Dr. Elio M Rivera
Texto clave
“La justicia engrandece a la nación; mas el pecado es afrenta de las naciones.”
Proverbios 14:34, RVR1960
En el capítulo anterior hicimos una pregunta fundamental:
¿Por qué Dios no podía simplemente ignorar nuestro pecado?
Descubrimos que hacerlo habría significado tratar la injusticia como si no importara. Y Dios no puede convertirse en injusto para salvar al culpable.
Pero quizá todavía quede una pregunta:

¿Por qué Dios defiende tanto la justicia?
¿Por qué ocupa un lugar tan importante en su Reino?
¿Por qué la Biblia declara:
“Justicia y juicio son el cimiento de tu trono…”
Salmo 89:14, RVR1960
Tal vez podamos comprenderlo observando algo que todos los seres humanos conocemos.
Todos queremos ser tratados justamente.
El niño quiere que sus padres sean justos con él.
El trabajador quiere que su patrón sea justo.
El patrón quiere trabajadores honestos.
El comprador quiere que el comerciante no lo engañe.
El comerciante quiere que el cliente pague lo acordado.
El acusado quiere un juicio justo.
La víctima quiere que su agresor responda.
El ciudadano quiere que las mismas leyes que se aplican sobre él también se apliquen sobre quienes gobiernan.
Podemos discutir acerca de muchas cosas.
Pero cuando sentimos que alguien nos está tratando injustamente, algo dentro de nosotros inmediatamente protesta:
“¡Eso no es justo!”
Sabemos intuitivamente que la justicia importa.
Basta imaginar una nación sin justicia
Imagine por un momento una nación donde las leyes existen, pero nadie puede confiar en ellas.
Un hombre denuncia que le robaron su propiedad.
Nadie investiga.
Una mujer denuncia que fue víctima de un delito.
Nadie escucha.
Un empresario invierte los ahorros de toda su vida, pero alguien relacionado con el gobierno decide quitarle su negocio.
No existe tribunal independiente al cual acudir.
Un trabajador termina su labor, pero su patrón decide no pagarle.
No sucede nada.
Un funcionario roba dinero público.
Todos lo saben.
Pero tiene suficientes relaciones para evitar cualquier consecuencia.
Un inocente es acusado.
Las pruebas demuestran su inocencia.
Pero alguien poderoso quiere verlo condenado.
Y es condenado.
Otro hombre es culpable.
Las evidencias son contundentes.
Pero tiene dinero, influencias y amigos.
Y queda libre.
Ahora imagine vivir allí.
¿Se sentiría seguro?
¿Invertiría todos sus ahorros?
¿Abriría tranquilamente un negocio?
¿Confiaría en que su propiedad seguirá siendo suya mañana?
¿Se sentiría protegido si alguien amenaza a sus hijos?
¿Dormiría tranquilo sabiendo que, si algo ocurre, la ley estará de su lado?
Probablemente no.
Porque cuando desaparece la justicia, aparece algo terrible:
la incertidumbre.
Por eso las naciones necesitan instituciones de justicia
Las sociedades humanas reconocen, aun imperfectamente, que la convivencia necesita leyes, tribunales, jueces, fiscales, autoridades encargadas de investigar delitos y organismos destinados a hacer cumplir la ley.
Los nombres y estructuras cambian de un país a otro.
Algunos tienen ministerios de justicia.
Otros departamentos o secretarías de justicia.
Otros distribuyen esas responsabilidades entre diferentes instituciones.
Pero el principio es prácticamente universal:
una sociedad necesita mecanismos para administrar justicia.
¿Por qué?
Porque no basta escribir leyes.
Las leyes tienen que significar algo.
Si alguien puede quebrantarlas constantemente sin consecuencias, la ley comienza a perder su capacidad de proteger.
Por eso Pablo, hablando de la autoridad civil, escribió:
“Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo.”
Romanos 13:3, RVR1960
Y añade:
“…porque es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo.”
Romanos 13:4, RVR1960
La justicia coloca límites.
Dice al agresor:
“Hasta aquí.”
Dice al ladrón:
“Eso no te pertenece.”
Dice al poderoso:
“Tu poder también tiene límites.”
Dice al ciudadano:
“Tus derechos serán protegidos.”
Y dice a la víctima:
“Lo que te hicieron importa.”
Cuando existe justicia podemos vivir con mayor seguridad
Pensemos en algo tan sencillo como salir de casa.
¿Por qué podemos dejar una casa cerrada y esperar encontrarla todavía nuestra cuando regresamos?
¿Por qué alguien puede comprar un terreno y esperar conservarlo?
¿Por qué firmamos contratos?
¿Por qué depositamos dinero en instituciones?
¿Por qué una persona puede construir durante treinta años un patrimonio y esperar heredarlo a sus hijos?
Entre otras razones, porque existe un orden jurídico que reconoce derechos, obligaciones y consecuencias.
Cuando ese orden funciona razonablemente bien, proporciona previsibilidad.
Sabemos que existen límites.
Sabemos que hay recursos legales.
Sabemos que quien viola determinados derechos puede enfrentar consecuencias.
Ninguna nación humana posee justicia perfecta.
Pero cuanto más confiables son sus instituciones, sus leyes y su aplicación imparcial, mayor puede ser la confianza de sus habitantes en la convivencia social.
La justicia produce algo extraordinariamente valioso:
seguridad.
La justicia también produce estabilidad.
Cuando las personas confían en que existen medios legales para resolver conflictos, no necesitan resolver cada disputa mediante la fuerza.
Dos personas pueden tener un problema contractual.
No necesitan formar dos ejércitos.
Pueden acudir ante un tribunal.
Dos personas pueden reclamar la misma propiedad.
No necesitan matarse para decidir quién la conservará.
Presentan evidencias.
Existe un proceso.
Existe una resolución.
Precisamente allí comprendemos uno de los grandes regalos de la justicia:
sustituye, cuando funciona correctamente, la fuerza arbitraria por un orden.
La injusticia produce miedo
Ahora invirtamos la situación.
Imagine que las personas dejan de confiar en los tribunales.
Después dejan de confiar en la policía.
Después dejan de confiar en los funcionarios.
Después dejan de confiar en los contratos.
Después dejan de confiar en que su propiedad será respetada.
Después dejan de confiar en que decir la verdad servirá de algo.
¿Qué comienza a ocurrir?
Cada persona empieza a buscar cómo protegerse por sí misma.
Quien tiene dinero compra influencia.
Quien tiene poder lo utiliza.
Quien tiene fuerza intimida.
Quien tiene conexiones las aprovecha.
Y quien no tiene ninguna de esas cosas queda vulnerable.
La injusticia comienza entonces a producir:
Desconfianza.
Corrupción.
Inestabilidad.
Y, llevada suficientemente lejos, puede contribuir al desorden y la anarquía.
Isaías describió una sociedad moralmente trastornada:
“Y el derecho se retiró, y la justicia se puso lejos; porque la verdad tropezó en la plaza, y la equidad no pudo venir.”
Isaías 59:14, RVR1960
Qué descripción tan impresionante:
“La verdad tropezó en la plaza.”
Cuando la justicia desaparece, no solamente sufren los tribunales.
Sufre toda la sociedad.
La justicia protege especialmente al que tiene menos poder
Esta es una de sus funciones más hermosas.
El poderoso muchas veces puede protegerse.
Tiene dinero.
Tiene contactos.
Tiene influencia.
Puede contratar personas para defender sus intereses.
Pero ¿qué ocurre con quien no tiene nada?
La Escritura muestra repetidamente que Dios presta atención precisamente a esas personas.
“Padre de huérfanos y defensor de viudas es Dios en su santa morada.”
Salmo 68:5, RVR1960
También ordenó:
“Aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda.”
Isaías 1:17, RVR1960
La verdadera justicia impide que el poder sea la única regla.
Dice que el pobre también importa.
Que el huérfano también importa.
Que la viuda también importa.
Que el extranjero también importa.
Que quien no tiene conexiones también importa.
Por eso Dios condenó tan severamente a quienes utilizaban su posición para oprimir.
“¡Ay de los que dictan leyes injustas, y prescriben tiranía, para apartar del juicio a los pobres, y para quitar el derecho a los afligidos de mi pueblo…!”
Isaías 10:1-2, RVR1960
Dios defiende la justicia porque las personas importan.
La justicia contribuye a la paz
A veces pensamos en justicia y paz como conceptos diferentes.
La Biblia los conecta.
Isaías escribió:
“Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre.”
Isaías 32:17, RVR1960
Observe las palabras:
Justicia.
Paz.
Reposo.
Seguridad.
No son enemigas.
Están relacionadas.
Una paz construida sobre injusticia solamente puede ser aparente.
Puede existir silencio porque las víctimas tienen miedo de hablar.
Puede existir orden porque alguien tiene suficiente poder para aplastar cualquier protesta.
Pero eso no significa que exista verdadera paz.
La paz duradera necesita justicia.
También puede producir alegría.
Proverbios dice:
“Alegría es para el justo el hacer juicio…”
Proverbios 21:15, RVR1960
Pensemos en una persona que pasó años siendo acusada falsamente y finalmente es declarada inocente.
¿Qué siente?
Alivio.
Pensemos en una familia cuyo hijo fue asesinado y después de años finalmente el responsable comparece ante la justicia.
El juicio no devuelve al hijo.
Pero escuchar que la verdad fue reconocida importa.
Pensemos en alguien a quien quitaron injustamente su propiedad y finalmente le es restituida.
La justicia puede producir una profunda sensación de restauración.
Porque algo dentro de nosotros sabe:
lo malo no debería tener la última palabra.
Por eso las personas buscan lugares donde sus derechos estén protegidos
Cuando una persona decide dónde vivir, trabajar, invertir, formar una empresa o criar a sus hijos, la seguridad jurídica puede importar enormemente.
Las personas suelen valorar sociedades donde pueden esperar que los contratos sean respetados, que la propiedad tenga protección, que los tribunales funcionen, que los delitos sean investigados y que exista alguna posibilidad real de reclamar frente al abuso.
No existe una nación perfectamente justa.
Todas las instituciones humanas pueden equivocarse.
Jueces pueden equivocarse.
Policías pueden equivocarse.
Gobiernos pueden corromperse.
Leyes pueden ser injustas.
Pero precisamente nuestra indignación cuando esas cosas ocurren demuestra algo:
sabemos que la justicia debería existir.
Nadie celebra tener que vivir donde solamente sobrevive quien tiene más fuerza.
Queremos seguridad.
Queremos estabilidad.
Queremos poder trabajar y disfrutar del fruto de nuestro trabajo.
Queremos que nuestros hijos estén protegidos.
Queremos saber que si somos acusados podremos defendernos.
Queremos saber que si somos víctimas podremos ser escuchados.
Queremos justicia.
Si esto es importante en una nación, imagine su importancia en el Reino de Dios
Ahora podemos regresar al tema central.
Si una nación necesita justicia para conservar el orden…
si una familia necesita justicia para vivir en armonía…
si una empresa necesita justicia para conservar la confianza…
si una sociedad necesita justicia para proteger al débil…
¿cuánto más el Reino eterno de Dios?
El Reino de Dios no puede funcionar como una nación corrupta.
No puede haber favoritismos.
No puede haber sobornos.
No puede existir una ley para unos y otra para otros.
No puede haber inocentes condenados.
No puede haber culpables comprando sentencias.
No puede existir un poderoso capaz de intimidar al Juez.
No puede existir un expediente perdido.
No puede existir un crimen oculto para siempre.
Por eso la Biblia declara:
“Porque Jehová es justo, y ama la justicia…”
Salmo 11:7, RVR1960
Y:
“Justicia y juicio son el cimiento de tu trono…”
Salmo 89:14, RVR1960
Dios defiende la justicia porque un Reino perfecto necesita justicia perfecta.
Imagine una eternidad donde la injusticia pudiera entrar nuevamente
Aquí la importancia de la justicia adquiere dimensiones todavía mayores.
¿Qué clase de eternidad sería aquella en la que pudiera aparecer nuevamente un asesino y nadie hiciera nada?
¿Qué clase de cielo sería aquel donde alguien pudiera robar nuestra morada?
¿Dónde pudiéramos volver a tener miedo?
¿Dónde hubiera corrupción?
¿Dónde el poderoso pudiera oprimir al débil?
¿Dónde nuevamente tuviéramos que cerrar puertas por temor?
¿Dónde alguien pudiera destruir nuestra paz?
Eso no sería el Reino eterno que Dios promete.
La descripción final de la Biblia es completamente diferente.
“No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira…”
Apocalipsis 21:27, RVR1960
Y hablando de aquella realidad:
“Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor…”
Apocalipsis 21:4, RVR1960
¿Por qué podemos descansar ante semejante promesa?
Porque el Rey es justo.
La eternidad será segura porque el carácter de Dios es seguro.
Nunca tendremos que preguntarnos si algún día Dios se volverá corrupto.
Nunca tendremos que preocuparnos porque cambie de opinión acerca del bien y del mal.
Nunca tendremos que temer que comience a favorecer injustamente a alguien.
Nunca tendremos que organizar una revolución contra un Dios tirano.
Nunca tendremos que protegernos de nuestro Rey.
Su justicia garantiza que su Reino será eternamente digno de confianza.
Ahora entendemos por qué Dios no podía simplemente ignorar el pecado
Este es el punto donde este capítulo se une con el anterior.
La justicia no es crueldad.
La justicia protege.
La justicia no es enemiga de la paz.
Produce paz.
La justicia no destruye la seguridad.
La hace posible.
La justicia no es una imperfección del carácter de Dios que necesita ser moderada por su amor.
Es una de las razones por las cuales podemos confiar eternamente en Él.
Por eso Dios no podía mirar el pecado y decir:
“No importa.”
Sí importaba.
Importaba porque había víctimas.
Importaba porque había una ley quebrantada.
Importaba porque la verdad había sido despreciada.
Importaba porque la rebelión había introducido muerte.
Importaba porque su Reino está construido sobre justicia.
Ignorar permanentemente el pecado no habría sido misericordia.
Habría sido injusticia.
Y entonces aparece una conclusión inevitable
Si Dios es perfectamente justo…
si su Reino descansa sobre justicia…
si la justicia requiere que el mal sea realmente tratado como mal…
si el pecado no puede simplemente desaparecer porque nosotros quisiéramos olvidarlo…
entonces:
el pecado tenía que tener una consecuencia.
Y Dios ya había anunciado esa consecuencia desde Edén:
“…el día que de él comieres, ciertamente morirás.”
Génesis 2:17, RVR1960
Siglos después Pablo lo expresó utilizando un lenguaje casi contable:
“Porque la paga del pecado es muerte…”
Romanos 6:23, RVR1960
La paga.
No un capricho.
No una explosión irracional de ira.
No una sentencia inventada después del delito.
Dios había advertido de antemano.
El pecado tenía una consecuencia.
La justicia no podía simplemente desaparecerla.
Y ahora el problema humano adquiere toda su gravedad.
Porque si la justicia tenía que cumplirse…
y la paga del pecado era muerte…
alguien tenía que pagar.
Nosotros éramos los culpables.
Nosotros teníamos la deuda.
Nosotros estábamos bajo sentencia.
Pero, como veremos, el precio era tan alto que ninguno de nosotros podía pagarlo y después volver a vivir.
Aquí comenzamos a comprender por qué la humanidad necesitaba algo mucho mayor que religión, buenas intenciones o una oportunidad para comportarse mejor.
Necesitábamos un Salvador. Necesitábamos a alguien capaz de pagar aquello que la justicia divina demandaba; alguien que pudiera saldar nuestra deuda, quitar nuestra condenación y abrirnos nuevamente el camino de regreso al Reino del que nunca debimos haber salido.
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