03. ¿Cómo pudo aparecer maldad en un ser creado perfecto?

Dr. Elio M. Rivera

  Tal vez ésta sea una de las preguntas más difíciles de toda esta historia.

  Si Dios es bueno…

  si todo lo que Él creó originalmente era bueno…

  y si Lucero fue creado perfecto…

  ¿cómo apareció entonces la maldad?

  Ezequiel contiene una declaración extraordinaria:

  «Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad» (Ezequiel 28:15, RVR1960).

  El versículo coloca frente a nosotros dos realidades.

  Primero:

  «Perfecto eras».

  Después:

  «se halló en ti maldad».

  Entre ambas expresiones tuvo que suceder algo.

  Y precisamente allí encontramos una de las claves para comprender no solamente la rebelión de Lucero, sino también el origen mismo del pecado.

  Dios no necesitó crear la maldad para que una criatura libre pudiera producirla.

  Le bastó crear una voluntad verdaderamente capaz de escoger.

  Porque la libertad que permite escoger el bien también hace posible rechazarlo.

  Y ése es el riesgo extraordinario que acompaña a una voluntad real.

La perfección no significa incapacidad para escoger

  Algunas personas podrían pensar:

  «Si Lucero era perfecto, entonces debería haber sido incapaz de pecar».

  Pero ésa no es necesariamente la conclusión.

  Ser perfecto en su creación no significa ser Dios.

  Lucero seguía siendo una criatura.

  Poseía inteligencia.

  Poseía voluntad.

  Poseía capacidad para pensar.

  Poseía capacidad para valorar.

  Poseía capacidad para desear.

  Y, por lo tanto, poseía también capacidad para decidir qué haría con aquello que Dios había puesto en sus manos.

  Si hubiera sido creado absolutamente incapaz de hacer otra cosa que obedecer, entonces su obediencia no habría sido realmente una elección.

  Sería simplemente funcionamiento.

  Como una máquina.

  Como un mecanismo programado para producir siempre la misma respuesta.

  Pero Dios no creó solamente mecanismos.

  Creó personas capaces de responder a Él.

  Y una respuesta verdaderamente libre incluye necesariamente la posibilidad de otra respuesta.

  Un sí solamente tiene verdadero significado cuando existe también la posibilidad de decir no.

Entonces, ¿Dios creó la posibilidad del mal?

  Aquí necesitamos hacer una distinción importante.

  Dios creó criaturas capaces de escoger.

  Pero eso no significa que Dios haya creado su rebelión.

  Pensemos en algo sencillo.

  Dios puede darme una voz.

  Esa voz puede utilizarse para consolar.

  Para enseñar.

  Para cantar.

  Para orar.

  Para bendecir.

  Pero también puedo utilizarla para mentir.

  ¿Significa eso que Dios creó mi mentira?

  No.

  Creó mi capacidad para hablar.

  Yo decido qué hago con ella.

  Dios puede darme inteligencia.

  Puedo utilizarla para sanar, construir, descubrir, ayudar y servir.

  O puedo utilizarla para manipular, destruir y engañar.

  La inteligencia no es mala.

  La utilización que hago de ella puede serlo.

  Dios puede dar autoridad.

  Esa autoridad puede utilizarse para proteger.

  O puede convertirse en instrumento de abuso.

  El problema no está necesariamente en aquello que Dios entrega.

  Puede aparecer en aquello que una criatura decide hacer con lo recibido.

  Eso parece ser precisamente lo que ocurrió con Lucero.

La maldad comenzó dentro

  Ezequiel dice:

  «Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor» (Ezequiel 28:17, RVR1960).

  Observe dónde comienza el proceso:

  «tu corazón».

  Antes de existir una rebelión visible hubo un proceso interior.

  Antes de una acción hubo pensamientos.

  Antes de un levantamiento hubo deseos.

  Antes de una rebelión exterior hubo una rebelión interior.

  Lucero comenzó a contemplarse a sí mismo.

  Su hermosura.

  Su posición.

  Su inteligencia.

  Su esplendor.

  Todo aquello había sido recibido de Dios.

  Pero algo cambió.

  Lo que antes podía producir gratitud comenzó a producir admiración propia.

  La criatura comenzó a mirarse y a exaltarse.

  Y aquí encontramos una de las primeras semillas del pecado:

  el yo desplazando a Dios del centro.

  Mientras una criatura reconoce:

  «Todo lo que soy lo recibí»,

  puede permanecer agradecida.

  Pero cuando comienza a pensar:

  «Merezco más»,

  algo empieza a cambiar.

Del pensamiento al deseo

  El pecado rara vez aparece completamente desarrollado.

  Muchas veces comienza como una idea.

  Una comparación.

  Un pensamiento permitido.

  Una pregunta alimentada.

  Un deseo que no se corrige.

  Lucero pudo contemplar lo que Dios tenía.

  Su autoridad.

  Su reconocimiento.

  Su trono.

  Su gobierno.

  Y en lugar de encontrar satisfacción en aquello que había recibido, comenzó a desear aquello que no le pertenecía.

  Isaías describe esa progresión con palabras impresionantes:

  «Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono…» (Isaías 14:13, RVR1960).

  Y después:

  «…sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo» (Isaías 14:14, RVR1960).

  Observe nuevamente dónde comenzó:

  «decías en tu corazón».

  Todavía estamos dentro.

  Todavía no vemos un ejército.

  Todavía no vemos una confrontación abierta.

  Primero encontramos un pensamiento.

  Pero ese pensamiento fue aceptado.

  Después alimentado.

  Y finalmente convertido en propósito.

  Subiré.

  Levantaré.

  Me sentaré.

  Seré.

  El yo fue creciendo.

  Y cuanto más crecía el yo, menos lugar quedaba para reconocer la autoridad de Dios.

El problema no fue desear crecer

  Aquí necesitamos hacer otra distinción.

  Desear crecer no es malo.

  Aprender no es malo.

  Desarrollar capacidades no es malo.

  Querer hacer mejor aquello que Dios nos ha encargado no es malo.

  Dios mismo creó seres capaces de crecer, aprender y desarrollar aquello que habían recibido.

  El problema aparece cuando crecimiento se convierte en exaltación.

  Cuando desarrollo se convierte en competencia con Dios.

  Cuando responsabilidad se convierte en deseo de independencia.

  Cuando una criatura deja de preguntarse:

  «¿Qué quiere Dios que haga?»

  y comienza a preguntarse:

  «¿Cómo puedo ocupar una posición que Dios no me dio?»

  Lucero no estaba buscando simplemente desarrollar sus dones.

  Comenzó a desear el lugar del Dador.

La comparación produjo insatisfacción

  Una criatura puede poseer muchísimo y todavía sentirse pobre si comienza a compararse con alguien que tiene más.

  Lucero tenía belleza.

  Sabiduría.

  Posición.

  Privilegios.

  Acceso.

  Pero aparentemente dejó de mirar lo que había recibido y comenzó a mirar aquello que no tenía.

  Y éste sigue siendo uno de los caminos más peligrosos hacia la insatisfacción.

  Mientras veo lo recibido, puedo agradecer.

  Cuando solamente veo lo que otro posee, puedo comenzar a sentir que me falta algo.

  Después aparece una pregunta:

  «¿Por qué él sí y yo no?»

  Luego:

  «Yo también lo merezco».

  Y finalmente:

  «Debería ser mío».

  La gratitud puede convertirse en comparación.

  La comparación en insatisfacción.

  La insatisfacción en deseo.

  El deseo en codicia.

  La codicia en rebelión.

  No ocurrió porque Dios hubiera creado algo malo dentro de Lucero.

  Ocurrió porque una criatura libre comenzó a utilizar de manera equivocada su capacidad de pensar y desear.

La sabiduría también puede corromperse

  Ezequiel utiliza una expresión que me parece especialmente reveladora:

  «corrompiste tu sabiduría».

  No dice que Dios se la corrompió.

  Dice:

  «corrompiste».

  Había sabiduría.

  Pero fue torcida.

  Utilizada de manera diferente a su propósito original.

  Esto significa que incluso algo bueno puede ser utilizado para una finalidad equivocada.

  La inteligencia puede comenzar a justificar aquello que el corazón ya decidió querer.

  Y eso resulta profundamente humano también.

  Muchas veces no utilizamos la razón para descubrir qué es verdad.

  La utilizamos para encontrar razones que justifiquen lo que ya deseamos.

  Primero queremos algo.

  Después buscamos argumentos.

  Primero decidimos hacia dónde queremos ir.

  Después construimos una explicación que haga parecer razonable el camino.

  Lucero poseía una gran capacidad.

  Pero cuando el orgullo entró en su corazón, aquella capacidad ya no quedó orientada únicamente hacia el servicio.

  Podía utilizarse para construir una visión alternativa.

  Para justificar su deseo.

  Para persuadirse a sí mismo.

  Y posteriormente para persuadir a otros.

El orgullo produjo una nueva manera de interpretar la realidad

  Éste es un punto fundamental.

  Cuando cambia el corazón, también puede cambiar la forma en que interpretamos las cosas.

  Lo que antes parecía un privilegio ahora puede parecer insuficiente.

  Lo que antes parecía generosidad puede comenzar a verse como limitación.

  Lo que antes se reconocía como autoridad legítima puede comenzar a sentirse como opresión.

  Y lo que antes se reconocía como obediencia puede comenzar a llamarse esclavitud.

  No porque Dios haya cambiado.

  Sino porque cambió la criatura que lo estaba mirando.

  Eso será exactamente lo que posteriormente Satanás intentará producir en Eva.

  Dios había llenado el huerto de árboles.

  Había dicho:

  «De todo árbol del huerto podrás comer» (Génesis 2:16, RVR1960).

  Pero la serpiente conseguirá que Eva concentre su atención en uno.

  Lo abundante desaparecerá de la conversación.

  La restricción ocupará el centro.

  El mismo mecanismo aparece nuevamente:

  dejar de contemplar todo lo recibido y comenzar a obsesionarse con aquello que no nos fue dado.

  Primero ocurrió en el rebelde.

  Después intentaría reproducirlo en el hombre.

Del orgullo a la rebelión

  El orgullo no podía permanecer eternamente como pensamiento privado.

  Si Lucero realmente pensaba que merecía más autoridad…

  si pensaba que podía ocupar una posición superior…

  si deseaba levantar su propio trono…

  entonces tarde o temprano tendría que confrontar la autoridad existente.

  Aquí el orgullo se convierte en rebelión.

  Rebelarse significa levantarse contra una autoridad establecida.

  Y en este caso la autoridad no había sido establecida arbitrariamente.

  Dios era el Creador.

  Toda capacidad que Lucero poseía provenía precisamente de aquel contra quien comenzaba a levantarse.

  Eso hace su rebelión especialmente paradójica.

  Utilizó inteligencia recibida de Dios para cuestionar a Dios.

  Utilizó voluntad recibida de Dios para rechazar a Dios.

  Utilizó capacidades recibidas de Dios para levantar un proyecto contra Dios.

  Utilizó libertad concedida por Dios para intentar separarse de Dios.

  El regalo se volvió contra el Dador.

La rebelión no se quedó solamente en él

  Y aquí el problema comenzó a crecer.

  Una cosa es que una criatura piense equivocadamente.

  Otra es que intente llevar a otros a pensar de la misma manera.

  Según la reconstrucción que seguimos en este libro, Lucero comenzó a influir sobre otros seres espirituales.

  La rebelión necesitaba una narrativa.

  Necesitaba presentar a Dios de una manera que justificara la oposición.

  Porque resulta difícil convencer a alguien de rebelarse contra un gobernante perfectamente bueno mientras continúe creyendo que ese gobernante es bueno.

  Por eso toda rebelión necesita, tarde o temprano, desacreditar a la autoridad contra la cual se levanta.

  Si Lucero quería seguidores, tenía que modificar la manera en que otros percibían a Dios.

  Ésta será una idea importantísima cuando lleguemos a Génesis 3.

  Satanás no comienza diciendo a Eva:

  «Dios es bueno, Dios te ama, todo lo que te ha dado es maravilloso; ahora rebelate contra Él».

  Eso difícilmente funcionaría.

  Tiene que introducir sospecha.

  Tiene que sembrar duda.

  Tiene que sugerir que Dios está reteniendo algo bueno.

  Tiene que hacer que la criatura piense que quizá el Padre no es tan bueno como parecía.

  La rebelión necesita primero una mentira acerca del Rey.

Pero ¿por qué Dios permitió que ese pensamiento existiera?

  Aquí aparece otra pregunta difícil.

  Si Dios conocía el corazón de Lucero…

  ¿por qué no eliminó aquel pensamiento en cuanto apareció?

  Porque hacer eso habría significado intervenir directamente dentro de la voluntad de una criatura cada vez que pensara algo contrario a Él.

  Dios podía impedir físicamente cualquier rebelión.

  Pero entonces ya no tendríamos criaturas verdaderamente libres.

  Tendríamos criaturas cuya voluntad sería corregida desde afuera cada vez que intentara dirigirse hacia una opción equivocada.

  Dios quiso seres capaces de amar.

  Capaces de confiar.

  Capaces de obedecer.

  Pero para que esas respuestas fueran reales, tenían que proceder de una voluntad real.

  Por eso la libertad no significa solamente poder escoger aquello que Dios desea.

  Significa también poder escoger aquello que Dios no desea.

  Eso no convierte a Dios en autor de la mala elección.

  Convierte a la criatura en responsable de ella.

La posibilidad de rebelión es diferente al deseo de rebelión

  Ésta es quizá una de las distinciones más importantes del capítulo.

  Dios creó la posibilidad de elegir.

  Lucero produjo la elección rebelde.

  No es lo mismo.

  Un padre puede entregar a un hijo adulto las llaves de un automóvil.

  Al hacerlo le está dando una capacidad real.

  El hijo puede conducir correctamente.

  También puede conducir irresponsablemente.

  Pero si decide hacerlo mal, no podemos decir que el padre creó la irresponsabilidad simplemente porque le entregó las llaves.

  La capacidad era un regalo.

  La decisión pertenece a quien la utiliza.

  En el universo moral ocurre algo semejante, aunque en una dimensión muchísimo mayor.

  Dios dio existencia.

  Inteligencia.

  Voluntad.

  Capacidad.

  Libertad.

  Lucero decidió qué hacer con ellas.

¿Entonces dónde nació el mal?

  No necesitamos imaginar una sustancia llamada «maldad» que Dios tuvo que crear en algún lugar del universo.

  La maldad puede entenderse como la desviación de una voluntad creada respecto del bien establecido por Dios.

  Aparece cuando una criatura dice:

  «No quiero tu voluntad».

  «Quiero la mía».

  Cuando dice:

  «No aceptaré el lugar que me diste».

  «Quiero escoger mi propio lugar».

  Cuando deja de recibir al Creador como la referencia del bien y comienza a colocarse a sí misma como referencia.

  Eso es precisamente lo que comenzamos a observar en Lucero.

  Primero el pensamiento.

  Después el orgullo.

  Después la insatisfacción.

  Después el deseo.

  Después la exaltación propia.

  Después la rebelión.

  Y finalmente la búsqueda de seguidores.

  El mal no apareció porque Dios hubiera creado un ser malo.

  Apareció cuando un ser bueno utilizó su libertad para apartarse del propósito para el cual había sido creado.

Esto también responde algo acerca de Dios

  Estamos estudiando a Lucero.

  Pero recuerde que nuestra investigación sigue teniendo una pregunta mayor:

  ¿Cómo es Dios?

  Y esta historia comienza a mostrarnos algo.

  Dios concedió una libertad tan real que una criatura pudo utilizarla incluso contra Él.

  Eso resulta sorprendente.

  Dios podía haber creado un universo donde nadie tuviera posibilidad de cuestionarlo.

  Donde nadie pudiera rechazarlo.

  Donde toda criatura ejecutara automáticamente su voluntad.

  Habría orden.

  Pero sería un orden programado.

  Dios escogió algo diferente.

  Relación.

  Y la relación verdadera tiene un riesgo.

  El amado puede rechazar el amor.

  El hijo puede alejarse del padre.

  La criatura puede rebelarse contra su Creador.

  Eso no significa que el Creador produjo la rebelión.

  Significa que tomó seriamente la libertad que había entregado.

Y esto nos prepara para comprender a Adán y Eva

  Muy pronto veremos el mismo principio aparecer en la Tierra.

  Adán y Eva habían sido creados buenos.

  Habían sido bendecidos.

  Habían recibido autoridad.

  Habían recibido propósito.

  Habían conocido a Dios.

  Y también poseían voluntad.

  La serpiente no podía fabricar mecánicamente una rebelión dentro de ellos.

  Tenía que convencerlos.

  Tenía que conseguir que pensaran.

  Que dudaran.

  Que desearan.

  Y finalmente:

  que escogieran.

  Por eso la historia de Lucero es tan importante antes de llegar a Génesis 3.

  Nos muestra que el pecado no requiere que Dios cree maldad dentro de alguien.

  Requiere una criatura libre que deje de confiar en el lugar que Dios le dio y comience a querer ocupar otro.

  Lucero miró aquello que tenía.

  Después miró aquello que no tenía.

  Y llegó un momento en que lo recibido dejó de ser suficiente.

  Quiso más.

  Después quiso aquello que pertenecía a Dios.

  Y finalmente decidió levantarse contra Él.

  La maldad había aparecido.

  No porque Dios la hubiera creado.

  Sino porque una criatura verdaderamente libre había utilizado su libertad para rechazar al Creador que se la había dado.

  Pero todavía queda una pregunta inquietante.

  Cuando ese pensamiento comenzó a transformarse en rebelión…

  cuando Lucero empezó a influir sobre otros…

  cuando aquello dejó de ser solamente un problema interior y comenzó a amenazar el orden establecido por Dios…

  ¿por qué Dios permitió que la rebelión avanzara?

  ¿Por qué no la detuvo antes de que alcanzara a otros?

  ¿Por qué no destruyó inmediatamente a Lucero?

  Y si sabía que aquella rebelión terminaría llegando hasta el mundo de Adán y Eva…

  ¿por qué permitió que continuara?

  Ésa será nuestra siguiente pregunta.

¿Qué puedo aprender de Dios aquí?

  La pregunta de este capítulo era difícil: ¿cómo pudo aparecer maldad en un ser creado perfecto?

  Pero al buscar la respuesta no solamente aprendemos algo acerca de Lucero y del origen del pecado. También comenzamos a descubrir algo profundamente importante acerca de Dios.

  Aprendo que Dios es bueno y que lo que salió originalmente de sus manos era bueno.

  La maldad no apareció porque Dios hubiera creado a Lucero malo. La Escritura presenta a la creación original como obra de un Dios bueno.

  «Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera
  Génesis 1:31, RVR1960

  Aprendo que Dios no es el autor de la maldad.

  Dios dio inteligencia, voluntad, capacidades y libertad. Lucero decidió cómo utilizar esos dones. La posibilidad de utilizar mal un regalo no convierte al Dador en autor de aquello que la criatura decidió hacer.

  «Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.»
  1 Juan 1:5, RVR1960

  Aprendo que Dios es el Dador de lo bueno.

  La belleza, sabiduría y capacidades de Lucero no surgieron de él mismo. Habían sido recibidas. Esto nos recuerda que los dones buenos tienen su origen en Dios.

  «Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces.»
  Santiago 1:17, RVR1960

  Aprendo que Dios nos concede una libertad verdadera.

  Dios no creó simplemente mecanismos programados para responder siempre de la misma manera. Creó seres capaces de escoger. La Escritura presenta continuamente a Dios colocando delante de sus criaturas decisiones reales.

  «Os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida.»
  Deuteronomio 30:19, RVR1960

  Aprendo que Dios quiere una respuesta que proceda del corazón.

  Dios no busca solamente movimientos exteriores. Le importa lo que sucede dentro de nosotros: nuestros deseos, motivaciones y decisiones.

  «Porque Jehová no mira lo que mira el hombre… Jehová mira el corazón.»
  1 Samuel 16:7, RVR1960

  Aprendo que Dios quiere que lo amemos libremente.

  El amor ocupa el centro de la relación que Dios desea con sus criaturas. No solamente obediencia externa, sino amor hacia Él.

  «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.»
  Mateo 22:37, RVR1960

  Aprendo que Dios no nos obliga a permanecer con Él.

  Una de las cosas más sorprendentes de esta historia es que Lucero pudo decirle que no a Dios. Dios tenía poder para impedir físicamente cualquier rebelión, pero la libertad que había concedido era suficientemente real para poder ser utilizada incluso contra Él.

  Josué presentó esa misma realidad al pueblo:

  «Escogeos hoy a quién sirváis.»
  Josué 24:15, RVR1960

  Aprendo que Dios nos da capacidades para utilizarlas para el bien.

  La inteligencia, la autoridad, la creatividad y nuestros demás dones pueden utilizarse para servir o pueden torcerse para propósitos diferentes. El propósito de Dios es que aquello que recibimos sea utilizado para hacer el bien.

  «Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.»
  1 Pedro 4:10, RVR1960

  Aprendo que Dios quiere producir gratitud, no orgullo.

  Lucero comenzó a contemplar lo que poseía hasta olvidar de dónde procedía. La Escritura nos recuerda que reconocer al Dador protege nuestro corazón de pensar que somos la fuente de nuestros propios dones.

  «¿Qué tienes que no hayas recibido?»
  1 Corintios 4:7, RVR1960

  Aprendo que Dios no cambia cuando cambia nuestra percepción de Él.

  Lucero podía comenzar a interpretar de otra manera el gobierno de Dios. Más adelante la serpiente intentaría hacer lo mismo con Eva. Pero que una criatura cambie su opinión acerca de Dios no cambia el carácter de Dios.

  «Porque yo Jehová no cambio.»
  Malaquías 3:6, RVR1960

  Y aprendo que Dios es digno de confianza.

  Éste quizá sea uno de los puntos más importantes.

  La rebelión comienza a crecer cuando la criatura deja de confiar en Dios y comienza a pensar que existe algo mejor fuera de su voluntad.

  Pero la Escritura nos invita precisamente a hacer lo contrario:

  «Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia.»
  Proverbios 3:5, RVR1960

  Entonces, cuando observamos todo lo ocurrido, podemos distinguir claramente entre lo que Dios dio y lo que la criatura hizo con lo recibido.

  Dios dio vida.

  Dios dio inteligencia.

  Dios dio belleza.

  Dios dio capacidades.

  Dios dio voluntad.

  Dios dio libertad.

  La criatura decidió qué hacer con ellas.

  Y ésta es una distinción fundamental.

  Dios creó la capacidad de escoger; no creó la elección rebelde.

  Dios dio inteligencia; no produjo la corrupción de esa inteligencia.

  Dios dio autoridad; no produjo el deseo de apropiarse de su trono.

  Dios dio libertad; no produjo la rebelión.

  Y quizá aquí descubrimos algo especialmente hermoso acerca de Él:

  Dios quiso seres capaces de amarlo, no máquinas incapaces de rechazarlo.

  Quiso relación.

  Quiso confianza.

  Quiso amor.

  Quiso una respuesta que pudiera nacer verdaderamente del corazón.

  Y para que un pudiera ser verdadero, permitió que también existiera la posibilidad de decir no.

  Lucero utilizó esa libertad para apartarse.

  Pero su decisión no convirtió a Dios en autor de la maldad.

  Al contrario, cuando comenzamos a separar cuidadosamente los dones del Dador de las decisiones de la criatura, el carácter de Dios comienza a verse con mayor claridad:

  Dios es bueno.

  Dios da cosas buenas.

  Dios concede libertad.

  Dios desea amor verdadero.

  Dios mira el corazón.

  Y Dios continúa siendo bueno incluso cuando una criatura utiliza mal aquello bueno que recibió de sus manos.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.