Por el Dr. Elio M Rivera
Imaginemos por un momento una escena extraordinaria.
Han pasado algunos días desde la crucifixión de Jesucristo. La noticia comienza a extenderse por Jerusalén: la tumba está vacía y sus discípulos aseguran que Jesús ha resucitado.
Las autoridades rechazan aquella afirmación. Los discípulos insisten en que es verdadera.
Supongamos entonces que el asunto llega ante un tribunal.
Un juez ocupa su lugar. Frente a él comparecen los testigos. Se presentan documentos. Se examina la escena de los acontecimientos. Se estudia la muerte de Jesús, su sepultura, la tumba, la piedra, los guardias y las declaraciones de quienes aseguran haberlo visto vivo.
La pregunta que tendría que resolver aquel tribunal sería extraordinaria:
¿Qué ocurrió realmente con el cuerpo de Jesucristo?
Este ejercicio resulta especialmente interesante porque nos obliga a dejar por un momento nuestras emociones y comenzar a pensar como investigadores.
No se trataría simplemente de preguntar quién cree y quién no cree.
Tendríamos que examinar evidencias.
No comenzamos suponiendo el veredicto
En un juicio serio no debería comenzarse diciendo: “El acusado es culpable porque yo creo que lo es”.
Tampoco sería correcto afirmar: “Es inocente porque me resulta imposible imaginar que sea culpable”.
Primero se presenta el caso.
Después se examinan las pruebas.
Se escucha a los testigos.
Se analizan sus declaraciones.
Se estudian las posibles contradicciones.
Se investigan las motivaciones de las personas involucradas.
Y solamente después se intenta llegar a una conclusión.
Quiero aplicar un principio semejante al estudio de la resurrección.
No deseo decirle al lector:
“Tiene que creer porque yo lo digo.”
Quiero colocar delante de usted las piezas del caso y preguntarnos juntos:
¿Qué explicación corresponde mejor con los acontecimientos que describen nuestras fuentes?
¿Qué tendría que demostrar el caso?
Antes de hablar de una resurrección tenemos que establecer varios hechos fundamentales.
Primero tendremos que demostrar que Jesucristo realmente murió.
Esto es indispensable.
Si Jesús sobrevivió a la crucifixión, entonces no necesitaríamos hablar de una resurrección. Estaríamos hablando simplemente de una persona que sobrevivió a una ejecución.
Por eso, en mi libro La resurrección de Jesucristo, ¿Verdad o mito?, dedico una parte importante a estudiar la crucifixión y posteriormente a comprobar la muerte de Jesús. La lógica es sencilla: si no podemos establecer que murió, tampoco podemos comenzar seriamente a hablar de que resucitó.
Pero demostrar la muerte sería solamente el comienzo.
Primera evidencia: hubo una ejecución pública
Según los Evangelios, Jesucristo no desapareció misteriosamente para después reaparecer afirmando haber vencido a la muerte.
Fue ejecutado públicamente.
La crucifixión romana estaba diseñada para producir una muerte lenta, dolorosa y visible. En mi libro explico que Roma utilizaba esta forma de ejecución precisamente de manera pública, entre otras razones, para servir de advertencia a quienes contemplaban el castigo.
Esto significa que el primer punto que nuestro tribunal tendría que investigar sería:
¿Murió realmente Jesús en aquella cruz?
Tendríamos que examinar la flagelación.
La crucifixión.
Las heridas.
La actuación de los soldados.
La lanza.
Y la entrega posterior del cuerpo para ser sepultado.
No podemos saltarnos este paso.
Segunda evidencia: hubo un cuerpo y hubo una tumba
Después de la crucifixión aparece otro elemento fundamental del caso.
El cuerpo fue sepultado.
Los relatos identifican incluso a la persona relacionada con aquella sepultura: José de Arimatea.
También describen determinadas características del lugar.
Era un sepulcro nuevo.
Estaba excavado en roca.
Se encontraba en un huerto.
Estaba cerca del lugar de la crucifixión.
Y una gran piedra cerraba su entrada.
Estas características forman parte del escenario que posteriormente tendremos que investigar.
Esto es importante porque la afirmación cristiana no dice simplemente:
“Jesús desapareció”.
Afirma algo mucho más concreto:
Jesús murió, fue sepultado y posteriormente aquella tumba fue encontrada vacía.
Tercera evidencia: existía interés en impedir que el cuerpo desapareciera
Aquí el caso comienza a ponerse todavía más interesante.
Los enemigos de Jesús conocían la afirmación de que resucitaría y precisamente por eso, según Mateo, solicitaron medidas para asegurar el sepulcro.
Se colocó una guardia.
La tumba fue asegurada.
Y aparece además el elemento del sello.
Esto significa que no estamos ante una situación en la cual nadie prestaba atención al cadáver.
Por el contrario, había personas poderosas interesadas en que el cuerpo permaneciera donde había sido colocado.
Esta circunstancia tendrá una enorme importancia cuando posteriormente estudiemos la teoría de que los discípulos robaron el cadáver.
Cuarta evidencia: después la tumba apareció abierta
Entonces ocurre aquello que origina todo el problema.
La tumba que debía contener el cuerpo de Jesús aparece abierta.
La piedra ha sido removida.
Y el cuerpo ya no está allí.
Mateo describe así aquella mañana:
“No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor.”
Mateo 28:6
En este momento nuestro supuesto tribunal tendría que detenerse.
Porque independientemente de la explicación que demos posteriormente, aparece una pregunta:
¿Dónde estaba el cuerpo?
Si Jesús permaneció muerto, alguien tendrá que explicar qué ocurrió con él.
Quinta evidencia: tenemos testigos que afirman haberlo visto vivo
Una tumba vacía, por sí sola, no demostraría una resurrección.
Esto es importante reconocerlo.
Una tumba vacía únicamente demostraría que el cuerpo ya no estaba allí.
Podría haber otras explicaciones.
Pero el caso cristiano no termina con la tumba vacía.
Después aparecen personas que aseguran haber visto a Jesucristo vivo.
Los discípulos.
Y posteriormente otros seguidores.
Pablo incluso afirma que Jesús apareció a más de quinientos hermanos a la vez.
Entonces el tribunal tendría que hacer otra pregunta:
¿Qué hacemos con esos testimonios?
Los testigos tendrían que ser interrogados
No bastaría con contar cuántos testigos existen.
Tendríamos que estudiarlos.
¿Esperaban realmente que Jesús resucitara?
¿Se pusieron de acuerdo para inventar una historia?
¿Tenían algo que ganar?
¿Podrían haber confundido a otra persona con Jesús?
¿Sus afirmaciones aparecieron inmediatamente o muchos siglos después?
¿Cambió su comportamiento después de aquello que afirmaban haber visto?
Estas preguntas son completamente legítimas.
Y existe un detalle especialmente interesante.
Los discípulos no aparecen inmediatamente después de la crucifixión como hombres valientes esperando una resurrección.
Por el contrario, los encontramos atemorizados, escondidos y profundamente afectados por la muerte de su Maestro.
En mi libro señalo precisamente ese contraste: hombres que huyeron durante la crucifixión aparecen posteriormente dispuestos a proclamar que Jesús estaba vivo.
Nuestro tribunal tendría que explicar esa transformación.
También tendría que declarar la parte contraria
Pero un juicio no escucha solamente a una parte.
También tendríamos que escuchar a los enemigos de Jesús.
Y aquí encontramos algo extraordinariamente interesante.
Según Mateo, la explicación que comenzó a circular no fue:
“El cuerpo continúa dentro de la tumba.”
La explicación fue:
“Sus discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron, estando nosotros dormidos.”
Mateo 28:13
Observe lo que implica esta explicación.
De alguna manera se está intentando explicar la ausencia del cuerpo.
Y entonces tendremos que investigar esta teoría.
¿Podrían los discípulos haberlo robado?
¿Tenían valor para enfrentarse a los guardias?
¿Podían mover la piedra?
¿Podían romper el sello?
¿Dónde habrían escondido el cadáver?
¿Y por qué posteriormente arriesgarían sus vidas proclamando algo que ellos mismos sabrían que era falso?
Un abogado tendría una pregunta incómoda para los guardias
Existe además un problema lógico extraordinario en aquella explicación.
Los soldados supuestamente debían decir:
“Los discípulos vinieron mientras nosotros dormíamos.”
Imaginemos que uno de ellos está sentado frente al juez.
El abogado pregunta:
—¿Quién se llevó el cuerpo?
—Los discípulos.
—¿Los vio usted?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque estaba dormido.
La siguiente pregunta sería inevitable:
Entonces, ¿cómo sabe que fueron los discípulos?
Este mismo razonamiento aparece en mi libro: si los guardias estaban dormidos, ¿cómo podían identificar a las personas que supuestamente habían robado el cuerpo?
En un tribunal, semejante declaración tendría que ser examinada cuidadosamente.
También debemos preguntar quién tenía motivos
Todo investigador pregunta por el motivo.
¿Quién quería que Jesús estuviera muerto?
Las autoridades religiosas tenían poderosos motivos para acabar con su influencia.
Roma tenía interés en conservar el orden.
Por otro lado, después de la crucifixión, los discípulos aparecen aterrorizados.
Entonces debemos preguntarnos:
¿Quién tenía interés en asegurarse de que el cuerpo permaneciera en la tumba?
¿Quién tendría interés en sacarlo?
¿Qué ganaría con ello?
¿Y qué riesgos tendría que asumir?
Las motivaciones no demuestran por sí solas un caso, pero forman parte de cualquier investigación seria.
También deberíamos estudiar las explicaciones alternativas
Un buen tribunal no debería aceptar una conclusión mientras exista otra explicación que encaje mejor con los hechos.
Por eso debemos permitir que todas las hipótesis comparezcan.
Tal vez Jesús no murió realmente.
Tal vez los discípulos robaron el cuerpo.
Tal vez las mujeres fueron a la tumba equivocada.
Tal vez alguien más trasladó el cadáver.
Tal vez los discípulos inventaron las apariciones.
Cada explicación deberá enfrentarse con las mismas preguntas:
¿Explica la muerte?
¿Explica la tumba vacía?
¿Explica los testimonios posteriores?
¿Explica la transformación de los discípulos?
¿Explica la reacción de los enemigos de Jesús?
Una explicación que resuelva una pieza pero contradiga las demás no será suficiente.
El caso debe analizarse como un conjunto
Aquí encontramos un principio fundamental.
La evidencia de la resurrección no depende de una sola pieza.
No depende únicamente de la tumba.
No depende solamente de los discípulos.
No depende solamente de los soldados.
No depende únicamente de un documento.
El caso se construye acumulativamente.
Tenemos una crucifixión.
Una muerte.
Una sepultura.
Una tumba.
Una piedra.
Una guardia.
Un sello.
Una tumba posteriormente vacía.
Testigos que aseguran haber visto a Jesús vivo.
Y adversarios que necesitaban explicar por qué el cuerpo había desaparecido.
Todas las piezas deben ser estudiadas juntas.
¿Cuál sería el veredicto?
Todavía no quiero emitirlo.
Sería demasiado pronto.
Un juez responsable no dicta sentencia antes de escuchar a todos los testigos.
Y nosotros apenas estamos comenzando nuestra investigación.
Pero sí podemos establecer algo importante:
La afirmación de la resurrección contiene elementos que pueden ser examinados como evidencia.
Podemos estudiar los documentos.
Podemos estudiar la crucifixión.
Podemos estudiar la muerte.
Podemos estudiar la sepultura.
Podemos estudiar la tumba.
Podemos analizar las medidas tomadas para protegerla.
Podemos estudiar las explicaciones sobre la desaparición del cuerpo.
Y podemos examinar las declaraciones de quienes afirmaron haber visto a Jesucristo vivo.
Al final tendremos que emitir nuestro propio veredicto.
El juicio apenas comienza
En el epílogo de mi libro La resurrección de Jesucristo, ¿Verdad o mito? llego precisamente a esta idea: después de examinar los documentos, los lugares, la muerte de Jesús, las motivaciones de las autoridades, la tumba y las diferentes explicaciones, considero que el caso de la resurrección puede ser presentado ante un tribunal para ser juzgado.
Pero no quiero pedirle al lector que acepte mi veredicto antes de conocer las evidencias.
Vamos a examinarlas.
Una por una.
Como si nosotros mismos estuviéramos sentados en aquel tribunal.
Y cuando hayamos terminado, cada lector tendrá que responder:
¿Cuál explicación hace mayor justicia a todas las evidencias?
Referencias bíblicas
Mateo 27:57-66.
Mateo 28:1-15.
Marcos 15:42-47.
Marcos 16:1-14.
Lucas 23:50-56.
Lucas 24:1-43.
Juan 19:31-42.
Juan 20:1-29.
Hechos 1:1-3.
1 Corintios 15:3-8.

