Dr. Elio M Rivera
Hasta este momento hemos seguido una rebelión que comenzó antes de que el hombre extendiera su mano hacia el fruto.
Lucero había sido creado bueno.
Había recibido sabiduría.
Belleza.
Posición.
Autoridad.
Privilegios extraordinarios.
Pero llegó un momento en que comenzó a desear aquello que Dios no le había dado.
Isaías describe aquella aspiración:
«Subiré al cielo… levantaré mi trono…»
Isaías 14:13, RVR1960
La rebelión había comenzado como un problema de gobierno.
Una criatura ya no quería permanecer bajo la autoridad del Creador.
Quería su propio trono.
Quería establecer su propia voluntad.
Quería una posición que Dios no le había dado.
Pero mientras esta rebelión se desarrollaba, Dios había creado algo extraordinario:
Y sobre ella había colocado al hombre.
Dios dijo:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree…»
Génesis 1:26, RVR1960
Esto resulta fundamental.
Dios seguía siendo soberano.
La Tierra continuaba perteneciéndole.
«De Jehová es la tierra y su plenitud.»
Salmos 24:1, RVR1960
Pero Dios había decidido entregar al hombre una responsabilidad real dentro de ella.
Adán no era el dueño absoluto.
Era un administrador bajo la autoridad del Rey.
Dios había entregado autoridad al hombre.
No a Lucero.
Por eso, si la rebelión quería extenderse hasta el mundo humano, tendría que llegar a aquellos a quienes Dios había confiado responsabilidades sobre ese mundo.
Pero aquí aparece algo que cambia considerablemente nuestra manera de imaginar la historia.

Lucero ya había estado en Edén.
Lucero no era necesariamente un desconocido en el Edén
Existe una declaración en Ezequiel que debemos colocar junto a todo lo que estamos estudiando.
Dentro de la interpretación que hemos venido siguiendo acerca de Lucero, el texto declara:
«En Edén, en el huerto de Dios estuviste.»
Ezequiel 28:13, RVR1960
Esto es extraordinario.
Nuevamente debemos conservar la precisión que hemos mantenido durante esta investigación: Ezequiel 28 se dirige directamente al gobernante de Tiro, y estamos siguiendo la interpretación cristiana que ve detrás de ciertas expresiones una realidad que trasciende al personaje humano y apunta hacia Lucero.
Pero si aceptamos esa línea interpretativa, entonces debemos permitir que sus palabras tengan consecuencias para nuestra reconstrucción.
Lucero había estado en Edén.
No estamos hablando entonces de una criatura que necesariamente apareció por primera vez el día de la caída.
Había estado allí.
Conocía el huerto.
Conocía el escenario que Dios había preparado.
Y si aquel ser poseía la posición extraordinaria que Ezequiel describe —sabiduría, hermosura, privilegio y una función elevada— resulta razonable considerar que los seres humanos colocados por Dios en aquel mismo escenario lo conocieran.
La Biblia no registra una presentación formal.
Tampoco registra conversaciones anteriores entre ellos.
Por eso no debemos inventarlas.
Pero dentro de esta reconstrucción resulta mucho más difícil imaginar a Lucero como un completo desconocido que imaginarlo como una criatura conocida dentro del mundo en el que Adán y Eva estaban aprendiendo a vivir.
Esto también puede ayudarnos a comprender un detalle muy interesante de Génesis 3.
La serpiente habla con Eva.
Y Eva responde.
No encontramos sorpresa.
No encontramos temor.
No encontramos preguntas acerca de la identidad de aquel que le habla.
Eva no dice:
«¿Quién eres?»
«¿De dónde vienes?»
«¿Qué haces aquí?»
La conversación comienza con una naturalidad extraordinaria.
Esto, por sí solo, no demostraría una relación anterior.
Pero cuando lo colocamos junto a la declaración:
«En Edén, en el huerto de Dios estuviste»
la posibilidad adquiere mucho más peso dentro de nuestra reconstrucción.
Lucero conocía Edén.
Adán y Eva vivían en Edén.
Y aquel ser ocupaba una posición suficientemente importante como para que resulte razonable pensar que no era simplemente un extraño aparecido repentinamente entre los árboles.
Esto cambia la escena.
Tal vez Génesis 3 no nos está relatando el día en que Eva conoció a Lucero.
Nos está relatando el día en que un conocimiento previo llegó al momento decisivo de una rebelión.
Y existe otra razón para pensar que Satanás no estaba improvisando.
Ezequiel utiliza una expresión muy interesante:
«A causa de la multitud de tus contrataciones fuiste lleno de iniquidad, y pecaste.»
Ezequiel 28:16, RVR1960
En el contexto inmediato, «contrataciones» posee un sentido relacionado con comercio.
Pero dentro de la interpretación espiritual que estamos siguiendo, ese lenguaje permite considerar un proceso previo de intercambio, persuasión y búsqueda de adhesión.
No una conversación.
Multitud de contrataciones.
Eso sugiere proceso.
Tiempo.
Interacción.
Persuasión.
Negociación.
Presentación de argumentos.
Lucero no solamente habría tenido una idea rebelde en secreto.
Llegó un momento en que comenzó a extenderla.
Y los resultados fueron enormes.
Apocalipsis habla del dragón cuya cola arrastraba:
«la tercera parte de las estrellas del cielo»
Apocalipsis 12:4, RVR1960
Si seguimos la interpretación que relaciona esas estrellas con los ángeles que siguieron a Satanás, estamos contemplando una rebelión de proporciones extraordinarias.
Una tercera parte.
¿Ocurrió todo aquello en un día?
La Biblia no proporciona una cronología.
Pero resulta razonable considerar que conseguir semejante adhesión requirió un proceso.
Lucero tuvo que hablar.
Tuvo que presentar su causa.
Tuvo que cuestionar.
Tuvo que persuadir.
Tuvo que sembrar dudas.
Tuvo que presentar una alternativa al gobierno de Dios.
Y no todos necesariamente reaccionaron de la misma manera.
Algunos pudieron rechazar inmediatamente sus argumentos.
Otros pudieron escucharlos.
Otros pudieron considerarlos.
Otros pudieron sentirse atraídos por ellos durante algún tiempo y finalmente rechazarlos.
Y otros permitieron que aquello creciera hasta convertirse finalmente en rebelión.
Aquí encontramos una distinción importantísima:
ser tentado no es lo mismo que pecar.
Santiago dice:
«Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.»
Santiago 1:14, RVR1960
La concupiscencia es un deseo desordenado que comienza a dirigirse hacia aquello que no corresponde.
No significa necesariamente que el pecado ya haya sido consumado.
Puede existir una atracción.
Puede existir una idea.
Puede existir una lucha interior.
Puede existir un deseo que comienza a desviarse.
Pero todavía puede ser rechazado.
Santiago continúa:
«La concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado.»
Santiago 1:15, RVR1960
Observe la secuencia.
Concupiscencia.
Concepción.
Y después:
pecado.
Dentro de la reconstrucción que estoy proponiendo, considero posible que durante las contrataciones de Lucero muchos seres fueran confrontados interiormente con sus argumentos.
Pudieron pensar.
Pudieron considerar.
Pudieron experimentar la atracción de la propuesta.
Pero pensar no es actuar.
Ser atraído no es rebelarse.
Ser tentado no es haber consumado el pecado.
Llegaría un momento en que cada uno tendría que decidir qué hacer con aquello que estaba ocurriendo en su interior.
Y aquí considero que Dios permitió algo extraordinariamente importante:
permitió que la decisión se manifestara.
No porque Dios necesitara descubrir quién era rebelde.
Él conoce los corazones.
«Jehová escudriña los corazones de todos.»
1 Crónicas 28:9, RVR1960
Dios sabía.
Pero la creación necesitaba ver.
Imagine qué habría sucedido si Dios hubiera eliminado a Lucero y a la tercera parte de los ángeles antes de que aquellos seres manifestaran mediante acciones aquello que habían decidido.
Dios habría sabido exactamente por qué los juzgaba.
Pero los demás no.
Un ser habría desaparecido.
Después otro.
Después otro.
Y quizá multitudes más.
¿Qué habría pensado el resto de la creación?
«¿Qué hicieron?»
«Yo nunca los vi rebelarse.»
«¿Por qué fueron destruidos?»
«¿Realmente eran culpables?»
«¿Qué pensaron para merecer aquello?»
Y finalmente aparecería una pregunta terrible:
«¿Quién será el siguiente?»
El resultado podría haber sido una creación aterrorizada.
Criaturas obedeciendo no necesariamente porque confiaran en Dios, sino porque temerían convertirse en las próximas en desaparecer.
La rebelión exterior habría terminado.
Pero las preguntas acerca del carácter de Dios podrían haber permanecido.
Incluso las acusaciones de Lucero podrían haber sobrevivido a Lucero.
«Tal vez tenía razón.»
«Tal vez Dios lo destruyó porque se atrevió a cuestionarlo.»
«Tal vez no somos realmente libres.»
«Tal vez es peligroso incluso pensar.»
Dios habría demostrado que tenía poder para destruir una rebelión.
Pero la creación todavía tendría que preguntarse si había sido justo hacerlo.
Por eso, dentro de esta reconstrucción, considero que Dios permitió que la rebelión llegara al punto en que pudiera manifestarse.
Quién escuchó y rechazó.
Quién consideró y finalmente permaneció con Dios.
Quién fue tentado pero no convirtió la tentación en rebelión.
Y quién finalmente decidió:
«Estoy con Lucero.»
Entonces las posiciones dejaron de ser invisibles.
La rebelión salió del terreno de las posibilidades.
Se convirtió en acciones.
Y ahora la creación podía ver aquello que Dios juzgaría.
Una tercera parte siguió al rebelde.
Dos terceras partes no lo hicieron.
Eso significa que, dentro de esta reconstrucción, la historia celestial no solamente nos habla de seres que cayeron.
También nos habla de seres que permanecieron.
Seres que pudieron conocer la propuesta de Lucero y finalmente no la escogieron.
La prueba no proporcionó información nueva a Dios.
Hizo visible ante la creación lo que cada criatura había decidido hacer con la libertad recibida.
Y cuando Satanás llegó con su rebelión al mundo humano, ya conocía perfectamente este proceso.
Había sembrado anteriormente.
Había persuadido anteriormente.
Había realizado sus contrataciones.
Había visto cómo una idea podía convertirse en deseo.
Había visto cómo un deseo podía ser rechazado.
Y también había visto cómo un deseo alimentado podía terminar convirtiéndose en rebelión.
Ahora aquella estrategia llegaría hasta Adán y Eva.

Satanás necesitaba algo que solamente Adán podía entregarle
Pero había una diferencia fundamental entre la rebelión celestial y aquello que Satanás pretendía hacer en la Tierra.
Dios había entregado al hombre una responsabilidad específica sobre este mundo.
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree…»
Génesis 1:26, RVR1960
Lucero no había recibido ese señorío.
Adán sí.
Por eso Satanás no podía simplemente aparecer y declarar:
«La Tierra ahora me pertenece».
Necesitaba llegar hasta aquel a quien Dios había confiado responsabilidades sobre ella.
Necesitaba el consentimiento humano.
Y Dios toma seriamente aquello que concede.
Dios no juega cuando da algo.
Cuando Dios habla, su palabra tiene peso.
Cuando entrega una responsabilidad, esa responsabilidad es verdadera.
Pablo, hablando específicamente del llamamiento de Israel, revela algo del carácter fiel de Dios:
«Irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios.»
Romanos 11:29, RVR1960
Este versículo no está hablando directamente de la autoridad de Adán.
Pero sí nos muestra que Dios no trata frívolamente sus dones y llamamientos.
La autoridad delegada al hombre tenía consecuencias reales.
Y precisamente por eso Satanás necesitaba al hombre.
Podía acercarse.
Podía hablar.
Podía persuadir.
Podía mentir.
Podía sembrar.
Pero necesitaba que Adán y Eva hicieran algo que él no podía hacer por ellos.
Decidir.
Y aquí debemos establecer algo que la Biblia declara con absoluta claridad:
Dios no estaba detrás de aquella tentación.
Santiago dice:
«Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios.»
Santiago 1:13, RVR1960
Dios había dado una instrucción.
El enemigo intentaría conseguir que el hombre la desobedeciera.
Dios había advertido.
El enemigo iba a seducir.
Dios había dado abundantemente.
El enemigo iba a insinuar que Dios estaba reteniendo algo.
Dios había dicho la verdad acerca de las consecuencias.
El enemigo diría:
«No moriréis.»
No podemos colocar a ambos del mismo lado.
La tentación no procedía de Dios.
Pero Santiago nos proporciona además la pieza que permite comprender cómo puede desarrollarse esa tentación:
«Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.»
Aquí volvemos a la concupiscencia.
Dios creó al hombre con deseos.
Desear no era malo.
Podía desear comer.
Aprender.
Amar.
Desarrollarse.
Gobernar.
Descubrir.
El problema aparece cuando un deseo comienza a salir del orden establecido por Dios y se dirige hacia aquello que Dios no ha dado.
Entonces puede aparecer insatisfacción.
Codicia.
Ambición desordenada.
Deseo de apropiarse de aquello que no corresponde.
Eso es exactamente lo que habíamos observado en Lucero.
Tenía muchísimo.
Pero comenzó a mirar aquello que no tenía.
Después comenzó a desearlo.
Y finalmente decidió apropiárselo.
Ahora aquella misma estrategia llegaría hasta el hombre.
Y aquí volvemos a algo que considero tremendamente importante.
Lucero ya había estado en Edén.
No era necesariamente un extraño para Adán y Eva.
Si aquel ser había ocupado una posición elevada y había estado en el mismo Edén donde vivían ellos, resulta razonable dentro de esta reconstrucción pensar que existía conocimiento previo.
Y eso hace todavía más interesante la naturalidad con la que comienza Génesis 3.
La serpiente habla.
Eva responde.
No pregunta quién es.
No pregunta de dónde salió.
No parece sorprendida de que esté allí.
Simplemente conversa.
La Biblia no registra conversaciones anteriores.
Por eso no podemos inventarlas.
Pero tampoco dice que aquella fuera la primera vez que Eva había tenido contacto con aquel ser.
Y si Lucero ya había demostrado mediante sus contrataciones que sabía persuadir, negociar, presentar argumentos y conseguir adhesiones, entonces resulta legítimo preguntarnos:
¿Había comenzado la persuasión antes de Génesis 3:1?
¿Había sembrado anteriormente preguntas?
¿Había comenzado a modificar la manera en que Eva contemplaba el límite establecido por Dios?
¿Había dirigido lentamente sus ojos hacia aquello que Dios había prohibido?
¿Había comenzado ya la concupiscencia?
La Biblia no nos permite conocer cada conversación.
Pero sí conocemos el resultado que finalmente aparece.
Génesis dice que Eva vio que el árbol era:
«codiciable para alcanzar la sabiduría»
Génesis 3:6, RVR1960
Ahora existe deseo.
El árbol ya no es simplemente algo acerca de lo cual Dios había advertido.
Ahora resulta codiciable.
Aquello que Dios no les había dado comenzó a parecer necesario.
Aquello que anteriormente no necesitaban comenzó a parecer algo que les faltaba.
Y aquí vuelve a aparecer el mecanismo descrito por Santiago.
La concupiscencia atrae.
Seduce.
Concibe.
Y finalmente:
«da a luz el pecado».
Por eso considero posible contemplar la escena de una manera muy diferente.
Satanás quizá no llegó junto al árbol simplemente para sembrar.
Pudo haber llegado para recoger el fruto de aquello que llevaba tiempo sembrando.
Primero una idea.
Después una pregunta.
Después una sospecha.
Después una imagen diferente de Dios.
Después insatisfacción.
Después deseo.
Y finalmente la oportunidad.
La serpiente comenzó atacando precisamente la imagen de Dios:
«¿Conque Dios os ha dicho…?»
Génesis 3:1, RVR1960
Después contradijo su palabra:
«No moriréis.»
Génesis 3:4, RVR1960
Y finalmente presentó la propuesta:
«Seréis como Dios.»
Génesis 3:5, RVR1960
La estrategia es extraordinaria.
Mientras Adán y Eva confiaran completamente en que Dios era bueno, la rebelión tendría poco atractivo.
Por eso había que cambiar primero la manera en que contemplaban al Padre.
Dios había dicho:
«De todo árbol del huerto podrás comer.»
Génesis 2:16, RVR1960
Había abundancia.
Pero la serpiente consiguió concentrar la atención en la restricción.
La pregunta dejó de ser:
«¿Cuánto nos ha dado Dios?»
y comenzó a convertirse en:
«¿Qué nos está negando Dios?»
Cuando cambia nuestra imagen de Dios, también puede cambiar nuestra manera de interpretar sus palabras.
Una advertencia puede comenzar a parecer amenaza.
Un límite puede comenzar a parecer opresión.
Una protección puede parecer privación.
La dependencia puede comenzar a parecer inferioridad.
Y la independencia puede comenzar a parecer libertad.
El ataque definitivo no era contra un árbol.
Era contra el carácter de Dios.
Y aquí aparece una ironía extraordinaria.
Adán y Eva ya habían sido creados:
a imagen de Dios.
Y precisamente a ellos la serpiente les ofreció:
«Seréis como Dios.»
Ya tenían identidad.
Pero les hizo sentir que les faltaba algo.
Ya tenían autoridad.
Pero les ofreció autonomía.
Ya estaban bendecidos.
Pero les hizo mirar lo único que no les había sido dado.
Ya conocían a Dios.
Pero intentó hacerlos sospechar de Él.
La rebelión que había comenzado en Lucero estaba repitiendo su misma lógica.
Lucero había dicho:
Ahora decía al hombre:
«Seréis como Dios.»
Pero todavía faltaba algo.
La acción.
Todavía podían detenerse.
Todavía podían rechazar la concupiscencia.
Todavía podían volver sus ojos hacia Dios.
Todavía podían acudir al Padre.
Todavía podían decirle no al rebelde.
Porque sentir la atracción no era todavía lo mismo que consumar la rebelión.
La concupiscencia estaba presente.
Pero Santiago dice que después de concebir:
«da a luz el pecado».
Entonces llegó el momento decisivo.
Eva tomó.
Comió.
Después dio a Adán.
Y Adán comió.
Pablo añade algo especialmente serio:
«Adán no fue engañado.»
1 Timoteo 2:14, RVR1960
Eva fue engañada.
Adán no.
Eso significa que la decisión de Adán no puede reducirse simplemente a la ignorancia.
El hombre a quien Dios había confiado responsabilidades sobre la Tierra tomó una decisión.
Y su decisión tenía consecuencias porque la autoridad que Dios le había entregado era real.
Satanás necesitaba precisamente eso.
La serpiente podía tentar.
Pero necesitaba que Eva tomara.
Podía mentir.
Pero necesitaba que alguien creyera.
Podía ofrecer independencia.
Pero necesitaba que el hombre la escogiera.
Podía llevar la rebelión hasta la puerta del mundo humano.
Pero necesitaba que quienes tenían autoridad dentro de él le abrieran la puerta.
Y eso fue lo que finalmente ocurrió.
Dios había dado autoridad.
El enemigo buscó utilizar aquella autoridad contra el Dador.
Dios había dado libertad.
El enemigo buscó convertirla en independencia.
Dios había dado deseos.
El enemigo buscó desordenarlos hasta convertirlos en concupiscencia.
Dios había dado abundancia.
El enemigo dirigió los ojos hacia aquello que no les pertenecía.
Dios había dado su palabra.
El enemigo preguntó:
«¿Conque Dios os ha dicho…?»
Y aquí encontramos el mismo patrón que habíamos contemplado en la rebelión celestial.
Primero:
contrataciones.
Después:
persuasión.
Después:
ideas.
Después:
concupiscencia.
Después:
decisión.
Después:
acción.
Finalmente:
rebelión manifiesta.
Satanás había sembrado.
Ahora estaba recogiendo la cosecha.
Y la rebelión que había comenzado en otra esfera acababa de entrar en el mundo de Adán.
No porque Dios hubiera entregado la Tierra a Satanás.
Sino porque el hombre utilizó contra Dios la autoridad, voluntad y libertad que había recibido de Dios.
Pero todavía faltaba algo extraordinariamente importante para nuestra investigación.
La decisión del hombre ya se había manifestado.
Ahora faltaba observar:
¿qué haría Dios?
¿Qué haría el Dios que había permitido a los ángeles manifestar aquello que realmente habían decidido?
¿Qué haría el Dios que había dado al hombre una autoridad verdadera cuando el hombre utilizara aquella autoridad contra Él?
¿Destruiría inmediatamente?
¿Abandonaría?
¿Retiraría todo lo que había dado?
¿O haría algo que el rebelde quizá nunca había imaginado?
La rebelión estaba a punto de mostrarnos no solamente lo que había en el corazón del hombre.
Estaba a punto de mostrarnos lo que había en el corazón de Dios.
¿Qué puedo aprender de Dios aquí?
Cuando contemplamos todo este proceso, descubrimos varias cosas importantes acerca de Dios.
Aprendo que Dios es justo.
Dios conocía lo que había en cada criatura, pero permitió que las decisiones se manifestaran.
«Porque Jehová es justo, y ama la justicia.»
Salmos 11:7, RVR1960
Esto resulta fundamental.
Si Dios hubiera eliminado a Lucero y a todos aquellos que sabía que finalmente se unirían a él antes de que manifestaran su rebelión, Él habría sabido por qué los juzgaba.
Pero la creación no necesariamente lo habría sabido.
Habrían visto criaturas desaparecer.
Sin acciones visibles.
Sin rebelión manifiesta.
Sin posibilidad de observar aquello por lo que estaban siendo juzgadas.
Y el resultado podría haber sido una creación aterrorizada preguntándose:
«¿Quién será el siguiente?»
Dios habría demostrado poder.
Pero podrían haber quedado preguntas acerca de su justicia.
En cambio, permitió que las decisiones se manifestaran.
La creación pudo distinguir entre quien escuchó y quien actuó.
Entre quien consideró y quien se rebeló.
Entre quien fue tentado y quien finalmente convirtió la tentación en una decisión.
Aprendo que Dios conoce el corazón.
La prueba no era necesaria para proporcionarle información.
«Jehová escudriña los corazones de todos.»
1 Crónicas 28:9, RVR1960
Dios sabía quién terminaría tomando una decisión.
Pero saberlo anticipadamente no es lo mismo que obligar a alguien a tomarla.
Ni es lo mismo que juzgar delante de toda la creación sin permitir que aquello se manifieste.
Aprendo que Dios no es el autor de la tentación.
La rebelión no fue una prueba fabricada por Dios para hacer caer a sus criaturas.
«Dios… ni él tienta a nadie.»
Santiago 1:13, RVR1960
Dios no sembró la concupiscencia.
Dios no produjo la mentira.
Dios no persuadió al hombre para rebelarse.
Dios había dado lo bueno.
El rebelde intentó utilizar aquello bueno contra el Dador.
Aprendo que Dios toma seriamente la libertad que concede.
La libertad no era decorativa.
Las criaturas podían escoger.
Y Dios permitió que aquellas decisiones tuvieran consecuencias verdaderas.
Aprendo que Dios toma seriamente la autoridad que entrega.
Adán recibió una responsabilidad verdadera.
«…y señoree.»
Génesis 1:26, RVR1960
Dios no juega cuando da algo.
Su palabra tiene peso.
Su autoridad delegada tiene significado.
Sus decisiones son reales.
Aprendo que Dios no desea una creación gobernada simplemente por terror.
La Escritura revela que el temor esclavizante no representa la relación que Dios desea.
«No habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor.»
Romanos 8:15, RVR1960
Dios pudo haber destruido inmediatamente toda oposición.
Pero entonces el resto de la creación habría visto desaparecer criaturas sin necesariamente comprender por qué.
En cambio, permitió que la rebelión mostrara su naturaleza.
Permitió que las decisiones salieran a la luz.
Permitió que pudiera distinguirse:
quién estaba simplemente siendo confrontado con una idea,
quién la rechazaba,
quién permanecía con Dios,
y quién finalmente decidía convertir aquella propuesta en rebelión.
Entonces encontramos un contraste extraordinario.
Lucero sembró sospecha. Dios había dado razones para confiar.
Lucero realizó contrataciones. Dios permaneció siendo Dios.
Lucero persuadió. Dios permitió decidir.
Lucero ofreció independencia. Dios había ofrecido relación.
Lucero buscó apropiarse de autoridad. Dios había compartido autoridad.
Lucero intentó convertir los regalos de Dios en instrumentos de rebelión. Dios permitió que las acciones manifestaran qué había decidido realmente cada criatura.
Y ahora aquella misma controversia había llegado hasta el hombre.
Lucero conocía Edén.
Adán y Eva vivían allí.
El rebelde conocía el proceso de persuasión.
Había realizado contrataciones.
Había conseguido seguidores.
Había visto a una tercera parte manifestar su rebelión.
Y ahora llevaría aquella estrategia hasta los seres humanos a quienes Dios había confiado responsabilidades sobre la Tierra.
Pero finalmente ellos también tendrían que decidir.
La serpiente podía sembrar.
El hombre tenía que permitir que la semilla creciera.
La serpiente podía tentar.
El hombre tenía que escoger.
La serpiente podía presentar una mentira.
El hombre tenía que creerla.
La serpiente podía ofrecer independencia.
Adán tenía que aceptar la propuesta.
Y cuando finalmente lo hizo, aquello que estaba interiormente llegó a manifestarse.
Entonces la historia comenzó a mostrarnos algo que será fundamental durante todo este libro:
Dios conoce el corazón, pero permite que las acciones revelen las decisiones.
Dios permite libertad, pero no produce la rebelión.
Dios permite que la tentación pueda ser resistida, pero no obliga a nadie a caer.
Dios da autoridad, pero no es responsable cuando una criatura utiliza esa autoridad contra Él.
Y cuando finalmente llega el juicio, las acciones han hablado.
La rebelión ha quedado manifiesta.
La creación puede ver aquello que Dios está juzgando.
Y entonces la pregunta ya no será solamente:
«¿Por qué permitió Dios que esto sucediera?»
Ahora podremos hacer otra:
«¿Qué hará Dios con aquellos que acaban de utilizar contra Él todo lo que Él mismo les había dado?»
Y quizá sea precisamente allí donde conoceremos todavía más profundamente cómo es Dios.
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