Por el Dr. Elio M Rivera

  Primavera, verano, otoño e invierno parecen formar parte natural de nuestra existencia. Cambia la temperatura, los días se alargan o se acortan, aparecen flores, caen hojas, algunos animales migran y otros modifican profundamente su comportamiento. Sin embargo, detrás de esos cambios existe un mecanismo astronómico sorprendentemente sencillo: la Tierra gira alrededor del Sol con su eje inclinado.

  El eje terrestre presenta una inclinación de aproximadamente 23.4 grados respecto de la perpendicular al plano de su órbita. Mientras nuestro planeta recorre su trayectoria alrededor del Sol, esa inclinación hace que cada hemisferio reciba diferentes cantidades y duraciones de luz solar durante el año.

  El resultado no es solamente un cambio de temperatura. Las estaciones establecen ritmos que afectan plantas, animales, agricultura, disponibilidad de alimento y numerosos ciclos naturales.

Las estaciones no ocurren porque nos acerquemos al Sol

  Una idea común es pensar que el verano ocurre cuando la Tierra está más cerca del Sol y el invierno cuando está más lejos.

  Pero esto no explica las estaciones.

  De hecho, cuando es verano en el hemisferio norte es invierno en el hemisferio sur.

  La causa principal es la inclinación del eje terrestre.

  Cuando un hemisferio está inclinado hacia el Sol, recibe luz más directa y tiene días más largos. Cuando queda inclinado en dirección contraria, la luz llega menos directamente y los días son más cortos.

La inclinación cambia el ángulo de la luz

  Imaginemos la misma cantidad de luz iluminando dos superficies.

  Si llega casi perpendicularmente, la energía queda concentrada sobre un área menor.

  Si llega muy inclinada, se distribuye sobre una superficie mayor.

  Durante el verano, la luz solar llega de manera más directa a un hemisferio y permanece durante más horas.

  Durante el invierno ocurre lo contrario.

  La geometría modifica la cantidad de energía recibida.

Los días también cambian de duración

  Las estaciones no dependen solamente del ángulo de la luz.

  También cambia cuánto tiempo permanece el Sol sobre el horizonte.

  Durante el verano los días son más largos.

  Durante el invierno son más cortos.

  Eso significa que la superficie dispone de más o menos tiempo para recibir energía solar.

  Ángulo y duración trabajan conjuntamente.

Dos hemisferios, estaciones opuestas

  Cuando el hemisferio norte está inclinado hacia el Sol, allí ocurre el verano.

  Al mismo tiempo, el hemisferio sur está inclinado en sentido contrario y experimenta invierno.

  Seis meses después ocurre lo contrario.

  Mientras unos celebran días largos y cálidos, otros viven noches más prolongadas y temperaturas más bajas.

  Un solo planeta mantiene simultáneamente estaciones diferentes.

Los solsticios

  Dos momentos del año reciben el nombre de solsticios.

  Cerca del solsticio de junio, el hemisferio norte alcanza su mayor inclinación hacia el Sol y experimenta su período de mayor duración del día, mientras el hemisferio sur experimenta condiciones opuestas.

  Cerca del solsticio de diciembre sucede lo contrario.

  Estos acontecimientos marcan puntos importantes del ciclo anual.

Los equinoccios

  Entre los solsticios encontramos los equinoccios, aproximadamente en marzo y septiembre.

  Durante estos momentos, la geometría de iluminación de la Tierra hace que día y noche tengan duraciones cercanas a doce horas en gran parte del planeta.

  Los equinoccios están asociados con el comienzo astronómico de primavera y otoño, dependiendo del hemisferio.

  El ciclo vuelve a repetirse cada año.

La primavera — cuando muchas plantas responden a la luz

  Cuando aumentan las temperaturas y las horas de luz, numerosas plantas comienzan nuevos períodos de crecimiento.

  Aparecen hojas.

  Se desarrollan flores.

  Insectos polinizadores encuentran nuevamente alimento.

  Aves comienzan períodos reproductivos.

  La primavera muestra cómo un cambio astronómico puede terminar produciendo una explosión de actividad biológica.

Las plantas pueden medir la duración de la noche

  Una de las capacidades más sorprendentes de muchas plantas es responder al fotoperíodo, es decir, a los cambios en la duración relativa del día y la noche.

  Esto puede influir en procesos como floración, crecimiento y dormancia.

  La planta no necesita un calendario.

  Utiliza señales ambientales.

  El movimiento de la Tierra alrededor del Sol termina convirtiéndose en información biológica.

El verano — tiempo de abundante energía solar

  Durante el verano de un hemisferio, los días prolongados proporcionan más horas de radiación solar.

  Las plantas pueden disponer de condiciones favorables para la fotosíntesis y numerosos animales encuentran abundancia de alimento.

  Para muchas especies es una temporada crucial para crecer y reproducirse.

  La energía recibida desde una estrella situada a unos ciento cincuenta millones de kilómetros termina alimentando ecosistemas enteros.

El otoño — prepararse antes del frío

  Cuando los días comienzan a acortarse, numerosos organismos responden.

  En muchos árboles caducifolios disminuye la producción de clorofila y aparecen colores que anteriormente estaban ocultos por el verde dominante.

  Finalmente las hojas caen.

  Perderlas ayuda a determinados árboles a enfrentar las condiciones del invierno reduciendo superficies vulnerables y ciertas pérdidas de agua.

  El cambio que admiramos por su belleza también cumple funciones biológicas.

El invierno — sobrevivir con menos energía disponible

  En regiones con estaciones marcadas, el invierno puede presentar bajas temperaturas y menor disponibilidad de alimento.

  Los organismos responden de diferentes maneras.

  Algunos almacenan reservas.

  Otros disminuyen su actividad.

  Algunos entran en estados de dormancia o hibernación.

  Otros abandonan completamente la región.

  Cada estrategia responde al mismo desafío de manera diferente.

Las migraciones — viajar siguiendo las estaciones

  Muchas aves realizan migraciones extraordinarias.

  Cuando cambian las estaciones, recorren cientos o miles de kilómetros buscando alimento, temperaturas apropiadas o lugares para reproducirse.

  Para realizar esos viajes pueden utilizar el Sol, estrellas, referencias geográficas, olores y señales relacionadas con el campo magnético terrestre, dependiendo de la especie.

  El cambio de estación puede poner en movimiento poblaciones enteras.

Los animales también poseen relojes internos

  Muchos organismos presentan ritmos biológicos que responden a señales ambientales como luz y temperatura.

  Estos mecanismos ayudan a coordinar reproducción, migración, alimentación, cambio de pelaje y otros comportamientos.

  La naturaleza está llena de relojes.

  El día produce ritmos diarios.

  El año produce ritmos estacionales.

La agricultura depende profundamente de las estaciones

  Desde los primeros agricultores, el ser humano ha necesitado comprender cuándo sembrar y cuándo cosechar.

  Temperatura, lluvia y duración del día afectan profundamente los cultivos.

  Las estaciones organizaron calendarios, celebraciones y actividades de civilizaciones enteras.

  Incluso nuestra manera de medir el año está relacionada con el recorrido de la Tierra alrededor del Sol.

La Biblia reconoce este ritmo

  Después del diluvio encontramos una declaración relacionada con la continuidad de los ciclos terrestres:

“Mientras la tierra permanezca, no cesarán la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, y el día y la noche.”
(Génesis 8:22)

  Para una sociedad agrícola, estas palabras tenían un significado profundo.

  Sembrar y cosechar dependían del ritmo de las estaciones.

Hay tiempo para cada cosa

  Eclesiastés utiliza los ciclos de la vida para expresar una verdad conocida por toda persona que observa la naturaleza:

“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.”
(Eclesiastés 3:1)

  La creación está llena de ritmos.

  Día y noche.

  Siembra y cosecha.

  Floración y caída de hojas.

  Migración y regreso.

  Actividad y descanso.

El calendario está escrito también en el cielo

  Génesis declara:

“Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche; y sirvan de señales para las estaciones, para días y años.”
(Génesis 1:14)

  El movimiento de los cuerpos celestes ha permitido al ser humano medir el tiempo desde la antigüedad.

  El día está relacionado con la rotación terrestre.

  El año con nuestra órbita alrededor del Sol.

  Y las estaciones con esa órbita combinada con la inclinación del eje.

Una inclinación que transforma todo el planeta

  La Biblia no pretende explicar el fotoperíodo, la geometría orbital o la fisiología estacional mediante lenguaje científico. Estas preguntas corresponden a la astronomía, física y biología.

  Sin embargo, las Escrituras reconocen repetidamente la existencia de estaciones, tiempos de siembra, cosecha, frío y calor.

  Lo extraordinario es descubrir los mecanismos que existen detrás de esos ritmos.

  La Tierra viaja alrededor del Sol mientras mantiene su eje inclinado. Esa sencilla geometría cambia la duración de los días y el ángulo de la luz. Después, esos cambios afectan temperaturas, plantas, animales, migraciones y agricultura.

  Desde la perspectiva bíblica, comprender estos mecanismos aumenta nuestra admiración. Las estaciones nos recuerdan que nuestro planeta vive dentro de un extraordinario ritmo: primavera, verano, otoño e invierno se suceden mientras la Tierra continúa su recorrido alrededor del Sol, marcando tiempos de crecimiento, abundancia, preparación y descanso en innumerables formas de vida.

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Por el Dr. Elio M Rivera

  Mientras leemos estas palabras, dentro de nuestro cuerpo está ocurriendo un proceso extraordinario. Algunas células están creciendo, otras reparando tejidos y otras preparándose para dividirse. Sin que podamos sentirlo, innumerables estructuras microscópicas trabajan de manera coordinada para conservar y renovar nuestro organismo.

  La división celular es el proceso mediante el cual una célula origina nuevas células. Gracias a ella un organismo puede crecer, reemplazar células que han cumplido su función y reparar muchos tejidos después de una lesión.

  Pero dividir una célula representa un desafío enorme. Antes de hacerlo debe copiar su ADN, organizar el material genético, separarlo correctamente y distribuirlo entre las células resultantes. No basta con partirse por la mitad. Existe una secuencia altamente regulada de acontecimientos.

Una biblioteca microscópica dentro de la célula

  En el núcleo de muchas células humanas se encuentra el ADN, una molécula que contiene información necesaria para numerosas funciones celulares.

  Si una célula va a producir dos células, esa información debe copiarse previamente.

  El ADN humano contiene aproximadamente tres mil millones de pares de bases en un conjunto haploide. Antes de una división mitótica, el material genético debe replicarse con enorme precisión.

  La célula dispone de complejos moleculares encargados de realizar esta tarea y de mecanismos que ayudan a detectar y corregir numerosos errores.

Antes de la mitosis primero debe copiarse el ADN

  La célula pasa gran parte de su existencia en una etapa conocida como interfase.

  Durante este período crece, realiza sus funciones y, cuando corresponde, duplica su ADN.

  La replicación no comienza simplemente desde un extremo de cada cromosoma para avanzar hasta el otro. En los cromosomas humanos existen numerosos puntos desde los cuales puede iniciarse simultáneamente la copia.

  Esto permite realizar una tarea gigantesca de manera organizada y eficiente.

Copiar no significa hacerlo sin supervisión

  Durante la replicación participan enzimas especializadas.

  Algunas abren la doble hélice.

  Otras sintetizan nuevas cadenas.

  Otras ayudan a corregir determinados errores.

  También existen mecanismos posteriores de reparación del ADN.

  La estabilidad genética depende de múltiples procesos trabajando conjuntamente.

Los cromosomas comienzan a hacerse visibles

  Cuando se aproxima la división, el ADN se compacta progresivamente.

  En lugar de permanecer distribuido de manera extensa dentro del núcleo, forma estructuras organizadas conocidas como cromosomas.

  Una célula humana somática típica contiene cuarenta y seis cromosomas, organizados en veintitrés pares.

  Después de la replicación, cada cromosoma posee dos copias asociadas llamadas cromátidas hermanas.

  Ahora deben separarse correctamente.

El huso mitótico — una maquinaria de distribución

  Durante la mitosis aparece una estructura extraordinaria llamada huso mitótico.

  Está formada principalmente por microtúbulos, estructuras proteicas dinámicas capaces de crecer y acortarse.

  Estos microtúbulos interactúan con regiones especializadas de los cromosomas mediante complejos llamados cinetocoros.

  El objetivo es extraordinariamente preciso: organizar los cromosomas y posteriormente distribuir las cromátidas hacia lados opuestos de la célula.

Los cromosomas se colocan en el centro

  Durante la metafase, los cromosomas quedan organizados aproximadamente en la región central de la célula.

  Pero antes de permitir la separación existe un importante mecanismo de control.

  La célula verifica que los cromosomas se encuentren apropiadamente conectados con el sistema encargado de separarlos.

  Si existen problemas, determinadas señales pueden retrasar el avance.

  La división posee puntos de control.

Llega el momento de separarlos

  Durante la anafase, las cromátidas hermanas se separan.

  Los microtúbulos y proteínas asociadas participan en el desplazamiento del material genético hacia regiones opuestas.

  Aquello que minutos antes se encontraba reunido en el centro comienza a convertirse en dos grupos.

  Cada futura célula necesita recibir una colección apropiada de cromosomas.

Dos núcleos comienzan a aparecer

  Durante la telofase, los cromosomas llegan a regiones opuestas y comienzan a descompactarse.

  Se reorganizan las envolturas nucleares alrededor de cada grupo.

  Una célula que comenzó con un núcleo duplicado en contenido genético termina preparando dos núcleos separados.

  Pero todavía falta dividir el resto de la célula.

La citocinesis — la separación final

  Después, o parcialmente al mismo tiempo que las etapas finales de la mitosis, ocurre la citocinesis.

  En las células animales se forma un anillo contráctil compuesto principalmente por actina y miosina.

  Este anillo comienza a estrechar la célula.

  Finalmente se produce la separación.

  Donde antes existía una célula ahora existen dos.

Todo comenzó con una sola célula

  Una de las dimensiones más impresionantes de la división celular aparece al considerar el desarrollo humano.

  Después de la fecundación se forma una célula llamada cigoto.

  Esa célula comienza a dividirse.

  Dos células.

  Después cuatro.

  Después más.

  Las divisiones continúan mientras también comienzan procesos de diferenciación y organización.

  Finalmente se desarrolla un organismo compuesto por billones de células.

Pero las células no solamente deben multiplicarse

  Si todas las células hicieran exactamente lo mismo, no existirían músculos, piel, huesos, neuronas o sangre.

  Durante el desarrollo, diferentes células utilizan distintas partes de la información genética y adquieren características especializadas.

  Una neurona y una célula muscular contienen esencialmente la misma información genética, pero expresan conjuntos diferentes de genes.

  La información es importante.

  Pero también lo es cuándo, dónde y cómo se utiliza.

La piel necesita renovación constante

  Muchas células de nuestra piel se reemplazan continuamente.

  En regiones profundas de la epidermis existen células capaces de dividirse.

  Sus descendientes se desplazan, maduran y finalmente reemplazan células superficiales que se pierden.

  Lo mismo ocurre, con diferentes ritmos y mecanismos, en numerosos tejidos.

  Nuestro cuerpo no es una estructura estática.

El intestino se renueva rápidamente

  El revestimiento intestinal está sometido a desgaste constante.

  Por eso contiene poblaciones de células madre que producen nuevas células de manera continua.

  Estas células se diferencian posteriormente en varios tipos especializados.

  La división celular permite conservar una superficie indispensable para absorción y protección.

La médula ósea produce células sanguíneas

  Los glóbulos rojos no viven indefinidamente.

  Tampoco muchas células inmunológicas.

  Por eso la médula ósea mantiene células madre hematopoyéticas capaces de producir nuevas células sanguíneas.

  Cada día deben generarse enormes cantidades para reemplazar las que se pierden.

  Mientras vivimos nuestra vida cotidiana, una verdadera fábrica microscópica funciona dentro de nuestros huesos.

Una herida activa procesos de reparación

  Cuando nos cortamos, ocurre una serie coordinada de acontecimientos.

  Primero debe controlarse el sangrado.

  Después aparecen procesos inflamatorios.

  Células inmunológicas participan en la limpieza.

  Fibroblastos producen componentes de tejido.

  Células epiteliales proliferan y migran.

  Finalmente el tejido comienza a reconstruirse.

  La división celular forma parte importante de esa reparación.

Pero dividirse demasiado también es peligroso

  La proliferación celular debe estar regulada.

  Una célula no debería dividirse simplemente porque puede hacerlo.

  Recibe señales, responde a su entorno y pasa por mecanismos de control.

  Cuando se acumulan alteraciones que afectan estos sistemas, algunas células pueden comenzar a proliferar de manera descontrolada.

  Este principio constituye una parte fundamental de la biología del cáncer.

Los puntos de control protegen la división

  El ciclo celular posee mecanismos reguladores que ayudan a determinar si una célula debe continuar.

  ¿El ADN se encuentra en condiciones apropiadas?

  ¿Se completó correctamente la replicación?

  ¿Los cromosomas están preparados para separarse?

  Cuando aparecen ciertos problemas, el ciclo puede detenerse temporalmente.

  En determinadas circunstancias, una célula puede activar programas que conducen a su eliminación.

Una célula también puede recibir la orden de morir

  Existe un proceso regulado conocido como apoptosis.

  No es simplemente una célula destruyéndose accidentalmente.

  Es un programa molecular mediante el cual determinadas células pueden ser eliminadas de manera organizada.

  La apoptosis participa en el desarrollo, mantenimiento de tejidos y eliminación de algunas células dañadas.

  La vida de un organismo depende tanto de producir células como de eliminar algunas en el momento apropiado.

La meiosis — una división diferente

  No todas las divisiones celulares producen el mismo resultado.

  Para la reproducción sexual existe otro proceso llamado meiosis.

  En los seres humanos, la meiosis participa en la producción de óvulos y espermatozoides.

  Mientras las células somáticas normalmente poseen cuarenta y seis cromosomas, los gametos maduros poseen veintitrés.

  Cuando óvulo y espermatozoide se unen, se restablece el número característico de cuarenta y seis.

Veintitrés del padre y veintitrés de la madre

  Durante la fecundación, el espermatozoide aporta un conjunto de cromosomas y el óvulo otro.

  Se forma entonces una nueva combinación genética.

  La primera célula del nuevo organismo contiene información procedente de ambos padres.

  Después comienza la extraordinaria secuencia de divisiones que permitirá el desarrollo.

Un problema microscópico puede tener grandes consecuencias

  La correcta distribución de cromosomas es fundamental.

  Si ocurre un error, una célula puede recibir un número incorrecto de cromosomas.

  Algunas alteraciones son incompatibles con el desarrollo.

  Otras pueden producir condiciones genéticas conocidas.

  Esto demuestra la importancia de la precisión requerida durante la división.

Miles de millones de componentes trabajando coordinadamente

  Para que una célula se divida no basta con copiar ADN.

  Necesita energía.

  Proteínas.

  Membranas.

  Microtúbulos.

  Sistemas de transporte.

  Enzimas.

  Señales químicas.

  Mecanismos de reparación y control.

  Una división celular es un acontecimiento integrado que involucra gran parte de la organización interna de la célula.

El Salmo 139 y la formación de la vida

  David escribió:

“Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre.”
(Salmo 139:13)

  Y continúa:

“Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras.”
(Salmo 139:14)

  David no conocía cromosomas, ADN, microtúbulos o mitosis. No estaba intentando escribir un tratado de biología celular.

  Contemplaba el misterio de la formación humana y respondía con asombro.

  Hoy podemos observar procesos que para él eran completamente invisibles.

De una célula a un organismo completo

  Quizá esta sea una de las realidades más impresionantes de toda la biología.

  Cada ser humano comenzó su desarrollo como una sola célula.

  Esa célula se dividió.

  Sus descendientes volvieron a dividirse.

  Pero simultáneamente comenzaron a organizarse, especializarse y comunicarse.

  Aparecieron tejidos.

  Después órganos.

  Después sistemas completos.

  El resultado final no es simplemente una gran colección de células, sino un organismo integrado.

Una maravilla que ocurre sin que podamos verla

  La Biblia no pretende explicar ADN, cromosomas, mitosis, meiosis o puntos de control mediante lenguaje científico. Estas preguntas corresponden a la genética, biología molecular y biología celular.

  Sin embargo, cuanto más conocemos estos mecanismos, más extraordinaria resulta la formación y conservación de la vida.

  Una célula copia una enorme cantidad de información genética. Organiza sus cromosomas. Construye un sistema microscópico para separarlos. Comprueba determinadas etapas. Divide su contenido y finalmente produce nuevas células capaces de continuar funcionando.

  Y este proceso se repite continuamente dentro de nuestro organismo.

  Desde la perspectiva bíblica, comprenderlo aumenta nuestra admiración. La división celular nos recuerda que algunas de las maravillas más extraordinarias de la creación no se encuentran en enormes montañas o galaxias lejanas, sino dentro de nosotros: en células microscópicas capaces de copiar información, organizarla y transmitirla mientras construyen, reparan y mantienen la vida.

Referencias

Escrituras consultadas

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Por el Dr. Elio M Rivera

  Existe un mundo extraordinario a nuestro alrededor que permaneció oculto para el ser humano durante gran parte de la historia. Está en el suelo que pisamos, en los océanos, sobre las plantas, en los alimentos y también dentro de nuestro organismo. Sus habitantes son tan pequeños que muchos no pueden observarse a simple vista. Son los microorganismos.

  Cuando escuchamos palabras como bacteria o microbio, muchas personas piensan inmediatamente en enfermedad. Sin embargo, esa imagen es incompleta. Algunos microorganismos pueden producir enfermedades, pero una enorme cantidad participa en procesos indispensables: descomponen materia orgánica, reciclan nutrientes, intervienen en ciclos químicos, colaboran con plantas y animales y forman comunidades asociadas con el cuerpo humano.

  Lo sorprendente es comprender que gran parte del funcionamiento de nuestro planeta depende de organismos que normalmente nunca vemos.

Los microrganismos, un mundo que permaneció escondido

  Durante siglos nadie sabía que existían microorganismos.

  En el siglo XVII, utilizando microscopios, Antonie van Leeuwenhoek observó pequeños seres en muestras de agua y otras sustancias. Ante sus ojos apareció un universo completamente desconocido.

  Hoy sabemos que existen bacterias, arqueas, protozoos, numerosas algas microscópicas y hongos microscópicos, entre otros organismos diminutos.

  La invención del microscopio no creó ese mundo.

  Simplemente permitió que finalmente pudiéramos verlo.

Pequeños, pero extraordinariamente abundantes

  Una pequeña cantidad de suelo puede contener enormes poblaciones microbianas.

  El agua también alberga comunidades microscópicas.

  Nuestro cuerpo contiene extensas poblaciones de microorganismos, especialmente sobre la piel y en el aparato digestivo.

  Su pequeño tamaño permite que cantidades inmensas ocupen espacios relativamente reducidos.

  Lo invisible puede ser extraordinariamente abundante.

Una bacteria es una célula completa

  Las bacterias son organismos unicelulares.

  Una sola célula debe realizar las funciones necesarias para mantenerse: obtener nutrientes, producir energía, fabricar proteínas, responder al ambiente y reproducirse.

  Aunque carecen de un núcleo como el de nuestras células, contienen ADN y poseen una organización molecular extraordinariamente compleja.

  Ser microscópico no significa ser simple.

Una maquinaria para fabricar proteínas

  Dentro de las células bacterianas existen estructuras llamadas ribosomas.

  Estos utilizan información procedente del ARN mensajero para ensamblar aminoácidos y producir proteínas.

  Las proteínas resultantes cumplen innumerables funciones: actúan como enzimas, forman estructuras, transportan sustancias y participan en numerosos procesos celulares.

  Incluso una célula diminuta necesita sistemas coordinados para manejar información y convertirla en estructuras funcionales.

Los microorganismos reciclan la materia

  Imaginemos un bosque donde las hojas caídas, ramas y organismos muertos nunca fueran descompuestos.

  Los nutrientes quedarían atrapados en esa materia.

  Bacterias y hongos participan activamente en la descomposición.

  Transforman moléculas complejas y permiten que elementos químicos regresen al suelo, agua y atmósfera.

  Después pueden ser utilizados nuevamente por otros organismos.

  La muerte de un organismo puede proporcionar materiales para nueva vida.

Un planeta necesita reciclar

  La Tierra posee una cantidad limitada de muchos elementos esenciales.

  Carbono, nitrógeno, fósforo y otros elementos circulan continuamente entre organismos y ambiente.

  Los microorganismos participan de manera decisiva en estos ciclos.

  Sin ellos, numerosos nutrientes no estarían disponibles en las formas que plantas y otros organismos necesitan.

  La vida depende de sistemas de reciclaje.

El extraordinario ciclo del nitrógeno

  El nitrógeno es indispensable para proteínas y ácidos nucleicos.

  Nuestra atmósfera contiene gran cantidad de nitrógeno molecular, pero la mayoría de los organismos no puede utilizarlo directamente.

  Determinadas bacterias y arqueas pueden transformar compuestos nitrogenados mediante procesos especializados.

  Algunos microorganismos realizan fijación de nitrógeno, convirtiendo nitrógeno atmosférico en formas que posteriormente pueden incorporarse a sistemas biológicos.

  Una actividad microscópica termina contribuyendo al crecimiento de ecosistemas completos.

Los microrganismos, tienen poder para sustentar un bosque

Microorganismos trabajando con las plantas

  Algunas bacterias viven asociadas con las raíces de determinadas plantas.

  En las leguminosas, por ejemplo, ciertas bacterias pueden establecer asociaciones en estructuras llamadas nódulos radiculares.

  La planta proporciona compuestos energéticos y un ambiente apropiado.

  Los microorganismos participan en la fijación de nitrógeno.

  Dos formas de vida diferentes colaboran y ambas obtienen beneficios.

Los hongos también forman alianzas

  Numerosas plantas mantienen asociaciones con hongos conocidas como micorrizas.

  Los filamentos del hongo se extienden por el suelo y pueden aumentar enormemente el área desde donde se absorben determinados nutrientes y agua.

  La planta proporciona al hongo compuestos de carbono producidos mediante fotosíntesis.

  Bajo nuestros pies existen redes biológicas que normalmente pasan completamente inadvertidas.

El océano también depende de seres microscópicos

  Cuando contemplamos el océano pensamos en ballenas, peces, delfines y corales.

  Pero gran parte de su actividad biológica comienza con organismos microscópicos.

  El fitoplancton incluye organismos fotosintéticos diminutos que utilizan energía solar y participan enormemente en la producción primaria de los océanos.

  Sirven además como base alimentaria directa o indirecta para numerosas criaturas.

  Un gigante marino puede depender finalmente de procesos que comienzan con seres microscópicos.

Microorganismos y oxígeno

  Organismos fotosintéticos microscópicos presentes en ambientes acuáticos participan significativamente en la producción global de oxígeno.

  Entre ellos se encuentran cianobacterias y diversas microalgas.

  Cuando realizan fotosíntesis utilizan dióxido de carbono y liberan oxígeno.

  Una parte importante de los procesos que mantienen la composición atmosférica está relacionada con organismos que apenas podemos ver sin instrumentos.

La flora bacteriana dentro del Intestino

También viven dentro de nosotros

  El cuerpo humano alberga comunidades de microorganismos conocidas colectivamente como microbiota.

  El intestino contiene una de las comunidades más estudiadas.

  Estos microorganismos interactúan con los alimentos, producen diversas moléculas y mantienen relaciones complejas con nuestras células y sistema inmunológico.

  No somos organismos completamente aislados.

  Vivimos acompañados por un ecosistema microscópico.

Algunas bacterias producen vitaminas

  Determinadas bacterias intestinales pueden producir compuestos que nuestro organismo utiliza, incluyendo algunas vitaminas.

  También metabolizan componentes de los alimentos que nuestras propias enzimas no procesan completamente.

  Los productos resultantes pueden interactuar con las células intestinales y otros sistemas.

  La relación entre ser humano y microbiota continúa siendo un campo de intensa investigación.

El sistema inmunológico convive con ellas

  Nuestro cuerpo necesita distinguir entre amenazas potenciales, células propias y numerosos microorganismos que normalmente habitan en nosotros sin producir enfermedad.

  El sistema inmunológico mantiene una relación extraordinariamente compleja con estas comunidades.

  No se trata simplemente de destruir todo microorganismo.

  Se necesita equilibrio.

La piel también tiene habitantes

  Nuestra piel parece una superficie limpia y uniforme.

  Bajo un microscopio, la historia cambia.

  Distintas regiones del cuerpo ofrecen ambientes diferentes según humedad, temperatura y producción de sustancias grasas.

  Por eso pueden albergar comunidades microbianas distintas.

  Nuestro cuerpo contiene numerosos pequeños ecosistemas.

No todos los microorganismos son beneficiosos

  Algunos pueden causar enfermedades.

  Determinadas bacterias, protozoos y hongos pueden invadir tejidos, producir toxinas o provocar respuestas inflamatorias perjudiciales.

  Comprenderlos permitió desarrollar higiene, saneamiento, antibióticos, medicamentos antimicrobianos y otras medidas que han salvado incontables vidas.

  Conocer el mundo microscópico transformó la medicina.

Los antibióticos no sirven para todo

  Los antibióticos están diseñados para actuar contra bacterias mediante mecanismos específicos.

  No funcionan contra infecciones virales simplemente porque virus y bacterias son entidades biológicas diferentes.

  Además, utilizar antibióticos innecesariamente favorece la selección de bacterias resistentes.

  Por eso estos medicamentos deben utilizarse de manera apropiada.

Las bacterias pueden comunicarse

  Una característica fascinante es que algunas bacterias liberan y detectan moléculas químicas producidas por otras células.

  Cuando aumenta la población, aumenta también la concentración de determinadas señales.

  Este mecanismo, conocido como quorum sensing, puede coordinar comportamientos colectivos.

  Una población de organismos unicelulares puede responder de manera organizada a información química compartida.

Pueden construir comunidades

  Muchas bacterias forman estructuras conocidas como biopelículas o biofilms.

  Las células se adhieren a una superficie y producen una matriz que ayuda a mantener organizada la comunidad.

  Estas biopelículas pueden aparecer sobre rocas, tuberías, tejidos y numerosas superficies húmedas.

  La vida microscópica también puede construir estructuras colectivas.

Microorganismos en lugares extremos

  Se han encontrado microorganismos viviendo en aguas muy calientes, ambientes extremadamente salinos, regiones ácidas, profundidades oceánicas y lugares con escasos nutrientes.

  Estas formas de vida poseen mecanismos bioquímicos que les permiten funcionar bajo condiciones extraordinarias.

  Allí donde esperaríamos encontrar un ambiente completamente vacío, podemos descubrir actividad microscópica.

Las fuentes hidrotermales

  En algunas regiones profundas del océano, agua calentada geotérmicamente emerge cargada de minerales.

  No llega luz solar suficiente para sostener fotosíntesis convencional.

  Sin embargo, ciertos microorganismos utilizan energía química mediante procesos de quimiosíntesis.

  Estos microorganismos pueden formar la base de comunidades donde viven gusanos tubícolas, moluscos y otras criaturas.

  Un ecosistema puede funcionar sin depender directamente de luz solar local.

Microorganismos que ayudan a producir alimentos

  El ser humano utiliza microorganismos desde mucho antes de comprender que existían.

  Levaduras participan en la elaboración del pan.

  Bacterias intervienen en la producción de yogur y quesos.

  Otros procesos de fermentación producen numerosos alimentos.

  Durante siglos aprovechamos su trabajo sin conocer a los trabajadores.

Una célula puede multiplicarse rápidamente

  Bajo condiciones favorables, algunas bacterias pueden dividirse con gran rapidez.

  Una célula produce dos.

  Dos producen cuatro.

  Cuatro producen ocho.

  El crecimiento puede volverse exponencial mientras existan nutrientes y condiciones apropiadas.

  Esto explica por qué pequeñas poblaciones pueden aumentar considerablemente en poco tiempo.

La división requiere copiar información

  Antes de dividirse, una bacteria necesita replicar su ADN.

  Después debe distribuir las copias y separar la célula.

  Incluso en organismos microscópicos, reproducción e información están estrechamente relacionadas.

  La continuidad de la vida requiere conservar y transmitir instrucciones biológicas.

Un mundo que no sabíamos que existía

  Uno de los aspectos más impresionantes de los microorganismos es una reflexión sencilla:

  Siempre estuvieron aquí.

  Estaban en el agua.

  En el suelo.

  En nuestros alimentos.

  Dentro de nuestro cuerpo.

  Participaban en ciclos ecológicos.

  Pero no podíamos verlos.

  La realidad era mucho más grande que nuestra capacidad de observarla.

Lo invisible también forma parte de la creación

  La carta a los Colosenses declara:

“Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles.”
(Colosenses 1:16)

  El propósito del texto no es hablar específicamente de microbiología. Sin embargo, la expresión “visibles e invisibles” adquiere una dimensión interesante cuando contemplamos un mundo biológico que permaneció invisible para nosotros hasta la invención del microscopio.

  No poder observar algo a simple vista nunca significó que no existiera.

Lo pequeño puede sostener lo grande

  El Salmo 104 declara:

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  Cuando pensamos en las obras de la creación solemos imaginar montañas, océanos, elefantes o estrellas.

  Pero también existe grandeza en lo diminuto.

  Una bacteria que participa en el ciclo del nitrógeno.

  Un microorganismo fotosintético flotando en el océano.

  Un hongo asociado con una raíz.

  Una comunidad intestinal procesando sustancias que llegan con nuestros alimentos.

  Lo pequeño puede cumplir funciones enormes.

Un universo escondido dentro de nuestro mundo

  La Biblia no pretende explicar ribosomas, microbiota, fijación de nitrógeno, quimiosíntesis o comunicación bacteriana mediante lenguaje científico. Estas preguntas corresponden a la microbiología, biología molecular, medicina y ecología.

  Sin embargo, descubrir el mundo microscópico amplió extraordinariamente nuestra comprensión de la vida.

  Hoy sabemos que debajo de nuestros pies, dentro de los océanos y sobre nuestro propio cuerpo existen comunidades inmensas realizando procesos que sostienen ecosistemas completos.

  Desde la perspectiva bíblica, comprender estos mecanismos aumenta nuestra admiración. Los microorganismos nos recuerdan que la grandeza de la creación no depende del tamaño. Existe un universo que nuestros ojos no pueden contemplar directamente, pero que recicla nutrientes, ayuda a las plantas, participa en la producción de oxígeno y forma parte de innumerables procesos que sostienen la vida sobre la Tierra.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

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Por el Dr. Elio M Rivera

  Antes de que terminemos de leer este párrafo, nuestro corazón habrá latido varias veces. No necesitamos recordarle que debe hacerlo. No tenemos que decidir cuándo contraerse ni calcular cuánta sangre debe enviar hacia los pulmones o hacia el resto del organismo. Día y noche, despiertos o dormidos, el corazón continúa trabajando.

  El corazón humano es un órgano muscular aproximadamente del tamaño del puño de la persona. Sin embargo, durante una vida puede realizar miles de millones de contracciones, impulsando continuamente la sangre a través de una extensa red de vasos sanguíneos.

  El corazon, un amaravilla del creador

Cada latido forma parte de un sistema extraordinariamente coordinado. Cámaras, válvulas, fibras musculares, vasos sanguíneos y señales eléctricas deben trabajar conjuntamente. Si alguna parte importante deja de cumplir correctamente su función, todo el organismo puede verse afectado.

  Desde la perspectiva bíblica, estudiar el corazón nos permite contemplar nuevamente una característica que encontramos repetidamente en el cuerpo humano: muchos sistemas diferentes trabajando juntos para sostener una sola vida.

Cuatro cámaras dentro de un solo corazón

  El corazón humano posee cuatro cámaras.

  Dos aurículas en la parte superior y dos ventrículos en la inferior.

  La aurícula derecha recibe sangre que regresa del organismo. Esa sangre pasa al ventrículo derecho, que la impulsa hacia los pulmones.

  Después de pasar por los pulmones, la sangre regresa al lado izquierdo del corazón.

  La aurícula izquierda la recibe y la envía al ventrículo izquierdo.

  Finalmente, el ventrículo izquierdo la impulsa hacia el resto del cuerpo.

  En realidad, dentro de un mismo órgano funcionan dos circuitos estrechamente coordinados.

El corazón derecho envía sangre hacia los pulmones

  La sangre que regresa desde los tejidos contiene menos oxígeno y transporta dióxido de carbono producido por el metabolismo.

  Entra en la aurícula derecha principalmente mediante las venas cavas.

  Después pasa al ventrículo derecho.

  Cuando este se contrae, la sangre sale hacia las arterias pulmonares y llega a los pulmones.

  Allí comienza otro proceso extraordinario.

Los pulmones preparan nuevamente la sangre

  Dentro de los pulmones existen millones de pequeños sacos llamados alvéolos.

  A través de sus paredes ocurre intercambio gaseoso.

  El dióxido de carbono pasa desde la sangre hacia el aire alveolar y el oxígeno entra en la sangre.

  Después, esa sangre oxigenada regresa al corazón mediante las venas pulmonares.

  Corazón y pulmones funcionan como compañeros inseparables.

El ventrículo izquierdo — una bomba poderosa

  La sangre que llega desde los pulmones entra en la aurícula izquierda.

  Después pasa al ventrículo izquierdo.

  Este posee una pared muscular particularmente gruesa porque debe generar suficiente presión para impulsar sangre a través de la circulación sistémica.

  Cuando se contrae, la sangre entra en la aorta, la arteria principal del organismo.

  Desde allí comienza a distribuirse por todo el cuerpo.

Cuatro válvulas mantienen la dirección

  Para que una bomba funcione correctamente, el líquido necesita desplazarse en la dirección apropiada.

  El corazón posee cuatro válvulas principales:

  Estas válvulas responden a diferencias de presión.

  Se abren cuando la sangre debe avanzar y se cierran cuando la presión cambia, ayudando a impedir el retroceso.

  No necesitan motores independientes.

  La propia dinámica de presión contribuye a controlar su funcionamiento.

El sonido del corazón tiene una explicación

  Cuando un médico coloca un estetoscopio sobre el pecho escucha los conocidos sonidos:

“lub-dub”.

  Estos sonidos están relacionados principalmente con el cierre de diferentes grupos de válvulas y con las vibraciones producidas dentro del sistema cardiovascular.

  El primer sonido se asocia principalmente con el cierre de las válvulas mitral y tricúspide.

  El segundo con el cierre de las válvulas aórtica y pulmonar.

  Aquello que escuchamos como un sencillo latido refleja una secuencia mecánica organizada.

Pero ¿quién le dice al corazón cuándo latir?

  Aquí encontramos una de sus características más fascinantes.

  El corazón posee su propio sistema eléctrico.

  En la aurícula derecha existe una pequeña región de células especializadas llamada nodo sinoauricular, frecuentemente descrita como el marcapasos natural del corazón.

  Estas células pueden generar espontáneamente impulsos eléctricos.

  El latido puede comenzar dentro del propio corazón.

Una señal eléctrica recorre las aurículas

  El impulso generado por el nodo sinoauricular se propaga por el tejido auricular.

  Las aurículas se activan y se contraen.

  Después la señal alcanza otra estructura llamada nodo auriculoventricular.

  Allí existe un breve retraso fisiológico.

  Ese pequeño intervalo ayuda a permitir que las aurículas completen su contribución al llenado ventricular antes de que los ventrículos se contraigan.

  En un órgano que trabaja en fracciones de segundo, el tiempo importa.

La señal desciende hacia los ventrículos

  Después del nodo auriculoventricular, el impulso viaja por el sistema His-Purkinje.

  La activación se distribuye rápidamente por los ventrículos.

  Esto permite una contracción coordinada capaz de impulsar la sangre.

  La secuencia no es simplemente:

  “todo el corazón se contrae”.

  Existe un orden eléctrico y mecánico.

Podemos observar la electricidad del corazón

  El electrocardiograma, conocido como ECG o EKG, registra desde la superficie corporal diferencias eléctricas relacionadas con la actividad cardíaca.

  Las conocidas ondas que aparecen sobre el papel o una pantalla representan diferentes etapas de activación y recuperación eléctrica.

  Sin abrir el pecho podemos obtener información acerca del ritmo y conducción eléctrica del corazón.

  La electricidad producida por células microscópicas puede detectarse desde la piel.

El corazón puede seguir latiendo sin que pensemos en ello

  No necesitamos ordenar conscientemente cada contracción.

  El sistema nervioso autónomo modifica la actividad cardíaca según las necesidades del organismo.

  Durante el ejercicio puede aumentar la frecuencia.

  Durante el descanso puede disminuir.

  Las hormonas también pueden modificar su funcionamiento.

  El corazón posee actividad propia, pero está integrado con señales procedentes de todo el organismo.

Cuando corremos, todo cambia

  Imaginemos que comenzamos a correr.

  Los músculos necesitan más oxígeno.

  Aumenta la producción de dióxido de carbono.

  El sistema nervioso responde.

  La frecuencia cardíaca aumenta.

  La fuerza de contracción puede aumentar.

  La circulación se redistribuye según las necesidades.

  La respiración también cambia.

  Corazón, pulmones, vasos, músculos y cerebro ajustan su actividad simultáneamente.

El corazón mueve miles de litros cada día

  En reposo, un adulto puede tener un gasto cardíaco cercano a cinco litros por minuto, aunque cambia considerablemente según tamaño corporal, actividad y condiciones fisiológicas.

  Esto representa aproximadamente siete mil litros de sangre impulsados en un día bajo condiciones de reposo promedio.

  Durante ejercicio intenso, el gasto cardíaco puede aumentar varias veces.

  Una bomba del tamaño aproximado de un puño realiza una cantidad extraordinaria de trabajo.

Una red inmensa de vasos sanguíneos

  El corazón sería inútil sin los vasos.

  Las arterias transportan sangre desde el corazón hacia diferentes regiones.

  Estas se dividen progresivamente en vasos menores hasta llegar a los capilares.

  Los capilares poseen paredes extremadamente delgadas que permiten intercambio de gases, nutrientes, agua y productos metabólicos entre sangre y tejidos.

  Después la sangre entra en pequeñas venas que se unen progresivamente hasta regresar al corazón.

  El sistema es un circuito.

Los glóbulos rojos transportan oxígeno

  Dentro de la sangre existen millones de glóbulos rojos.

  Contienen hemoglobina, una proteína especializada en transportar oxígeno.

  Cuando la sangre pasa por los pulmones, la hemoglobina puede unirse al oxígeno.

  Después el corazón impulsa esos glóbulos hacia los tejidos.

  Una célula sanguínea puede recorrer repetidamente el organismo transportando moléculas indispensables para la vida.

El corazón también necesita sangre

  Resultaría fácil pensar que, como el corazón está lleno de sangre, simplemente obtiene oxígeno de la sangre que atraviesa sus cámaras.

  Pero el músculo cardíaco necesita su propia circulación.

  Las arterias coronarias nacen cerca del inicio de la aorta y suministran sangre al miocardio.

  El órgano encargado de abastecer al cuerpo también necesita ser abastecido.

El músculo cardíaco está preparado para trabajar continuamente

  Las células musculares cardíacas poseen abundantes mitocondrias y dependen profundamente del metabolismo aeróbico para obtener energía.

  Esto tiene sentido.

  Un músculo de la pierna puede descansar.

  Podemos dejar de mover un brazo.

  Podemos sentarnos.

  Pero el corazón debe continuar trabajando.

  Su metabolismo refleja esa demanda continua.

Cada célula debe coordinarse con sus vecinas

  Las células del músculo cardíaco se conectan mediante estructuras especializadas conocidas como discos intercalares.

  Entre sus componentes existen uniones que permiten comunicación eléctrica y conexiones mecánicas entre células.

  Gracias a esta organización, grandes regiones del músculo pueden activarse coordinadamente.

  Millones de células individuales terminan funcionando como una unidad.

El corazón trabaja antes de que nazcamos

  Durante el desarrollo embrionario, el sistema cardiovascular comienza a funcionar muy temprano.

  El corazón inicial cambia progresivamente de forma, desarrolla cámaras y establece conexiones con una red vascular en crecimiento.

  Mucho antes de que una madre pueda escuchar el corazón de su hijo mediante determinados instrumentos, se están desarrollando procesos cardiovasculares indispensables para el crecimiento.

  La vida humana requiere circulación desde etapas muy tempranas.

El cuerpo sabe cuándo aumentar y disminuir la presión

  En grandes arterias existen receptores sensibles al estiramiento llamados barorreceptores.

  Estos proporcionan información al sistema nervioso acerca de cambios en la presión arterial.

  El cerebro puede responder modificando actividad cardíaca y tono vascular.

  El sistema no solamente produce presión.

  También posee mecanismos para detectarla y regularla.

Ponernos de pie requiere ajustes inmediatos

  Cuando estamos acostados y repentinamente nos ponemos de pie, la gravedad favorece temporalmente el desplazamiento de sangre hacia las piernas.

  Si el organismo no respondiera, podría disminuir el flujo hacia el cerebro.

  Los mecanismos cardiovasculares detectan el cambio y realizan ajustes rápidos en frecuencia cardíaca y vasos sanguíneos.

  Ponernos de pie parece sencillo porque numerosos mecanismos trabajan automáticamente.

El corazón cambia con nuestras emociones

  Una noticia inesperada puede acelerar nuestro pulso.

  El miedo puede hacerlo latir con fuerza.

  La tranquilidad puede disminuir su frecuencia.

  Esto ocurre porque emociones y respuestas fisiológicas están conectadas mediante el sistema nervioso y hormonal.

  Quizá por eso, mucho antes de comprender la anatomía moderna, diferentes culturas relacionaron el corazón con la vida interior de la persona.

El corazón físico y el corazón bíblico

  En la Biblia, la palabra corazón frecuentemente tiene un significado más amplio que el órgano anatómico.

  Puede representar pensamientos, voluntad, emociones, motivaciones y la vida interior.

  Por ejemplo, Proverbios declara:

“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.”
(Proverbios 4:23)

  El propósito principal del texto es espiritual y moral, no anatómico.

  Sin embargo, la imagen resulta poderosa porque el corazón físico también está profundamente relacionado con la conservación de la vida.

Un órgano escondido que trabaja día y noche

  Normalmente no vemos nuestro corazón.

  Raramente sentimos cada contracción.

  Sin embargo, continúa trabajando mientras comemos.

  Mientras hablamos.

  Mientras caminamos.

  Mientras dormimos.

  Mientras pensamos.

  Incluso mientras olvidamos completamente que existe.

  La vida cotidiana depende de procesos que ocurren silenciosamente dentro de nosotros.

David contempló la formación del cuerpo humano

  El salmista escribió:

“Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien.”
(Salmo 139:14)

  David jamás observó un electrocardiograma.

  No conocía el nodo sinoauricular.

  No había visto las válvulas cardíacas mediante ecocardiografía.

  No sabía cómo la hemoglobina transportaba oxígeno.

  Hoy podemos observar aquello que para él permanecía escondido.

  Y el asombro puede ser todavía mayor.

Una bomba no sería suficiente

  El corazón necesita válvulas.

  Pero las válvulas no serían suficientes sin cámaras.

  Las cámaras necesitan músculo.

  El músculo necesita oxígeno.

  El oxígeno necesita pulmones.

  Los pulmones necesitan circulación.

  La circulación necesita vasos.

  Las contracciones necesitan coordinación eléctrica.

  La presión necesita regulación.

  Y cada tejido necesita una red de capilares.

  No estamos observando una sola pieza, sino un sistema de sistemas.

La vida depende de cooperación

  Una de las grandes lecciones que ofrece el cuerpo humano es que ninguna estructura importante funciona completamente aislada.

  El corazón depende de los pulmones.

  Los pulmones dependen del corazón.

  El cerebro depende de ambos.

  Los riñones participan en la regulación del volumen sanguíneo y la presión.

  El sistema nervioso modifica la actividad cardíaca.

  La sangre transporta aquello que las células necesitan.

  La vida surge de una extraordinaria integración.

Un corazón que puede latir miles de millones de veces

  Si consideramos una frecuencia promedio aproximada de setenta latidos por minuto, un corazón alcanzaría cerca de cien mil latidos en un día.

  En un año serían decenas de millones.

  A lo largo de muchas décadas, la cifra alcanza miles de millones.

  Cada contracción necesita energía.

  Cada una debe impulsar sangre.

  Cada una forma parte de una secuencia eléctrica y mecánica.

  Y normalmente todo sucede sin intervención consciente.

Una extraordinaria obra escondida dentro del pecho

  La Biblia no pretende explicar electrofisiología, presión arterial, gasto cardíaco o circulación coronaria mediante lenguaje científico. Estas preguntas corresponden a la anatomía, fisiología y cardiología.

  Sin embargo, estudiar el corazón permite apreciar de manera extraordinaria la complejidad del cuerpo humano.

  Una bomba muscular recibe sangre y la envía hacia los pulmones. Después recibe nuevamente esa sangre y la distribuye por el organismo. Cuatro válvulas mantienen la dirección. Un sistema eléctrico coordina las contracciones. Vasos sanguíneos transportan la sangre. Sensores detectan cambios de presión. El sistema nervioso ajusta la frecuencia según nuestras necesidades.

  Todo ocurre dentro de nuestro pecho, segundo tras segundo.

  Desde la perspectiva bíblica, comprender estos mecanismos aumenta nuestra admiración. El corazón nos recuerda que la vida depende de una extraordinaria coordinación: una pequeña bomba que trabaja incansablemente, enviando sangre hacia cada rincón del organismo y permitiendo que miles de millones de células reciban aquello que necesitan para continuar viviendo. En cada latido podemos contemplar una silenciosa manifestación de la sabiduría con la que Dios formó el cuerpo humano.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Temas científicos consultados

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Por el Dr. Elio Rivera

  En este preciso momento, aunque permanezcamos aparentemente en silencio, nuestros oídos están recibiendo información. El movimiento del aire producido por una voz, el canto de un ave, una puerta que se cierra o una melodía llega hasta nosotros convertido en pequeñas variaciones de presión. Sin embargo, el sonido que experimentamos no llega al cerebro como sonido. Primero debe atravesar una sorprendente cadena de transformaciones.

  El oído capta vibraciones del aire, las conduce mediante estructuras mecánicas diminutas, las transmite hacia un líquido, las convierte en señales eléctricas y finalmente las envía al cerebro. Allí esas señales son procesadas hasta que podemos reconocer una voz, identificar una palabra, distinguir una nota musical o determinar aproximadamente de dónde procede un ruido.

 El oído interno regula el sistema del equilibrio

Y el oído realiza algo todavía más sorprendente. En su interior también se encuentra gran parte del sistema que nos ayuda a mantener el equilibrio y detectar los movimientos de nuestra cabeza.

  Escuchar y mantenernos orientados parecen funciones completamente diferentes, pero ambas dependen de estructuras extraordinariamente pequeñas situadas dentro del hueso temporal.

El sonido comienza con una vibración

  Cuando alguien habla, sus cuerdas vocales producen vibraciones que generan cambios de presión en el aire.

  Esas ondas viajan hasta alcanzar nuestros oídos.

  La frecuencia de la vibración está relacionada con nuestra percepción del tono: determinadas frecuencias se perciben como sonidos más graves y otras como sonidos más agudos.

  La amplitud de las variaciones de presión se relaciona con la intensidad física del sonido.

  Pero todavía no hemos escuchado nada.

  Solamente existe una onda desplazándose por el aire.

El oído externo — recoger el sonido

  La parte visible recibe el nombre de pabellón auricular.

  Su forma ayuda a recoger y modificar las ondas sonoras antes de conducirlas hacia el canal auditivo. Sus pliegues también proporcionan información que contribuye a localizar sonidos, especialmente respecto de su posición vertical y si proceden de delante o detrás.

  Después, las ondas avanzan por el conducto auditivo hasta alcanzar una membrana extremadamente importante:

  el tímpano.

Una membrana comienza a vibrar

  El tímpano separa el oído externo del oído medio.

  Cuando las variaciones de presión producidas por el sonido llegan hasta él, comienza a vibrar.

  Una onda que viajaba por el aire acaba de convertirse en movimiento mecánico de una membrana.

  Pero detrás del tímpano encontramos algo todavía más extraordinario.

Tres huesos diminutos

  Dentro del oído medio existen tres pequeños huesos conocidos como:

martillo, yunque y estribo.

  Son los huesecillos del oído.

  El martillo se encuentra conectado con el tímpano. Sus movimientos se transmiten al yunque y después al estribo.

  El estribo es considerado el hueso más pequeño del cuerpo humano.

  Estos diminutos componentes forman una cadena mecánica capaz de transmitir eficientemente las vibraciones hacia el oído interno.

¿Por qué necesitamos esos huesecillos?

  Aquí aparece un problema físico fascinante.

  El sonido llega inicialmente a través del aire, pero las estructuras sensoriales del oído interno funcionan dentro de líquidos.

  Transferir energía directamente del aire al líquido sería poco eficiente.

  El oído medio ayuda a resolver ese problema mediante la relación de áreas entre el tímpano y la ventana oval, junto con la acción mecánica de los huesecillos.

  Así se facilita la transferencia de energía hacia el oído interno.

  Una cadena de tres huesos diminutos participa en la transición entre aire y líquido.

La cóclea — una estructura enrollada llena de líquido

  El estribo transmite sus movimientos a una pequeña abertura llamada ventana oval.

  Detrás de ella se encuentra la cóclea, una estructura del oído interno cuya forma recuerda a un caracol.

  En su interior existen compartimentos llenos de líquido y estructuras especializadas para detectar las vibraciones.

  Cuando el estribo mueve la ventana oval, genera ondas de presión dentro de los líquidos cocleares.

  La señal ha cambiado nuevamente.

  Primero fue movimiento del aire.

  Después movimiento del tímpano.

  Luego movimiento de huesos.

  Ahora es movimiento dentro de un líquido.

Una membrana que separa las frecuencias

  Dentro de la cóclea se encuentra la membrana basilar.

  Una de sus características más extraordinarias es que diferentes regiones responden preferentemente a distintas frecuencias.

  Las regiones cercanas a la base responden mejor a frecuencias altas, mientras regiones más próximas al ápice responden mejor a frecuencias bajas.

  De esta manera, la cóclea comienza a realizar una especie de análisis físico de los componentes del sonido.

  Una conversación, una canción o el canto de un ave contienen numerosas frecuencias simultáneamente. El oído comienza a separarlas antes de que la información llegue al cerebro.

Las células ciliadas — convertir movimiento en electricidad

  Aquí llegamos a uno de los momentos más impresionantes del proceso.

  Dentro del órgano de Corti existen células sensoriales especializadas llamadas células ciliadas.

  Sobre ellas se encuentran diminutas prolongaciones llamadas estereocilios.

  Cuando las vibraciones producen movimientos entre las estructuras de la cóclea, estos estereocilios se desvían.

  Ese movimiento abre y cierra canales iónicos sensibles a fuerzas mecánicas.

  Como consecuencia cambia el potencial eléctrico de la célula y se produce liberación de neurotransmisores.

  Una vibración mecánica acaba de convertirse en una señal electroquímica.

De una vibración a una palabra

  Las señales generadas en la cóclea son transmitidas mediante fibras del nervio auditivo hacia diferentes regiones del sistema nervioso.

  Allí comienza un procesamiento extraordinariamente complejo.

  El cerebro analiza frecuencias.

  Intensidades.

  Duración.

  Cambios temporales.

  Diferencias entre ambos oídos.

  Patrones.

  Finalmente podemos experimentar algo completamente diferente de la vibración original:

  una palabra con significado.

Podemos reconocer una voz entre muchas

  Imaginemos una habitación llena de personas conversando.

  Existen sonidos procedentes de muchas direcciones.

  Sin embargo, podemos concentrarnos en una persona determinada y seguir su conversación.

  Nuestro sistema auditivo trabaja junto con mecanismos cerebrales de atención para separar parcialmente una señal importante de otras.

  No escuchamos simplemente frecuencias.

  Organizamos información.

Dos oídos ayudan a encontrar la dirección

  ¿Por qué tenemos un oído a cada lado de la cabeza?

  Entre otras razones, esa separación proporciona información espacial.

  Si un sonido procede de nuestra derecha, generalmente alcanza el oído derecho ligeramente antes que el izquierdo y puede hacerlo con diferencias de intensidad dependiendo de la frecuencia y posición.

  El sistema nervioso compara diferencias extremadamente pequeñas entre ambos lados.

  Gracias a ellas podemos determinar aproximadamente de dónde procede un sonido.

Diferencias de fracciones diminutas de segundo

  Para sonidos de ciertas frecuencias, el cerebro utiliza diferencias temporales entre la llegada de la señal a ambos oídos.

  Estamos hablando de intervalos extremadamente pequeños.

  Sin embargo, circuitos especializados del sistema auditivo pueden aprovechar esta información.

  Una diferencia temporal que conscientemente jamás podríamos medir se convierte automáticamente en percepción espacial.

¿Cómo reconocemos una melodía?

  Una melodía no depende solamente de sonidos individuales.

  Depende de relaciones entre notas, secuencias, ritmos y memoria.

  El oído proporciona la información inicial, pero el cerebro organiza esos sonidos a través del tiempo.

  Por eso podemos reconocer una canción después de escuchar solamente unas cuantas notas.

  La audición trabaja íntimamente relacionada con memoria, emoción y aprendizaje.

Una voz puede producir emociones

  Pocas experiencias humanas son tan poderosas como escuchar la voz de alguien que amamos.

  Físicamente, solamente llegan ondas de presión.

  El tímpano vibra.

  Los huesecillos se mueven.

  La cóclea transforma esas vibraciones.

  El cerebro recibe impulsos.

  Pero nuestra experiencia final puede ser alegría, seguridad, nostalgia o consuelo.

  Un fenómeno físico termina formando parte de nuestra experiencia emocional.

El oído también protege su delicado sistema

  En el conducto auditivo existen glándulas que participan en la producción de cerumen.

  Aunque frecuentemente lo consideramos simplemente algo que debe eliminarse, el cerumen cumple funciones protectoras.

  Ayuda a atrapar partículas, contribuye al ambiente del conducto y forma parte de sus mecanismos naturales de defensa.

  Incluso aquello que parece insignificante cumple una función.

Dos pequeños músculos pueden modificar la transmisión

  En el oído medio existen músculos diminutos asociados con los huesecillos.

  Entre ellos se encuentran el músculo del estribo y el tensor del tímpano.

  Sus reflejos pueden modificar la transmisión de determinados sonidos intensos.

  Sin embargo, este mecanismo no constituye una protección completa contra ruidos peligrosos, especialmente sonidos súbitos.

  El oído posee mecanismos protectores, pero también tiene límites.

Las células ciliadas son extraordinarias, pero delicadas

  La exposición a sonidos demasiado intensos puede dañar estructuras del oído interno.

  En los seres humanos, las células ciliadas cocleares dañadas no se regeneran de manera suficiente para restaurar normalmente la audición perdida.

  Por eso la exposición repetida a niveles peligrosos de ruido puede producir pérdida auditiva permanente.

  Cuidar nuestra audición significa proteger estructuras microscópicas que difícilmente pueden ser reemplazadas.

El oído también participa en el equilibrio

  Junto a la cóclea existe otro sistema extraordinario: el aparato vestibular.

  Incluye tres canales semicirculares y dos órganos llamados utrículo y sáculo.

  Estas estructuras proporcionan información acerca de movimientos y orientación de la cabeza.

  Gracias a ellas podemos caminar, girar, correr y mover la cabeza mientras mantenemos una percepción relativamente estable del espacio.

Tres canales colocados en diferentes planos

  Los canales semicirculares están orientados aproximadamente en tres planos diferentes.

  En su interior existe líquido.

  Cuando giramos la cabeza, la inercia del líquido produce desplazamientos relativos que estimulan células sensoriales.

  El sistema puede detectar diferentes rotaciones de la cabeza.

  Tres pequeñas estructuras funcionan como detectores de movimiento angular.

Pequeños cristales ayudan a detectar gravedad y aceleración

  En el utrículo y el sáculo existen diminutos cristales de carbonato de calcio llamados otoconias.

  Estos se encuentran asociados con una membrana situada sobre células sensoriales.

  Cuando inclinamos la cabeza o experimentamos aceleraciones lineales, la gravedad y la inercia desplazan este sistema y estimulan las células.

  Gracias a pequeñas partículas minerales dentro de nuestro oído podemos obtener información acerca de la posición y movimiento de nuestra cabeza.

Oídos y ojos trabajan juntos

  Cuando movemos rápidamente la cabeza, nuestros ojos necesitan compensar ese movimiento para mantener relativamente estable la imagen.

  Existe un mecanismo conocido como reflejo vestíbulo-ocular.

  El sistema vestibular detecta el movimiento de la cabeza y genera respuestas que mueven los ojos en dirección compensatoria.

  Gracias a ello podemos mantener la mirada sobre un objeto mientras nuestra cabeza se mueve.

  Audición, equilibrio, visión, músculos y cerebro forman sistemas profundamente integrados.

Cuando el sistema vestibular falla

  Una alteración del oído interno puede producir vértigo.

  La persona puede sentir que ella o el ambiente están girando aunque permanezca físicamente quieta.

  Esto demuestra cuánto dependemos de información que normalmente pasa completamente inadvertida.

  No sentimos nuestro sistema vestibular funcionando.

  Simplemente confiamos en él.

El cerebro recibe información de varios sistemas

  Nuestro equilibrio no depende solamente del oído interno.

  El cerebro combina información procedente de:

  los ojos,

  el aparato vestibular,

  los músculos,

  las articulaciones

  y receptores relacionados con la posición corporal.

  Después integra esos datos para determinar cómo estamos orientados.

  Mantenernos de pie parece sencillo porque un sistema extraordinariamente complejo lo hace parecer sencillo.

El oído humano posee límites específicos

  Una persona joven con audición saludable puede detectar aproximadamente frecuencias entre veinte y veinte mil hercios, aunque el rango varía entre individuos y suele disminuir con la edad, especialmente en frecuencias altas.

  Otros animales perciben rangos diferentes.

  Los perros pueden escuchar frecuencias superiores a muchas que nosotros detectamos.

  Los murciélagos utilizan ultrasonidos en numerosas especies.

  Los elefantes pueden producir y detectar sonidos de frecuencia muy baja.

  El mundo está lleno de sonidos que existen aunque nosotros no podamos escucharlos.

No escuchar algo no significa que no exista

  Esta realidad resulta fascinante.

  Nuestros sentidos no muestran todo lo que existe.

  Solamente detectan determinados rangos de información.

  Existen frecuencias demasiado altas para nosotros.

  Otras demasiado bajas.

  El mundo físico es más amplio que nuestra percepción.

  Nuestros sentidos son ventanas hacia la realidad, pero no abarcan toda la realidad.

La Biblia y la maravilla de escuchar

  El salmista hizo una pregunta extraordinariamente sencilla:

“El que hizo el oído, ¿no oirá? El que formó el ojo, ¿no verá?”
(Salmo 94:9)

  El escritor bíblico no conocía células ciliadas, cócleas, neurotransmisores, membranas basilares ni impulsos nerviosos.

  Simplemente conocía algo evidente:

  el oído era una estructura extraordinaria.

  Hoy podemos observar aquello que él no podía ver.

  Y cuanto más profundamente estudiamos el oído, más impresionante resulta su pregunta.

El que plantó el oído

  La expresión utilizada por el Salmo 94 resulta especialmente hermosa porque relaciona nuestra capacidad de escuchar con Aquel que nos formó.

  El oído no solamente recibe sonido.

  Separa frecuencias.

  Convierte energía mecánica en señales electroquímicas.

  Ayuda a localizar la procedencia de una voz.

  Participa en nuestro equilibrio.

  Trabaja con nuestros ojos.

  Y envía información hacia un cerebro capaz de convertir vibraciones en significado.

Jesús y la importancia de escuchar

  Jesús utilizó repetidamente una expresión sencilla:

“El que tiene oídos para oír, oiga.”
(Mateo 11:15)

  Naturalmente, Cristo estaba hablando de mucho más que la capacidad física de detectar sonidos.

  Una persona puede poseer un oído perfectamente funcional y, sin embargo, no prestar atención a lo que escucha.

  La audición física permite recibir palabras.

  Pero escuchar verdaderamente implica comprender y responder.

Una cadena extraordinaria de transformaciones

  Pensemos nuevamente en lo que sucede cuando alguien pronuncia nuestro nombre.

  El aire vibra.

  El pabellón recoge parte de esa energía.

  El tímpano comienza a moverse.

  Tres pequeños huesos transmiten la vibración.

  El estribo mueve la ventana oval.

  El líquido dentro de la cóclea se desplaza.

  La membrana basilar responde.

  Los estereocilios se inclinan.

  Se abren canales iónicos.

  Las células liberan neurotransmisores.

  Las neuronas transmiten información.

  El cerebro analiza el patrón.

  Y finalmente comprendemos:

  alguien me está llamando.

Una obra extraordinaria escondida dentro de nuestra cabeza

  La Biblia no pretende explicar acústica, mecanotransducción, neurofisiología o funcionamiento vestibular mediante lenguaje científico. Estas preguntas corresponden a la anatomía, fisiología, física y neurociencia.

  Sin embargo, conocer estos mecanismos nos permite apreciar de manera mucho más profunda algo que utilizamos todos los días sin pensarlo.

  Escuchar una palabra requiere la cooperación de membranas, huesos, líquidos, células sensoriales, canales microscópicos, nervios y numerosas regiones cerebrales. Mantener el equilibrio requiere además detectar movimientos de la cabeza y combinar esa información con la visión y la posición del cuerpo.

  Desde la perspectiva bíblica, comprender estos mecanismos aumenta nuestra admiración. El oído nos recuerda que la sabiduría del Creador puede contemplarse incluso en una fracción diminuta del cuerpo humano: un sistema capaz de recibir vibraciones invisibles, convertirlas en información y permitirnos escuchar una voz, disfrutar una melodía, reconocer el peligro y mantenernos en equilibrio mientras caminamos por el mundo que Dios creó.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Temas científicos consultados

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 Por el Dr. Elio Rivera

Respirar parece tan sencillo que casi nunca pensamos en ello. El aire entra, el aire sale y seguimos con nuestra vida. Sin embargo, detrás de cada respiración ocurre un proceso extraordinariamente preciso. Los pulmones deben llevar oxígeno desde el ambiente hasta la sangre y retirar dióxido de carbono producido por nuestras células. Todo esto ocurre miles de veces al día sin que tengamos que pensar conscientemente en cada movimiento.

  Los pulmones no son simples bolsas llenas de aire. Están formados por una red ramificada de conductos que termina en millones de pequeños sacos llamados alvéolos. Allí, una superficie enorme y extremadamente delgada permite que los gases pasen entre el aire y la sangre.

  La respiración es, en realidad, una cooperación entre pulmones, músculos, sangre, corazón, cerebro y vasos sanguíneos. Cada inhalación pone en marcha un sistema completo diseñado para mantener viva cada célula del organismo.

Los pulmones, un órgano maravilloso

El aire comienza un largo recorrido

  Cuando inhalamos, el aire entra principalmente por la nariz o la boca.

  Después pasa por la faringe, la laringe y la tráquea.

  La tráquea se divide en dos bronquios principales, uno para cada pulmón.

  A partir de allí comienza una ramificación extraordinaria.

  Los bronquios se dividen en conductos cada vez más pequeños llamados bronquiolos, hasta terminar finalmente cerca de los alvéolos.

  La estructura recuerda un árbol invertido.

Un árbol respiratorio dentro del pecho

  La comparación con un árbol no es solamente visual.

  La tráquea funciona como un tronco.

  Los bronquios son ramas grandes.

  Los bronquiolos son ramas cada vez más pequeñas.

  Y al final aparecen millones de unidades diminutas donde ocurre el intercambio gaseoso.

  El sistema distribuye el aire desde una sola entrada hacia una superficie interna enorme.

Los alveolos pulmonares

Millones de alvéolos

  Los pulmones humanos contienen cientos de millones de alvéolos.

  Cada uno es un pequeño saco lleno de aire rodeado por una red de capilares.

  Sus paredes son extremadamente delgadas.

  Esto permite que el oxígeno pase desde el aire alveolar hacia la sangre y que el dióxido de carbono viaje en dirección contraria.

  La distancia que deben atravesar los gases es microscópica.

  La eficiencia depende precisamente de mantener esa barrera muy fina.

Una superficie sorprendentemente grande

  Aunque los pulmones caben dentro del tórax, la superficie total disponible para intercambio gaseoso es enorme.

  La gran cantidad de alvéolos multiplica el área.

  Una estructura relativamente compacta puede así ofrecer decenas de metros cuadrados de superficie funcional.

  La solución no consiste en tener pulmones gigantescos.

  Consiste en dividir el espacio en muchísimas unidades pequeñas.

El oxígeno cruza hacia la sangre

  Cuando el aire llega a los alvéolos, la concentración de oxígeno es mayor allí que en la sangre venosa que acaba de llegar desde los tejidos.

  El oxígeno se mueve por difusión a través de la membrana alveolocapilar.

  Después entra en los glóbulos rojos y se une principalmente a la hemoglobina.

  La sangre queda preparada para transportar oxígeno hacia el resto del cuerpo.

El dióxido de carbono hace el recorrido inverso

  Las células producen dióxido de carbono como resultado de su metabolismo.

  La sangre lo transporta de regreso hacia los pulmones.

  Cuando llega a los capilares pulmonares, el dióxido de carbono pasa desde la sangre hacia los alvéolos.

  Después lo expulsamos al exhalar.

  Cada respiración elimina parte de un producto que las células ya no necesitan.

Los pulmones dependen del corazón

  Los pulmones por sí solos no podrían distribuir oxígeno por el organismo.

  Necesitan al corazón.

  El ventrículo derecho impulsa sangre hacia los pulmones.

  Allí se oxigena.

  Después regresa al lado izquierdo del corazón, desde donde es enviada al resto del cuerpo.

  Respiración y circulación son inseparables.

El diafragma — el gran músculo de la respiración

  El músculo principal de la respiración es el diafragma.

  Se encuentra debajo de los pulmones y separa el tórax del abdomen.

  Cuando se contrae, desciende.

  Esto aumenta el volumen del tórax y reduce la presión dentro de los pulmones.

  Como resultado, el aire entra.

  Cuando el diafragma se relaja, el proceso se invierte y el aire puede salir.

No “succionamos” el aire directamente

  En realidad, el aire entra porque cambia la presión.

  El movimiento del diafragma y otros músculos expande la cavidad torácica.

  Al aumentar el volumen, disminuye la presión interna.

  El aire del exterior, donde la presión es mayor, se desplaza hacia dentro.

  La respiración utiliza principios físicos simples de una manera extraordinariamente eficiente.

Las costillas también participan

  Los músculos intercostales ayudan a mover la caja torácica.

  Durante una respiración profunda, elevan y expanden las costillas.

  Así aumenta todavía más el volumen disponible para los pulmones.

  Respirar no depende de un solo músculo.

  Es un movimiento coordinado de toda la pared torácica.

Los pulmones no se expanden solos

  Cada pulmón está rodeado por una membrana doble llamada pleura.

  Entre sus capas existe una pequeña cantidad de líquido.

  Este sistema reduce la fricción y ayuda a mantener el pulmón acoplado al movimiento de la pared torácica.

  Cuando el tórax se expande, el pulmón lo sigue.

  Una película microscópica de líquido ayuda a que todo el sistema se mueva con suavidad.

El surfactante evita que los alvéolos colapsen

  Dentro de los alvéolos existe una sustancia llamada surfactante pulmonar.

  Su función es reducir la tensión superficial.

  Sin ella, muchos alvéolos tenderían a colapsar y sería mucho más difícil volver a abrirlos con cada respiración.

  El surfactante disminuye el esfuerzo necesario para respirar.

  Una sustancia microscópica tiene un efecto enorme sobre el funcionamiento de millones de sacos de aire.

Respirar al nacer exige un cambio extraordinario

  Antes del nacimiento, los pulmones del feto no realizan intercambio gaseoso con el aire.

  El oxígeno llega a través de la placenta.

  Después del nacimiento ocurre una transición extraordinaria.

  El recién nacido inspira.

  Los pulmones se expanden.

  Los alvéolos comienzan a llenarse de aire.

  La circulación también se reorganiza.

  En pocos momentos, un sistema que funcionaba de una manera pasa a funcionar de otra completamente distinta.

El cerebro controla la respiración

  Aunque podemos contener la respiración por unos segundos o respirar conscientemente más rápido, la respiración normal está controlada automáticamente por regiones del tronco encefálico.

  Estas áreas responden especialmente a cambios en dióxido de carbono, pH y, en ciertas condiciones, oxígeno.

  Cuando el dióxido de carbono aumenta, el impulso para respirar se intensifica.

  El cerebro ajusta la ventilación sin que tengamos que pensarlo.

El cuerpo mide continuamente su química

  Existen quimiorreceptores en el sistema nervioso central y en estructuras periféricas como los cuerpos carotídeos y aórticos.

  Estos receptores detectan cambios químicos en la sangre.

  Si ocurre una alteración importante, envían señales que modifican la respiración.

  El organismo no solamente respira.

  También supervisa si la respiración es suficiente.

Respirar más rápido durante el ejercicio

  Cuando corremos o hacemos ejercicio, los músculos consumen más oxígeno y producen más dióxido de carbono.

  La respiración aumenta en frecuencia y profundidad.

  El corazón también aumenta su actividad.

  La circulación dirige más sangre hacia los músculos activos.

  Pulmones y corazón responden juntos a una demanda mayor.

  Todo el sistema cambia en segundos.

Los cilios limpian las vías respiratorias

  La superficie de muchas vías respiratorias está cubierta por células ciliadas.

  Sobre ellas existe una capa de moco que atrapa polvo, partículas y microorganismos.

  Los cilios realizan movimientos coordinados que desplazan ese moco hacia la garganta.

  Allí puede ser tragado o eliminado.

  Este mecanismo recibe el nombre de escalera mucociliar.

Un sistema de limpieza que nunca descansa

  Cada vez que respiramos introducimos aire que puede contener partículas.

  Sin un sistema de limpieza, estas se acumularían fácilmente en regiones delicadas.

  El moco atrapa.

  Los cilios transportan.

  La tos puede ayudar a expulsar materiales cuando es necesario.

  La protección respiratoria utiliza varias capas de defensa.

La nariz también prepara el aire

  Antes de llegar a los pulmones, el aire puede ser filtrado, calentado y humidificado en las cavidades nasales.

  La mucosa y los cornetes nasales aumentan la superficie de contacto.

  Así, el aire llega a regiones más profundas en condiciones más favorables.

  La respiración comienza antes de que el aire alcance los pulmones.

Toser es un mecanismo protector

  La tos puede resultar molesta, pero cumple una función importante.

  Cuando receptores detectan irritación o secreciones, se produce una inspiración seguida de un cierre temporal de la glotis.

  La presión aumenta.

  Después la glotis se abre bruscamente y el aire sale a gran velocidad.

  El objetivo es expulsar aquello que puede obstruir o irritar las vías respiratorias.

Estornudar también protege

  El estornudo cumple una función semejante en las vías respiratorias superiores.

  Una irritación en la mucosa nasal desencadena una respuesta refleja.

  El aire se expulsa rápidamente.

  El cuerpo posee múltiples mecanismos automáticos para mantener abiertas y limpias las rutas por donde entra el aire.

El oxígeno no es solo “aire”

  El aire contiene aproximadamente un veintiuno por ciento de oxígeno.

  El resto es principalmente nitrógeno, junto con pequeñas cantidades de otros gases.

  Nuestro organismo necesita el oxígeno para procesos celulares que permiten producir ATP, una de las principales formas de energía utilizable por las células.

  Respirar conecta directamente el ambiente con el metabolismo celular.

Cada célula depende de los pulmones

  Una neurona del cerebro.

  Una fibra muscular.

  Una célula del hígado.

  Una célula de la piel.

  Todas necesitan energía.

  Y gran parte de esa producción energética depende del oxígeno que entra por los pulmones.

  Una respiración tomada en el tórax termina influyendo en células distribuidas por todo el cuerpo.

El dióxido de carbono también regula el pH

  Eliminar dióxido de carbono no sirve solamente para deshacerse de un producto de desecho.

  Este gas participa en el equilibrio ácido-base de la sangre.

  Cambios en la ventilación pueden modificar rápidamente el pH.

  Por eso los pulmones trabajan junto con los riñones para mantener el equilibrio químico interno.

  Respirar también es regular.

Dos pulmones, pero no exactamente iguales

  El pulmón derecho posee normalmente tres lóbulos.

  El izquierdo posee dos.

  La diferencia se debe, en parte, al espacio ocupado por el corazón.

  El cuerpo utiliza el espacio dentro del tórax de manera cuidadosamente organizada.

  Corazón y pulmones comparten una región limitada y deben funcionar juntos.

El pulmón izquierdo deja espacio al corazón

  En el lado izquierdo existe una depresión conocida como escotadura cardíaca.

  Esta relación anatómica muestra nuevamente cómo los órganos no existen aislados.

  La forma de uno está relacionada con la presencia del otro.

  La anatomía completa del tórax es una integración espacial.

Respirar parece automático porque el sistema funciona bien

  Normalmente no sentimos el esfuerzo de cada inhalación.

  No contamos nuestros alvéolos.

  No pensamos en el surfactante.

  No decidimos cuánto debe contraerse el diafragma.

  No calculamos cuánto dióxido de carbono eliminar.

  Todo sucede automáticamente.

  La complejidad queda escondida detrás de la sencillez aparente.

La Biblia utiliza el aliento como símbolo de vida

  El libro de Génesis declara:

“Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.”
(Génesis 2:7)

  El propósito del pasaje no es describir fisiología pulmonar.

  Sin embargo, utiliza una realidad profundamente reconocible: respirar está íntimamente asociado con estar vivo.

  Mientras existe vida, el aliento continúa.

Job también relacionó la respiración con Dios

  Job declaró:

“El espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida.”
(Job 33:4)

  Y en otro pasaje:

“Que todo el tiempo que mi alma esté en mí, y haya hálito de Dios en mis narices.”
(Job 27:3)

  Para el observador antiguo, la respiración era una señal inmediata de vida.

  Hoy conocemos los mecanismos microscópicos que existen detrás de esa experiencia.

Cada respiración requiere una cadena completa

  Pensemos en lo que ocurre con una sola inhalación.

  El diafragma se contrae.

  El tórax se expande.

  La presión disminuye.

  El aire entra.

  Pasa por tráquea, bronquios y bronquiolos.

  Llega a los alvéolos.

  El oxígeno cruza una membrana microscópica.

  Se une a la hemoglobina.

  El corazón lo distribuye.

  Las células lo utilizan.

  Después el dióxido de carbono regresa y es expulsado.

  Todo ocurre una y otra vez.

Una obra extraordinaria escondida en cada respiración

  La Biblia no pretende explicar difusión, surfactante, control respiratorio o intercambio alveolocapilar mediante lenguaje científico. Estas preguntas corresponden a la anatomía, fisiología y neumología.

  Sin embargo, cuanto más conocemos los pulmones, más extraordinario resulta algo que hacemos sin pensar.

  Millones de alvéolos crean una enorme superficie dentro de un espacio relativamente pequeño. Una membrana microscópica separa aire y sangre. El diafragma modifica presiones. El surfactante mantiene abiertos los alvéolos. Los cilios limpian las vías. El cerebro regula el ritmo. El corazón transporta los gases.

  Desde la perspectiva bíblica, comprender estos mecanismos aumenta nuestra admiración. Los pulmones nos recuerdan que la vida depende de una cooperación silenciosa y continua: con cada respiración tomamos del ambiente el oxígeno que nuestras células necesitan y devolvemos aquello que ya no necesitan, mediante un sistema tan preciso que puede funcionar día y noche sin que tengamos que pensar en él.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Temas científicos consultados

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Por el Dr. Elio M Rivera

  Mientras leemos, nuestros ojos captan luz, el cerebro reconoce letras, interpreta palabras, recupera recuerdos y decide qué significado tienen. Al mismo tiempo, el corazón continúa latiendo, los pulmones respiran, los músculos mantienen la postura y miles de señales viajan por nervios distribuidos por todo el organismo.

  Todo esto depende del sistema nervioso, una extraordinaria red de comunicación formada por el cerebro, la médula espinal y los nervios periféricos. Su función es recibir información, procesarla y producir respuestas que permiten movernos, sentir, pensar, recordar y mantener funcionando procesos automáticos.

  La verdadera maravilla aparece cuando comprendemos que no existe un solo “centro de control” trabajando aislado. Millones de neuronas y células de apoyo forman redes capaces de transmitir información mediante señales eléctricas y químicas. El sistema nervioso conecta cada región del cuerpo con una velocidad y precisión sorprendentes.

El cerebro y la médula espinal

  El sistema nervioso central está formado por el cerebro y la médula espinal.

  El cerebro procesa enormes cantidades de información y participa en funciones como memoria, lenguaje, emociones, movimiento voluntario, percepción y toma de decisiones.

  La médula espinal funciona como una gran vía de comunicación entre el cerebro y el resto del cuerpo.

  Pero además puede coordinar algunas respuestas rápidas sin esperar una decisión consciente del cerebro.

Los nervios — cables biológicos distribuidos por el cuerpo

  Desde la médula espinal y el encéfalo salen nervios que llegan a piel, músculos, órganos y otras estructuras.

  Estos nervios contienen prolongaciones de neuronas llamadas axones.

  Algunos llevan información sensorial hacia el sistema nervioso central.

  Otros llevan órdenes hacia músculos y órganos.

  Una misma red permite recibir información y responder.

La neurona — una célula especializada en comunicar

  La unidad funcional más conocida del sistema nervioso es la neurona.

  Muchas neuronas poseen un cuerpo celular, dendritas que reciben señales y un axón que transmite información hacia otras células.

  Algunos axones pueden ser muy cortos.

  Otros recorren grandes distancias dentro del cuerpo.

  Una neurona situada en la médula espinal puede enviar una prolongación hasta músculos de una extremidad.

La señal eléctrica viaja por el axón

  Las neuronas mantienen diferencias de concentración de iones a través de sus membranas.

  Cuando reciben suficiente estímulo puede generarse un potencial de acción.

  Este cambio eléctrico se propaga a lo largo del axón.

  La señal no funciona como electricidad viajando exactamente igual que por un cable metálico.

  Es un proceso electroquímico producido por el movimiento controlado de iones a través de canales de membrana.

La mielina aumenta la velocidad

  Muchos axones están cubiertos por una sustancia aislante llamada mielina.

  La mielina es producida por células especializadas y permite que la señal se propague de forma mucho más eficiente.

  Entre segmentos de mielina existen pequeños espacios llamados nodos de Ranvier.

  La actividad eléctrica parece “saltar” funcionalmente de un nodo a otro mediante un proceso conocido como conducción saltatoria.

  Una capa microscópica aumenta enormemente la eficacia de la comunicación nerviosa.

La señal eléctrica se convierte en química

  Cuando el impulso alcanza el final de un axón, normalmente no pasa directamente a la siguiente neurona.

  Entre ambas existe un pequeño espacio llamado sinapsis.

  La llegada del potencial de acción provoca la liberación de sustancias químicas llamadas neurotransmisores.

  Estas cruzan el espacio sináptico y se unen a receptores en la siguiente célula.

  La señal cambia de forma:

  eléctrica,

  química,

  y después nuevamente eléctrica.

Millones de conexiones formando redes

  Una neurona puede conectarse con muchas otras.

  El cerebro humano contiene decenas de miles de millones de neuronas y un número muchísimo mayor de conexiones sinápticas.

  La capacidad no depende solamente de la cantidad de células.

  Depende de cómo están conectadas.

  La información surge de redes.

  Una sola neurona puede hacer poco.

  Miles de millones coordinadas producen percepción, pensamiento y conducta.

El cerebro no es una masa uniforme

  Distintas regiones cumplen funciones diferentes, aunque trabajan profundamente conectadas.

  La corteza cerebral participa en percepción, lenguaje, razonamiento y movimientos voluntarios.

  El cerebelo ayuda a coordinar movimientos, equilibrio y precisión.

  El tronco encefálico participa en funciones esenciales como respiración, frecuencia cardíaca y estados de alerta.

  Otras regiones intervienen en memoria, emociones y regulación hormonal.

  La especialización no elimina la cooperación.

Ver requiere mucho más que tener ojos

  Cuando la luz entra en el ojo, la retina transforma información luminosa en señales nerviosas.

  Estas viajan hacia el cerebro.

  Allí se procesan bordes, colores, movimiento, profundidad y formas.

  Finalmente reconocemos un rostro, una palabra o un objeto.

  Los ojos reciben luz.

  Pero ver realmente ocurre en el sistema nervioso.

Escuchar también termina en el cerebro

  El oído transforma vibraciones en señales nerviosas.

  Después el cerebro analiza frecuencia, intensidad, dirección y patrones.

  Por eso podemos reconocer una voz entre muchas.

  O distinguir una palabra de otra.

  O recordar una melodía.

  Los órganos sensoriales captan información.

  El sistema nervioso le da significado.

El tacto — información distribuida por toda la piel

  La piel contiene receptores capaces de responder a presión, vibración, temperatura y estímulos potencialmente dañinos.

  Cuando tocamos una superficie, distintas fibras nerviosas transmiten información al sistema nervioso central.

  El cerebro integra esas señales y produce una percepción.

  Podemos distinguir textura, forma, temperatura y posición sin necesidad de mirar.

El dolor también protege

  El dolor puede ser desagradable, pero cumple una función protectora.

  Receptores especializados detectan estímulos capaces de dañar tejidos.

  La señal viaja hacia la médula y el cerebro.

  La percepción de dolor nos impulsa a retirar la mano del fuego, evitar apoyar una extremidad lesionada o buscar ayuda.

  Un sistema incómodo puede ser indispensable para proteger la vida.

El reflejo — responder antes de pensar

  Si tocamos algo muy caliente, podemos retirar la mano antes de ser plenamente conscientes del dolor.

  Esto ocurre porque algunos circuitos reflejos se organizan en la médula espinal.

  La señal sensorial entra.

  Una interneurona participa en el circuito.

  Una neurona motora activa el músculo.

  La mano se retira.

  Después el cerebro recibe la información y aparece la percepción consciente.

  La velocidad puede ser más importante que esperar una decisión.

Mover un dedo exige muchas estructuras

  Decidir levantar un dedo parece sencillo.

  Pero el cerebro debe generar una orden.

  La señal desciende por vías motoras.

  Llega a neuronas de la médula.

  Después viaja por nervios periféricos.

  Alcanza el músculo.

  En la unión neuromuscular se libera un neurotransmisor.

  La fibra muscular se activa y se contrae.

  Una acción pequeña requiere una cadena completa de comunicación.

El cerebelo ayuda a corregir el movimiento

  Cuando levantamos una taza, el movimiento debe ser preciso.

  Demasiada fuerza puede derramarla.

  Muy poca puede hacer que se caiga.

  El cerebelo compara información sobre el movimiento planeado con información que llega desde músculos, articulaciones y sistema vestibular.

  Después ayuda a realizar correcciones.

  La precisión depende de retroalimentación continua.

El equilibrio exige integrar varios sentidos

  Para mantenernos de pie, el cerebro utiliza información de los ojos, oído interno, músculos y articulaciones.

  Si una de esas fuentes cambia, las demás pueden ayudar a compensar.

  Por eso mantener el equilibrio en oscuridad puede ser más difícil en determinadas circunstancias.

  El cuerpo no utiliza una sola señal.

  Compara varias al mismo tiempo.

El sistema nervioso autónomo trabaja sin que lo ordenemos

  Muchas funciones no necesitan control consciente.

  El sistema nervioso autónomo ayuda a regular frecuencia cardíaca, presión arterial, digestión, diámetro de pupilas y otras funciones.

  Dentro de él existen divisiones como el sistema simpático y parasimpático.

  Uno puede ayudar a preparar al organismo para actividad intensa.

  Otro participa en recuperación, digestión y conservación de energía.

  El equilibrio entre ambos cambia continuamente.

El corazón escucha al sistema nervioso

  El corazón posee su propio marcapasos, pero su velocidad puede modificarse mediante señales nerviosas.

  Durante ejercicio o peligro puede aumentar la frecuencia.

  Durante descanso puede disminuir.

  El sistema nervioso ajusta el funcionamiento cardiovascular según las necesidades del momento.

  Un órgano autónomo continúa conectado con el resto del cuerpo.

El intestino posee una red nerviosa extraordinaria

  El aparato digestivo contiene una extensa red conocida como sistema nervioso entérico.

  Esta red puede coordinar muchos aspectos del movimiento intestinal y la secreción.

  Está conectada con el sistema nervioso central, pero posee una notable capacidad de procesamiento local.

  Incluso dentro del aparato digestivo encontramos circuitos nerviosos complejos.

La respiración funciona automáticamente, pero podemos modificarla

  Normalmente no decidimos cuándo respirar.

  Regiones del tronco encefálico generan ritmos respiratorios y responden a señales químicas.

  Sin embargo, también podemos contener la respiración durante un tiempo o respirar voluntariamente más rápido.

  El sistema combina control automático y voluntario.

  Pocas funciones muestran de manera tan clara esa cooperación.

Dormir tampoco significa que el cerebro se apague

  Durante el sueño, el cerebro sigue activo.

  Existen diferentes etapas con patrones eléctricos distintos.

  El sueño participa en procesos relacionados con memoria, regulación metabólica, función inmunológica y recuperación.

  Mientras parece que “no hacemos nada”, el sistema nervioso continúa realizando tareas importantes.

La memoria — conservar información sin guardar objetos físicos

  Recordar una persona, una palabra o una experiencia depende de cambios en redes neuronales.

  Las conexiones entre neuronas pueden fortalecerse o debilitarse.

  Algunas estructuras cerebrales participan especialmente en la formación y recuperación de recuerdos.

  La memoria no funciona como una caja donde se depositan fotografías.

  Es un proceso dinámico distribuido en circuitos.

Aprender modifica el cerebro

  Cuando practicamos una habilidad, estudiamos un idioma o aprendemos una canción, las redes neuronales pueden cambiar.

  Esta capacidad recibe el nombre de plasticidad neuronal.

  El cerebro no permanece completamente fijo.

  La experiencia puede modificar conexiones y patrones de actividad.

  Aprender deja huellas físicas en el sistema nervioso.

Las emociones también tienen una base biológica

  Miedo, alegría, tristeza y otras emociones implican la actividad coordinada de múltiples regiones cerebrales y señales corporales.

  No existe una sola “zona de la emoción”.

  Intervienen redes relacionadas con memoria, percepción, hormonas y respuestas autónomas.

  Por eso una emoción puede modificar el pulso, la respiración o la tensión muscular.

  La mente y el cuerpo están profundamente conectados.

El lenguaje exige una coordinación extraordinaria

  Para decir una frase debemos elegir palabras, organizar sonidos y coordinar músculos de lengua, labios, laringe y respiración.

  Al mismo tiempo escuchamos nuestra propia voz y hacemos correcciones.

  Comprender una conversación requiere analizar sonidos, reconocer palabras y relacionarlas con memoria y contexto.

  Hablar parece sencillo porque el sistema funciona con enorme rapidez.

El cerebro consume mucha energía

  Aunque representa solo una pequeña proporción de la masa corporal, el cerebro utiliza una cantidad considerable de energía.

  Las neuronas necesitan mantener gradientes iónicos, reciclar neurotransmisores y sostener actividad constante.

  Esto explica su gran dependencia de oxígeno y glucosa.

  Una interrupción importante del flujo sanguíneo puede causar daño rápidamente.

El cerebro está protegido por varias capas

  El cráneo proporciona una barrera ósea.

  El encéfalo está cubierto por membranas llamadas meninges.

  También se encuentra rodeado por líquido cefalorraquídeo.

  Además existe la barrera hematoencefálica, que regula el paso de muchas sustancias desde la sangre hacia el tejido nervioso.

  Una estructura tan delicada posee varios sistemas de protección.

La médula también está protegida

  La médula espinal viaja dentro del canal vertebral.

  Las vértebras forman una estructura ósea alrededor de ella.

  Desde allí salen los nervios hacia diferentes regiones del cuerpo.

  La columna no solamente sostiene nuestro tronco.

  También protege una de las principales rutas de comunicación del organismo.

Una lesión pequeña puede tener grandes consecuencias

  Debido a la organización del sistema nervioso, dañar una región pequeña puede afectar funciones situadas lejos.

  Una lesión en la médula puede interrumpir señales hacia regiones inferiores.

  Una lesión cerebral puede afectar lenguaje, movimiento o memoria.

  Esto demuestra cuánto depende el cuerpo de la integridad de sus redes de comunicación.

La Biblia y la maravilla de nuestra mente

  El salmista escribió:

“Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras.”
(Salmo 139:14)

  David no conocía neuronas, sinapsis, neurotransmisores ni potenciales de acción.

  Pero conocía algo profundamente humano: la experiencia de pensar, recordar, sentir y reconocer que nuestra existencia es extraordinaria.

  Hoy podemos observar estructuras microscópicas que para él eran completamente invisibles.

  Y el asombro puede aumentar.

El oído que oye y el ojo que ve

  Proverbios declara:

“El oído que oye, y el ojo que ve, ambas cosas igualmente ha hecho Jehová.”
(Proverbios 20:12)

  El versículo menciona dos órganos sensoriales, pero detrás de ambos existe un sistema nervioso capaz de recibir e interpretar la información.

  Un ojo sin conexiones cerebrales no produce visión consciente.

  Un oído sin procesamiento nervioso no produce comprensión del sonido.

  Los sentidos necesitan una red que los una.

Pensar acerca del pensamiento

  Quizá una de las características más extraordinarias del sistema nervioso humano sea esta:

  el cerebro puede estudiarse a sí mismo.

  Podemos observar neuronas mediante microscopios.

  Registrar actividad eléctrica.

  Analizar memoria.

  Investigar lenguaje.

  Y después utilizar el mismo cerebro para interpretar los resultados.

  La mente humana no solamente recibe el mundo.

  También pregunta cómo funciona.

Una red que conecta todo el cuerpo

  Pensemos nuevamente en una acción sencilla: caminar por una habitación.

  Los ojos observan el camino.

  El oído interno detecta movimientos.

  Receptores en músculos informan acerca de la posición.

  La médula transmite señales.

  El cerebelo corrige.

  La corteza motora envía órdenes.

  Los nervios activan músculos.

  El sistema autónomo ajusta corazón y respiración.

  Todo ocurre casi sin esfuerzo consciente.

  La sencillez de la experiencia es posible gracias a la complejidad del sistema.

Una obra extraordinaria dentro de nosotros

  La Biblia no pretende explicar potenciales de acción, sinapsis, plasticidad o circuitos motores mediante lenguaje científico. Estas preguntas corresponden a la neuroanatomía, neurofisiología y neurociencia.

  Sin embargo, cuanto más conocemos el sistema nervioso, más impresionante resulta nuestra capacidad de percibir, aprender y responder.

  Miles de millones de neuronas reciben información, transmiten impulsos, liberan neurotransmisores y forman redes. El cerebro integra los sentidos. La médula coordina rutas. Los nervios llevan órdenes hacia músculos y órganos. El sistema autónomo mantiene funciones esenciales incluso mientras dormimos.

  Desde la perspectiva bíblica, comprender estos mecanismos aumenta nuestra admiración. El sistema nervioso nos recuerda que la sabiduría del Creador puede contemplarse en una red invisible que atraviesa todo el cuerpo y permite que podamos ver, escuchar, movernos, recordar, sentir, aprender y relacionarnos con el mundo que nos rodea.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Temas científicos consultados

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Por el Dr. Elio M Rivera

  Cada vez que comemos, comienza dentro de nuestro cuerpo un proceso sorprendente. Un trozo de pan, una fruta, carne o cualquier otro alimento debe ser triturado, mezclado, descompuesto químicamente y finalmente convertido en moléculas suficientemente pequeñas para atravesar la pared intestinal y llegar a la sangre. Después, esas sustancias podrán ser utilizadas por millones de células para obtener energía, construir tejidos y realizar funciones indispensables.

  El sistema digestivo no es simplemente un tubo por donde pasa la comida. Está formado por órganos especializados, músculos, glándulas, enzimas, nervios, vasos sanguíneos y microorganismos que trabajan de manera coordinada. Boca, esófago, estómago, intestino delgado, intestino grueso, hígado, vesícula biliar y páncreas participan en distintas etapas del proceso.

  Lo extraordinario es que una acción cotidiana como comer requiere una cadena compleja de transformaciones físicas y químicas. El alimento entra como materia externa y termina convertido en energía, estructuras y sustancias capaces de mantener vivo todo el organismo.

La digestión comienza en la boca

  El proceso empieza incluso antes de que el alimento llegue al estómago.

  Los dientes cortan, desgarran y trituran. La lengua mueve el alimento y lo mezcla con saliva. Las glándulas salivales producen líquido que humedece el contenido y contiene enzimas capaces de comenzar la digestión de algunos carbohidratos.

  La boca realiza así dos tipos de digestión al mismo tiempo: una mecánica y otra química.

  Triturar aumenta la superficie disponible para que las enzimas puedan actuar con mayor eficacia.

La saliva hace mucho más que humedecer

  La saliva facilita la formación del bolo alimenticio y ayuda a proteger los tejidos de la boca.

  También contiene sustancias que participan en defensa frente a microorganismos y enzimas como la amilasa salival, que comienza a descomponer ciertos almidones.

  Antes de tragar, parte del alimento ya está siendo transformado.

  Una sustancia que muchas veces consideramos insignificante desempeña varias funciones al mismo tiempo.

Tragar exige coordinación

  La deglución parece automática, pero requiere una secuencia extremadamente precisa.

  La lengua impulsa el bolo hacia la faringe. Después, músculos coordinados ayudan a dirigirlo hacia el esófago mientras la vía respiratoria queda protegida.

  La epiglotis y otros mecanismos participan en evitar que el alimento entre en la tráquea.

  Respirar y tragar utilizan regiones cercanas, por lo que el sistema debe coordinar ambas funciones correctamente.

El esófago — transportar sin depender de la gravedad

  Una vez dentro del esófago, el alimento avanza mediante ondas musculares llamadas peristalsis.

  Los músculos se contraen detrás del bolo y se relajan delante de él.

  De esta manera, el alimento puede desplazarse hacia el estómago incluso si la persona se encuentra acostada.

  El sistema digestivo no depende simplemente de que la comida “caiga”.

  La mueve activamente.

El estómago — una cámara de mezcla y digestión

  El estómago recibe el alimento y comienza a mezclarlo mediante contracciones musculares.

  Su pared produce ácido clorhídrico y enzimas digestivas, además de una capa de moco que ayuda a proteger el tejido frente al contenido ácido.

  El ambiente ácido favorece la actividad de determinadas enzimas y también ayuda a destruir muchos microorganismos ingeridos.

  El alimento termina convertido en una mezcla semilíquida llamada quimo.

¿Cómo evita el estómago digerirse a sí mismo?

  Esta pregunta resulta fascinante.

  El estómago contiene ácido y enzimas capaces de descomponer proteínas, pero su pared posee mecanismos de protección.

  Una barrera de moco y bicarbonato ayuda a separar el contenido ácido del tejido. Las células de la superficie se renuevan con rapidez y existen mecanismos que regulan la secreción.

  Cuando estas defensas se alteran pueden aparecer lesiones.

  La digestión necesita ser poderosa, pero también controlada.

El intestino delgado — donde ocurre gran parte de la absorción

  Después del estómago, el quimo entra en el intestino delgado, dividido en duodeno, yeyuno e íleon.

  Aquí continúa intensamente la digestión química y ocurre la mayor parte de la absorción de nutrientes.

  El páncreas libera enzimas que ayudan a descomponer proteínas, carbohidratos y grasas.

  El hígado produce bilis, almacenada y concentrada en la vesícula biliar, que participa especialmente en el manejo de las grasas.

  Numerosos órganos diferentes terminan colaborando dentro de un mismo segmento intestinal.

El páncreas — una fábrica de enzimas

  El páncreas produce enzimas digestivas muy importantes.

  Proteasas ayudan a degradar proteínas.

  Lipasa participa en la digestión de grasas.

  Amilasa pancreática continúa la descomposición de carbohidratos.

  Además, secreta bicarbonato, que ayuda a neutralizar la acidez del contenido que llega desde el estómago.

  Un mismo órgano participa tanto en digestión como en regulación del ambiente químico.

La bilis y las grasas

  Las grasas no se mezclan fácilmente con el agua.

  La bilis contiene sales biliares capaces de fragmentar grandes gotas de grasa en partículas más pequeñas mediante un proceso de emulsificación.

  Esto aumenta la superficie disponible para la acción de la lipasa.

  La bilis no “digiera” directamente la grasa como una enzima, pero facilita enormemente el proceso.

  La física y la química trabajan juntas.

El hígado — mucho más que un órgano digestivo

  El hígado es uno de los órganos metabólicos más importantes del cuerpo.

  Procesa nutrientes absorbidos desde el intestino, almacena glucógeno, participa en el metabolismo de grasas y proteínas, produce bilis y modifica o elimina numerosas sustancias.

  Gran parte de la sangre que viene del aparato digestivo pasa primero por el hígado mediante el sistema portal hepático.

  Así, los nutrientes recién absorbidos llegan a una especie de gran centro de procesamiento antes de distribuirse ampliamente.

Una superficie intestinal enorme dentro de un espacio pequeño

  La pared del intestino delgado no es lisa.

  Posee pliegues, vellosidades y microvellosidades que aumentan enormemente el área disponible para absorción.

  Una superficie mayor permite que más nutrientes entren en contacto con células especializadas.

  El principio es sencillo, pero el resultado es extraordinario.

  En lugar de construir un intestino gigantesco, el organismo multiplica la superficie internamente.

Cada vellosidad posee su propia circulación

  Dentro de las vellosidades existen pequeños vasos sanguíneos y vasos linfáticos.

  Los azúcares simples y aminoácidos absorbidos pasan principalmente hacia capilares sanguíneos.

  Muchos productos derivados de la digestión de grasas entran primero en vasos linfáticos especializados llamados vasos quilíferos.

  Así, diferentes nutrientes utilizan rutas distintas.

  Absorber no significa simplemente atravesar una pared; también implica transporte organizado.

Los carbohidratos terminan convertidos en moléculas pequeñas

  Los carbohidratos complejos deben ser descompuestos hasta formas absorbibles, especialmente monosacáridos como la glucosa.

  Después de entrar en la sangre, la glucosa puede utilizarse para producir energía o almacenarse para uso posterior.

  Una porción de alimento termina convertida en combustible celular.

  La transformación comienza en el plato y termina dentro de una mitocondria.

Las proteínas también deben desmontarse

  Las proteínas alimentarias son grandes moléculas formadas por aminoácidos.

  El sistema digestivo las descompone progresivamente mediante enzimas presentes en el estómago, páncreas e intestino.

  Los aminoácidos resultantes pueden ser absorbidos y posteriormente utilizados para construir nuevas proteínas.

  Músculos, enzimas, receptores y numerosas estructuras dependen de estos componentes.

  El cuerpo desmonta para volver a construir.

Las grasas cumplen funciones importantes

  Las grasas proporcionan energía y participan en membranas celulares, hormonas y absorción de vitaminas liposolubles.

  Su digestión requiere emulsificación, acción enzimática y procesos especiales de transporte.

  Después de ser absorbidos, muchos lípidos se organizan en partículas que circulan por linfa y sangre.

  Un nutriente aparentemente sencillo exige una ruta altamente especializada.

El intestino grueso — recuperar agua y minerales

  Cuando el contenido llega al intestino grueso, gran parte de los nutrientes ya ha sido absorbida.

  Aquí se recuperan agua y electrolitos, mientras el material restante se transforma progresivamente en heces.

  El intestino grueso también contiene una enorme comunidad de microorganismos.

  Estos participan en la transformación de sustancias que nuestras propias enzimas no procesan completamente.

La microbiota — un ecosistema dentro de nosotros

  El colon alberga numerosas especies microbianas que forman parte de la microbiota intestinal.

  Estas comunidades metabolizan determinados componentes de la dieta, especialmente fibras, y producen moléculas que pueden interactuar con nuestras células.

  También mantienen relaciones complejas con el sistema inmunológico.

  El aparato digestivo no funciona completamente solo.

  Convive con un ecosistema microscópico.

La fibra alimenta parte de esa comunidad

  Muchos tipos de fibra no son digeridos por nuestras enzimas intestinales.

  Sin embargo, determinadas bacterias pueden fermentarlos.

  Durante este proceso producen sustancias como ácidos grasos de cadena corta, que pueden ser utilizadas por células intestinales y participar en distintas funciones.

  Algo que nosotros no podemos digerir directamente puede convertirse en alimento para organismos que viven con nosotros.

El sistema nervioso también controla el intestino

  El aparato digestivo posee una extensa red nerviosa conocida como sistema nervioso entérico.

  Puede coordinar movimientos, secreciones y otras funciones locales.

  Está conectado con el cerebro mediante varias vías, incluyendo el nervio vago.

  Por eso emociones intensas pueden producir sensaciones en el estómago o modificar el movimiento intestinal.

  Digestión y sistema nervioso están profundamente relacionados.

El intestino puede moverse sin que pensemos en ello

  No necesitamos ordenar conscientemente cada contracción.

  El peristaltismo y otros patrones motores son coordinados automáticamente.

  Músculos circulares y longitudinales modifican el diámetro y longitud del tubo digestivo.

  El contenido avanza, se mezcla y permanece el tiempo necesario en distintas regiones.

  La maquinaria continúa incluso mientras dormimos.

El apetito también está regulado

  Comer no depende solamente de que el estómago esté vacío.

  Hormonas producidas en el aparato digestivo, tejido adiposo y otros órganos envían señales hacia el cerebro.

  Estas participan en hambre, saciedad y regulación del metabolismo.

  La digestión comienza antes del primer bocado y continúa influyendo incluso después de terminar de comer.

El olfato y la vista preparan al sistema

  Ver oler comida puede comenzar a activar procesos digestivos.

  Aumenta la salivación y pueden aparecer respuestas en estómago y páncreas.

  El cerebro anticipa lo que está por llegar.

  Esto se conoce como fase cefálica de la digestión.

  El sistema puede prepararse antes de recibir el alimento.

La digestión también defiende al organismo

  El aparato digestivo está expuesto continuamente a sustancias procedentes del exterior.

  Por eso posee múltiples mecanismos defensivos.

  Ácido gástrico, moco, enzimas, movimiento intestinal, microbiota y tejido inmunológico asociado al intestino participan en protección.

  Absorber nutrientes exige mantener una frontera cuidadosamente controlada.

Una pared debe permitir entrar unas cosas y detener otras

  El intestino enfrenta un problema extraordinario.

  Necesita ser suficientemente permeable para permitir el paso de nutrientes.

  Pero también debe limitar la entrada de microorganismos y moléculas potencialmente dañinas.

  Las células epiteliales están unidas mediante estructuras especializadas y se renuevan continuamente.

  La absorción exige selectividad.

Comer es transformar materia externa en parte de nosotros

  Esta idea merece detenernos.

  Una manzana crece en un árbol.

  La comemos.

  Sus carbohidratos son digeridos.

  Sus moléculas entran en nuestra sangre.

  Algunas terminan produciendo energía.

  Otras pueden incorporarse a nuevas moléculas de nuestro cuerpo.

  Aquello que estaba fuera termina participando en nosotros.

Jesús utilizó el alimento como imagen de provisión

  En el Sermón del Monte, Jesús declaró:

“Vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas.”
(Mateo 6:32)

  El contexto incluye necesidades básicas como comida y vestido.

  La Biblia presenta repetidamente el alimento como parte de la provisión necesaria para la vida.

  La ciencia permite contemplar qué ocurre después de recibir esa provisión.

El Salmo 104 también relaciona alimento y vida

  El salmista escribió:

“Todos ellos esperan en ti, para que les des su comida a su tiempo. Les das, recogen; abres tu mano, se sacian de bien.”
(Salmo 104:27-28)

  Comer parece una acción cotidiana.

  Pero el alimento solamente puede sostenernos porque nuestro cuerpo posee los mecanismos necesarios para recibirlo, descomponerlo, absorberlo y distribuirlo.

  La provisión externa necesita una maquinaria interna.

Una fábrica que nunca vemos trabajando

  La Biblia no pretende explicar enzimas pancreáticas, microvellosidades, peristaltismo o microbiota mediante lenguaje científico. Estas preguntas corresponden a la anatomía, fisiología, gastroenterología y bioquímica.

  Sin embargo, estudiar el sistema digestivo transforma nuestra manera de contemplar algo tan sencillo como una comida.

  Dientes trituran. La saliva comienza la digestión. El esófago transporta. El estómago mezcla. El páncreas libera enzimas. El hígado produce bilis. El intestino multiplica su superficie mediante vellosidades. Los nutrientes atraviesan la pared. La sangre y la linfa los distribuyen. El colon recupera agua y alberga comunidades microbianas.

  Todo esto ocurre automáticamente.

  Desde la perspectiva bíblica, comprender estos mecanismos aumenta nuestra admiración. El sistema digestivo nos recuerda que la sabiduría del Creador puede contemplarse en la extraordinaria capacidad del cuerpo para tomar alimento del mundo exterior, descomponerlo con precisión y convertirlo en energía, reparación, crecimiento y vida.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Temas científicos consultados

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Por el Dr. Elio M Rivera

  Cuando pensamos en los huesos, es fácil imaginarlos como piezas duras e inmóviles cuya única función consiste en sostener el cuerpo. Sin embargo, esa imagen está muy lejos de la realidad. Los huesos son órganos vivos, atravesados por vasos sanguíneos, habitados por células y sometidos a un proceso continuo de construcción, reparación y renovación.

  El esqueleto humano adulto posee normalmente doscientos seis huesos. Juntos forman una estructura capaz de sostener el peso del cuerpo, proteger órganos delicados, trabajar con los músculos para producir movimiento, almacenar minerales y albergar médula ósea donde se forman células sanguíneas.

  Lo extraordinario es que un hueso necesita resolver problemas aparentemente contradictorios. Debe ser resistente, pero no excesivamente pesado. Debe soportar fuerzas, pero conservar cierto grado de flexibilidad. Debe mantener su forma y, al mismo tiempo, ser capaz de repararse y remodelarse. El esqueleto no es un armazón muerto: es una estructura dinámica que responde continuamente a las necesidades del organismo.

El esqueleto humano

Doscientos seis huesos formando una sola estructura

  El esqueleto puede dividirse en dos grandes regiones.

  El esqueleto axial incluye el cráneo, la columna vertebral y la caja torácica. Estas estructuras proporcionan soporte y protegen órganos especialmente importantes.

  El esqueleto apendicular incluye principalmente las extremidades y las estructuras que las unen al tronco.

  Cada hueso posee una forma relacionada con las funciones que debe realizar.

El cráneo — una fortaleza alrededor del cerebro

  Pocas estructuras muestran mejor la función protectora del hueso que el cráneo.

  El cerebro es un órgano extraordinariamente delicado.

  A su alrededor existe una cubierta ósea resistente formada por varios huesos unidos mediante articulaciones especializadas llamadas suturas.

  Dentro de esa protección se encuentra uno de los sistemas más complejos del cuerpo humano.

  Una estructura dura protege un órgano blando.

La columna protege una gran vía de comunicación

  La columna vertebral está formada por una serie de vértebras.

  Estas proporcionan soporte al cuerpo y forman un canal alrededor de la médula espinal.

  Desde la médula salen nervios hacia diferentes regiones.

  Pero la columna no es simplemente un tubo rígido.

  Su organización permite movimientos de flexión, extensión y rotación mientras conserva una importante función protectora.

Las costillas forman una jaula que puede moverse

  El corazón y los pulmones necesitan protección.

  La caja torácica cumple esa función mediante costillas, vértebras torácicas y esternón.

  Sin embargo, los pulmones también necesitan expandirse.

  Por eso el tórax no puede ser una caja completamente rígida.

  Las articulaciones y cartílagos permiten movimientos durante la respiración.

  Protección y movilidad deben coexistir.

¿Cómo puede un hueso ser duro sin convertirse en una piedra?

  El tejido óseo posee una composición extraordinaria.

  Una parte importante de su resistencia a la compresión procede de minerales, principalmente cristales relacionados con hidroxiapatita, rica en calcio y fosfato.

  Pero también contiene una matriz orgánica donde destaca el colágeno.

  Los minerales proporcionan dureza.

  El colágeno aporta resistencia a la tensión y cierto grado de flexibilidad.

  La combinación produce propiedades que ninguno de los componentes tendría por separado.

Una estructura fuerte sin ser completamente sólida

  Si todos nuestros huesos fueran bloques macizos, el esqueleto sería innecesariamente pesado.

  Muchos huesos contienen regiones de hueso compacto y hueso esponjoso o trabecular.

  El hueso compacto proporciona una cubierta resistente.

  El hueso trabecular contiene una red interna de pequeñas estructuras llamadas trabéculas.

  Esta arquitectura permite distribuir fuerzas mientras reduce masa.

  No se necesita llenar todo el espacio con material para obtener resistencia.

El interior de un hueso es una obra de ingeniera creativa

  Cuando observamos hueso trabecular, encontramos una red tridimensional.

  Las trabéculas no están colocadas simplemente al azar. Su arquitectura puede modificarse en respuesta a las cargas mecánicas que recibe el hueso.

  Las regiones sometidas a diferentes fuerzas presentan organizaciones distintas.

  La estructura interna responde a la función.

Los huesos están vivos

  Dentro del tejido óseo existen diferentes tipos de células.

  Los osteoblastos participan en la formación de nuevo tejido óseo.

  Los osteoclastos degradan hueso mediante un proceso controlado.

  Los osteocitos, derivados de osteoblastos atrapados dentro de la matriz, participan en el mantenimiento del tejido y en la detección de señales mecánicas.

  Construir y retirar material forman parte del mismo sistema.

El hueso, es capaz de regenerarse y renovarse

  A lo largo de nuestra vida, regiones del tejido óseo son eliminadas y reemplazadas.

  Este proceso recibe el nombre de remodelación ósea.

  Los osteoclastos retiran tejido.

  Después los osteoblastos depositan nueva matriz, que posteriormente se mineraliza.

  El hueso que tenemos hoy no es exactamente el mismo tejido que tuvimos años atrás.

  Una estructura aparentemente permanente se encuentra en renovación continua.

¿Por qué destruir hueso para volverlo a construir?

  La remodelación permite reparar microdaños producidos por las cargas cotidianas.

  También ayuda al esqueleto a responder a cambios en las fuerzas mecánicas y participa en la regulación de minerales como calcio y fosfato.

  El organismo no espera necesariamente a que un hueso se rompa por completo.

  Existe mantenimiento continuo.

  El esqueleto posee su propio sistema de reparación preventiva.

Los huesos responden al ejercicio

  Cuando el esqueleto recibe cargas mecánicas apropiadas, las células óseas detectan esas fuerzas.

  Con el tiempo, el tejido puede adaptarse.

  Por eso actividades que producen carga sobre los huesos son importantes para conservar la masa ósea.

  El esqueleto no es simplemente una estructura sobre la que actúan fuerzas.

  Puede responder biológicamente a esas fuerzas.

Una fractura activa un extraordinario proceso de reparación

  Cuando un hueso se rompe, comienza inmediatamente una secuencia organizada.

  Primero se produce sangrado y aparece un hematoma alrededor de la lesión.

  Después participan células inflamatorias y comienzan procesos de reparación.

  Se forma tejido que estabiliza la zona.

  Posteriormente aparece nuevo hueso.

  Finalmente ocurre remodelación.

  Con el tiempo, una estructura rota puede recuperar gran parte de su resistencia.

El hueso puede reconstruirse

  La capacidad de reparación ósea es especialmente impresionante.

  Una grieta en una piedra no se repara sola.

  Una columna de concreto fracturada necesita intervención externa.

  El hueso, en cambio, posee células, vasos sanguíneos y señales químicas capaces de iniciar su reconstrucción.

  La estructura dañada participa en su propia reparación.

La médula ósea — una fábrica escondida dentro del esqueleto

  Dentro de determinados huesos encontramos médula ósea.

  En la médula roja existen células madre hematopoyéticas capaces de producir diferentes células de la sangre.

  De allí proceden glóbulos rojos, varios tipos de glóbulos blancos y plaquetas mediante procesos de diferenciación.

  El esqueleto no solamente sostiene el cuerpo.

  Dentro de él se encuentra una fábrica de sangre.

Millones de células sanguíneas comienzan dentro de los huesos

  Los glóbulos rojos transportan oxígeno.

  Los glóbulos blancos participan en la defensa.

  Las plaquetas son fundamentales para la coagulación.

  Todas estas células tienen una vida limitada y deben ser reemplazadas.

  La médula ósea trabaja continuamente produciendo nuevas células.

  Dentro de una estructura que parece rígida existe una actividad biológica extraordinaria.

Los huesos también almacenan minerales

  El calcio es indispensable para numerosas funciones.

  Participa en contracción muscular, comunicación celular, transmisión nerviosa y coagulación sanguínea.

  El esqueleto contiene la mayor reserva de calcio del organismo.

  Hormonas y órganos como riñones, intestino y huesos participan conjuntamente en mantener concentraciones apropiadas en la sangre.

  El hueso funciona también como depósito mineral dinámico.

Calcio no significa solamente huesos fuertes

  Cuando pensamos en calcio solemos pensar inmediatamente en el esqueleto.

  Pero una pequeña cantidad circulante es esencial para funciones vitales.

  Por eso el organismo regula cuidadosamente su concentración.

  El hueso participa en este equilibrio almacenando y liberando minerales según complejos mecanismos fisiológicos.

  Una estructura mecánica también cumple funciones metabólicas.

Los huesos y los músculos forman un sistema

  Un hueso por sí solo no puede movernos.

  Los músculos se conectan al esqueleto mediante tendones.

  Cuando un músculo se contrae, ejerce fuerza sobre un hueso y puede producir movimiento alrededor de una articulación.

  Los huesos funcionan como palancas.

  Las articulaciones proporcionan puntos de movimiento.

  Los músculos generan fuerza.

  El sistema nervioso coordina todo.

Mover una mano requiere mucho más que músculos

  Cuando levantamos una taza, el cerebro genera señales motoras.

  Los nervios las transmiten.

  Los músculos se contraen.

  Los tendones transmiten la fuerza.

  Los huesos se mueven alrededor de las articulaciones.

  Ligamentos ayudan a mantener estabilidad.

  La acción parece sencilla porque muchas estructuras trabajan juntas.

Las articulaciones permiten movimiento sin destruir los huesos

  En muchas articulaciones, las superficies óseas están cubiertas por cartílago articular.

  Este tejido proporciona una superficie lisa y ayuda a distribuir las cargas.

  Además, dentro de articulaciones sinoviales existe líquido que contribuye a reducir la fricción.

  Los huesos pueden moverse miles de veces sin estar raspándose directamente unos contra otros en condiciones normales.

El esqueleto cambia mientras crecemos

  Los huesos de un niño no son simplemente versiones pequeñas de los huesos adultos.

  Durante el crecimiento existen regiones especializadas llamadas placas epifisarias o placas de crecimiento.

  En ellas ocurre proliferación de cartílago seguida por reemplazo progresivo por tejido óseo.

  Gracias a este proceso los huesos largos aumentan de longitud.

  Cuando termina el crecimiento, estas placas finalmente se cierran.

Un bebé posee más piezas óseas separadas

  Al nacer, varias estructuras que posteriormente estarán fusionadas permanecen separadas.

  Por eso frecuentemente se dice que los bebés poseen más huesos o elementos óseos separados que los adultos.

  Con el desarrollo, algunos se fusionan.

  El esqueleto adulto no aparece terminado desde el principio.

  Se construye y reorganiza durante años.

El cráneo del recién nacido necesita flexibilidad

  Entre determinados huesos del cráneo infantil existen regiones membranosas conocidas como fontanelas.

  Estas permiten cierta flexibilidad durante el nacimiento y proporcionan espacio para el rápido crecimiento del cerebro.

  Posteriormente se cierran progresivamente.

  La protección del cerebro y su crecimiento requieren soluciones diferentes según la etapa de la vida.

Los huesos también revelan nuestra historia

  El tejido óseo responde a actividad, nutrición, hormonas, edad y enfermedad.

  Una radiografía puede revelar fracturas antiguas, alteraciones estructurales o cambios en densidad.

  El esqueleto conserva huellas de experiencias que atravesó el organismo.

  En cierto sentido, los huesos pueden convertirse en un registro de nuestra vida física.

Una radiografía permite mirar dentro del cuerpo

  Los rayos X atraviesan los tejidos blandos de manera diferente que el hueso.

  Gracias a esta diferencia podemos obtener imágenes del esqueleto sin necesidad de cirugía.

  Una fractura escondida bajo músculos y piel puede hacerse visible.

  Lo que durante siglos estuvo oculto ahora puede observarse en segundos.

El hueso necesita vasos sanguíneos

  Aunque parece sólido, el hueso está atravesado por vasos.

  Sus células necesitan oxígeno y nutrientes como cualquier otro tejido vivo.

  En el hueso compacto existen sistemas microscópicos organizados alrededor de canales por donde pasan vasos y nervios.

  Incluso dentro de una estructura mineralizada encontramos circulación.

Lo rígido y lo vivo existen juntos

  Esta quizá sea una de las características más fascinantes del esqueleto.

  El hueso es suficientemente duro para sostenernos.

  Pero contiene células vivas.

  Posee minerales.

  Pero también proteínas.

  Mantiene su forma.

  Pero puede cambiar.

  Resiste fuerzas.

  Pero puede repararse.

  La fortaleza no depende de rigidez absoluta, sino de una combinación cuidadosamente equilibrada de propiedades.

La Biblia habla de nuestros huesos

  El salmista declaró:

“No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado.”
(Salmo 139:15)

  El texto habla poéticamente de la formación del ser humano en el vientre materno.

  David no conocía osteoblastos, placas de crecimiento, médula ósea o hidroxiapatita.

  Sin embargo, contemplaba la formación del cuerpo como algo digno de asombro.

“Tú formaste mis entrañas”

  Unos versículos antes declara:

“Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre.”
(Salmo 139:13)

  Hoy podemos observar el desarrollo del esqueleto mediante técnicas que los escritores antiguos jamás imaginaron.

  Podemos estudiar cómo aparece cartílago, cómo comienza la osificación, cómo crecen los huesos y cómo cambian sus proporciones.

  Conocer el mecanismo no elimina el asombro.

  Puede aumentarlo.

Job utilizó una imagen sorprendentemente hermosa

  Job declaró:

“Me vestiste de piel y carne, y me tejiste con huesos y nervios.”
(Job 10:11)

  La expresión “me tejiste” comunica integración.

  Huesos solos no producen un cuerpo.

  Necesitan músculos.

  Tendones.

  Nervios.

  Vasos.

  Articulaciones.

  Órganos.

  Todo debe estar relacionado.

Los huesos secos y la imagen de la vida

  En Ezequiel 37 encontramos la conocida visión del valle de los huesos secos.

  El propósito del pasaje es profético y espiritual, no una explicación de anatomía.

  Sin embargo, utiliza precisamente los huesos como símbolo de aquello que ha perdido la vida.

  La imagen funciona porque todos comprendemos intuitivamente una realidad:

  un esqueleto sin vida es muy diferente de huesos integrados dentro de un organismo vivo.

Mucho más que un armazón

  Pensemos nuevamente en todo lo que realiza nuestro esqueleto.

  Sostiene el cuerpo.

  Protege el cerebro.

  Rodea el corazón y los pulmones.

  Protege la médula espinal.

  Permite movimiento.

  Almacena minerales.

  Produce células sanguíneas.

  Detecta cargas mecánicas.

  Se remodela.

  Y puede reparar fracturas.

  Todo esto ocurre dentro de una estructura que muchas veces consideramos simplemente “los huesos”.

Una estructura extraordinaria que se reconstruye mientras vivimos

  La Biblia no pretende explicar osteoblastos, hidroxiapatita, médula ósea o remodelación mediante lenguaje científico. Estas preguntas corresponden a la anatomía, fisiología, histología y medicina.

  Sin embargo, cuanto más conocemos el esqueleto, más extraordinario resulta.

  Minerales proporcionan dureza. Colágeno aporta resistencia. Trabéculas distribuyen fuerzas. Células retiran tejido antiguo y producen tejido nuevo. La médula fabrica células sanguíneas. Los vasos mantienen vivo el hueso. Las articulaciones permiten movimiento y los músculos utilizan el esqueleto como un sistema de palancas.

  Desde la perspectiva bíblica, comprender estos mecanismos aumenta nuestra admiración. Los huesos nos recuerdan que la sabiduría del Creador puede contemplarse incluso en aquello que parece simplemente rígido e inmóvil: una estructura viva, resistente y ligera que sostiene nuestro cuerpo, protege órganos indispensables, produce nuestra sangre y posee la extraordinaria capacidad de renovarse y reconstruirse durante toda nuestra vida.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

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Por el Dr. Elio M Rivera

  Cada vez que caminamos, sonreímos, levantamos una taza, respiramos profundamente o simplemente mantenemos la postura, los músculos están trabajando. Algunos responden a nuestra voluntad; otros funcionan automáticamente. Unos mueven los huesos, otros impulsan la sangre, y otros hacen avanzar alimentos por el aparato digestivo. El cuerpo humano depende continuamente de la contracción muscular.

  Los músculos no son simples masas de carne capaces de “jalar”. Están formados por células altamente especializadas que transforman energía química en fuerza mecánica. Para hacerlo necesitan señales nerviosas, calcio, proteínas contráctiles, oxígeno, nutrientes y una coordinación precisa con tendones, huesos y articulaciones.

  La verdadera maravilla aparece cuando comprendemos que una acción aparentemente sencilla, como cerrar la mano, requiere que millones de estructuras microscópicas actúen juntas. El movimiento visible comienza con procesos invisibles dentro de las células musculares.

Tres tipos de músculo dentro de un mismo cuerpo

  El cuerpo humano posee tres tipos principales de tejido muscular: esquelético, cardíaco y liso.

  El músculo esquelético está unido principalmente a los huesos y participa en los movimientos voluntarios.

  El músculo cardíaco forma la pared del corazón y se contrae rítmicamente durante toda la vida.

  El músculo liso se encuentra en estructuras como intestinos, vasos sanguíneos, vejiga y otras vísceras.

  Los tres producen fuerza, pero lo hacen mediante organizaciones y controles diferentes.

El músculo esquelético — mover el cuerpo

  Cuando decidimos levantar un brazo, el cerebro genera una señal.

  Esa señal viaja por neuronas motoras hasta alcanzar las fibras musculares.

  El músculo se contrae.

  El tendón transmite la fuerza hacia el hueso.

  La articulación permite el movimiento.

  Una decisión consciente termina convertida en movimiento físico.

Los tendones conectan músculo y hueso

  Muchos músculos terminan en estructuras resistentes de tejido conectivo llamadas tendones.

  Los tendones transmiten la fuerza producida por el músculo hacia el hueso.

  No son simples cuerdas pasivas. Su composición les permite resistir enormes tensiones.

  Cuando el músculo se acorta, el tendón lleva esa fuerza al esqueleto.

  El músculo genera.

  El tendón transmite.

  El hueso se mueve.

Los músculos trabajan en grupos

  Un solo músculo rara vez realiza un movimiento completamente aislado.

  Para flexionar el codo, unos músculos generan la fuerza principal mientras otros estabilizan articulaciones y controlan la trayectoria.

  Cuando el movimiento cambia de dirección, otros grupos se vuelven protagonistas.

  Por eso hablamos de agonistas, antagonistas y sinergistas.

  El movimiento depende de cooperación y oposición controlada.

El bíceps no trabaja solo

  Cuando flexionamos el codo, el bíceps braquial participa, pero también intervienen otros músculos como el braquial y el braquiorradial.

  Mientras tanto, el tríceps debe reducir su actividad en el momento apropiado o participar en el control del movimiento.

  La fuerza útil depende no solamente de contraer.

  También de saber cuándo relajarse.

Estructura del musculo

Dentro del músculo existen fibras

  Un músculo está formado por fascículos.

  Los fascículos contienen fibras musculares.

  Cada fibra muscular contiene estructuras aún más pequeñas llamadas miofibrillas.

  Dentro de ellas encontramos unidades repetidas conocidas como sarcómeros.

  El movimiento visible de un brazo comienza en la organización microscópica de estas unidades.

Actina y miosina — proteínas que producen fuerza

  Dentro de los sarcómeros existen principalmente dos sistemas de filamentos relacionados con la contracción: actina y miosina.

  Las cabezas de miosina interactúan con los filamentos de actina.

  Utilizando energía procedente de ATP, realizan ciclos que desplazan los filamentos unos respecto de otros.

  El sarcómero se acorta.

  Miles de sarcómeros acortándose juntos producen contracción de toda la fibra.

El músculo no se encoge como una esponja

  Las proteínas contráctiles no se hacen más pequeñas individualmente.

  Los filamentos se deslizan unos respecto de otros.

  Por eso el mecanismo recibe el nombre de teoría del filamento deslizante.

  Una pequeña interacción repetida millones de veces termina produciendo una fuerza capaz de levantar todo el cuerpo.

El calcio da la señal interna

  Para que actina y miosina interactúen correctamente, la fibra muscular necesita una señal química.

  El calcio cumple un papel fundamental.

  Cuando llega el impulso nervioso, se produce una secuencia de acontecimientos que libera calcio desde estructuras internas de la fibra muscular.

  El calcio se une a proteínas reguladoras y permite que actina y miosina comiencen a interactuar.

  Una señal eléctrica termina convertida en una señal química y después en fuerza.

La unión neuromuscular — donde nervio y músculo se encuentran

  La neurona motora no se fusiona directamente con la fibra muscular.

  Entre ambas existe una región especializada llamada unión neuromuscular.

  Cuando el impulso llega al terminal nervioso, se libera el neurotransmisor acetilcolina.

  Esta se une a receptores en la membrana muscular.

  Se genera una señal eléctrica en la fibra.

  Después comienza el proceso de liberación de calcio.

Una orden del cerebro puede terminar en una contracción microscópica

  La secuencia es extraordinaria:

  el cerebro genera una señal,

  la médula la transmite,

  la neurona motora la conduce,

  se libera acetilcolina,

  la fibra muscular se despolariza,

  se libera calcio,

  actina y miosina interactúan,

  se utiliza ATP,

  y finalmente el músculo produce fuerza.

  Una intención termina transformada en movimiento.

Los músculos necesitan energía

  La contracción muscular depende de ATP.

  Pero las reservas inmediatas de ATP dentro del músculo son pequeñas.

  Por eso el organismo posee varios sistemas para regenerarlo.

  Puede utilizar fosfocreatina.

  Puede obtener ATP mediante glucólisis.

  Y puede producir grandes cantidades mediante metabolismo aeróbico dentro de las mitocondrias.

  La fuente predominante cambia según la intensidad y duración del esfuerzo.

Una carrera corta y una caminata larga no usan exactamente lo mismo

  Durante un esfuerzo explosivo, el músculo necesita energía de manera inmediata.

  Los sistemas de fosfocreatina y glucólisis pueden contribuir rápidamente.

  Durante una actividad prolongada, el metabolismo aeróbico adquiere mayor importancia.

  El organismo adapta su estrategia energética a la tarea.

  La misma célula puede cambiar de fuente según la necesidad.

El oxígeno llega gracias al corazón y los pulmones

  Los músculos no pueden producir energía aeróbica sin oxígeno.

  Los pulmones lo introducen.

  La hemoglobina lo transporta.

  El corazón impulsa la sangre.

  Los capilares lo acercan a las fibras musculares.

  Las mitocondrias lo utilizan.

  Un músculo en movimiento depende de varios órganos situados lejos de él.

La sangre cambia cuando hacemos ejercicio

  Durante actividad física aumenta el flujo sanguíneo hacia músculos activos.

  Los vasos pueden dilatarse localmente.

  El corazón aumenta su gasto.

  La ventilación pulmonar se incrementa.

  La temperatura corporal sube y aparecen mecanismos para eliminar calor.

  El ejercicio convierte todo el organismo en un sistema coordinado.

La fuerza no depende solamente del tamaño del músculo

  Un músculo más grande puede producir más fuerza, pero otros factores también importan.

  La cantidad de unidades motoras activadas.

  La frecuencia de las señales nerviosas.

  La longitud inicial del músculo.

  La posición de la articulación.

  La arquitectura de las fibras.

  La fuerza es el resultado de múltiples variables.

Las unidades motoras permiten graduar la fuerza

  Una neurona motora puede controlar varias fibras musculares.

  La neurona y las fibras que inerva forman una unidad motora.

  Cuando necesitamos poca fuerza, el sistema activa algunas unidades.

  Cuando aumenta la demanda, recluta más.

  Así podemos sostener una hoja de papel o levantar una caja pesada utilizando los mismos músculos, pero con diferente nivel de activación.

Los músculos de precisión funcionan de manera especial

  En músculos que requieren movimientos muy finos, como algunos de los ojos o dedos, una neurona puede controlar relativamente pocas fibras.

  Esto permite un control muy preciso.

  En músculos grandes destinados a generar fuerza, una neurona puede controlar muchas más fibras.

  La organización se relaciona con la función.

El cuerpo también debe mantener la postura

  Aunque estemos aparentemente quietos, numerosos músculos permanecen activos.

  Evitan que la cabeza caiga.

  Mantienen el tronco erguido.

  Estabilizan las rodillas y tobillos.

  Realizan pequeñas correcciones continuamente.

  Estar de pie no significa ausencia de actividad muscular.

Los músculos reciben información sobre su propia longitud

  Dentro de los músculos existen receptores llamados husos musculares.

  Estos proporcionan información acerca de cambios en longitud.

  En los tendones existen órganos tendinosos de Golgi relacionados con la detección de tensión.

  El sistema nervioso utiliza esta información para ajustar movimiento y postura.

  El músculo no solamente recibe órdenes.

  También envía información.

Caminar exige una coordinación extraordinaria

  Dar un paso parece sencillo.

  Pero requiere desplazar el centro de gravedad, estabilizar la pelvis, flexionar y extender varias articulaciones y mantener el equilibrio.

  Los músculos de ambas piernas deben activarse siguiendo patrones específicos.

  Los brazos también pueden moverse.

  El cerebro y la médula coordinan todo mientras recibimos información de ojos, oído interno y receptores musculares.

La respiración también depende de músculos

  Cada inhalación normal utiliza principalmente el diafragma.

  Los músculos intercostales también participan.

  Durante respiración forzada pueden entrar en acción otros músculos.

  Por eso respirar no es solamente función de los pulmones.

  Los pulmones dependen de músculos para mover el aire.

El corazón también es músculo

  El músculo cardíaco comparte algunas características con el músculo esquelético, pero posee una organización especial.

  Sus células están conectadas mediante discos intercalares y pueden transmitir actividad eléctrica entre ellas.

  El corazón se contrae rítmicamente sin depender de nuestra voluntad consciente.

  Un músculo especializado impulsa la sangre durante toda la vida.

El músculo liso trabaja en silencio

  El músculo liso se encuentra en paredes de órganos y vasos.

  En el intestino ayuda a mover el contenido.

  En los vasos regula el diámetro.

  En la vejiga participa en la expulsión de orina.

  En el útero genera contracciones importantes.

  La mayor parte de su actividad ocurre sin que tengamos control consciente.

Los vasos sanguíneos también poseen músculo

  Muchas arterias y arteriolas contienen músculo liso en sus paredes.

  Cuando este músculo se contrae, el diámetro del vaso disminuye.

  Cuando se relaja, aumenta.

  Esto permite modificar el flujo sanguíneo y participar en la regulación de la presión arterial.

  Una capa muscular delgada puede influir en la distribución de sangre por todo el cuerpo.

El músculo puede crecer

  Cuando se somete repetidamente a cargas apropiadas, el músculo esquelético puede experimentar hipertrofia.

  Las fibras aumentan el contenido de proteínas contráctiles y pueden crecer.

  El sistema nervioso también mejora su capacidad de activar músculos mediante entrenamiento.

  Por eso parte del aumento inicial de fuerza ocurre incluso antes de que exista un gran cambio visible en tamaño.

Pero la falta de uso también produce cambios

  Cuando un músculo permanece inactivo durante períodos prolongados, puede disminuir su tamaño y fuerza.

  A esto se le llama atrofia.

  El tejido responde a las demandas que recibe.

  Uso y desuso producen consecuencias.

  El cuerpo está continuamente adaptándose.

Los músculos también pueden repararse

  Las fibras musculares poseen cierta capacidad de reparación.

  Células satélite situadas alrededor de las fibras pueden activarse después de determinados daños y participar en regeneración.

  Sin embargo, la capacidad tiene límites y lesiones extensas pueden producir tejido cicatricial.

  El músculo puede recuperarse, pero necesita tiempo y condiciones apropiadas.

El músculo produce calor

  No toda la energía utilizada durante la contracción se convierte en movimiento mecánico.

  Una parte importante aparece como calor.

  Esto contribuye a mantener la temperatura corporal.

  Cuando tenemos frío, el cuerpo puede producir escalofríos, contracciones musculares rápidas e involuntarias destinadas en parte a generar calor.

  El músculo mueve y también calienta.

Una sonrisa utiliza una compleja coordinación

  Los músculos faciales se insertan de manera especial en piel y tejidos blandos.

  Gracias a ellos podemos sonreír, fruncir el ceño, cerrar los ojos y producir innumerables expresiones.

  Una emoción interna puede convertirse en una expresión visible mediante contracciones musculares muy precisas.

  El sistema muscular también participa en la comunicación humana.

Hablar necesita músculos

  Para pronunciar una palabra participan músculos de la respiración, laringe, lengua, labios, mandíbula y paladar.

  Todos deben coordinarse rápidamente.

  Una pequeña alteración en el tiempo o la fuerza puede cambiar el sonido.

  La voz que escuchamos comienza también con contracción muscular.

Los músculos permiten escribir y crear

  Una mano puede realizar movimientos extremadamente delicados.

  Podemos escribir una letra, tocar un instrumento, pintar o realizar una cirugía.

  La precisión depende de músculos pequeños y grandes trabajando con tendones, articulaciones y una enorme cantidad de control nervioso.

  La creatividad humana necesita una maquinaria física capaz de ejecutarla.

La Biblia utiliza la fuerza como una imagen frecuente

  El Salmo declara:

“Jehová es mi fortaleza y mi escudo.”
(Salmo 28:7)

  La Biblia utiliza con frecuencia la fuerza física como una imagen para hablar de poder, protección y dependencia de Dios.

  Sin embargo, incluso nuestra fuerza corporal depende de sistemas que no controlamos completamente.

  Podemos decidir levantar un objeto, pero necesitamos músculos sanos, nervios funcionales, energía, oxígeno y articulaciones que respondan.

David contempló la formación de su cuerpo

  El salmista escribió:

“Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras.”
(Salmo 139:14)

  David no conocía sarcómeros, actina, miosina o potenciales de acción.

  No sabía cómo el calcio inicia la contracción.

  Hoy podemos observar cada uno de esos procesos.

  Y el movimiento cotidiano resulta mucho menos sencillo de lo que parece.

Job habló de huesos y nervios unidos

  Job declaró:

“Me vestiste de piel y carne, y me tejiste con huesos y nervios.”
(Job 10:11)

  El lenguaje expresa integración.

  Un músculo separado del sistema nervioso no puede funcionar normalmente.

  Un músculo sin huesos no produciría nuestros movimientos habituales.

  Un hueso sin músculos permanecería inmóvil.

  El cuerpo funciona porque sus partes están relacionadas.

La verdadera maravilla está en la coordinación

  Un músculo necesita proteínas contráctiles.

  Las proteínas necesitan ATP.

  El ATP requiere metabolismo.

  El metabolismo necesita nutrientes y oxígeno.

  El oxígeno necesita pulmones y sangre.

  La sangre necesita corazón.

  La contracción necesita calcio.

  El calcio necesita señales eléctricas.

  Las señales necesitan nervios.

  El movimiento necesita huesos y articulaciones.

  La fuerza muscular existe dentro de una red de dependencia.

Una fuerza viva escondida bajo la piel

  La Biblia no pretende explicar sarcómeros, neurotransmisores, metabolismo energético o unidades motoras mediante lenguaje científico. Estas preguntas corresponden a la anatomía, fisiología, bioquímica y neurología.

  Sin embargo, estudiar los músculos nos permite apreciar profundamente una capacidad que usamos cada segundo.

  Millones de fibras reciben señales nerviosas. El calcio libera el mecanismo de contracción. Actina y miosina interactúan utilizando ATP. Los tendones transmiten fuerza. Los huesos se mueven. Los receptores informan al cerebro. El corazón y los pulmones aumentan su actividad cuando la demanda crece.

  Todo ocurre coordinadamente.

  Desde la perspectiva bíblica, comprender estos mecanismos aumenta nuestra admiración. Los músculos nos recuerdan que la sabiduría del Creador puede contemplarse en la capacidad del cuerpo para convertir una señal invisible en fuerza, movimiento, respiración, expresión y trabajo. Cada paso, cada sonrisa y cada latido son posibles porque innumerables estructuras microscópicas cooperan con extraordinaria precisión.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Temas científicos consultados

Organizaciones científicas

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