humana.

 No para abandonar su divinidad, sino para poseer una vida humana que pudiera entregar por nosotros.

 Como hombre, podía representarnos.

 Como hombre sin pecado, podía ofrecerse sin tener una culpa propia que pagar.

 Y como Dios hecho hombre, su sacrificio tenía una dignidad incomparable.

 Por eso Pablo escribió:

«Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados».

1 Corintios 15:22, RVR1960

 Un hombre había introducido la muerte por su desobediencia.

 Otro hombre, Jesucristo, vencería la muerte mediante su obediencia y sacrificio.

 Pero aquel segundo hombre no era un descendiente común de Adán.

 Era Dios mismo, que había asumido nuestra humanidad para pagar, mediante una muerte humana verdadera, la deuda que nosotros jamás habríamos podido pagar.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.