05. La rebelión de Lucifer: cuando una criatura quiso ocupar el lugar de Dios

Dr. Elio M. Rivera

  Antes de continuar hacia uno de los acontecimientos más trágicos de la historia humana —la caída de Adán y Eva— necesitamos detenernos.

  Porque cuando la serpiente aparece en Génesis 3, algo ya había sucedido.

  El mal ya estaba presente.

  La rebelión ya había comenzado.

  Existía una criatura que conocía a Dios y, sin embargo, se había levantado contra Él.

  La serpiente no comenzó su rebelión cuando habló con Eva.

  Llegó al huerto con una rebelión que ya existía dentro de ella.

  Génesis no se detiene para relatarnos toda aquella historia.

  Para reconstruir algunas de sus piezas tenemos que buscar en otros lugares de la Escritura.

  Y dos profetas nos permiten asomarnos de una manera extraordinaria a esa realidad:

Ezequiel e Isaías.

  Pero antes de entrar en sus palabras necesitamos comprender algo acerca de la manera en que funciona algunas veces la revelación profética.

El profeta podía contemplar dos realidades

  Cuando leemos a los profetas encontramos ocasiones en las que la revelación comienza dentro de una realidad perfectamente reconocible.

  Un rey.

  Una ciudad.

  Una nación.

  Un ejército.

  Un acontecimiento histórico.

  El profeta está contemplando algo que pertenece al mundo visible.

  Pero mientras la revelación continúa, de pronto el lenguaje parece atravesar aquella realidad.

  Dios descorre el velo.

  Y detrás de lo que los ojos humanos podían contemplar aparece una realidad espiritual.

  Después la profecía puede regresar nuevamente al personaje histórico.

  La realidad terrenal no desaparece.

  Pero durante algunos momentos el profeta parece contemplar lo que existe detrás de ella.

  Daniel nos proporciona un ejemplo extraordinario de que ambas realidades pueden existir simultáneamente.

  Daniel estaba orando en la Tierra.

  Eso era lo visible.

  Pero mientras Daniel oraba, estaba ocurriendo algo que él no podía ver.

  Un mensajero celestial había encontrado oposición.

  Existía un personaje llamado «el príncipe del reino de Persia».

  Miguel tuvo que intervenir.

  Y después se anuncia la llegada de «el príncipe de Grecia».

«Mas el príncipe del reino de Persia se me opuso durante veintiún días; pero he aquí Miguel, uno de los principales príncipes, vino para ayudarme…»

Daniel 10:13, RVR1960

  Y poco después el mensajero dice:

«Ahora tengo que volver para pelear contra el príncipe de Persia; y al terminar con él, el príncipe de Grecia vendrá.»

Daniel 10:20, RVR1960

  Daniel podía ver Persia.

  Podía ver reyes.

  Podía ver ejércitos.

  Podía ver imperios.

  Pero no podía ver con sus ojos naturales todo lo que estaba ocurriendo en la dimensión espiritual.

  Dios tuvo que revelárselo.

  Esto nos ayuda a comprender lo que parece suceder también en Ezequiel e Isaías.

Ezequiel comienza mirando a un gobernante humano

  Ezequiel 28 comienza dentro de una realidad histórica.

  Existe una ciudad llamada Tiro.

  Existe un gobernante.

  Existe riqueza.

  Existe comercio.

  Existe poder.

  Y existe orgullo.

  Dios habla directamente al príncipe de Tiro:

«Hijo de hombre, di al príncipe de Tiro: Así ha dicho Jehová el Señor: Por cuanto se enalteció tu corazón, y dijiste: Yo soy un dios, en el trono de Dios estoy sentado en medio de los mares (siendo tú hombre y no Dios), y has puesto tu corazón como corazón de Dios

Ezequiel 28:2, RVR1960

  Aquí no existe ninguna dificultad para reconocer al personaje.

  Es un hombre.

  Dios mismo se lo dice:

«siendo tú hombre y no Dios».

  El problema de aquel gobernante era su orgullo.

  Había alcanzado poder.

  Había acumulado riquezas.

  Había desarrollado una opinión extraordinariamente elevada acerca de sí mismo.

  Hasta el punto de decir:

«Yo soy un dios».

  Pero entonces ocurre algo fascinante.

De pronto parece abrirse el velo

  Unos versículos después Dios ordena a Ezequiel:

«Hijo de hombre, levanta endechas sobre el rey de Tiro…»

Ezequiel 28:12, RVR1960

  Todavía estamos escuchando acerca del rey de Tiro.

  Pero inmediatamente la descripción comienza a cambiar.

«Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura.»

Ezequiel 28:12, RVR1960

  Y después aparece una declaración extraordinaria:

«En Edén, en el huerto de Dios estuviste…»

Ezequiel 28:13, RVR1960

  Detengámonos allí.

Edén.

  Precisamente el lugar que estamos estudiando.

  El huerto de Dios.

  Pero la revelación todavía continúa.

«Tú, querubín grande, protector, yo te puse en el santo monte de Dios, allí estuviste; en medio de las piedras de fuego te paseabas.»

Ezequiel 28:14, RVR1960

  Ahora encontramos expresiones extraordinarias:

querubín.

Santo monte de Dios.

Piedras de fuego.

Edén.

Huerto de Dios.

  La descripción parece habernos llevado más allá del gobernante humano que Ezequiel estaba contemplando inicialmente.

  Es como si durante unos momentos Dios hubiera descorrido el velo y nos permitiera contemplar la realidad espiritual detrás del orgullo que estaba siendo juzgado.

  Y allí aparece una criatura extraordinaria.

No fue creado malvado

  Lo siguiente que Dios dice resulta fundamental para comprender el origen de la rebelión:

«Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad.»

Ezequiel 28:15, RVR1960

  Observe cuidadosamente las palabras.

«Fuiste creado».

  Estamos delante de una criatura.

  No de otro dios.

  No de un ser eterno independiente de Dios.

  Había tenido un comienzo.

  Dios era su Creador.

  Pero hay algo todavía más importante.

  Dios dice:

«Perfecto eras».

  La maldad no aparece como algo con lo que Dios hubiera creado originalmente a aquella criatura.

  Existió un tiempo en que:

«Perfecto eras en todos tus caminos».

  Pero después ocurrió algo.

«Hasta que se halló en ti maldad».

  Aquí comenzamos a acercarnos al origen de la rebelión.

El problema comenzó dentro de él

  Ezequiel nos proporciona otra pieza.

«Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor…»

Ezequiel 28:17, RVR1960

  Esto es extraordinario.

  Su hermosura había sido un regalo.

  Su sabiduría había sido un regalo.

  Su esplendor había sido un regalo.

  Su posición había sido un regalo.

  Su existencia misma había sido un regalo.

  Pero en algún momento comenzó a mirar aquello que había recibido de una manera diferente.

  La belleza produjo orgullo.

  El esplendor produjo exaltación propia.

  La sabiduría terminó corrompiéndose.

  La criatura comenzó a contemplarse a sí misma.

  Y aquello que había recibido del Creador comenzó a convertirse en motivo para elevarse contra el Creador.

  Pero todavía nos falta escuchar algo.

  Ezequiel nos muestra qué ocurrió con su corazón.

  Isaías parece permitirnos escuchar lo que aquel corazón comenzó a decir.

Isaías comienza mirando a Babilonia

  Algo semejante ocurre en Isaías 14.

  Nuevamente comenzamos dentro de la historia humana.

  Existe Babilonia.

  Existe un imperio.

  Existe un gobernante.

  Y Dios anuncia su caída.

  La identidad del personaje histórico aparece claramente:

«Pronunciarás este proverbio contra el rey de Babilonia…»

Isaías 14:4, RVR1960

  Estamos mirando inicialmente a un rey humano.

  Un hombre poderoso.

  Un gobernante orgulloso.

  Pero conforme continúa la profecía, nuevamente parece ocurrir algo extraordinario.

  El lenguaje comienza a elevarnos por encima del escenario político de Babilonia.

  Y de pronto encontramos estas palabras:

«¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones.»

Isaías 14:12, RVR1960

  La escena parece haber cambiado.

  Ahora estamos mirando hacia arriba.

«Caíste del cielo».

  Y entonces la revelación penetra todavía más profundamente.

  Porque ya no solamente describe lo que ocurrió.

  Nos permite escuchar lo que aquella criatura decía dentro de su corazón.

«Subiré»

«Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo.»

Isaías 14:13-14, RVR1960

  Aquí parece encontrarse el corazón de la rebelión.

  Observe las expresiones.

«Subiré al cielo».

«Levantaré mi trono».

«Me sentaré».

«Subiré».

«Seré semejante al Altísimo».

  La voluntad de la criatura se había levantado contra la voluntad del Creador.

  Ya no era simplemente:

Dios me creó.

  Ahora era:

yo subiré.

  Ya no era:

Dios me dio una posición.

  Ahora era:

yo levantaré mi trono.

  Ya no era:

Dios es el Altísimo.

  Ahora era:

«seré semejante al Altísimo».

  Aquello había dejado de ser solamente orgullo.

  Se había convertido en rebelión.

Quería un trono

  Existe una palabra particularmente reveladora en la declaración:

«trono».

  No estaba aspirando simplemente a ser más hermoso.

  No estaba buscando únicamente más reconocimiento.

  Quería autoridad.

  Quería gobierno.

  Quería exaltación.

  Quería establecer algo propio frente al gobierno de Dios.

  Había recibido una posición extraordinaria dentro de la creación.

  Pero ya no le parecía suficiente.

  Quería elevar:

«mi trono».

  Y finalmente encontramos la expresión que lleva la rebelión hasta su punto máximo:

«seré semejante al Altísimo».

  La criatura quiso ocupar una posición que solamente corresponde al Creador.

Ezequiel e Isaías nos muestran dos partes de la misma tragedia

  Ahora podemos colocar ambos pasajes uno al lado del otro.

  Ezequiel dice:

«Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura…»

Ezequiel 28:17, RVR1960

  Isaías dice:

«Subiré al cielo…»

Isaías 14:13, RVR1960

  Ezequiel muestra el orgullo interior.

  Isaías muestra la ambición que produjo aquel orgullo.

  Ezequiel muestra una criatura:

creada,

hermosa,

sabia,

privilegiada.

  Isaías nos permite escuchar esa criatura diciendo:

subiré,

levantaré,

me sentaré,

seré.

  Podemos observar una secuencia terrible:

belleza → orgullo.

esplendor → exaltación propia.

sabiduría → corrupción.

privilegio → ambición.

ambición → rebelión.

  La criatura comenzó deseando exaltarse.

  Y terminó queriendo ser:

«semejante al Altísimo».

Pero Dios nunca perdió su trono

  Aquí debemos comprender algo fundamental.

  La rebelión pudo ser extraordinaria.

  Pudo involucrar seres celestiales.

  Pudo producir un conflicto que alcanzaría posteriormente a la humanidad.

  Pero nunca significó que Dios hubiera dejado de ser soberano.

  Isaías responde a todos aquellos:

«Subiré».

«Levantaré».

«Me sentaré».

«Seré».

  Con una sentencia impresionante:

«Mas tú derribado eres hasta el Seol, a los lados del abismo.»

Isaías 14:15, RVR1960

  Él dijo:

«Subiré».

  Pero Dios declaró:

descenderás.

  Quiso levantar su trono.

  Pero nunca dejó de ser criatura.

  Quiso ser semejante al Altísimo.

  Pero solamente existe:

un Altísimo.

La rebelión no permaneció solamente en una criatura

  Sin embargo, cuando avanzamos hacia otros textos bíblicos descubrimos algo todavía más grave.

  El rebelde no aparece solo.

  Apocalipsis describe una escena extraordinaria:

«Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles Apocalipsis 12:7, RVR1960

  Observe cuidadosamente.

  Existen dos grupos.

«Miguel y sus ángeles».

  Y:

«el dragón y sus ángeles».

  Algo había sucedido entre los seres celestiales.

  La rebelión de una criatura había alcanzado a otros.

  El Nuevo Testamento también habla de ángeles que abandonaron la posición que les correspondía:

«Y a los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los ha guardado bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del gran día.»

Judas 6, RVR1960

  Existió, entonces, una rebelión dentro del mundo espiritual.

  Y en Apocalipsis esa rebelión aparece convertida en conflicto.

  Un lado está encabezado por:

Miguel.

  El otro por:

el dragón.

¿Quién es el dragón?

  Juan no nos deja adivinar su identidad.

«Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás…»

Apocalipsis 12:9, RVR1960

  Observe los nombres.

El gran dragón.

La serpiente antigua.

El diablo.

Satanás.

  Pero para nuestra investigación existe una expresión particularmente importante:

«la serpiente antigua».

  Porque nosotros ya conocemos una serpiente.

  La encontraremos en Génesis 3.

  Dentro del huerto.

  Hablando con Eva.

  Apocalipsis nos ayuda a mirar hacia atrás y reconocer que detrás de aquella escena aparentemente sencilla existía un conflicto muchísimo mayor.

  Cuando la serpiente aparece delante de Eva, no estamos contemplando el nacimiento de la rebelión.

  Estamos contemplando el momento en que una rebelión que ya existía alcanza a la humanidad.

La misma ambición aparece en el Edén

  Y aquí encontramos una conexión que me parece extraordinaria.

  Observe lo que Isaías atribuye al corazón del rebelde:

«…seré semejante al Altísimo.»

Isaías 14:14, RVR1960

  Ahora escuche lo que la serpiente dirá a Eva:

«…seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal

Génesis 3:5, RVR1960

  La semejanza es impresionante.

  Primero:

«seré semejante al Altísimo».

  Después:

«seréis como Dios».

  El rebelde parece ofrecer a los hijos de Dios la misma aspiración que había contaminado su propio corazón.

  Él había querido elevarse.

  Ahora invita al hombre a desconfiar de Dios y buscar algo fuera de los límites establecidos por su Padre.

  Él había cuestionado el lugar que Dios le había dado.

  Ahora intentaría conseguir que Adán y Eva hicieran lo mismo.

Ahora comprendemos mejor quién entró en el huerto

  Esto cambia completamente nuestra manera de contemplar Génesis 3.

  Durante todos los capítulos anteriores hemos estudiado lo que Adán y Eva habían recibido.

  Vida.

  Belleza.

  Alimento.

  Un mundo extraordinario.

  Trabajo.

  Inteligencia.

  Autoridad.

  Matrimonio.

  Familia.

  Comunión con Dios.

  Un Padre.

  Un futuro.

  Y mientras ellos disfrutaban de todo aquello, existía otra historia.

  Una criatura extraordinariamente privilegiada había contemplado lo que Dios le había dado y había decidido:

no es suficiente.

  Quería más.

  Quería subir.

  Quería levantar su propio trono.

  Quería ocupar una posición que no le correspondía.

  Y finalmente su rebelión alcanzaría el mundo de los hijos de Dios.

  Cuando aparezca delante de Eva no llegará como un investigador neutral preguntando acerca de un árbol.

  Llegará con una intención.

  Llegará cuestionando la palabra de Dios.

  Llegará cuestionando el carácter de Dios.

  Llegará insinuando que Dios está reteniendo algo bueno.

  Y llegará ofreciendo precisamente aquello que había estado en el corazón de su propia rebelión:

«seréis como Dios».

Pero todavía falta una parte de la historia

  Antes de entrar completamente en Génesis 3 necesitamos regresar una vez más al cielo.

  Porque Apocalipsis nos ha mostrado algo que todavía no hemos estudiado.

«Después hubo una gran batalla en el cielo…»

Apocalipsis 12:7, RVR1960

  Una batalla.

  Miguel.

  Ángeles.

  El dragón.

  Sus ángeles.

  Una expulsión.

  Y una realidad espiritual que parece desarrollarse detrás de acontecimientos que, desde nuestra perspectiva humana, pueden abarcar enormes períodos de historia.

  Daniel ya nos permitió contemplar algo semejante.

  Mientras un hombre oraba en la Tierra, seres espirituales estaban involucrados en un conflicto relacionado con Persia.

  Y mientras Persia todavía dominaba, ya se hablaba de:

Grecia.

  La realidad visible y la realidad espiritual estaban desarrollándose simultáneamente.

  Por eso la siguiente pregunta resulta inevitable:

¿Qué ocurrió realmente en aquella guerra celestial?

  ¿Quién era Miguel?

  ¿Quiénes eran los ángeles que permanecieron con Dios?

  ¿Quiénes eran los ángeles del dragón?

  ¿Qué significa que Satanás fuera arrojado?

  ¿Y cómo llegó aquel conflicto hasta el mundo de Adán y Eva?

  Eso es lo que investigaremos a continuación.

¿Qué aprendimos?

  Antes de la caída del hombre ya había ocurrido una rebelión.

  Ezequiel nos permite contemplar una criatura extraordinariamente privilegiada cuya belleza y esplendor terminaron relacionados con el orgullo.

  Isaías nos permite escuchar la ambición:

«Subiré».

«Levantaré mi trono».

«Me sentaré».

«Seré semejante al Altísimo».

  Y Apocalipsis nos muestra que el rebelde no estaba solo.

  Había:

«el dragón y sus ángeles».

  Finalmente Juan nos proporciona la conexión que necesitábamos:

el dragón era «la serpiente antigua».

  La serpiente que encontraremos en el Edén no aparece, entonces, sin historia.

  Detrás de ella existe orgullo.

  Ambición.

  Rebelión.

  Conflicto.

  Y oposición al gobierno de Dios.

  Hasta ahora hemos estado contemplando el mundo extraordinario que Dios había preparado para sus hijos.

  Ahora hemos descubierto que, fuera de aquella hermosa relación, existía alguien que había decidido rebelarse contra su Creador.

  Y pronto intentaría conseguir algo terrible:

que los hijos hicieran lo mismo que él había hecho.

  Pero antes de escuchar las palabras de la serpiente, todavía necesitamos contemplar una última escena:

la guerra en el cielo.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.