07. José: el precio de creerle a Dios

Dr. Elio M Rivera

«José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente.»
Mateo 1:19, RVR1960

 Mientras María comenzaba a experimentar en su propio cuerpo las consecuencias de haber dicho «hágase conmigo conforme a tu palabra», había otro ser humano cuya vida estaba a punto de quebrarse.

 José.

 Él tenía planes.

 Estaba desposado con María.

 Esperaba recibirla como esposa.

 Esperaba comenzar con ella un hogar.

 Y seguramente imaginaba una vida que, hasta ese momento, parecía seguir un camino normal.

 Entonces descubrió que María estaba embarazada.

 Y él sabía una cosa con absoluta certeza:

 el niño no era suyo.

 Nosotros conocemos inmediatamente la explicación porque Mateo nos la proporciona:

 «Antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo» (Mateo 1:18).

 Pero debemos separar por un momento lo que nosotros sabemos de lo que José sabía.

 Nosotros leemos:

 «del Espíritu Santo».

 José inicialmente solamente podía ver:

 María está embarazada y yo no soy el padre.

Un hogar que estaba preparándose y repentinamente parecía desaparecer

 Para comprender su dolor necesitamos recordar que José y María no estaban simplemente «saliendo juntos» como entenderíamos actualmente un noviazgo.

 Estaban desposados.

 El desposorio judío constituía un compromiso matrimonial formal. Todavía no habían comenzado plenamente la vida conyugal —Mateo especifica «antes que se juntasen»—, pero el vínculo era tan serio que Mateo ya llama a José «su marido».

 Era una etapa de preparación para la vida matrimonial.

 La pareja todavía no vivía plenamente como marido y mujer, pero el futuro ya había sido comprometido.

 José se encontraba, por tanto, esperando el momento de recibir a María y comenzar con ella su hogar.

 La Biblia no describe cómo era la casa que preparaba, cuánto había trabajado en ella ni qué objetos había dispuesto para comenzar su matrimonio. No necesitamos inventarlos.

 Pero podemos comprender lo esencial.

 José estaba preparando una vida.

 Como cualquier hombre que espera casarse, seguramente había pensado en el futuro.

 En recibir a María.

 En trabajar.

 En sostener su casa.

 En formar una familia.

 En compartir los años con la mujer con quien se había comprometido.

 Y de pronto apareció un embarazo que parecía decirle que aquella vida no comenzaría.

 El hogar que esperaba formar parecía quebrarse antes de comenzar.

El dolor de José no fue pequeño

El texto es breve; el dolor no tuvo que serlo

 Mateo resume la crisis en unas pocas palabras:

 «Quiso dejarla secretamente».

 Pero detrás de aquella decisión tuvo que existir un proceso.

 José tuvo que pensar.

 Mateo mismo lo confirma cuando posteriormente dice:

 «Y pensando él en esto…» (Mateo 1:20).

 Estaba pensando.

 Tratando de comprender.

 Tratando de decidir.

 Tratando de encontrar qué debía hacer.

 No sabemos cuánto duró aquel período.

 No conocemos las conversaciones que tuvo con María.

 No sabemos si lloró.

 No sabemos si dejó de dormir.

 No conocemos las preguntas que pasaron por su mente.

 Pero no necesitamos inventar sus emociones para comprender la gravedad de la situación.

 Su decisión demuestra que el golpe fue real:

 José decidió terminar el matrimonio que esperaba.

 Aquella joven con quien había imaginado su futuro estaba embarazada.

 Y él no era el padre.

La misericordia apareció antes que la explicación

 Aquí descubrimos algo extraordinario acerca de José.

 Todavía no sabe que el embarazo procede del Espíritu Santo.

 Todavía no ha recibido el sueño.

 Todavía cree que existe una explicación humana para lo sucedido.

 Y, sin embargo:

 «No quería infamarla».

 Esto dice muchísimo acerca de él.

 José estaba enfrentando lo que probablemente interpretaba como una profunda traición personal.

 Pero aun herido, no quiso destruir a María.

 Podía pensar que ella le había causado un dolor enorme y aun así preocuparse por no exponerla.

 Antes de que conozcamos la fe de José encontramos su misericordia.

 No utiliza su dolor para vengarse.

 No intenta recuperar su honor destruyendo públicamente el de María.

 No encontramos gritos.

 No encontramos humillación.

 Mateo solamente dice:

 «No quería infamarla».

 Hay hombres cuyo verdadero carácter aparece cuando todo sucede como esperaban.

 Y hay hombres cuyo carácter aparece cuando creen que alguien acaba de romperles el corazón.

 José pertenece a los segundos.

En una aldea pequeña era difícil desaparecer

 Nazaret no era una ciudad como Roma, Jerusalén o Alejandría.

 Era una pequeña población de Galilea. Las estimaciones modernas de su población en tiempos de Jesús varían, pero estamos hablando de una comunidad de apenas unos cientos de habitantes, no de una gran ciudad donde una familia pudiera fácilmente permanecer anónima.

 Y los Evangelios muestran que la comunidad conocía a la familia.

 Cuando Jesús regresó posteriormente a Nazaret, sus habitantes dijeron:

 «¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas?» (Marcos 6:3).

 Conocían a Jesús.

 Conocían a María.

 Conocían a sus hermanos.

 Conocían a sus hermanas.

 Era una familia identificable dentro de una comunidad pequeña.

 Por eso resulta difícil imaginar que las circunstancias extraordinarias que rodearon el comienzo de aquella familia fueran completamente irrelevantes para todos los demás.

 No podemos afirmar quién supo qué cosa ni reconstruir conversaciones que los Evangelios no conservaron.

 Pero tampoco necesitamos imaginar a María y José viviendo en el anonimato de una enorme metrópoli.

 Vivían en Nazaret.

 La gente se conocía.

 Y un embarazo ocurrido durante el desposorio era algo difícil de ocultar indefinidamente.

Entonces Dios le dijo algo extraordinario

 José había llegado a una decisión.

 Dejaría a María.

 Lo haría discretamente.

 Intentaría protegerla todo lo posible.

 Entonces ocurrió algo que cambió completamente su interpretación de los acontecimientos:

 «Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es» (Mateo 1:20).

 José descubrió que había sufrido por una conclusión equivocada.

 María no lo había traicionado.

 No existía otro hombre.

 No había adulterio.

 Había un milagro.

 Dios estaba entrando en la historia humana.

 Y aquella mujer que José había pensado dejar había estado diciéndole la verdad.

 Podemos imaginar el alivio, aunque Mateo no describe sus emociones.

 Pero la revelación solucionaba solamente una parte del problema.

 Ahora José sabía.

 Eso no significaba que todos los demás supieran.

Dios cambió la comprensión de José, no necesariamente la opinión del pueblo

 Aquí está una de las partes más fuertes de su historia.

 El ángel apareció a José.

 No apareció públicamente en la plaza de Nazaret.

 Dios no reunió a la población para anunciar:

 «María es inocente».

 No proporcionó a José un documento que pudiera enseñar cada vez que alguien hiciera una pregunta.

 No obligó a los demás a creer.

 José recibió una revelación que ahora tendría que vivir delante de personas que no la habían recibido.

 Y entonces Dios le pidió:

 «No temas recibir a María tu mujer».

 Esas palabras implicaban mucho más que regresar con ella.

 Significaban:

 ponte a su lado.

 Recíbela.

 Forma el hogar.

 Acepta al niño.

 Y vive conforme a lo que Dios te ha revelado, aunque los demás solamente puedan contemplar las circunstancias externas.

José podía salvar parte de su reputación alejándose

 Antes del sueño, José había encontrado una salida.

 Podía separarse.

 Podía dejar a María discretamente.

 Podía apartarse de aquella situación.

 Pero después de escuchar a Dios, esa salida desapareció para un hombre que quería obedecer.

 Ahora tenía que recibirla.

 Y recibirla significaba vincular públicamente su nombre con el de ella.

 Si alguien creía que María había concebido de otro hombre, José podía aparecer ante ellos como el hombre que había recibido a una mujer que lo había engañado.

 Otros podían concluir que José mismo era el padre y que la pareja había anticipado las relaciones conyugales.

 No sabemos qué explicación sostuvo cada persona.

 Pero cualquiera que rechazara la explicación sobrenatural tendría que buscar alguna explicación humana para aquel embarazo.

 Y José decidió quedarse.

 Eso significa que su obediencia podía tener un precio muy particular:

 su propio nombre.

Vivir sabiendo la verdad mientras otros podían pensar otra cosa

 Ese tipo de carga puede ser particularmente dolorosa.

 José sabía que María era inocente.

 Sabía que él no había sido engañado.

 Sabía que el niño procedía de una intervención extraordinaria de Dios.

 Pero no podía entrar en la mente de cada vecino.

 No podía controlar cada conversación.

 No podía impedir cada mirada.

 No podía obligar a todos a creer una historia que, humanamente hablando, parecía imposible.

 Podía explicar.

 Pero no podía obligar a creer.

 Y quizá aquí encontramos una de las formas más silenciosas de sufrimiento:

 saber que algo es verdad y tener que continuar viviendo mientras otros pueden interpretar tu vida equivocadamente.

 José escogió hacerlo.

«Y recibió a su mujer»

 Mateo describe su respuesta con extraordinaria sencillez:

 «Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer» (Mateo 1:24).

 La recibió.

 Ahora esa frase adquiere otro peso.

 José recibió a María sabiendo que podía haber preguntas.

 La recibió sabiendo que el embarazo continuaría avanzando.

 La recibió sabiendo que dentro de poco sería imposible esconderlo.

 La recibió sin poder garantizar lo que los demás pensarían.

 La recibió porque Dios había hablado.

 José tuvo que escoger entre vivir conforme a las apariencias o vivir conforme a la revelación que había recibido.

 Y escogió creerle a Dios.

Después puso su nombre junto al del niño

 Pero José hizo todavía algo más.

 El ángel le había dicho:

 «Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mateo 1:21).

 Y Mateo registra posteriormente:

 «Y le puso por nombre JESÚS» (Mateo 1:25).

 José obedeció.

 No escondió al niño.

 No mantuvo distancia.

 No dijo:

 «Yo creo la explicación, pero no quiero que esto afecte mi vida».

 Le puso nombre.

 Al hacerlo asumía el lugar que Dios le había asignado dentro de aquella familia.

 El niño no era biológicamente suyo.

 Pero José lo recibió dentro de su hogar.

 Lo protegería.

 Trabajaría para sostenerlo.

 Posteriormente se levantaría de noche para salvarlo de Herodes.

 Abandonaría su tierra.

 Lo llevaría a Egipto.

 Regresaría con Él.

 Y lo criaría en Nazaret.

 Pero antes de todo aquello hubo una primera forma de protección.

 José protegió a la madre de Jesús quedándose a su lado.

Primero misericordia, después fe y finalmente valor

 La historia revela progresivamente el carácter de José.

 Cuando pensaba que María lo había defraudado:

 misericordia.

 «No quería infamarla».

 Cuando Dios le reveló lo sucedido:

 fe.

 Creyó algo humanamente extraordinario.

 Cuando despertó y tuvo que decidir qué hacer:

 obediencia y valor.

 «Recibió a su mujer».

 José no necesitó que toda Nazaret creyera antes que él.

 No condicionó su obediencia a recuperar primero su reputación.

 No le dijo a Dios:

 «Lo haré cuando expliques públicamente lo sucedido».

 Simplemente obedeció.

 El juicio de Dios acerca de María terminó siendo más importante para José que el juicio que los hombres pudieran hacer acerca de él.

Una historia demasiado íntima para desaparecer completamente

 Décadas después, los Evangelios conservaron detalles sorprendentemente íntimos de aquellos acontecimientos.

 Sabemos que María concibió antes de que ella y José se juntaran.

 Sabemos que José quiso dejarla.

 Sabemos que decidió hacerlo secretamente porque no quería infamarla.

 Sabemos que estuvo pensando en aquello.

 Sabemos que recibió una revelación.

 Sabemos que cambió su decisión.

 Y sabemos que finalmente recibió a María.

 Lucas incluso comienza su Evangelio explicando que había investigado cuidadosamente los acontecimientos y que existía información transmitida por quienes habían sido testigos desde el principio (Lucas 1:1-4). Mateo, por su parte, conserva específicamente la experiencia de José.

 No podemos demostrar cómo circuló cada detalle ni quién proporcionó cada información.

 Pero queda claro que la historia de los orígenes de Jesús no desapareció.

 Fue recordada.

 Fue transmitida.

 Y finalmente quedó escrita.

 Esto hace todavía más difícil imaginar que, dentro de la pequeña comunidad donde aquella familia era conocida, absolutamente nadie hubiera tenido preguntas acerca de las circunstancias de su comienzo.

José tuvo que contar su historia

 Hay una pregunta que pocas veces hacemos cuando leemos este relato:

 ¿Cómo llegó a conocerse todo esto?

 Mateo conoce detalles que no podían observarse simplemente desde la calle.

 Sabe que José había decidido dejar a María.

 Sabe que quería hacerlo secretamente.

 Sabe que mientras estaba pensando en aquella decisión tuvo un sueño.

 Y conoce incluso el mensaje que recibió:

 «José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es» (Mateo 1:20).

 Nadie podía mirar a José desde afuera y saber lo que había soñado.

 Alguien tuvo que contar aquella experiencia.

 El Evangelio no nos dice cómo llegó esa información hasta Mateo, por lo que no podemos reconstruir la cadena exacta. Pero resulta razonable pensar que José mismo comunicó lo ocurrido a personas cercanas y que su testimonio quedó preservado dentro de la memoria de la familia y de los primeros creyentes.

 Esto nos permite contemplar algo profundamente humano.

 En algún momento José tuvo que abrir aquella parte de su vida.

 Tuvo que reconocer que hubo un momento en que creyó que todo había terminado.

 Que quiso dejar a María.

 Que estuvo pensando qué hacer.

 Que necesitó que Dios interviniera para mostrarle que aquello que parecía una traición era en realidad un milagro.

 El hombre del cual los Evangelios no conservan una sola palabra pronunciada directamente dejó, sin embargo, una historia que alguien escuchó.

 Tal vez María la conoció de sus propios labios.

 Tal vez posteriormente la escucharon otros miembros de la familia.

 No lo sabemos.

 Pero alguien supo lo que había ocurrido dentro de aquella crisis porque José no guardó para siempre su experiencia en silencio.

 Y eso significa que la historia del nacimiento de Jesús no fue transmitida solamente como una colección de acontecimientos extraordinarios.

 También conservó las heridas de quienes estuvieron allí.

 María recordó la anunciación.

 La familia conoció las circunstancias extraordinarias del embarazo.

 Y de José quedó preservado algo que ningún vecino habría podido descubrir por sí mismo:

 hubo una noche en la que estuvo a punto de abandonar el futuro que había imaginado, y Dios habló con él antes de que lo hiciera.

 Quizá por eso su historia continúa siendo tan humana.

 José no aparece como un hombre que jamás tuvo dudas, dolor o conflicto.

 Aparece como un hombre que tuvo que tomar una decisión terrible con la información que poseía; y cuando Dios le mostró que estaba equivocado, tuvo la humildad suficiente para cambiar completamente su decisión.

 Y años después, cuando aquella historia comenzó a ser contada, también permitió que se conociera el momento en que su corazón había estado quebrantado.

 De alguna manera, alguien escuchó su historia.

 Y gracias a que aquella experiencia fue preservada, dos mil años después todavía podemos mirar detrás de la figura silenciosa de José y descubrir que antes de convertirse en protector del niño Jesús, también fue un hombre herido que tuvo que aprender a confiar en Dios cuando su propia vida dejó de tener sentido.

El hombre que aceptó cargar con una historia que no había provocado

 Hay algo profundamente conmovedor en José.

 Él no había pedido aquella situación.

 No había provocado el embarazo.

 No había escogido las circunstancias extraordinarias mediante las cuales vendría el Mesías.

 Sin embargo, cuando Dios le explicó lo sucedido, aceptó entrar en la historia.

 Eso podía significar cargar con preguntas que no había provocado.

 Con sospechas que no merecía.

 Con interpretaciones equivocadas.

 Incluso con la posible reputación de un hombre engañado que, a pesar de todo, había decidido quedarse.

 Y José se quedó.

 No porque fuera débil.

 No porque desconociera lo sucedido.

 Precisamente al contrario:

 se quedó porque sabía la verdad.

 Los demás podían interpretar su decisión como quisieran.

 José sabía que María no lo había traicionado.

 Sabía que el niño no procedía de otro hombre.

 Sabía que Dios estaba haciendo algo extraordinario.

 Y eso fue suficiente.

Dos reputaciones colocadas alrededor de Jesús

 María había dicho:

 «Hágase conmigo conforme a tu palabra».

 Con aquella respuesta colocó su cuerpo, su futuro y su reputación en las manos de Dios.

 Después José despertó y:

 «Recibió a su mujer».

 Con aquella acción colocó también su reputación en las manos de Dios.

 María podía ser señalada como una mujer que había concebido fuera de la relación esperada.

 José podía ser considerado el hombre engañado que decidió recibirla, o formar parte él mismo de las sospechas alrededor del embarazo.

 Pero ambos conocían una verdad que los demás podían ignorar:

 el niño era santo.

 Y aquí aparece una de las ironías más hermosas y dolorosas del comienzo de la vida de Jesús.

 María estuvo dispuesta a cargar con el señalamiento por recibirlo.

 José estuvo dispuesto a cargar con el señalamiento por no abandonarlos.

 Y en medio de aquellos dos nombres potencialmente cuestionados estaba creciendo el único Nombre capaz de salvar a quienes pudieran señalarlos.

 «Y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mateo 1:21).

 José pudo haber protegido su nombre alejándose.

 En cambio, decidió proteger a María y recibir a Jesús.

 Prefirió obedecer a Dios antes que vivir para defender su reputación.

 Y antes de cargar al niño en sus brazos, antes de huir con Él hacia Egipto y antes de trabajar para sostenerlo durante su infancia, José ya había comenzado a pagar el precio de recibirlo:

 había puesto su propio nombre al lado del suyo.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.