12. ¿Cómo era la vida social en el Edén y a quiénes conocieron Adán y Eva?

Dr. Elio M. Rivera

  Cuando durante años imaginé a Adán y Eva en el huerto del Edén, casi siempre los imaginaba solos.

  Adán.

  Eva.

  Los animales.

  Los árboles.

  Y de vez en cuando Dios apareciendo para darles alguna instrucción.

  Pero esa imagen comenzó a resultarme demasiado pequeña cuando empecé a estudiar el resto de las Escrituras.

  El Edén no era un lugar de aislamiento.

  No era una selva silenciosa donde dos seres humanos pasaban los días trabajando solos.

  Como desarrollo en mi libro, aquel lugar parece haber estado lleno de trabajo, aprendizaje, familia, convivencia y actividad social, y allí Adán y Eva convivieron con Dios y, al menos, con algunos seres espirituales.

  Y esto resulta perfectamente coherente con algo que Dios mismo había declarado:

«No es bueno que el hombre esté solo» (Génesis 2:18, RVR1960).

  Dios creó al hombre como un ser social.

  Pero quizá lo hizo así porque Él mismo es relacional.

  Antes de que existiera Adán ya existía comunión.

  Padre.

  Hijo.

  Espíritu Santo.

  Seres celestiales.

  Reino.

  Gobierno.

  Alabanza.

  Música.

  Celebración.

  Y cuando el hombre fue creado a imagen de Dios, no debería sorprendernos descubrir en él esa misma necesidad de hablar, compartir, reunirse, comer juntos, cantar, celebrar y disfrutar la compañía de otros.

El Dios que estaba con ellos no era un Dios triste

  Para reconstruir la vida social del Edén primero necesitamos corregir una idea acerca de Dios.

  Durante años, muchas representaciones religiosas me hicieron imaginarlo como un Ser permanentemente serio.

  Solemne.

  Distante.

  Difícil de complacer.

  Casi incapaz de reír, disfrutar o celebrar.

  Pero ése no es el retrato completo que encuentro en la Biblia.

  Sofonías presenta una escena extraordinaria:

«Jehová está en medio de ti, poderoso, él salvará; se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos» (Sofonías 3:17, RVR1960).

  Observe las palabras.

«Se gozará».

«Con alegría».

«Se regocijará».

«Con cánticos».

  Dios canta.

  Y canta sobre sus hijos.

  La Biblia no presenta a un Padre avergonzado de expresar alegría.

  El salmista escribe:

«Subió Dios con júbilo, Jehová con sonido de trompeta» (Salmos 47:5, RVR1960).

  Hay júbilo.

  Hay sonido.

  Hay celebración.

  Mi libro parte precisamente de esta característica para reconstruir la vida social del Edén: un Dios que se regocija, celebra y disfruta la comunión difícilmente habría creado a sus hijos para después mantenerlos en una existencia socialmente estéril.

  Y cuando Jesucristo nos permite mirar cómo es el Reino de su Padre, una y otra vez utiliza imágenes de celebración.

  Dice:

«El reino de los cielos es semejante a un rey que hizo fiesta de bodas a su hijo» (Mateo 22:2, RVR1960).

  Y en la misma parábola el rey dice:

«He aquí, he preparado mi comida […] todo está dispuesto; venid a las bodas» (Mateo 22:4, RVR1960).

  Apocalipsis termina mostrándonos otra enorme celebración:

«Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria […] Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero» (Apocalipsis 19:7, 9, RVR1960).

  Fiesta.

  Comida.

  Invitados.

  Alegría.

  Canto.

  Comunión.

  Todo eso existe dentro del Reino de Dios.

  Por eso no me resulta coherente imaginar que, al crear a Adán y Eva como sus hijos, Dios hubiera eliminado precisamente esa parte de su propia naturaleza.

  Más bien creo que debemos imaginar un Edén lleno de convivencia.

  Dios trabajando con ellos.

  Conversando con ellos.

  Enseñándoles.

  Comiendo juntos.

  Caminando.

  Disfrutando lo que habían hecho.

  Quizá cantando.

  ¿Qué cantarían?

  No lo sabemos.

  Pero sí sabemos que Dios canta.

  Y si Adán y Eva fueron creados con capacidad musical, con voz, ritmo, emociones y oído, ¿por qué imaginar que nunca cantaron con su Padre?

  ¿De dónde procedería nuestra capacidad de disfrutar la música?

  Job, cuando habla de la creación, incluso describe:

«cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios» (Job 38:7, RVR1960).

  Desde los comienzos de la creación encontramos regocijo.

  La creación de Dios no parece haber comenzado en silencio.

  Comenzó rodeada de alegría.

  Por eso puedo imaginar a aquella primera familia cantando.

  No porque Génesis nos proporcione la letra de una canción, sino porque el Dios que los hizo era un Dios capaz de:

«regocijarse […] con cánticos».

  Y quizá también cenaban juntos.

  El acto de comer ocupa un lugar sorprendentemente social en toda la Biblia.

  Dios construyó nuestra alimentación de una manera que facilita la convivencia.

  No absorbemos simplemente nutrientes.

  Nos sentamos.

  Compartimos.

  Conversamos.

  Disfrutamos sabores.

  Y Jesucristo, cuando estuvo en la Tierra, hizo esto constantemente.

  Comió con sus discípulos.

  Comió con amigos.

  Aceptó invitaciones.

  Preparó alimento.

  Después de resucitar incluso encontramos:

«Vino, pues, Jesús, y tomó el pan y les dio, y asimismo del pescado» (Juan 21:13, RVR1960).

  Ese Cristo es:

«el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (Hebreos 13:8, RVR1960).

  Por eso, cuando intento imaginar la convivencia del Edén, no veo únicamente lecciones formales.

  Veo una familia.

  Conversaciones.

  Comidas.

  Preguntas.

  Risas.

  Cantos.

  Paseos.

  Trabajo compartido.

  Momentos de descanso.

  Quizá contemplando juntos aquello que Dios había creado.

  Después de todo, Génesis dice:

«Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día» (Génesis 3:8, RVR1960).

  La escena presupone familiaridad.

  Ellos conocían esa voz.

  Dios estaba allí.

  En mi libro describo precisamente esta comunión como conversar y pasar tiempo con Dios; no como una relación distante, sino como compartir la vida con Él.

  Y aquí me hago una pregunta muy personal.

  Si Dios era su Padre…

  si tenía una casa…

  si tenía un Reino…

  si existía una ciudad cuyo:

«arquitecto y constructor es Dios» (Hebreos 11:10, RVR1960),

  ¿realmente nunca habría llevado a sus hijos a conocerla?

  A mí me cuesta imaginarlo.

  Jesucristo habla expresamente de:

«la casa de mi Padre»

  y dice:

«En la casa de mi Padre muchas moradas hay» (Juan 14:2, RVR1960).

  Pablo posteriormente fue llevado:

«hasta el tercer cielo»

  y dice que fue:

«arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar» (2 Corintios 12:2, 4, RVR1960).

  Si Dios permitió que Pablo contemplara semejantes cosas…

  ¿por qué sería extraño pensar que Adán y Eva, sus primeros hijos humanos, pudieran conocer la casa de su Padre?

  No tengo un versículo que diga:

«Y aquel día Adán visitó el palacio de Dios».

  Pero tampoco encuentro lógica en imaginar a un Padre creando cosas indescriptiblemente hermosas, viviendo cerca de sus hijos y nunca enseñándoselas.

  En mi libro planteo exactamente esta posibilidad: que Adán y Eva pudieron conocer los palacios y la ciudad de Dios y contemplar realidades que Pablo, siglos después, apenas pudo describir.

  Piense en lo que hacemos nosotros.

  Cuando un padre encuentra un lugar extraordinario, muchas veces una de sus primeras ideas es:

«Quiero traer aquí a mis hijos».

  Cuando vemos un paisaje hermoso:

«Quiero que lo vean».

  Cuando conocemos algo maravilloso:

«Quiero enseñárselo».

  ¿De dónde viene esa necesidad de compartir?

  Quizá de Aquel a cuya imagen fuimos creados.

  Por eso puedo imaginar viajes.

  Días dedicados a conocer regiones de la Tierra.

  Montañas.

  Mares.

  Ríos.

  Bosques.

  Animales diferentes.

  Paisajes que Dios mismo había diseñado.

  Dios diciéndoles, por decirlo de alguna manera:

«Quiero enseñarles algo».

  Y sus hijos descubriendo otra parte de la obra de su Padre.

  En mi libro incluso planteo esas preguntas: si contemplaron atardeceres juntos, si viajaron, si disfrutaron momentos de convivencia y si exploraron la creación acompañados por Dios.

  No me parece una imagen infantil de Dios.

  Me parece profundamente paternal.

Adán y Eva conocieron una realidad mucho mayor que la humana

  Pero la vida social del Edén no parece haber estado limitada a Dios, Adán, Eva y sus hijos.

  La Biblia nos permite ver que existía una enorme realidad espiritual alrededor de ellos.

  Ángeles.

  Querubines.

  Serafines.

  Seres relacionados con el gobierno celestial.

  Job ya nos mostró a seres celestiales celebrando la creación.

  Isaías vio:

«serafines»

  alrededor del trono de Dios (Isaías 6:2).

  Apocalipsis describe una realidad celestial llena de criaturas, ancianos, ángeles y adoradores alrededor del trono.

  Y si, como hemos venido desarrollando, Edén estaba extraordinariamente cerca de aquella realidad, resulta difícil pensar que Adán y Eva jamás hubieran tenido contacto con ninguno de esos seres.

  De hecho, Ezequiel proporciona una pista mucho más directa.

  Dice:

«En Edén, en el huerto de Dios estuviste» (Ezequiel 28:13, RVR1960).

  Y después identifica al personaje:

«Tú, querubín grande, protector, yo te puse en el santo monte de Dios» (Ezequiel 28:14, RVR1960).

  Eso significa que dentro del escenario de Edén encontramos, como mínimo:

  seres humanos,

  Dios,

  y un querubín.

  En mi libro utilizo precisamente este pasaje para argumentar que Adán y Eva conocieron seres espirituales y que el huerto no era un lugar de aislamiento, sino de actividad social y espiritual.

  Esto es importante.

  Porque algunas veces cuando llegamos posteriormente a la serpiente, imaginamos que Eva se encontró repentinamente con una realidad espiritual completamente desconocida.

  Pero quizá eso tampoco corresponde con el mundo en que vivía.

  Adán y Eva habían sido creados dentro de un Reino donde la realidad espiritual formaba parte de su existencia.

  Dios estaba allí.

  La ciudad y el gobierno de Dios estaban cerca.

  Existían seres celestiales.

  Existían querubines.

  Y ellos probablemente estaban familiarizados con aquella realidad.

  No desarrollaré todavía quiénes eran todos esos seres ni qué ocurrió posteriormente con algunos de ellos.

  Eso tendrá su momento.

  Por ahora quiero dejar establecida una sola idea:

Adán y Eva no vivían solos en el universo.

  Su círculo de relaciones era probablemente mucho más amplio de lo que normalmente imaginamos.

  Conocían a su Padre.

  Conocían al Hijo.

  Vivían dentro de la realidad del Espíritu de Dios.

  Conocían a su propia familia.

  Y tenían contacto con una creación espiritual que nosotros actualmente no vemos de manera ordinaria.

  Eso convierte el Edén en algo completamente diferente de aquella selva solitaria que alguna vez imaginé.

  Era un Reino vivo.

  Había trabajo.

  Familia.

  Aprendizaje.

  Gobierno.

  Música.

  Conversación.

  Comidas.

  Reuniones.

  Celebración.

  Y seres humanos conviviendo con su Creador.

¿Qué aprendimos de Dios?

  Este capítulo quizá sea uno de los que más cambia la imagen que tenemos de Dios.

  Porque estamos descubriendo que el Padre que creó a Adán y Eva no era un Ser frío que permanecía sentado en un trono esperando que sus hijos cometieran un error.

  Era un Padre que quería compartir la vida con ellos.

  La Biblia nos muestra a un Dios que canta.

«Se regocijará sobre ti con cánticos».

  Un Dios que celebra.

  Un Dios que organiza banquetes.

  Un Dios que invita.

  Un Dios que disfruta la comunión.

  Un Dios que plantó un jardín y después puso allí a sus hijos.

  Un Dios que podía caminar con ellos entre los árboles que Él mismo había plantado.

  Un Dios que podía enseñarles mientras trabajaban.

  Un Dios capaz de sentarse, por decirlo de una manera humana, y disfrutar con ellos aquello que había creado.

  Eso me hace imaginar conversaciones extraordinarias.

  Adán preguntando acerca de algún animal.

  Dios explicando cómo lo había diseñado.

  Eva preguntando acerca de una flor.

  El Creador explicando por qué tenía aquel aroma.

  Los hijos preguntando acerca de las estrellas.

  Y el mismo Ser que las había colocado allí contestándoles.

  ¿Qué cantarían juntos?

  No lo sé.

  ¿De qué hablarían durante una comida?

  No lo sé.

  ¿Hasta dónde viajaron?

  No lo sé.

  ¿Exactamente qué lugares de la casa del Padre conocieron?

  Tampoco lo sé.

  Pero conozco suficientemente el retrato bíblico de Dios para no imaginarlo creando todas aquellas maravillas y después manteniendo a sus hijos alejados de ellas.

  Un Padre comparte.

  Y todo lo que hemos venido descubriendo acerca de Dios apunta precisamente en esa dirección.

  Comparte vida.

  Comparte conocimiento.

  Comparte trabajo.

  Comparte autoridad.

  Comparte belleza.

  Comparte alegría.

  Comparte su Reino.

  Y comparte su propia presencia.

  Quizá por eso uno de los deseos más profundos que Jesucristo expresaría siglos después fue:

«Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo» (Juan 17:24, RVR1960).

  «Conmigo».

  Esa palabra continúa apareciendo.

  Y quizá nos ayude a comprender lo que hacía verdaderamente extraordinaria la vida social del Edén.

  No eran solamente las fiestas.

  No eran solamente las comidas.

  No eran solamente los viajes.

  No eran los cantos.

  No eran siquiera los seres celestiales que pudieran haber conocido.

  El verdadero privilegio era mucho más sencillo:

podían hacer todas esas cosas con su Padre.

  Y antes de continuar con nuestra historia, debemos guardar otra pieza.

  Entre los seres que podían moverse dentro de aquella realidad había, según Ezequiel, por lo menos un:

«querubín grande, protector»

  que había estado:

«en Edén, en el huerto de Dios».

  No hablaremos todavía de lo que ocurrió con él.

  Pero tendremos que recordarlo.

  Porque más adelante, cuando un personaje aparezca en el jardín hablando con Eva, quizá descubramos que aquella conversación tenía una historia mucho más larga detrás de ella.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.