07. Cuando la muerte vino a conquistar

Dr. Elio M. Rivera

  He visto morir niños.

  He visto morir jóvenes que apenas comenzaban a vivir.

  He visto morir hombres y mujeres en la plenitud de sus vidas.

  He visto morir padres.

  Madres.

  Esposos.

  Esposas.

  He visto morir ancianos después de una larga existencia.

  Y después de tantos años de contemplarla como médico, pastor y simplemente como ser humano, he llegado a una conclusión:

la muerte no perdona.

  No pregunta cuántos años tienes.

  No pregunta si todavía tienes proyectos.

  No pregunta si tus hijos todavía te necesitan.

  No pregunta si acabas de casarte.

  No pregunta si tienes cinco años, veinte, cincuenta u ochenta.

  No pregunta si alguien está preparado para despedirse de ti.

  Llega.

  Y cuando llega, hiere.

  Pablo utilizó una palabra extraordinariamente gráfica para describirla:

«¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?»

1 Corintios 15:55, RVR1960

  Un aguijón penetra.

  Lastima.

  Deja dolor.

  Y pocas cosas han herido tanto a la humanidad como el aguijón de la muerte.

La muerte entró en un mundo donde antes no reinaba

  Cuando regresamos al huerto del Edén encontramos algo extraordinario.

  No encontramos cementerios.

  No encontramos funerales.

  No encontramos ataúdes.

  No encontramos padres enterrando hijos.

  No encontramos viudas llorando esposos.

  No encontramos niños quedándose sin padres.

  No encontramos hospitales intentando prolongar una vida.

  No encontramos cuerpos destruidos por enfermedades terminales.

  No encontramos al hombre envejeciendo mientras observa cómo sus fuerzas desaparecen.

  Dios había creado al hombre para la vida.

  Pero había establecido un límite y había advertido claramente cuál sería la consecuencia de cruzarlo:

«…el día que de él comieres, ciertamente morirás

Génesis 2:17, RVR1960

  Dios lo había dicho.

Morirás.

  Pero apareció otra voz.

  La serpiente dijo:

«No moriréis.»

Génesis 3:4, RVR1960

  Adán tuvo delante de él dos palabras.

  Dios había dicho:

«Morirás».

  La serpiente decía:

«No moriréis».

  Y el hombre tomó su decisión.

  Desobedeció.

  Entonces ocurrió exactamente lo que Dios había advertido.

«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte…»

Romanos 5:12, RVR1960

  Primero entró el pecado.

  Y detrás del pecado entró la muerte.

  No porque Dios hubiera diseñado un mundo cruel.

  No porque la muerte formara parte de aquel «bueno en gran manera» de Génesis.

  La muerte apareció vinculada a la rebelión del hombre y a su separación de la fuente de la vida.

  Adán no creyó la advertencia.

  Pero la advertencia era verdad.

Y la muerte comenzó a conquistar

  Al principio Adán no cayó físicamente muerto junto al árbol.

  Pero la muerte ya había entrado.

  Y pronto aparecería ante sus ojos de una manera que jamás podría olvidar.

  Caín mató a Abel.

  Imagino lo terrible que debió ser para Adán y Eva contemplar por primera vez el cuerpo sin vida de un hijo.

  Hasta entonces conocían cuerpos vivos.

  Respirando.

  Moviéndose.

  Hablando.

  Abrazando.

  Ahora había un cuerpo que ya no respondía.

  La muerte había adquirido un rostro.

  Y era el rostro de Abel.

  Después comenzó una sucesión terrible.

  Génesis 5 repite una frase una y otra vez.

  Adán vivió…

«y murió».

  Set vivió…

«y murió».

  Enós vivió…

«y murió».

  Cainán vivió…

«y murió».

  Mahalaleel vivió…

«y murió».

  Jared vivió…

«y murió».

  Generación tras generación.

«Y murió».

  La advertencia pronunciada junto al árbol se había convertido en la realidad de toda la humanidad.

  Pablo lo expresaría después con una frase estremecedora:

«…reinó la muerte desde Adán…»

Romanos 5:14, RVR1960

  La muerte no solamente llegó.

  Comenzó a reinar.

Nadie parecía poder escapar

  Desde entonces la muerte ha atravesado todas las fronteras levantadas por los seres humanos.

  Ha entrado en palacios y chozas.

  Ha visitado ricos y pobres.

  Ha alcanzado personas famosas y desconocidas.

  Ha entrado en hospitales y hogares.

  Ha alcanzado hombres y mujeres.

  Niños y ancianos.

  Sabios e ignorantes.

  Reyes y campesinos.

  Médicos que pasaron su vida luchando contra ella finalmente tuvieron que enfrentarla.

  Hombres poderosos que gobernaron naciones no pudieron ordenarle que se retirara.

  Personas inmensamente ricas descubrieron que llega un momento en que ninguna cantidad de dinero puede comprar otro día.

  Podemos retrasarla.

  Podemos luchar contra enfermedades.

  Podemos utilizar medicamentos.

  Podemos operar.

  Podemos reanimar un corazón.

  Podemos prolongar la vida.

  Y debemos hacerlo mientras podamos.

  Pero finalmente permanece aquella sentencia:

«…está establecido para los hombres que mueran una sola vez…»

Hebreos 9:27, RVR1960

  La muerte se convirtió en el gran conquistador de la humanidad.

Y los que quedan también reciben su aguijón

  Pero la muerte no lastima solamente a quien muere.

  Muchas veces deja una segunda herida:

la que permanece en quienes continúan viviendo.

  Una silla queda vacía.

  Una cama ya no se ocupa.

  Una voz deja de escucharse.

  Un teléfono conserva un número al que ya nadie responderá.

  Quedan fotografías.

  Ropa.

  Objetos.

  Recuerdos.

  Lugares donde estuvimos juntos.

  Fechas que regresan cada año.

  Y queda una ausencia que puede acompañarnos durante toda la vida.

  La muerte puede ocurrir en unos minutos.

  Pero el dolor que deja puede durar décadas.

  Un padre puede continuar recordando al hijo que perdió.

  Una mujer puede continuar extrañando al hombre con quien compartió su vida.

  Un hijo puede crecer deseando volver a escuchar la voz de su madre.

  Una familia puede dividir su historia en dos partes:

antes de que muriera…

  y

después de que murió.

  Ese es el aguijón.

  La muerte se lleva a uno y puede dejar profundamente heridos a muchos.

  Por eso cuando alguien llora frente a una tumba no debemos apresurarnos a decirle que la muerte es simplemente «parte natural de la vida».

  La Biblia la llama de otra manera.

  La llama:

enemigo.

La Biblia llama enemigo a la muerte

  Pablo escribe:

«Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte.»

1 Corintios 15:26, RVR1960

  ¡Enemigo!

  Eso explica por qué algo dentro de nosotros se rebela frente a ella.

  No queremos despedirnos.

  No queremos soltar la mano.

  No queremos cerrar el ataúd.

  No queremos caminar fuera del cementerio dejando allí a alguien que amamos.

  Algo dentro de nosotros grita:

¡Esto no debería ser así!

  Y, en cierto sentido, ese grito tiene razón.

  Porque al principio no fue así.

  No fuimos creados para la muerte.

  Fuimos creados para la vida.

  Por eso la muerte duele tanto.

  Es una intrusa dentro de una historia que comenzó con un Dios que sopló sobre el hombre aliento de vida.

Entonces Jesucristo entró en el territorio de la muerte

  Pero ocurrió algo que cambió para siempre la historia.

  El Hijo de Dios vino al mismo mundo donde la muerte estaba reinando.

  Y durante su ministerio ocurrió algo extraordinario.

  Cuando Jesús se encontró con la muerte, la muerte comenzó a retroceder.

  Una niña había muerto.

  Jesús tomó su mano y dijo:

«Talita cumi; que traducido es: Niña, a ti te digo, levántate.»

Marcos 5:41, RVR1960

  Y la niña se levantó.

  En Naín, una viuda llevaba a enterrar a su único hijo.

  Jesús vio a aquella madre y tuvo compasión de ella.

  Se acercó al féretro y dijo:

«Joven, a ti te digo, levántate.»

Lucas 7:14, RVR1960

  Y el muerto se incorporó.

  Después llegó a la tumba de su amigo Lázaro.

  Allí ocurrió algo profundamente hermoso:

«Jesús lloró.»

Juan 11:35, RVR1960

  El Hijo de Dios no contempló indiferentemente nuestro dolor.

  Lloró delante de una tumba.

  Pero después pronunció:

«¡Lázaro, ven fuera!»

Juan 11:43, RVR1960

  Y el muerto salió.

  Era como si el Rey de la vida hubiera entrado finalmente en El imperio de la muerte.

  Y cada vez que ambos se encontraban, la muerte tenía que soltar a su cautivo.

Pero Cristo tenía que enfrentarla personalmente

  Finalmente la muerte llegó también hasta Él.

  Jesucristo fue crucificado.

  Su cuerpo fue colocado en una tumba.

  Una piedra cerró la entrada.

  Por un momento parecía que el conquistador había conseguido otra víctima.

  Parecía que la muerte había vencido incluso al Hijo de Dios.

  Pero llegó el tercer día.

  Y ocurrió algo que cambiaría para siempre nuestra esperanza.

La tumba quedó vacía.

  Cristo resucitó.

  Pedro lo expresó de una manera extraordinaria:

«…al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella.»

Hechos 2:24, RVR1960

  ¡Imposible!

  La muerte que había retenido generación tras generación encontró finalmente a Alguien a quien no podía retener.

  Jesucristo entró voluntariamente en su territorio y salió victorioso.

  Por eso Él puede decir:

«Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.»

Juan 11:25, RVR1960

La muerte misma será juzgada

  Pero la victoria de Cristo no termina con su propia resurrección.

  La Biblia anuncia algo todavía mayor.

  Llegará un día cuando Dios solucionará definitivamente el problema de la muerte.

  Pablo lo anuncia:

«Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte.»

1 Corintios 15:26, RVR1960

  No controlado.

  No reducido.

  No simplemente retrasado.

Destruido.

  Y Apocalipsis describe finalmente el destino de este enemigo:

«Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego.»

Apocalipsis 20:14, RVR1960

  La muerte que había juzgado a generaciones enteras será finalmente juzgada.

  La muerte que había conquistado será derrotada.

  La muerte que había entrado por causa del pecado será expulsada para siempre.

  Y entonces escucharemos palabras que parecen llevarnos nuevamente hacia aquello para lo cual fuimos creados:

«Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.»

Apocalipsis 21:4, RVR1960

  Observe cuidadosamente:

«ya no habrá muerte».

  Llegará el último funeral.

  Llegará la última tumba.

  Llegará la última despedida.

  Llegará la última lágrima causada por la muerte.

  Llegará el día cuando ningún padre volverá a enterrar a un hijo.

  Ningún niño perderá a su madre.

  Ningún esposo despedirá a su esposa.

  Ninguna familia volverá a reunirse alrededor de un ataúd.

  No habrá diagnósticos terminales.

  No habrá cuerpos deteriorándose.

  No habrá cementerios creciendo alrededor de nuestras ciudades.

  Porque la muerte misma habrá muerto.

  Entonces podremos comprender plenamente aquellas palabras que Pablo escribió desafiándola:

«Sorbida es la muerte en victoria.»

«¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?»

«¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?»

1 Corintios 15:54-55, RVR1960

  Durante miles de años la muerte ha parecido invencible.

  Ha conquistado niños, jóvenes, adultos y ancianos.

  Ha dejado cicatrices en prácticamente todas las familias de la tierra.

  También ha tocado nuestras propias casas y ha dejado heridas que nunca olvidaremos.

  Pero la muerte no tendrá la última palabra.

  Dios había dicho en el Edén:

«ciertamente morirás».

  El hombre desobedeció y la muerte entró.

  Pero Jesucristo vino.

  Murió.

  Entró en la tumba.

  Resucitó.

  Y ahora tiene autoridad para pronunciar la sentencia final sobre el enemigo que durante tanto tiempo atormentó a la humanidad.

  El imperio de la muerte terminará.

  Y cuando la muerte haya sido destruida para siempre, permanecerá aquello que Dios había querido para sus hijos desde el principio:

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.