Dr. Elio M Rivera
«Porque ni aun sus hermanos creían en él.»
Juan 7:5, RVR1960
Cuando pensamos en el sufrimiento que Jesús encontraría al venir al mundo, nuestra mente suele adelantarse inmediatamente hacia Jerusalén.
Pensamos en Judas.
En los sacerdotes.
En los falsos testigos.
En Pilato.
En los soldados.
En el látigo.
En los clavos.
En la cruz.
Pero mucho antes del Calvario existió otra forma de dolor, mucho más cercana y silenciosa.
La incomprensión de su propia familia.
El Hijo de Dios no solamente vino a un mundo que terminaría rechazándolo.
Vivió durante años dentro de una familia cuyos propios miembros no siempre comprendieron quién era.
Juan dejó una declaración sorprendentemente directa:
«Porque ni aun sus hermanos creían en él» (Juan 7:5).
No eran desconocidos.
No eran fariseos.
No eran sacerdotes de Jerusalén.
Eran sus hermanos.

¿Qué significaba tener a Jesús como hermano?
Los Evangelios identifican a varios hermanos de Jesús.
Cuando regresó a Nazaret, sus vecinos preguntaron:
«¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas?» (Marcos 6:3).
Aquellos hombres habían crecido cerca de Él.
Habían compartido una casa.
Una madre.
Una familia.
Una población.
Una historia.
Conocían a Jesús de una manera completamente diferente de como posteriormente lo conocerían Pedro, Juan o las multitudes.
Antes de que alguien lo llamara Maestro, ellos lo conocían simplemente como Jesús.
Antes de los sermones, estaba la casa.
Antes de las multitudes, estaba la familia.
Antes de Capernaum y Jerusalén, estaba Nazaret.
Y aquí surge una pregunta extraordinaria:
¿Cómo fue crecer al lado de Jesús?
No lo sabemos.
Los Evangelios guardan un enorme silencio acerca de aquellos años y debemos respetarlo.
No podemos inventar discusiones entre los hermanos.
No podemos afirmar que sintieran celos durante su infancia.
No podemos imaginar escenas en las cuales María comparara a unos hijos con otro.
Nada de eso está escrito.
Pero existe una realidad que necesariamente hacía a Jesús diferente.
Jesús no pecaba.
Años después Pedro escribiría:
«El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca» (1 Pedro 2:22).
Hebreos diría que fue:
«Tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15).
Esto significa que sus hermanos crecieron junto a alguien verdaderamente humano, pero cuyo carácter era completamente distinto del nuestro.
¿Cómo percibieron aquello?
No lo sabemos.
¿Cómo interpretaron su manera de responder?
No lo sabemos.
¿Produjo alguna vez incomodidad, comparación o incomprensión?
La Biblia no lo dice.
Pero sabemos algo que finalmente sí ocurrió:
llegó un momento en que sus propios hermanos no creían en Él.
También ellos tuvieron que enfrentarse al misterio de su nacimiento
Había además algo extraordinario dentro de aquella familia.
Jesús no tenía el mismo origen que sus hermanos.
Ellos habían nacido posteriormente dentro de la familia formada por José y María.
Jesús había sido concebido antes de que José y María se juntaran, y los Evangelios declaran que su concepción había ocurrido por obra del Espíritu Santo.
María lo sabía.
José lo sabía.
Pero los hermanos de Jesús no estuvieron presentes cuando Gabriel apareció a María.
No estuvieron allí cuando el ángel habló con José.
Si conocieron aquellos acontecimientos, tuvieron que conocerlos porque alguien se los contó.
Y eso significa que también ellos tuvieron que enfrentarse, en algún momento, a una afirmación extraordinaria acerca de aquel con quien habían crecido:
Jesús no era simplemente nuestro hermano mayor.
Su nacimiento había sido diferente.
Su identidad era diferente.
Su misión era diferente.
¿Cómo procesaron aquella historia?
¿La creyeron cuando eran pequeños?
¿Comenzaron posteriormente a cuestionarla?
¿Les resultaba difícil reconciliar al hermano que conocían desde casa con las afirmaciones extraordinarias que comenzaron a escucharse acerca de Él?
No podemos responder.
Pero Juan nos permite conocer el resultado en una etapa de sus vidas:
«Ni aun sus hermanos creían en él».
La familiaridad no produjo automáticamente fe
Tal vez una de las cosas más sorprendentes de la historia de Jesús sea que vivir cerca de Él no produjo automáticamente fe.
Nazaret lo conocía.
Su familia lo conocía.
Sus hermanos habían vivido cerca de Él.
Y, sin embargo, conocerlo desde la cotidianidad no significó necesariamente comprender quién era.
Jesús mismo pronunció unas palabras particularmente dolorosas cuando fue rechazado en su propia tierra:
«No hay profeta sin honra sino en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa» (Marcos 6:4).
Observe hasta dónde lleva Jesús la expresión:
«en su casa».
El rechazo no siempre procede de los desconocidos.
Algunas de las heridas más profundas de la experiencia humana pueden venir precisamente de aquellos de quienes esperaríamos comprensión.
Jesús conoció también esa realidad.
El Verbo se había hecho carne.
Había entrado verdaderamente en nuestra condición humana.
Y eso significó entrar también en relaciones humanas donde podía existir incomprensión.
Cuando sus hermanos le hablaron sin creer
Juan 7 nos permite observar directamente una de esas escenas.
Se acercaba la fiesta de los tabernáculos y sus hermanos le dijeron:
«Sal de aquí, y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces. Porque ninguno que procura darse a conocer hace algo en secreto. Si estas cosas haces, manifiéstate al mundo» (Juan 7:3-4).
A primera vista podría parecer simplemente un consejo.
Pero Juan inmediatamente explica lo que existía detrás de aquellas palabras:
«Porque ni aun sus hermanos creían en él» (Juan 7:5).
Aquella frase cambia completamente la escena.
Jesús estaba escuchando palabras acerca de su misión provenientes de hombres que habían crecido con Él, pero que todavía no creían en Él.
Ellos podían hablar acerca de lo que Jesús debía hacer.
Podían sugerirle cómo debía manifestarse.
Podían opinar acerca de su ministerio.
Pero todavía no comprendían realmente quién estaba delante de ellos.
Qué extraño debió ser aquello.
Las multitudes comenzaban a preguntarse quién era Jesús.
Sus discípulos habían dejado cosas para seguirlo.
Habían ocurrido señales extraordinarias.
Y dentro de su propia familia permanecía la incredulidad.
José el soñador también conoció la incomprensión de sus hermanos
Muchos siglos antes, otro José había conocido algo semejante.
José, hijo de Jacob, recibió sueños que sus hermanos no comprendieron.
Y aquellos sueños, lejos de acercarlos inicialmente, contribuyeron al conflicto.
Sus hermanos terminaron rechazándolo.
La comparación tiene límites y no debemos convertirla en una equivalencia.
Los Evangelios no dicen que los hermanos de Jesús hicieran con Él lo que los hijos de Jacob hicieron con José.
Pero existe un punto humano que ambos relatos permiten contemplar:
ser escogido por Dios no significa necesariamente ser comprendido por la propia familia.
José sabía lo que había recibido de Dios mientras sus hermanos interpretaban su vida de otra manera.
Jesús sabía perfectamente de dónde había venido y para qué había venido, mientras sus propios hermanos todavía no creían en Él.
La incomprensión familiar no comenzó en el Calvario.
Formaba parte del mundo al cual había decidido entrar.
¿Le dolió a Jesús?
Los Evangelios no registran una frase que diga:
«Jesús se sintió herido porque sus hermanos no creían en Él».
Por tanto, no debemos poner esas palabras en el texto.
Pero tampoco debemos convertir la humanidad de Jesús en una apariencia.
Jesús podía sentir.
Lloró.
Tuvo compasión.
Experimentó tristeza.
Conoció angustia.
Amó profundamente.
Y Hebreos insiste en que participó verdaderamente de nuestra condición humana.
Por eso no necesitamos imaginar a un Jesús emocionalmente impermeable al rechazo.
Que fuera sin pecado no significa que fuera incapaz de sentir dolor.
Más bien significa algo mucho más extraordinario:
el dolor nunca consiguió convertirlo en pecador.
La incredulidad de sus hermanos no cambió quién era Jesús
Aquí encontramos algo extraordinario acerca de su carácter.
Sus hermanos podían no creer.
Jesús continuaba amando.
Podían no comprenderlo.
Jesús continuaba obedeciendo al Padre.
Podían tener una opinión equivocada acerca de Él.
Jesús sabía quién era.
Su identidad no dependía de que su familia la reconociera.
Su misión no dependía de recibir primero la aprobación de quienes habían crecido con Él.
Y esto resulta todavía más sorprendente cuando recordamos nuestra propia condición humana.
El rechazo puede producir resentimiento.
La incomprensión puede producir amargura.
Ser cuestionado constantemente puede hacernos defensivos.
Una herida familiar puede acompañar a una persona durante décadas y afectar posteriormente otras relaciones.
Pero no encontramos eso en Jesús.
La herida podía llegar hasta Él, pero el pecado nunca salió de Él como respuesta.
No encontramos venganza.
No encontramos resentimiento.
No encontramos deseo de humillar posteriormente a quienes no habían creído.
No encontramos a Jesús utilizando su poder para demostrarles que estaban equivocados.
La incredulidad de sus hermanos no consiguió convertir su corazón en un corazón amargo.
No permitió que la incredulidad de ellos se convirtiera en rechazo de ellos
Y entonces sucede algo precioso.
Uno de aquellos hermanos se llamaba Jacobo.
Juan había escrito:
«Ni aun sus hermanos creían en él».
Jesús murió.
Fue sepultado.
Y resucitó.
Después Pablo conservó un detalle extraordinario acerca de las apariciones del Resucitado:
«Después apareció a Jacobo» (1 Corintios 15:7).
No sabemos qué palabras intercambiaron.
La Biblia no describe el encuentro.
Pero imagine solamente la dimensión humana del momento.
Jesús resucitado fue a encontrarse con Jacobo.
Aquel que había vivido con Él.
Aquel que pertenecía al grupo de hermanos de quienes Juan había dicho que no creían.
Ahora tendría delante de sí al hermano que había muerto y estaba vivo.
Jesús podía haber recordado la incredulidad.
Podía haberlo excluido.
Podía haber dicho:
«Cuando yo necesitaba que creyeras, no creíste».
Pero no encontramos nada semejante.
Encontramos simplemente:
«Apareció a Jacobo».
La incredulidad de Jacobo no había destruido el amor de Jesús hacia él.
Y los hermanos terminaron allí
Después de la ascensión encontramos otra escena que habría parecido imposible años antes.
Los discípulos están reunidos en Jerusalén esperando la promesa del Espíritu Santo.
Hechos registra quiénes estaban allí:
«Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos» (Hechos 1:14).
Sus hermanos estaban allí.
Los que anteriormente no creían ahora estaban entre los creyentes.
Los que habían vivido con Él como hermano ahora lo reconocían como Señor.
Y Jacobo llegaría a ocupar un lugar importante entre los creyentes de Jerusalén.
Posteriormente comenzaría su propia epístola con palabras que adquieren una fuerza extraordinaria cuando recordamos su historia:
«Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo…» (Santiago 1:1).
No escribió:
«Santiago, hermano de Jesús».
Escribió:
«Siervo… del Señor Jesucristo».
Algo había cambiado completamente.
¿Qué encontró Jesús cuando vino a nosotros?
Esta es finalmente la pregunta de toda nuestra serie.
Cristo sabía a qué mundo venía.
Y vino.
Encontró una familia que tuvo que enfrentar preguntas alrededor de su nacimiento.
Encontró una pequeña población donde sería conocido simplemente como el carpintero y el hijo de María.
Encontró personas que no comprendieron su identidad.
Y llegó incluso a experimentar algo particularmente humano:
sus propios hermanos no creían en Él.
El rechazo que culminaría en Jerusalén había tenido manifestaciones mucho más cercanas.
No todo el sufrimiento de Cristo produjo sangre.
Algunas heridas no necesitaron látigos.
Algunas pudieron venir de escuchar palabras pronunciadas por personas que habían compartido su propia casa.
Pero aquí descubrimos nuevamente quién era aquel que había venido.
La incomprensión no produjo amargura.
La incredulidad no produjo venganza.
El rechazo no destruyó su capacidad de amar.
Jesús no permitió que aquello que otros hicieron con Él determinara lo que Él haría con ellos.
Sus hermanos no creyeron en Él.
Él continuó amándolos.
No lo comprendieron.
Él no los desechó.
Y después de levantarse de los muertos, en lugar de cerrarles la puerta por haber dudado, fue al encuentro de uno de ellos.
«Después apareció a Jacobo».
Así era el Dios que había venido a nosotros.
El mundo podía herirlo sin conseguir hacerlo cruel.
Podía rechazarlo sin conseguir enseñarle a rechazar.
Podía negarlo sin conseguir cambiar su identidad.
Podía no comprenderlo sin conseguir alterar su misión.
Jesús había entrado en un mundo quebrantado, pero no permitió que el quebranto del mundo entrara en su corazón para hacerlo semejante a nosotros en nuestro pecado.
Vino a hacerse semejante a nosotros en nuestra humanidad.
Pero vino para mostrarnos cómo es Dios.
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