Dr. Elio M. Rivera

  Antes de abandonar esta primera parte de nuestra historia y comenzar a reconstruir cómo era la vida dentro del Edén, quiero detenerme en algo que personalmente me resulta difícil contemplar sin emocionarme.

  Hemos hablado de la creación del hombre, de su propósito, de la libertad que recibió, de Eva, de la bendición y de la familia que Dios proyectó.

  Pero detrás de todas esas piezas comienza a aparecer una palabra que puede cambiar profundamente nuestra manera de comprender toda la historia:

hijos.

  Cuando Lucas lleva la genealogía de Jesucristo hasta el principio, termina con unas palabras extraordinarias:

«Enós, hijo de Set, Set, hijo de Adán, Adán, hijo de Dios» (Lucas 3:38, RVR1960).

  Detengámonos en esa última expresión:

«Adán, hijo de Dios».

  Dios no estaba creando simplemente un trabajador para cuidar su huerto.

  No estaba fabricando un esclavo destinado únicamente a obedecer órdenes.

  No estaba colocando sobre la Tierra una criatura más.

  Había creado al hombre a su imagen y semejanza.

  Y la Escritura utilizaría para describir aquella relación una de las palabras más profundas que existen:

hijo.

  Mientras más pienso en esto, más extraordinario me parece.

  Dios pudo relacionarse con nosotros exclusivamente como Creador.

  Él, Creador.

  Nosotros, criaturas.

  Él gobernando.

  Nosotros obedeciendo.

  Y nada más.

  Pero cuando recorremos la Biblia descubrimos que Dios quiso llevar aquella relación mucho más lejos.

  Jesucristo enseñó a sus discípulos a dirigirse a Dios diciendo:

«Padre nuestro que estás en los cielos…» (Mateo 6:9, RVR1960).

  Pablo escribió:

«Seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso» (2 Corintios 6:18, RVR1960).

  Y Juan, aparentemente maravillado ante esta realidad, escribió:

«Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios» (1 Juan 3:1, RVR1960).

  Padre.

  Hijos.

  Familia.

  Estas palabras aparecen demasiadas veces en las Escrituras como para tratarlas como un detalle sin importancia.

  Y aquí comienzo a descubrir algo acerca de Dios que me conmueve profundamente.

  Dios quiso establecer un vínculo con nosotros.

  Quiero expresar esto cuidadosamente.

  Dios no quedó limitado en su poder.

  No perdió su soberanía.

  No comenzó a necesitarnos para existir.

  La Escritura es muy clara:

«ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas» (Hechos 17:25, RVR1960).

  Pero, por decirlo de alguna manera, cuando Dios decidió relacionarse con nosotros como Padre, decidió vincular su corazón con sus hijos.

  Y los que somos padres podemos comprender, aunque sea imperfectamente, algo de lo que significa esa palabra.

  Un hijo no es simplemente otra persona que vive en nuestra casa.

  No es un empleado.

  No es una posesión.

  Es nuestro hijo.

  Y cuando uno se convierte en padre descubre una clase de amor difícil de explicar.

  Los hijos pueden crecer.

  Pueden marcharse.

  Pueden equivocarse.

  Pueden tomar decisiones que nos duelan.

  Pueden incluso hacer cosas con las que jamás estaremos de acuerdo.

  Pero hay algo que no podemos hacer fácilmente:

dejar de amarlos.

  No podemos borrar su historia.

  No podemos olvidar que son nuestros hijos.

  No podemos arrancarlos simplemente del corazón y continuar como si nunca hubieran existido.

  Cuando sufren, sufrimos.

  Cuando se pierden, queremos buscarlos.

  Cuando están en peligro, quisiéramos ocupar su lugar.

  Y muchos padres sabemos que, si llegara el momento, estaríamos dispuestos a entregar nuestra propia vida para salvar la de nuestros hijos.

  Entonces regreso a Génesis.

  Miro a Dios creando seres a su imagen y semejanza.

  Leo:

«Adán, hijo de Dios».

  Y comienzo a preguntarme si aquí existe una pieza mucho más grande de nuestra historia de lo que inicialmente imaginábamos.

  Porque crear hijos libres implicaba algo extraordinario.

  Significaba que podían amar a Dios.

  Pero también significaba que podían rechazarlo.

  Podían permanecer.

  Pero también podían marcharse.

  Podían confiar.

  Pero también podían decidir no hacerlo.

  Y aquí aparece una pregunta que no quiero responder todavía.

  Si Dios sabía lo que ocurriría…

  si sabía que aquellos hijos podían utilizar su libertad para alejarse…

  si sabía el dolor que aquella decisión produciría…

  ¿sabía también hasta dónde tendría que llegar para recuperarlos?

  No contestemos.

  Todavía no.

  Nos falta recorrer demasiado camino.

  Primero necesitamos conocer mejor el Edén.

  Necesitamos comprender cómo vivían.

  Necesitamos estudiar la rebelión.

  Tendremos que escuchar las palabras de la serpiente.

  Tendremos que observar la decisión de Adán y Eva.

  Tendremos que contemplar aquello que se perdió.

  Y solamente después estaremos preparados para comprender hasta dónde estuvo dispuesto a llegar Dios.

  Pero antes de cerrar esta sección quiero permitir que aparezca, apenas por un instante, una imagen que todavía se encuentra muy lejos de Génesis.

  Una cruz.

  Miles de años después, Jesucristo pronunciaría unas palabras que conocemos tan bien que quizá hemos perdido la capacidad de asombrarnos ante ellas:

«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…» (Juan 3:16, RVR1960).

  ¿Por qué?

  ¿Por qué llegar hasta allí?

  ¿Por qué no abandonar simplemente a quienes habían decidido apartarse?

  ¿Por qué buscarlos?

  ¿Por qué rescatarlos?

  ¿Por qué pagar semejante precio?

  ¿Por qué una cruz?

  Todavía no quiero responder.

  Pero quizá, después de todo lo que hemos descubierto, podemos contemplar el primer vislumbre de una respuesta.

  Jesucristo contó una historia acerca de un hijo que decidió abandonar voluntariamente la casa de su padre.

  Se marchó.

  Desperdició lo que había recibido.

  Tomó decisiones equivocadas.

  Terminó lejos de casa.

  Pero hubo algo que nunca cambió:

  seguía siendo hijo.

  Y cuando finalmente decidió regresar, Jesús describió la reacción del padre:

«Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó» (Lucas 15:20, RVR1960).

  Siempre me ha impresionado esa escena.

  El padre corrió.

  ¿Por qué?

  Porque quien regresaba no era simplemente alguien que había cometido errores.

  Era su hijo.

  Guardemos esa imagen.

  No la desarrollemos todavía.

  La necesitaremos al final de nuestra investigación.

  Porque quizá cuando lleguemos finalmente a la cruz descubriremos que no estamos contemplando solamente a un Dios resolviendo jurídicamente el problema del pecado.

  Quizá estaremos contemplando también algo profundamente personal:

un Padre rescatando a sus hijos.

  Por ahora dejemos la cruz a la distancia.

  Todavía tenemos que recorrer toda la historia que existe entre aquel huerto y aquel monte.

  Pero quiero cerrar esta primera sección conservando esta pieza.

  Dios no necesitaba al hombre.

  Y, sin embargo, quiso crearlo.

  Quiso hacerlo a su imagen.

  Quiso relacionarse con él.

  Quiso bendecirlo.

  Quiso compartir con él.

  Quiso darle libertad.

  Y quiso que la relación entre ambos pudiera expresarse mediante estas palabras:

Padre e hijos.

  Quizá todavía no comprendemos todo lo que eso significa.

  Pero sospecho que antes de terminar este recorrido descubriremos que esa decisión de Dios tuvo un costo extraordinariamente alto.

¿Qué aprendimos de Dios?

  Al cerrar esta primera sección, nuestro retrato de Dios ha cambiado considerablemente.

  No hemos encontrado solamente poder.

  Hemos encontrado relación.

  No solamente autoridad.

  Hemos encontrado generosidad.

  No solamente mandamientos.

  Hemos encontrado libertad.

  No solamente un Creador.

  Comenzamos a descubrir un Padre.

  Un Dios que quiso hijos aun cuando no necesitaba nada.

  Un Dios que quiso compartir su vida con ellos.

  Un Dios que les concedió la posibilidad real de escoger.

  Y un Dios que, al decidir amarlos como hijos, estableció voluntariamente un vínculo que atravesará toda la historia bíblica.

  Todavía no sabemos hasta dónde llegará ese amor.

  Pero nosotros conocemos algo que Adán y Eva todavía no podían conocer.

  Sabemos que al final del camino aparecerá un hombre cargando una cruz.

  Sabemos que habrá clavos.

  Sabemos que habrá sangre.

  Sabemos que Jesucristo dirá:

«Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos» (Juan 15:13, RVR1960).

  Y sabemos que detrás de toda aquella historia permanecerá una palabra que apareció desde el principio:

hijos.

  ¿Existe alguna relación entre esas dos imágenes?

  Un hijo creado en el Edén.

  Y un Dios muriendo en una cruz.

  Todavía no lo responderemos.

  Dejemos la pregunta abierta.

  Porque para comprender por qué aquel Dios estuvo dispuesto a venir a buscarnos, primero necesitamos comprender qué fue exactamente lo que sus hijos perdieron.

  Y para descubrirlo tendremos que entrar ahora, con mucho más detenimiento, en el mundo donde comenzó nuestra historia:

el huerto de Edén.

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Por el Dr. Elio M Rivera

Esos pequeños puntos de luz son gigantes

  Una noche despejada, salga al patio y mire hacia arriba. Probablemente verá pequeños puntos de luz repartidos por el cielo. Algunos brillan mucho y otros apenas pueden distinguirse. Desde la Tierra parecen diminutos, casi como si alguien hubiera colocado pequeñas lámparas en medio de la oscuridad.

  Pero las estrellas no son pequeñas.

  Parecen pequeñas porque están increíblemente lejos de nosotros. En realidad, una estrella es una enorme esfera de materia muy caliente, formada principalmente por hidrógeno y helio, mantenida unida por su propia gravedad y capaz de producir cantidades extraordinarias de energía.

  Y conocemos una estrella bastante bien porque vivimos relativamente cerca de ella.

  Es el Sol.

¿Qué es realmente una estrella?

  Sí, el Sol que vemos todas las mañanas es una estrella. Parece mucho más grande y brillante que las estrellas de la noche simplemente porque está muchísimo más cerca de nosotros.

  Cuando comenzamos a descubrir qué hay dentro de una estrella y cómo puede continuar produciendo tanta energía, aquellos pequeños puntos del cielo dejan de parecernos tan sencillos. Se convierten en algunos de los objetos más extraordinarios de la creación.

¿De qué está hecha una estrella?

El interior de una estrella

  Las estrellas están formadas principalmente por dos elementos llamados hidrógeno y helio. El hidrógeno es el elemento más sencillo que conocemos y constituye la mayor parte de estrellas como nuestro Sol.

  Pero no debemos imaginar una estrella como una gigantesca pelota de gas semejante a un globo. Las condiciones que existen dentro de ella son completamente diferentes de las que experimentamos en la Tierra.

  Allí hace muchísimo calor.

  En el centro de nuestro Sol, por ejemplo, la temperatura alcanza aproximadamente 15 millones de grados Celsius. Es una cantidad tan enorme que resulta difícil imaginarla. Para tener una pequeña comparación, el agua hierve aproximadamente a 100 grados Celsius. Ahora trate de imaginar no cien, ni mil, sino millones de grados.

  Debido a temperaturas tan elevadas, gran parte de la materia de una estrella se encuentra en un estado llamado plasma.

  El plasma se parece a un gas, pero existe una diferencia importante. Cuando la materia alcanza temperaturas extremadamente altas, los átomos pueden perder electrones. El resultado es una mezcla de partículas con carga eléctrica que se mueve a velocidades enormes.

  Por eso los científicos suelen describir las estrellas como gigantescas esferas de plasma caliente.

  Pero aquí aparece una pregunta interesante. Si una estrella contiene tanta materia caliente, ¿por qué no se deshace y se dispersa por el espacio?

  Una de las respuestas es la gravedad.

  Seguramente usted ya conoce un poco acerca de la gravedad. Cuando saltamos, regresamos al suelo. Cuando soltamos una pelota, cae hacia la Tierra. Esto sucede porque la gravedad de nuestro planeta atrae los objetos hacia su centro.

  Las estrellas también tienen gravedad. Pero contienen cantidades tan enormes de materia que su gravedad puede ser extraordinariamente poderosa. Esa gravedad atrae constantemente la materia de la estrella hacia su centro.

  Al mismo tiempo, dentro de una estrella existe una enorme presión que actúa hacia afuera.

  Entonces ocurre algo fascinante: la gravedad atrae hacia adentro mientras la presión interna empuja hacia afuera.

  Cuando estas fuerzas se mantienen equilibradas, la estrella puede conservar su estructura durante muchísimo tiempo. Los científicos llaman a esta condición equilibrio hidrostático.

  El nombre parece complicado, pero la idea es sencilla. Imagine dos equipos jalando una cuerda desde lados opuestos. Si ambos ejercen fuerzas parecidas, ninguno logra arrastrar completamente al otro.

  Algo parecido sucede en una estrella estable. Existen fuerzas enormes actuando continuamente y, sin embargo, la estrella puede mantenerse en equilibrio.

¿Cómo puede producir tanta energía?

  Esta es posiblemente una de las partes más sorprendentes de una estrella.

  Una fogata finalmente se apaga. Una vela se consume. Un automóvil necesita más combustible cuando se termina la gasolina. Entonces, ¿cómo puede una estrella producir cantidades tan extraordinarias de energía durante tanto tiempo?

  Para encontrar la respuesta tenemos que viajar imaginariamente hasta su centro.

  Allí la temperatura y la presión son enormes. Bajo esas condiciones, los núcleos del hidrógeno pueden participar en una serie de reacciones que finalmente producen helio.

  Este proceso se llama fusión nuclear.

  Aunque el nombre parece complicado, la idea principal es sencilla: fusionar significa unir.

  Durante las reacciones de fusión, una pequeña parte de la masa involucrada termina convertida en energía. Aunque esa cantidad de masa parece pequeña, puede producir una cantidad enorme de energía.

  Aquí aparece una de las ecuaciones más famosas de la ciencia:

E = mc²

  Esta ecuación, relacionada con el trabajo de Albert Einstein, nos ayuda a comprender que la masa y la energía están relacionadas. Una cantidad pequeña de masa puede corresponder a una cantidad extraordinaria de energía.

  Esto ayuda a explicar por qué las estrellas pueden producir tanta luz y calor.

  Las estrellas, por lo tanto, no son simplemente enormes fogatas encendidas en el espacio. En sus interiores están ocurriendo procesos físicos extraordinarios que permiten la producción de enormes cantidades de energía.

  Parte de esa energía finalmente llega hasta las regiones exteriores de la estrella y sale hacia el espacio en forma de radiación. Una pequeña parte de esa radiación corresponde a algo que nuestros ojos pueden detectar: la luz visible.

  Entonces comienza un viaje extraordinario.

  La luz se mueve en el vacío a aproximadamente 300,000 kilómetros por segundo. Es tan rápida que en solamente un segundo podría recorrer alrededor de la Tierra más de siete veces.

  Sin embargo, el universo es tan grande que la luz de muchas estrellas necesita años para llegar hasta nosotros.

  Por eso los astrónomos utilizan una medida llamada año luz.

  Aunque su nombre contiene la palabra “año”, un año luz no mide tiempo. Mide distancia. Es la distancia que recorre la luz durante un año.

  Esto significa algo fascinante. Si observamos una estrella situada a cien años luz de nosotros, estamos viendo la luz que salió de ella aproximadamente cien años atrás.

  Por eso, cuando observamos las estrellas, en cierto sentido también estamos mirando hacia el pasado.

Nuestro Sol también es una estrella

  No necesitamos viajar hasta otra parte de la galaxia para encontrar una estrella. Tenemos una relativamente cerca.

  El Sol se encuentra aproximadamente a 150 millones de kilómetros de la Tierra.

  Eso sigue siendo una distancia enorme. Sin embargo, comparada con las distancias que nos separan de las demás estrellas, el Sol está muy cerca de nosotros. Por eso parece tan grande y brillante en nuestro cielo.

  Dentro del Sol ocurre el mismo proceso básico que acabamos de estudiar. En su núcleo, el hidrógeno participa en reacciones de fusión que finalmente producen helio y liberan enormes cantidades de energía.

  Parte de esa energía llega hasta nuestro planeta.

  Y aquí la historia comienza a relacionarse directamente con nosotros.

  La energía procedente del Sol proporciona luz y calor a la Tierra. Ayuda a impulsar el clima y el ciclo del agua. Las plantas utilizan la luz solar mediante la fotosíntesis, y esa energía está relacionada con prácticamente todos los ecosistemas de nuestro planeta.

  Piense en eso la próxima vez que vea salir el Sol.

  Está contemplando una estrella situada aproximadamente a 150 millones de kilómetros. Desde allí, la energía atraviesa el espacio y una pequeña parte llega precisamente hasta nuestro planeta.

  Pero no todas las estrellas son iguales. Existen estrellas más grandes que nuestro Sol y otras más pequeñas. Algunas tienen temperaturas superficiales mayores y otras menores. Algunas producen muchísima más energía.

  Incluso sus colores pueden proporcionarnos información.

  Algunas estrellas parecen rojizas, otras amarillentas o blancas y algunas presentan tonalidades azuladas. Estos colores están relacionados, entre otras cosas, con la temperatura de su superficie. En términos generales, las estrellas azuladas tienen superficies más calientes que las estrellas rojizas.

  Lo extraordinario es que los científicos pueden aprender muchísimo acerca de una estrella sin viajar hasta ella.

  Lo hacen estudiando su luz.

  Al analizar cuidadosamente la luz que recibimos de una estrella, los astrónomos pueden obtener información acerca de su temperatura, los elementos que contiene y hasta su movimiento.

  Una estrella puede encontrarse increíblemente lejos y, sin embargo, la luz que llega hasta nosotros trae información que podemos estudiar desde la Tierra.

Cuando estudiar las estrellas nos lleva al Creador

  Aquí llegamos al propósito principal de esta serie de Cristopedia.

  No queremos estudiar las estrellas solamente para aprender nombres, temperaturas, distancias y palabras científicas. Todo eso es fascinante, pero queremos ir un poco más lejos.

  Queremos conocer la creación y permitir que la creación dirija nuestra mirada hacia el Creador.

  Hace miles de años, David observó el cielo y escribió:

“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”

Salmo 19:1, RVR1960

  David no tenía un telescopio moderno. No conocía la fusión nuclear. No sabía que el centro del Sol alcanza aproximadamente quince millones de grados. No conocía el plasma ni podía analizar la luz de las estrellas con instrumentos científicos.

  Solamente podía levantar los ojos y contemplarlas.

  Y aquello fue suficiente para producir asombro.

  Hoy podemos mirar mucho más profundamente. Podemos estudiar lo que sucede dentro de las estrellas. Podemos calcular sus temperaturas. Podemos descubrir de qué están hechas. Podemos medir enormes distancias y comprender cómo producen energía.

  Y cada nuevo descubrimiento puede hacer que el cielo resulte todavía más impresionante.

  Para el creyente, conocer cómo funciona algo no tiene por qué eliminar el asombro. Puede aumentarlo.

  Saber cómo funciona una estrella no hace que sea menos maravillosa. Al contrario, nos permite comprender que aquel pequeño punto luminoso que vemos durante la noche es muchísimo más extraordinario de lo que nuestros ojos pueden percibir.

  Nuestra galaxia contiene una cantidad enorme de estrellas. Y nuestra galaxia es solamente una entre la enorme cantidad de galaxias que podemos observar. Más adelante estudiaremos estas cantidades con mayor detalle. Por ahora basta comprender que existen tantas estrellas que nuestra imaginación tiene dificultades para representarlas.

  Entonces resulta especialmente hermoso leer estas palabras:

“Él cuenta el número de las estrellas;
A todas ellas llama por sus nombres.”

Salmo 147:4, RVR1960

  Y el siguiente versículo añade:

“Grande es el Señor nuestro, y de mucho poder;
Y su entendimiento es infinito.”

Salmo 147:5, RVR1960

  Observe lo que hizo el salmista. Miró las estrellas y terminó pensando en Dios.

  Eso es precisamente lo que queremos hacer nosotros.

  La próxima vez que tenga oportunidad de mirar una estrella, recuerde lo que realmente está viendo. Ese pequeño punto luminoso no es pequeño. Parece pequeño porque se encuentra extraordinariamente lejos.

  Allí existe una gigantesca esfera de materia caliente. Su gravedad mantiene unida una enorme cantidad de materia. En su interior existen temperaturas de millones de grados y ocurren procesos de fusión nuclear que producen cantidades extraordinarias de energía. Después de recorrer una distancia enorme, una pequeña parte de su luz finalmente llega hasta nuestro planeta y entra en nuestros ojos.

  Quizá entonces podamos comprender de una manera nueva la invitación del profeta Isaías:

“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas.”
Isaías 40:26, RVR1960

  Ese será nuestro propósito durante esta serie.

  Levantar los ojos, estudiar las estrellas, comprender un poco mejor la creación y permitir que lo que descubrimos nos lleve a maravillarnos ante el Creador.

Referencias científicas

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Por el Dr. Elio M Rivera

  Cuando miramos una estrella durante la noche, solamente vemos un pequeño punto de luz. Está tan lejos que no podemos tocarla, recoger una muestra ni llevar un pedacito de ella a un laboratorio para descubrir de qué está hecha.

  Entonces aparece una pregunta fascinante: ¿cómo pueden los científicos saber de qué están hechas las estrellas si nunca han viajado hasta ellas?

  La respuesta es extraordinaria. Las estrellas mismas nos envían la información.

  Y esa información viene escondida en algo que recibimos de ellas continuamente: su luz.

Los principales ingredientes de una estrella

  Las estrellas están formadas principalmente por dos elementos: hidrógeno y helio.

  Un elemento es un tipo básico de materia. Todo lo que vemos a nuestro alrededor está formado por elementos. Nuestro cuerpo contiene oxígeno, carbono, hidrógeno, calcio, hierro y muchos otros. El agua, por ejemplo, está formada por hidrógeno y oxígeno.

  Las estrellas también están hechas de elementos, pero su composición es muy diferente a la de nuestro cuerpo o nuestro planeta. En una estrella como nuestro Sol, la mayor parte de su masa corresponde al hidrógeno. El segundo elemento más abundante es el helio. También existen cantidades mucho menores de otros elementos, como oxígeno, carbono, neón y hierro.

  Podemos imaginarlo como una receta gigantesca. Si pudiéramos preparar una estrella parecida al Sol, necesitaríamos muchísimo hidrógeno, bastante helio y cantidades mucho menores de otros elementos.

  Pero existe una diferencia importante. Dentro de una estrella hace tanto calor que esa materia no se comporta como los gases que encontramos normalmente en nuestro planeta. Gran parte se encuentra en un estado llamado plasma.

Una estrella está formada de plasma

¿Qué es el plasma?

  Probablemente ha aprendido que la materia puede encontrarse como sólido, líquido o gas. Un cubo de hielo es sólido. Cuando se derrite se convierte en agua líquida. Si calentamos suficientemente el agua, parte de ella se transforma en vapor, que es un gas.

  Pero existe otro estado de la materia muy importante en las estrellas: el plasma.

  Cuando un gas alcanza temperaturas extremadamente elevadas, sus átomos pueden perder electrones. Entonces queda una mezcla de partículas con carga eléctrica. A ese estado de la materia lo llamamos plasma.

  No necesitamos comprender todos los detalles para recordar la idea principal: las estrellas están tan calientes que gran parte de su materia se encuentra en forma de plasma.

  Nuestro Sol es un buen ejemplo. Cuando lo observamos, no estamos contemplando una enorme pelota de fuego como una fogata. Estamos viendo una gigantesca estrella formada principalmente por hidrógeno y helio, cuya materia se encuentra sometida a temperaturas extraordinarias.

El hidrógeno tiene un trabajo muy importante

  El hidrógeno es el elemento más sencillo que conocemos. Un átomo normal de hidrógeno tiene un núcleo con un solo protón y un electrón. Parece algo increíblemente pequeño y sencillo, pero tiene una importancia enorme en las estrellas.

  En el centro de nuestro Sol existen temperaturas y presiones enormes. Bajo esas condiciones, los núcleos de hidrógeno participan en una serie de reacciones que finalmente producen helio.

  Este proceso se llama fusión nuclear.

  Aunque el nombre parece complicado, la idea principal es sencilla. Fusionar significa unir. Durante estas reacciones se libera una enorme cantidad de energía.

  Esa energía comienza un largo viaje desde el interior del Sol hasta que finalmente una parte sale al espacio. Una pequeña cantidad llega hasta la Tierra y nos proporciona la luz y el calor que recibimos diariamente.

  Así que el hidrógeno no solamente es uno de los principales ingredientes de una estrella. También participa en el proceso que permite que estrellas como nuestro Sol produzcan energía.

Pero las estrellas contienen otros elementos

  Aunque el hidrógeno y el helio son los elementos principales del Sol, no son los únicos.

  Los científicos han encontrado también oxígeno, carbono, neón, nitrógeno, magnesio, silicio, azufre, hierro y otros elementos. Se encuentran en cantidades mucho menores, pero forman parte de la composición del Sol.

  Aquí aparece nuevamente nuestra gran pregunta.

  ¿Cómo sabemos que esos elementos están allí?

  Nadie ha viajado hasta el Sol para recoger una cubeta de material y traerla a la Tierra. Tampoco podemos viajar hasta otras estrellas y tomar muestras.

  Sin embargo, podemos descubrir de qué están hechas desde distancias enormes.

  El secreto está en la luz.

La luz de las estrella revela sus secretos

La luz funciona como una huella digital

  Esta es una de las cosas más sorprendentes que ha descubierto la astronomía.

  La luz del Sol puede parecernos blanca. Pero cuando los científicos utilizan instrumentos especiales, pueden separar esa luz en diferentes colores.

  Seguramente alguna vez ha visto un arcoíris. Cuando la luz blanca se separa, aparecen diferentes colores. Los científicos pueden hacer algo parecido con la luz que reciben de las estrellas.

  Para estudiarla utilizan instrumentos llamados espectroscopios.

  Cuando la luz de una estrella se separa y se estudia cuidadosamente, los científicos pueden observar unas líneas especiales. Algunas son oscuras y otras pueden ser brillantes, dependiendo de lo que se esté observando.

  Estas líneas son muy importantes porque los diferentes elementos producen patrones característicos.

  Podemos imaginarlo como una huella digital.

  Sus huellas digitales tienen un patrón que permite distinguirlas de las de otras personas. De manera parecida, los elementos químicos tienen patrones que pueden ser reconocidos al estudiar la luz.

  El hidrógeno tiene su patrón.

  El helio tiene el suyo.

  El sodio tiene otro.

  El hierro también.

  Los científicos estudian estos patrones en los laboratorios y después los comparan con los que encuentran en la luz procedente de las estrellas. Cuando encuentran coincidencias, pueden descubrir qué elementos están presentes.

  Esta manera de estudiar la luz se llama espectroscopia.

Una estrella puede decirnos de qué está hecha sin que viajemos hasta ella

  Piense por un momento en lo extraordinario que es esto.

  Una estrella puede encontrarse tan lejos que su luz necesite muchos años para llegar hasta nosotros. No podemos viajar hasta ella, tocarla ni traer una muestra.

  Pero la estrella envía luz.

  Esa luz atraviesa enormes distancias hasta llegar a nuestros telescopios. Los científicos pueden recogerla, separarla y estudiarla.

  Y dentro de esa luz encuentran información.

  Pueden descubrir que allí existe hidrógeno. Pueden encontrar helio. Pueden identificar otros elementos. Incluso pueden obtener información sobre la temperatura y el movimiento de la estrella.

  Es casi como recibir una carta desde un lugar increíblemente lejano.

  La estrella no puede hablar con nosotros, pero su luz lleva información acerca de ella.

El helio fue descubierto primero mirando hacia el Sol

  La historia del helio contiene un detalle maravilloso.

  En 1868, mientras los científicos estudiaban la luz del Sol durante un eclipse, observaron una línea en el espectro que no correspondía a los elementos que conocían.

  Aquella señal llevó a pensar que estaban observando un elemento diferente. Más tarde recibió el nombre de helio, una palabra relacionada con Helios, el nombre griego del Sol.

  Lo extraordinario es que el helio fue identificado en el espectro del Sol antes de que fuera encontrado en la Tierra.

  Piense en eso.

  Los seres humanos encontraron evidencia de un elemento estudiando la luz que había viajado desde el Sol, situado aproximadamente a 150 millones de kilómetros de nuestro planeta.

  Años después, el helio también fue encontrado en la Tierra.

  Es un hermoso ejemplo de cuánto podemos descubrir simplemente observando cuidadosamente la naturaleza.

Conocer la creación nos lleva a mirar al Creador

  Hace miles de años, David miró hacia el cielo y escribió:

“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”

Salmo 19:1, RVR1960

  David podía contemplar la luz de las estrellas, pero no tenía instrumentos para estudiarla. No conocía la espectroscopia. No sabía que las estrellas estaban formadas principalmente por hidrógeno y helio.

  Nosotros podemos observar el mismo cielo que observó David, pero ahora podemos hacer algo más.

  Podemos estudiar aquella luz.

  Podemos separarla en diferentes colores. Podemos encontrar patrones dentro de ella. Podemos comparar esos patrones con los elementos que conocemos en la Tierra y descubrir qué existe en una estrella situada a distancias enormes.

  Para Cristopedia, allí es donde la ciencia se convierte también en una oportunidad para maravillarnos.

  Dios nos dio ojos capaces de mirar el cielo, pero también una mente capaz de preguntar, investigar y aprender.

  ¿Qué son aquellas luces?

  ¿De qué están hechas?

  ¿Por qué brillan?

  ¿Cómo podemos conocer algo que está tan lejos?

  Cada pregunta nos lleva a investigar un poco más. Y muchas veces, detrás de una respuesta encontramos otra maravilla que no esperábamos.

  El profeta Isaías escribió:

“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas.”
Isaías 40:26, RVR1960

  Eso es precisamente lo que estamos haciendo.

  Levantamos los ojos, observamos, investigamos y aprendemos. Descubrimos que aquel pequeño punto de luz que parecía tan sencillo contiene hidrógeno, helio y otros elementos y que, aun encontrándose a enormes distancias, su luz puede llegar hasta nosotros cargada de información.

  La próxima vez que mire una estrella, recuerde que no está viendo solamente un punto de luz.

  Está contemplando una enorme obra de la creación.

  Y mientras más aprendemos acerca de ella, más razones tenemos para levantar los ojos y maravillarnos ante su Creador.

Referencias científicas

Referencias bíblicas

Salmo 19:1; Isaías 40:26.

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Por el Dr. Elio M Rivera

  Cuando miramos una estrella durante la noche, parece que solamente estamos recibiendo un pequeño punto de luz. Pero en realidad está sucediendo algo mucho más extraordinario.

  Esa luz ha viajado por el espacio antes de llegar hasta nuestros ojos.

  Y durante su viaje trae consigo algo muy valioso:

  información acerca de la estrella que la produjo.

  En el artículo anterior aprendimos que los científicos pueden estudiar la luz para descubrir algunos de los elementos presentes en una estrella. No repetiremos aquí cómo funciona ese proceso. Ahora iremos un paso más adelante.

  Porque la luz puede contarnos mucho más.

  Puede ayudarnos a conocer la temperatura de una estrella, su movimiento, su brillo, su tamaño aproximado y otras características, aunque se encuentre tan lejos que probablemente nunca podamos visitarla.

  Es como si las estrellas estuvieran enviando continuamente mensajes a través del espacio y nosotros hubiéramos aprendido poco a poco a leerlos.

La luz de una estrella, un viaje a una velocidad extraordinaria

  La luz viaja en el vacío a aproximadamente 300,000 kilómetros por segundo.

  Para comprender lo rápido que es esto, pensemos en nuestro planeta. La Tierra tiene una circunferencia de unos 40,000 kilómetros. Si fuera posible hacer viajar la luz alrededor de la Tierra, podría darle aproximadamente siete vueltas y media en un solo segundo.

  Eso significa que mientras usted dice la palabra “uno”, la luz podría haber dado varias vueltas alrededor de nuestro planeta.

  Sin embargo, el universo es tan inmenso que incluso algo que viaja a esa velocidad necesita tiempo para atravesarlo.

  La luz del Sol, por ejemplo, necesita aproximadamente ocho minutos y veinte segundos para recorrer la distancia entre el Sol y la Tierra.

  Esto produce una situación muy interesante.

  Cuando vemos el Sol, en realidad lo estamos viendo como era aproximadamente ocho minutos antes.

  No vemos el Sol exactamente en el mismo instante en que su luz sale de él. Primero esa luz tiene que atravesar aproximadamente 150 millones de kilómetros hasta llegar a nosotros.

  Y si ocho minutos parecen mucho, espere a conocer las distancias de las demás estrellas.

La estrella más cercana después del Sol

  Después del Sol, la estrella más cercana a nosotros es Próxima Centauri.

  Se encuentra aproximadamente a 4.24 años luz de distancia.

  Esto significa que la luz que vemos de Próxima Centauri comenzó su viaje hace un poco más de cuatro años.

  Imagine que una persona pudiera encender una enorme lámpara en Próxima Centauri esta noche. Aunque la luz viajara a unos 300,000 kilómetros por segundo, nosotros no veríamos aquella luz mañana, ni el próximo mes, ni siquiera el próximo año.

  Tendríamos que esperar más de cuatro años.

  Así de enormes son las distancias entre las estrellas.

  Por eso los astrónomos utilizan una medida especial llamada año luz. Un año luz es la distancia que la luz recorre durante un año.

  Y esa distancia es enorme: aproximadamente 9.46 billones de kilómetros.

  Una sola estrella relativamente cercana ya nos obliga a utilizar números difíciles de imaginar.

Mirar el cielo también es mirar hacia el pasado

  Aquí ocurre algo todavía más sorprendente.

  Imagine una estrella situada a 100 años luz de la Tierra.

  La luz que llega esta noche hasta nuestros ojos salió de aquella estrella hace aproximadamente 100 años.

  Si observamos un objeto situado a 1,000 años luz, estamos recibiendo luz que comenzó su viaje hace aproximadamente 1,000 años.

  Por eso los telescopios tienen una característica fascinante.

  No solamente nos permiten mirar muy lejos.

  También nos permiten mirar hacia atrás en el tiempo.

  Esto no significa que viajemos físicamente al pasado. Significa que estamos recibiendo luz que salió de aquellos objetos hace mucho tiempo.

  Imagine que alguien le envía una fotografía por correo y tarda diez años en llegar. Cuando finalmente abre el sobre, la fotografía le muestra cómo era aquella persona diez años atrás.

  La luz de las estrellas hace algo parecido.

  Nos muestra cómo eran cuando esa luz comenzó su viaje.

El color también trae información

  Cuando miramos las estrellas podemos notar que no todas tienen exactamente el mismo color.

  Algunas parecen ligeramente rojizas.

  Otras parecen amarillas o blancas.

  Y algunas presentan tonos azulados.

  Eso no es solamente algo bonito.

  El color contiene información.

  En términos generales, el color de una estrella está relacionado con la temperatura de su superficie.

  Aquí sucede algo que puede parecer extraño al principio.

  Podríamos pensar que una estrella roja debería ser más caliente porque normalmente relacionamos el rojo con el fuego. Pero en las estrellas ocurre algo diferente.

  Las estrellas que se ven más rojizas suelen tener temperaturas superficiales menores que las estrellas que parecen azuladas.

  Una estrella azul puede tener una superficie muchísimo más caliente que una estrella roja.

  Así que solamente observando y estudiando cuidadosamente la luz, los científicos pueden obtener pistas acerca de la temperatura de una estrella situada a enormes distancias.

La luz puede decirnos si una estrella se mueve

  Ahora viene algo todavía más sorprendente.

  La luz también puede ayudar a los astrónomos a saber si una estrella se está acercando o alejando de nosotros.

  Para comprenderlo podemos pensar en una ambulancia.

  Cuando una ambulancia se acerca con la sirena encendida, el sonido parece cambiar. Después, cuando pasa junto a nosotros y comienza a alejarse, escuchamos otro cambio en el tono.

  Esto ocurre porque las ondas del sonido se ven afectadas por el movimiento de la fuente.

  Con la luz ocurre algo parecido, aunque estamos hablando de ondas electromagnéticas y no de sonido.

  Cuando un objeto luminoso se aleja de nosotros, las características de su luz pueden desplazarse hacia longitudes de onda mayores. Los astrónomos lo llaman corrimiento al rojo.

  Cuando un objeto se acerca, el desplazamiento ocurre hacia longitudes de onda menores y se conoce como corrimiento al azul.

  Los científicos pueden medir estos pequeños cambios.

  Así pueden descubrir que una estrella situada a enormes distancias se está moviendo hacia nosotros o alejándose de nosotros, e incluso pueden calcular parte de ese movimiento.

  Todo esto sin tocarla.

  Todo gracias a la información contenida en su luz.

También podemos descubrir si una estrella tiene una compañera

  Hay estrellas que parecen estar solas cuando las observamos desde la Tierra, pero en realidad forman parte de sistemas de dos o más estrellas.

  En algunos casos, los astrónomos pueden descubrir estas compañeras estudiando cambios en la luz.

  Por ejemplo, una estrella puede moverse ligeramente debido a la gravedad de otra estrella que gira junto con ella. Ese movimiento puede producir cambios que los instrumentos detectan.

  En otros sistemas, una estrella puede pasar frente a otra desde nuestra perspectiva y disminuir temporalmente la cantidad de luz que recibimos.

  Entonces los científicos observan algo muy sencillo:

  La estrella brilla.

  Su brillo disminuye.

  Después vuelve a aumentar.

  Si este patrón se repite regularmente, puede revelar que estamos observando un sistema de estrellas que orbitan entre sí.

  Una vez más, la luz trae información.

Un pequeño rayo de luz puede contar una historia enorme

  Pensemos en todo lo que hemos descubierto.

  Una estrella puede estar tan lejos que su luz tarde años en llegar hasta nosotros.

  Sin embargo, cuando finalmente llega, los científicos pueden estudiarla.

  En el artículo anterior vimos que esa luz puede ayudarnos a conocer de qué está hecha una estrella.

  Ahora hemos aprendido que también puede decirnos otras cosas.

  Puede darnos información acerca de su temperatura.

  Puede mostrarnos su color.

  Puede ayudarnos a saber si se acerca o se aleja.

  Puede revelar cambios en su brillo.

  Puede ayudarnos a descubrir estrellas compañeras.

  Y además nos muestra cómo era aquella estrella cuando su luz comenzó el enorme viaje hasta nuestro planeta.

  Por eso la luz es una de las herramientas más importantes de la astronomía.

  No podemos tomar una nave y visitar cada estrella.

  Pero las estrellas envían continuamente algo hasta nosotros.

  Su luz.

Cuando el mensaje de las estrellas llega hasta nosotros

  Hace miles de años, las personas miraban las estrellas sin conocer ninguna de estas cosas.

  No sabían cuánto tardaba su luz en llegar.

  No sabían que podían conocer su temperatura estudiando su color.

  No podían medir sus movimientos mediante pequeños cambios en su luz.

  Sin embargo, ya existía algo capaz de producir asombro.

  El cielo mismo.

  David escribió:

“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”

Salmo 19:1, RVR1960

  El siguiente versículo contiene una expresión especialmente hermosa para nuestro tema:

“Un día emite palabra a otro día,
Y una noche a otra noche declara sabiduría.”

Salmo 19:2, RVR1960

  El salmista estaba utilizando lenguaje poético para describir cómo la creación anuncia continuamente la grandeza de Dios.

  Hoy sabemos algo que David no podía saber.

  La luz que veía sobre su cabeza realmente estaba atravesando enormes distancias y transportando información acerca de aquellos objetos.

  Nosotros hemos aprendido a leer una pequeña parte de esa información.

  Y mientras más aprendemos a leerla, más extraordinario se vuelve el cielo.

La creación tiene mucho que enseñarnos

  Imagine salir esta noche y encontrar una estrella.

  Mientras la observa, recuerde que la luz que entra en sus ojos comenzó su viaje mucho antes de llegar hasta usted.

  Atravesó el espacio a aproximadamente 300,000 kilómetros por segundo.

  No necesitó caminos.

  No necesitó puentes.

  No necesitó cables.

  Simplemente atravesó la inmensidad hasta alcanzar nuestro planeta.

  Y cuando llegó, no llegó vacía de información.

  Su color puede hablarnos de temperatura. Sus cambios pueden hablarnos de movimiento. Su brillo puede revelarnos otras características. Y el tiempo que tardó en llegar nos recuerda las enormes distancias que existen en el universo.

  La ciencia nos permite estudiar ese mensaje.

  Y para el creyente, cada descubrimiento puede convertirse también en una invitación a maravillarse ante Aquel que hizo posible una creación semejante.

  Isaías escribió:

“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas.”
Isaías 40:26, RVR1960

  Eso es lo que hacemos en Cristopedia.

  Levantamos los ojos.

  Observamos.

  Preguntamos.

  Investigamos.

  Y mientras aprendemos a leer los mensajes que viajan en la luz de las estrellas, descubrimos una creación mucho más extraordinaria de lo que nuestros ojos pueden percibir a simple vista.

  La luz ha atravesado la inmensidad para hablarnos de las estrellas. Y las estrellas, para quien contempla la creación con fe, pueden dirigir nuevamente nuestra mirada hacia su Creador.

Referencias científicas

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