Dr. Elio M Rivera
Séforis — El mundo que pudo conocer Jesús
En las enseñanzas de Jesucristo encontramos personajes que parecen pertenecer a dos mundos completamente diferentes.
Por un lado, hombres ricos que poseían tierras, grandes cosechas, almacenes y administradores encargados de sus propiedades.
Por otro, trabajadores, campesinos y deudores que luchaban por cumplir sus obligaciones económicas.
Jesús conocía aquella desigualdad social y utilizó sus circunstancias en varias parábolas.
Lo interesante es que Séforis, como centro administrativo del gobierno de Herodes Antipas, reunía condiciones económicas y sociales semejantes a las que aparecen en esos relatos.
Una ciudad donde se concentraban la riqueza y el poder
Séforis no era solamente un lugar donde vivían artesanos y comerciantes.
Su condición de centro administrativo la relacionaba con funcionarios, recaudadores, propietarios y personas que participaban en la economía del gobierno herodiano.
La riqueza de Galilea procedía principalmente de la agricultura, la ganadería, el comercio y las actividades artesanales.
Los campos producían trigo, cebada, aceitunas, uvas y otros alimentos que abastecían a las poblaciones.
Pero no todos los que trabajaban la tierra eran sus propietarios.
Algunos campesinos cultivaban terrenos ajenos. Otros pagaban rentas o entregaban una parte de sus cosechas. También existían grandes propietarios que administraban sus bienes mediante representantes.
En ese mundo, una buena cosecha podía enriquecer considerablemente a un terrateniente, mientras una mala temporada podía colocar a una familia campesina en dificultades económicas.
La administración de propiedades requería hombres encargados de vigilar los bienes, registrar las obligaciones y organizar los pagos.
Eran los mayordomos o administradores que aparecen repetidamente en las enseñanzas de Jesús.

Jesús pudo haber observado las diferencias de las clases sociales en la ciudad de Seforís
El rico que necesitaba construir graneros más grandes
En Lucas encontramos una parábola particularmente interesante:
«La heredad de un hombre rico había producido mucho» (Lucas 12:16, RVR1960).
El propietario se encontró con una cosecha tan abundante que sus instalaciones resultaban insuficientes.
Entonces decidió:
«Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes» (Lucas 12:18, RVR1960).
La escena combina dos realidades que un artesano de Galilea podía conocer: la riqueza agrícola y la necesidad de construir edificios para almacenarla.
Un granero requería materiales, trabajadores y recursos económicos.
Ampliar las instalaciones de una propiedad importante podía representar un contrato atractivo para los constructores.
En los alrededores de Séforis existían tierras agrícolas productivas que sostenían la economía de la ciudad.
Un tekton que trabajara para propietarios acomodados podía participar en reparaciones, ampliaciones o construcciones relacionadas con aquellas actividades.
No sabemos si Jesús construyó algún granero.
Pero la parábola muestra su familiaridad con una sociedad donde algunos hombres acumulaban cosechas suficientes para levantar instalaciones mayores.
Los administradores de las grandes propiedades
En otra ocasión, Jesús contó la historia de un hombre rico que tenía un administrador.
«Había un hombre rico que tenía un mayordomo, y éste fue acusado ante él como disipador de sus bienes» (Lucas 16:1, RVR1960).
El propietario no administraba personalmente todos sus negocios.
Había confiado aquella responsabilidad a otra persona.
El mayordomo debía llevar cuentas, supervisar operaciones y responder por los bienes que se le habían entregado.
Cuando surgieron acusaciones contra él, el dueño exigió una explicación:
«Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo» (Lucas 16:2, RVR1960).
Aquella situación refleja un sistema económico en el que los grandes propietarios dependían de administradores para manejar sus intereses.
En una ciudad vinculada con el gobierno de Herodes, la existencia de funcionarios y administradores no habría resultado extraña.
De hecho, Lucas menciona a Chuza, administrador de Herodes Antipas, esposo de Juana, una de las mujeres que ayudaban a Jesús (Lucas 8:3).
No sabemos si Chuza administraba propiedades, asuntos domésticos o determinadas responsabilidades oficiales del gobernante.
Pero su presencia demuestra que Jesús llegó a relacionarse con personas pertenecientes a aquel ambiente administrativo.
Los hombres que debían aceite y trigo
La parábola del mayordomo contiene otro detalle especialmente revelador.
Antes de perder su puesto, el administrador llamó a los deudores de su señor.
Jesús relató:
«¿Cuánto debes a mi amo? Él dijo: Cien barriles de aceite. Y le dijo: Toma tu cuenta, siéntate pronto, y escribe cincuenta» (Lucas 16:5–6, RVR1960).
Después llamó a otro:
«Y tú, ¿cuánto debes? Y él dijo: Cien medidas de trigo. Él le dijo: Toma tu cuenta, y escribe ochenta» (Lucas 16:7, RVR1960).
No estamos ante pequeñas deudas domésticas.
Las cantidades mencionadas representan volúmenes importantes de productos agrícolas.
Aquellas obligaciones podían surgir de operaciones comerciales, arrendamientos u otros acuerdos relacionados con la producción de las propiedades.
El aceite y el trigo eran productos fundamentales en la economía de Galilea.
Podían almacenarse, transportarse, venderse y utilizarse para cumplir obligaciones.
La escena muestra a un administrador que manejaba documentos de deuda y tenía suficiente autoridad para modificar las cantidades registradas.
En una economía donde la producción agrícola sostenía buena parte de la riqueza, las deudas no siempre se expresaban exclusivamente en monedas.
También podían establecerse en productos.
El mundo de los endeudados
Para muchos habitantes de Galilea, las obligaciones económicas podían convertirse en una carga difícil de soportar.
Una cosecha insuficiente, la enfermedad de un trabajador o la pérdida de animales podían reducir considerablemente los recursos de una familia.
Pero las rentas, los impuestos y las deudas podían continuar.
En ocasiones, los campesinos necesitaban recurrir a préstamos para conservar sus actividades o superar una temporada difícil.
El endeudamiento podía conducir a la pérdida de propiedades y aumentar la dependencia respecto de los acreedores.
Este contraste entre riqueza y necesidad aparece también en otra enseñanza de Jesús:
«Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez» (Lucas 16:19, RVR1960).
Frente a su puerta se encontraba Lázaro, un mendigo que deseaba alimentarse de lo que caía de la mesa del rico.
La escena refleja una desigualdad que podía encontrarse en las sociedades urbanas y rurales del mundo antiguo.
Grandes propiedades y hogares acomodados podían existir relativamente cerca de personas que apenas conseguían lo necesario para vivir.
Séforis, con su actividad administrativa y económica, ofrece un contexto apropiado para comprender aquella diferencia social.
¿Pudo Jesús observar estas relaciones en Séforis?
Un trabajador que acudiera a una ciudad como Séforis no encontraría solamente obras de construcción.
También entraría en contacto con propietarios, comerciantes, funcionarios, administradores y otros trabajadores.
Podría conocer las diferencias entre una vivienda acomodada y una casa humilde.
Escucharía conversaciones sobre pagos, cosechas, contratos y obligaciones económicas.
Y comprendería que detrás de las grandes propiedades existía una organización en la que participaban numerosas personas.
Si José y Jesús trabajaron en Séforis, aquel ambiente pudo ofrecerles oportunidades para observar algunas de estas realidades.
No es necesario suponer que cada parábola procede de un episodio ocurrido allí. Las relaciones económicas descritas por Jesús también existían en otras regiones de Galilea.
Pero la concentración de actividades administrativas, agrícolas y comerciales en Séforis hace razonable considerar aquella ciudad como uno de los ambientes donde Jesús pudo conocer de cerca esas diferencias sociales.
Resulta especialmente interesante que sus enseñanzas describieran con tanta naturalidad tanto las preocupaciones de los propietarios como las dificultades de quienes dependían de ellos.
El carpintero de Nazaret habló de grandes cosechas, graneros, mayordomos, documentos de deuda y hombres ricos.
También habló de pobres, jornaleros y personas necesitadas.
Era el mundo económico de Galilea, un mundo donde la riqueza de unos y las necesidades de otros podían encontrarse a poca distancia.
Y el verbo se hizo carne y habito entre nosotros (Juan 1: 14)
Y el verbo se hizo carne y vio y eperimento las diferencias de las clases sociales de su época.
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