14. «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?»

Dr. Elio M Rivera

«Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?» — Mateo 2:1–2, RVR1960

 Jesús nació bajo el gobierno de otro hombre que llevaba exactamente el título que le pertenecía a Él.

 Rey de los judíos.

 Y esta es una de las grandes ironías de la historia de Belén.

 Cuando Jesús abrió sus ojos en este mundo, Herodes estaba sentado en el trono.

 Tenía palacios.

 Tenía fortalezas.

 Tenía soldados.

 Tenía riquezas.

 Tenía el reconocimiento de Roma.

 Y oficialmente era llamado rey.

 Jesús no tenía nada de aquello.

 Era un niño sostenido en los brazos de su madre.

 Había nacido lejos de un palacio, en la pequeña Belén.

 No tenía ejército.

 No tenía funcionarios.

 No tenía fortaleza.

 No tenía una corona visible.

 Roma ni siquiera sabía que existía.

 Sin embargo, si examinamos la historia de ambos, aparece una paradoja extraordinaria:

 el hombre que estaba sentado en el trono había recibido su corona de Roma; el niño que acababa de nacer pertenecía realmente a la casa real de Israel.

 Herodes no descendía de David.

 Era de origen idumeo.

 Su familia había ascendido políticamente durante las convulsiones que terminaron colocando a Judea bajo la influencia romana. Finalmente, Marco Antonio y Octaviano respaldaron su causa y el Senado romano lo reconoció como rey.

 Su título tenía una historia política.

 El de Jesús tenía una historia completamente diferente.

 Mateo comienza su Evangelio diciendo:

«Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham.» — Mateo 1:1.

 Y pocas líneas después establece la descendencia que conduce hasta José, esposo de María.

 Lucas, desde otra perspectiva genealógica, también vincula a Jesús con David.

 Jesús no apareció accidentalmente en Israel.

 Había nacido dentro de la historia de una promesa.

 Mil años antes, Dios había dicho a David:

«Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente.» — 2 Samuel 7:16.

 Desde entonces Israel esperaba un Rey relacionado con aquella casa.

 Los profetas mantuvieron viva esa esperanza.

 Isaías habló de un gobernante sobre «el trono de David y sobre su reino».

 Jeremías anunció un «Renuevo justo» que Dios levantaría a David y que reinaría como Rey.

 Y Miqueas hizo algo todavía más extraordinario.

 Señaló el lugar.

«Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel.» — Miqueas 5:2.

 Belén no era cualquier población.

 Era la ciudad de David.

 Allí había comenzado la historia del joven pastor que llegaría a ser rey de Israel.

 Y allí nació Jesús.

 Esto significa que aquella noche existían, por decirlo así, dos realezas en Judea.

 Una podía verse.

 La otra casi nadie la había reconocido todavía.

 Una estaba instalada en los palacios.

 La otra estaba en Belén.

 Una dependía del poder de Roma.

 La otra descansaba sobre las promesas de Dios.

 Herodes podía mostrar el decreto humano que lo había hecho rey.

 Jesús podía ser presentado dentro de una genealogía que llegaba hasta David.

 Herodes había sido nombrado rey de los judíos.

 Jesús había nacido Rey de los judíos.

 Esa diferencia explica la precisión extraordinaria de las palabras de los magos.

 Ellos no llegaron preguntando:

 ¿Dónde está el hombre que será nombrado rey?

 Tampoco:

 ¿Dónde está el hombre que quiere convertirse en rey?

 Ni siquiera:

 ¿Quién será el próximo rey?

 Preguntaron:

«¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?»

 No estaban buscando una coronación.

 Estaban buscando un nacimiento.

 Y aquel nacimiento había ocurrido bajo el gobierno de un rey cuya posición dependía precisamente de que nadie disputara su corona.

 Eso nos permite contemplar el nacimiento de Jesús desde una perspectiva diferente.

 Nacer en los días de Herodes era nacer bajo el dominio de un hombre extremadamente celoso de su poder.

 Era nacer dentro de un reino donde una sospecha palaciega podía terminar en muerte.

 Era nacer bajo un gobernante que había demostrado que incluso los vínculos familiares podían quedar subordinados a la conservación de su trono.

 Era nacer en una Judea sometida a Roma, gobernada localmente por un hombre que conocía perfectamente el precio del poder y estaba dispuesto a defenderlo.

 Y precisamente allí el Padre envió a su Hijo.

 No solamente permitió que naciera en una época difícil.

 Permitió que naciera bajo el gobierno de un rey ilegítimo desde la perspectiva de la línea davídica, mientras Él era el legítimo heredero de las promesas hechas a David.

 El contraste difícilmente podría ser mayor.

 Herodes parecía tenerlo todo.

 Jesús parecía no tener nada.

 Pero las apariencias estaban invertidas.

 Herodes poseía el palacio, pero no la promesa.

 Herodes poseía la corona, pero no pertenecía a la casa de David.

 Herodes tenía el reconocimiento de César.

 Jesús tenía el reconocimiento del Padre.

 Uno gobernaba porque Roma lo había colocado allí.

 El otro había llegado porque Dios había cumplido su palabra.

 Y nuevamente esto nos muestra algo extraordinario acerca del corazón del Padre.

 Dios no buscó para su Hijo una época en la que su derecho al trono fuera respetado.

 No esperó hasta que desaparecieran los hombres peligrosos.

 No esperó hasta que Israel recuperara su independencia.

 No esperó hasta que un descendiente de David estuviera nuevamente sentado en Jerusalén.

 Envió al verdadero Rey cuando otro hombre ocupaba su lugar.

 Y no lo envió rodeado de ejércitos para reclamar inmediatamente su derecho.

 Lo envió como un niño.

 Eso hacía a Jesús aparentemente vulnerable.

 Pero también revelaba una seguridad absoluta en los propósitos del Padre.

 Herodes tendría que luchar toda su vida para conservar una corona que finalmente perdería.

 Jesús acababa de nacer sin corona visible, pero el ángel ya había anunciado antes de su nacimiento:

«Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.» — Lucas 1:32–33.

 Herodes tenía un reino que terminaría.

 El niño tenía un reino que no tendría fin.

 Todavía nadie había levantado una espada contra Él.

 Todavía no había una orden de muerte.

 Todavía José y María estaban con el niño.

 Pero unos hombres acababan de llegar del Oriente haciendo una pregunta que colocaría frente a frente esas dos realezas:

 el rey que Roma había escogido y el Rey que Dios había prometido.

 Y muy pronto descubriremos qué sucede cuando un hombre desesperado por conservar una corona escucha que el verdadero Rey acaba de nacer dentro de su reino.

Referencias

2 Samuel 7:12–16; Isaías 9:6–7; Jeremías 23:5–6; Miqueas 5:2; Mateo 1:1–17; 2:1–3; Lucas 1:32–33; 2:4–7.

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XIV. Describe el origen político del reinado de Herodes, su relación con Roma y su reconocimiento como rey por el Senado romano.

Flavio Josefo, La guerra de los judíos, libro I. Relata el ascenso de Herodes, el apoyo romano y la conquista mediante la cual hizo efectivo su dominio sobre Judea.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.