01. El mercado — Comprar, vender, deber y pagar

Dr. Elio M Rivera

Texto clave: Mateo 20:2

“Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña.”

Hay una parte de la vida de Nazaret que todavía no hemos recorrido.

Hasta ahora hemos entrado en la casa.

Hemos acompañado a la familia.

Hemos observado el trabajo, la formación y la vida religiosa.

Pero tarde o temprano casi todo aquello terminaba encontrándose con una realidad mucho más concreta:

había que conseguir lo necesario para vivir.

El grano tenía valor.

El aceite tenía valor.

La tela tenía valor.

Una herramienta tenía valor.

El trabajo de un hombre tenía valor.

Y cuando una familia necesitaba algo que no podía producir por sí misma, tenía que obtenerlo de alguien más.

Jesús y las transacciones financieras

Entonces aparecía el mundo de comprar y vender.

De cobrar y pagar.

De negociar.

De prestar.

De deber.

De esperar un jornal.

Y algunas veces, de descubrir que el dinero no alcanzaba.

No imagine un supermercado

Cuando hablamos del “mercado” no debemos imaginar necesariamente un gran espacio comercial permanente dentro de la pequeña Nazaret, lleno de establecimientos como los nuestros.

La actividad económica podía realizarse de distintas maneras y conectaba las aldeas con poblaciones mayores, productores, artesanos y comerciantes.

Había productos agrícolas.

Animales.

Alimentos preparados.

Cerámica.

Tejidos.

Herramientas.

Materiales.

Servicios.

Una familia producía algunas cosas.

Necesitaba otras.

Y de ese encuentro nacía el intercambio.

La economía tenía rostro.

No se compraba necesariamente a una empresa distante.

Muchas veces se trataba con personas.

Y cuando el vendedor y el comprador podían volver a encontrarse, la reputación importaba.

Antes de comprar había que mirar

Imagine acercarse a un producto.

No tiene una etiqueta impresa con precio fijo.

No existe un código de barras.

No hay una caja registradora que determine automáticamente cuánto debe pagarse.

Hay que preguntar.

¿Cuánto?

Entonces comienza una de las experiencias comerciales más antiguas del mundo.

El vendedor sabe cuánto quiere recibir.

El comprador sabe cuánto puede pagar.

Entre ambos aparece la negociación.

Quizá el precio parece demasiado alto.

Quizá la calidad no convence.

Quizá se compra una cantidad menor.

Quizá se llega a un acuerdo.

O quizá el comprador simplemente se marcha.

Comprar también exigía saber tratar con personas.

Las monedas pasaban de mano en mano

En la Galilea del siglo primero circulaban diferentes monedas dentro de un sistema político y económico complejo.

Los Evangelios conservan varios nombres que más adelante resultarán familiares al lector:

denarios,

dracmas,

talentos,

monedas de menor valor.

Pero debemos recordar algo importante.

No todas eran equivalentes y no todas pertenecían al mismo sistema monetario.

Había acuñaciones relacionadas con distintas autoridades y regiones. El dinero del mundo romano podía llevar consigo incluso símbolos y nombres del poder político.

Eso explica por qué una simple moneda podía convertirse posteriormente en una lección extraordinaria.

Cuando preguntaron a Jesús acerca del tributo, pidió:

“Mostradme la moneda del tributo.”

—Mateo 22:19.

Después preguntó:

“¿De quién es esta imagen, y la inscripción?”

—Mateo 22:20.

Respondieron:

“De César.”

La moneda no solamente compraba.

También hablaba de quién gobernaba.

El dinero se contaba con cuidado

Cuando los recursos son limitados, una moneda pequeña deja de parecer pequeña.

Se cuenta.

Se guarda.

Se piensa antes de entregarla.

Porque gastar en una cosa significa no poder utilizar ese dinero en otra.

Ésa es una experiencia que muchas familias conocen todavía.

Uno mira lo que tiene.

Después piensa en lo que falta.

Alimento.

Una reparación.

Algún material.

Una obligación pendiente.

Y comienza a distribuir mentalmente lo disponible.

Esto para aquí.

Aquello tendrá que esperar.

Esto sí.

Eso no.

Quizá la próxima semana.

Administrar escasez también es trabajo.

No produce nada visible.

Pero agota.

Jesús y el pago del jornal

Había personas que vivían de un jornal

No todos poseían tierra suficiente.

No todos tenían un negocio estable.

No todos podían contar con ingresos seguros.

Había hombres que dependían de ser contratados para trabajar.

La Torá conocía perfectamente la vulnerabilidad del jornalero y había ordenado:

“En su día le darás su jornal, y no se pondrá el sol sin dárselo…”

—Deuteronomio 24:15.

La razón aparece inmediatamente:

“…pues es pobre, y con él sustenta su vida.”

La frase es extraordinariamente humana.

El jornal no era simplemente una cifra.

Era lo que aquella persona esperaba llevar a casa.

Por eso retener el pago podía convertirse en algo mucho más grave que un retraso administrativo.

Alguien había trabajado contando con ese dinero.

Esperar que alguien te contrate

Jesús utilizaría posteriormente una escena que sus oyentes podían comprender inmediatamente.

Un propietario sale a contratar trabajadores para su viña.

Sale temprano.

Después vuelve a salir.

Encuentra a otros esperando.

Y pregunta:

“¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados?”

Ellos responden:

“Porque nadie nos ha contratado.”

—Mateo 20:6-7.

Detengámonos allí.

Nadie nos ha contratado.

Para nosotros puede parecer simplemente una frase dentro de una parábola.

Para un jornalero era una preocupación.

La mañana avanza.

Otros son escogidos.

Él sigue esperando.

Pasa otra hora.

Todavía nada.

Y conforme el día desaparece, también disminuye la posibilidad de regresar a casa con un jornal completo.

No hace falta exagerar el drama.

Basta haber esperado alguna vez un trabajo para comprenderlo.

El problema no era necesariamente falta de voluntad.

Podía haber manos dispuestas…

y nadie que las necesitara ese día.

Un buen día y un mal día podían comenzar en el mismo lugar

Un hombre consigue trabajo temprano.

Otro no.

Al primero le espera una jornada cansada.

Al segundo le espera otra clase de cansancio:

la incertidumbre.

Uno trabaja pensando en cuándo terminará.

El otro espera preguntándose si comenzará.

Al final del día ambos regresarán a casa.

Pero no necesariamente con lo mismo.

Así funcionaba una sociedad sin nuestras redes modernas de protección económica.

La enfermedad de un proveedor, una cosecha insuficiente, la falta de trabajo o una obligación inesperada podían alterar rápidamente el equilibrio de una familia modesta.

Por eso las palabras pan de cada día no eran una imagen abstracta.

Podían describir una preocupación real.

También se podía deber

Y cuando lo que había no alcanzaba, aparecía una palabra que conocemos perfectamente:

deuda.

La deuda existía en el mundo bíblico desde mucho antes de Jesús.

Podía surgir por préstamos, obligaciones, rentas, impuestos o dificultades económicas.

Y una deuda tiene una característica dolorosa:

permite resolver el problema de hoy utilizando parte del mañana.

Hoy recibimos lo que necesitamos.

Mañana habrá que pagarlo.

Y mientras no se pague, permanece allí.

Uno despierta…

y debe.

Trabaja…

y debe.

Come…

y debe.

Se acuesta…

y todavía debe.

Quien ha cargado una deuda difícil conoce el peso psicológico de una cantidad que parece acompañarlo a todas partes.

No ocupa espacio dentro de la casa.

Pero está presente.

El acreedor también esperaba

Sin embargo, debemos mirar ambos lados.

Alguien debía porque había recibido.

Pero otro había prestado.

El acreedor también podía necesitar recuperar aquello que era suyo.

Por eso la economía humana rara vez se divide sencillamente entre buenos y malos.

Un hombre podía tener razón al cobrar.

Y otro podía estar sinceramente imposibilitado para pagar.

Entonces aparecía el conflicto.

¿Cuánto tiempo esperar?

¿Puede pagar una parte?

¿Tiene algo que entregar?

¿Cumplirá su palabra?

¿Está evitando pagar o verdaderamente no puede?

Son preguntas antiguas.

Y profundamente humanas.

No es extraño que Jesús utilizara tantas veces acreedores y deudores para enseñar.

Sus oyentes sabían perfectamente de qué estaba hablando.

“Ten paciencia conmigo”

En una de sus parábolas aparece un hombre que debe una cantidad enorme.

Cuando llega el momento de rendir cuentas, cae delante de su acreedor y dice:

“Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo.”

—Mateo 18:26.

Después ese mismo hombre encuentra a otro que le debe una cantidad mucho menor.

Y escucha prácticamente la misma súplica:

“Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré.”

—Mateo 18:29.

Para nosotros es una enseñanza sobre el perdón.

Pero observe el lenguaje que Jesús escogió para comunicarla.

Deuda.

Cobro.

Plazo.

Súplica.

Cancelación.

Porque una deuda permitía explicar algo que todos podían sentir:

lo que significa tener una obligación que no podemos satisfacer.

Los impuestos también estaban allí

Y sobre toda aquella economía cotidiana existía otra realidad:

el poder político también cobraba.

Roma dominaba la región.

Herodes Antipas gobernaba Galilea durante gran parte de la vida de Jesús bajo el sistema imperial romano.

Existían impuestos, tributos y otras obligaciones fiscales que podían recaer de distintas maneras sobre la población.

Para una familia común, el impuesto no era una discusión académica acerca de política imperial.

Era una salida de recursos.

Algo producido mediante trabajo terminaba en manos de una autoridad.

Y por eso los recaudadores podían convertirse en figuras profundamente impopulares.

El sistema de recaudación y las prácticas asociadas con él podían generar abusos, sospechas y resentimiento.

Más adelante encontraremos a Jesús sentado incluso con publicanos.

Pero para comprender la fuerza de esas escenas primero debemos sentir lo que aquella palabra podía provocar.

Publicano.

No era simplemente “un empleado”.

Podía representar dinero que salía del bolsillo.

Y detrás del dinero estaba Roma.

La economía también producía desigualdad

No todos comenzaban el día desde el mismo lugar.

Algunos poseían tierras.

Otros trabajaban las tierras de alguien más.

Algunos podían prestar.

Otros necesitaban pedir prestado.

Algunos contrataban jornaleros.

Otros esperaban ser contratados.

Algunos administraban grandes propiedades.

Otros contaban pequeñas monedas.

El mundo que Jesús conoció tenía diferencias económicas reales.

Por eso sus parábolas posteriormente pueden moverse con tanta naturalidad entre personajes muy distintos:

un hombre rico,

un administrador,

un propietario,

un comerciante,

un jornalero,

un deudor,

una viuda con muy poco,

un hombre que encuentra un tesoro,

otro que busca perlas,

siervos encargados de bienes ajenos.

Jesús podía hablar a personas situadas en lugares muy diferentes de la economía.

Había que pesar y medir

Comprar tampoco dependía únicamente de contar monedas.

Había productos que debían medirse o pesarse.

Y allí aparecía otra posibilidad humana:

hacer trampa.

Una medida injusta podía favorecer al vendedor.

Una balanza alterada podía quitar poco en cada transacción.

Tan poco que quizá parecía insignificante.

Pero repetido muchas veces se convertía en ganancia para uno y pérdida para muchos.

Por eso la Ley había hablado con tanta claridad:

“Peso exacto y justo tendrás; efa cabal y justo tendrás…”

—Deuteronomio 25:15.

Mucho antes de nuestras regulaciones comerciales, Israel ya entendía que la justicia también se juega en lugares aparentemente pequeños.

Una balanza.

Una medida.

Una deuda.

Un jornal.

Dios también miraba allí.

El mercado revelaba el carácter

Eso convierte el intercambio económico en algo mucho más interesante.

Porque cuando hay dinero de por medio aparecen cosas que quizá permanecían escondidas.

La honestidad.

La codicia.

La generosidad.

La desesperación.

La paciencia.

La avaricia.

La confianza.

La compasión.

Uno puede hablar hermosamente de justicia.

Otra cosa es practicarla cuando puede ganar más engañando.

Uno puede hablar de misericordia.

Otra cosa es ejercerla cuando alguien le debe.

Uno puede decir que ama al prójimo.

Otra cosa es pagarle justamente cuando depende de ese jornal.

El dinero pone a prueba muchas palabras.

Había cuentas que hacer

Al final, alguien tenía que saber si el esfuerzo había valido la pena.

¿Cuánto entró?

¿Cuánto salió?

¿Cuánto se debe?

¿Cuánto queda?

¿Cuánto costará lo siguiente?

Esa clase de pensamiento aparece repetidamente en las enseñanzas de Jesús.

Un hombre quiere construir una torre y primero calcula el costo.

Un rey considera si puede enfrentar a otro.

Un administrador tiene que rendir cuentas.

Siervos reciben cantidades y después responden por ellas.

Un pastor calcula la pérdida de una oveja.

Una mujer nota que falta una moneda.

Un comerciante reconoce el valor de una perla.

Jesús enseñaría verdades eternas utilizando cuentas que la gente hacía todos los días.

Una moneda perdida podía importar mucho

Lucas cuenta la parábola de una mujer que tiene diez dracmas y pierde una.

Entonces enciende una lámpara, barre la casa y busca cuidadosamente hasta encontrarla.

—Lucas 15:8.

Si tenemos mucho dinero, perder una moneda puede resultar irrelevante.

Pero si tenemos diez y perdemos una…

hemos perdido la décima parte.

Entonces sí buscamos.

Movemos cosas.

Miramos nuevamente.

Revisamos donde ya habíamos revisado.

La pequeña moneda adquiere otro valor porque sabemos cuánto representa respecto de lo que tenemos.

Los oyentes de Jesús podían sentir la escena.

Conocían el valor de no poder darse el lujo de perder.

“¿Cuánto me debes?”

En otra parábola, Jesús coloca delante de sus oyentes una pregunta absolutamente económica:

“¿Cuánto debes a mi amo?”

—Lucas 16:5.

Uno responde:

“Cien barriles de aceite.”

Otro:

“Cien medidas de trigo.”

Inventarios.

Cuentas.

Documentos.

Deudas.

Administración.

Nada de eso suena misterioso.

Suena a vida.

Ésa es precisamente la fuerza de muchas parábolas.

Jesús no necesitaba transportar a sus oyentes a un universo extraño para hablarles de Dios.

Tomaba el mundo que conocían…

y les mostraba algo que no habían visto.

Jesús había observado cómo funcionaba ese mundo

Aquí debemos conservar nuestra precisión.

No sabemos qué compró Jesús en un día determinado.

No conocemos sus transacciones particulares.

No podemos reconstruir sus cuentas familiares.

Pero no necesitamos hacerlo.

Vivió durante años dentro de aquella sociedad.

Fue conocido como tekton, trabajador.

Vivió entre personas que compraban y vendían.

Vio monedas.

Conoció jornaleros.

Propietarios.

Comerciantes.

Deudores.

Recaudadores.

Personas con abundancia.

Personas con necesidad.

Y cuando comenzó a enseñar, ese mundo apareció constantemente en sus palabras.

No como teoría económica.

Como vida conocida.

Después entenderemos mejor sus parábolas

Cuando lleguemos a ellas, quizá ya no escucharemos ciertas palabras de la misma manera.

Jornalero.

Ahora veremos al hombre esperando trabajo.

Denario.

Pensaremos en una jornada.

Deuda.

Sentiremos el peso de despertar sabiendo que todavía debemos.

Acreedor.

Recordaremos que también espera recuperar lo suyo.

Publicano.

Entenderemos por qué podía provocar rechazo.

Moneda perdida.

Comprenderemos por qué alguien barre hasta encontrarla.

Rendir cuentas.

Sabremos que detrás hay bienes que fueron confiados a alguien.

Y entonces descubriremos algo extraordinario acerca de la manera en que Jesús enseñaba.

Hablar de Dios con el lenguaje de la vida

Jesús podía hablar del reino de los cielos utilizando un campo.

Una casa.

Una comida.

Una familia.

Y también podía utilizar una cuenta.

Una deuda.

Un salario.

Una moneda.

Un trabajador esperando ser contratado.

Un administrador revisando números.

Un hombre calculando si tiene suficiente para terminar una construcción.

¿Por qué?

Porque cuando llegó el momento de enseñar, habló a las personas desde el mundo que ellas conocían.

No despreciaba su vida cotidiana como si fuera demasiado pequeña para contener verdades espirituales.

La observaba.

La comprendía.

Y encontraba dentro de ella puertas para llevarlas hacia algo mayor.

Durante años, antes de que las multitudes escucharan sus parábolas, Jesús había vivido en un mundo donde cada moneda representaba trabajo, donde las familias tenían que administrar lo que poseían y donde llegar al final del día con jornal o sin él podía cambiar el ánimo de una casa.

Después comenzó a enseñar.

Y las personas escucharon hablar de viñas, jornaleros, acreedores, deudores, administradores, comerciantes y monedas.

Los personajes les resultaban familiares.

Eran personas de su propio mundo.

Lo extraordinario era aquello que Jesús conseguía mostrarles a través de ellas.

Porque había aprendido a hablar de las cosas del cielo…

utilizando el lenguaje de la tierra.

Y el Verbo se hizo carne

El dueño de todas las cosas aceptó vivir en un mundo donde las cosas tenían precio.

El que no necesitaba nada conoció una vida donde había que trabajar para obtener lo necesario.

Vio monedas cambiar de manos.

Vio hombres esperando ser contratados.

Vio familias contando lo que tenían.

Vio deudas.

Salarios.

Compras.

Pagos.

Y personas preguntándose si aquello que poseían sería suficiente.

El que era dueño del oro y de la plata aceptó vivir entre quienes tenían que contar cada moneda.

Y cuando comenzó a enseñar, habló de jornaleros, deudores, acreedores, administradores y monedas perdidas.

Porque conocía aquel mundo.

Y el Verbo se hizo carne y vivió en un mundo donde había que trabajar, comprar, vender, cobrar, pagar y administrar cuidadosamente lo que se tenía.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.