04. ¿Son confiables los evangelios?

Por el Dr. Elio M Rivera

  Si queremos estudiar seriamente la resurrección de Jesucristo, tarde o temprano tendremos que enfrentarnos con una pregunta fundamental:

¿Qué valor tienen los Evangelios como documentos para una investigación?

  Después de todo, gran parte de la información que poseemos acerca de la vida, muerte, sepultura y resurrección de Jesús se encuentra precisamente en Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

  Algunas personas aceptan estos libros inmediatamente porque forman parte de la Biblia. Otras, por el contrario, los descartan precisamente por la misma razón.

  Pero ninguna de estas actitudes constituye por sí misma una investigación.

  Si realmente queremos examinar los acontecimientos de la resurrección, debemos preguntarnos qué clase de documentos son los Evangelios, qué pretenden relatar y si es razonable utilizarlos como fuentes para estudiar los hechos que describen.

Antes de ser libros de la Biblia, fueron escritos dirigidos a personas reales

  Con frecuencia olvidamos algo muy importante.

  Cuando Mateo, Marcos, Lucas y Juan escribieron sus relatos, no estaban sosteniendo en sus manos un ejemplar de lo que hoy conocemos como el Nuevo Testamento.

  Sus escritos fueron producidos dentro de circunstancias históricas concretas y dirigidos a personas o comunidades que vivían en aquel mundo.

  En mi libro La resurrección de Jesucristo, ¿Verdad o mito? señalo que muchos escritos del Nuevo Testamento fueron dirigidos originalmente a personas específicas. Lucas y Hechos, por ejemplo, fueron escritos para Teófilo; las cartas de Pablo fueron enviadas a iglesias y a personas como Timoteo, Tito y Filemón.

  Esto es importante porque nos recuerda que los documentos del Nuevo Testamento surgieron dentro de la historia.

  No aparecieron repentinamente siglos después sin relación con las personas y acontecimientos que describen.

Los Evangelios presentan una historia que puede ser examinada

  Los Evangelios hablan de lugares.

  Hablan de gobernantes.

  Hablan de costumbres.

  Hablan de conflictos políticos y religiosos.

  Hablan de ciudades, caminos, fiestas, templos, tumbas y personajes.

  Eso significa que muchas de sus afirmaciones pueden compararse con otras fuentes históricas, con la geografía y con la arqueología.

  Por ejemplo, cuando describen los acontecimientos relacionados con la sepultura de Jesús, proporcionan detalles concretos: mencionan un huerto, un sepulcro nuevo, una tumba excavada en roca y una gran piedra colocada en su entrada.

  Ese tipo de detalles puede ser investigado.

  Podemos preguntarnos si existían tumbas de esa clase en el siglo primero.

  Podemos estudiar las costumbres funerarias judías.

  Podemos analizar la geografía de Jerusalén.

  Podemos investigar el contexto romano.

  Podemos comparar los relatos entre sí.

Que un documento sea religioso no significa que deje de ser un documento histórico

  Este punto merece especial atención.

  A veces se escucha una afirmación parecida a esta:

“No puede utilizarse la Biblia para estudiar a Jesús porque la Biblia es un libro religioso.”

  Pero esta objeción, por sí sola, no resuelve nada.

  Un documento antiguo no pierde automáticamente todo su valor histórico porque su autor tenga convicciones religiosas.

  Lo correcto es examinarlo.

  ¿Menciona personas que realmente existieron?

  ¿Describe lugares conocidos?

  ¿Sus referencias geográficas corresponden con la región?

  ¿Las costumbres que presenta concuerdan con la época?

  ¿Los acontecimientos que describe encajan dentro del contexto político y social que conocemos?

  Estas son preguntas legítimas para cualquier documento antiguo.

  En mi propio estudio he insistido en que no debemos descalificar automáticamente la Biblia antes de investigarla. Mi propuesta ha sido precisamente analizar sus relatos junto con información histórica, geográfica y arqueológica.

Los autores escribieron acerca de acontecimientos que consideraban reales

  Existe además otro elemento importante.

  Los Evangelios no están escritos como si sus autores estuvieran narrando acontecimientos ocurridos en un mundo fantástico.

  Presentan a Jesucristo dentro de lugares y circunstancias reconocibles.

  Hablan de personas que comieron con Él.

  Personas que caminaron con Él.

  Personas que lo escucharon enseñar.

  Personas que estuvieron presentes durante acontecimientos de su vida.

  Y posteriormente presentan personas que afirmaron haberlo visto después de su muerte.

  Por eso debemos tratar sus afirmaciones con seriedad suficiente como para investigarlas.

  Esto no significa que debamos aceptar automáticamente todo lo que dicen.

  Significa algo mucho más sencillo:

Debemos permitirles presentar su testimonio antes de decidir si lo creemos o no.

Lucas incluso explica su método

  El comienzo del Evangelio de Lucas resulta especialmente interesante.

  Lucas explica que otros ya habían intentado poner en orden los acontecimientos y que él decidió investigar cuidadosamente los hechos para presentar un relato ordenado.

  Escribió:

“Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo.”
Lucas 1:1-3

  Observe las expresiones utilizadas:

“Los que desde el principio lo vieron con sus ojos.”

“Después de haber investigado con diligencia.”

“Escribírtelas por orden.”

  Lucas está presentando su obra como una investigación de acontecimientos que consideraba reales.

  Esto no demuestra automáticamente que cada una de sus conclusiones sea verdadera, pero sí nos proporciona una razón para tomar en serio el documento y examinarlo.

Los Evangelios también pueden compararse entre sí

  Tenemos otra ventaja extraordinaria.

  No contamos solamente con un relato.

  Tenemos cuatro.

  Mateo.

  Marcos.

  Lucas.

  Juan.

  Y esto nos permite comparar la información.

  Podemos observar dónde coinciden.

  Podemos estudiar las diferencias de perspectiva.

  Podemos analizar los detalles que uno incluye y otro omite.

  Podemos intentar reconstruir la secuencia de los acontecimientos.

  Eso es exactamente lo que hacemos cuando tenemos varios testimonios de un mismo acontecimiento.

  En el caso de la resurrección, los Evangelios describen diferentes momentos ocurridos durante aquella madrugada. En mi libro intento ordenar algunos de esos acontecimientos —la llegada de las mujeres, la visita de Pedro y Juan, María Magdalena permaneciendo junto a la tumba y las posteriores apariciones— para comprender cómo pudieron desarrollarse durante aquellas primeras horas.

Las diferencias no significan necesariamente contradicción

  Cuando varias personas observan un acontecimiento, no necesariamente cuentan exactamente los mismos detalles.

  Una persona puede concentrarse en algo que otra apenas menciona.

  Una puede comenzar su relato antes.

  Otra puede interesarse más por un personaje determinado.

  Otra puede resumir acontecimientos que alguien más describe ampliamente.

  Por eso, cuando investigamos los Evangelios, no deberíamos esperar que fueran cuatro copias idénticas.

  Si fueran palabra por palabra iguales, surgiría incluso otra pregunta: ¿copiaron simplemente unos de otros?

  Lo importante es analizar si las diferencias pueden formar parte de perspectivas distintas acerca de los mismos acontecimientos y si el núcleo esencial del relato permanece.

El centro de los cuatro relatos es extraordinariamente claro

  Cuando llegamos a los acontecimientos finales de Jesús encontramos una estructura fundamental:

  Jesús fue arrestado.

  Fue juzgado.

  Fue crucificado.

  Murió.

  Su cuerpo fue colocado en un sepulcro.

  Posteriormente la tumba fue encontrada vacía.

  Y sus seguidores afirmaron que Jesucristo había resucitado y se les había aparecido.

  Precisamente estas afirmaciones son las que debemos investigar.

  No basta con decir:

“Lo dicen los Evangelios, por lo tanto tiene que ser verdad.”

  Pero tampoco es suficiente responder:

“Está en los Evangelios, por lo tanto no puede ser verdad.”

  Ambas respuestas evitan la investigación.

¿Qué motivación tenían los autores para escribir?

  También podemos preguntar qué intentaban lograr aquellos escritores.

  En mi libro planteo que los autores del Nuevo Testamento no escribieron pensando que siglos después sus textos formarían parte del libro más difundido del mundo. Tampoco escribieron esperando convertirse en autores famosos. Sus documentos surgieron dentro de situaciones concretas y buscaban transmitir aquello que consideraban verdadero acerca de Jesús y de los acontecimientos que rodearon su vida.

  Esto no demuestra por sí mismo que nunca pudieran equivocarse.

  Pero vuelve legítima otra pregunta:

¿Qué explicación tenemos para el origen de estos relatos?

  Si afirmamos que los autores inventaron la resurrección, tendremos que explicar por qué lo hicieron.

  Si creemos que fueron engañados, tendremos que explicar quién los engañó y cómo.

  Si pensamos que confundieron los acontecimientos, tendremos que estudiar si esa hipótesis encaja con la información.

  Y si consideramos que estaban diciendo la verdad, también tendremos que examinar las consecuencias de esa posibilidad.

Los Evangelios deben ser interrogados como testigos

  Imagine nuevamente que estamos llevando el caso de la resurrección ante un tribunal.

  Mateo entra a declarar.

  Marcos entra a declarar.

  Lucas entra a declarar.

  Juan entra a declarar.

  ¿Qué haríamos?

  No sería correcto condenarlos antes de escucharlos.

  Pero tampoco deberíamos aceptar automáticamente todo lo que dicen.

  Los interrogaríamos.

  Les preguntaríamos:

  ¿Dónde ocurrió?

  ¿Cuándo ocurrió?

  ¿Quiénes estaban presentes?

  ¿Quién condenó a Jesús?

  ¿Quién lo crucificó?

  ¿Quién comprobó su muerte?

  ¿Quién recibió el cuerpo?

  ¿Dónde fue colocado?

  ¿Quién llegó primero al sepulcro?

  ¿Qué encontraron allí?

  ¿Quién afirmó haber visto a Jesús vivo?

  Después compararíamos las declaraciones.

  Eso es investigar.

Hay una diferencia entre demostrar que los Evangelios son investigables y demostrar la resurrección

  También debemos distinguir dos cosas.

  Hasta este momento no hemos demostrado todavía que Jesús resucitó.

  Lo que estamos estableciendo es algo previo:

Tenemos documentos que contienen afirmaciones históricas y que pueden ser sometidos a investigación.

  Ahora debemos analizar esas afirmaciones una por una.

  Eso nos llevará a estudiar la geografía, la crucifixión, la muerte de Jesús, su sepultura, la guardia, el sello, la tumba vacía y finalmente los testigos.

  Cada pieza deberá colocarse en su sitio.

Para quienes quieran profundizar más

  El tema de la confiabilidad de los Evangelios es demasiado amplio para desarrollarlo completamente dentro de este artículo.

  Aquí solamente estamos estableciendo que Mateo, Marcos, Lucas y Juan pueden ser examinados como documentos relacionados con los acontecimientos que describen.

  Para el lector que quiera profundizar mucho más en este asunto, recomiendo mi libro:

¿Son confiables los Evangelios?

  En esa obra abordo específicamente la pregunta acerca de la confiabilidad de estos documentos y las razones por las cuales considero que merecen ser estudiados seriamente.

  Nuestro propósito en esta serie será más específico: utilizar los Evangelios como parte de la evidencia disponible y someter las afirmaciones acerca de la resurrección a una investigación progresiva.

No descarte a los testigos antes de escucharlos

  Llegamos entonces a una conclusión sencilla.

  Sí, los Evangelios pueden ser investigados.

  Podemos examinar su contenido.

  Podemos comparar sus relatos.

  Podemos estudiar sus lugares.

  Podemos investigar sus personajes.

  Podemos contrastar sus descripciones con la historia, la geografía y la arqueología.

  Y después podemos preguntarnos si las evidencias sostienen aquello que afirman.

  No le estoy pidiendo que acepte todavía la conclusión.

  Le estoy pidiendo algo mucho más elemental:

Escuchemos primero a los testigos.

  Porque si vamos a decidir si Jesucristo realmente resucitó, tenemos que comenzar examinando los documentos que afirman que aquello ocurrió.

  Y una vez aceptado este punto, aparece nuestra siguiente pregunta:

¿Podría la resurrección de Jesucristo soportar un juicio?

Referencias bíblicas

Lucas 1:1-4.
Juan 19:35.
Juan 20:30-31.
Juan 21:24.
Hechos 1:1-3.
1 Corintios 15:1-8.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.