Dr. Elio M. Rivera
Hay personas que comienzan a sufrir desde el domingo por la tarde.
Todavía no ha llegado el lunes.
Todavía no han entrado a la oficina.
Todavía no han encendido la máquina.
Todavía no han abierto el negocio.
Pero solamente pensar:
«Mañana tengo que regresar a trabajar»
les produce angustia.
Para millones de seres humanos el trabajo dejó de ser una actividad que produce satisfacción y se convirtió en una obligación agotadora de la cual depende su supervivencia.
Hay quienes trabajan cansados.
Trabajan enfermos.
Trabajan preocupados.
Trabajan bajo presión.
Trabajan con personas que no soportan.
Trabajan bajo jefes que los maltratan.
Trabajan haciendo algo que detestan porque necesitan pagar la casa, comprar alimento, mantener a sus hijos y cubrir las cuentas.
Esperan el viernes.
Temen el lunes.
Cuentan los días para las vacaciones.
Cuentan los años para jubilarse.
Y lentamente algo extraordinariamente valioso comienza a desaparecer:
su vida.
Porque trabajar ocho, diez o doce horas diariamente durante décadas significa entregar una enorme parte de nuestra existencia al trabajo.
Entonces debemos hacer una pregunta:
¿Dios creó al hombre para vivir así?
No.
El trabajo existía antes del pecado.
Pero la fatiga, el tormento y la esclavitud asociados con el trabajo aparecieron después de la caída.
Así era al principio: el trabajo era parte de una vida buena
Existe una idea equivocada que debemos eliminar.
Algunas personas piensan que antes del pecado Adán no trabajaba.
Pero la Biblia dice:
«Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase.»
Génesis 2:15, RVR1960
Observe algo importantísimo:
esto ocurrió antes de la caída.
Adán trabajaba.
Cultivaba.
Administraba.
Cuidaba.
Desarrollaba aquello que Dios había colocado bajo su responsabilidad.
El trabajo, por lo tanto, no es consecuencia del pecado.
El trabajo formaba parte de aquella creación que Dios declaró:
«bueno en gran manera».
El hombre había sido creado con inteligencia, creatividad, fuerza, capacidades y propósito.
Podía tomar aquello que Dios había creado y desarrollarlo.
Podía sembrar.
Cultivar.
Organizar.
Construir.
Administrar.
Descubrir.
Crear.
El trabajo permitía al hombre expresar parte de la imagen de su Creador.
Dios crea.
Dios ordena.
Dios produce.
Dios administra.
Y el hombre, creado a su imagen, recibió también capacidad para producir y administrar.
Pero Adán no despertaba pensando:
«Otra vez tengo que ir a trabajar».
No odiaba el huerto.
No esperaba desesperadamente el fin de semana.
No regresaba emocionalmente destruido.
No estaba consumiendo su salud para poder pagar las cuentas.
No vivía bajo la amenaza:
«Si dejo de producir, quizá no sobreviva».
El trabajo estaba integrado dentro de una vida de comunión, provisión, propósito y descanso.
Adán trabajaba.
Pero el trabajo no devoraba a Adán.

Esto fue lo que hicimos: el trabajo comenzó a producir dolor
Después del pecado encontramos palabras completamente diferentes.
Dios dijo a Adán:
«…maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida.»
Génesis 3:17, RVR1960
Y después:
«Con el sudor de tu rostro comerás el pan…»
Génesis 3:19, RVR1960
El hombre continuaría trabajando.
Pero ahora algo había cambiado.
La tierra ofrecería resistencia.
Aparecieron espinos.
Cardos.
Dolor.
Sudor.
Fatiga.
El trabajo que originalmente debía producir fruto comenzó también a producir agotamiento.
El hombre seguiría sembrando.
Pero algunas semillas no producirían.
Seguiría construyendo.
Pero lo construido podría destruirse.
Seguiría trabajando.
Pero el resultado ya no estaría siempre garantizado.
Podría esforzarse enormemente…
y aun así perder.
Aquí encontramos otra de las heridas de El imperio de la muerte:
el trabajo dejó de ser solamente expresión de propósito y comenzó también a convertirse en lucha por sobrevivir.
Así vivimos ahora: trabajando para poder seguir trabajando
Observe nuestro mundo.
Nos levantamos con alarma.
Corremos.
Comemos deprisa.
Manejamos entre tráfico.
Llegamos al trabajo.
Cumplimos horarios.
Respondemos mensajes.
Atendemos problemas.
Soportamos presión.
Cumplimos metas.
Regresamos cansados.
Dormimos.
Y al día siguiente:
volvemos a comenzar.
Lunes.
Martes.
Miércoles.
Jueves.
Viernes.
Semana tras semana.
Mes tras mes.
Año tras año.
Y una mañana descubrimos que han pasado:
veinte años.
El niño creció.
Nuestros padres envejecieron.
Nuestro matrimonio cambió.
Nuestro cuerpo cambió.
Y nosotros estuvimos:
trabajando.
No porque trabajar sea malo.
Sino porque dentro de un mundo caído el trabajo puede convertirse en un amo que exige cada vez más de nuestra vida.
Entonces trabajamos para pagar la casa en la que casi nunca estamos.
Compramos cosas que casi no tenemos tiempo para disfrutar.
Proveemos para hijos con quienes algunas veces apenas convivimos.
Ahorramos para unas vacaciones porque necesitamos recuperarnos del trabajo que hacemos durante todo el año.
Y esperamos jubilarnos para finalmente tener tiempo de vivir.
Algo está mal con esa imagen.
Cuando el trabajo comienza a atormentar la mente
El efecto no es solamente físico.
También puede ser profundamente emocional.
Hay personas que salen del trabajo…
pero el trabajo no sale de ellas.
Llegan a casa pensando en lo que quedó pendiente.
Cenan pensando en mañana.
Intentan dormir repasando problemas.
Despiertan durante la noche recordando algo que olvidaron hacer.
El cuerpo está en la cama.
Pero la mente continúa en la oficina.
El cuerpo está de vacaciones.
Pero la mente sigue trabajando.
El teléfono se convierte en una extensión del empleo.
Un mensaje puede interrumpir la cena.
Una llamada puede destruir una tarde familiar.
Un correo electrónico puede entrar a la habitación antes de dormir.
Y aparece algo terrible:
nunca terminamos completamente de trabajar.
Después viene el estrés.
La irritabilidad.
El cansancio.
La dificultad para dormir.
La frustración.
La sensación de estar atrapados.
El temor a perder el empleo.
La presión por producir.
La competencia.
El sentimiento de que nunca hacemos suficiente.
Y finalmente una pregunta dolorosa:
«¿Voy a pasar toda mi vida haciendo algo que no disfruto solamente porque necesito sobrevivir?»
Para algunas personas la respuesta parece ser:
sí.
Eso es tormento.
El trabajo puede convertirse en esclavitud
Y todavía existe una realidad más dolorosa.
Hay millones de personas que ni siquiera pueden escoger dónde trabajar.
Aceptan lo que encuentran.
No porque les guste.
No porque ésa sea su vocación.
No porque allí desarrollen sus talentos.
Sino porque:
necesitan comer.
Una madre soporta condiciones difíciles porque tiene hijos.
Un padre acepta humillaciones porque necesita pagar la renta.
Un trabajador permanece bajo un jefe abusivo porque teme quedarse sin ingreso.
Una persona continúa durante años haciendo algo que detesta porque piensa:
«No puedo darme el lujo de renunciar».
Entonces el dinero que recibe no solamente representa remuneración.
Puede convertirse en la cadena que lo mantiene en un lugar donde ya no quiere estar.
Y nuevamente aparece la pregunta:
¿Esto fue lo que Dios diseñó?
¿Creó Dios al hombre para despertarse angustiado cinco días por semana y sentirse vivo solamente durante dos?
¿Lo creó para entregar las mejores horas de su vida a algo que aborrece?
¿Lo creó para destruir su salud intentando sobrevivir?
¿Lo creó para que sus hijos conozcan más su ausencia que su presencia?
¿Lo creó para que al final de su existencia mire hacia atrás y descubra que trabajó toda su vida pero casi nunca tuvo tiempo para vivirla?
No.
El imperio de la muerte convirtió incluso el propósito en agotamiento
Ésta es la tragedia.
Algo que Dios creó bueno terminó profundamente afectado por la caída.
El trabajo debía permitirnos desarrollar nuestras capacidades.
Ahora puede consumirlas.
Debía producir satisfacción.
Ahora puede producir ansiedad.
Debía permitirnos administrar la creación.
Ahora algunas veces nos sentimos administrados por nuestro empleo.
Debía formar parte de nuestra vida.
Ahora puede convertirse en nuestra vida entera.
Y entonces aparece otra forma de esclavitud.
Nuestra identidad comienza a depender de lo que hacemos.
Preguntamos:
«¿A qué te dedicas?»
Y muchas veces contestamos como si nuestra profesión fuera nuestra identidad.
Soy médico.
Soy empresario.
Soy obrero.
Soy maestro.
Soy agricultor.
Soy empleado.
Pero antes de cualquiera de esas cosas:
somos personas.
Y para quienes estamos en Cristo existe una identidad todavía más profunda:
somos hijos de Dios.
Mi trabajo es algo que hago.
No es quien soy.
Cristo nos redimió también de la maldición
Y aquí aparece nuevamente Jesucristo.
Pablo hizo una declaración extraordinaria:
«Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición…»
Gálatas 3:13, RVR1960
La cruz no solamente nos ofrece esperanza para después de morir.
La obra de Cristo comienza a cambiar nuestra relación con Dios y nuestra manera de vivir aquí y ahora.
Eso incluye nuestra relación con el trabajo.
No tenemos que aceptar como ideal una existencia dominada permanentemente por tormento, agotamiento y esclavitud.
Podemos pedirle a Dios dirección.
Podemos pedir oportunidades.
Podemos pedir puertas abiertas.
Podemos pedir creatividad.
Podemos pedir ideas.
Podemos pedir favor.
Podemos pedir un trabajo digno.
Podemos pedir un ambiente saludable.
Podemos creer que Dios puede colocarnos en un lugar donde nuestros dones sean utilizados correctamente.
Podemos creer que Él puede prosperar el trabajo de nuestras manos.
El salmista oró:
«Sea la luz de Jehová nuestro Dios sobre nosotros, y la obra de nuestras manos confirma sobre nosotros; sí, la obra de nuestras manos confirma.»
Salmo 90:17, RVR1960
¡Qué diferencia!
No solamente trabajar hasta quedar agotados.
Sino contemplar a Dios:
confirmando la obra de nuestras manos.
Podemos volver a disfrutar lo que hacemos
No estoy diciendo que todo trabajo será fácil.
Jesús mismo trabajó.
Sus discípulos trabajaron.
Pablo trabajó.
Habrá responsabilidades.
Habrá días cansados.
Habrá problemas que resolver.
Habrá esfuerzo.
Pero existe una enorme diferencia entre esfuerzo y esclavitud.
Entre cansarse después de un día productivo…
y levantarse cada mañana sintiendo que nuestra vida está siendo consumida.
Dios puede guiarnos hacia un trabajo que tenga sentido.
Puede abrir oportunidades que antes no existían.
Puede darnos creatividad para comenzar algo nuevo.
Puede enseñarnos a administrar mejor nuestro tiempo.
Puede ayudarnos a poner límites.
Puede prosperar nuestros proyectos.
Puede convertir nuestros talentos en una fuente de provisión.
Puede permitirnos trabajar haciendo algo que realmente disfrutamos.
Y también puede cambiar nuestro corazón dentro del lugar donde actualmente estamos.
Pablo escribió:
«Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres.»
Colosenses 3:23, RVR1960
Cuando Cristo vuelve al centro, el trabajo deja de ser nuestro amo.
Vuelve a convertirse en:
una herramienta.
Una manera de servir.
Una manera de crear.
Una manera de producir.
Una manera de bendecir.
Una manera de desarrollar aquello que Dios colocó dentro de nosotros.
Una manera de participar nuevamente en el mandato original:
cultivar, administrar y producir vida.
Quizá durante años alguien ha pensado:
«No tengo alternativa. Así será mi vida hasta que muera».
Pero Jesucristo nos enseña a levantar nuevamente los ojos.
Podemos pedir.
Podemos buscar.
Podemos llamar.
Podemos aprender.
Podemos prepararnos.
Podemos cambiar.
Podemos emprender.
Podemos esperar puertas nuevas.
Podemos creer que nuestro Padre conoce nuestras necesidades y también conoce los dones que puso dentro de nosotros.
No tenemos que esperar llegar al cielo para experimentar algo diferente.
Cristo nos redimió.
Y esa redención puede comenzar a tocar también el lunes por la mañana.
Puede tocar nuestro negocio.
Nuestra oficina.
Nuestro consultorio.
Nuestro taller.
Nuestra fábrica.
Nuestro campo.
Nuestro escritorio.
Nuestros proyectos.
Nuestras manos.
Nuestra creatividad.
Nuestro tiempo.
Porque quizá una de las evidencias más hermosas de la restauración sea que aquello que El imperio de la muerte convirtió en tormento pueda volver a convertirse, bajo la dirección de Dios, en:
propósito.
Trabajar…
producir…
crear…
servir…
y al terminar el día poder mirar la obra de nuestras manos y decir:
«Disfruté lo que hice hoy».
No tenemos que esperar hasta el cielo para comenzar a recuperar aquello que perdimos.
En Jesucristo podemos comenzar:
aquí y ahora.
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