Por el Dr. Elio M Rivera
En medio de una tormenta, una columna de aire comienza a girar violentamente. Desciende desde las nubes y, cuando alcanza el suelo, puede levantar polvo, arrancar árboles, destruir edificios y lanzar objetos a grandes distancias. Ha nacido uno de los fenómenos atmosféricos más impresionantes de la Tierra: un tornado.
A diferencia de los huracanes, que pueden extenderse cientos de kilómetros y durar días, los tornados suelen ser mucho más pequeños y de menor duración. Sin embargo, dentro de una zona reducida pueden producir algunos de los vientos más intensos conocidos en la atmósfera terrestre.
¿Cómo puede una tormenta producir una columna de aire capaz de girar con semejante violencia?

¿Qué es un tornado?
Un tornado es una columna de aire que gira violentamente y se extiende desde una tormenta hasta la superficie terrestre.
Cuando la condensación permite observar parte de esa circulación puede aparecer la característica nube en forma de embudo.
Sin embargo, el embudo visible no siempre llega completamente hasta el suelo, aunque la circulación del tornado sí puede hacerlo.
¿Cómo se forma?
Los tornados más intensos suelen estar relacionados con poderosas tormentas llamadas supercélulas.
Para que estas tormentas se desarrollen pueden coincidir varios elementos:
Aire cálido y húmedo cerca de la superficie.
Aire más frío en niveles superiores.
Inestabilidad atmosférica.
Y cambios en velocidad y dirección del viento con la altura, conocidos como cizalladura del viento.
La combinación puede favorecer una tormenta con una corriente ascendente giratoria.
Primero puede existir rotación horizontal
Cuando el viento cambia con la altura, puede comenzar a producirse una rotación aproximadamente horizontal en el aire.
Las fuertes corrientes ascendentes de una tormenta pueden inclinar esa rotación hacia una orientación más vertical.
Entonces puede desarrollarse dentro de la tormenta una gran región giratoria conocida como mesociclón.
Bajo determinadas condiciones, parte de esa rotación puede concentrarse hasta producir un tornado.
No todas las tormentas producen tornados
Incluso una supercélula poderosa puede no producir ninguno.
Los científicos comprenden muchos de los ingredientes necesarios, pero todavía investigan por qué algunas tormentas generan tornados mientras otras aparentemente semejantes no lo hacen.
La atmósfera es un sistema extraordinariamente complejo.

¿Qué tan rápido puede girar el viento?
En los tornados más violentos se han estimado velocidades del viento superiores a 300 kilómetros por hora.
Medirlas directamente resulta difícil porque colocar instrumentos dentro de un tornado es peligroso.
Los radares Doppler permiten estudiar el movimiento del aire y han proporcionado información extraordinaria sobre estas tormentas.
La escala EF
En Estados Unidos los tornados se clasifican mediante la Escala Fujita Mejorada, conocida como escala EF.
La clasificación se determina principalmente mediante los daños observados, a partir de los cuales se estima la intensidad de los vientos.
Un tornado puede ser casi invisible
No todos presentan el espectacular embudo oscuro que vemos en fotografías.
Algunos pueden ser difíciles de observar hasta que comienzan a levantar polvo y escombros.
Otros quedan parcialmente ocultos por lluvia.
Por eso depender solamente de lo que podemos ver resulta peligroso.
¿Cuánto tiempo dura un tornado?
Muchos tornados duran solamente algunos minutos.
Otros pueden permanecer sobre el suelo durante períodos mayores y recorrer decenas de kilómetros.
Su tamaño también varía enormemente.
Algunos poseen unas pocas decenas de metros de ancho.
Los más grandes pueden superar ampliamente un kilómetro.
Tornado y huracán no son lo mismo
Un huracán es un enorme sistema tropical que obtiene energía principalmente del océano cálido.
Un tornado es una circulación muchísimo más pequeña asociada generalmente con tormentas intensas.
Curiosamente, los huracanes también pueden producir tornados cuando llegan a tierra.
¿Por qué Estados Unidos tiene tantos tornados?
Estados Unidos posee una combinación geográfica particularmente favorable para tormentas severas.
Aire cálido y húmedo procedente del Golfo de México puede encontrarse con aire más frío y seco procedente de otras regiones.
Además, los sistemas atmosféricos pueden producir la cizalladura necesaria.
Por eso las Grandes Llanuras y otras regiones estadounidenses experimentan numerosos tornados.

La ciencia estudia los tornados
El radar puede detectar la rotación
Los radares meteorológicos modernos no solamente muestran lluvia.
Mediante el efecto Doppler pueden detectar si partículas dentro de la tormenta se desplazan hacia el radar o se alejan de él.
Cuando aparecen movimientos opuestos muy próximos, los meteorólogos pueden identificar regiones de fuerte rotación.
Esto permite emitir advertencias antes de que el tornado llegue a determinadas comunidades.
La seguridad depende de actuar rápidamente
Ante una advertencia de tornado, lo más seguro suele ser buscar una habitación interior pequeña en el nivel más bajo de un edificio resistente, alejada de ventanas.
Los sótanos y refugios diseñados específicamente para tormentas ofrecen protección adicional.
Los minutos de advertencia pueden salvar vidas.
La Biblia describe la extraordinaria fuerza del viento
El libro de Job declara:
“Respondió Jehová a Job desde un torbellino.”
(Job 38:1)
En diferentes pasajes bíblicos, los torbellinos y tempestades aparecen como imágenes de enorme poder.
Los antiguos no conocían radares Doppler ni meteorología moderna, pero conocían perfectamente la fuerza que podía alcanzar el viento.
Vientos que obedecen leyes físicas
Actualmente podemos medir presión, temperatura, humedad y velocidad del viento.
Podemos observar tormentas mediante satélites y radares.
Podemos estudiar cómo las corrientes ascendentes y la cizalladura producen rotación.
Sin embargo, predecir exactamente dónde aparecerá cada tornado continúa siendo un enorme desafío.
Una tormenta dentro de otra tormenta
La Biblia no pretende explicar mesociclones, cizalladura o dinámica atmosférica mediante lenguaje científico. Estas cuestiones corresponden a la meteorología y la física.
Sin embargo, estudiar los tornados nos permite contemplar las enormes fuerzas presentes en nuestra atmósfera. Una diferencia de temperatura, humedad y movimiento del aire puede formar una tormenta dentro de la cual aparece una columna giratoria capaz de concentrar una extraordinaria cantidad de energía en un espacio relativamente pequeño.
Desde la perspectiva bíblica, comprender estos fenómenos aumenta nuestra admiración por las fuerzas de la creación y nos recuerda también la importancia de estudiarlas para proteger la vida humana.
Referencias
Escrituras consultadas
Bibliografía científica
Temas científicos consultados
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Explora el museo la vida y obra de Jesucristo:
Por el Dr. Elio M Rivea
No podemos verlo, pero podemos observar sus efectos. Las hojas se mueven, las nubes atraviesan el cielo, las olas se levantan sobre el océano y enormes masas de aire recorren continentes enteros. Todo esto ocurre por algo aparentemente sencillo: el movimiento del aire.
A ese movimiento lo llamamos viento.
Puede presentarse como una brisa casi imperceptible o alcanzar velocidades capaces de derribar árboles y dañar edificios. También transporta humedad, distribuye calor, mueve semillas, participa en la formación de olas y ayuda a determinar el clima de diferentes regiones.
El viento es invisible, pero sus efectos pueden sentirse prácticamente en todos los lugares de la Tierra.

¿Qué produce el viento?
La principal fuente de energía que impulsa los movimientos atmosféricos es el Sol.
La superficie terrestre no se calienta uniformemente. El océano, la tierra, las montañas, los desiertos y las regiones polares absorben y liberan energía de maneras diferentes.
Esto produce diferencias de temperatura y presión atmosférica.
El aire tiende a desplazarse desde regiones de mayor presión hacia regiones de menor presión.
Ese movimiento produce viento.
El aire caliente y el aire frío
Cuando el aire se calienta, generalmente se expande y se vuelve menos denso.
Puede ascender.
El aire más frío y denso puede desplazarse para ocupar su lugar.
Este movimiento contribuye a formar corrientes atmosféricas.
Un principio relativamente sencillo puede participar en sistemas meteorológicos gigantescos.
Una brisa en la playa
Durante el día, la tierra suele calentarse más rápidamente que el océano.
El aire sobre la tierra se calienta y asciende.
Entonces aire más fresco procedente del mar puede desplazarse hacia la costa.
Esto produce una brisa marina.
Durante la noche el patrón puede invertirse.
La Tierra también modifica el movimiento del aire
Nuestro planeta está girando constantemente.
Esta rotación influye sobre la trayectoria de grandes masas de aire mediante el llamado efecto Coriolis.
Por eso los vientos globales no se desplazan simplemente en líneas rectas entre el ecuador y los polos.
La rotación terrestre contribuye a formar grandes patrones de circulación atmosférica.
Existen enormes cinturones de viento
A escala planetaria encontramos sistemas como:
Estos movimientos participan en el transporte de calor y humedad alrededor del planeta.
La corriente en chorro
A varios kilómetros sobre nosotros existen regiones estrechas donde el aire puede desplazarse a velocidades extraordinarias.
Son las llamadas corrientes en chorro o jet streams.
Sus posiciones influyen en el movimiento de sistemas meteorológicos.
Por eso algo que ocurre muy arriba en la atmósfera puede terminar afectando el tiempo que experimentamos en la superficie.

El viento ayuda a sustentar la vida
El viento transporta agua
El océano libera enormes cantidades de vapor mediante evaporación.
Las corrientes atmosféricas transportan esa humedad.
Posteriormente puede condensarse y formar nubes.
Finalmente puede regresar a la superficie mediante lluvia o nieve.
Sin movimiento atmosférico, la distribución de humedad sobre los continentes sería muy diferente.
También transporta polvo a través de océanos
El viento puede levantar partículas diminutas desde los desiertos y llevarlas miles de kilómetros.
Polvo procedente del Sahara, por ejemplo, puede cruzar el océano Atlántico.
Parte alcanza América.
Los minerales transportados pueden incluso contribuir con nutrientes a determinados ecosistemas.
Una partícula de polvo puede realizar un viaje intercontinental.
Las plantas también utilizan el viento
Muchas plantas dependen parcialmente del viento para transportar polen.
Otras producen semillas especialmente preparadas para viajar por el aire.
Las semillas de los dientes de león poseen estructuras ligeras que les permiten permanecer suspendidas.
Los árboles de arce producen semillas que giran mientras descienden.
El aire se convierte en medio de transporte.
El viento construye paisajes
En los desiertos puede transportar arena.
Los granos rebotan y se desplazan sobre el suelo.
Con el tiempo se forman dunas.
El viento también erosiona determinadas superficies y redistribuye sedimentos.
Aunque no podamos verlo, puede literalmente modificar el paisaje.
El viento produce olas
Muchas de las olas que observamos en el océano comienzan cuando el viento transfiere energía a la superficie del agua.
La intensidad del viento, el tiempo durante el cual sopla y la distancia sobre la que actúa influyen en el tamaño de las olas.
Una tormenta distante puede producir olas que viajan enormes distancias.
¿Cómo medimos el viento?
La velocidad puede medirse mediante un instrumento llamado anemómetro.
Su dirección se determina mediante veletas y otros instrumentos meteorológicos.
Actualmente estaciones automáticas, globos, radares y satélites permiten estudiar movimientos atmosféricos a diferentes alturas.

El viento también puede producir electricidad
Las turbinas eólicas convierten parte de la energía cinética del aire en movimiento mecánico.
Ese movimiento acciona un generador que produce electricidad.
Así, una corriente de aire invisible puede terminar encendiendo luces, alimentando equipos y proporcionando energía a ciudades.
Cuando el viento se vuelve peligroso
Vientos intensos pueden derribar árboles, desprender techos y convertir objetos sueltos en proyectiles.
Huracanes, tornados y tormentas severas pueden producir velocidades extremadamente elevadas.
Por eso el viento es simultáneamente un elemento fundamental del sistema terrestre y una fuerza natural que debemos respetar.
La Biblia habla frecuentemente del viento
El libro de Eclesiastés declara:
“El viento tira hacia el sur, y rodea al norte; va girando de continuo, y a sus giros vuelve el viento de nuevo.”
(Eclesiastés 1:6)
Es una descripción poética extraordinariamente interesante de un viento que circula y regresa.
Jesús y el viento
Durante una tormenta en el mar de Galilea, los discípulos de Jesús experimentaron directamente la fuerza del viento.
Después de que Cristo calmó la tempestad dijeron:
“¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?”
(Mateo 8:27)
Para pescadores acostumbrados al lago, aquella demostración produjo un profundo asombro.
Una fuerza invisible con efectos visibles
No vemos directamente el aire desplazándose.
Vemos árboles inclinándose.
Nubes moviéndose.
Arena viajando.
Semillas volando.
Olas levantándose.
Molinos girando.
Los efectos revelan la presencia de algo que nuestros ojos no pueden observar directamente.
El aire invisible que mueve el mundo
La Biblia no pretende explicar presión atmosférica, dinámica de fluidos o circulación global mediante lenguaje científico. Estas cuestiones corresponden a la meteorología y la física.
Sin embargo, estudiar el viento revela cómo diferencias de temperatura, presión y rotación terrestre producen movimientos atmosféricos capaces de transportar calor, humedad, polvo y semillas alrededor del planeta.
Desde la perspectiva bíblica, comprender estos procesos aumenta nuestra admiración. El viento nos recuerda que algunas de las fuerzas más importantes de la naturaleza pueden ser invisibles: no vemos el aire que se mueve, pero podemos contemplar sus efectos desde una pequeña hoja que tiembla hasta enormes nubes que atraviesan continentes enteros.
Referencias
Escrituras consultadas
Bibliografía científica
Temas científicos consultados
Organizaciones y recursos científicos
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Explora el museo la vida y obra de Jesucristo:
Para nosotros resulta relativamente fácil escuchar expresiones como “Jesús es Dios”, “Jesús es el Hijo de Dios” o “Jesucristo es el Señor”. Han transcurrido casi dos mil años de cristianismo y estas palabras forman parte del lenguaje habitual de millones de personas.
Pero para comprender verdaderamente lo que ocurrió con Jesús de Nazaret tenemos que hacer un esfuerzo: debemos olvidar por unos momentos esos dos mil años de historia y trasladarnos mentalmente a la Judea y Galilea del siglo I.
Imaginemos que todavía no existe el cristianismo.
No existen iglesias cristianas. No existe el Nuevo Testamento reunido como lo conocemos. No existen catedrales, cruces en los templos ni millones de personas llamando a Jesús “Señor”.
Existe, en cambio, un pueblo profundamente marcado por las Escrituras de Israel y por la convicción de que el Dios de Israel ocupa una posición absolutamente incomparable.
Una de las declaraciones fundamentales de su fe decía:
“Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.”
Deuteronomio 6:4, RVR1960
Dentro de ese mundo aparece Jesús de Nazaret.
Un hombre.
La gente podía verlo caminar. Podía escucharlo hablar. Lo habían visto comer, dormir y cansarse. Había crecido en Nazaret. Algunos conocían a su familia.
Y entonces aquel hombre comenzó a decir cosas acerca de sí mismo que resultaban extraordinariamente difíciles de asimilar.
Jesús enseñaba acerca de Dios, pero no se limitaba a hablar de Dios.
Una y otra vez comenzó a colocarse a sí mismo en lugares que obligaban a quienes lo escuchaban a preguntarse: ¿Quién cree este hombre que es?
Perdonó pecados.
Afirmó tener una relación única con el Padre.
Dijo que había existido antes que Abraham.
Se presentó como la resurrección y la vida.
Afirmó que el destino eterno del ser humano estaba relacionado con su respuesta hacia Él.
Declaró que un día vendría con autoridad celestial.
Y permitió que seres humanos se postraran delante de Él.
Esto necesita ser entendido dentro de su contexto histórico.
No debemos simplificar diciendo que cualquier persona que se proclamara “Mesías” habría sido automáticamente acusada de blasfemia. El judaísmo de aquella época conocía expectativas mesiánicas diversas. Incluso expresiones como “hijo de Dios” podían utilizarse en determinados contextos sin significar necesariamente que alguien fuese Dios.
El problema con Jesús era mucho mayor.
Era la acumulación de sus afirmaciones, sus acciones y la autoridad que reclamaba.
Los Evangelios incluso conservan la reacción de sus adversarios:
“Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios.”
Juan 10:33, RVR1960
Observe cuidadosamente la acusación.
“Tú, siendo hombre…”
Ahí se encuentra precisamente el escándalo.
Ellos estaban viendo frente a ellos a un hombre de carne y hueso y, sin embargo, interpretaban algunas de sus palabras como una pretensión de ocupar una posición que pertenecía a Dios.
La reacción no vino solamente de sus enemigos.
Marcos conserva un detalle extraordinariamente humano y, precisamente por eso, muy significativo:
“Cuando lo oyeron los suyos, vinieron para prenderle; porque decían: Está fuera de sí.”
Marcos 3:21, RVR1960
El texto dice “los suyos”; otras traducciones lo explicitan como sus parientes o familiares. Unos versículos después, Marcos menciona a su madre y a sus hermanos buscándolo (Marcos 3:31-35). Por ello, es mejor expresarlo cuidadosamente: personas de su entorno familiar llegaron a pensar que estaba “fuera de sí”.
Pensemos en lo que esto significa.
Hoy millones de personas se arrodillan ante Jesús.
Pero cuando comenzó su ministerio, hubo personas cercanas a Él que aparentemente pensaron que aquello había llegado demasiado lejos.
Otros reaccionaron todavía peor. Los escribas procedentes de Jerusalén no negaban que estaban ocurriendo acontecimientos extraordinarios; llegaron a atribuir su poder a Beelzebú:
“Pero los escribas que habían venido de Jerusalén decían que tenía a Beelzebú…”
Marcos 3:22, RVR1960
Las reacciones comenzaban a polarizarse.
Para algunos estaba fuera de sí. Para otros actuaba por poder demoníaco. Para otros era un profeta. Para otros era el Mesías. Y algunos comenzaron a creer que era verdaderamente el Hijo de Dios.
En determinadas ocasiones la reacción llegó a la violencia.
Jesús declaró:
“Yo y el Padre uno somos.”
Juan 10:30, RVR1960
La siguiente reacción resulta reveladora: “Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle” (Juan 10:31). Cuando Jesús les pregunta por qué quieren hacerlo, responden que no es por una buena obra, sino por blasfemia, “porque tú, siendo hombre, te haces Dios”.
No necesitamos imaginar cómo interpretaron aquella declaración.
El propio relato nos lo dice.
En otra ocasión Jesús pronunció unas palabras todavía más desconcertantes:
“De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy.”
Juan 8:58, RVR1960
Y nuevamente la reacción fue inmediata:
“Tomaron entonces piedras para arrojárselas…”
Juan 8:59, RVR1960
Algo estaba sucediendo alrededor de Jesús que hacía imposible permanecer indiferente.
El conflicto continuó creciendo.
Juan explica que después de una controversia relacionada con el sábado:
“Por esto los judíos aun más procuraban matarle, porque no sólo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios.”
Juan 5:18, RVR1960
Una vez más aparece la misma cuestión.
¿Quién era este hombre?
El problema no consistía simplemente en que Jesús enseñara acerca de Dios. Israel había tenido profetas durante siglos.
Los profetas podían decir:
“Así dice Jehová.”
Pero Jesús hablaba con una autoridad personal sorprendente:
“Pero yo os digo…”
Y no solamente enseñaba con autoridad. Perdonaba pecados, redefinía la relación de las personas con Él, reclamaba una relación singular con el Padre y hablaba de una existencia que trascendía la vida humana ordinaria.
La tensión llega a uno de sus puntos culminantes durante el interrogatorio ante el sumo sacerdote.
Este le pregunta:
“¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?”
Jesús responde:
“Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo con las nubes del cielo.”
Marcos 14:61-62, RVR1960
Jesús está combinando imágenes extraordinarias de las Escrituras, particularmente Daniel 7 y el Salmo 110.
La reacción del sumo sacerdote fue inmediata:
“Entonces el sumo sacerdote, rasgando su vestidura, dijo: ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? Habéis oído la blasfemia…”
Marcos 14:63-64, RVR1960
Desde la perspectiva de quienes lo juzgaban, aquello había cruzado una línea.
Los estudios históricos señalan que existían distintas maneras de entender jurídicamente la blasfemia en el judaísmo antiguo. Sin embargo, también contamos con fuentes judías de la época que muestran que atribuirse igualdad o prerrogativas propias de Dios podía ser considerado blasfemo. Por eso la acusación presentada en los Evangelios encaja dentro de un contexto judío antiguo reconocible.
Aquí aparece quizá la parte más desconcertante de toda la historia.
No todos pensaron que Jesús estaba loco.
No todos pensaron que era un blasfemo.
No todos quisieron matarlo.
Hubo personas que lo escucharon, convivieron con Él, viajaron con Él, comieron con Él y observaron su comportamiento durante años…
y le creyeron.
Ese es el hecho que hace que nuestra investigación sea todavía más interesante.
Porque si un hombre aparece afirmando poseer prerrogativas divinas, tenemos varias posibilidades que investigar. Puede estar engañando deliberadamente. Puede estar equivocado respecto de sí mismo. Sus seguidores pueden haber deformado posteriormente lo que realmente dijo. O quizá exista otra explicación mucho más extraordinaria.
No debemos decidirlo todavía.
Pero tampoco podemos ignorar la pregunta.
Intentemos mirar nuevamente a Jesús sin dos mil años de familiaridad cristiana.
Imagine encontrarse en Galilea.
Delante de usted hay un hombre de Nazaret.
Lo ve caminar.
Lo escucha hablar.
Y aquel hombre comienza a decir cosas que parecen colocar su identidad en una categoría completamente diferente.
Algunos dicen:
“Está fuera de sí.”
Otros:
“Blasfema.”
Otros toman piedras.
Otros conspiran para matarlo.
Pero otros abandonan sus ocupaciones, comienzan a seguirlo y terminan convencidos de que aquel hombre es realmente quien afirma ser.
Entonces ya no basta con preguntar qué enseñaba Jesús.
Tenemos que hacer una pregunta mucho más incómoda:
¿Quién era Él?
Y existe una manera extraordinariamente sencilla de comenzar nuestra investigación.
En lugar de empezar preguntando qué dice el cristianismo acerca de Jesús, comenzaremos preguntando:
¿Qué dijo Jesús acerca de sí mismo?
Eso es precisamente lo que examinaremos a continuación.
¿Desea profundizar en este tema? Conozca el libro: ¿Son confiables los Evangelios?

Escuche música con propósito
Mire hacia el cielo durante el día.
Allí está el Sol.
Ahora mire el cielo durante la noche.
Quizá vea la Luna, algunas estrellas y, en ciertas épocas, incluso alguno de los planetas.
Aunque parecen objetos separados, muchos de los cuerpos que vemos en nuestro cielo forman parte de un mismo gran sistema.
Lo llamamos Sistema Solar.

Nuestro Sistema Solar es como un enorme vecindario en el espacio. En el centro se encuentra el Sol y alrededor de él viajan los planetas, sus lunas, asteroides y muchos otros cuerpos más pequeños.
Y nosotros vivimos allí.
La Tierra es solamente uno de los mundos que forman parte de esta extraordinaria familia.
En el centro del Sistema Solar se encuentra una estrella enorme:
el Sol.
El Sol es muchísimo más grande que la Tierra. Su diámetro es de aproximadamente 1.39 millones de kilómetros.
La Tierra, en comparación, mide aproximadamente 12,742 kilómetros de diámetro.
Imagine una pelota gigantesca y, cerca de ella, una bolita mucho más pequeña.
Algo semejante ocurre cuando comparamos el Sol con nuestro planeta.
Pero el Sol no solamente es grande.
También contiene la mayor parte de la masa de todo el Sistema Solar.
Por eso su gravedad ejerce una enorme influencia sobre los objetos que se encuentran alrededor.
Algunas veces, cuando vemos dibujos del Sistema Solar, parece que los planetas simplemente están colocados alrededor del Sol.
Pero están haciendo algo extraordinario.
Están viajando.
Cada planeta se mueve alrededor del Sol siguiendo un recorrido llamado órbita.
Mercurio viaja alrededor del Sol.
Venus también.
La Tierra también.
Y mientras usted está leyendo estas palabras, nuestro planeta continúa avanzando silenciosamente por su propia órbita.
No escuchamos motores.
No sentimos vibraciones.
Pero estamos viajando.

Nuestro Sistema Solar posee ocho planetas.
Si comenzamos desde el más cercano al Sol encontramos:
Mercurio.
Venus.
Tierra.
Marte.
Júpiter.
Saturno.
Urano.
Neptuno.
Cada uno es diferente.
Mercurio es pequeño y está muy cerca del Sol.
Venus está cubierto por una atmósfera extremadamente densa.
La Tierra posee enormes océanos de agua líquida y es nuestro hogar.
Marte tiene un característico color rojizo.
Júpiter es gigantesco.
Saturno posee un espectacular sistema de anillos.
Urano gira de una manera muy peculiar, prácticamente inclinado de lado.
Y Neptuno se encuentra muchísimo más lejos del Sol y posee vientos extraordinariamente intensos.
Ocho planetas.
Ocho mundos muy distintos.
Pero todos forman parte del mismo sistema.
La Tierra tiene una Luna.
Pero no somos los únicos.
Otros planetas poseen también lunas que viajan alrededor de ellos.
Júpiter y Saturno poseen numerosas lunas.
Algunas son pequeñas.
Otras son enormes.
Incluso existen lunas con características extraordinarias que estudiaremos más adelante.
Así que mientras los planetas viajan alrededor del Sol, muchas lunas están viajando alrededor de los planetas.
Imagine todo ese movimiento ocurriendo simultáneamente.
Entre Marte y Júpiter encontramos una región donde existen numerosos asteroides.
Más allá de Neptuno existen también muchos cuerpos helados.
Tenemos planetas enanos como Plutón.
También existen cometas que pueden recorrer órbitas enormes y que, cuando se acercan al Sol, pueden desarrollar espectaculares colas visibles desde la Tierra.
Nuestro Sistema Solar no está compuesto solamente por ocho planetas.
Es un sistema lleno de diferentes clases de cuerpos.
Aquí las distancias comienzan a ser difíciles de imaginar.
La Tierra se encuentra, en promedio, aproximadamente a:
150 millones de kilómetros del Sol.
Eso ya parece enorme.
Pero Neptuno se encuentra muchísimo más lejos: su distancia media al Sol es de unos 4,500 millones de kilómetros.
Y aun así, existen cuerpos que viajan mucho más lejos.
El Sistema Solar es tan grande que las distancias normales que utilizamos en nuestra vida cotidiana dejan de parecernos útiles.
Una carretera de cien kilómetros nos parece larga.
Pero en el Sistema Solar hablamos de millones y miles de millones de kilómetros.
Aquí aparece algo especialmente interesante.
El Sol ejerce gravedad.
Los planetas se mueven.
Las lunas acompañan a muchos planetas.
Los asteroides siguen sus propios recorridos.
Los cometas viajan por enormes órbitas.
No estamos observando objetos colocados al azar como piedras sobre una mesa.
Estamos contemplando un sistema en movimiento.
Cada cuerpo posee una posición.
Cada uno sigue un recorrido.
Y la gravedad participa constantemente en ese extraordinario movimiento.
Ahora piense en algo.
Dentro de este inmenso Sistema Solar existe una pequeña esfera azul.
Es la Tierra.
Sobre esa esfera existen océanos.
Ríos.
Animales.
Personas.
Y usted.
Estamos viviendo sobre un planeta que viaja alrededor de una estrella acompañado por otros siete planetas y una enorme cantidad de cuerpos menores.
Cuando pensamos solamente en nuestra casa o nuestra ciudad, el mundo puede parecernos muy grande.
Pero cuando contemplamos el Sistema Solar descubrimos que nuestra casa forma parte de algo muchísimo mayor.
Hace miles de años, David contempló el cielo y escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
David no tenía telescopios espaciales.
No podía enviar naves hacia otros planetas.
No conocía las distancias que hoy podemos calcular.
Simplemente levantaba los ojos y contemplaba.
Nosotros podemos hacer algo más.
Podemos contemplar…
y también medir.
Podemos conocer el tamaño del Sol.
Podemos calcular las órbitas.
Podemos enviar naves a otros planetas.
Podemos fotografiar Júpiter.
Podemos observar los anillos de Saturno.
Podemos estudiar Marte.
Y mientras más conocemos nuestro vecindario espacial, más extraordinario parece.
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Esa invitación sigue siendo extraordinaria.
Levante los ojos.
Mire.
Pregunte.
Estudie.
Descubra.
Desde la perspectiva bíblica, estudiar el universo no significa alejarnos del Creador.
Puede convertirse precisamente en una manera de admirar con mayor profundidad la obra de sus manos.
Hasta ahora solamente hemos abierto la puerta.
Sabemos que existe una estrella en el centro.
Ocho planetas viajan alrededor de ella.
Numerosas lunas acompañan a esos mundos.
También existen asteroides, planetas enanos, cometas y otros cuerpos.
Pero todavía no hemos visitado ninguno.
En los próximos artículos comenzaremos nuestro viaje.
Nos acercaremos primero a esa enorme estrella que domina nuestro vecindario.
Descubriremos su tamaño.
Su energía.
Su gravedad.
Y comprenderemos por qué prácticamente todo nuestro Sistema Solar depende profundamente de ella.
Nuestro próximo destino será:
Y quizá, cuando terminemos este viaje, comprendamos un poco mejor las palabras del salmista:
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
Porque nuestro Sistema Solar no es solamente nuestro vecindario en el espacio.
Es otra extraordinaria parte de la creación que podemos estudiar para conocer mejor la grandeza de su Creador.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Por el Dr. Elio M Rivera
Cada mañana ocurre algo tan común que casi dejamos de sorprendernos.
El cielo comienza a iluminarse.
La oscuridad desaparece.
Sentimos calor sobre nuestra piel.
Las plantas reciben luz.
Los animales comienzan sus actividades.
Y todo esto sucede gracias a una estrella situada aproximadamente a 150 millones de kilómetros de la Tierra:
el Sol.

El solo, nuestra estrella
El Sol es una estrella como muchas de las que vemos durante la noche. Sin embargo, para nosotros es extraordinariamente especial porque es la estrella de nuestro Sistema Solar.
Su luz y su energía llegan hasta nuestro planeta, pero además su enorme gravedad mantiene a la Tierra y a los demás planetas viajando alrededor de él.
Sin el Sol, nuestro Sistema Solar sería completamente diferente.

Cuando observamos el Sol desde la Tierra parece relativamente pequeño.
Podemos cubrirlo con la punta de un dedo si extendemos el brazo.
Pero eso ocurre únicamente porque está muy lejos.
En realidad, el Sol es gigantesco.
Su diámetro es de aproximadamente:
1.39 millones de kilómetros.
El diámetro de la Tierra es de unos 12,742 kilómetros.
Esto significa que el diámetro del Sol es aproximadamente 109 veces mayor que el de nuestro planeta.
Pero existe una comparación todavía más sorprendente.
Si pudiéramos vaciar el Sol y colocar Tierras dentro de él, cabrían aproximadamente 1.3 millones de planetas del tamaño de la Tierra por volumen.
Imagine nuestro planeta.
Con todos sus océanos.
Todos sus continentes.
Todas sus montañas.
Y ahora imagine más de un millón de mundos de ese tamaño ocupando el volumen de una sola estrella.
Así de enorme es el Sol.

El Sol no solamente es el objeto más grande de nuestro Sistema Solar.
También concentra aproximadamente el 99.8 % de toda la masa del Sistema Solar.
Esto resulta muy importante.
Cuanta más masa posee un objeto, mayor puede ser su influencia gravitacional.
Por eso el Sol ejerce una poderosa atracción sobre los planetas y muchos otros cuerpos que forman nuestro vecindario espacial.
Mercurio está ligado gravitacionalmente al Sol.
Venus también.
La Tierra también.
Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno también.
Incluso mientras usted lee estas palabras, la gravedad del Sol está actuando sobre nuestro planeta.

Esta es una pregunta magnífica.
El Sol atrae a la Tierra mediante la gravedad.
Entonces, ¿por qué nuestro planeta no termina cayendo sobre él?
Porque la Tierra también se está moviendo a gran velocidad.
Nuestro planeta viaja alrededor del Sol aproximadamente a 107,000 kilómetros por hora, aunque la velocidad cambia un poco a lo largo de su órbita.
La combinación entre su movimiento y la atracción gravitacional del Sol mantiene a la Tierra siguiendo su órbita.
Podemos imaginarlo, de manera sencilla, como una caída continua alrededor del Sol.
La Tierra avanza.
La gravedad la atrae.
Y el resultado es una órbita.
Lo mismo sucede con los demás planetas.
El Sol no posee una superficie sólida como la Tierra.
Está compuesto principalmente por hidrógeno y helio en estado de plasma.
En la región que vemos como su “superficie”, llamada fotosfera, la temperatura es de aproximadamente 5,500 grados Celsius.
Eso ya parece increíblemente caliente.
Pero en el centro del Sol las temperaturas alcanzan aproximadamente 15 millones de grados Celsius.
Allí ocurre el proceso que permite al Sol producir enormes cantidades de energía.
En el núcleo del Sol ocurre la fusión nuclear.
Explicado de manera sencilla, núcleos de hidrógeno terminan formando helio mediante una serie de reacciones.
Durante este proceso se libera una enorme cantidad de energía.
Esa energía comienza un largo recorrido desde el interior del Sol hasta finalmente escapar al espacio en forma de radiación.
Una pequeñísima parte llega hasta nosotros.
Y esa pequeña parte resulta fundamental para la vida en la Tierra.
El Sol se encuentra tan lejos que su luz no llega instantáneamente hasta nosotros.
Aunque la luz viaja aproximadamente a 300,000 kilómetros por segundo, necesita alrededor de:
8 minutos y 20 segundos
para recorrer la distancia media entre el Sol y la Tierra.
Esto significa algo curioso.
Cuando usted contempla el Sol —siempre con la protección adecuada y nunca mirándolo directamente— no lo está viendo exactamente como es en ese instante.
Está recibiendo luz que salió de él aproximadamente ocho minutos antes.
La energía solar participa directa o indirectamente en una enorme cantidad de procesos terrestres.
El Sol calienta los océanos.
Calienta los continentes.
Contribuye a producir diferencias de temperatura que participan en el movimiento del aire.
Su energía impulsa la evaporación del agua.
Las plantas utilizan la luz solar para realizar la fotosíntesis.
Y esa fotosíntesis sostiene directa o indirectamente una enorme parte de las cadenas alimentarias de nuestro planeta.
Cuando vemos crecer un bosque, caer la lluvia o sentimos el viento, estamos observando procesos en los que la energía procedente del Sol desempeña un papel fundamental.
Nuestro planeta se encuentra, en promedio, aproximadamente a 150 millones de kilómetros del Sol.
Esa distancia permite que recibamos una cantidad de energía compatible con las condiciones que encontramos en nuestro planeta.
La Tierra no permanece siempre exactamente a la misma distancia porque su órbita no es un círculo perfecto. Sin embargo, estas variaciones son relativamente pequeñas.
Más adelante estudiaremos con mayor detalle la posición y las órbitas de los planetas.
Por ahora basta comprender algo sencillo:
nuestra vida depende profundamente de la energía de una estrella situada a unos 150 millones de kilómetros de nosotros.
El Sol es indispensable, pero eso no significa que toda la energía procedente de él sea inofensiva.
Produce radiación y fenómenos capaces de afectar nuestro planeta.
Por eso resulta tan importante la protección que proporciona la atmósfera terrestre y, junto con ella, la magnetosfera frente a determinadas partículas cargadas procedentes del Sol.
Incluso aquí encontramos una interesante relación entre diferentes partes de nuestro entorno.
Tenemos una estrella que proporciona energía.
Tenemos una Tierra situada a una distancia adecuada.
Y tenemos sistemas terrestres que ayudan a proteger la vida.
No vivimos dependiendo de una sola condición, sino de muchas funcionando simultáneamente.
Cuando los científicos observan cuidadosamente el Sol descubren que no es una esfera tranquila e inmóvil.
En su superficie pueden aparecer manchas solares.
También ocurren enormes explosiones conocidas como llamaradas solares.
Y el Sol expulsa continuamente partículas cargadas formando lo que llamamos viento solar.
En ocasiones, la interacción de partículas solares con el entorno magnético de la Tierra contribuye a producir uno de los espectáculos más hermosos de nuestro cielo:
las auroras.
Así que incluso un resplandor de colores observado cerca de las regiones polares puede tener su origen en acontecimientos ocurridos en nuestra estrella.
Ahora podemos comprender por qué el Sol ocupa un lugar tan importante en esta serie.
No es simplemente una lámpara gigantesca que ilumina los planetas.
Es el cuerpo dominante del Sistema Solar.
Su gravedad ayuda a mantener organizado nuestro sistema planetario.
Su energía calienta la Tierra.
Su luz hace posible la fotosíntesis.
Y alrededor de él viajan ocho planetas y una enorme variedad de cuerpos menores.
El Sistema Solar recibe precisamente su nombre de esta estrella:
el Sol.
La Biblia habla desde sus primeras páginas de la importancia de las lumbreras que observamos en nuestro cielo:
“E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche…”
Génesis 1:16
El propósito de este pasaje no es enseñarnos física solar.
No explica la fusión nuclear, la gravedad o la temperatura del núcleo.
Estas son preguntas que podemos investigar mediante la ciencia.
Pero las Escrituras presentan algo que resulta fundamental para nuestra perspectiva: el Sol forma parte de la creación de Dios.
No es Dios.
Es una obra extraordinaria de Dios.
El salmista escribió:
“En ellos puso tabernáculo para el sol;
Y éste, como esposo que sale de su tálamo,
Se alegra cual gigante para correr el camino.”
Salmo 19:4-5
David contemplaba el Sol atravesando el cielo.
Hoy sabemos mucho más acerca de aquella estrella de lo que podía conocer un observador de la antigüedad.
Conocemos aproximadamente su tamaño.
Su distancia.
Su temperatura.
Su composición.
Podemos estudiar su luz.
Podemos observar su superficie con instrumentos especializados.
Incluso hemos enviado sondas para estudiarlo de cerca.
Y ese conocimiento no tiene por qué disminuir nuestro asombro.
Puede aumentarlo.
Piense nuevamente en la escena completa.
En el centro se encuentra una estrella gigantesca.
Alrededor de ella viajan los planetas.
Alrededor de algunos planetas viajan lunas.
Entre ellos encontramos asteroides y otros cuerpos.
Todo se mueve.
Y la gravedad mantiene relacionados a los integrantes de este enorme vecindario.
Desde la perspectiva bíblica, estudiar ese orden puede convertirse en una oportunidad para contemplar la sabiduría del Creador.
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
El Sol nos proporciona luz cada mañana, pero cuando comenzamos a comprender lo que realmente es, descubrimos algo todavía más extraordinario:
Esa pequeña esfera brillante que vemos en nuestro cielo es una estrella gigantesca cuya energía y gravedad desempeñan un papel fundamental en el extraordinario Sistema Solar que Dios nos ha permitido llamar hogar.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Imagine por un momento nuestro Sistema Solar.
Mercurio viaja alrededor del Sol. Venus también. La Tierra completa su recorrido una vez cada año. Más lejos encontramos a Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno.
Todos están moviéndose.
Pero surge una pregunta que hasta un niño podría hacerse:

¿Por qué los planetas no salen disparados y se pierden en el espacio?
Y también podríamos preguntar lo contrario:
Si el Sol los atrae, ¿por qué no terminan cayendo sobre él?
La respuesta se encuentra en una de las fuerzas más extraordinarias de la naturaleza:
la gravedad.
No podemos ver la gravedad.
Pero podemos observar lo que hace.
Si dejamos caer una pelota, cae al suelo.
Si saltamos, volvemos a bajar.
La Luna permanece en órbita alrededor de la Tierra.
Y los planetas permanecen ligados gravitacionalmente al Sol.
La gravedad es una interacción entre cuerpos que poseen masa. En una explicación sencilla, cuanto mayor es la masa de un cuerpo, mayor puede ser su atracción gravitacional; además, esa atracción disminuye conforme aumenta la distancia.
Y aquí aparece algo extraordinario.
El Sol es, por mucho, el cuerpo más masivo de nuestro Sistema Solar.

El Sol contiene aproximadamente el 99.8 por ciento de la masa del Sistema Solar.
Eso significa que si pudiéramos reunir todo lo que existe en nuestro Sistema Solar —el Sol, los ocho planetas, sus lunas, asteroides, cometas y otros cuerpos— prácticamente toda la masa estaría concentrada en el Sol.
Por eso su influencia gravitacional es enorme.
Su gravedad participa en mantener ligados al sistema desde los grandes planetas hasta numerosos cuerpos mucho más pequeños.
Pero todavía queda nuestra pregunta:
¿por qué no caen los planetas sobre él?
Hagamos un experimento con la imaginación.
Si usted sostiene una pelota y simplemente la suelta, caerá al suelo.
Ahora láncela hacia adelante.
Mientras cae, también avanzará.
Si pudiera lanzarla muchísimo más rápido y la Tierra no tuviera montañas, edificios ni atmósfera que la frenaran, podría imaginar una situación extraordinaria: mientras la pelota cae, la superficie curva de la Tierra también se aleja debajo de ella.
Con suficiente velocidad, la pelota podría continuar cayendo alrededor de la Tierra.
Eso es, de manera simplificada, una órbita.
Los astronautas y los satélites que orbitan nuestro planeta no están fuera del alcance de la gravedad terrestre.
Al contrario.
La gravedad es precisamente una parte esencial de lo que mantiene su trayectoria orbital.

Algo semejante sucede con nuestro planeta.
El Sol atrae gravitacionalmente a la Tierra.
Pero la Tierra posee también una enorme velocidad lateral.
Nuestro planeta viaja alrededor del Sol aproximadamente a 107,000 kilómetros por hora.
Si desapareciera la atracción gravitacional del Sol, la Tierra ya no continuaría recorriendo su órbita actual: su movimiento tendería a seguir una trayectoria recta. La gravedad solar curva continuamente ese movimiento.
Por eso podemos expresar la idea de una manera que a los niños suele sorprenderles:
La Tierra está cayendo continuamente hacia el Sol, pero se mueve hacia adelante tan rápidamente que continúa cayendo alrededor de él.
NASA utiliza precisamente la combinación de movimiento hacia adelante y atracción gravitacional para explicar de forma sencilla por qué los planetas no chocan con el Sol.
Imaginemos algo imposible: que pudiéramos detener repentinamente el movimiento orbital de la Tierra.
La situación cambiaría por completo.
Ya no tendríamos ese movimiento lateral que permite nuestra órbita actual, mientras que la atracción gravitacional del Sol continuaría actuando.
La Tierra comenzaría a caer hacia el Sol.
Afortunadamente, eso no está ocurriendo.
Nuestro planeta está en movimiento.
Ahora imaginemos lo contrario.
Supongamos que la influencia gravitacional del Sol desapareciera instantáneamente.
La Tierra ya no seguiría curvándose alrededor de él.
Tendería a continuar su movimiento siguiendo una trayectoria aproximadamente recta en la dirección en que viajaba en ese momento. Esta es la idea de inercia que ayuda a explicar el movimiento orbital.
Así podemos comprender las dos partes:
movimiento + gravedad = órbita.
Es una simplificación, pero permite comprender la idea fundamental.
Los planetas no se encuentran todos a la misma distancia del Sol.
Mercurio está mucho más cerca.
Neptuno está muchísimo más lejos.
Y sus velocidades orbitales tampoco son iguales.
Los planetas cercanos al Sol generalmente se desplazan más rápidamente por sus órbitas que los planetas situados a grandes distancias.
Mercurio completa una vuelta alrededor del Sol en aproximadamente 88 días terrestres.
La Tierra necesita aproximadamente 365 días.
Neptuno tarda alrededor de 165 años terrestres.
¡Imagine esperar 165 años para celebrar un solo cumpleaños si viviéramos utilizando el año de Neptuno!
Cuando dibujamos el Sistema Solar para un niño, normalmente hacemos círculos alrededor del Sol.
Es útil para aprender.
Pero las órbitas reales de los planetas son elipses.
Una elipse se parece a un círculo que ha sido ligeramente estirado, aunque algunas órbitas planetarias son muy cercanas a un círculo.
Johannes Kepler describió matemáticamente estas órbitas, y posteriormente Isaac Newton mostró cómo la gravedad podía explicar el movimiento planetario que Kepler había descrito.
Hace siglos, Isaac Newton comprendió algo maravilloso.
La fuerza que hace caer un objeto hacia la Tierra y la fuerza que mantiene a los cuerpos celestes en sus órbitas podían entenderse mediante la misma ley de gravitación.
No necesitábamos una clase de física para las manzanas y otra completamente diferente para los planetas.
La naturaleza podía describirse mediante leyes que funcionaban tanto aquí como en el cielo.
Newton expresó matemáticamente que la fuerza gravitacional depende de las masas de los cuerpos y disminuye con el cuadrado de la distancia que los separa.
Aquello cambió profundamente nuestra comprensión del universo.
Cuando hacemos dibujos escolares, normalmente colocamos el Sol exactamente en el centro y los planetas girando alrededor.
Es una buena aproximación para comenzar.
Pero la realidad es todavía más interesante.
El Sol y los planetas se atraen mutuamente.
Por eso, técnicamente, los cuerpos orbitan alrededor de un centro común de masa, llamado baricentro. Debido a la enorme masa del Sol comparada con la de los planetas, el movimiento solar es mucho menor, pero existe.
Esto nos recuerda algo importante:
el Sistema Solar no es una fotografía inmóvil. Es un sistema dinámico en movimiento.

Ahora alejémonos imaginariamente del Sistema Solar y contemplemos todo junto.
El Sol.
Mercurio.
Venus.
La Tierra.
Marte.
Júpiter.
Saturno.
Urano.
Neptuno.
Lunas.
Asteroides.
Planetas enanos.
Cometas.
Todos moviéndose.
Algunos recorridos necesitan días.
Otros años.
Otros muchísimo más tiempo.
Pero la gravedad relaciona continuamente a los cuerpos del Sistema Solar.
Es como contemplar un gigantesco baile cósmico en el que cada participante continúa su recorrido.
Hoy podemos describir las órbitas mediante matemáticas.
Podemos calcular dónde estará un planeta en determinado momento.
Podemos enviar una nave espacial y hacer que llegue hasta otro mundo.
Incluso podemos utilizar la gravedad de un planeta para modificar la trayectoria y velocidad de una nave.
Todo esto demuestra cuánto hemos aprendido acerca de las leyes que gobiernan el movimiento de los cuerpos celestes.
La ciencia responde extraordinariamente bien preguntas como:
¿Qué fuerza interviene?
¿Cómo cambia el movimiento?
¿Cómo podemos calcular una órbita?
Y para el creyente aparece además otra pregunta:
¿Qué nos provoca descubrir un universo que podemos estudiar mediante leyes tan precisas?
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Isaías no estaba enseñando la ley de gravitación universal.
No hablaba de velocidad orbital, elipses o baricentros.
Su propósito era diferente.
Invitaba al ser humano a mirar hacia arriba y reconocer la grandeza del Creador.
Hoy podemos aceptar esa invitación llevando incluso un telescopio y una calculadora.
Podemos mirar.
Podemos medir.
Podemos estudiar.
Y podemos maravillarnos.
El salmista declaró:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
Desde una perspectiva cristiana, la gravedad no compite con Dios.
Descubrir cómo funciona una órbita no elimina al Creador.
Nos permite comprender un poco mejor el funcionamiento de su creación.
Cuando un niño pregunta por qué la Tierra no cae sobre el Sol, podemos explicarle la gravedad y el movimiento.
Y después podemos enseñarle algo todavía más hermoso:
Dios nos ha dado una mente capaz de observar su creación, hacer preguntas y descubrir algunas de las leyes mediante las cuales funciona.
Ahora mismo usted probablemente siente que está quieto.
Quizá está sentado.
Tal vez está acostado.
Pero la Tierra continúa viajando alrededor del Sol.
No escuchamos ese movimiento.
No vemos pasar kilómetros debajo de nuestros pies.
Sin embargo, nuestro planeta continúa recorriendo silenciosamente su órbita.
La gravedad solar sigue actuando.
La Tierra sigue avanzando.
Y el extraordinario viaje continúa.
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
La próxima vez que contemplemos el Sol, podemos recordar que no solamente nos proporciona luz y energía.
Su enorme masa produce una influencia gravitacional que desempeña un papel central en mantener unido nuestro vecindario planetario.
Una estrella, ocho planetas y una multitud de cuerpos recorriendo el espacio bajo leyes que podemos estudiar, comprender y admirar.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Ya conocimos al Sol, la enorme estrella que ocupa el centro de nuestro Sistema Solar.
Ahora comenzaremos a alejarnos poco a poco de él.
Y el primer mundo que encontramos es un pequeño planeta gris cubierto de cráteres:
Mercurio.

El planeta mercurio
Mercurio es el planeta más cercano al Sol y también el planeta más pequeño de nuestro Sistema Solar. Es solamente un poco más grande que nuestra Luna.
A primera vista puede parecer un mundo sencillo.
Rocas.
Cráteres.
Un cielo oscuro.
Nada de océanos.
Nada de bosques.
Nada de grandes nubes.
Sin embargo, cuando comenzamos a estudiarlo descubrimos un planeta lleno de sorpresas.
Mercurio tiene aproximadamente 4,880 kilómetros de diámetro.
Para compararlo, la Tierra tiene alrededor de 12,742 kilómetros de diámetro.
Eso significa que Mercurio tiene menos de la mitad del diámetro de nuestro planeta.
Nuestra Luna tiene unos 3,475 kilómetros de diámetro, así que Mercurio es solamente un poco mayor que ella.
Imagine tres pelotas.
Una grande representa la Tierra.
Una bastante más pequeña representa Mercurio.
Y otra ligeramente menor representa nuestra Luna.
Así comenzamos a comprender su tamaño.
Aunque es un planeta, existen incluso lunas del Sistema Solar más grandes que Mercurio; Ganímedes, que gira alrededor de Júpiter, es un ejemplo.

La distancia media entre Mercurio y el Sol es de aproximadamente:
58 millones de kilómetros.
Eso parece muchísimo.
Pero recuerde que la Tierra se encuentra a unos 150 millones de kilómetros del Sol.
Mercurio está, por tanto, muchísimo más cerca de nuestra estrella que nosotros.
Desde Mercurio, la luz del Sol tarda aproximadamente tres minutos en llegar.
En la Tierra esperamos alrededor de ocho minutos y veinte segundos.
Mercurio vive mucho más cerca de aquel enorme horno natural que llamamos Sol.
Y eso produce condiciones extraordinarias.
Imagine estar sobre la superficie de Mercurio durante el día.
El Sol aparecería mucho más intenso que desde la Tierra.
En algunas regiones, la temperatura superficial durante el día puede alcanzar aproximadamente:
430 grados Celsius.
Eso equivale a unos 800 grados Fahrenheit.
Es muchísimo más caliente que un horno doméstico.
Una persona no podría sobrevivir allí.
Pero ahora viene algo sorprendente.
Quizá pensaríamos:
“Si Mercurio está tan cerca del Sol, seguramente siempre es extremadamente caliente”.
Pero no.
Durante la noche, algunas regiones de su superficie pueden descender hasta aproximadamente:
−180 grados Celsius.
¿Cómo puede existir semejante diferencia?
Porque Mercurio no posee una atmósfera gruesa como la Tierra capaz de almacenar y distribuir el calor de manera importante. Posee solamente una envoltura extremadamente tenue de partículas denominada exosfera.
Durante el día la superficie recibe directamente la intensa energía solar.
Durante la noche pierde rápidamente gran parte de ese calor hacia el espacio.
Así encontramos uno de los contrastes más extraordinarios entre los planetas:
calor extremo durante el día y frío extremo durante la noche.
Aquí aparece una sorpresa que puede confundirnos.
Mercurio es el planeta más cercano al Sol.
Sin embargo, no es el planeta más caliente.
Ese título pertenece a Venus.
¿Por qué?
Porque Venus posee una atmósfera extremadamente densa que retiene muchísimo calor mediante un poderoso efecto invernadero.
Mercurio, en cambio, prácticamente carece de una atmósfera capaz de hacer algo semejante.
Esto nos enseña algo que veremos muchas veces durante nuestro recorrido por el Sistema Solar:
la distancia al Sol no es la única característica que determina las condiciones de un planeta.
La atmósfera también importa.
La composición importa.
La rotación importa.
Una cosa se conecta con otra.

Si pudiéramos caminar sobre Mercurio, probablemente algo nos resultaría familiar.
Su superficie recuerda mucho a la Luna.
Está cubierta de:
cráteres,
acantilados,
y enormes cuencas formadas por impactos.
Mercurio no posee una atmósfera gruesa que pueda destruir muchos de los objetos pequeños que llegan desde el espacio, por lo que su superficie conserva una gran cantidad de cráteres.
Cada uno cuenta una historia.
En algún momento, un objeto viajaba por el espacio.
Se encontró con Mercurio.
Impactó.
Y dejó una cicatriz en la superficie.
Uno de los lugares más impresionantes de Mercurio es la cuenca Caloris.
Tiene aproximadamente:
1,525 kilómetros de diámetro.
Imagine un cráter tan enorme que podría cubrir una región completa de un país.
Alrededor de esta gigantesca cuenca existen montañas producidas por el enorme impacto que la formó.
Caloris nos recuerda que los mundos del Sistema Solar también llevan escrita en su superficie una historia de impactos y cambios.
Además de cráteres, encontramos grandes escarpes.
Son como paredes o acantilados que recorren largas distancias.
Se piensa que muchos de ellos están relacionados con la contracción del interior del planeta.
Imagine una fruta que se seca y cuya superficie comienza a arrugarse.
No es exactamente lo mismo, pero la comparación nos ayuda.
Mercurio se enfrió internamente y su superficie desarrolló enormes estructuras que todavía podemos observar.
Mercurio posee otra característica extraordinaria.
Viaja alrededor del Sol mucho más rápido que la Tierra.
Nuestro planeta necesita aproximadamente 365 días para completar una vuelta alrededor del Sol.
Mercurio solamente necesita alrededor de:
88 días terrestres.
Eso significa que si utilizáramos el año de Mercurio para contar nuestras edades, celebraríamos cumpleaños con enorme frecuencia.
Una persona de diez años terrestres habría vivido más de cuarenta años mercurianos.
Mercurio es el planeta que completa su órbita alrededor del Sol más rápidamente.
Aquí aparece otro contraste.
Mercurio viaja rápidamente alrededor del Sol…
pero gira lentamente sobre sí mismo.
Una rotación completa con respecto a las estrellas tarda aproximadamente 59 días terrestres.
Y debido a la relación especial entre esa rotación y su movimiento alrededor del Sol, un ciclo completo desde un mediodía hasta el siguiente —un día solar— dura aproximadamente 176 días terrestres.
Piense en eso.
En la Tierra:
un día dura aproximadamente 24 horas.
En Mercurio:
un día solar dura aproximadamente 176 días terrestres.
El Sol permanecería durante muchísimo tiempo sobre el horizonte.
Después llegaría una noche igualmente prolongada.
Eso ayuda a comprender por qué la superficie puede calentarse y enfriarse de manera tan extrema.

La Tierra posee una Luna.
Marte tiene dos pequeñas lunas.
Júpiter y Saturno poseen muchas.
Pero Mercurio:
no tiene ninguna luna conocida.
Tampoco posee anillos.
Es simplemente un pequeño mundo rocoso viajando muy cerca del Sol.
Aquí encontramos algo que sorprendió a los científicos.
A pesar de su pequeño tamaño, Mercurio posee un campo magnético global.
Eso indica que su interior todavía guarda secretos importantes.
Mercurio posee un núcleo metálico extraordinariamente grande en relación con el tamaño total del planeta, y el estudio de su campo magnético ha ayudado a los científicos a comprender mejor su interior. La misión MESSENGER produjo importantes mediciones de este campo y de la composición del planeta.
Esta puede ser una de las mayores sorpresas.
Mercurio está muy cerca del Sol.
Su superficie puede alcanzar temperaturas de cientos de grados.
Y sin embargo…
existe hielo de agua en Mercurio.
¿Cómo es posible?
Cerca de sus polos existen cráteres tan profundos que algunas regiones de su interior nunca reciben directamente la luz del Sol.
Allí las temperaturas permanecen extremadamente bajas.
La misión MESSENGER confirmó que depósitos presentes en las regiones polares están compuestos principalmente por hielo de agua.
En algunos cráteres polares las temperaturas pueden permanecer por debajo de aproximadamente −173 grados Celsius.
Así que un mismo planeta puede poseer regiones abrasadoras…
y lugares suficientemente fríos como para conservar hielo.
Cuando la nave MESSENGER fotografió detalladamente la superficie, encontró miles de extrañas depresiones brillantes conocidas como hollows, o huecos.
Algunos alcanzan aproximadamente 1.6 kilómetros de ancho y decenas de metros de profundidad.
Parecen formarse cuando determinados materiales de la superficie se pierden o volatilizan.
Todavía son objeto de investigación.
Esto nos recuerda algo importante:
aunque hemos enviado naves hasta Mercurio…
todavía no lo sabemos todo.
Mercurio es difícil de estudiar desde la Tierra porque siempre aparece relativamente cerca del Sol en nuestro cielo.
Por eso las naves espaciales han sido fundamentales.
La primera en visitar Mercurio fue Mariner 10, lanzada por NASA en 1973.
Muchos años después llegó MESSENGER.
Esta nave se convirtió en la primera en orbitar Mercurio y permaneció estudiándolo durante más de cuatro años. Investigó su superficie, composición, historia geológica, campo magnético y depósitos de hielo polar.
Cada fotografía permitió conocer un mundo que durante miles de años solamente aparecía como un pequeño punto luminoso en el cielo.
Ahora reunamos lo aprendido.
Mercurio es:
el planeta más cercano al Sol,
el planeta más pequeño,
un mundo cubierto de cráteres,
un lugar donde el día puede superar los 400 °C,
un mundo donde la noche puede descender por debajo de −170 °C,
un planeta sin lunas,
un cuerpo que completa su año en solamente 88 días,
y, sorprendentemente, un lugar donde existe hielo de agua en cráteres permanentemente sombreados.
Aquello que parecía simplemente una pequeña esfera gris resulta ser un mundo extraordinario.
¿Por qué es importante estudiar Mercurio?
Porque comenzamos a descubrir que los planetas no son copias unos de otros.
Cada mundo posee características distintas.
Tamaño.
Distancia al Sol.
Atmósfera.
Temperatura.
Rotación.
Superficie.
Composición.
Mercurio nos enseña desde el comienzo de nuestro recorrido que cambiar unas pocas características puede producir un mundo completamente diferente.
Y pronto veremos esto todavía con mayor claridad cuando lleguemos a Venus.
El salmista escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
Durante miles de años las personas podían ver Mercurio en el cielo, aunque no podían conocer sus cráteres, temperaturas o depósitos de hielo.
Hoy podemos observarlo mediante telescopios.
Podemos enviar naves.
Podemos medir.
Podemos fotografiar.
Podemos descubrir.
Y desde una perspectiva cristiana, ese conocimiento puede convertirse en una invitación a maravillarnos ante la inmensidad y diversidad de la creación.
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Mercurio es solamente el primero de los planetas que visitaremos.
Ya encontramos un pequeño mundo que corre alrededor del Sol, soporta temperaturas extremas, posee una superficie cubierta de cicatrices y conserva hielo escondido en lugares donde nunca llega directamente la luz.
Y todavía nos quedan siete planetas.
Nuestro recorrido apenas comienza.
Desde la perspectiva bíblica, cada nuevo descubrimiento puede recordarnos que la creación es muchísimo más grande y diversa de lo que alcanzamos a contemplar desde nuestra pequeña región de la Tierra.
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
La próxima vez que vea el cielo cerca del amanecer o del atardecer y sepa que Mercurio se encuentra allí, recuerde:
Ese pequeño punto luminoso es en realidad un mundo de casi cinco mil kilómetros de diámetro, cubierto de cráteres, sometido a temperaturas extremas y viajando alrededor del Sol en solamente 88 días.
El primer pequeño mundo de nuestro viaje por el extraordinario Sistema Solar.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Cuando observamos Venus desde la Tierra, puede parecer uno de los objetos más hermosos del cielo.
Brilla intensamente.
A veces aparece poco después de la puesta del Sol.
Otras veces podemos verlo antes del amanecer.
Durante siglos, muchas personas lo han llamado “lucero de la mañana” o “lucero de la tarde”.
Pero detrás de aquel hermoso brillo se esconde uno de los lugares más extremos de todo nuestro Sistema Solar.
Venus está cubierto por una enorme capa de nubes.
Debajo de ellas existe un mundo rocoso, caliente y sometido a una presión extraordinaria.
Es un planeta que nos enseña algo muy importante:
dos mundos pueden tener tamaños parecidos y, sin embargo, poseer condiciones completamente diferentes.

Venus es el segundo planeta desde el Sol.
Mercurio está primero.
Después viene Venus.
Y luego encontramos la Tierra.
La distancia media entre Venus y el Sol es de aproximadamente 108 millones de kilómetros.
La Tierra está a unos 150 millones de kilómetros.
Eso significa que Venus recibe más energía solar que nuestro planeta.
Pero esa no es la única razón por la que Venus es tan caliente.
La verdadera sorpresa se encuentra en su atmósfera.

Venus tiene aproximadamente 12,104 kilómetros de diámetro.
La Tierra tiene unos 12,742 kilómetros.
Son tamaños bastante parecidos.
Por eso Venus ha sido llamado muchas veces el “gemelo” de la Tierra.
Ambos son planetas rocosos.
Ambos tienen tamaños semejantes.
Ambos poseen una superficie sólida.
Pero cuando observamos sus condiciones…
las semejanzas comienzan a desaparecer.

Desde el espacio no podemos ver directamente la superficie de Venus con nuestros ojos.
¿Por qué?
Porque el planeta está completamente cubierto por una atmósfera muy espesa y por nubes permanentes.
Estas nubes contienen principalmente pequeñas gotas de ácido sulfúrico.
Debajo de ellas existe una atmósfera compuesta principalmente por dióxido de carbono.
Imagine una enorme manta gaseosa rodeando completamente un planeta.
Eso es aproximadamente lo que ocurre en Venus.
Pero esta “manta” tiene consecuencias enormes.
Aquí aparece una de las mayores sorpresas.
Mercurio está más cerca del Sol.
Sin embargo, Venus es más caliente que Mercurio.
Su temperatura media superficial es de aproximadamente:
464 °C.
Eso equivale a unos 867 °F.
Es suficientemente caliente como para derretir algunos metales.
Y lo sorprendente es que esa temperatura extrema no ocurre solamente durante el día.
Gran parte de la superficie permanece extraordinariamente caliente tanto de día como de noche.
La respuesta principal se encuentra en su atmósfera.
El dióxido de carbono puede absorber y volver a emitir parte de la radiación infrarroja que intenta escapar desde la superficie.
En Venus este efecto es extraordinariamente intenso.
La energía solar entra.
La superficie se calienta.
El planeta emite energía nuevamente.
Pero la atmósfera extremadamente densa dificulta que esa energía escape con facilidad.
El resultado es un efecto invernadero extremo que mantiene la superficie a temperaturas extraordinariamente elevadas.
Así comprendemos algo importante:
no basta con conocer la distancia de un planeta al Sol.
También debemos conocer su atmósfera.
Venus no solamente es caliente.
Su presión atmosférica en la superficie es aproximadamente 92 veces mayor que la presión que sentimos al nivel del mar en la Tierra.
¿Cómo podemos imaginar algo semejante?
NASA compara esa presión con la que experimentaríamos aproximadamente 900 metros bajo el océano terrestre.
Piense en toda esa agua presionando desde arriba.
Ahora imagine experimentar una presión semejante…
sin estar debajo del agua.
Eso ocurre en la superficie de Venus.
Respire profundamente.
El aire que acaba de respirar contiene principalmente nitrógeno y oxígeno.
Venus es completamente diferente.
Su atmósfera está formada en gran parte por dióxido de carbono y contiene solamente cantidades muy pequeñas de otros gases.
No podríamos respirar allí.
Y aunque lleváramos oxígeno, tendríamos todavía otros problemas:
la temperatura,
la presión,
y las condiciones químicas de su atmósfera.
Venus es un magnífico ejemplo de lo importante que resulta una atmósfera para determinar las condiciones de un planeta.
Durante mucho tiempo, los seres humanos no podían saber con claridad cómo era la superficie.
Las nubes impedían observarla directamente.
Pero el radar puede atravesar esas nubes mucho mejor que la luz visible.
Gracias a observaciones desde naves espaciales, hoy sabemos que Venus posee:
grandes llanuras,
regiones elevadas,
cráteres,
y numerosos volcanes y estructuras volcánicas.
Es un mundo rocoso.
Pero su paisaje ha sido profundamente influido por la actividad geológica.

Venus posee una enorme cantidad de estructuras volcánicas.
Algunas regiones parecen estar cubiertas por extensas llanuras formadas por antiguos flujos de lava.
Los científicos continúan estudiando si existe actividad volcánica actualmente.
Radar e imágenes de distintas misiones han permitido identificar numerosas características que sugieren que Venus ha sido geológicamente muy activo.
Así que debajo de aquellas nubes doradas no encontramos un planeta tranquilo.
Encontramos un mundo transformado por enormes fuerzas internas.
Aquí aparece otra rareza.
Venus gira muy lentamente.
Necesita aproximadamente 243 días terrestres para completar una rotación sobre su eje.
Pero tarda aproximadamente 225 días terrestres en completar una vuelta alrededor del Sol.
Eso significa que:
un día de rotación de Venus dura más que su año.
Parece extraño.
Pero hay todavía otra sorpresa.
La mayoría de los planetas giran sobre su eje en una dirección determinada.
Venus gira en sentido contrario a la mayoría de ellos.
Si pudiéramos permanecer sobre su superficie y ver el Sol a través de las nubes, el movimiento aparente del Sol sería diferente del que observamos en la Tierra.
Es otra característica que hace de Venus un mundo muy peculiar.
La Tierra tiene una Luna.
Marte tiene dos.
Los planetas gigantes poseen muchas.
Venus, en cambio, no tiene ninguna luna conocida.
Tampoco posee un sistema de anillos.
Viaja alrededor del Sol acompañado únicamente por los demás cuerpos del Sistema Solar.
Enviar una nave a Venus es relativamente sencillo comparado con hacer que sobreviva sobre su superficie.
Allí encontramos:
temperaturas de alrededor de 464 °C
y
presiones cercanas a 92 veces las de la Tierra.
Los equipos electrónicos no soportan esas condiciones durante mucho tiempo.
A pesar de ello, distintas misiones consiguieron llegar.
La antigua Unión Soviética desarrolló el programa Venera.
Varias de aquellas sondas lograron atravesar la atmósfera y algunas consiguieron funcionar brevemente sobre la superficie.
NASA señala que diez sondas del programa Venera alcanzaron la superficie, aunque las condiciones extremas limitaron enormemente su duración.
Imagínelo.
Una máquina construida en la Tierra viajó millones de kilómetros…
descendió a través de las nubes de otro planeta…
y finalmente se posó sobre un terreno donde la temperatura podía destruirla rápidamente.
Incluso logramos obtener fotografías desde allí.
Las imágenes enviadas por las sondas Venera muestran un paisaje rocoso bajo una iluminación amarillenta.
Ningún ser humano ha caminado allí.
Solamente nuestras máquinas han conseguido contemplar ese mundo desde la superficie.
Esto nos recuerda lo extraordinario de la exploración espacial.
Nuestros ojos no pueden llegar físicamente hasta Venus.
Pero podemos construir instrumentos que viajan en nuestro lugar.
Una razón muy importante es que Venus y la Tierra tienen tamaños similares.
Sin embargo, sus condiciones actuales son radicalmente diferentes.
Estudiar Venus ayuda a los científicos a comprender mejor cómo la atmósfera, la geología y la energía solar interactúan para producir condiciones planetarias distintas.
Esto convierte a Venus en una especie de laboratorio natural.
Tenemos dos planetas rocosos de tamaño parecido…
pero uno posee océanos de agua líquida, temperaturas moderadas y una atmósfera que permite nuestra existencia.
El otro posee calor extremo, presión aplastante y una atmósfera dominada por dióxido de carbono.
Aquí aparece nuevamente una idea que hemos encontrado muchas veces.
Un planeta no depende solamente de una característica.
Importa su distancia al Sol.
Importa su atmósfera.
Importa su masa.
Importa su rotación.
Importa su composición.
Importa su historia geológica.
Cuando varias de estas características cambian, el resultado puede ser un mundo completamente diferente.
Venus es quizá uno de los ejemplos más impresionantes.
Piense en dos casas construidas con dimensiones semejantes.
Desde lejos pueden parecer casi iguales.
Pero imagine que una posee:
aire respirable,
agua,
temperatura agradable,
y condiciones para vivir.
Mientras la otra está llena de gases irrespirables, sometida a enorme presión y calentada hasta cientos de grados.
La forma exterior no basta para determinar si una casa es habitable.
Algo semejante ocurre con los planetas.
Ser parecido en tamaño a la Tierra no significa ser parecido a la Tierra en las condiciones que permiten nuestra vida.
Después de visitar Mercurio vimos un mundo sin una atmósfera importante, con diferencias extremas de temperatura.
Ahora llegamos a Venus y encontramos prácticamente el extremo contrario:
una atmósfera enorme.
Una presión extraordinaria.
Y un planeta todavía más caliente.
Entonces miramos nuevamente la Tierra.
Tenemos una atmósfera.
Pero no como la de Venus.
Tenemos un efecto invernadero natural.
Pero no con la intensidad venusina.
Tenemos agua líquida.
Podemos respirar.
Vivimos bajo una presión compatible con nuestro organismo.
Poco a poco comenzamos a descubrir que nuestro planeta posee una combinación muy particular de condiciones.
El profeta Isaías escribió:
“Porque así dijo Jehová, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso; no la creó en vano, para que fuese habitada la creó.”
Isaías 45:18
Este versículo no pretende describir Venus.
Tampoco explica dióxido de carbono, presión atmosférica o efectos invernadero.
Pero contiene una idea especialmente significativa para esta serie:
la Tierra fue preparada para ser habitada.
Cuando comparamos nuestro planeta con Venus, esas palabras adquieren una profundidad especial.
La ciencia nos permite conocer Venus.
Podemos medir su atmósfera.
Calcular su temperatura.
Estudiar sus volcanes.
Medir su presión.
Observarlo mediante radar.
Enviar naves hacia él.
Y cada descubrimiento nos ayuda a comprender mejor cómo funcionan los planetas.
Desde una perspectiva cristiana, también puede ayudarnos a apreciar de una manera nueva la extraordinaria provisión que encontramos en nuestro propio hogar.
David escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
Venus forma parte de esos cielos que contemplamos.
Desde aquí parece solamente un punto extraordinariamente brillante.
Pero ahora sabemos lo que existe detrás de aquella luz.
Un planeta casi del tamaño de la Tierra.
Cubierto completamente por nubes.
Con una atmósfera aplastante.
Una superficie volcánica.
Y temperaturas suficientemente elevadas para hacer imposible nuestra vida.
Aquella pequeña luz del cielo acaba de convertirse en un mundo.
Ya hemos visitado dos planetas.
Mercurio nos mostró lo que ocurre en un pequeño mundo casi sin atmósfera y muy cercano al Sol.
Venus nos muestra algo completamente diferente:
un planeta donde una atmósfera extremadamente densa ha transformado profundamente las condiciones de la superficie.
Y ahora llegamos al tercer planeta.
Una pequeña esfera azul.
Con océanos.
Nubes.
Vida.
Nuestro hogar.
La Tierra.
Y después de haber conocido Mercurio y Venus, quizá podamos mirarla con ojos diferentes.
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
Venus nos recuerda que no todos los planetas rocosos son iguales.
Y cuanto más conocemos a nuestros vecinos…
más extraordinario comienza a parecernos el mundo que Dios nos ha permitido habitar.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Nuestro viaje por el Sistema Solar ya nos ha llevado a dos mundos extraordinarios.
Mercurio nos mostró un pequeño planeta casi sin atmósfera, cubierto de cráteres y sometido a enormes cambios de temperatura.
Después visitamos Venus.
Allí encontramos casi lo contrario: una atmósfera extremadamente densa, una presión enorme y temperaturas suficientemente altas para hacer imposible nuestra vida.
Ahora continuamos alejándonos del Sol.
Y llegamos al tercer planeta:

Esta vez no estamos observando un mundo extraño desde una nave espacial.
Estamos contemplando nuestro hogar.
Y después de haber conocido un poco a Mercurio y Venus, algunas cosas que siempre nos parecieron normales comienzan a resultar extraordinarias.
La Tierra tiene aproximadamente:
12,742 kilómetros de diámetro.
No es el planeta más grande del Sistema Solar.
Júpiter es muchísimo mayor.
Tampoco es el más pequeño.
Mercurio es considerablemente menor.
La Tierra ocupa una posición intermedia entre los mundos rocosos.
Pero cuando observamos nuestro planeta desde el espacio existe algo que inmediatamente llama la atención:
es azul.
Eso ocurre porque alrededor del 71 % de su superficie está cubierta por agua.
Océanos inmensos.
Mares.
Lagos.
Ríos.
Hielo.
El agua forma parte de prácticamente todos los ambientes de nuestro planeta.

La Tierra se encuentra a una distancia media del Sol de aproximadamente:
150 millones de kilómetros.
Mercurio está mucho más cerca.
Venus también está más cerca.
Marte, nuestro siguiente vecino, se encuentra más lejos.
Esta distancia tiene consecuencias muy importantes porque determina parte de la cantidad de energía solar que recibe nuestro planeta.
Si estuviéramos considerablemente más cerca del Sol, recibiríamos más energía.
Si estuviéramos considerablemente más lejos, recibiríamos menos.
Pero la distancia no trabaja sola.
Aquí aparece nuevamente una idea que veremos muchas veces:
un planeta funciona como un sistema.
Respire profundamente.
Acaba de utilizar una de las características más importantes de nuestro planeta.
La Tierra posee una atmósfera compuesta principalmente por nitrógeno y oxígeno.
El nitrógeno representa aproximadamente el 78 %.
El oxígeno constituye alrededor del 21 %.
También existen pequeñas cantidades de otros gases.
Esta atmósfera permite algo que para nosotros resulta tan normal que casi nunca pensamos en ello:
respirar.
Pero hace mucho más.
Participa en la regulación de la temperatura.
Transporta vapor de agua.
Permite la formación de nubes.
Produce vientos.
Participa en el clima.
Y ayuda a proteger la superficie frente a determinadas formas de radiación procedentes del Sol y del espacio.
Aquí podemos hacer una comparación interesante.
Mercurio posee solamente una envoltura extremadamente tenue.
Venus posee una atmósfera enormemente densa.
La Tierra tiene una atmósfera muy diferente de ambas.
En Mercurio, el calor puede escapar rápidamente durante la larga noche.
En Venus, una atmósfera dominada por dióxido de carbono produce un efecto invernadero extremo.
En la Tierra existe un efecto invernadero natural que ayuda a mantener temperaturas compatibles con el agua líquida y con la vida que conocemos.
Esto nos permite comprender algo muy sencillo:
tener atmósfera no es suficiente.
También importa qué atmósfera tiene un planeta.

Hasta ahora, quizá la característica más evidente de nuestro hogar sea el agua.
La Tierra posee océanos líquidos sobre su superficie.
Esto requiere condiciones adecuadas de temperatura y presión.
Demasiado frío y el agua se congela.
Demasiado calor y aumenta considerablemente su evaporación.
Pero en nuestro planeta encontramos agua en sus tres estados:
sólido, líquido y gaseoso.
Hielo en las montañas y regiones polares.
Agua líquida en océanos, lagos y ríos.
Y vapor de agua en la atmósfera.
Además, el agua está circulando continuamente.
Se evapora.
Forma nubes.
Cae como lluvia o nieve.
Alimenta ríos.
Regresa al océano.
Y el ciclo vuelve a comenzar.
La Tierra completa aproximadamente una rotación cada 24 horas.
Ese movimiento produce la sucesión que conocemos desde que nacimos:
día y noche.
Una parte del planeta queda iluminada por el Sol.
Después la rotación la lleva hacia la oscuridad.
Durante el día la superficie recibe energía.
Durante la noche comienza a perder parte de ella.
Nuestros cuerpos responden también a este ritmo.
Dormimos.
Despertamos.
Trabajamos.
Descansamos.
Muchos animales y plantas también organizan sus actividades alrededor del ciclo de luz y oscuridad.

El eje terrestre, la maravilla que permite las estaciones del año
Nuestro planeta tampoco gira completamente derecho.
Su eje está inclinado aproximadamente 23.4 grados.
Mientras la Tierra viaja alrededor del Sol, esa inclinación modifica la manera en que diferentes regiones reciben la luz solar.
Así aparecen nuestras estaciones:
primavera, verano, otoño e invierno.
No se producen principalmente porque durante el verano estemos mucho más cerca del Sol.
La inclinación del eje es la razón principal.
Una característica aparentemente pequeña termina influyendo en el clima, la agricultura, la duración de los días y numerosos ciclos naturales.
La Tierra posee una compañera:
la Luna.
Está, en promedio, aproximadamente a 384,400 kilómetros de nosotros.
Su gravedad participa en las mareas de nuestros océanos.
Además, la Luna contribuye a limitar grandes variaciones de la inclinación del eje terrestre durante largos períodos.
Otra vez encontramos una conexión.
La Luna influye en el eje.
El eje influye en las estaciones.
Las estaciones modifican la cantidad de energía solar que reciben distintas regiones.
Y esa energía participa en el clima.
Una cosa se relaciona con otra.
La Tierra posee suficiente masa para producir una importante atracción gravitacional.
Gracias a ella permanecemos sobre la superficie.
Los océanos permanecen ligados al planeta.
La atmósfera también permanece gravitacionalmente unida a la Tierra.
La lluvia cae.
Los ríos descienden.
Nuestros músculos y huesos funcionan permanentemente bajo esta gravedad.
Aquella fuerza invisible participa continuamente en nuestra vida.
La Tierra tiene también un campo magnético global.
Podemos imaginarlo, de manera sencilla, como una enorme región invisible alrededor de nuestro planeta.
Este campo interactúa con las partículas cargadas procedentes del Sol y ayuda a desviar muchas de ellas.
Cuando algunas partículas solares interactúan con la atmósfera cerca de las regiones polares, podemos contemplar las extraordinarias:
Luces verdes, rojas y violetas moviéndose sobre el cielo nocturno.
Un hermoso espectáculo producido por la interacción entre nuestro planeta y su estrella.
La Tierra no es un océano completo.
Aproximadamente el 29 % de su superficie corresponde a tierra firme.
Allí encontramos:
montañas,
praderas,
ríos,
lagos,
suelos fértiles,
y una enorme diversidad de ambientes.
Los continentes modifican los vientos.
Las montañas influyen en la lluvia.
Los ríos transportan agua.
Los suelos permiten el crecimiento de plantas.
Y las plantas sostienen innumerables formas de vida.
Aquí encontramos la característica que resulta más importante para nosotros.
Mire alrededor.
Aves.
Insectos.
Animales.
Personas.
En los océanos existe vida.
En los bosques existe vida.
En los desiertos existe vida.
En las montañas existe vida.
Incluso encontramos organismos viviendo en ambientes que para nosotros resultarían extremos.
La Tierra posee una extraordinaria diversidad de seres vivos ocupando prácticamente todos los ambientes donde las condiciones lo permiten.
Sería demasiado sencillo decir:
“La Tierra tiene vida porque tiene agua.”
El agua es indispensable.
Pero necesita determinadas temperaturas.
Las temperaturas dependen, entre otras cosas, de la energía solar y de la atmósfera.
La atmósfera está relacionada con la gravedad del planeta.
La rotación participa en la distribución del calor.
La inclinación produce estaciones.
La Luna influye sobre las mareas y sobre la estabilidad del eje.
El campo magnético interactúa con el viento solar.
Los océanos almacenan y transportan calor.
Los continentes participan en el clima y en el ciclo del agua.
De pronto comprendemos algo:
la Tierra no depende de una sola característica favorable.
Depende de muchas condiciones funcionando simultáneamente.
Ahora coloquemos mentalmente juntos los tres primeros planetas.
Pequeño.
Casi sin atmósfera.
Temperaturas extremadamente variables.
Una superficie llena de cráteres.
Casi del tamaño de la Tierra.
Atmósfera extremadamente densa.
Presión enorme.
Temperaturas de alrededor de 464 °C.

Océanos líquidos.
Atmósfera rica en nitrógeno y oxígeno.
Temperaturas compatibles con los organismos que conocemos.
Un ciclo continuo del agua.
Continentes.
Luna.
Campo magnético.
Y una enorme diversidad de vida.
Tres mundos rocosos.
Relativamente próximos entre sí.
Y sin embargo…
completamente diferentes.
Podríamos pasar muchos artículos hablando solamente de la Tierra.
De hecho, hemos dedicado una serie completa a estudiar sus montañas, océanos, atmósfera, agua, gravedad, rotación, inclinación, Luna y otras características.
Por eso aquí no repetiremos todo aquel recorrido.
Nuestro propósito es simplemente mirar a la Tierra desde fuera, como uno de los planetas del Sistema Solar.
Y compararla con sus vecinos.
Cuando hacemos eso, nuestro hogar comienza a parecer todavía más extraordinario.
El profeta Isaías escribió unas palabras especialmente apropiadas cuando contemplamos nuestro planeta:
“Porque así dijo Jehová, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso; no la creó en vano, para que fuese habitada la creó.”
Isaías 45:18
Isaías no estaba describiendo la composición de nuestra atmósfera.
No estaba calculando 150 millones de kilómetros hasta el Sol.
No hablaba de campos magnéticos ni de inclinación axial.
Su propósito era otro.
Pero para el creyente resulta hermoso leer:
“para que fuese habitada la creó”.
Hoy podemos estudiar científicamente numerosas características que participan precisamente en hacer habitable nuestro planeta.
Tenemos satélites que observan la Tierra.
Medimos las temperaturas.
Estudiamos los océanos.
Observamos las nubes.
Seguimos huracanes.
Medimos el campo magnético.
Estudiamos la atmósfera.
Conocemos la composición de las rocas.
Podemos mirar nuestro planeta desde el espacio.
Y existe algo especialmente emocionante en aquellas fotografías.
Allí está toda nuestra historia humana.
Cada ciudad.
Cada hogar.
Cada montaña que hemos escalado.
Cada océano que hemos cruzado.
Cada persona que conocemos.
Todo sobre una pequeña esfera azul flotando en la inmensidad.
El salmista escribió:
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos,
La luna y las estrellas que tú formaste,
Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria…?”
Salmo 8:3-4
David contemplaba el cielo desde la Tierra.
Nosotros hemos tenido la oportunidad de hacer algo que él jamás pudo hacer:
mirar la Tierra desde el cielo.
Y aquella imagen ha permitido a generaciones enteras contemplar nuestro hogar de una manera nueva.
Una esfera azul.
Cubierta por una atmósfera finísima.
Rodeada por la oscuridad del espacio.
Llena de vida.
Hasta ahora hemos visitado:
Mercurio.
Venus.
La Tierra.
Ahora continuaremos alejándonos del Sol.
Dejaremos atrás nuestro hogar.
Cruzaremos el espacio entre las órbitas.
Y llegaremos a otro pequeño mundo rocoso.
Un planeta cubierto de polvo rojizo.
Con enormes volcanes.
Gigantescos cañones.
Casquetes polares.
Y robots construidos en la Tierra recorriendo su superficie.
Nuestro siguiente destino será:
Pero antes de marcharnos, mire nuevamente nuestro planeta.
Océanos.
Continentes.
Nubes.
Atmósfera.
Agua.
Vida.
Y recuerde las palabras del salmista:
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría;
La tierra está llena de tus beneficios.”
Salmo 104:24
Después de conocer a nuestros primeros vecinos planetarios, quizá podamos comprender un poco mejor algo que normalmente damos por sentado:
vivimos en un hogar verdaderamente extraordinario.
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Escucha música con propósito
Ya hemos visitado Mercurio, Venus y nuestro propio planeta, la Tierra.
Ahora continuamos alejándonos del Sol.
Después de cruzar millones de kilómetros de espacio llegamos al cuarto planeta del Sistema Solar.
Desde la Tierra puede verse como un pequeño punto rojizo en el cielo nocturno.
Por eso, desde tiempos antiguos, llamó poderosamente la atención de quienes contemplaban las estrellas.
Su nombre es:
Marte.

El planeta Marte
Hoy sabemos que aquel pequeño punto rojo es en realidad un mundo completo, con enormes montañas, volcanes gigantescos, profundos cañones, extensas llanuras, tormentas de polvo y casquetes de hielo en sus polos.
Y, además, es el único planeta cuya superficie hemos recorrido directamente con vehículos robóticos.
Marte es conocido como:
“el planeta rojo”.
Pero ¿por qué tiene ese color?
La respuesta está principalmente en los minerales de hierro presentes en sus rocas y suelo.
Esos minerales reaccionaron con oxígeno y formaron óxidos de hierro.
Es algo parecido a lo que ocurre cuando un objeto de hierro en la Tierra desarrolla herrumbre.
El polvo rico en óxidos de hierro cubre grandes regiones de Marte y le proporciona su característico color rojizo.
Incluso desde millones de kilómetros de distancia podemos distinguirlo.
El diámetro de Marte es de aproximadamente:
6,779 kilómetros.
El de la Tierra es de aproximadamente:
12,742 kilómetros.
Esto significa que el diámetro de Marte es un poco más de la mitad del terrestre.
También posee mucha menos masa que nuestro planeta.
Como consecuencia, su gravedad superficial es solamente alrededor del 38 % de la gravedad terrestre.
Imagine que en la Tierra una persona pesa 50 kilogramos.
Su masa seguiría siendo la misma en Marte, pero si utilizáramos coloquialmente una báscula calibrada como las terrestres, marcaría un peso equivalente a aproximadamente 19 kilogramos.
Allí sería mucho más fácil dar grandes saltos.
Aquí encontramos algo curioso.
Aunque Marte es muy diferente de la Tierra, la duración de su día es bastante parecida.
Un día marciano dura aproximadamente:
24 horas y 39 minutos.
Los científicos suelen llamar sol a un día marciano.
Así que cuando una misión lleva, por ejemplo, cien soles trabajando sobre Marte, significa que ha permanecido aproximadamente cien días marcianos sobre el planeta.
Marte está más lejos del Sol que la Tierra.
Su distancia media es de aproximadamente:
228 millones de kilómetros.
Por eso necesita recorrer una órbita mucho mayor.
Mientras la Tierra completa una vuelta alrededor del Sol en unos 365 días, Marte necesita aproximadamente:
687 días terrestres.
Un año marciano dura casi dos años terrestres.
Si celebráramos nuestros cumpleaños utilizando años marcianos, tendríamos que esperar mucho más entre uno y otro.
Marte posee un eje inclinado aproximadamente 25 grados, bastante parecido a la inclinación de la Tierra.
Como consecuencia, también experimenta estaciones.
Tiene primavera.
Verano.
Otoño.
Invierno.
Sin embargo, como su año es mucho más largo que el nuestro, sus estaciones también duran más.
Aquí encontramos una hermosa oportunidad para comparar dos planetas.
La Tierra y Marte poseen inclinaciones semejantes.
Ambos tienen estaciones.
Ambos tienen casquetes polares.
Y sus días tienen duraciones relativamente parecidas.
Pero sus condiciones superficiales son profundamente diferentes.
Marte posee atmósfera.
Pero es muchísimo más tenue que la terrestre.
Está compuesta principalmente por dióxido de carbono, con pequeñas cantidades de nitrógeno, argón y otros gases.
La presión atmosférica sobre su superficie es, en promedio, menos del uno por ciento de la presión que experimentamos al nivel del mar en la Tierra.
Por eso una persona no podría simplemente salir de una nave y comenzar a caminar por Marte.
Necesitaría protección y un suministro de oxígeno.
No existe aire respirable para nosotros.
Cuando vemos fotografías de Marte, algunas regiones pueden parecernos desiertos terrestres.
Pero no debemos dejarnos engañar.
Marte es frío.
Su temperatura media superficial es aproximadamente de:
−63 °C.
Las temperaturas cambian mucho dependiendo del lugar, la hora y la estación.
En determinadas condiciones cerca del ecuador durante el día pueden subir considerablemente, mientras que durante noches frías y en regiones polares pueden descender muy por debajo de −100 °C.
Un paisaje que parece un desierto cálido puede ser, en realidad, extraordinariamente frío.
Ahora llegamos a una de las maravillas de Marte.
Sobre su superficie se encuentra:

El volcán olimpo
El Monte Olimpo es el volcán más grande conocido del Sistema Solar.
Se eleva aproximadamente 22 kilómetros sobre el nivel de referencia marciano, dependiendo de cómo se realice la medición.
El monte Everest alcanza unos 8.8 kilómetros sobre el nivel del mar.
Olympus Mons es, por tanto, muchísimo más alto.
Pero su tamaño resulta todavía más difícil de imaginar cuando consideramos su anchura.
Su enorme estructura volcánica se extiende por cientos de kilómetros.
Si pudiéramos colocarnos cerca de él, probablemente no lo veríamos como una montaña puntiaguda completa porque sería demasiado grande para abarcarla desde nuestra posición.
Parecería más bien que el terreno se eleva lentamente hasta perderse en el horizonte.
En la Tierra, las grandes placas de la corteza se mueven.
Por eso un punto donde asciende magma puede ir formando diferentes volcanes conforme la placa se desplaza.
Marte no posee actualmente una tectónica de placas global como la terrestre.
Esto permitió que enormes cantidades de material volcánico se acumularan repetidamente en determinadas regiones.
El resultado fueron volcanes gigantescos.
Olympus Mons es el ejemplo más espectacular.
Si sus volcanes son enormes, sus cañones tampoco se quedan atrás.
Marte posee un gigantesco sistema de cañones llamado:

El valle Marineris
Se extiende aproximadamente 4,000 kilómetros.
En algunos lugares alcanza alrededor de 200 kilómetros de anchura y profundidades de varios kilómetros.
Es tan enorme que, si pudiéramos trasladarlo a la Tierra, atravesaría una parte considerable de un continente.
Nuestro famoso Gran Cañón de Arizona es impresionante.
Pero Valles Marineris pertenece a otra escala.
No principalmente.
Aunque existen evidencias de que el agua modificó distintas regiones de Marte, Valles Marineris parece haber comenzado principalmente mediante enormes fracturas y hundimientos de la corteza marciana, relacionados con la gigantesca región volcánica de Tharsis.
Posteriormente, deslizamientos de tierra, erosión y otros procesos modificaron sus paredes y su interior.
Es un buen ejemplo de por qué debemos estudiar cuidadosamente un paisaje antes de decidir cómo se formó.
Algo puede parecer un enorme cañón fluvial…
sin haberse formado de la misma manera que un cañón terrestre.
Si observamos Marte con suficiente detalle podemos distinguir regiones claras cerca de sus polos.
Son sus casquetes polares.
Contienen principalmente hielo de agua permanente, acompañado por dióxido de carbono congelado que aumenta y disminuye según las estaciones.
Durante el invierno marciano, parte del dióxido de carbono de la atmósfera puede congelarse sobre las regiones polares.
Cuando llega una estación más cálida, una parte vuelve a convertirse directamente en gas.
Los polos de Marte cambian con las estaciones.
Hoy sabemos que Marte posee hielo de agua.
Existe en sus regiones polares y también bajo partes de su superficie.
Además, numerosas estructuras del terreno muestran que en algún momento el agua líquida modificó regiones del planeta.
Se han identificado antiguos canales, deltas y minerales que normalmente se forman en presencia de agua.
Esto no significa que Marte esté actualmente cubierto por ríos y lagos.
No lo está.
Pero significa que el agua forma parte importante de la historia geológica del planeta.
Marte posee otro fenómeno espectacular:
las tormentas de polvo.
El polvo marciano es extremadamente fino.
Los vientos pueden levantarlo y transportarlo por grandes distancias.
Algunas tormentas son pequeñas y regionales.
Pero en determinadas ocasiones pueden crecer hasta afectar prácticamente todo el planeta.
Imagine contemplar desde el espacio cómo un mundo entero comienza a quedar oculto detrás de una gigantesca nube de polvo.
Eso puede ocurrir en Marte.
En la Tierra estamos acostumbrados a un cielo azul.
En Marte, el abundante polvo suspendido en la atmósfera produce normalmente un cielo de tonos rojizos o amarillentos durante el día.
Pero cerca del amanecer y del atardecer puede suceder algo sorprendente.
Alrededor del Sol pueden aparecer tonalidades azuladas.
Es casi lo contrario de lo que solemos observar en la Tierra, donde nuestro cielo es azul y los atardeceres frecuentemente adquieren tonos rojizos.
Marte no viaja completamente solo.
Tiene dos pequeñas lunas:
Fobos y Deimos.
Sus nombres significan aproximadamente “miedo” y “terror” en griego.
Son muchísimo más pequeñas que nuestra Luna y poseen formas irregulares.
Fobos es la mayor y orbita extraordinariamente cerca de Marte.
Deimos es más pequeña y se encuentra más lejos.
Desde la superficie marciana no parecerían una enorme Luna como la que contemplamos desde la Tierra.
Serían pequeños compañeros cruzando el cielo.

Existe algo especialmente emocionante acerca de Marte.
No solamente lo hemos observado desde lejos.
Hemos aterrizado allí.
Hemos colocado instrumentos sobre su superficie.
Y hemos enviado vehículos capaces de desplazarse por ella.
Los seres humanos todavía no hemos caminado sobre Marte.
Pero nuestros robots sí.
Spirit.
Opportunity.
Curiosity.
Perseverance.
Y otros exploradores han permitido estudiar directamente rocas, suelo, atmósfera y paisajes marcianos.
Incluso hemos hecho volar una pequeña aeronave en otro planeta.
El helicóptero Ingenuity realizó el primer vuelo controlado y motorizado en otro mundo.
La historia de esas máquinas es tan extraordinaria que merece nuestro siguiente artículo completo.
Algunas imágenes de Marte pueden resultar engañosas.
Vemos montañas.
Valles.
Rocas.
Dunas.
Hielo.
Y podemos pensar:
“Parece la Tierra”.
Pero mire las diferencias.
Su atmósfera es extremadamente tenue.
No podemos respirar.
La presión es muy baja.
Hace mucho frío.
No existen océanos líquidos sobre su superficie actual.
La radiación representa un problema importante.
Y las tormentas pueden llenar la atmósfera de polvo.
Marte nos recuerda nuevamente que parecerse a la Tierra en algunas características no significa ofrecer las mismas condiciones para la vida humana.
Ya podemos comparar:
Venus, Tierra y Marte.
Venus posee una atmósfera extremadamente densa y temperaturas cercanas a 464 °C.
La Tierra posee océanos líquidos, una atmósfera adecuada para nuestra respiración y una enorme diversidad de vida.
Marte posee una atmósfera muy tenue y una temperatura media cercana a −63 °C.
Tres planetas rocosos.
Tres vecinos.
Tres ambientes extraordinariamente diferentes.
Una vez más comprendemos que las condiciones de un planeta dependen de muchos factores actuando simultáneamente.
David escribió:
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos,
La luna y las estrellas que tú formaste,
Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria…?”
Salmo 8:3-4
David nunca vio una fotografía de Marte.
No conoció Olympus Mons.
Nunca contempló Valles Marineris.
No sabía que existían casquetes polares en aquel pequeño punto rojizo del cielo.
Nosotros tenemos el privilegio de conocer cosas que durante miles de años estuvieron fuera del alcance de los seres humanos.
Y ese conocimiento puede producir humildad.
Nuestro planeta no es todo lo que existe.
Vivimos dentro de una creación inmensamente mayor.
La Biblia no fue escrita para enseñarnos geología marciana.
No explica volcanes de Marte, presión atmosférica o temperaturas planetarias.
Para conocer estas cosas utilizamos la observación, las matemáticas, los telescopios y las naves espaciales.
Pero para el creyente no existe necesidad de enfrentar ciencia y fe.
Podemos estudiar cómo funciona Marte…
y al mismo tiempo maravillarnos ante la inmensidad de la creación.
El salmista declaró:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
Durante generaciones, Marte fue simplemente una luz rojiza en el cielo.
Hoy conocemos montañas que se elevan más de veinte kilómetros.
Cañones que recorren miles de kilómetros.
Casquetes de hielo.
Tormentas gigantescas.
Dos pequeñas lunas.
Antiguas señales de actividad del agua.
Y vehículos construidos por seres humanos recorriendo lentamente su superficie.
Cada descubrimiento transforma aquel pequeño punto luminoso en algo mucho más extraordinario.
Y todavía quedan muchas preguntas por responder.
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Marte nos invita precisamente a hacer eso:
mirar,
preguntar,
investigar,
aprender,
y maravillarnos.
Porque incluso un mundo frío y aparentemente desolado puede enseñarnos cuánto nos falta por descubrir acerca del extraordinario Sistema Solar del que formamos parte.
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