06. Jesucristo era glorioso antes de hacerse hombre

Dr. Elio M Rivera

«Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.»
—Juan 17:5, RVR1960.

Antes de Belén, Jesucristo no era un hombre esperando comenzar su existencia.

No era todavía el niño que María llevaría en sus brazos. No caminaba por los caminos polvorientos de Galilea ni vestía las sencillas ropas de un judío del primer siglo.

Él ya existía.

Y, según sus propias palabras, existía en gloria.

Esta vez no necesitamos imaginarlo. Jesús mismo nos dijo que antes de que el mundo existiera había compartido gloria junto al Padre.

1. Cristo tenía gloria antes de que existiera el mundo

La declaración más directa procede de los labios de Jesús:

«Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.»
—Juan 17:5.

Observe cuidadosamente sus palabras:

«la gloria que tuve contigo».

Y después añade:

«antes que el mundo fuese».

Jesús está recordando una realidad anterior a Belén, anterior a Abraham, anterior a Adán y aun anterior a la creación del mundo.

Antes de todo aquello, el Hijo estaba con el Padre y poseía gloria.

Juan comienza su Evangelio con la misma realidad:

«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.»
—Juan 1:1.

Cristo no comenzó en Belén.

Belén fue el momento en que el Verbo eterno entró en nuestra condición humana.

2. Isaías vio su gloria

Existe un pasaje extraordinario que nos permite avanzar todavía más.

Isaías escribió:

«En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo.»
—Isaías 6:1.

La escena continúa:

«Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban.»
—Isaías 6:2.

Y aquellos seres proclamaban:

«Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.»
—Isaías 6:3.

El templo se estremecía:

«Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo.»
—Isaías 6:4.

Pero siglos después Juan hace una declaración sorprendente al comentar esta visión:

«Isaías dijo esto cuando vio su gloria, y habló acerca de él.»
—Juan 12:41.

En el contexto, Juan está hablando de Jesucristo.

Esto nos permite contemplar algo extraordinario: mucho antes de Belén, la Escritura ya relacionaba al Hijo con gloria, trono, santidad y adoración celestial.

3. Su gloria era tan grande que los seres celestiales cubrían sus rostros

La escena de Isaías contiene un detalle impresionante.

Los serafines estaban delante del Señor y:

«con dos cubrían sus rostros…»
—Isaías 6:2.

No encontramos aquí una escena ordinaria.

Estamos ante una manifestación de majestad y santidad tan extraordinaria que los propios seres celestiales se cubren mientras proclaman:

«Santo, santo, santo…»

Compare esa escena con Belén.

El glorioso Señor relacionado con aquella majestad celestial aceptaría después ser contemplado como un niño.

El contraste es inmenso.

4. Daniel contempló una figura celestial gloriosa

Daniel registra otra visión impresionante:

«Y alcé mis ojos y miré, y he aquí un varón vestido de lino, y ceñidos sus lomos de oro de Ufaz.»
—Daniel 10:5.

Después describe su apariencia:

«Su cuerpo era como de berilo, y su rostro parecía un relámpago, y sus ojos como antorchas de fuego, y sus brazos y sus pies como de color de bronce bruñido, y el sonido de sus palabras como el estruendo de una multitud.»
—Daniel 10:6.

Aquí debemos ser cuidadosos: Daniel 10 no identifica explícitamente a este personaje como Jesucristo, y existen distintas interpretaciones sobre su identidad.

Sin embargo, la semejanza visual con la descripción que Juan hace posteriormente de Cristo glorificado en Apocalipsis 1 es notable.

5. Juan contempló a Jesucristo glorificado

En Apocalipsis ya no existe ninguna duda acerca de quién está viendo Juan.

Él escucha una voz detrás de sí:

«Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo; y vuelto, vi siete candeleros de oro, y en medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo del Hombre…»
—Apocalipsis 1:12-13.

Y entonces comienza una de las descripciones más impresionantes de Jesucristo en toda la Biblia.

Su vestidura

«…vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro.»
—Apocalipsis 1:13.

Juan contempla dignidad, majestad y autoridad.

Su cabeza y sus cabellos

«Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve…»
—Apocalipsis 1:14.

La imagen recuerda poderosamente la visión del Anciano de días de Daniel:

«Estuve mirando hasta que fueron puestos tronos, y se sentó un Anciano de días, cuyo vestido era blanco como la nieve, y el pelo de su cabeza como lana limpia…»
—Daniel 7:9.

Sus ojos

Juan continúa:

«…sus ojos como llama de fuego.»
—Apocalipsis 1:14.

No estamos contemplando aquí al Jesús humillado ante Pilato.

Estamos contemplando al Cristo glorificado.

Sus pies

«Y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno…»
—Apocalipsis 1:15.

Observe nuevamente la semejanza con Daniel 10:6:

«…sus brazos y sus pies como de color de bronce bruñido…»

Su voz

Juan dice:

«…y su voz como estruendo de muchas aguas.»
—Apocalipsis 1:15.

No una voz débil.

No una presencia insignificante.

Juan intenta describir algo que parece sobrepasar las palabras humanas: una voz comparable al estruendo de enormes cantidades de agua.

Su rostro

Y finalmente llegamos quizá a la descripción más impresionante:

«…y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza.»
—Apocalipsis 1:16.

Piense por un momento en esta frase.

Como el sol cuando resplandece en su fuerza.

La gloria de Cristo era tan impresionante que Juan no simplemente la observó.

Cayó al suelo.

6. Juan cayó como muerto delante de Él

«Cuando le vi, caí como muerto a sus pies.»
—Apocalipsis 1:17.

Juan había conocido personalmente a Jesús.

Había caminado con Él.

Había escuchado su voz.

Había estado sentado cerca de Él.

Había contemplado sus milagros.

Pero ahora estaba viendo a Cristo glorificado.

Y cayó como muerto.

Entonces sucede algo bellísimo:

«Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último.»
—Apocalipsis 1:17.

La majestad no había eliminado su ternura.

El mismo Cristo cuya apariencia hizo caer a Juan al suelo extendió su mano y le dijo:

«No temas.»

7. Pedro, Jacobo y Juan vieron por un momento algo de su gloria

Durante su vida terrenal ocurrió algo extraordinario.

Jesús llevó a Pedro, Jacobo y Juan a un monte.

Mateo relata:

«Y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz.»
—Mateo 17:2.

Marcos añade:

«Y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos.»
—Marcos 9:3.

Lucas dice:

«Y entre tanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo otra, y su vestido blanco y resplandeciente.»
—Lucas 9:29.

Por unos momentos, aquellos discípulos contemplaron algo completamente diferente del aspecto cotidiano del Jesús que conocían.

Pedro recordaría aquella experiencia muchos años después:

«Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia.»
—2 Pedro 1:17.

Y después añadió:

«Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo.»
—2 Pedro 1:18.

8. Cristo no adquirió su gloria por convertirse en hombre

Aquí está una distinción fundamental.

La gloria de Cristo no comenzó después de su resurrección.

Jesús mismo lo dejó establecido:

«…aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.»
—Juan 17:5.

La resurrección y exaltación manifiestan nuevamente su gloria, pero Juan 17 nos obliga a mirar todavía más atrás.

Antes del mundo, ya había gloria.

Pablo describe el enorme descenso que representó la encarnación:

«Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse…»
—Filipenses 2:5-6.

Y después:

«…sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres.»
—Filipenses 2:7.

No debemos entender que Cristo dejó de ser Dios.

El texto nos muestra el extraordinario contraste entre «forma de Dios» y «forma de siervo».

El glorioso aceptó la humillación.

9. De la gloria al pesebre

Ahora podemos volver a Belén.

Y quizá el pesebre comienza a parecernos diferente.

Antes de Belén:

tenía gloria con el Padre.
—Juan 17:5.

Era Dios y estaba con Dios.
—Juan 1:1.

Todas las cosas fueron hechas por medio de Él.
—Juan 1:3.

Isaías vio su gloria.
—Juan 12:41.

Y cuando Juan contempló posteriormente al Cristo glorificado, vio:

cabellos blancos como lana,

ojos como llama de fuego,

pies semejantes al bronce bruñido,

una voz como estruendo de muchas aguas,

y un rostro «como el sol cuando resplandece en su fuerza».

—Apocalipsis 1:14-16.

Y entonces llegamos a una de las frases más extraordinarias de toda la Escritura:

«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…»
—Juan 1:14.

El que poseía gloria entró en nuestra fragilidad.

El Creador entró en su creación.

El que estaba asociado con el trono celestial aceptó un pesebre.

El que poseía una gloria capaz de hacer caer a Juan como muerto aceptó que los hombres pudieran mirarlo a los ojos, acercarse a Él y tocarlo.

Por eso, cuando pensamos en lo que Jesucristo dejó antes de venir a la Tierra, no debemos pensar solamente en un lugar hermoso.

Debemos pensar en quién era Él allí.

Y quizá ése sea uno de los sacrificios de Belén que menos hemos contemplado:

antes de aceptar la cruz, Jesucristo ya había aceptado dejar la manifestación de aquella gloria para venir a vivir entre nosotros.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.