09. La paciencia de Dios no significa aprobación

Dr. Elio M Rivera

Texto clave

“¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?”
Romanos 2:4, RVR1960

  Existe algo peligroso que puede ocurrir cuando una persona hace lo malo y aparentemente no sucede nada.

  Peca.

  Espera.

  No ocurre nada.

  Vuelve a hacerlo.

  Y tampoco sucede nada.

  Después de algún tiempo puede comenzar a pensar:

  “Quizá no es tan malo.”

  Más adelante:

  “Probablemente a Dios no le importa.”

  Y finalmente puede llegar a una conclusión todavía más peligrosa:

  “Si Dios realmente estuviera en desacuerdo conmigo, ya habría hecho algo.”

  Pero esa conclusión contiene un error enorme.

  La ausencia de un juicio inmediato no significa la aprobación de Dios.

  Dios puede estar siendo paciente con una persona sin estar de acuerdo absolutamente con nada de lo que está haciendo.

  Y confundir paciencia con aprobación puede llevar al ser humano a endurecerse precisamente durante el tiempo que Dios le está concediendo para arrepentirse.

El peligro de interpretar mal la paciencia de Dios

  La Biblia describe exactamente este problema:

“Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal.”
Eclesiastés 8:11, RVR1960

  Observe cuidadosamente lo que sucede.

  El problema comienza con una sentencia que no se ejecuta inmediatamente.

  Después ocurre algo dentro del corazón.

  En lugar de pensar:

  “Dios está siendo misericordioso conmigo; necesito cambiar.”

  El hombre puede pensar:

  “No pasó nada; puedo continuar.”

  Entonces la paciencia que debía conducirlo al arrepentimiento termina siendo utilizada como una oportunidad para pecar nuevamente.

  Y aquí aparece una de las grandes tragedias del corazón humano:

  podemos utilizar la misericordia de Dios como argumento para continuar haciendo aquello de lo cual su misericordia precisamente nos está dando tiempo para arrepentirnos.

El silencio de Dios puede ser malinterpretado.

  El Salmo 50 contiene una declaración impresionante:

“Estas cosas hiciste, y yo he callado; pensabas que de cierto sería yo como tú; pero te reprenderé, y las pondré delante de tus ojos.”
Salmo 50:21, RVR1960

  Observe la secuencia.

  El hombre actuó.

  Dios calló.

  Y el hombre sacó una conclusión:

  “Pensabas que de cierto sería yo como tú.”

  El silencio fue interpretado como acuerdo.

  Pero Dios nunca había cambiado.

  Lo que Él llamaba malo continuaba siendo malo.

  Lo que había condenado continuaba siendo pecado.

  El hombre confundió el silencio de Dios con un cambio en el carácter de Dios.

  Y ese error continúa ocurriendo.

  Que Dios no haya intervenido todavía no significa que cambió de opinión.

  Que una persona haya prosperado mientras hacía algo malo no significa que Dios bendijo su conducta.

  Que alguien haya vivido durante años practicando determinado pecado sin experimentar una consecuencia visible no significa que Dios lo aprobó.

  La paciencia de Dios no redefine el pecado.

No debemos utilizar nuestros resultados como medida de aprobación divina.

  Este punto es especialmente importante.

  Podemos caer en el error de pensar que si algo “nos está funcionando”, entonces Dios debe estar de acuerdo.

  Pero una persona puede enriquecerse mediante prácticas injustas.

  Puede conseguir poder utilizando engaño.

  Puede mantener durante años una mentira sin ser descubierta.

  Puede actuar egoístamente y todavía disfrutar de comodidad.

  Puede abandonar responsabilidades y aparentemente continuar viviendo tranquilamente.

  El resultado inmediato de una conducta no determina su condición moral delante de Dios.

  El salmista Asaf tuvo que aprender precisamente esto cuando observó la prosperidad de los impíos:

“Porque tuve envidia de los arrogantes, viendo la prosperidad de los impíos.”
Salmo 73:3, RVR1960

  Parecía que les iba bien.

  Pero posteriormente comprendió:

“Hasta que entrando en el santuario de Dios, comprendí el fin de ellos.”
Salmo 73:17, RVR1960

  Una fotografía tomada a la mitad de una historia no nos permite conocer su final.

  Por eso no debemos interpretar la prosperidad temporal como evidencia automática de aprobación divina.

El pecado puede endurecer el corazón

  Existe además otra razón por la cual es peligroso continuar pecando durante el tiempo de paciencia.

  El pecado repetido puede producir endurecimiento.

  La Biblia advierte:

“Antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado.”
Hebreos 3:13, RVR1960

  Observe la expresión:

  “El engaño del pecado.”

  El pecado engaña.

  Una conducta que inicialmente producía remordimiento puede comenzar a parecernos normal.

  La primera mentira puede incomodarnos.

  Después resulta más fácil.

  La primera injusticia puede quitarnos el sueño.

  Después aprendemos a justificarla.

  La primera vez que nuestra conciencia nos acusa podemos sentir una lucha profunda.

  Pero si repetidamente ignoramos esa voz, podemos acostumbrarnos.

  No necesariamente porque aquello dejó de estar mal.

  Sino porque nosotros dejamos de sentirlo de la misma manera.

  Y eso es muy diferente.

Podemos aprender a justificar aquello que antes reconocíamos como pecado.

  El corazón humano tiene una extraordinaria capacidad para fabricar explicaciones.

  “Todos lo hacen.”

  “Yo no soy tan malo.”

  “Dios conoce mi corazón.”

  “Mis circunstancias son diferentes.”

  “No estoy perjudicando a nadie.”

  “Hay personas mucho peores que yo.”

  “Algún día voy a cambiar.”

  Pero ninguna de esas frases modifica la verdad.

  Proverbios advierte:

“Todo camino del hombre es recto en su propia opinión; pero Jehová pesa los corazones.”
Proverbios 21:2, RVR1960

  Podemos convencernos a nosotros mismos.

  Podemos convencer a otros.

  Incluso podemos construir argumentos religiosos para defender nuestra conducta.

  Pero Dios conoce el corazón.

Compararnos con personas peores tampoco nos hace inocentes.

  Este es otro mecanismo peligroso.

  El mentiroso puede compararse con el ladrón.

  El ladrón con el violento.

  El violento con el asesino.

  Y el asesino con alguien que considera todavía peor.

  Siempre podemos encontrar una persona cuya conducta nos permita sentirnos moralmente superiores.

  Pero la justicia de Dios no funciona comparándonos con el peor ser humano que podamos encontrar.

  Pablo escribió:

“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.”
Romanos 3:23, RVR1960

  El problema no es determinar si pecamos menos que otra persona.

  El problema es reconocer nuestra propia condición delante de Dios.

  Jesús contó la historia de un fariseo que oraba comparándose con otros:

“Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano.”
Lucas 18:11, RVR1960

  Su mirada estaba puesta en los pecados de los demás.

  Y mientras los señalaba, no podía contemplar correctamente su propio corazón.

  El publicano, en cambio, decía:

“Dios, sé propicio a mí, pecador.”
Lucas 18:13, RVR1960

  Uno presentó los pecados ajenos.

  El otro reconoció el suyo.

  Y Jesús declaró que fue este último quien descendió justificado.

  Esto debe acompañarnos durante toda esta serie.

  La justicia divina no nos fue revelada para que encontremos personas a quienes condenar, sino también para que comprendamos nuestra propia necesidad de misericordia.

La paciencia de Dios tiene un propósito

  Ahora podemos regresar al texto con el que comenzamos:

“¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?”
Romanos 2:4, RVR1960

  Observe hacia dónde pretende conducirnos la paciencia de Dios:

  Al arrepentimiento.

  No a la indiferencia.

  No a la comodidad.

  No a la justificación del pecado.

  No a pensar que tenemos permiso para continuar.

  Al arrepentimiento.

  Eso significa que cada día adicional de paciencia divina tiene propósito.

  Dios nos está dando tiempo para mirar nuestra vida.

  Reconocer.

  Confesar.

  Abandonar.

  Restituir cuando corresponda.

  Reconciliarnos.

  Cambiar de dirección.

  Regresar.

  Isaías expresa hermosamente esta invitación:

“Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar.”
Isaías 55:7, RVR1960

  Observe nuevamente que Dios no dice:

  “Continúa en tu camino porque yo soy misericordioso.”

  Dice:

  “Deje el impío su camino.”

  Y después promete:

  “Tendrá de él misericordia.”

  La misericordia no es una invitación para permanecer lejos de Dios.

  Es una invitación para regresar.

Dios puede advertir muchas veces antes de juzgar.

  Esta característica aparece repetidamente en la historia bíblica.

  Dios envió profetas.

  Dio advertencias.

  Llamó al arrepentimiento.

  Esperó.

  Volvió a llamar.

  Jeremías registra estas palabras:

“Y envió Jehová a vosotros todos sus siervos los profetas, desde temprano y enviándolos; mas no oísteis, ni inclinasteis vuestro oído para escuchar.”
Jeremías 25:4, RVR1960

  Esto nos permite ver el juicio desde otra perspectiva.

  Antes de muchos juicios bíblicos hubo advertencias.

  Antes de la consecuencia hubo llamados.

  Antes de la sentencia hubo oportunidades para cambiar.

  Por eso cuando finalmente llega el juicio, no necesariamente estamos viendo a un Dios que perdió repentinamente la paciencia por un pequeño error.

  En muchos relatos bíblicos estamos viendo el final de un largo proceso de rebelión, advertencia, paciencia y rechazo.

Pero la paciencia no será eterna

  Aquí debemos decir algo con claridad.

  La paciencia de Dios es grande.

  Pero la Biblia no enseña que el período de oportunidad continuará indefinidamente.

  Pablo, inmediatamente después de hablar de la benignidad y paciencia de Dios, advierte:

“Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios.”
Romanos 2:5, RVR1960

  Observe nuevamente el problema:

  “Corazón no arrepentido.”

  Dios estaba concediendo paciencia.

  Pero el hombre estaba utilizando ese tiempo para endurecerse.

  La misma oportunidad que podía conducirlo a la vida estaba siendo desperdiciada.

  Por eso existe una palabra bíblica tremendamente importante:

  Hoy.

“Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones.”
Hebreos 3:15, RVR1960

  No dice:

  “Algún día.”

  Dice:

  “Hoy.”

  Porque ninguno de nosotros debe convertir la paciencia de Dios en una promesa de que siempre tendremos otra oportunidad.

  No sabemos cuánto tiempo tendremos.

  No sabemos cuándo terminará nuestra vida.

  No sabemos cuándo llegará el momento en que tendremos que rendir cuentas.

  Por eso la respuesta correcta a la paciencia divina no es posponer.

  Es arrepentirse.

No pregunte solamente cuánto permitirá Dios

  Quizá una de las preguntas equivocadas que podemos hacer es:

  “¿Hasta dónde puedo llegar sin que Dios me castigue?”

  Esa pregunta ya revela un problema en nuestro corazón.

  La pregunta correcta sería:

  “Si esto desagrada a Dios, ¿por qué quiero continuar haciéndolo?”

  El propósito de conocer la justicia divina no es descubrir cuánto pecado podemos practicar antes de recibir una consecuencia.

  Es aprender a amar aquello que Dios ama y apartarnos de aquello que destruye nuestra relación con Él y con los demás.

  David oraba:

“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno.”
Salmo 139:23-24, RVR1960

  Quizá esta sea una oración apropiada para terminar este artículo.

  No:

  “Señor, muéstrame todo lo malo que hacen los demás.”

  Sino:

  “Examíname.”

  “Conoce mi corazón.”

  “Ve si hay en mí camino de perversidad.”

  Porque la paciencia de Dios no significa que Él apruebe todo lo que encuentra dentro de nosotros.

  Significa que todavía nos está concediendo tiempo para permitirle transformarlo.

  Y esto nos conduce hacia una verdad todavía más profunda.

  Si Dios está dando tiempo para arrepentirse, necesitamos comprender qué es realmente el arrepentimiento y por qué el juicio de Dios muchas veces viene precedido por un llamado a regresar.

  Porque cuando Dios advierte antes de juzgar, la advertencia misma puede ser una expresión de su misericordia.

Disfrute un reel con propósito

Escuche música con propósito

NUEVO EN CRISTOPEDIA

     Descubre las nuevas series, libros y recursos que hemos añadido al Museo y a la Biblioteca de Cristopedia.

WhatsApp
Facebook
X
LinkedIn
Email

Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.