Dr. Elio M Rivera
Llegamos ahora a una de las preguntas que durante mucho tiempo me produjo mayor dificultad al leer la historia de la caída.
Adán y Eva eran inocentes.
Lucero era astuto.
Había ocupado una posición extraordinaria.
Había realizado sus contrataciones.
Había conseguido que una parte de los ángeles se uniera a su rebelión.
Conocía la persuasión.
Conocía el engaño.
Sabía sembrar dudas.
Sabía presentar una mentira de tal manera que pareciera una oportunidad.
Y entonces surge una pregunta inevitable:
¿No puso Dios a dos seres humanos inocentes frente a un enemigo demasiado experimentado para ellos?
¿Fue realmente una prueba justa?
¿Tenían Adán y Eva alguna posibilidad verdadera de resistir?
¿O estaban destinados a perder desde el principio?

Adán y Eva, inocentes, pero no incapaces de resistir la tentación
Si imaginamos a Adán y Eva como dos criaturas ingenuas, casi infantiles, recién aparecidas en un mundo que apenas comprendían, mientras frente a ellos se encontraba un ser extraordinariamente inteligente y experimentado en la rebelión, la escena puede parecer profundamente desigual.
Pero ésa no es la descripción que Génesis nos proporciona de Adán y Eva.
Inocencia no significa incapacidad.
Pureza no significa ignorancia intelectual.
No haber pecado todavía no significa no poseer inteligencia, discernimiento, voluntad o capacidad para decidir.
Adán y Eva eran inocentes porque todavía no habían participado del pecado.
Pero no eran niños intelectualmente indefensos.
Habían sido creados por Dios con capacidades extraordinarias.
Y antes de llegar a la tentación debemos observar qué clase de personas eran realmente.
Adán no era un hombre intelectualmente indefenso
La primera descripción que recibimos de Adán no es la de alguien incapaz de comprender instrucciones.
Dios le confió responsabilidades.
Lo colocó en el huerto:
«para que lo labrara y lo guardase.»
Génesis 2:15, RVR1960
Esto ya implica comprensión.
Trabajo.
Observación.
Responsabilidad.
Planificación.
Cuidado.
Administración.
Pero Dios le había entregado algo todavía mayor.
Desde el principio dijo acerca del hombre:
«…y señoree…»
Génesis 1:26, RVR1960
Adán había sido creado para gobernar.
No como soberano independiente de Dios, sino como administrador de la creación bajo el gobierno del Creador.
Una responsabilidad semejante resulta difícil de reconciliar con la idea de un hombre mentalmente ingenuo o incapaz de evaluar una decisión.
Dios no entregó el gobierno de la Tierra a un niño indefenso.
Creó un hombre capaz de aprender.
Capaz de comprender.
Capaz de trabajar.
Capaz de recibir instrucciones.
Capaz de comunicarse.
Capaz de tomar decisiones.
Y existe una escena que frecuentemente leemos demasiado rápido.
Dios llevó los animales delante de Adán.
La Escritura dice:
«Todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre.»
Génesis 2:19, RVR1960
Detengámonos a pensar en lo que eso implica.
Adán observaba una criatura.
La distinguía de las demás.
Reconocía características.
Podía establecer diferencias.
Formaba una identificación mental.
Producía un nombre.
Relacionaba aquel nombre con aquella criatura.
Y continuaba con la siguiente.
No sabemos cuántos animales pasaron delante de él ni podemos afirmar a partir del texto un número exacto.
Pero la tarea descrita por Génesis supone una capacidad intelectual impresionante.
Observación.
Clasificación.
Asociación.
Diferenciación.
Comprensión.
Adán no estaba pronunciando sonidos al azar.
Estaba desarrollando una de las primeras grandes tareas intelectuales registradas en la historia bíblica.
Y si pensamos en la enorme diversidad de animales que debió reconocer y diferenciar, la capacidad de conservar y relacionar una enorme cantidad de nombres y características tuvo que ser extraordinaria.
En términos humanos actuales, una persona que pudiera observar gran cantidad de criaturas, distinguir unas de otras, asignarles nombres adecuados y conservar mentalmente aquella información poseería una capacidad cognitiva notable.
Y éste era Adán antes de la caída.
No encontramos un cerebro deteriorado por enfermedad.
No encontramos generaciones de decadencia.
No encontramos un hombre con dificultades provocadas por un mundo caído.
Estamos contemplando al ser humano recién salido de las manos de Dios.
La Escritura había dicho de toda aquella creación:
«era bueno en gran manera.»
Génesis 1:31, RVR1960
Y Eva tampoco apareció como una criatura intelectualmente inferior.
Fue creada como compañera correspondiente a Adán.
Podía hablar.
Comprender.
Razonar.
Recordar la instrucción de Dios.
Evaluar una propuesta.
Tomar una decisión.
Cuando la serpiente habló con ella, Eva sabía perfectamente que existía una instrucción divina.
Respondió:
«Del fruto de los árboles del huerto podemos comer.»
Génesis 3:2, RVR1960
Y conocía la prohibición relacionada con el árbol.
Así que no estamos contemplando a una mujer que desconocía lo que Dios había dicho.

La tentación ocurrió frente a personas inteligentes, informadas y responsables.
Y hay algo todavía más importante.
Adán y Eva no solamente habían aprendido acerca de la creación.
Habían convivido con Dios.
Conocían su voz.
Habían recibido su bendición.
Habían recibido sus instrucciones.
Habían experimentado su provisión.
Habían visto todo aquello que Él había preparado para ellos.
Antes de que Satanás dijera una sola palabra acerca del carácter de Dios, Adán y Eva ya poseían evidencia de su bondad.
El huerto entero era evidencia.
Su propia existencia era evidencia.
Su relación era evidencia.
La abundancia era evidencia.
La autoridad que habían recibido era evidencia.
La comunión con Dios era evidencia.
Por eso la serpiente no llegó a dos personas que no sabían quién era Dios.
Llegó a personas que tenían razones para confiar en Él.
Esto cambia profundamente la manera en que debemos contemplar la tentación.
El Dios que no cambia tampoco diseñaría una tentación imposible
Aquí encontramos un principio todavía más importante.
Si queremos conocer cómo actuó Dios al principio, debemos recordar quién es Dios.
La Escritura declara:
«Porque yo Jehová no cambio.»
Malaquías 3:6, RVR1960
Y acerca de Jesucristo dice:
«Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.»
Hebreos 13:8, RVR1960
Dios no tuvo un carácter en Edén y después desarrolló otro.
No era injusto entonces y justo ahora.
No era caprichoso entonces y fiel después.
No cambió sus principios morales a medida que transcurrió la historia.
Su carácter permanece.
Por eso existe un principio del Nuevo Testamento que considero extremadamente importante cuando intentamos comprender lo ocurrido en Edén.
Pablo escribe:
«Fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir.»
1 Corintios 10:13, RVR1960
El contexto directo de este pasaje son los creyentes a quienes Pablo está exhortando.
No está escribiendo específicamente acerca de Adán y Eva.
Pero observe lo que el versículo revela acerca de Dios:
«Fiel es Dios.»
El principio se fundamenta en su carácter.
Dios es fiel.
No prepara deliberadamente una situación diseñada para hacer inevitable la caída de sus hijos.
No coloca delante de ellos una tentación que solamente puede terminar en derrota y después los culpa por haber perdido.
Eso sería incompatible con la fidelidad que la Escritura atribuye a Dios.
Y si Dios es el mismo ayer, hoy y por los siglos, tenemos buenas razones para considerar que el mismo carácter estaba presente en Edén.
Dios no permitió que Adán y Eva enfrentaran una situación en la que obedecer fuera imposible.
Tenían la capacidad de resistir.
La presencia de una tentación no demuestra que la caída fuera inevitable.
Demuestra precisamente que existía una decisión.
Y aquí debemos volver a algo que ya estudiamos.
La concupiscencia no es todavía la acción.
Santiago describe un proceso:
«Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.»
Santiago 1:14, RVR1960
Y después:
«La concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado.»
Santiago 1:15, RVR1960
Hay un trayecto entre ser atraído y finalmente actuar.
Eva podía contemplar.
Podía sentir deseo.
Podía escuchar el argumento.
Podía ser confrontada con la mentira.
Pero todavía no había tomado el fruto.
Todavía existía espacio para detenerse.
Podía rechazar la propuesta.
Podía acudir a Adán.
Podían acudir a Dios.
Podían recordar lo que Dios había dicho.
Podían comparar la palabra de una criatura con la palabra del Creador.
Podían mirar todo lo que Dios les había dado y preguntarse:
«¿Realmente tenemos razones para sospechar de Él?»
La serpiente podía hablar.
Pero no podía obligar.
Podía presentar el fruto.
Pero no podía mover la mano de Eva.
Podía mentir.
Pero no podía obligarla a creer.
Podía presentar independencia como algo deseable.
Pero no podía tomar la decisión por ellos.
Eso explica algo fundamental:
Satanás necesitaba persuadir precisamente porque no podía obligar.
Si hubiera tenido poder para controlar la voluntad humana, toda aquella conversación habría sido innecesaria.
No necesitaba preguntar:
«¿Conque Dios os ha dicho…?»
No necesitaba contradecir:
«No moriréis.»
No necesitaba prometer:
Simplemente habría obligado.
Pero no podía.
Necesitaba consentimiento.
Necesitaba que Eva creyera.
Necesitaba que Eva tomara.
Y finalmente necesitaba que Adán decidiera.
Aquí aparece además una declaración del Nuevo Testamento que no debemos ignorar:
«Adán no fue engañado.»
1 Timoteo 2:14, RVR1960
Eva fue engañada.
Pero Adán no.
Esto significa que, por lo menos en el caso de Adán, no podemos explicar la caída diciendo simplemente:
«No entendió.»
Pablo dice que no fue engañado.
Adán tomó una decisión.
Y eso vuelve mucho más seria la naturaleza de aquello que ocurrió.
No fue simplemente una batalla entre un ser extremadamente inteligente y dos seres humanos incapaces de comprender.
Fue una confrontación entre dos propuestas.
La palabra de Dios.
Y la palabra del rebelde.
El gobierno de Dios.
Y la independencia ofrecida por Satanás.
Adán y Eva tenían inteligencia.
Tenían información.
Tenían experiencia con Dios.
Tenían abundancia.
Tenían su palabra.
Tenían advertencia.
Tenían capacidad de decidir.
Y tenían la posibilidad de rechazar la propuesta.
Por eso eran responsables.
No porque Dios hubiera colocado delante de ellos una tentación imposible.
Sino precisamente porque podían haber escogido otra cosa.
Esto resulta muy importante para nuestra investigación acerca del carácter de Dios.
Porque de otra manera terminaríamos construyendo una imagen profundamente injusta.
Un Dios que crea dos seres inocentes.
Después permite que una criatura incomparablemente superior los confronte con una tentación que no pueden resistir.
Luego observa cómo inevitablemente caen.
Y finalmente los juzga por hacer aquello que nunca tuvieron capacidad de evitar.
Ese cuadro no concuerda con el Dios que las Escrituras revelan.
La Biblia dice:
«Fiel es Dios.»
No debemos comenzar con una interpretación que lo haga parecer infiel y después intentar defenderlo.
Debemos permitir que lo que sabemos de su carácter nos ayude a comprender lo que ocurrió.
La tentación fue real.
El peligro era real.
Satanás era astuto.
Su experiencia era mayor.
Pero Adán y Eva no estaban abandonados.
No estaban intelectualmente incapacitados.
No estaban desinformados.
No estaban obligados.
Y sobre todo:
no estaban delante de una tentación que solamente podía terminar en pecado.
Existía una salida.
La más sencilla de todas:
creerle a Dios.
No necesitaban conocer todos los secretos de la rebelión.
No necesitaban ser más astutos que Lucero.
No necesitaban desarrollar un argumento filosófico superior al suyo.
Solamente necesitaban hacer algo que estaba completamente dentro de su capacidad:
confiar en Aquel que ya conocían.
Eso también nos enseña algo acerca de la tentación.
Vencer no siempre consiste en ser más inteligente que quien tienta.
Muchas veces consiste simplemente en decidir:
«Dios habló. Yo le creo.»
Eva tenía delante de ella dos declaraciones.
Dios:
«Ciertamente morirás.»
La serpiente:
«No moriréis.»
No podía creer ambas.
Tenía que decidir quién decía la verdad.
Y tenía evidencia.
¿Quién le había dado la vida?
Dios.
¿Quién había preparado el huerto?
Dios.
¿Quién le había dado abundancia?
Dios.
¿Quién había creado a Adán?
Dios.
¿Quién la había creado a ella?
Dios.
¿Quién les había entregado autoridad?
Dios.
¿Quién había establecido una relación con ellos?
Dios.
Ahora una criatura les decía:
«No confíen en Él.»
La elección no estaba ocurriendo en ausencia de evidencia.
Todo aquello que los rodeaba daba testimonio del carácter del Creador.
Por eso la caída no demuestra que Dios los hubiera colocado frente a algo imposible.
Demuestra algo mucho más doloroso:
teniendo razones para confiar, escogieron desconfiar.
Y aquí encontramos nuevamente la verdadera naturaleza del pecado.
No comenzó con una fruta.
Comenzó cuando la palabra de la criatura adquirió mayor autoridad en su corazón que la palabra del Creador.
El fruto solamente hizo visible la decisión.
¿Qué puedo aprender de Dios aquí?
Este episodio nos permite seguir conociendo a Dios no solamente por lo que dice acerca de sí mismo, sino por la manera en que trató a sus criaturas.
Aprendo que Dios es fiel.
La Escritura fundamenta nuestra seguridad frente a la tentación precisamente en esa característica:
«Fiel es Dios.»
1 Corintios 10:13, RVR1960
Dios no disfruta colocando a sus criaturas en situaciones diseñadas para hacerlas fracasar.
Aprendo que Dios no cambia.
El Dios de Edén no pertenece a una etapa primitiva de su carácter.
«Porque yo Jehová no cambio.»
Malaquías 3:6, RVR1960
Y Jesucristo:
«es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.»
Hebreos 13:8, RVR1960
Si hoy descubrimos a un Dios fiel, justo y bueno, ése es el mismo Dios que estaba en Edén.
Aprendo que Dios no es el autor de la tentación.
Santiago dice:
«Dios… ni él tienta a nadie.»
Santiago 1:13, RVR1960
La voz que intentaba separar al hombre de Dios no provenía de Dios.
Aprendo que Dios preparó al hombre para la responsabilidad que le dio.
Adán podía trabajar.
Administrar.
Gobernar.
Nombrar.
Recordar.
Relacionar.
Recibir instrucciones.
Tomar decisiones.
Dios no puso una responsabilidad enorme sobre una criatura incapaz de llevarla.
Aprendo que Dios habla antes del peligro.
Antes de que apareciera la serpiente con su contradicción, Dios ya había dado su palabra.
«El día que de él comieres, ciertamente morirás.»
Génesis 2:17, RVR1960
No escondió la consecuencia.
Advirtió.
Aprendo que Dios da razones para confiar.
Antes de establecer un límite había rodeado al hombre de bondad.
«De todo árbol del huerto podrás comer.»
Génesis 2:16, RVR1960
La prohibición estaba rodeada de generosidad.
Aprendo que Dios permite decisiones verdaderas.
Podía impedir físicamente cualquier desobediencia.
No lo hizo.
Permitió que Adán y Eva respondieran realmente.
Y por eso debemos recordar el contraste.
Satanás necesitó engañar. Dios había hablado con claridad.
Satanás sembró sospecha. Dios había demostrado bondad.
Satanás presentó una falsa necesidad. Dios había dado abundancia.
Satanás ofreció independencia. Dios había ofrecido gobierno, relación y vida.
Satanás podía persuadir. No podía obligar.
La concupiscencia podía atraer. No tenía que convertirse en acción.
El fruto estaba disponible. La mano todavía podía detenerse.
Y entonces nuestra pregunta inicial comienza a responderse.
¿Eran inocentes?
Sí.
¿Eran intelectualmente indefensos?
No.
¿Era Satanás astuto?
Sí.
¿Era la tentación real?
Sí.
¿Podían resistirla?
Dentro de todo lo que las Escrituras nos revelan acerca de la fidelidad y justicia de Dios, existen buenas razones para responder:
Sí.
Porque el mismo Dios que hoy dice que no permitirá a los suyos ser tentados más allá de lo que pueden resistir es el Dios que estaba allí.
El Dios de ayer.
El Dios de hoy.
Y el Dios de siempre.
La caída no ocurrió porque Satanás fuera demasiado poderoso para que Adán y Eva pudieran decirle no.
Ocurrió cuando dos seres capaces de confiar decidieron escuchar otra voz.
Y eso hace todavía más importante la pregunta que viene después.
Porque si tenían inteligencia, conocimiento, capacidad y una verdadera posibilidad de resistir, entonces tendremos que preguntarnos:
¿qué responsabilidad tuvieron realmente Adán y Eva en aquello que sucedió?
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