Por el Dr. Elio M Rivera
Existe una pregunta que durante mucho tiempo estuvo dando vueltas en mi mente:
¿Es posible que nosotros, viviendo casi dos mil años después de Jesucristo, podamos acercarnos a los acontecimientos de su resurrección hasta el punto de sentirnos testigos de lo ocurrido?
Evidentemente, nosotros no estuvimos aquella mañana en Jerusalén. No caminamos con María Magdalena hacia el sepulcro. No vimos correr a Pedro y Juan. No estuvimos dentro de la tumba. No vimos personalmente a Jesucristo después de su muerte.
Sin embargo, tampoco estuvimos presentes en la mayoría de los grandes acontecimientos de la historia que aceptamos como reales.
Entonces surge una pregunta diferente:
¿Podemos reconstruir lo ocurrido utilizando los testimonios, los lugares, las circunstancias y las evidencias que han llegado hasta nosotros?
Esa pregunta fue precisamente una de las que me impulsaron a estudiar profundamente la resurrección. En mi libro recuerdo haberme preguntado: “¿Podríamos nosotros ser testigos de la resurrección de Cristo, dos mil años después de su muerte?” A partir de esa inquietud comencé a estudiar detalladamente los acontecimientos finales de la vida, muerte y resurrección de Jesús.
No podemos viajar al pasado, pero podemos investigar el pasado
Ninguno de nosotros puede regresar físicamente al primer siglo.
Pero podemos hacer algo extraordinario:
podemos reconstruir los acontecimientos.
Eso es precisamente lo que hacen los historiadores.
Cuando investigamos un acontecimiento antiguo, reunimos documentos, testimonios, lugares, objetos, costumbres y circunstancias. Después intentamos colocar cada pieza en su sitio.
En el caso de la resurrección tenemos una ventaja especial: los relatos no dicen simplemente que “algo sobrenatural ocurrió en algún lugar”.
Nos proporcionan personajes.
Nos proporcionan lugares.
Nos proporcionan acontecimientos.
Nos describen una muerte.
Una sepultura.
Una tumba.
Una piedra.
Una guardia.
Un sepulcro vacío.
Y personas que posteriormente afirmaron haber visto vivo a quien habían visto morir.
Podemos seguir esas pistas.
Podemos comenzar el recorrido antes de la tumba
Para comprender la resurrección correctamente no debemos comenzar el domingo por la mañana.
Debemos retroceder.
Tenemos que acompañar, por así decirlo, a Jesucristo durante sus últimas horas.
Debemos observar su arresto.
Sus interrogatorios.
Su condena.
La flagelación.
El camino hacia el lugar de la ejecución.
La crucifixión.
Su muerte.
La comprobación de aquella muerte.
La entrega del cuerpo.
La sepultura.
Y solamente entonces podremos llegar al sepulcro aquella mañana.
Este orden es fundamental porque no podemos hablar seriamente de una resurrección hasta establecer primero que hubo una muerte.
En mi libro hago precisamente esa observación: si no estamos convencidos de que la crucifixión realmente mató a Jesucristo, difícilmente podremos estar convencidos de que posteriormente resucitó.
Podemos caminar por los lugares donde ocurrieron los acontecimientos
Existe además algo que siempre me ha impresionado profundamente.
Jerusalén existe.
Los lugares donde ocurrieron estos acontecimientos pertenecen a una geografía real.
Podemos viajar a Israel.
Podemos caminar por Jerusalén.
Podemos observar tumbas excavadas en roca.
Podemos estudiar cómo eran los sepulcros del primer siglo.
Podemos comprender mucho mejor lo que significaba colocar un cuerpo dentro de una tumba y cerrar su entrada con una piedra.
Precisamente por eso, en mi libro utilicé fotografías tomadas durante mis propios viajes a Israel. Mi propósito era ayudar al lector a visualizar el escenario de los acontecimientos y comprender que estamos hablando de lugares que pertenecen a una geografía concreta.
Cuando uno observa personalmente aquellos lugares, muchos detalles que parecían solamente palabras comienzan a adquirir una dimensión completamente diferente.
Podemos acercarnos a la tumba
Ahora imaginemos que estamos allí.
Jesús ha muerto.
José de Arimatea ha solicitado el cuerpo.
El cadáver ha sido colocado dentro de un sepulcro.
La entrada ha sido cerrada.
Los relatos describen una tumba nueva, excavada en roca, ubicada en un huerto y cerrada mediante una gran piedra.
No necesitamos imaginar una tumba moderna.
Podemos estudiar cómo eran aquellas tumbas.
Podemos observar ejemplos arqueológicos.
Podemos comprender su estructura.
Podemos preguntarnos cuánto podía pesar una piedra.
Podemos investigar cómo se cerraba una entrada.
Poco a poco, el escenario comienza a reconstruirse delante de nosotros.
Podemos observar a quienes querían impedir cualquier engaño
Después aparece algo fascinante.
Los enemigos de Jesús estaban preocupados.
Recordaban que Él había hablado de levantarse después de su muerte.
Por eso solicitaron que la tumba fuera asegurada.
Entonces aparecen elementos que posteriormente serán fundamentales para nuestra investigación:
la guardia y el sello.
La tumba no quedó simplemente abandonada durante el fin de semana.
Existía interés en impedir que alguien pudiera manipularla.
Y eso nos permite hacernos preguntas muy concretas.
¿Quiénes eran aquellos guardias?
¿Qué responsabilidad tenían?
¿Qué significaba abandonar su puesto?
¿Qué representaba el sello colocado sobre la tumba?
¿Podrían unos discípulos aterrorizados simplemente llegar, enfrentarse a ellos, retirar la piedra y llevarse el cadáver?
Más adelante estudiaremos cada una de estas cuestiones.
Podemos llegar con las mujeres aquella mañana
Después llega el momento decisivo.
Ha terminado el día de reposo.
Comienza el primer día de la semana.
Un grupo de mujeres se dirige hacia el sepulcro.
No van esperando encontrar una tumba vacía.
Van hacia el lugar donde había sido colocado un muerto.
Marcos registra incluso una preocupación muy humana:
“¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?”
Marcos 16:3
Eso nos permite acercarnos extraordinariamente a la escena.
Podemos imaginar el camino.
La madrugada.
La conversación.
La preocupación por la piedra.
Y después…
la piedra estaba removida.
Algo había ocurrido.
Podemos entrar, por así decirlo, con Pedro y Juan
La noticia llega a los discípulos.
Pedro y Juan corren hacia el sepulcro.
Juan llega primero.
Se inclina.
Mira hacia dentro.
Después llega Pedro y entra.
El Evangelio de Juan presta atención incluso a lo que encontraron dentro: los lienzos y el sudario.
Son detalles extraordinariamente pequeños para un acontecimiento extraordinariamente grande.
Y aquí debemos detenernos.
Todavía no tenemos que gritar:
“¡Resucitó!”
Primero debemos actuar como investigadores.
La tumba está vacía.
Entonces preguntamos:
¿Dónde está el cuerpo?
Ese será uno de los grandes misterios que tendremos que resolver.
Podemos escuchar a quienes dijeron haberlo visto
Pero la investigación no termina con una tumba vacía.
Si solamente tuviéramos una tumba vacía, existirían diferentes explicaciones posibles.
El cuerpo pudo haber sido trasladado.
Pudo haber sido robado.
Podría haber ocurrido alguna otra cosa.
Pero entonces aparecen los testimonios.
Personas comienzan a afirmar:
“Lo hemos visto.”
María Magdalena afirma haberlo visto.
Los discípulos aseguran haberlo visto.
Tomás termina afirmando haberlo visto.
Pablo posteriormente menciona diferentes apariciones, incluyendo una ante más de quinientas personas.
Ahora el problema se vuelve mucho más interesante.
Tenemos que explicar dos cosas:
una tumba sin cuerpo y personas afirmando haber visto vivo al hombre que había sido sepultado.
Podemos observar la reacción de los propios discípulos
Hay algo que considero especialmente importante.
Los discípulos no aparecen en los relatos como personas que inmediatamente creen cualquier cosa.
Después de la muerte de Jesús estaban desanimados y atemorizados.
Cuando comenzaron a llegar las noticias de la resurrección, algunos dudaron.
Tomás incluso exigió evidencia.
Esto resulta importante para nuestra investigación porque nos muestra que no estamos simplemente frente a un grupo de personas que deseaban desesperadamente creer cualquier rumor.
Algo tuvo que ocurrir para transformar su manera de pensar.
Podemos observar el antes y el después
Quizá una de las evidencias más interesantes no se encuentra solamente dentro de la tumba.
Se encuentra dentro de los propios discípulos.
Antes:
Huyen.
Se esconden.
Tienen miedo.
Pedro niega conocer a Jesús.
Después:
Predican públicamente.
Confrontan a las autoridades.
Proclaman que Jesús está vivo.
Están dispuestos a sufrir por ese mensaje.
Ese contraste fue precisamente una de las cosas que despertó mi curiosidad cuando estudié este tema. En mi libro me pregunté cómo hombres que habían escapado para salvar su vida durante la crucifixión pudieron posteriormente mostrar semejante pasión por anunciar el mensaje de Jesús.
Algo ocurrió entre esos dos momentos.
Nuestra tarea será intentar descubrir qué.
Pero existe otra manera de ser testigos
Hasta aquí hemos hablado de evidencia histórica.
Pero para el cristiano existe además una dimensión profundamente personal.
Los primeros discípulos no proclamaban solamente:
Proclamaban:
“Jesús está vivo.”
Existe una diferencia enorme.
Si Jesucristo solamente perteneciera al pasado, podríamos estudiar su historia como estudiamos la vida de cualquier otro personaje.
Pero si realmente resucitó, entonces el cristianismo afirma que podemos relacionarnos hoy con una persona viva.
Este punto llegó a ser profundamente importante en mi propia vida. En el libro explico que estudiar y comprender la resurrección hizo que muchas cosas dejaran de ser solamente teoría y se convirtieran en una realidad interior; cambió mi manera de adorar y de relacionarme con Jesucristo.
Para mí, la investigación histórica terminó convirtiéndose también en una experiencia profundamente personal.
No vimos aquella mañana, pero podemos seguir las evidencias
Entonces volvamos a nuestra pregunta:
¿Podemos ser testigos de la resurrección dos mil años después?
No podemos ser testigos oculares en el sentido estricto de la palabra. No estuvimos físicamente allí y sería incorrecto afirmar lo contrario.
Pero sí podemos acercarnos a los acontecimientos mediante los testimonios que quedaron.
Podemos caminar por los lugares.
Podemos estudiar las costumbres.
Podemos investigar la crucifixión.
Podemos analizar la muerte.
Podemos reconstruir la sepultura.
Podemos acercarnos a la tumba.
Podemos escuchar a quienes afirmaron haberlo visto.
Podemos interrogar las explicaciones alternativas.
Y podemos observar las consecuencias que siguieron a aquellos acontecimientos.
En ese sentido, podemos acompañar la investigación casi paso a paso.
Quiero invitarlo a realizar ese viaje
Eso es precisamente lo que haremos a partir de ahora.
Hasta este momento hemos preparado el caso.
Hemos preguntado por qué la resurrección es importante.
Hemos visto qué ocurriría con el cristianismo si Cristo no resucitó.
Hemos preguntado si la resurrección puede investigarse históricamente.
Hemos considerado los Evangelios como documentos que pueden ser examinados.
Y hemos colocado imaginariamente el caso frente a un tribunal.
Ahora ha llegado el momento de viajar al escenario de los acontecimientos.
Quiero que recorramos juntos, en la medida que las evidencias nos lo permitan, las últimas horas de Jesucristo.
Quiero que observemos los lugares.
Que conozcamos a los personajes.
Que comprendamos el mundo político y religioso en el que ocurrió todo.
Que lleguemos finalmente al Gólgota.
Y después…
a la tumba.
No le pediré que crea antes de comenzar el recorrido.
Le pediré solamente una cosa:
Acompáñeme a examinar las evidencias.
Y cuando lleguemos al final, podremos hacernos nuevamente la pregunta que dio origen a toda esta investigación:
¿Resucitó realmente Jesucristo?
Referencias bíblicas
Mateo 27:57-66; 28:1-10.
Marcos 15:42-47; 16:1-8.
Lucas 23:50-56; 24:1-43.
Juan 19:38-42; 20:1-29.
Hechos 1:1-3.
1 Corintios 15:3-8.

