Dr. Elio M Rivera
«Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.»
Juan 1:12, RVR1960
Jesús había nacido.
Ahora comenzaría a ocurrir algo que había requerido siglos de preparación.
Siguiendo la cronología bíblica tradicional, habían transcurrido aproximadamente cuatro mil años desde Adán.
Cuatro mil años de historia humana.
Generaciones naciendo y muriendo.
Patriarcas.
Naciones.
Reyes.
Guerras.
Promesas.
Altares.
Sacrificios.
Exilios.
Regresos.
Durante siglos Dios había ido colocando dentro de la historia las palabras necesarias para que, cuando finalmente llegara su Hijo, hubiera seres humanos capaces de comprender al menos parcialmente lo que estaban contemplando.
Y finalmente llegó el momento.
El Creador estaba aquí.
Entonces surge una pregunta fascinante:
¿Quiénes consiguieron reconocerlo?

Cuatro mil años preparando unos cuantos corazones
Quizá esperaríamos una recepción multitudinaria.
Después de tantos siglos de preparación, podríamos imaginar Jerusalén movilizada.
Sacerdotes esperando.
Maestros de la Ley examinando las profecías.
Autoridades preguntando dónde podían encontrarlo.
Multitudes viajando hacia Belén.
Pero no ocurrió así.
Cuando observamos los relatos de Mateo y Lucas encontramos inicialmente un grupo sorprendentemente pequeño.
José.
Unos pastores.
Ana.
Y posteriormente unos magos que llegaron desde Oriente.
Eso es extraordinario.
Después de milenios de historia, el reconocimiento inicial del Mesías quedó concentrado en unas cuantas personas.
Pero cuando las observamos cuidadosamente descubrimos que no parecen haber sido escogidas al azar.
Entre ellas encontramos hombres y mujeres.
Jóvenes y ancianos.
Trabajadores sencillos y viajeros capaces de llevar regalos costosos.
Judíos y gentiles.
Personas que estaban muy cerca y personas que tuvieron que recorrer una enorme distancia.
Era un pequeño grupo, pero parecía anticipar la enorme diversidad de personas que un día vendrían a Cristo.
María: lo recibió antes de poder verlo
La primera había sido María.
Su caso era único.
Ella tuvo que creer antes de tener evidencia visible.
Cuando Gabriel habló, todavía no había embarazo que pudiera comprobar.
No había niño que pudiera tocar.
No había señal externa.
Solamente había una palabra:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra…» (Lucas 1:35).
Y María respondió:
«He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra» (Lucas 1:38).
María recibió a Jesús literalmente dentro de su propia vida.
Su cuerpo.
Sus planes.
Su futuro.
Su matrimonio.
Su reputación.
Todo quedó afectado por aquella respuesta.
Fue la primera en recibirlo sin haber visto todavía su rostro.
José: lo recibió cuando hacerlo podía costarle su nombre
Después vino José.
Su proceso fue diferente.
María recibió primero la explicación.
José recibió primero el problema.
Vio un embarazo que no podía explicar.
Después Dios le permitió comprender.
Y cuando comprendió, actuó:
«Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer» (Mateo 1:24).
José recibió a María.
Y al recibirla, recibió también al niño.
No necesitó comprender todos los acontecimientos futuros.
Le bastó saber que Dios estaba allí.
Y obedeció.
Los pastores: hombres que no estaban buscando un rey
Después aparecen personas completamente diferentes.
«Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño» (Lucas 2:8).
No estaban estudiando profecías aquella noche.
No estaban reunidos en el templo.
No estaban buscando una señal.
Estaban trabajando.
Y Dios fue a buscarlos.
Un ángel apareció y les dijo:
«No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor» (Lucas 2:10-11).
Entonces recibieron una señal extraordinariamente sencilla:
«Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre» (Lucas 2:12).
Los pastores tenían ahora que decidir qué hacer con aquella información.
Y decidieron ir.
«Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido» (Lucas 2:15).
No dijeron:
«Mañana veremos».
Lucas dice:
«Vinieron, pues, apresuradamente» (Lucas 2:16).
Creyeron lo suficiente como para moverse.
Llegaron y encontraron exactamente lo que Dios había dicho
Los pastores encontraron:
«A María y a José, y al niño acostado en el pesebre» (Lucas 2:16).
No encontraron un palacio.
Pero eso no los confundió.
¿Por qué?
Porque Dios ya les había explicado qué debían buscar.
El pesebre no contradijo el anuncio.
Lo confirmó.
Y entonces ocurrió algo maravilloso.
Los hombres que habían llegado como pastores se marcharon como testigos.
«Y al verlo, dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del niño» (Lucas 2:17).
Los primeros que recibieron públicamente la noticia comenzaron inmediatamente a contarla.
No tenían formación teológica conocida.
No pertenecían a la estructura religiosa.
Simplemente habían escuchado, habían ido, habían visto y ahora hablaban.
El anuncio comenzó a extenderse desde gente común.
Simeón: un hombre que había esperado toda su vida
Después encontramos una escena completamente diferente.
Ya no estamos en los campos.
Estamos en Jerusalén.
Y aparece un anciano llamado Simeón.
Lucas lo describe como:
«Justo y piadoso, que esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él» (Lucas 2:25).
Simeón sí estaba esperando.
No sabemos cuánto tiempo llevaba haciéndolo.
Pero Dios le había revelado algo extraordinario:
«Que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor» (Lucas 2:26).
Imagine la experiencia.
Años pasando.
El cuerpo envejeciendo.
Generaciones cambiando.
Y una promesa permaneciendo:
Antes de morir lo verás.
Entonces llegó aquel día.
Simeón reconoció al Mesías dentro de un bebé
María y José entraron con Jesús.
No había una señal exterior que distinguiera al niño de cualquier otro.
Pero Simeón lo tomó en sus brazos.
Y dijo:
«Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación» (Lucas 2:29-30).
Observe cuidadosamente sus palabras.
No dijo:
«Mis ojos han visto al niño que algún día traerá salvación».
Dijo:
«Han visto mis ojos tu salvación».
La salvación tenía ahora un rostro.
Podía sostenerse entre los brazos.
Y entonces Simeón dijo algo que amplió enormemente el horizonte:
«Luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel» (Lucas 2:32).
Antes de que llegaran los magos, Simeón ya había pronunciado la palabra:
gentiles.
Aquel niño no había venido solamente para una pequeña región del mundo.
La historia comenzaba a abrirse hacia las naciones.
Ana: una mujer que convirtió el encuentro en anuncio
Y entonces aparece otra persona.
Ana.
Lucas nos proporciona detalles extraordinarios acerca de ella.
Era profetisa.
Era anciana.
Había conocido el matrimonio y también la pérdida.
Había pasado décadas alrededor del templo:
«No se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones» (Lucas 2:37).
Mientras otros esperaban grandes acontecimientos políticos, Ana había pasado buena parte de su vida esperando delante de Dios.
Y aquel día también lo reconoció.
Lucas dice:
«Esta, presentándose en la misma hora, daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén» (Lucas 2:38).
Ana hizo algo parecido a los pastores.
Lo reconoció y comenzó a hablar de Él.
El encuentro produjo testimonio.
Y entonces llegaron extranjeros
Mateo nos conduce después hacia un grupo completamente diferente.
«Vinieron del oriente a Jerusalén unos magos» (Mateo 2:1).
No eran pastores de Belén.
No pertenecían a la familia.
No eran ancianos esperando dentro del templo.
Eran extranjeros.
Habían venido desde lejos.
Y llegaron haciendo una pregunta:
«¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle» (Mateo 2:2).
Aquí la historia adquiere una ironía extraordinaria.
Hombres extranjeros habían recorrido una enorme distancia buscando al Rey que había nacido dentro de Israel.
Mientras muchos que estaban cerca continuaban con su vida, hombres que estaban lejos comenzaron a acercarse.
Los que estaban lejos llegaron
No sabemos exactamente desde qué región oriental procedían los magos.
Tampoco sabemos cuántos eran.
La tradición suele representar tres porque Mateo menciona tres clases de regalos —oro, incienso y mirra—, pero el Evangelio no dice que fueran tres hombres.
Lo que sí sabemos es que el viaje fue considerable.
Tuvieron que dejar su tierra.
Invertir tiempo.
Transportar provisiones.
Seguir buscando.
Preguntar.
Continuar hasta encontrar al niño.
Su reconocimiento tuvo un costo.
Tuvieron que recorrer distancia para llegar hasta Él.
Y cuando finalmente llegaron:
«Postrándose, lo adoraron» (Mateo 2:11).
No llegaron simplemente a observar una curiosidad.
Se postraron.
Abrieron sus tesoros.
Y ofrecieron presentes.
Mire quiénes terminaron alrededor de Jesús
Ahora podemos observar nuevamente el grupo.
María: una joven de Galilea.
José: un trabajador.
Pastores: hombres que cuidaban animales durante la noche.
Simeón: un anciano que esperaba.
Ana: una viuda que había pasado décadas sirviendo a Dios.
Los magos: extranjeros llegados desde Oriente.
¿Qué tenían en común?
Muy poco socialmente.
Y quizá ése sea precisamente el punto.
No existía un perfil humano único para acercarse a Jesús.
No había una edad correcta.
No había una profesión correcta.
No había una condición económica única.
No había siquiera una procedencia geográfica única.
Algunos estaban cerca.
Otros muy lejos.
Algunos recibieron un ángel.
Otro recibió una promesa del Espíritu.
Otros observaron una señal que los puso en camino.
Pero todos terminaron delante del mismo niño.
Después de cuatro mil años, comenzó con unos cuantos
Hay algo profundamente conmovedor al contemplar la escena completa.
Siglos de preparación.
Promesas transmitidas de generación en generación.
Profetas que murieron sin ver su cumplimiento.
Una nación formada.
Las Escrituras preservadas.
Y cuando finalmente llegó el Mesías, no encontramos inmediatamente millones de personas arrodilladas.
Encontramos unos cuantos seres humanos que estuvieron dispuestos a creer lo suficiente como para recibirlo.
Quizá así comienzan muchas de las grandes obras de Dios.
No necesariamente con multitudes.
A veces comienzan con una joven que dice:
«Hágase conmigo».
Con un hombre que decide obedecer.
Con unos pastores que dicen:
«Vamos a Belén».
Con un anciano que continúa esperando.
Con una viuda que continúa orando.
Con unos extranjeros que continúan caminando.
Dios había encontrado corazones capaces de reconocer lo que sus ojos por sí solos nunca habrían podido descubrir.
Pero todavía faltaba algo
Todos ellos habían recibido a Jesús de diferentes maneras.
Pero uno de aquellos encuentros merece detenernos mucho más.
Simeón sostuvo al niño entre sus brazos.
Lo bendijo.
Habló de salvación.
Habló de los gentiles.
Pero después miró a María.
Y sus palabras cambiaron.
El anciano que había esperado toda su vida al Mesías pronunció entonces una profecía inquietante:
«He aquí, éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha» (Lucas 2:34).
El niño sería recibido.
Pero también sería rechazado.
Y Simeón fue todavía más lejos.
Mirando a la madre que sostenía al niño, anunció que el costo de aquella historia llegaría también hasta su propio corazón:
«Y una espada traspasará tu misma alma».
La celebración de su llegada contenía ya una sombra.
No todos lo recibirían.
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