03. Enfermos, pobres y marginados — El dolor estaba cerca

Dr. Elio M Rivera

Texto clave: Mateo 9:36

“Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor.”

Hasta ahora hemos recorrido muchas escenas de la vida en Nazaret.

Hemos entrado en las casas.

Hemos visto trabajar a las familias.

Hemos caminado por los campos.

Hemos observado mercados, jornaleros, pastores, mujeres, niños y ancianos.

Pero si queremos reconstruir honestamente el mundo en el que Jesús creció, hay otra realidad que no podemos dejar fuera.

Había dolor.

Jesucristo conoció a los enfermos y marginados

No estaba escondido detrás de las puertas de hospitales.

No estaba concentrado en instituciones alejadas de la población.

La enfermedad vivía dentro de las casas.

La discapacidad podía verse en los caminos.

La pobreza tenía rostro.

La muerte entraba en las familias.

Y algunas personas cargaban, además de su sufrimiento físico o económico, con el peso de sentirse apartadas de los demás.

Jesús creció viendo un mundo donde la vida podía ser hermosa…

pero también podía romperse rápidamente.

Enfermarse era mucho más peligroso

Nosotros vivimos después de siglos de avances médicos.

Podemos medir la temperatura.

Realizar análisis de sangre.

Observar el interior del cuerpo.

Identificar microorganismos.

Administrar antibióticos.

Operar.

Controlar hemorragias.

Corregir fracturas.

Tratar enfermedades que durante gran parte de la historia podían significar muerte o discapacidad permanente.

El mundo de Nazaret no tenía nada semejante.

Había conocimientos médicos, remedios, cuidados domésticos y personas que intentaban tratar enfermedades.

Pero sus posibilidades eran enormemente limitadas comparadas con las nuestras.

Una infección que hoy puede tratarse podía convertirse en algo grave.

Una herida podía complicarse.

Una diarrea podía debilitar peligrosamente a una persona.

Una fiebre podía producir preocupación real.

Un accidente durante el trabajo podía dejar consecuencias permanentes.

Un parto podía convertirse en una situación peligrosa para la madre, para el niño o para ambos.

Una enfermedad que hoy controlaríamos durante años podía entonces cambiar rápidamente la historia de una familia.

Por eso enfermar no significaba solamente:

“Me siento mal.”

Podía significar:

“¿Voy a recuperarme?”

Y para una familia cuyo sustento dependía del trabajo físico, aparecía inmediatamente otra pregunta:

“¿Qué sucederá si no puedo trabajar?”

El dolor físico y el problema económico podían llegar juntos.

La enfermedad afectaba a toda la casa

Cuando alguien enfermaba, no enfermaba aisladamente.

La familia tenía que reorganizarse.

Alguien debía cuidarlo.

Alguien podía tener que realizar las tareas que aquella persona ya no podía hacer.

Si el enfermo contribuía al sustento familiar, su ausencia podía sentirse rápidamente.

Había menos trabajo realizado.

Menos ingreso.

Pero quizá más necesidades.

Eso podía producir cansancio.

Preocupación.

Incertidumbre.

No porque la familia no amara al enfermo.

Precisamente porque lo amaba.

Quien ha cuidado a una persona enferma sabe que el amor también puede cansarse físicamente sin dejar de ser amor.

Hay noches interrumpidas.

Hay preocupación.

Hay cosas que hacer.

Hay preguntas sin respuesta.

En aquel mundo, además, muchas veces no existía la seguridad de saber qué estaba ocurriendo dentro del cuerpo.

La familia podía observar.

Esperar.

Cuidar.

Orar.

Y ver qué sucedía.

El dolor estaba cerca.

También había personas que nunca habían visto el mundo como otros lo veían

Los Evangelios nos presentan posteriormente un número considerable de personas con discapacidades.

Ciegos.

Sordos.

Personas con dificultades para hablar.

Paralíticos.

Personas con limitaciones para caminar.

No debemos proyectar automáticamente cada descripción bíblica sobre un diagnóstico médico moderno específico.

Pero la realidad es evidente:

había personas cuyos cuerpos no funcionaban como los de la mayoría.

Pensemos en lo que significaba la ceguera en una sociedad sin nuestras adaptaciones modernas.

No había semáforos sonoros.

Grabaciones.

Pantallas accesibles.

Sistemas educativos especializados.

Tecnologías de asistencia.

Una persona ciega dependía mucho más de la memoria, del oído, del tacto y frecuentemente de otras personas.

Algo semejante podía ocurrir con quien no podía caminar.

Los caminos no estaban diseñados para sillas de ruedas.

Las construcciones no tenían normas modernas de accesibilidad.

Moverse podía requerir ayuda.

La discapacidad no era solamente una condición del cuerpo.

Podía determinar cuánto podía participar una persona en muchas actividades de la vida cotidiana.

Y cuando la capacidad de trabajar disminuía, podía aparecer también la pobreza.

Algunas personas tenían que pedir

Por eso encontramos mendigos en los Evangelios.

No necesariamente porque no quisieran trabajar.

Para algunas personas, pedir podía ser una de las pocas posibilidades que quedaban.

Una discapacidad.

La pérdida de quien sostenía a la familia.

La edad.

Una enfermedad prolongada.

Una deuda.

Una sucesión de malas cosechas.

Varias desgracias podían empujar a una persona hacia una dependencia cada vez mayor.

Y entonces ocurría algo profundamente humano.

Una persona que anteriormente había dado podía terminar necesitando recibir.

Quien había caminado solo podía necesitar que alguien lo llevara.

Quien había trabajado podía terminar dependiendo de lo que otros quisieran darle.

Eso afecta más que el bolsillo.

Puede tocar la dignidad.

Porque una cosa es necesitar ayuda.

Y otra es sentir que los demás solamente ven nuestra necesidad.

El hombre deja de ser conocido por su nombre.

Ahora es:

“el ciego”.

“el cojo”.

“el mendigo”.

“la viuda”.

“el pobre”.

La condición comienza a tragarse a la persona.

Pero detrás de cada categoría continuaba existiendo alguien.

Con historia.

Familia.

Recuerdos.

Temores.

Deseos.

Un ser humano.

Algunas enfermedades podían separar

Había además condiciones que producían una vulnerabilidad todavía mayor.

La Biblia utiliza el término tradicionalmente traducido como lepra para distintas afecciones cutáneas que no deben identificarse automáticamente con lo que hoy llamamos enfermedad de Hansen.

Lo importante para nuestra historia es comprender el efecto social y religioso que ciertas condiciones podían producir.

Levítico establecía medidas de separación en determinados casos.

Eso significa que una persona podía sufrir dos dolores al mismo tiempo.

El problema de su cuerpo…

y la separación de la comunidad.

Imagine esa experiencia.

No solamente:

“Estoy enfermo.”

Sino:

“No puedo estar donde están los demás.”

La enfermedad podía modificar el contacto.

La convivencia.

La participación.

La manera en que otros se acercaban.

Y entonces comprendemos mejor por qué algunos encuentros posteriores de Jesús resultan tan poderosos.

Pero nuevamente debemos esperar.

Todavía estamos en Nazaret.

Por ahora basta reconocer que Jesús creció en un mundo donde algunas personas podían quedar físicamente y socialmente apartadas.

La pobreza podía comenzar con una desgracia

Ya hemos hablado de ricos y pobres.

Pero aquí debemos mirar la pobreza desde otra dirección.

No siempre comenzaba porque una familia hubiera sido pobre durante generaciones.

A veces podía comenzar con algo que salió mal.

Una enfermedad.

Una muerte.

Una lesión.

Una mala cosecha.

La pérdida de capacidad para trabajar.

Una deuda imposible de pagar.

Una familia podía estar sobreviviendo razonablemente…

hasta que algo ocurría.

Y después otra cosa.

Y después otra.

Poco a poco desaparecía el margen.

Primero se utilizaban las reservas.

Después quizá había que pedir.

Después endeudarse.

Después depender de otros.

La distancia entre estabilidad y necesidad podía ser mucho menor de lo que imaginamos.

Eso significaba que el pobre no pertenecía necesariamente a otro mundo.

Podía ser alguien conocido.

Un vecino.

Un familiar.

Una viuda.

Un hombre lesionado.

Una familia que había tenido una mala temporada.

La necesidad podía aparecer a pocas casas de distancia.

También estaba la muerte

Nuestro mundo moderno ha alejado la muerte de gran parte de la vida cotidiana.

Muchas personas mueren en hospitales.

Los cuerpos son trasladados.

Existen funerarias.

Hay profesionales encargados de muchos procesos que anteriormente ocurrían mucho más cerca de la familia.

En el mundo de Jesús la muerte estaba mucho más integrada a la experiencia de la comunidad.

Las personas morían en las casas.

Las familias participaban directamente en el duelo.

Los entierros ocurrían pronto.

El llanto podía escucharse.

La ausencia quedaba dentro de la casa.

Una silla, un lugar, una voz, una persona ya no estaban.

Y cuando la persona fallecida cumplía una función importante dentro de la economía familiar, la muerte podía producir inmediatamente otra crisis.

Una mujer podía convertirse en viuda.

Los niños podían perder a un padre.

Una familia podía perder a quien la sostenía.

La muerte no llegaba sola.

Podía traer pobreza.

Desprotección.

Deuda.

Incertidumbre.

Por eso viudas y huérfanos aparecen tantas veces juntos en las Escrituras.

La pérdida afectiva y la vulnerabilidad social podían comenzar el mismo día.

No debemos convertir Nazaret solamente en tristeza

Pero debemos tener cuidado.

Reconocer todo esto no significa imaginar una aldea donde todos vivían permanentemente deprimidos.

Eso tampoco sería humano.

Las personas reían.

Los niños jugaban.

Había bodas.

Comidas.

Conversaciones.

Fiestas.

Amistades.

Trabajo.

Familias que se amaban.

Personas que envejecían rodeadas de sus hijos.

Enfermos que se recuperaban.

Heridas que sanaban.

Temporadas buenas.

Cosechas abundantes.

Nacimientos celebrados.

La presencia del dolor no elimina la alegría.

Y la presencia de la alegría no elimina el dolor.

Ambas cosas pueden vivir en la misma calle.

En una casa puede celebrarse un nacimiento.

A pocas casas de distancia alguien puede estar muriendo.

Una familia puede preparar una boda.

Otra puede estar enterrando a un padre.

Un niño puede correr riendo por un camino.

Otro puede no poder caminar.

Ésa es la vida humana.

Y ése fue el mundo en el que Jesús decidió vivir.

Jesús no conoció el sufrimiento humano solamente cuando comenzó su ministerio

Aquí aparece algo importante.

Los Evangelios comienzan a mostrarnos a Jesús sanando enfermos después de iniciar su ministerio público.

No tenemos base bíblica para afirmar que realizó milagros de sanidad durante su infancia o juventud.

No debemos inventarlos.

Pero eso no significa que la enfermedad apareciera repentinamente delante de Él cuando tenía alrededor de treinta años.

El dolor humano ya estaba allí.

Durante años había vivido entre personas.

Y donde hay personas hay enfermedad.

Hay envejecimiento.

Hay accidentes.

Hay pérdidas.

Hay pobreza.

Hay muerte.

Jesús no necesitó comenzar su ministerio para descubrir que los seres humanos sufrían.

Cuando posteriormente los enfermos comenzaron a acercarse a Él, no estaba encontrándose por primera vez con el dolor.

Había crecido en un mundo donde el dolor formaba parte visible de la existencia.

Y entonces comenzaron a llegar

Después llegará el día en que todo cambiará.

La noticia comenzará a extenderse.

Jesús está sanando.

Y entonces aparecerán personas de todas partes.

Mateo dice:

“Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.”

—Mateo 4:23.

Entonces comenzaremos a verlos.

Un ciego gritando junto al camino.

Un paralítico llevado por otros.

Una mujer enferma desde hacía años.

Un hombre con una mano seca.

Personas con enfermedades de la piel.

Padres rogando por sus hijos.

Familias desesperadas.

Personas que habían gastado recursos buscando alivio.

Algunos llegarán caminando.

Otros tendrán que ser llevados.

Algunos podrán acercarse.

Otros necesitarán que alguien los acerque.

Y una y otra vez veremos algo extraordinario.

Jesús no verá solamente la enfermedad.

Verá a la persona.

No solamente:

“un ciego”.

Sino un hombre.

No solamente:

“una mujer enferma”.

Sino una mujer.

No solamente:

“un paralítico”.

Sino alguien que puede ser llamado:

“Hijo…”

No solamente una multitud necesitada.

Mateo nos permite mirar lo que ocurría dentro de Él:

“Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas…”

—Mateo 9:36.

El dolor tenía rostro

Quizá ésta sea la idea que debemos llevarnos de regreso a Nazaret.

El dolor no era teórico.

No era una discusión acerca de por qué existe el sufrimiento.

Tenía rostro.

El pobre tenía rostro.

El enfermo tenía rostro.

El discapacitado tenía rostro.

La viuda tenía rostro.

El anciano debilitado tenía rostro.

El niño que había perdido a alguien tenía rostro.

Y en una comunidad pequeña muchas de aquellas personas probablemente eran conocidas por quienes vivían alrededor.

Durante años Jesús vivió dentro de ese mundo.

Todavía no había multitudes siguiéndolo.

Todavía no recorría Galilea sanando.

Todavía no había hombres abriendo un techo para colocar un paralítico delante de Él.

Todavía no había un ciego gritando junto al camino:

“¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!”

Pero el sufrimiento humano ya estaba allí.

Cerca.

Visible.

Cotidiano.

Y un día, cuando comenzó su ministerio, quienes durante generaciones habían tenido pocas posibilidades frente a la enfermedad comenzaron a escuchar una noticia extraordinaria:

Jesús de Nazaret estaba pasando cerca.

Y el Verbo se hizo carne

El que había creado el cuerpo humano aceptó vivir en un mundo de cuerpos que podían sufrir.

Vio enfermedad.

Discapacidad.

Pobreza.

Debilidad.

Envejecimiento.

Duelo.

Vio familias preocupadas.

Personas dependientes.

Viudas vulnerables.

Hombres que ya no podían trabajar como antes.

Personas que necesitaban que alguien las ayudara.

El que un día sanaría a los enfermos no apareció de repente ante el sufrimiento humano.

Había vivido durante años cerca de él.

El dolor tenía rostro.

Tenía nombre.

Y estaba a pocas casas de distancia.

Y el Verbo se hizo carne y vivió entre enfermos, pobres, personas con discapacidad y familias que conocían de cerca el dolor, la pérdida y la necesidad.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

Libro recomendado

NUEVO EN CRISTOPEDIA

     Descubre las nuevas series, libros y recursos que hemos añadido al Museo y a la Biblioteca de Cristopedia.

WhatsApp
Facebook
X
LinkedIn
Email

Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.